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martes, 12 de septiembre de 2017

EL ÚLTIMO PATRIOTA Rómulo Gallegos


La familia hallábase a la sazón entretenida en diversos ocios en el corredor de la antigua y noble casa que había sido desde los tiempos de la Colonia, solar glorioso de la más ilustre pléyade de varones con que se honraron los fastos de la patria.
La familia se componía del padre, Don Máximo, continuador del nombre tantas veces esclarecido por sus mayores y señor de ínfula él, de profesión tenedor de libros en varias casas mercantiles, y persona versada en heráldicas y un tanto dada a achaques literarios, por afición, la madre, mujer como todas las demás, con algunas canas y excesivas carnes; el primogénito, artrítico y jugador de oficio; otro hijo que no estaba presente, cursante de derecho, literato en agraz e irresistible Don Juan más acicalado y cuidadoso de su persona, que su misma hermana, que lo era mucho, con no ser tan apuesta como prognática y tener tantos granos en el cutis, como vanidad y sosería en el modo de ser.
Además de éstos, estaban en el corredor, un hermano de Don Máximo, menos señor que él por dejadez y penuria, hombre amigo de chanzonetas y de maneras vulgares, y, por último, una hija de este, de doce años, tonta y clorótica.
No hacia mucho que se habían levantado de la mesa y, como de costumbre, pasaban las primeras horas de la noche en el corredor, mientras era la de irse cada cual a su respectivo pasatiempo: Los viejos al dominó, los mozos a la visita o al club o a la francachela, a la ventana la niña y la tonta al sofá, a dormir como solía hasta que su padre la despertaba para irse, terminada la partida con la inevitable discusión. Don Máximo leía con interés y evidente disgusto un artículo inserto en un diario de aquella tarde; frente a él, su hija leía, también absorta, a Carlota Bracmé; en el otro extremo del corredor el hijo artrítico charlaba con el tío a propósito del juego y sus cabalas y artimañas, mientras la señora escuchaba placiblemente las tonterías de la sobrinita, y por allá dentro silbaba el aria de Tosca el literato, mientras se hacía la toilette.
De pronto don Máximo, quitándose los áureos lentes, y arrojando lejos de sí el periódico, exclamó, encarándose a los circunstantes:
-¡Habrase visto!
Con tal énfasis lo dijo, que todos, sorprendidos, se volvieron hacia él inquiriendo mientras el hermano con su irritante pachorra le preguntaba:
-¿Que te duele, chico?
-Me duele lo que no te dolería a ti, seguramente. -Y como con esto aumentara la perplejidad de la familia, agregó explicando:
-Que este país se acabó.
-¿Por qué, Máximo? -Esta vez quien habló fue la señora, seriamente alarmada con la aseveración de su marido.
-Era lo que nos faltaba. Ya aquí no hay nada sagrado; nada digno de respeto. No te digo; a este país se lo llevó el demonio. ¡Decir eso de la única página limpia que tiene nuestra historia! ¡Es hasta donde puede llegar la corrupción! ¡Qué atrevimiento! ¡Qué irreverencia!
Los circunstantes iban de asombro en asombro a medida que el ofendido patriotismo del noble señor se desahogaba a fuerza de exclamaciones rotundas que eran como anatemas de la patria misma, porque sin lugar a dudas se trataba de una injuria inferida a la majestad de la Patria, por cuyos fueros siempre camparon los Máximos, desde el más remoto ascendiente, hasta éste, para quien fue siempre una religión el patriotismo, y que si nunca entró por él en reyertas de sangre, muchas veces las afrontó en los estadios de la prensa con entereza, sin vacilaciones desdorosas. Y era tan pico el acento de Don Máximo, tan marcial el gesto, que los manes de los esforzados abuelos debieron de recrearse, con el santo orgullo de raza al ver cómo su superviviente se armaba de aquélla índole brava y noble que ellos le legaran, para clamar contra los detractores de la patria, tremolando como un airón de gloria aquel nombre ilustre que a tantas hazañas los obligara; y la casa misma se hubiera estremecido como antaño lo fuera al hospedar tanta grandeza, si aquel barniz verde claro, aquella luz eléctrica y aquel mosaico del pavimento no le hubieran quitado con su estolidez moderna, el severo aspecto y la condición señorial.
-No debía permitirse que se escribieran estas cosas. ¡ Estos artículos de difamación, de diatribas! ¡Es inicuo! ¡No debían publicarse!
En este punto apareció en el corredor el hijo literato de Don Máximo. Aún no había concluido su toilette, porque venía ocupado en hacerse el lazo de la corbata y estaba en mangas de camisa, pero como se trataba de su oficio, al oír a su padre referirse a un artículo acudió a hacer acto de presencia como quien cumple una función imprescindible. Ya sabía él que iba a llegar como a pedir de boca, y por esto vino como quien no quiere la cosa, para darse mayor importancia. Apenas lo vio Don Máximo, cuando enfrentándosele, le dijo:
-¿Has leído el artículo ése?
-No. ¿Cuál?
-¡Caramba! ¿Tú no lees los periódicos?
-Tienen tan pocas cosas que enseñarme.
Los espectadores se veían unos a otros las caras, como para saber si alguno había descubierto de qué se trataba. Don Máximo estaba que echaba chispas.
El majadero Maximito dio al fin su brazo a torcer:
-¿Trae algo de importancia?
-Un artículo que es ofensa a nuestro nombre.
-¡Dios mío! ¿Que dice de nosotros? -terció la esposa alarmada.
-¿De quien es? -Preguntó el artrítico.
-¿A nosotros? Pero si ni siquiera nos nombra, papá -dijo la hija de Don Máximo, que en un santiamén había devorado el artículo en cuestión.
-No es preciso que nos nombre.
-¿Pero qué dice, chico? Desembucha.
-Dice -comenzó Don Máximo, sin reparar por esta vez en el término vulgar que había empleado su hermano Antonio- dice, que hay que acabar con la epopeya.
-¿Con quién?
-¿Con la epo… qué? -preguntó socarronamente Antonio.
-Peya -completó Don Máximo, en el colmo de la indignación, sin darse cuenta el ridículo en que lo había hecho incurrir el patriotismo, con lo cual todos los circunstantes prorrumpieron en risas que dieron al traste con la poca paciencia que le había dejado el articulista, al irascible señor.
-No es oportunidad para gracejadas; se trata de un asunto grave.
-¡Ah Antonio! -exclamaban los demás entre uno y otro acceso de risa, para mayor disgusto de Don Máximo que no toleraba que en su casa fueran celebradas las burdas ocurrencias de su hermano, y mucho menos en momentos en que se ventilaban asuntos de tanta trascendencia como aquél, pues se trataba de los sagrados intereses de la Patria, y de la familia misma, como que muchos Máximos habían tomado parte en aquella epopeya que el irreverente articulista quería destruir en nombre de la sedicente crítica de la I listona. Y cuando fatigados de tanto reír se hubieron enseriado los de la familia, continuó Don Máximo dirigiéndose a Maximito:
-Es preciso que lo leas. Tenemos que rebatirlo; eso no se puede quedar así. ¡Asentar tan paladinamente tamaño despropósito; decir que nuestra guerra magna no fue sino una de tantas revoluciones; que la Epopeya no vale un comino; que los próceres no eran tales dechados de generosidad y virtudes!
-¡Y por eso te pones tan bravo! -dijo ingenuamente Antonio, para quien todas las referidas blasfemias no tenían valor alguno-. Mira que tú puedes ser bien…
patriota, molestarte porque digan que los próceres eran una pandilla de vagabundos.
-Los próceres, Antonio, los Héroes, son la más alta representación de un pueblo, y no se les debe tocar para desacreditarlos.
-Le voy a decir, papá -arguyó Maximito- la figura del héroe resulta más imponente mientras más de cerca se le considere.
Nadie contestó, lo cual quería decir que Maximito había perdido su tiempo, o que Don Máximo no encontraba adecuado para una polémica el traje del mozo, porque después de una pausa, le dijo:
-Ponte el paltó.
Fue y púsoselo Maximito, volviendo para continuar el empezado discurso, oído recientemente, de seguro.
-La historia hoy no quiere semidioses; ya eso de los semidioses pasó de moda. -Lo sublime no pasa, lo sublime es inmortal, no muere. -Sí; pero lo sublime de hoy es muy distinto de lo sublime de hace veinte años, por ejemplo. La figura de nuestros próceres es algo amuñecada, es necesario restituirles su primitiva humanidad; formarse de ellos un concepto realista; la sociología enseña, por medio de la crítica de la Historia…
Nombrarle a Don Máximo la Crítica de la Historia en aquellas circunstancias era grave imprudencia, casi una provocación.
-¡La Crítica de la Historia! ¿También estás tú creyendo en paparruchas?
Y fueron tantos los denuestos en que se desató contra ella y sus secuaces, que en calidad de tal Maximito se vio en grave trance por defenderla, teniendo que privarse de asistir al recibo para que se preparara desde el anochecer, por hallarse comprometido en la más acalorada controversia que jamás tuvieron padre e hijo. Este, haciendo causa común con el articulista, más por snobismo que por convicción, sustentaba justos y arbitrarios argumentos, más ajenos que de sus cosechas, en defensa de los que llamaba superiores intereses de la Ciencia moderna, manejándolos con tal destreza de escamoteador que era imposible distinguir los verdaderos de los falsos, ni los propios de los que no lo eran. A su vez, el padre sacudía la polilla de sus raídos conceptos vapuleando al hijo infidente, campando por su muy amada Epopeya, por lo que un tiempo vertieron la procera sangre tantos Máximos ínclitos y que hoy se hallaba en descrédito, calumniada, vilipendiada por un articulista de oscura procedencia quizás, y lo que era peor todavía, atacada por un Máximo de aquella misma esclarecida ralea. ¡Y todo por causa de la Crítica de la Historia!
Como era natural, aquella noche no se jugó al dominó en la casa, donde materialmente no tenían espacio los vivos ni siquiera para un pensamiento, tan lleno estaba el recinto con los hechos gloriosos de los antepasados, referidos por Don Máximo con una sañuda prolijidad por lo que el plebeyo Antonio tuvo que irse más temprano que de costumbre y renegando más que nunca de su casta, de la Epopeya y de la Crítica de la Historia, también.
Al hijo artrítico tampoco se le importaba un ardite saber cómo era que debía escribirse la Historia, ni lo que había que hacer con los héroes, si rendirles culto como a seres superiores, como aconsejaba su padre, o estudiarles como a hombres, según quería su enfático hermanito; ni aun le interesaba enterarse de quiénes eran ni qué habían hecho en vida aquellos tan sonados abuelos suyos, cuyos retratos conservaba Don Máximo, como reliquias sagradas, junto con el archivo de la familia en la única habitación que conservaba todavía el austero aspecto señorial de antaño; y como tanto razonamiento y proeza tanto lo aburrieran, optó por aquel lugar donde, como él decía, se ventilaban libertades de más valía, al golpe del invisible puntapié con que la Fortuna hacía rodar éxitos y fracasos, sobre campos tan lóbregos y sangrientos como los que más, de Marte y Belona.
Pero, aunque era mucho lo que se había hablado a propósito del artículo, la cosa no podía quedar así, ya Don Máximo lo había dicho; mal continuador de tan famoso nombre hubiera sido él, si no hubiera acudido a cobrar la ofensa inferida a la Patria y a la Casta, como en efecto acudió al siguiente día, llevando a la redacción de su periódico favorito, un largo y bien documentado escrito suyo, en el que desagraviaba a los manes de los héroes de la Epopeya, atacando a su detractor con el ánimo tradicional en todos los Máximos de su estirpe.
Publicado que fue éste, llovieron sobre su autor felicitaciones de la gente campanuda con quienes un mismo interés lo vinculaba, y todo prometía que la victoria se decidiría por él, cuando he aquí, que una mañana, aciaga, apareció un nuevo artículo contrarreplicándolo, en el cual su autor cargaba más que antes la mano, en aquello de la Epopeya y las mentiras convencionales, agregando, para colmo del enojo de Don Máximo, que muchos de aquellos abuelos de éste, tenidos por él como patriotas, fueron más realistas que el Rey y los peores enemigos de la Independencia.
Cuando Don Máximo leyó esta blasfemia, se iba volviendo loco; la santa ira del patriotismo le enajenó de tal manera que fue necesario llamar al médico; en la mañana lo habían estado oyendo murmurar palabras ininteligibles, mientras se paseaba en el archivo donde se encerró, y ya por la tarde no eran simples murmullos, sino discursos en estilo, imprecaciones dirigidas a los retratos de los antepasados, en alta y descompasada voz. El facultativo prescribió bromuro y despreocupación, y a la mañana siguiente, más sosegado, Don Máximo se dio a la tarea de comprobar las aseveraciones del articulista reincidente. Se estremecieron los estantes con el ruido de los innumerables ratones que huían a sus madrigueras, sorprendidos tan de improviso en aquella tarea que venía siendo desde muchos años atrás, tradicional entre los que de la especie moraban en la casa; roer y roer los libros y papeles del archivo, alimentándose con la gloria escrita de los famosos Máximos; ruido al que se unía el otro análogo que hurgando los empolvados documentos, hacían los Máximos supervivientes.
-Estos malditos ratones. ¡Mire cómo han puesto esto…! "A su Excelencia el Libertador Presidente…" ¡Y ese otro! "Cartas del Márquez…" ¡Qué animales tan condenados! ¿Qué será bueno para acabar con ellos?
-Rough-Rats -contestaba Maximito y seguía hurga que hurga.
A veces la importancia del hallazgo y el polvo que lo cubría provocaban en ellos, una exclamación que iba a parar casi siempre en estornudo, o un estornudo frustrado que se parecía cómicamente a una exclamación. Entonces la señora que presenciaba la solemne tarea, sin darse cuenta de lo que valía, les amonestaba:
Les va a dar catarro. Pero a Don Máximo no le arredraba el catarro y seguía cavando el polvo de los años, impertérrito, bajo la mirada tutelar de los antepasados, al óleo, que observaban desde las paredes aquel afán del superviviente, en paz y de soslayo, como quien tiene la conciencia tranquila.
El trabajo que le costó a Don Máximo descubrir el timo, porque a decir verdad, el buen señor nunca se había tomado la molestia de registrar aquel archivo, y ni sabía dónde andaban los papeles, ni sospechaba las cosas que decían. Lo que él conocía de la historia de la familia no lo aprendió en lectura sino de boca de sus mayores que le habían dado aquella tradición de virtudes y proezas sin cuento, y que él había conservado hasta entonces sin cuidarse de comprobar lo que de cierto tenía, como el Cándido guardador de las botijas del cuento. Y así fue que cuando lo averiguó recibió la mayor decepción de su vida. Allí estaba, en letras, mal escrita, pero escrita al fin, la verdad vergonzosa, atenuada en partes por la piedad de los ratones, pero lo bastante completa para ser dura y cruel e irrebatible. Al principio no quiso prestarle crédito a aquellos papeles, amarillos de impostura, pero el sañudo Maximito, como si se cobrara los improperios que le tocaron en la reciente disputa, leyó tanto y tanto comentó, que no hubo más recurso que rendirse a la evidencia.
Y fue como si le hubieran arrebatado, con aquella mentira, su propia razón de ser. Tan orgulloso como estaba él con descender de aquella estirpe acrisolada de patriotismo y nobleza, con tener en sus venas sangre de aquélla tantas veces derramada por la patria libertad, y ahora: ¡cuánta vergüenza para cubrir tanto orgullo! ¡Todo mentira! ¡Convertida en ridícula farsa la gloria leyenda! Pronto se correría por la ciudad la noticia de que sus antepasados no habían sido tales patriotas, sino pérfidos realistas, y le señalarían con el dedo y se reirían de él, todos los que hasta entonces lo envidiaron por su linaje.
Todos, la ciudad entera se ocuparía de él para hacer chacota de su desengaño. Un señor Don Máximo sirviendo de hazmerreír a la plebe que antes deslumbrara con el esplendor de su nombre. No, no; había que tomar una determinación, reivindicarse, salvarse siquiera él solo del desastre de la familia. Sí, sí, a todo trance, a todo trance. Para empezar había que quitar los retratos de aquel sitio de honor que no merecían, sacar de allí aquellos papeles vergonzosos, acabar con aquel archivo que no había sabido continuar siendo santuario de reliquias, para convertirse en inmunda madriguera de ratones, amontonar todas aquellas antiguallas y arrumbarlas junto con la plebe de trastos viejos, en el sótano de la casa o quemarlos; luego componer aquella habitación, empapelarla, entablarla, ponerle techo-raso…
No bien lo hubo pensado cuando ya estuvo poniéndolo en práctica. Olvidándose de su condición se subió a una silla y comenzó a descolgar retratos, y a cada uno que descolgaba le iba diciendo: Realista, realista. Al invertirlos los retratos parecían sonreír como si a su vez le dijeran: No seas tonto, Máximo.
Pero él no hacía caso y seguía derrocándolos ruidosamente. Acudieron los de la familia a la batahola, y según los iba viendo les iba diciendo Don Máximo:
Realistas, Mercedes; hija mía, realistas; realistas, Antonio. ¡Quién iba a creerlo!
Y fue entonces cuando se libró la verdadera última batalla de la Independencia. Don Máximo empinado sobre la silla, batiendo triunfalmente aquel escuadrón de realistas rezagados, era el último patriota, y el primero de su casta.

FIN


lunes, 11 de septiembre de 2017

EL TORRERO Henryk Sienkiewicz


I

El torrero del faro de Aspinwal, situado no muy lejos de Panamá, había desaparecido un día de improviso, sin dejar huella alguna. Como la cosa había sucedido en una noche de temporal, todos convinieron en opinar que una ola había debido de llevarse al infeliz al pasar acaso por el borde extremo del granítico arrecife sobre el cual se eleva la torre. Y vino a dar verosimilitud a tal aserto, el hecho de que al día siguiente no se encontrara por ningún lado el bote, que estaba siempre amarrado en una miniatura de rada, entre dos rocas.
Aquel destino de torrero estaba, por consiguiente, vacante, y era asunto de gran urgencia el proveerlo, pues era el faro aquel de suma importancia, no sólo para el tráfico local, sino también para los buques que salen de Nueva York con rumbo a Panamá. El golfo de los Mosquitos, con sus bancos y sus arenas movedizas, estaba cuajado de peligros, aun para atravesarlo de día. De noche, sobre todo, cuando de las aguas calentadas por los rayos del sol ecuatorial surge la niebla, lo que sucede a menudo, resulta la travesía casi imposible. Entonces el único guía de los numerosos barcos que por allí navegan es la luz del faro.
Al cónsul de los Estados Unidos en Panamá era a quien incumbía la elección del nuevo torrero; cometido no poco difícil, si se tiene en cuenta que el plazo para proveer el cargo no podía ser mayor, en ningún caso, de doce horas, con la agravante de que no se podía admitir al que primero se presentara, sino tan sólo a un hombre idóneo y concienzudo.
Otra dificultad, y no pequeña, era que en aquel tiempo faltaban los aspirantes por completo. Es la vida en aquel faro muy penosa, y carece en absoluto de aliciente para los habitantes del Sur, tan amantes del ocio y de la libertad.
El torrero es casi un prisionero; fuera del domingo, ni por un instante puede abandonar su islote. Cada día, una barca de Aspinwal le lleva comida y agua fresca, y vuelve a marchar inmediatamente. No hay alma viviente en todo el islote, que tiene media fanega de extensión; vive el torrero en la torre del faro, y toda su faena consiste en tenerlo en regla. Durante el día, según la altura barométrica, da las señales, sirviéndose de banderas de diversos colores, y por la noche enciende la luz.
No sería ésta, en verdad, una vida muy fatigosa sin la particularidad de que para llegar a lo alto de la torre, donde está la linterna, es menester encaramarse por una escalera de caracol, que cuenta, por lo menos, cuatrocientos peldaños, y que esta ascensión debe realizarla el torrero un sinnúmero de veces cada día. Es realmente una vida monacal, y aun más, una vida de verdadero ermitaño; por eso no es de extrañar que fueran grandísimos los apuros que pasaba míster Isaac Folcombridge para dar con un substituto del difunto; como no es de extrañar tampoco la alegría que le embargó el ánimo al ver comparecer el mismo día inopinadamente a un aspirante.
Era éste un anciano de setenta años, o más tal vez; pero robusto todavía, tieso, y con algo en su porte y en sus ademanes que recordaba el antiguo soldado. Tenía los cabellos blanquísimos y moreno el cutis, como un criollo; pero sus ojos azules decían claramente que no era un hijo del Sur. Tenía triste y abatido el semblante, en el que se leía además una gran lealtad.
En seguida fue del agrado de míster Folcombridge; pero fue menester examinarlo un poco, y a este fin hízole diversas preguntas.
-¿De dónde es usted?
-Soy polaco.
-¿Qué ha hecho usted hasta ahora?
-He recorrido el mundo.
-Un torrero debe estar dispuesto a permanecer siempre en el mismo sitio.
-Necesito quietud.
-¿Ha servido usted ya? ¿Posee usted certificados de haber desempeñado algún honrado destino oficial?
Sacó el viejo de su bolsillo un trapo de seda desteñido por los años, semejante a un jirón de bandera, y dijo: -Aquí están mis certificados: esta cruz la gané el año 30; esa otra procede de la guerra carlista en España; la tercera es la Legión de Honor francesa; la cuarta fue ganada en Hungría. Después combatí en los Estados Unidos contra los meridionales; allí no se daban recompensas; pero, en cambio, tengo este papel.
Cogió el funcionario la hoja y empezó a leer, y después que hubo leído, exclamó: -¿Eh? ¿Skawinski se llama usted?… ¡Cómo!… ¿Dos banderas conquistadas por su propia mano en un ataque a la bayoneta?… ¡Ha sido usted un valiente soldado!
-También seré un concienzudo torrero.
-Es menester subir muchas veces al día a lo alto del faro…; ¿tiene usted buenas piernas?
-He atravesado a pie las plenys.
-All right! ¿Es usted práctico en los servicios marítimos?
-He servido tres años a bordo de un gran barco pesquero.
-¡Muchos oficios ha probado usted!
-Nunca he descansado.
-¿Y cómo es eso?
Encogiose de hombros el anciano y dijo: -El destino…
-Y, además, muy entrado en años me parece usted para torrero.
-¡Sir! -exclamó de pronto el aspirante con voz conmovida-, estoy cansado y abatido; ya ve usted, he sufrido y penado mucho, y éste es precisamente un destino al que desde hace tiempo ardientemente aspiro. Soy viejo y necesito quietud; necesito poder decir: Aquí vas a encontrar un asilo permanente, aquí está tu puesto. ¡Ah, sir!; esto sólo depende de usted; semejante oportunidad no vuelve nunca a presentarse. ¡Qué suerte que me haya encontrado en Panamá!… Se lo suplico… Dios me es testigo de que soy como una barca que zozobra si no entra en el puerto… Si quiere usted hacer feliz a un viejo… Se lo juro, soy un hombre honrado… ¡Pero estoy tan cansado de esta vida errante!…
Los ojos azules del anciano suplicaban, imploraban de tal modo, que el señor Folcombridge, que tenía un corazon sencillo y bondadoso, sintiose conmovido.
-Well -dijo-, entendido; es usted torrero.
Una indecible alegría se dibujó en el semblante del viejo.
-¡Gracias!
-¿Puede usted subir hoy mismo al faro?
-¡Ya lo creo!
-Bien…; entonces, good bye! ¡Ah, otra cosa! Cualquier negligencia o descuido en el servicio implica la inmediata destitución.
-All right!
Cuando aquella misma noche hubo desaparecido el Sol más allá del istmo y, después de un día esplendoroso, llegaron sin crepúsculo las tinieblas, el nuevo torrero debía de estar ya en su puesto, porque el faro lanzaba sus fulgores, como de costumbre, sobre el mar.
Era la noche aquella apacible y silenciosa, una verdadera noche tropical, impregnada de clara neblina, que formaba alrededor de la Luna, a modo de un arco iris, un gran anillo, cuyos bordes se desvanecían en matices esfumados. Sólo el mar se agitaba inquieto, porque era la hora en que se hinchaba el oleaje. Skawinski estaba apoyado en la baranda, junto al gigantesco foco de luz, y visto desde abajo semejaba un diminuto punto negro.
Quería recoger y coordinar sus pensamientos y darse cuenta de su nueva situación; pero se hallaba todavía demasiado bajo la conmoción de las recientes impresiones para pensar con calma. Sentíase como una fiera perseguida que ha encontrado finalmente un refugio, fuera del alcance de sus perseguidores, en un peñasco inaccesible o en una cueva. Para él también había sonado por fin la hora de la paz. Una sensación de seguridad le llenaba el alma de voluptuosidad ilimitada; desde aquella torre podía muy bien burlarse de su pasado, de su vida trashumante, de sus desventuras, de sus decepciones de otros tiempos. Asemejábase a una barca a la que el viento ha tronchado los palos y destrozado las velas, precipitándola desde alturas vertiginosas hasta los abismos del mar, cubriéndola de espuma, y que logra, sin embargo, refugiarse finalmente en el puerto.
Las imágenes de aquella tormenta atravesaban ahora rápidamente su espíritu, en contraposición al plácido porvenir que desde este momento le esperaba. Sólo le había contado a míster Folcombridge una parte de sus andanzas y aventuras, sin ni siquiera aludir a otras muchas innumerables.
Su trágico destino así lo había querido: cada vez que había plantado su tienda en un sitio cualquiera y encendido su hogar, una ráfaga de viento había derribado los palos de la tienda, apagado la lumbre y echádole a él de nuevo a la ruina.
Al contemplar ahora, desde lo alto del faro, las olas iluminadas, recordaba perfectamente todas sus pesadumbres y sus sufrimientos. Arrojado de las cuatro partes del mundo por la adversa fortuna, todas las profesiones había probado en su destierro, y aun a veces, siendo como era honrado y laborioso, había logrado reunir algunos ahorros; pero, a pesar de sus cuidados y desvelos, y cuando menos lo esperaba, todo lo había vuelto a perder. Fue excavador de oro en Australia, buscador de diamantes en Africa, cazador a sueldo del Estado en la India Oriental; tuvo en cierta época instalada en California una factoría, que pertinaces sequías arruinaron por completo; había emprendido un tráfico de mercancías con las tribus salvajes del Brasil, y una vez, habiéndosele descoyuntado la almadía en el río de las Amazonas, tuvo que errar, sin armas y casi desnudo, por los bosques durante muchas semanas, alimentándose de frutos silvestres, expuesto a cada momento a ser devorado por las fieras. En la ciudad de Helena, en el Arkansas, tuvo una fragua, que destruyó completamente el gran incendio que devastó la población. Luego fue prisionero de los indios en las Montañas Rocosas, logrando escapar de milagro, ayudado por los cazadores canadienses. Había servido después como marinero a bordo de un buque que iba de Bahía a Burdeos, y luego como arponero en un gran barco pesquero: las dos embarcaciones naufragaron.
Tuvo en la Habana una fábrica de tabacos, y su socio le robó mientras se hallaba él en cama atacado del vómito. Finalmente se había venido a Aspinwal, donde iban a terminar de una vez todas sus penalidades e infortunios.
En efecto: ¿qué peligros podían acecharle todavía en aquel arrecife?
Ni el agua, ni el fuego, ni los hombres podían nada contra él. Los hombres, por lo demás, no le habían causado mucho daño a Skawinski; más había conocido de buenos que de malos.
Eran los cuatro elementos más bien los que se mostraban implacables enemigos suyos, y afirmaban sus conocidos que todo ello era debido a su mala suerte. Esto hizo que se volviera al fin un poquito supersticioso y maniático, empezando a creer que una mano vengadora y omnipotente le perseguía por todas partes, por la tierra y por los mares. Pero no gustaba de conversar de esto con los demás; sólo cuando alguna vez le preguntaban de dónde podía venir aquella omnipotente mano, contestábales, señalando la estrella polar, que venía de allí…
Tantas eran las desgracias que le habían ido saliendo al paso, que no era de extrañar que hubieran extraviado un poco su razón. Sin embargo, era paciente como un indio, y poseía una gran fuerza de resistencia, hija de su honrado sentir y parecer. Una vez recibió en Hungría unos golpes de bayoneta por no haber querido utilizar un medio que le ofrecían para salvarse, inclinándose hasta besar el estribo y gritar: «¡Perdón!» Las desventuras no podían doblegarlo; trepaba agarrándose por el monte con la paciente porfía de la hormiga; cien veces rechazado, emprendía esforzadamente su nueva peregrinación. Era en su género un hombre bien singular; aquel viejo soldado bronceado por el sol de Dios sabe qué países, endurecido por mil combates, que tanto había debido sufrir, tenía un corazón de niño. En Cuba, durante una epidemia, viose atacado por el mal por haber distribuido entre los pacientes su importante provisión de quinina, sin guardar para él ni un sólo gramo.
Y no dejaba de ser una cosa bien singular también el que fiase todavía en el porvenir, después de tantos reveses y desventuras, y que no le abandonara ni por un instante la esperanza de que todo se había de arreglar un día. En invierno se sentía reanimado y conjeturaba grandes cosas, que aguardaba con gran impaciencia. Tales pensamientos y conjeturas manteníanle los ánimos durante años enteros; pero transcurrían los inviernos uno tras otro y ningún cambio se operaba; sólo los cabellos se le encanecían más y más. Por último, se sintió viejo y empezó a perder la energía; su paciencia se fue convirtiendo en resignación; su sosiego, en debilidad de espíritu, y aquel soldado, endurecido por las luchas y la intemperie, llegó a tener tal propensión a las lágrimas, que se echaba a llorar por cualquier fruslería.
Además de esto, le torturaba de un modo atroz la nostalgia que el más insignificante motivo lograba despertar: las golondrinas que pasaban revoloteando; ciertos pajarillos grises que se parecían a los gorriones de su país; la nieve de las montañas; las tonadas que le hacían recordar cantos oídos en sus mocedades…
Pero, por encima de todo esto, dominó en él un único pensamiento: el pensamiento del reposo. Este sentimiento se posesionó del viejo de tal suerte que absorbió todos sus deseos, todas sus esperanzas. El eterno peregrino nada podía imaginar más deseable y apetecible que un solitario rincón donde descansar y esperar tranquilamente la muerte. Su destino singular le había echado por todos los países y por todos los mares, sin tregua alguna, y por eso ahora parecíale la más excelsa felicidad humana el cesar en su triste vagabundear.
Y en verdad que bien merecía esta suerte modesta; pero, acostumbrado ya a las desilusiones, parecíale esto también una cosa irrealizable, y ni siquiera se atrevía a admitir su posibilidad.
Ahora, de improviso, en menos de doce horas había logrado un destino que parecía hecho ex profeso para él; no era, pues, de extrañar que al anochecer, una vez encendido el faro, se hallara como pasmado y aun entontecido, y que se preguntase si todo aquello era verdad o ilusión de sus sentidos. Y, no obstante, la realidad, hablándole con tan irrecusables pruebas (transcurrían las horas, en el balcón de la torre, una tras otra), acabó por convencerle. Sumergiose entonces su espíritu en la dulzura de aquella realidad, y hubiérase dicho que veía el mar por primera vez… La lente del faro abría en las tinieblas un gigantesco cono luminoso; pero la mirada del viejo torrero se perdía en el mar, más allá de la superficie iluminada, en el inmenso espacio obscuro, misterioso, lúgubre, y le parecía que aquella inmensidad corría hacia la luz. Gruesas olas surgían de la obscuridad, y borbollando estrellábanse a los mismos pies del islote; sus crestas espumosas chispeaban, coloreadas de rojo, en el círculo luminoso de la torre; el oleaje iba creciendo, inundando la arenosa playa. Cada vez se oía más potente y distinta la voz misteriosa del Océano, ora semejante al estampido de los cañones, ora parecida al susurro de las selvas vírgenes, ora a un vocerío humano. A veces todo enmudecía, y entonces llegaba a oídos del anciano un rumor como de suspiros, de sollozos, y luego un estallido violento. El viento desgarraba la niebla; pero al mismo tiempo acumulaba gruesas nubes negras, que iban ocultando la Luna. La tempestad se avecinaba por la parte del Occidente; rompían las olas con mayor violencia contra los peñascos del faro, cuyos cimientos lamía una blanquísima espuma; lejana, lejana, rugía ya la borrasca. Por encima de la obscura y agitada superficie del mar veíanse brillar los verdes faroles colgados de los palos de las embarcaciones, los cuales, diminutos como puntitos verdes, se alzaban altos, altos, y parecían luego hundirse; pero reaparecian, oscilaban, inclinábanse, ora a la derecha, ora a la izquierda.
Skawinski descendió y entrose en su aposento. Bramaba la tempestad.
Allá afuera, a bordo de aquellas naves, luchaban los hombres con la noche, con el viento, con las olas; en el reducido aposento, por el contrario, todo era silencio y calma. Las gruesas paredes interceptaban casi por completo el estrépito de la tormenta; sólo se oía el acompasado tictac del reloj, que parecía mecer al extenuado anciano y velar su sueño.


II

Pasaron horas, días, semanas…
Afirman los marineros que a veces, cuando el mar está embravecido, oyen, desde lo profundo de la noche y de las tinieblas, llamarse por su nombre. Y si el infinito del mar puede llamar al hombre, ¿por qué no ha de poder oír éste, al llegar a viejo, la voz de otro infinito, todavía más lóbrego y más misterioso? Cuanto más le haya agobiado la vida con su peso, tanto más grato habrá de serle el grito aquel. Pero para oírlo es menester un gran silencio; por eso aman los viejos la soledad, que es para ellos como el presentimiento del sepulcro.
Para Skawinski, la torre del faro era ya el preludio de la tumba.
Nada hay en el mundo tan uniforme como la vida de un torrero; si los que a ella aspiran son jóvenes, muy pronto se cansan y la abandonan; por eso el torrero de un faro suele ser, por lo general, un viejo rudo y taciturno, y si por azar deja su destino y vuelve a vivir entre los hombres, anda y gesticula cual si saliera de un profundo sueño. Y es que le faltan en la torre aquellas pequeñas impresiones que en la vida ordinaria enseñan al hombre a referir y a proporcionar todas las cosas a sí mismo. Todo lo que se halla en contacto con el torrero de un faro es gigantesco, sin contornos claros: el cielo…, un infinito, el agua…, otro infinito, y en medio, sola, un alma humana.
Es una vida en la que el pensar es un eterno soñar, del cual no aciertan a distraer las cotidianas ocupaciones. Los días se parecen unos a otros como las cuentas de un rosario, y sólo rompen su monotonía los cambios del tiempo.
Skawinski se sentía tan dichoso como jamás en su vida lo había sido; alzábase al despuntar la aurora, comía un bocado, limpiaba los cristales del faro y se sentaba luego junto a la baranda de la galería, contemplando la inmensidad del mar; espectáculo del que jamás se cansaba.
Veíanse de ordinario en el infinito horizonte azul una multitud de velas desplegadas que brillaban de tal modo bajo los rayos del Sol, que los ojos quedaban deslumbrados. A veces las barcas, aprovechando los monzones, ringlaban una tras otra en línea recta, cual ringlera de gaviotas o de albatros, por un paso marcado con toneles rojos que dulcemente se mecían sobre las olas. Y hacia el mediodía podía columbrarse entre las velas una parda columna de humo: era el vapor de Nueva York que conducía a Aspinwal a los pasajeros y toda clase de mercancías, dejando tras de sí una larga y blanquísima estela espumosa.
Del otro lado de la galería podía Skawinski divisar distintamente, como si la tuviese en la mano, la ciudad de Aspinwal, con su animado puerto, en el que los palos de los grandes y pequeños buques formaban como un bosque, y, un poco separadas, las blancas casas y sus pequeñas torres.
Vistos desde la altura del faro, parecían aquellos edificios nidos de gaviotas, y aquellos barcos, escarabajos, y movíanse los hombres cual si fueran puntos negros por el adoquinado. Por las mañanas, la suave brisa de Oriente hacía llegar hasta arriba el rumor del tráfago ciudadano, en el que más nítidamente se distinguía el silbido de los vapores. Después del mediodía, llegada la hora de la siesta, cesaba el movimiento del puerto, ocultábanse las gaviotas en las hendeduras de las rocas, alisábanse las olas, como si también ellas se sintieran cansadas, y descendía entonces sobre el mar y sobre el faro un profundo silencio. La amarillenta arena, que las olas dejaban al descubierto, resplandecía igual que oro en la superficie de las aguas; dibujábase la torre, clara y destacada en el fondo azul, y los rayos del Sol bajaban a torrentes sobre el agua, sobre los bancos de arena, sobre los peñascos de la costa.
El viejo Skawinski sentíase dominado también por una voluptuosa sensación de agotamiento; la tranquilidad a la cual podía abandonarse ahora por completo era para él, en verdad, una cosa deliciosa, y la idea de que aquel sosiego iba a ser desde aquel día definitivo y duradero cumplía y colmaba todos sus deseos y aspiraciones. Y entregose en cuerpo y alma a aquel sentimiento de felicidad. Y como es ley de la vida que el hombre se acostumbre muy pronto a una situación mejor, recobró a no tardar la confianza perdida y la fe en el porvenir. Y pensaba el anciano que si fabrican los hombres asilos para sus inválidos, ¿por qué no había de preparar el Dios de misericordia un refugio duradero para él? Y el tiempo le afirmó en aquella convicción.
Entretanto, el viejo se había familiarizado con la torre, la linterna, los peñascos, los bancos de arena y la soledad; había trabado amistad con las gaviotas, que hacían su nido en los escollos y que de noche tenían sus reuniones sobre el tejado del faro. Solía echarles los restos de su comida, y al cabo de algún tiempo volviéronse tan mansas, que al darles de comer revoloteaban siempre numerosísimas en torno de su cabeza, y movíase el viejo en medio de aquellos blancos animalitos como un pastor entre sus ovejas.
Durante la bajamar recorría la arenosa orilla en busca de sabrosos caracoles y elegantes conchas de madreperla que la marea dejaba allí diseminados. A veces, a la luz del faro o de la Luna, cogía peces que hormigueaban entre los escollos. En una palabra, púsose a amar intensamente su islote pelado, en el que sólo crecían algunas plantas menudas y grasientas, que destilaban un jugo viscoso. El extenso panorama le compensaba con creces de aquella desnudez.
Hacia el mediodía, cuando el aire se ponía transparente, podíase abrazar con la mirada el istmo entero hasta el océano Pacífico, cubierto de exuberante vegetación, de suerte que le parecía a Skawinski contemplar un inmenso jardín. Frondosas palmas de cocotero y gigantescos bananos formaban alrededor de las casas de Aspinwal espesos y maravillosos ramilletes; más allá, entre Aspinwal y Pananá, había un bosque dilatadísimo, envuelto mañana y tarde en una neblina rojiza; verdadera selva tropical, con sus aguas pantanosas, sus palmeras gigantescas, sus corpulentos cocoteros, gomeros, cactos y otros árboles ecuatoriales.
Con su anteojo podía distinguir el viejo no sólo los troncos y las anchas hojas de los bananeros, sino también piaras enteras de monos, bandadas de marabúes y de cotorras, que de vez en cuando se subían, cual nube multicolor, a las copas de los árboles. Ya conocía Skawinski aquellos bosques, porque, después de su naufragio en el Amazonas, había errado semanas enteras por grutas y espesuras semejantes, y sabía muy bien los peligros que se ocultan bajo su risueño aspecto.
¡Cuántas veces había oído junto a él, durante la noche, la voz sepulcral de la hiena y el aullido del jaguar! ¡Cuántas veces había visto gigantescas serpientes balancearse, cual trenzas de hierbas trepadoras, en las ramas de los árboles! Estaba familiarizado ya con aquellos estanques encantados, en cuyo fondo se agitaban caimanes y cocodrilos; sabía en medio de qué asechanzas vive el hombre en aquellas intrincadas espesuras, donde los mosquitos y los cínifes, ávidos de sangre, las sanguijuelas y las arañas venenosas viven a millones. Todo lo había aprendido a expensas suyas, todo lo había probado a costa de sufrimientos, y por esto era para él un delicioso placer contemplar desde lo alto aquellos «matos» y admirar su belleza, lejos de sus peligros y traiciones. La torre le protegía de todo mal.
Por eso raras veces la dejaba. El domingo por la mañana solía bajar a la ciudad. Poníase entonces su uniforme de torrero, que era azul marino con botones plateados; adornábase el pecho con sus condecoraciones, y levantaba la cabeza, cubierta de nieve, con cierto orgullo, cuando al salir de la iglesia oía decir a los criollos: -Tenemos un buen torrero, y por más que sea yanqui, no por esto es un ateo.
Inmediatamente después de la misa regresaba a su islote; sentíase feliz al entrar en él, porque todavía no había podido recobrar su confianza en la tierra firme.
Los domingos Skawinski leía un periódico español, que solía comprar en la ciudad, y el Heraldo de Nueva York, que míster Folcombridge le prestaba; y en aquellas publicaciones buscaba con avidez noticias de Europa. ¡Pobre viejo corazón que allí, encima de aquel faro, en el otro hemisferio, latía siempre por la patria!… A veces bajaba de la torre cuando la barca le desembarcaba las previsiones, y echaba unos párrafos con John, el guardián del puerto.
Pero, a pesar de todo, empezó a volverse jíbaro; interrumpió sus idas a la ciudad, dejó de leer los periódicos, cesó de conversar de política con John, y así transcurrieron unas semanas, durante las cuales no vio a nadie y de nadie fue visto. La única prueba de que el viejo torrero seguía vivo estaba en que la comida desaparecía de la roca donde la colocaban y que la luz del faro lanzaba cada noche sus destellos con la misma regularidad con que en estas regiones sale el Sol cada mañana de lo profundo del mar.
El mundo llegó a serle completamente indiferente, y no a causa de la nostalgia, pues hasta este sentimiento habíase trocado en él en resignación, sino porque el islote constituía todo su mundo; y acostumbrado a pensar que no había de abandonar el faro sino después de muerto, todo recuerdo del mundo exterior se había borrado fácilmente de su memoria.
Por añadidura habíase vuelto místico. Sus suavísimos ojos azules tenían una expresión infantil y miraban pensativos y fijos en la incierta lejanía. En su continua clausura, en medio de aquellas simplicidad y de aquella grandiosidad que por todas partes le rodeaban, perdió el viejo poco a poco la conciencia de su propia personalidad; cesó de considerarse como un individuo, y acabó por identificarse con cuanto veía a su alrededor, sin profundizar en ello, sintiéndolo inconscientemente. Así, llegó finalmente a imaginar que el cielo, el agua, su arrecife, el faro, los áureos bancos de arena, las velas desplegadas, las gaviotas, el flujo y el reflujo constituían una gran unidad, un alma gigantesca y misteriosa; alma que sintió llena de vida bonancible y en la que se dejó mecer, olvidando todo lo demás. Anegose el viejo en el misterio de aquella alma y en el anonadamiento de su propio ser; en aquel estado de semivigilia y de semisueño encontró una quietud y una paz tan grandes, que se asemejaban mucho ya a las que deben reinar en la antesala de la muerte.


III

El despertar llegó, sin embargo.
Un día, al recoger las provisiones que la barca le dejara en la roca una hora antes, encontró Skawinski con ellas un paquete franqueado con sellos de los Estados Unidos, y que llevaba escrito, sobre la gruesa tela encerada, con caracteres muy claros, el nombre «Skawinski Eso».
Abrió, lleno de curiosidad, el paquete y vio que contenía libros.
Cogió uno, observolo, y luego con mano trémula, volvió a ponerlo con los otros, cerrando los ojos, cual si no diera crédito a su propia mirada. ¡Un libro polaco! ¿Qué significaba aquello? ¿Quién se lo podía haber expedido?
Ya no recordaba que en los primeros tiempos de su empleo de torrero había leído en el Heraldo que se había formado recientemente en Nueva York una sociedad polaca, a la cual había mandado la mitad de sus honorarios mensuales; allá, en la torre, poco apego le tenía al dinero. Ahora la sociedad le significaba su gratitud enviándole aquellos libros. Llegábanle éstos, de consiguiente, por un conducto muy natural; pero de momento no podía el viejo atinar en ello. ¡Libros polacos en Aspinwal!, ¡en aquella solitaria torre!… Era una cosa extraordinaria, una ráfaga de remotos tiempos, un milagro. Parecíale sentir, como los marineros en las noches tormentosas, una querida voz casi olvidada que le llamaba por su nombre.
Permaneció sentado unos instantes con los ojos cerrados, cual si temiese que al abrirlos habíase de desvanecer su ilusión. Pero no; el paquete estaba allí deshecho, y en él, iluminado por los rayos del sol de la tarde, el libro abierto. Cuando el viejo tendió las manos sintió en aquel silencio los latidos de su corazón; miró el libro: eran versos. En gruesos caracteres estaba escrito el título de la obra, y más abajo el nombre del poeta; nombre bien conocido de Skawinski, pues había leído sus obras en París, allá por los años que siguieron al año 30. Más tarde, durante el tiempo que pasó en las guerras de Argelia y de España, había oído hablar a sus compatriotas de la gloria siempre creciente del excelso poeta; pero entonces se había acostumbrado de tal modo al manejo de los fusiles, que ya sus manos no sabían coger un libro.
En 1849 marchó a América, y en el transcurso de su vida trashumante raras veces había encontrado a polacos, ni había tenido ocasión de leer libro alguno escrito en la lengua de su país. Por eso ahora, al volver con mano trémula y saltándole el corazón la primera hoja de aquel libro, parecíale que en su islote desierto iba a suceder algo muy solemne. Todo era calma y silencio a su alrededor; los relojes de Aspinwal acababan de dar las cinco; el cielo era límpido, sin una nube que lo empañara; sólo en lontananza unas gaviotas blancas se destacaban en el azulado espacio; el inmenso Océano se mecía mansamente; las olas apenas murmuraban al besar la playa, y en el fondo, las casas de Aspinwal, con sus espléndidos ramilletes de palmeras, sonreían… Todo era solemne, apacible y grave.
De pronto, en medio de la paz de la Naturaleza, resonó la temblorosa voz del viejo, que leía en alta voz para comprender mejor: ¡Eres la salud, oh patria, oh Lituania mía!
Sólo aquel que te pierde conoce tu valor; hoy contemplo tu hermosura en todo su esplendor, y la canto, porque, sedienta, corre hacia ti mi fantasía…
Faltole a Skawinski el aliento; empezaron las letras a tambalearse ante sus ojos; sentía que una cosa le subía desde el corazón a borbollones hasta la garganta, aprisionándole la voz… Pasó un instante, hizo un gran esfuerzo sobre sí mismo y prosiguió: ¡Oh Virgen santa que defiendes la luminosa Czestochowa y que brillas en el portal de Ostra! ¡Tú, que el castillo Nowogrodek proteges con su pueblo fiel!
Así como, por milagro, me devolviste un día, siendo niño, la salud (cuando, puesto bajo tu protección por mi desconsolada madre, pude alzar de nuevo mis párpados sin vida y andar luego, a pie, hacia el umbral de tus santuarios a darle gracias a Dios por la vida recobrada), así también, por milagro, condúcenos al patrio hogar…
Imposible fue al anciano dominar su emoción; lanzó un grito y se arrojó al suelo, y sus cabellos de nieve se confundieron con la arena de la playa. Cuarenta años habían transcurrido desde el día que vio su tierra por postrera vez, y sólo Dios sabe cuánto tiempo hacía que no había oído su lengua. ¡Y ahora la lengua materna llegaba por sí sola hasta él, surcando el Océano, buscando al solitario hasta el otro hemisferio! ¡Oh querida, adorada, hermosa lengua!
Los sollozos que agitaban el pecho del viejo polaco no eran fruto de su dolor, sino de un amor inmenso, repentinamente despertado, al lado del cual todo otro sentimiento desaparece… Con su llanto violento Skawinski imploraba perdón a la querida, a la lejana patria por haberse vuelto tan viejo y haberse identificado de tal suerte con su peñasco que todo lo demás había desaparecido de su corazón, y que hasta la añoranza había estado a punto de desvanecerse por completo. ¡Y hete ahí que ahora, «por milagro», sentíase también conducido al «patrio hogar»!
Los minutos pasaban uno tras otro, y el viejo permanecía allí, tendido en la playa, inmóvil.
Revoloteaban las gaviotas alrededor del faro, lanzando de vez en cuando fuertes chillidos, cual si se sintieran inquietas por la suerte de su viejo amigo. Era la hora en que el torrero solía distribuir a aquellas aves los restos de su comida, y algunas de ellas bajaron de lo alto de la torre hasta la playa; otras bajaron luego, y otras, y otras, y empezaron a picotearlo ligeramente, batiendo sus blancas alas por encima de su cabeza, hasta que, por último, le despertaron.
Después de aquellas abundantes lágrimas, invadió al viejo como una ola de sosiego y de serenidad; sus pupilas brillaban de inspiración; echó a las gaviotas toda su comida, y mientras éstas se precipitaban sobre el espléndido banquete, armando gran batahola, volvió a su lectura.
Desaparecía ya el Sol detrás de los jardines y de las selvas vírgenes de Panamá, y lentamente, lentamente se iba hundiendo más allá del istmo, en el otro Océano; pero mostrábase todavía el Atlántico lleno de esplendor. La luz era clara todavía, y Skawinski continuaba leyendo: Y mientras tanto, lleva mi alma, llena de añoranza, hacia las umbrosas colinas, hacia las verdes praderas…
El crepúsculo anubló los caracteres; un crepúsculo breve que terminó en un decir Jesús. Apoyó el anciano su cabeza en la roca y cerró los ojos; y entonces «Aquella que defiende la luminosa Czestochowa» cogió su alma y la transportó a «aquellos campos pintados de trigos multicolores».
Unas fajas rosadas y áureas centellean aún, cual llamas en el cielo, y a la luz de aquellas antorchas vuela la fantasía hacia los lugares queridos; oye el susurro de los pinos, el murmullo de los ríos patrios; todo, todo lo ve como en otros tiempos lo veía; todo le pregunta: «¿Te acuerdas?» ¡Sí, se acuerda! Ve ante sí los campos dilatados, las praderas, los bosques, los villorrios…
Llegó la noche. A estas horas el faro acostumbraba a iluminar ya las lobregueces de las aguas; pero hoy el torrero se encuentra en el pueblo natal. Con la cabeza senil inclinada sobre el pecho sueña, y las más diversas imágenes pasan rápidas y confusas por su espíritu. No le es posible contemplar el viejo caserón donde nació, porque lo arrasó la guerra; tampoco puede ver al padre ni a la madre, a quienes prematuramente segó la muerte; pero distingue muy bien la aldea, cual si ayer mismo la hubiese dejado: la hilera de chozas, las ventanas iluminadas, el canal, el molino, los dos estanques, uno frente al otro, en los que de noche croan a coro las ranas. Precisamente una noche, cuando era ulano, estuvo de centinela en su pueblo natal, y este recuerdo se le presenta ahora de repente, en medio de los otros: está de guardia; la hostería le manda desde lejos miradas inflamadas; llegan hasta él, a través de la noche apacible, el pataleo de los bailadores, el son de los violines y de los contrabajos. ¡U ha! ¡U ha! Son los ulanos beodos, que al bailar golpean el suelo con los tacones, mientras el centinela se aburre, solo, entre tinieblas.
Las horas transcurren lentamente; poco a poco toda claridad se desvanece; hasta donde alcanza la mirada no se columbra más que niebla, niebla impenetrable; de los prados sube un vapor espeso que todo lo va envolviendo en una nube blanquecina; diríase un océano de verdad… A no tardar, el rey de las codornices hará oír su voz en las tinieblas, y el alcaraván, metido entre los juncos, lanzará su estridente silbido. ¡Es la noche bonancible, pero fría; una verdadera noche de Polonia! En lontananza el bosque de pinos susurra sin viento… como las olas del mar.
Pronto la aurora iluminará el horizonte; cantan los gallos detrás de las empalizadas, haciendo cundir sus voces de choza en choza, y también las grullas lanzan por los aires sus chirridos.
¡Y el centinela ulano se siente tan feliz, tan esforzado! Se ha dicho que mañana había de librarse una batalla. ¡Adelante! No dejará él de ir, como los demás, en medio del estruendo de las armas y el ondear de las banderas. ¡Adelante! Su sangre moza vibra como una trompeta guerrera, a pesar del helado soplo de la noche. Las tinieblas palidecen; de entre la sombra surgen los bosques, los zarzales, la hilera de chozas, el molino, los álamos; despunta la aurora.
¡Qué hermosa es la querida, la adorada patria bajo el rosado esplendor del sol matinal! ¡Ah hermosa, hermosa entre todas!
¡Silencio! El centinela escucha; alguien se acerca…; ¿es el relevo?
De pronto, una voz resuena junto a Skawinski: -¡Hola, viejo, levantaos! ¿Qué os pasa?
Abrió el viejo los ojos y miró al que estaba allí con él; en su cerebro luchaban las últimas imágenes del sueño con la realidad; pero poco a poco las visiones se esfumaron y desaparecieron por completo. John, el guardián del puerto, estaba delante de él.
-¿Qué sucede? -preguntó John-; ¿está usted malo?
-No.
-No ha encendido usted el faro, y ha de abandonar inmediatamente el servicio. La barca que viene de San Germo se ha deshecho sobre un banco de arena, y suerte que no se ha ahogado ningún tripulante, porque, de lo contrario, tendría usted que comparecer ante los tribunales. Baje usted conmigo; el cónsul le informará de todo lo demás.
El viejo se puso lívido: ¡era verdad, no había encendido el faro!
Unos días después hallábase Skawinski a bordo del vapor que sale de Aspinwal con rumbo a Nueva York. El desgraciado había perdido su empleo, y otra vez la vida trashumante se le presentaba ante los ojos. El viento había vuelto a tomar por su cuenta aquella hoja seca para arrastrarla de nuevo por los mares y por los continentes, continuando su juego burlón y cruel.
Durante aquellos pocos días habíase operado en el viejo un cambio sorprendente. Iba muy encorvado, y sólo sus ojos conservaban un brillo singular. Para emprender el nuevo viaje habíase buscado un compañero: era su librito, que llevaba constantemente apretado contra el pecho y que de vez en cuando tocaba con los dedos, cual si le atormentara la idea de que algún día pudiera desaparecerle.

FIN


viernes, 8 de septiembre de 2017

LA CAZA Ana de Badens



El mundo está vecino a la muerte, pues la halla en la vida. Fray Luis de León.
La historia, sencilla y rectamente contada, comenzó así:
Estabas de acuerdo conmigo cuando te dije que la ciudad, a pesar de todo lo que se dice de ella, no concede el goce íntimo, oculto, de un hombre sano con deseos de matar; aun tratándose de un deseo puro y expiatorio. Ay, quisiera que en este mismo instante estuvieras aquí para recordarme que estabas de acuerdo. Coincidías conmigo cuando le vimos ese par de vidrios fríos que miraban hacia adelante: eran unos ojos que se perdían materialmente tras de la mirada clara y cercada por la costura de unas pestañas negras. ¿Te acordás de la costura que vos viste de perfil, mientras el conducía, y que yo descubrí a través del espejo retrovisor? Para mí fue una sorpresa, para vos sé que no; ¿desde cuándo venías observando esos ojos, desde la niñez, desde antes tal vez? No sé, no se me ocurrió preguntártelo; desde el principio estabas en silencio.
Respiraba como las bestias, abría las fosas nasales para tragarse las sombras de la noche. No se te escapó eso, lo sé. Hasta en el aire algo era cómplice de esa necesidad de llegar lo antes posible. ¿Te acordás que le dijiste que había tiempo, que hasta el amanecer todo era inútil? Sin embargo, él, fascinado por la promesa certera de hundirse en el monte, estiraba los brazos y se prendía al volante como quien esta a punto de perder o recuperar algo. A los dos nos parecía que era una actitud contradictoria, pero no decíamos nada. Tampoco él dijo nada cuando vos hiciste un comentario pasajero: el delirio de un hombre que viaja solo en la noche constituye el manjar más codiciado de los fantasmas de la soledad. ¿Y qué queríamos que dijera si los dos sospechábamos que, en efecto, no era sino un fantasma?
Como al acecho, paladeaba el regusto descompuesto de la carga que llevaba sobre los hombros. Cebado en este estado delicioso, presionaba el acelerador hasta sentir en el pie la fuerza del motor que bramaba un alivio. Ahora me pregunto si en verdad lo desconocíamos tanto. No sé en tu caso qué ocurría: yo, en cambio, no dejaba de espiarlo por el espejo. Volvimos a quedarnos callados cuando dijo que la singularidad de un viaje reside - una vez finalizado - en los motivos por los cuales el viajero no ha sucumbido a la seducción propuesta por ese descubrimiento y, en cambio, decide retornar al punto de partida, sin duda menos atractivo.
En algunos momentos parecía que, en lugar de estar ansioso por llegar al monte, evocaba algo que ya había vivido. Vos lo notaste ¿no? Quiero decir que parecía un regreso. Y sí, recordá, hacé un esfuerzo y recordá: en una oportunidad había dicho que el jabalí recorre el camino que antes anduvo su ancestro.
"En este punto el relato se detiene. La relectura trae una visión nueva de todo lo escrito: algunas palabras no se ajustan al designio preestablecido por los pensamientos. Se retocan un par de adjetivos y, finalmente, surge el desequilibrio. Es necesario eliminar los dos últimos párrafos. Mientras el relato, ahora reducido, consigue la fuerza conceptual de su origen, asoma el recuerdo de Fray Luis de León con una cita que podría ser el acápite de lo narrado."
A medida que el paisaje de álamos empezaba a aserrar el contorno de la ruta, aparecía alguna reflexión que nos desconcertaba a los dos. No se me escapó del todo ésta: no es una condena moral, se trata de algo mucho más entrañable: la ciudad no cuenta con un cielo grande y abierto capaz de testimoniar el imperioso instinto purgatorio ¿Qué quería decir? Vos, más que yo, lo espiabas. A veces era una cadena: vos lo espiabas a él y yo te espiaba a vos. A través de tus gestos yo percibía el crescendo de la ansiedad de él reflejada en tu cara como una especie de infierno. Te confieso que te desconocía, y tenía miedo de perderte y quedarme a solas con él. ¿Por qué estabas tan empeñado en no hablar? Sí, ya sé que un cazador debe hacer el menor ruido posible, pisar y no quebrar, deslizarse con suavidad, aguzar el oído y contener la respiración, pero todo aquello era demasiado: todavía estábamos lejos del monte.
Ahora dudo de la nitidez con la cual aparecieron los cedros; fue tan terrible aquella hilera de altos signos oscuros que todavía siguen resultándome una escala absurda de la naturaleza. ¿Vos, tanto como yo y él, percibías ya el olor del monte? Cuando el pavimento cedió al estrecho camino de tierra descubrí el alivio que sintió al comprobar que no había llovido al menos durante los Últimos quince días. Sus manos acariciaban una vez más el volante en secreta señal de gratitud. Estabas distraído: no veías su sonrisa; era apenas el asomo de un gesto, pero había algo de mágico en el movimiento de su labio inferior.
Fue en aquel instante cuando sentí que vos y yo empezábamos a estar definitivamente de acuerdo. La voz de él nos llegaba a los dos de la misma manera: desde un lugar lejano y completamente desconocido. Los dos reconocimos a Fray Luis de León en la cita, ¿pero fue en ese momento o mucho después cuando entendimos lo que significaban los sonidos de esas palabras? ¿Para qué o para quién había hablado? Nunca antes me había sentido tan cerca de alguien como en aquel instante; Vos y yo nos fundimos en una especie de temor primario hasta el borde de un abismo desconocido. Es el peligro que corre la piel fina , de pronto se reduce a la grandeza de las bestias. ¿Será que es devorada por ella misma en su afán por rechazar lo irracional? ¡Ah, no, qué ingenuo!
El auto ya estaba detenido frente a la cabaña y el casero hacía señas desde la puerta. Los pequeños ruidos del motor caliente se convertían en mensajes - indescifrables para nosotros dos. La luz del farol se movía y nos atraía, ¿te acordás? Nos quedamos paralizados; lo dejamos a él primero.
"El relato, sorpresivamente, vuelve a interrumpirse y aparecen unas líneas que tachan lo que luego sería el acápite: "El mundo está vecino a la muerte, pues la halla en la vida". El ritmo decae con velocidad del rayo. Al describir la escena de las armas se percibe la mano firme que quita 'al verlas siente la vibración del animal sorprendido que expide el sudor del pánico'. Inexplicablemente para el supuesto lector, el relato continúa sin aquellas palabras."
- ¿Cuánto hace que no llueve?
- Una quincena por lo menos, patrón.
- Bien. Prepara los perros; y fíjate que no falte el Pinto, es el más salvaje.
- Pierda cuidado, patrón; ya lo creo que es salvaje.
- Apúrate, empieza a amanecer.
De este diálogo no dudabas, claro. Los dos éramos testigos. Estábamos cansados del viaje, pero todavía lúcidos. De esas palabras no había nada que decir: claras como el agua.
La coincidencia continuó cuando empezó aquel olor desagradable que nos hizo mirarnos a pesar de la oscuridad. ¿Y la sombra? La sombra que apareció de pronto y que nos llenó de terror ¿fue enseguida o habían pasado años? En cuanto empezó a caminar, delante de nosotros dos, vimos bien, porque locos no estuvimos nunca. Acordate: fue una magnífica impresión de potencia; feo, hirsuto, de largo morro, cuartos traseros más bajos que los delanteros. Nunca podré olvidar la espléndida musculatura en su brazuelo y en su estrecha nuca. Lo vimos varias veces delante de nosotros guiándonos hacia el corazón del monte, estaba vivo, musculado, rápido, limpio.
Su nariz alargada recogía todos los olores que cargaba el viento. ¡Cuánta finura en su percepción! Creíamos haberlo perdido definitivamente cuando empezó a correr y a revolcarse en el cieno. ¿Durante cuánto tiempo resistiremos vos y yo esta velocidad de infierno, pensábamos? De pronto se detuvo; el lomo peludo estaba húmedo y sus ojos nos miraban como centellas. Vos y yo ya estábamos perdidos y gritábamos sólo al Pinto, que, inexplicablemente, estaba de su lado. Entonces eran cuatro los ojos que nos miraban desde la aguada. Yo todavía trataba de pensar en él, en cómo había sido capaz de venírsenos encima y…
"El relato llega a su parte final sin demasiadas notas aclaratorias sobre cómo fue en verdad la caza del jabalí. La línea general no se aparta de la narración recta y tradicional; sólo es sospechosa la muerte del cazador en un lugar tan apartado de la zona. ¿Cómo fue posible que llegara a morir allá donde el jabalí no habita? Y lo más increíble todavía es que apareció con un tiro en la cabeza."
Todo esto, vos y yo, ¿nos lo explicamos? ¿El fantasma que debía morir era él - que nos llevó engañados hasta el monte -, o lo éramos nosotros confundidos en el simple deseo del suicidio?

Fin

27-9-1981, La Nación, Argentina.



martes, 5 de septiembre de 2017

LA HIJA DEL GENERAL



Pei Xing

Nie Yinniang era hija de Nie Feng, general de Weibo en épocas del período Zhen Yuan (785-805). Cuando tenía diez años, llegó una monja a pedir limosna a la casa de su padre y, al caerle en gracia, pidió permiso para tomarla como discípula.
El general Nie montó en cólera y comenzó a vociferar.
Pero la monja le dijo:
- Aunque la encerréis en una caja de hierro, me la llevaré.
Aquella noche, créase o no, Yinniang desapareció. Desesperado, su padre ordenó que se la buscase por todas partes, pero nadie halló ningún rastro. En lo sucesivo, cada vez que la recordaban sus padres, se miraban el uno al otro y derramaban lágrimas.
Cinco años después, la monja devolvió a Yinniang y dijo al general:
- Ahora que ya está instruida, podéis recuperarla -diciendo esto, desapareció.
Toda la familia lloraba de alegría y preguntaba a la joven lo que había aprendido.
- Al comienzo, simplemente leía los sutras y los cantos mágicos -dijo ella-; eso era todo.
El general se negaba a creerlo y exigía la verdad.
- Si os digo la verdad, no me creeréis -advirtió la joven.
- No importa. Os escucho -replicó él.
Ella comenzó:
«- Después de que la monja me hubiese llevado, viajamos no sé cuantos lis. Por la mañana llegamos a una cueva de unos siete pasos de ancho. Allí no vivía nadie, pero había muchos monjes en las cercanías y el lugar estaba sembrado de pinos y enredaderas. También había dos niñas de unos diez años, hermosas e inteligentes, No comían nada, pero podían saltar sin descanso por los escarpados riscos, tan ágiles como los monos cuando saltan por los árboles. La monja me entregó una píldora y una espada de dos pies de largo con una hoja tan fina que podía partir un cabello en dos. Me ordenó que imitase a las niñas y pronto me sentí tan ligera como el aire. Al año podía cazar monos y no se me escapaba uno en un centenar. Después cazaba tigres y leopardos y volvía con sus cabezas. Tres años después, ya podía ir detrás de las águilas sin que se me escapase ninguna. Poco a poco, el filo de la hoja se había reducido a cinco pulgadas y las aves a las que perseguía ni se apercibían de mi presencia. Al cuarto año, la monja dejó a las niñas a cargo de la cueva y me llevó a una ciudad. No sé qué ciudad sería aquella. Allí me señaló un hombre y enumerando sus crímenes, dijo:
»- Ahora ve y córtale la cabeza sin que nadie se entere. Sé valiente, que eso es tan fácil como cazar pájaros.
»- Me entregó un puñal con empuñadura de cuerno de tres pulgadas de largo para poder matar a los hombres en la calle a la luz del día sin ser vista. Acostumbraba a poner todas esas cabezas en un bolso y luego en la cueva las convertía en agua mediante una pócima. Al quinto año, la monja me dijo que cierto alto funcionario era culpable de haber asesinado a varios inocentes. Me llevó una noche a su casa para cortarle el cuello, tomé mi puñal y fuimos allí. Arrastrándome a través de una abertura en la puerta, entré sin problemas y me escondí en una viga. Sin embargo, al llegar esa noche con la cabeza, la monja estaba furiosa.
»- ¿Por qué te has demorado tanto? -preguntó.
»Le dije que había dudado mucho en matarlo porque lo había visto jugando con un niño pequeño y hermoso.
»La monja me ordenó:
»- La próxima vez que suceda algo así, mata primero al ser que ama y luego lo decapitas a él.
«Después de disculparme, me dijo:
»- Te abriré la nuca para guardar allí el puñal, pero no temas, no te dolerá. Lo puedes sacar cada vez que lo necesites.
»Después añadió:
»- Ahora que ya eres experta en este arte, puedes volver a tu hogar.
»Al salir me dijo:
»- Volveremos a encontrarnos de aquí a veinte años.»
Este relato heló el corazón del general.
Después de esto, Yinniang desaparecía cada noche para no regresar hasta la mañana. Su padre, que no se atrevía a preguntar dónde había estado, ya no podía quererla como antes.
Un día, un joven limpiador de espejos llegó a su puerta.
- Este hombre será mi futuro esposo -dijo Yinniang.
Cuando se lo dijo a su padre, éste no osó negarse y se celebró el casamiento. Como su marido sólo valía para lustrar espejos, el general se encargó de proveerles de comida y vivienda, alojándoles en una casa aparte.
Unos pocos años más tarde, murió el padre de Yinniang y el gobernador militar de Weibo, que había oído algo de sus extrañas habilidades, le asignó una paga y la nombró oficial ayudante. Así pasaron varios años.
Durante el período Yuan He (806-21), el gobernador militar de Weibo riñó con Liu Chengyi, el gobernador militar de Chenxu, y envió a Yinniang a Chenxu a que le trajese su cabeza. Sin embargo, el gobernador Liu era también adivino y, al saber lo que estaba ocurriendo, ordenó a un oficial que esperase el próximo día, al norte de la ciudad, la llegada de un hombre y una mujer que llegarían en sendos asnos, uno blanco y el otro negro. Una cotorra comenzaría a hablar frente a ellos y entonces el hombre dispararía al ave con su catapulta, pero fallaría. Después, la mujer se apoderaría de la catapulta y mataría al ave de un solo disparo. Entonces el oficial debería inclinarse ante ellos e informarles de que había sido enviado por el gobernador y de que éste deseaba verlos.
El oficial, haciendo todo lo que se le había encomendado, se encontró con Yinniang y su marido.
- El gobernador Liu debe tener poderes mágicos -se dijeron-. De otra manera, ¿cómo podía saber de nuestra llegada? Nos gustaría conocerlo.
El gobernador Liu les dio la bienvenida y ambos hicieron los saludos de rigor.
- Merecemos mil muertes por haber querido perjudicaros -dijeron.
- De ninguna manera -replicó Liu-. Es natural que los hombres sirvan a sus amos, pero este distrito es tan bueno como el vuestro. Espero que vivan aquí sin preocupaciones.
Yinniang se lo agradeció y dijo:
- Ya que no tenéis ayudantes, no nos disgustaría venir a vivir aquí. Estamos asombrados ante vuestra divina sabiduría.
Ella sabía que el gobernador de Weibo no era su igual. Cuando Liu preguntó sobre cuánto pensaban que sería la paga adecuada, ella dijo:
- Dos mil monedas por día será suficiente -el gobernador estuvo de acuerdo.
Los dos asnos desaparecieron y aunque Liu ordenó buscarlos, no pudieron encontrarlos. Más tarde se descubrió un bolso de tela con dos asnos de papel dentro. Uno era blanco y el otro negro.
Cuando había pasado más de un mes, Yinniang informó a Liu:
- Como el gobernador de Weibo no sabe cuál es la razón de vuestra permanencia aquí, puede enviar a algún otro. Esta noche colocaré bajo su almohada un mechón de mis cabellos dentro de un pañuelo rojo y lo ataré. Así sabrá que he decidido no regresar -Liu dio su consentimiento.
A las cuatro, Yinniang regresó y dijo:
- Se lo he hecho saber. Aun así, de aquí a dos noches él enviará a un espíritu a matarme y a cortaros la cabeza. Haré lo que pueda para eliminarlo. No os preocupéis.
Como Liu era valiente y generoso, no mostró temor alguno. Esa noche se encendieron luces y después de medianoche Liu vio dos banderines, uno rojo y otro blanco, que aleteaban en el aire y luchaban en derredor de su cama. Después de un rato, un hombre decapitado cayó al suelo y Yinniang, apareciendo en ese momento, anunció:
- El espíritu está muerto.
Arrastró el cadáver fuera de la habitación y usó su pócima para convertirlo en agua sin dejar ni el rastro de un cabello indemne.
Más tarde, le dijo a Liu:
- De aquí a tres noches enviarán otro espíritu, el joven vacío de dedos mágicos. Este espíritu tiene poderes milagrosos. Ningún hombre ni espíritu puede seguir su rastro porque se desvanece en el aire sin forma ni sombra. Mis artes no pueden contra esto, así que deberemos confiar en vuestra buena fortuna. Proteged vuestro cuello con jade de Jotán y abrigaos bien en el lecho. Me convertiré en insecto y lo esperaré escondida en vuestro propio cuerpo. Es nuestra única esperanza.
Liu hizo todo lo que se le decía.
Aquel día, a medianoche, apenas había dormitado un poco cuando sintió que algo chocaba bruscamente contra su cuello. En seguida Yinniang saltó de su boca y le felicitó diciendo:
- Han acabado vuestras preocupaciones. Este tipo es como un halcón certero. Si falla en atrapar a su presa, se retira tan avergonzado que ya no regresa. En un par de horas estará muy lejos de aquí.
Al examinar el jade, Liu encontró una profunda cuchillada en él. Después de este suceso, tuvo a Yinniang en mucha mayor estima.
El año octavo del período Yuan He (814), Liu dejó su puesto para regresar a la corte, pero Yinniang prefirió no acompañarlo.
- Vagaré por montañas y ríos para encontrar hombres excepcionales -dijo ella-, pero, ¿puedo pediros una pensión para mi marido?
Después de que Liu hubiera accedido a esto, Yinniang desapareció sin dejar rastro.
Al morir Liu en su puesto, Yinniang llegó a la capital en su asno para rendirle homenaje ante su féretro.
En el período Kai Cheng (836-41), Zong, hijo de Liu, fue nombrado prefecto de Lingzhou y en su camino, atravesando las montañas hacia Chengdu, encontró a Yinniang tal cual era en los viejos tiempos, cabalgando en su asno blanco. Aunque se alegró de verlo, ella le hizo esta advertencia:
- Una gran calamidad os aguarda si permanecéis aquí -inmediatamente fabricó una píldora y le dijo que la tragara, diciendo-: Vuestra única esperanza está en que dejéis vuestro puesto el año próximo y regreséis a Luoyang. Esta pócima no puede protegeros más de un año.
No convencido del todo, Zong le ofreció sedas, pero ella no aceptó el presente. Después de beber abundantemente en su compañía, ella partió. Al año siguiente Zong no había renunciado a su puesto y pronto encontró la muerte en Lingzhou.
En cuanto a Yinniang, de ella nunca más se supo.