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lunes, 21 de mayo de 2018

DOS BURROS




B. Traven

Faltando una semana para poder recoger la cosecha por la cual había yo trabajado tan duramente, se me presentaron una mañana dos hombres armados con escopetas. Uno de ellos me dijo que era el propietario de las tierras en las cuales había yo sembrado, y que si en veinticuatro horas no abandonaba el lugar, me haría encarcelar.
Por este contundente motivo mis esperanzas de vivir tranquilamente en este lugar mientras reunía el dinero suficiente para comprarlo, u otro semejante, se desvanecieron al igual que el producto de la cosecha, que valía seiscientos pesos en plaza. El dueño del lugar la reclamó para sí sin darme ni una mínima parte. Lo único que pude recoger en tan corto plazo fueron mis aperos y mis cabras, que llevé a vender al pueblo y bien poco obtuve por ellas.
Allí me informaron que este señor antes jamás se había ocupado de esa tierra, ni le era posible rentarla, y que la única razón por la cual me había hecho salir ve ella era porque deseaba beneficiarse con mi trabajo.
Tuve nuevamente la necesidad de recorrer otros rumbos en busca de un sitio en donde establecerme y vivir en paz el resto de mi vida.
Fue así como di con los rastros de lo que seguramente había sido un ranchito. Estaba desierto y las casas habían sido saqueadas y destruidas durante la revolución, Nadie parecía saber de aquel lugar excepto quizá la gente que debía poseer el título de propiedad.
Tampoco pude saber quien lo había abandonado o, en fin, a quién pagar el alquiler. No que me preocupara esto mucho, francamente. La verdad es que simplemente tomé posesión.
Eso sí, todos los vecinos del lugar a quienes pregunté me explicaron que ninguno de ellos tenía interés por esas tierras, pues todos tenían suficiente y que si ocupaban más, esto sólo les aumentaría el trabajo y las preocupaciones.
En estas ruinas no quedaba un solo techo; de allí que yo viviera en el pueblo en un jacal destartalado que parecía esperar abnegadamente que algún huracán llegara a aliviarlo de sus sufrimientos.
Deseo aclarar que por el jacal pagaba exactamente la misma renta que por el ranchito, pero considerando el estado en que se encontraba, la renta me parecía excesivamente cara. Hay que tener en cuenta, desde luego, que las casas en los pueblos o en las ciudades siempre cuestan más que las del campo.
En estos contornos todos los campesinos indios poseen burros. Las familias a las que se considera acomodadas, suelen tener de cuatro a seis, y ni a las mas pobres les falta siquiera uno.
La dignidad de esos campesinos les obliga a montar en burro, aún cuando tengan que recorrer sólo cien metros.
Naturalmente, esa dignidad se basa, en gran parte, en el agotante clima tropical, pues si a determinadas horas del día se tiene necesidad de caminar diez minutos bajo ese ardiente sol, es suficiente como para exclamar: «Se acabó; por hoy he terminado. ¡No puedo más!»
La tierra que yo trabajaba y con cuyos productos pensaba enriquecerme rápidamente, se encontraba a cerca de dos kilómetros de distancia del jacal que habitaba y que, como dije antes, se hallaba en el pueblo.
Pronto empecé a sentirme humillado al ver que todos los campesinos indios montaban en burro cuando se dirigían a sus milpas, en tanto que yo, y según ellos, americano blanco y distinguido, caminaba a pie.
Muchas veces me percaté de que los campesinos y sus familias se reían a mis espaldas cuando me veían pasar frente a sus jacales cargando al hombro pala, pico y machete. Finalmente, no pude soportar más que se me mirara como a miembro de una raza inferior, y decidí comprar un burro y vivir decentemente como los otros individuos de la comunidad.
Pero nadie vendía burros. Todos los ya crecidos eran utilizados por sus propietarios; y los chiquitos, de los que tal vez habría podido comprar uno, todavía no estaban lo suficientemente fuertes para trabajar.
Todos los burros del pueblo andaban sueltos sin que nadie los cuidara.
Es decir, sus propietarios los dejaban libres día y noche para que se buscaran ellos mismos el sustento, y cuando necesitaban alguno, enviaban a un chamaco con un lazo para que lo trajera.
Entre esos burros, hacía tiempo que yo había descubierto uno al parecer sin dueño, pues nunca vi que alguien lo utilizara para cargar, o lo montara.
Era sin duda el más feo de su especie. Una de sus orejas, en vez de estar parada, le caía sobre un lado y hacia afuera, en tanto que la otra, rota quizá durante algún accidente sufrido en la infancia, le colgaba como un hilacho. Seguramente había sido sorprendido en la milpa de algún campesino, quien, enojado, debe haberle propinado un machetazo causando aquel daño que le impedía levantar la oreja.
Pero lo más feo en él era su anca izquierda, pues tenía en ella un tumor voluminoso, que se le había originado quizá por la mordedura de una serpiente venenosa, la picadura de un insecto o la soldadura defectuosa de algún hueso roto años atrás. Cualquiera que haya sido la causa, su aspecto era horrible.
Tal vez, debido a su completa independencia, a su ilimitada libertad, y a su existencia de vagabundo, aquel burro era el rey despótico de sus semejantes en la región. Al parecer, consideraba de su propiedad a todas las hembras. Nada temía, y como era el más fuerte de todos, trataba brutalmente a los machos que intentaban invadir lo que en su concepto era exclusivamente de sus dominios.
Un día, dos muchachitos indios traían del bosque una carga de leña atada al lomo de un burro. La carga era demasiado pesada, o tal vez el burro consideró que era mucho trabajar y se tumbó en el suelo, y ni buenas palabras ni malos azotes lo indujeron a levantarse y a transportar la carga. Fue en esa desesperada situación cuando uno de los chicos descubrió no lejos de allí, merodeando entre las hierbas, al dichoso burro. Le ataron al lomo la carga que su propio burro, por debilidad, pereza o terquedad, no había querido llevar. El feo aguantó la carga y la llevó trotando alegremente, como si no le pesara, hasta la casa de los muchachos. Al llegar lo descargaron. Como no daba señales de querer abandonar el sombreado lugar y parecía feliz de haber encontrado al fin un amo, lo tuvieron que echar a pedradas.
Yo regresaba del bosque por el mismo camino tomado por los muchachos y tenía que pasar frente al jacal que éstos habitaban, por eso me pude dar cuenta de lo ocurrido.
Entré al jacal en donde encontré al padre de los muchachos haciendo petates.
-No, señor; ese burro no es mío. Que Dios me perdone, pero me avergonzaría de poseer una bestia tan fea. Créame, señor, hasta calosfrío me daría de tocarlo simplemente. Parece el mismísimo demonio.
-¿No sabe usted, don Isidoro, quién será su propietario?
-Esa bestia infernal no tiene dueño, nunca lo ha tenido. No hay ningún pecador en este pueblo capaz de reclamarlo. Tal vez se extravió, o se quedó atrás de al guna recua que cruzó por aquí. Realmente no sabría decirle. Ese animal debe tener cuarenta años, si no es que más. Da muchísima guerra. Pelea, muerde, patea y persigue a los burros pacíficos y buenos y los hace inquietos, testarudos y rebeldes; pero, lo que es peor, echa a perder a toda la raza. Como le decía antes, señor, yo no soy su dueño e ignoro a quién pertenece, y, además, nada deseo saber acerca de ese horrible animal. En cualquier forma, creo que no tiene dueño.
-Bueno -dije-, si no tiene dueño, me lo puedo llevar, ¿verdad, don Isidoro?
-Lléveselo, señor. Que el cielo sea testigo de lo que estoy diciendo y que la Virgen Santísima lo bendiga. Todos estaremos contentos cuando se lleve usted a esa calamidad. Le agradeceremos que lo guarde y no lo deje que ande haciendo daños.
-Perfectamente, entonces me lo llevo.
-Amárrelo bien, porque le gusta meterse a las milpas en la noche, y eso es algo que a ninguno de nosotros agrada. Adiós, que el Señor le acompañe.
Así, pues, me lo llevé. Quiero decir, al burro feo. Fui a la tienda y le compré maíz. Me pareció leer en su expresión agradecimiento por tener, al fin, amo y techo. Era lo bastante inteligente para darse cuenta inmediata de que tenía derechos en el corral, pues siempre regresaba voluntariamente cuando iba en busca de pasto o a visitar su harem.
Pasó una semana, al cabo de la cual, el domingo por la tarde, uno de los vecinos me visitó. Me preguntó cómo iban mis jitomates, me dio noticia de los acontecimientos que le parecían más notables; me contó que tenía necesidad de trabajar mucho para irla pasando; que su hijito menor tenía tos ferina, pero que ya iba mejor; que la cosecha de maíz de ese año no sería tan buena como la anterior; que sus gallinas se habían vuelto perezosas y ya no ponían como solían hacerlo, y terminó diciendo que estaba seguro de que todos los americanos eran millonarios.
Cuando me hubo hablado de todas esas cosas y cuando ya se disponía a salir, señaló a mi burro, que masticaba con expresión soñadora su rastrojo a poca distancia de nosotros y dijo:
-Usted sabe que ese burro es mío, ¿verdad?
-¿De usted? No, ese burro no es suyo; él no tiene dueño. Es un animal muy fuerte; no será precisamente una belleza, pero fuerte sí que es, y vuelvo a repetirle que no es suyo.
-Está usted muy equivocado -dijo con expresión seria y voz convincente-. Ese burro es mío; por San Antonio que lo es. Pero veo que a usted le gusta y estoy dispuesto a vendérselo muy barato, déme quince pesos por él.
Un burro fuerte y sano cuesta en esa región de treinta a cincuenta pesos, y muchas veces hasta más que un caballo regular. Así, pues, pensé que lo mejor que podía hacer era comprar el burro a su dueño y evitar futuras dificultades.
-Mire, don Ofelio -dije-; quince pesos son mucho dinero tratándose de un burro tan feo; la sola vista de su horrible tumor produce náuseas.
Le daré dos pesos por el animal y ya es mucho pagar por ese adefesio.
Nadie, a excepción de un idiota, le daría un centavo más. Y si no quiere venderlo a ese precio, lléveselo.
-¿Cómo podré llevarme a ese pobre burro, sabiendo que usted lo quiere tanto? Me daría mucha pena separarlos.
-Dos pesos, don Ofelio, y ni un centavo más.
-Cometería yo un pecado mortal en contra del Señor si le vendiera un animal tan fuerte por dos pobres pesos.
Hacía dos horas y media que discutíamos, ya empezaba a oscurecer y, finalmente, Ofelio dijo:
-Bueno, solamente porque usted me simpatiza puedo vendérselo en cuatro pesos. Esa es mi última palabra, la Santísima Virgen sabe que no puedo rebajarle ni un centavo más.
Le pagué, y Ofelio se marchó, asegurándome que estaría siempre a mis respetabilísimas órdenes y diciéndome que debía considerar su humilde casa y todas sus posesiones terrestres como mías.
No habían transcurrido dos semanas cuando una tarde en que regresaba del campo, donde había trabajado todo el día, acompañado de mi burro cargado de calabazas para alimentar a mis cabras, encontré a Epifanio, campesino también, y residente en el pueblo.
-Buenas tardes, señor. ¿Mucho trabajo?
-Mucho, don Epifanio. ¿Cómo está su familia?
-Bien, señor; gracias.
Cuando arreé al burro para que caminara nuevamente, Epifanio me detuvo y dijo:
-Mañana necesito el burro, señor; lo siento, pero tengo dos cargas de carbón en el bosque y necesito traerlas.
-¿A qué burro se refiere?
-A ese que lleva usted, señor.
-Lo siento, don Epifanio, pero yo también lo necesito todo el día. Sin cambiar el tono de su voz y con toda cortesía dijo:
-Ese burro es mío. Y estoy seguro de que un caballero digno y educado como usted no tratará de quitarle a un pobre indio, que no sabe ni leer ni escribir, su burrito. Usted es todo un caballero y no hará nunca cosa semejante. No puedo ni creerlo, perdería la fe en todos los americanos y mi corazón se llenaría de tristeza.
-Don Epifanio, no dudo de sus palabras, pero este burro es mío, se lo compré a Ofelio por cuatro pesos.
-¿A Ofelio, dice usted, señor? ¿A él, a ese ladrón embustero? Es un canalla, un desgraciado, un bandido. Acostumbra robar la leña a la gente honrada que ningún daño le ha hecho, eso es lo que acostumbra hacer ese bandolero. Y ahora lo ha estafado a usted. No tiene honor, no tiene vergüenza, le ha vendido a usted este pobre burrito a sabiendas de que es mío. Yo crié a este animal, su madre era mía también y ese ladrón de Ofelio lo sabe bien. Pero escuche usted, señor, yo soy un ciudadano honrado, pobre pero muy honrado. Soy un hombre decente y que la Virgen Santísima me llene de viruelas inmediatamente si miento. Ahora, si usted quiere, puedo venderle el burro, y quedamos como buenos vecinos y amigos. Se lo daré por siete pesos, aun cuando vale más de veinticinco. Yo no soy un bandido como Ofelio, ese asesino de mujeres. Se lo venderé muy barato, por nueve pesos.
-¿No dijo, sólo hace medio minuto, siete pesos?
-¿Dije siete pesos? Pos bien, si dije siete pesos, que sea esa la cantidad. Yo nunca me desmiento y jamás engaño.
Algo me hizo maliciar la prisa con la que Epifanio trataba de inducirme a cerrar el trato y pensé que antes de pagarle sería conveniente que me diera pruebas de sus derechos sobre el burro. Pero él no quiso darme tiempo para hacer investigaciones, me pidió una respuesta inmediata y categórica. Si era negativa, lo sentía mucho, pero tendría que ir a denunciarme ante el alcalde por haberle robado su burro y no cejaría hasta que los soldados vinieran y me fusilaran por andar robando animales.
Nos bailábamos discutiendo el asunto a fin de encontrar una solución que conviniera a ambos, cuando otro hombre que venía del pueblo se aproximó.
Epifanio lo detuvo.
-Hombre, Anastasio, compadre, diga usted ¿no es mío este burro?
-Cierto, compadre; podría jurar por la Santísima Madre que el animal es suyo, porque usted me lo ha dicho.
-Ya ve usted, señor. ¿Tengo razón o no la tengo? Dígame.
Epifanio pareció crecer ante mis ojos.
¿Qué podía yo hacer? Epifanio tenía un testigo que habría jurado en su favor. Regateamos largo tiempo, y al caer la noche quedamos de acuerdo en que fueran dos pesos veinticinco centavos. Los dos hombres me acompañaron a mi casa, en donde Epifanio recibió su dinero. Una vez que lo aseguró, atándolo con una punta de su pañuelo rasgado, se fue lamentándose de haber sido víctima de un abuso ya que el burro valía diez veces más, y diciendo que ellos habrán de ser eternamente explotados por los americanos, quienes ni siquiera creen en la Santísima Virgen y que sólo se dedican a engañar y a estafar a los pobres indios campesinos.
Al domingo siguiente, por la tarde, vagaba descuidadamente por el pueblo y por casualidad pasé frente al jacal que habitaba el alcalde.
Este se mecía en una hamaca bajo el cobertizo de palma de su pórtico.
-¡Buenas tardes, señor americano! -gritó-. ¿No quiere usted venir y descansar un momentito a la sombra? Hace muchísimo calor y a nadie le conviene caminar al sol a estas horas. Está usted comprobando el viejo dicho que dice: «Gringos y perros caminan al sol.» -Y rió de corazón agregando-: Perdone, señor, no quise ofenderlo, es sólo un decir de gente sin educación; tonterías, ¿sabe? Siéntese cómodo, señor, ya sabe que está en su casa y que estamos aquí para servirle.
-Gracias, señor alcalde -dije, dejándome caer en la silla que me ofrecía y la que difícilmente tendría veinte centímetros de altura.
Empezó a hablar y me enteró de todo lo concerniente a su familia y de lo difíciles que eran los asuntos de la alcaldía, asegurándome que era más pesado regir a su pueblo que a todo el estado, porque él tenía que hacer todo el trabajo solo, en tanto que el gobernador contaba con todo un ejército de secretarios para ayudarle.
Después de escucharle durante media hora, me levanté y dije:
-Bueno, señor alcalde; ha sido un placer y un gran honor, pero ahora tengo que marcharme, pues tengo que hacer algunas compras y ver si tengo cartas en el correo.
-Gracias por su visita, señor -contestó, agregando-: Vuelva pronto por acá; me gusta conversar con caballeros cultos. A propósito, señor, ¿cómo está el burro?
-¿Cuál burro, señor alcalde?
-Me refiero al burro de la comunidad, que usted guarda sin consentimiento de las autoridades. El que monta y al que hace trabajar todos los días.
-Perdóneme, don Anselmo, pero el burro de que está usted hablando es mío; yo lo compré y pague por él mi buen dinero.
El alcalde rió a carcajadas.
-Nadie puede venderle a usted ese burro, porque es de la comunidad, y si hay alguien bajo este cielo que tenga derechos sobre él es el alcalde del pueblo, y ese soy yo, a partir de las últimas honradas elecciones. Soy yo el único que puede vender las propiedades de la comunidad. Así lo ordena la Constitución de nuestra República.
Comprendí que el alcalde tenía razón, aquel era un burro extraviado, y como nadie lo había reclamado, había pasado a ser propiedad del pueblo. ¡Qué tonto había sido yo en no pensar antes en eso!
El alcalde no me dio tiempo para reflexionar y dijo:
-Ofelio y Epifanio, los hombres que le vendieron el animal, el burro de la comunidad, son unos bandidos, unos ladrones. ¿No lo sabía usted, señor? Son asesinos y salteadores de caminos que debieran estar en prisión o en las Islas; es ese el lugar que les corresponde. Solamente espero que vengan los soldados, entonces les haré arrestar y procuraré que los fusilen en el cementerio sin misericordia el mismo día. Tal vez me apiade de ellos y les conceda un día más de vida. Deben ser ejecutados por cuanto han hecho en este pacífico pueblecito. Esta vez no se escaparán; no, señor. Lo juro por la Santísima Virgen; sólo espero que vengan los soldados.
-Perdone, señor alcalde. Epifanio tenía un testigo que jura que el burro es suyo.
-Ese es Anastasio, el más peligroso de los rateros y raptor de mujeres, después de que abandonó a su pobrecita esposa. Además, le gusta robar alambre de púas y de telégrafo. Será fusilado el mismo día que los otros. Y le recomendaré al capitán que lo fusile primero, para evitar que se escape, porque es muy listo.
-Todos me parecieron gente honesta, señor alcalde.
-Verá usted, señor; es que ellos pueden cambiar de cara de acuerdo con las circunstancias. ¿Cómo pueden haberse atrevido esos ladrones a vender el burro de la comunidad? Y usted, un americano educado y culto debía saber bien que los burros de la comunidad no pueden venderse, eso va contra la ley y contra la Constitución también. Pero no quiero causarle penas, señor, yo sé que a usted le gusta el burro y nosotros no tenemos ni un centavito en la tesorería, en tal caso yo tengo derecho para venderle el burro a fin de conseguir algún dinero, porque tenemos algunos gastos que hacer. El burro vale cuarenta si no es que cincuenta pesos, y yo no se lo dejaría ni a mi propio hermano por menos de treinta y nueve. Pero considerando que usted les ha dado bastante dinero a esos ladrones, se lo venderé a usted y nada más a usted, por diez pesos, y así en adelante ya no tendrá más dificultades a causa del burro, porque le daré un recibo oficial con estampillas, sello y todo.
Después de mucho hablar, le pagué cinco pesos. Por fin el burro era legalmente mío. La venta había sido una especie de acto oficial.
No había, desde luego, posibilidad de que los pillos a quienes pagara con anterioridad me devolvieran el dinero.
Por aquellos días regresó al pueblo la señora Tejeda. Era una mujer vieja, astuta, y muy importante en la localidad. Era mestiza. Todos la temían por su genio violento y por su horrible lenguaje. Era propietaria del único mesón que había en veinte kilómetros a la redonda y en el cual se hospedaban arrieros y comerciantes en pequeño que visitaban el pueblo. La señora Tejeda vendía licores y cerveza sin licencia, pues hasta los inspectores del gobierno la temían.
Había estado ausente durante ocho semanas, porque había ido a visitar a su hija casada, que vivía en Tehuantepec.
Escasamente dos horas después de su llegada, se presentó en mi casa hecha una furia.
Desde atrás de la cerca de alambre de púas gritó como si pretendiera levantar a los muertos:
-¡Salga, desgraciado ladrón, venga, que tengo que hablar con usted y no me gusta esperar, perro tal por cual, gringo piojoso!
Vacilé durante algunos segundos, al cabo de los cuales salí, teniendo buen cuidado de permanecer tan lejos de la cerca como las circunstancias me lo permitían.
En cuanto me vio aparecer en la puerta, gritó con voz chillona:
-¿En dónde está mi burro? Devuélvamelo inmediatamente, si no quiere que mande un mensaje a la jefatura militar para que envíen un piquete de soldados y lo fusilen. ¡Rata apestosa, ladrón de burros!
-Pero señora, dispénseme. Le ruego que me escuche, por favor, doña Amalia.
-Al diablo con su doña Amalia, gringo maldito. Yo no soy su doña Amalia. Traiga acá mi burro, ¿oye? ¿O quiere que le ensarte el cuero con siete plomazos?
-Le ruego que me escuche, señora Tejeda, por favor. -Después, con una humildad con la que jamás me he dirigido ni al cielo, le dije-:
Comprenda por favor, señora Tejeda; se lo suplico. El burro que yo tengo era de la comunidad, no puede ser suyo; comprenda usted, señora.
El señor alcalde acaba de vendérmelo y tengo el recibo debidamente firmado, sellado y timbrado.
-¿Dijo usted timbrado? ¡Al diablo con sus timbres! Por un peso podría conseguir una docena y con mejor goma que los suyos. Este alcalde es un ladrón. ¿Cómo pudo ese plagiario, salteador de caminos, violador de mujeres decentes, venderle mi propiedad, lo que me pertenece legalmente? ¡Burro de la comunidad!… ¡Bandido de la comunidad!, eso es lo que es; ladrón de la comunidad, burlador de elecciones, asesino, falsificador de todos los documentos habidos y por haber, ¡perro roñoso!
-Pero vea usted, señora Tejeda.
-Le digo que me devuelva el burro en seguida. No se atreva a decirme que mañana, si no quiere saber quién soy yo y en qué forma trato a los desgraciados como usted.
¿Que podía yo hacer contra semejante mujer? Nada. Dejé salir al burro.
Ella lo pateó en las ancas para hacerlo caminar.
Después me enteré de que a ella nada le importaba el burro, no tenía en qué emplearlo, nunca lo hacía trabajar y jamás le daba ni un puñado de maíz agorgojado.
-Esto es una vergüenza. Estoy rodeada de ladrones, de bandidos, de asesinos y rateros -gritó para que todo el pueblo la oyera, sin precisar a quién se refería.
Inmediatamente traté de salvar mi dinero hasta donde fuera posible.
Además le había tomado cariño al burro, que me había acompañado durante las últimas semanas.
Así, pues, para salvar parte de mi dinero y para salvar al burro de un mal trato seguro, dije desde atrás de la cerca:
-Señora, por favor. ¿No quiere venderme el burro? No me cabía duda de que ella era la auténtica propietaria del animal.
-¿Vender yo mi pobre burro a un ladrón de ganado, como usted? ¿A usted, un golfo, bueno para nada, miserable gringo? ¿Venderle a usted mi burrito? Ni por cien pesos oro y aunque me lo pidiera de rodillas.
¡Y no se atreva a dirigirme la palabra otra vez, apestoso!
Después me volvió la espalda, se levantó la ancha falda por detrás como quien termina de bailar un cancán, y se fue todavía profiriendo insultos.
Inmediatamente me dirigí al alcalde.
Ya él estaba enterado de lo ocurrido, pues el teléfono no hace la menor falta a esta gente.
-Tiene usted razón, señor; el burro es de la señora Tejada. Pero ella no estaba aquí, estaba ausente, y cuando uno se ausenta, muchas cosas pueden ocurrir. Como ella no estaba aquí, nadie cuidaba del burro, así pues era entonces un animal extraviado y, como tal, pertenecía a la comunidad, de acuerdo con los dere chos, leyes y reglamentos constitucionales.
-Yo no estoy enterado de sus reglamentos, lo que quiero es que me devuelva los cinco pesos que entraron en la tesorería.
El no mostró ni la más leve pena cuando dijo:
-Está usted en lo justo, señor, y tiene todo derecho a que se le restituya su dinero. Esos cinco pesos le pertenecen legalmente. Pero la verdad es que ya no se encuentran en la tesorería, se emplearon para hacer algunos gastos de la comunidad, ¿sabe usted?
Gastos de la comunidad, ¡vaya! No había visto que se hiciera reparación o construcción alguna desde el día que pagué mis cinco pesos a la tesorería.
El alcalde se conmovió sin duda al ver los esfuerzos que hacía yo por comprender a qué gastos se refería.
Inocentemente y con una sonrisa infantil en los labios dijo:
-Verá usted, señor. Yo necesitaba con urgencia una camisa y un pedazo de suela para huaraches, porque los otros ya no estaban en condiciones de ser usados por un alcalde.
Nada había que oponer a sus razones. Él era alcalde, y como tal, tenía que presentarse decentemente vestido, pues su presencia en harapos habría ido contra la dignidad de su puesto. Habría sido, realmente, una vergüenza para la comunidad a la cual yo también pertenecía. Y el deber de todo ciudadano es guardar la dignidad de su comunidad ante los ojos del mundo. Así, pues, el alcalde había estado en su derecho al emplear mi dinero en lo que a él le pareciera más esencial para la dignidad del pueblo. Ni el más exigente comité investigador le habría podido condenar por dilapidación de los dineros públicos.
El título de este cuento dice: «Dos Burros». El lector se preguntará ¿y el otro burro? Pues bien, nuevamente anda en busca de algún sitio tranquilo en donde vivir, pero bien lejos de ese lindo pueblecito oaxaqueño, porque allí su reputación de roba ganado y despojador de gente pobre es desastrosa.

FIN


viernes, 18 de mayo de 2018

SIN ALEVOSÍA




Mariví Cerisola
Era infiel porque así nació. Le gustaban casi todas las mujeres: castañas, morenas y pelirrojas; rizadas y también lacias. Altas, no tanto, escuálidas y robustas. Las rubias eran las únicas que no tenían un número en su lista de conquistas; las dejaba de lado porque su madre había sido la güerita del barrio y se le hacía un impudor meterse bajo las sábanas con alguna parecida a su mamacita. Así era Alejandro Mendizola y así lo amaban y aceptaban sus mujeres. Porque, eso sí, él no les mentía nunca y su lema era: “Yo soy así y nunca voy a cambiar; quien me quiera, que me quiera como soy”. Y sí, asimismo era como lo querían todas, a su manera. Jamás le hicieron ningún escándalo ni le reclamaron nada porque Alejandro las tenía a todas contentas y bien servidas, y la que se subía a su carro sabía de antemano cómo era la meneada en su paraje.
Muchos fueron los hijos que tuvo y a todos los tenía en la misma escuela. Por ende, todos eran amigos y a todos se los llevaba a misa los domingos y después a comer a la plaza grande para que aprendieran a ser tan buenos cristianos como hermanos. El cura del pueblo, que era su amigo por las pródigas caridades con que lo beneficiaba, había bautizado, comulgado y confirmado a la prole entera. Alejandro no tenía consentidos, pues con sus vástagos asumía el mismo método que con sus señoras: no hacer diferencias. Tan iguales unas como los otros. Las niñas tenían el nombre de las madres y las abuelas. Los niños, sin excepción, el suyo con algún aderezado: Pedro Alejandro, Alejandro Cruz, Carlos Alejandro, Alejandro Artemio y puros Álex con su consabido apéndice. En cada una de sus casas había un perro de la misma raza, el cuadro de un gallero colgado en el comedor, una sala de cuero con visos amielados, vigas de madera en los techos, cortinas de manta, losetas brillantes en el suelo, vasos de vidrio soplado y vajillas de cerámica. Lo único desigual en la decoración de cada vivienda era la mujer y los chiquillos que la habitaban. Y así andaba por la vida, queriendo y siendo querido sin problema alguno. Hasta que se le apareció la Muñe por la senda y, de un plumazo, se le desorientaron todas sus doctrinas.
La descubrió una mañana cuando el sol aún no alcanzaba a calentar las azoteas y la ropa ondeaba húmeda en los tendederos. Nada más verla, supo que sus días gloriosos estaban por terminar. Supo también que no habría, en ningún dispensario de la zona, un antídoto para no envenenarse con esa risa de chorro que le salía a la Muñe y anegaba los ejidos de la región. Inevitable no caer rendido ante aquellos ojos que miraban más allá de las montañas, más lejos de lo más lejano y que eran más brillantes que una luna de noche abierta. Comprendió muchas cosas con sólo divisarla: los dolores del sentir, el canto de los cenzontles, el aullido de los coyotes montañeros y los suspiros que aventaban sus tías con la telenovela de las nueve. Se le agitaron las coyunturas, los vellos del cogote y los ventrículos del corazón. Por primera vez en su vida tuvo miedo de que la Catrina se lo llevara al mundo de las sombras sin antes dejarlo calar esa boca tan femenina que prometía quitarle de un jalón la sed con que había nacido.
La Muñe lo miró de frente, con desgarro, con la razón de estar al tanto de que ese hombre grandote y moreno ya estaba hasta las cachas por su figura. Los dos se observaron, confesándose de adentro para afuera en ese lenguaje mudo que sólo oyen los que en algún punto del camino son tocados por las emociones.
Desde ese momento, Alejandro y su Muñe se hicieron sólo una persona. Él se olvidó de que tenía otras casas, otras mujeres y muchos hijos e hijas que lo esperaban en vano con sus mejores galas domingueras para ir a la parroquia y luego a la plaza grande a comer tacos de maciza.
La Muñe, con sus ojos crecidos que veían más distante que cualquier otro par de ojos, supo mirarle el alma a su nuevo amor e hizo todo y más para tenerlo sonriente y satisfecho. Se puso un mandil blanco con margaritas, aprendió a hacer tamales de chile colorado, cambió a su loro parlanchín por un perro y se hacía que era menos lista de lo que en realidad era para que su hombre moreno y grande se sintiera más indispensable de lo que era en realidad. Ambos se habían dicho y prometido, y entre tanta palabra y promesa, ella les bajó los dobladillos a sus faldas y les subió el escote a sus vestidos; ya no se pintaba la boca de carmesí y dejó de hacerse la permanente en el pelo. Él sólo prometió una cosa: no voltear los ojos hacia ninguna mujer que se le atravesara por delante. Ese ofrecimiento le bastaba a la Muñe, cuya canción favorita era la de “Yo jamás perdonaría ni adulterios ni traiciones”.
El verano llegó al lugar como llegan todos los veranos: despejado, voluble, húmedo y caluroso. La venta de helados en la localidad se incrementaba, la gente vestía estival y ligera, el ambiente olía a verde recién cortado, y las mujeres, aquellas que hasta hacía un tiempo habían compartido al mismo hombre, ahora se reunían alrededor del quiosco de la plaza para compartir el abandono. No departían mucho entre ellas; sólo se observaban unas a otras con ese aire de asombro que permanece tras un lance inesperado.
Un año con sus ocho meses había durado el romance y, una tarde, cuando el sol ardía sobre el piso de las terrazas y la ropa ya reseca esperaba ser descolgada de los tendederos, Alejandro y su Muñe daban un paseo por el empedrado. De pronto, se pararon afuera de la panadería a mirar los pasteles amerengados de cuatro, cinco y hasta ocho pisos que eran la especialidad de ese lugar. En ésas estaban cuando una ligera ráfaga de viento pasó rozándoles la cabeza y contemplaron su reflejo en el escaparate con los pelos enmarañados y un modo que no se parecía en nada al que antaño se veían en el espejo. Y fue allí, entre aquel boato dulce y adornos de bodas y quince años donde se descubrieron distintos. Tan distintos a esos que habían sido antes. Voltearon a verse una al otro con ese pasmo que surge tras una revelación espontánea. Y aquellos dos, que hasta ese momento habían sido sólo uno, de un jalón fragmentaron sus ensueños. Se dieron un abrazo largo y confundido, y se apartaron por la calzada en busca de sus personas.
La historia enderezó su rumbo. La Muñe le subió el dobladillo a su falda y se bajó el escote. Arrojó al río el mandil con margaritas, se puso los labios bermellón y se hizo la permanente. Recuperó su risa de chorro con la que humedecía poblados enteros, y con el perro, al que ya le había tomado cariño, a su lado, se fue levantando silbidos hacia esos otros parajes que sus ojos, aquellos ojos que miraban más lejano que ningunos otros, ya habían divisado.
Por su parte, Alejandro se dedicó a hacer la visita de las siete casas porque hacía un año con sus ocho meses que no llevaba a su tribu a la iglesia ni a comer tacos de maciza a la plaza grande.
Los Alejandros Pedros y los Pedros Alejandros proliferaron por la región. Se volvieron a vender los cuadros de galleros, los taqueros hicieron su agosto cada domingo, pusieron más pupitres en la escuela y los criadores de esos perros de la misma raza tuvieron que ampliar el negocio.
Así había nacido, infiel, y asimismo lo amaban y perdonaban sus mujeres. Porque a Alejandro le fascinaban las conquistas y tenía que ver con casi todas menos con las rubias, pues jamás se metería a la cama con una mujer de pelo amarillo que le recordara a la santa güerita que lo había traído al mundo.

FIN

MarivíCerisola. Algunas veces también Victoria, crea sus textos al ritmo de la luna. Nacida en Ciudad Obregón, Sonora, tiene el corazón chilango y una madre española. Ha publicado varias novelas para adolescentes e historias para niños. Irrumpe en el mundo de los adultos con sus cuentos y con su novela Benditos esos lunes de café. Inevitablemente, como buena canceriana, siempre se enamora de sus personajes. Es compiladora de esta antología.


ANUNCIO A LÍNEA DESPLEGADA




Mariano Azuela

Desde la acera de enfrente, acariciando su luenga y sedosa barba, dejó vagar sus dulces ojos de buey en los grandes letreros del Instituto:
ELECTROTERAPIA FISIOTERAPIA MECANOTERAPIA TERAPIA GLANDULAR Luego los dejó bajar -tras los gruesos lentes de oro- hacia el pórtico huérfano del negrazo de uno ochenta, encargado de aplicar los primeros pases magnéticos a la clientela, siempre de rigurosa etiqueta; largo y ajustado levitón de paño azul oscuro con botones dorados, embetunadas las botas y brillantes como espejos.
Para aliviar su pena compró al vendedor ambulante un cartucho de cacahuates garapiñados. Cabalmente cuando se le nublaron los ojos y le bambolearon las piernas. ¿Un vértigo? Pero si hace una semana no lo pruebo. Miró arriba, miró abajo, y las nubes seguían bogando, borreguitos blancos desperdigados, y sus pies se asentaban en un piso parejo y firme. No advirtió, por tanto, la causa de su pasajero desequilibrio: que en vez de tres viles «fierros» (precio vil, de la Dictadura) había dado una «sábana» de Villa por un alcatraz de cacahuates.
Sí, se acordó de que a su negro habían tenido que seguirlo el escuadrón de bellas enfermeras-ganchos por clausura del Instituto. Precisamente el día que México amaneció poblado de negritos de huarache y calzón blanco con sendos 30-30 en las manos.
Porque a la irrupción de los bárbaros sucedió la fuga de la pintoresca clientela: norteños de gruesos borceguíes americanos y pañuelo rojo anudado al cuello; charros patizambos del Bajío con inmensos sombreros galonados y zapatones bayos; costeños lanudos de voz cantarína y ligero panameño. Toda la provincia atraída por el anuncio, a línea desplegada, en los grandes diarios metropolitanos.
Extinguido, pues, el infiernito de luces policromas, chispas, estallidos, estridentes vibradores, detonadores demoniacos, todo lo que deslumbra, ciega y ensordece (terapéutica infalible para futuros inquilinos del limbo o del manicomio), el doctor Olivares de los Montes, en vez de buscar trabajo, como muchos de sus colegas honestos y tontos, concentró su pensamiento con el mayor optimismo y le dio cuerda a la maquinita de hacer dinero que llevaba en la cabeza. No tardó mucho en estallar la salvadora idea: «Estos pazguatos de la Nueva Era traen en sus manos un tesoro y ni ellos mismos lo saben. Hay que comerles el mandado».
Salió corriendo a vender sus lentes de oro, se tiró su preciosa barba y luego fue al periódico a pagar un anuncio a línea desplegada: «El eminente doctor Olivares de los Montes salió anoche rumbo a los Estados Unidos y Europa en viaje de estudio. Visitará las clínicas más famosas de Nueva York, Berlín, Roma y París…», etcétera.
Y todavía le ajustó para comprarse un temo gris, sombrero tejano con pluma de pavo, zapatos bayos de ojillos, todo de medio uso y a los precios de Tepito.
En una tarde se aprendió el andar despernancado de los del interior y la dulce tonadita de los de la frontera. Y esa misma noche dio principio a la realización de su proyecto. Al chofer que lo condujo al restorán le pagó con una andanada de injurias, mostrándole la cacha de una pistola que ni gatillo tenía. Convidó a comer a cuanto cuerudo encontró, y cuando le llevaron la cuenta no dejó porcelanas ni cristales sanos. Ante demostraciones tan radicales, los de la familia legítima ni pestañearon siquiera cuando les dijo: «Venustiano me ha dado la comisión de hacer el reparto de tierras». Y hasta se pusieron de pie, para hacerle los honores al que le hablaba de tú al Primer jefe.
Allá por la polvosa y olvidada colonia Peralvillo, muy cerca de los llanos de «la Vaquita» se levantó un letrero con letras tan negras y tan gordas que se veían desde la Villa:
GRAN REPARTO DE TIERRAS A LOS POBRES AQUÍ INFORMAN Por muchos días los transeúntes miraban el anuncio con el rabillo del ojo y pasaban de largo. Pero el día que el eminente doctor-socialista llegó seguido de ruidoso y pintoresco cortejo de latrofacciosos -sus amigos nuevos-, los mirones y los vagos acudieron en mosquero. Hubo banquete a la sombra de una fresca arboleda y, a la hora de los brindis, por primera vez salieron a relucir «los postulados ideológicos de la Revolución» y «las necesidades del obrero y del campesino».
-Compañeros, mi compadre Emiliano y Pancho Villa me han comisionado para que les reparta la tierra.
Ya don Venustiano había corrido a Veracruz.
-¿Y cuánto se da? -preguntó el primer avorazado.
-La tierra es tuya, hermano, nosotros te la devolvemos.
-Pues entonces apúnteme con dos lotecitos.
-Los tenemos desde cincuenta centavos hasta cinco pesos a la semana. Platita, naturalmente, hermano.
-¡Hum!
-La tierra es tuya, compañero; pero el ingeniero que te la reparte y el abogado que te la legaliza también comen.
Carrancistas, villistas, convencionistas y zapatistas entran y salen de la capital, sin soltarse de la greña; el sufrido pueblo, ahíto de beneficios, hace interminables colas esperando un kilo de carbón o una medidita de maíz a cambio de un puñado de billetes, mientras el doctor Olivares firma recibos y bebe champaña en las mejores cantinas, con los próceres de la hora.
Hasta que don Venustiano, obedeciendo el mandato del pueblo, se afianzó de la Presidencia y comenzaron a sacar la cabeza de sus tuceros los potentados de la Odiosa y aun a reclamar lo que creían que era suyo.
Pero todo resultó bien. El pelantrín, que seguía cobrando las cuotas sin saber quién lo había puesto allí, fue de vacaciones a Belén; los agraciados proletarios a la calle con todo y chivas; mientras el doctor Olivares de los Montes se dejaba crecer la barba luenga y sedosa y reaparecían los grandes letreros del Instituto con su negro y sus guapas enfermeras.
En anuncio a línea desplegada, los grandes diarios de la mañana llevaron la buena nueva hasta los rincones más apartados del país:
«El eminente doctor don Fulgencio Olivares de los Montes acaba de regresar de Europa, después de haber visitado las clínicas más famosas del mundo. El doctor Olivares de los Montes ha traído los aparatos más modernos que la ciencia ha inventado en beneficio de la humanidad doliente. Cura sin drogas ni operación las enfermedades de la cintura…», etcétera.

FIN


jueves, 1 de marzo de 2018

LA HISTORIA DEL CONEJO FANTASMA




Richard Adams

No hay hombre ni oveja en estos parajes que use el pozo de los gemidos, ni que lo haya usado en todos los años que llevo aquí.
M. R. James, Wailing Well


De los cuatro efrafanos que se rindieron en el ruinoso Panal ante Quinto la mañana de la derrota de Vulneraria, tres llegaron pronto a ser muy apreciados por Avellano y sus amigos.
Hierba Cana, que poseía incluso mejores dotes de patrullero que el mismo Negroso, fue, a pesar de su devoción por el general, una valiosa incorporación a la madriguera. Mientras que Cardo, por su parte, libre de la disciplina de Éfrafa, resultó ser un conejo divertido y agradable.
La excepción fue Tusílago. Nadie sabía qué pensar de él. Era un conejo austero y silencioso, cortés con Avellano y Pelucón, pero decididamente brusco en sus tratos con los demás. Y tampoco parecía hacerse mucho con sus compañeros de Éfrafa. Durante silflay, siempre se le veía a muchos metros de los demás y, ciertamente, a nadie se le hubiera ocurrido pedirle que contara una historia.
Un día, cuando Pelucón se quejaba de «ese tipo apestoso con una cara más larga que el pico de un grajo», Avellano aconsejó que lo dejaran tranquilo, pues eso era lo que parecía querer, y que esperaran a ver qué pasaba más adelante, cuando se acostumbrara a la nueva madriguera.
Campanilla, al cual se pidió que dejara de hacer chistes a su costa, hizo notar que su mirada plañidera le recordaba a una vaca en medio de la lluvia.
Durante la primera parte del invierno que siguió a aquel trascendental verano, el tiempo fue muy benigno. Noviembre trajo consigo muchos días de sol. Aparecieron las diminutas florecillas de la pamplina y el pan y quesillo, e incluso aquí y allá, colina abajo, se abrieron los brotes de los fresnos y pudieron verse los estilos de color rojo oscuro en las ramas de las juncias.
Kehaar apareció un día, para regocijo general, y trajo consigo a un amigo, un tal Lekkri, cuya manera de hablar, según palabras de Plateado, estableció un récord de ininteligibilidad. Por supuesto, Kehaar no sabía nada de lo sucedido desde la mañana que siguió a la fuga de Éfrafa. Escuchó la historia de labios de Diente de León una tarde ventosa y nublada, mientras las hojas de las hayas volaban en remolinos y la hierba se agitaba. Cuando concluyó, dijo al perplejo narrador que el gato de Nuthanger era «muy ruin que mucho cormorán», opinión con la que Lekkri se mostró de acuerdo con un graznido chirriante que hizo que un conejo joven que había por allí diese un bote y corriera en busca de su agujero.
A menudo, en las mañanas despejadas, podía verse desde la pendiente norte de la colina la figura blanca de las dos gaviotas, que bajaban a buscar comida y resaltaban bajo la luz del sol sobre los campos arados, en los que el trigo de la siguiente temporada empezaba a madurar.
Una tarde, hacia fin de mes, Negroso se llevó con él a Escabiosa y Threar (el hijo de Quinto) a un asalto de entrenamiento al huerto de Laddle Hill House, alrededor de un kilómetro y medio hacia el oeste. («A dar un pequeño toque», como dijo él.) A Avellano le inquietaba que los más jóvenes fueran tan lejos, pero dejó que fuera Pelucón, como capitán de la Owsla, el que tomara la decisión (y no difirió mucho del «Que l’enfant gagne ses éperons», de Enrique III en Crécy, por cierto). No habían regresado aún cuando el sol empezó a ponerse. Avellano escudriñó el paisaje en compañía de Pelucón hasta que la oscuridad impidió que pudieran ver nada, y bajó al Panal inquieto.
-No te preocupes, Avellano-rah -le dijo Pelucón alegremente-. A lo mejor Negroso ha decidido hacerles pasar la noche fuera para que conozcan la experiencia.
-No es eso lo que dijo -respondió Avellano-. No recuerdas que dijo que…
Justo en ese momento oyeron ruido de pasos que venía del corredor de Kehaar y, tras unos instantes, aparecieron los tres expedicionarios, cubiertos de barro y cansados, pero por lo demás, ilesos.
Todos se sintieron aliviados y complacidos. Sin embargo, Escabiosa, que parecía bastante abatido, se limitó a tenderse en el suelo allí mismo.
-¿Por qué habéis tardado tanto? -preguntó Avellano con brusquedad.
Negroso no dijo nada. Tenía la expresión de alguien reacio a hablar mal de sus subordinados.
-Fue culpa mía, Avellano-rah -dijo Escabiosa sacudiéndose-. He tenido… una mala experiencia en la colina, cuando volvíamos. No sé qué pensar de lo que me ha pasado. Negroso dice…
-Jovenzuelo estúpido -le interrumpió Negroso-. Lo que pasa es que ha escuchado demasiadas historias. Mira, Escabiosa, ya estás en casa, ¿no? ¿Por qué no lo dejamos ahí?
-¿Qué ha pasado? -preguntó Avellano con un tono más afable.
-Cree que ha visto el fantasma del general en la colina -dijo Negroso con impaciencia-. Le he dicho…
-¡Pero es que lo he visto! -insistió Escabiosa-. Negroso me ordenó que me adelantara para inspeccionar unos arbustos, y cuando estaba allí solo lo vi. Una figura completamente negra… enorme, grande… igual que en los cuentos…
-Y yo te digo que era una liebre -volvió a interrumpirle Negroso algo molesto-. ¡Frith en una vaca! Yo mismo lo vi. ¿Es que crees que no sé el aspecto que tiene una liebre? No conseguí hacer que se moviera hasta que le di una patada -le susurró a Pelucón-. Estaba tharn…
-Era un fantasma -insistió Escabiosa, aunque con menos convicción-. El fantasma de una liebre, quizá…
-Yo nunca he visto el fantasma de una liebre -terció Campanilla-, pero la otra noche casi veo el fantasma de una pulga. Digo yo que sería un fantasma, porque me levanté más picado que una pimpinela y por más que busqué, no pude encontrarla. Imaginaos, esa horrible pulga fantasma, toda blanca y reluciente…
Avellano se había acercado a Escabiosa y estaba hocicándole el hombro gentilmente.
-No era un fantasma, Escabiosa, ¿lo entiendes? No he conocido en mi vida un solo conejo que haya visto un fantasma.
-No es cierto -dijo una voz desde el otro lado del Panal. Todos se volvieron sorprendidos. Era Tusílago el que había hablado. Estaba solo, sentado en un hueco que había entre dos raíces. Su acostumbrado silencio y aquella posición parecían darle un aire diferente, le conferían una especie de distancia, de autoridad, y hasta Avellano, que había querido tranquilizar a Escabiosa, calló, esperando a que continuara.
-¿Quieres decir que tú sí has visto un fantasma? -preguntó Diente de León, que podía oler una historia. Pero no había necesidad de que insistieran. Ahora que había encontrado la ocasión, Tusílago habló. Al igual que el antiguo marinero, Tusílago conocía a su audiencia, y sabía que era menos reacia, pues, bajo aquel oscuro impulso, el Panal entero guardó silencio y escuchó sus palabras.
-No sé si todos sabéis que no soy de Éfrafa. Yo nací en el bosquecillo de Nutley, en la madriguera que el general destruyó. En aquel entonces formaba parte de la Owsla, y hubiera luchado como el que más. Pero da la casualidad de que estaba silflay bastante lejos cuando el ataque se inició, y me hicieron prisionero en seguida. Me asignaron a la marca del Cuello, como podéis ver, y el último verano me escogieron para el ataque a la colina de Watership.
»Aunque todo esto no tiene nada que ver con lo que le he dicho a vuestro conejo jefe hace un momento -dijo, y calló.
-Bueno, ¿y? -preguntó Diente de León.
-Había un lugar al otro lado de los campos, no muy lejos del bosquecillo de Nutley -continuó Tusílago-, una especie de valle arbolado, pequeño y cubierto de malezas y espinos… eso nos decían siempre, y lleno de viejos agujeros de conejo. Estaban vacíos y fríos, y ningún conejo de la madriguera se hubiera acercado allí ni aunque le hubieran perseguido hrair comadrejas.
»La historia había ido pasando de generación en generación durante sabe Frith cuánto tiempo, y lo único que sabíamos era que algo muy malo les había sucedido a los conejos de aquella madriguera hacía mucho tiempo, algo relacionado con hombres, o chicos, y que el lugar estaba encantado y lleno de espíritus malignos. Todos los que estaban en la Owsla lo creían, y el resto de los conejos también, por supuesto. Que nosotros supiéramos, ningún conejo había agitado la cola allí en vida de nadie, ni mucho antes, aunque algunos decían que al anochecer o en las mañanas en que bajaba la niebla podían oírse chillidos que venían de allí. La verdad es que no era algo que me quitara el sueño. Yo me limitaba a hacer como los demás, me mantenía alejado.
»Durante mi primer año, cuando aún era considerado un vagabundo en la madriguera, lo pasé bastante mal, igual que dos o tres amigos que tenía. Y el caso es que un día decidimos marcharnos y buscar un sitio mejor. Había otros dos machos conmigo, mi amigo Estelaria y un conejo muy tímido llamado Festuca. También había una hembra. Creo que se llamaba Mian. Partimos un día bastante frío de abril, alrededor de ni-Frith.
Tusílago hizo una pausa. Estuvo un rato mascando sus bolitas, como si meditara sus palabras, y entonces continuó:
-Aquella expedición fue un desastre. Antes del anochecer, el frío se hizo insoportable y empezó a llover a mares. Nos topamos con un gato que iba de caza y suerte tuvimos de escapar. Éramos muy inexpertos, no teníamos ni idea de adónde queríamos ir, y no tardamos mucho en perder toda orientación. No podíamos ver el sol, claro, y cuando llegó la noche tampoco pudimos guiarnos por las estrellas. Y luego, por la mañana, un armiño nos descubrió, un armiño muy grande.
»No sé cómo lo hacen, no he vuelto a ver ningún otro desde aquel día, pero lo cierto es que allí nos quedamos los tres, sentados, indefensos, mientras aquel animal mataba a Mian. La pobre no hizo el menor ruido. Conseguimos salir de allí de alguna forma, pero Festuca estaba muy mal, y no dejaba de llorar, pobre tipo. Al final, poco antes de ni-Frith del segundo día, decidimos volver a la madriguera.
»Pero era más fácil decirlo que hacerlo. Supongo que estuvimos andando en círculos mucho tiempo. El caso es que, para cuando empezó a anochecer, seguíamos tan perdidos como antes, y avanzábamos con dificultad, completamente desesperados. Entonces, de pronto, me encontré en una pendiente, atravesé un zarzal y vi que había un conejo delante de mí, muy cerca, un extraño. Estaba silflay, comiendo entre la hierba, y vi su agujero y varios otros más atrás, al otro lado del pequeño valle en el que estábamos.
»Me sentí contento y aliviado, y estaba a punto de hablarle cuando algo me impulsó a detenerme. Fue entonces cuando me detuve y lo miré, cuando comprendí dónde debíamos de estar.
»El poco viento que había me daba de cara. Mientras pacía, el conejo se detuvo a hacer hraka, a pocos metros de mí, pero no me llegó ningún olor, nada, ni la más ligera señal. Habíamos aparecido delante de él, abriéndonos paso a trompicones entre las zarzas, y no levantó siquiera la vista, no hizo el menor ademán de habernos visto. Y entonces vi algo que me asusta incluso ahora. Una moscarda muy grande se le puso en un ojo, pero él no parpadeó ni agitó la cabeza. Siguió comiendo tranquilamente, y la moscarda… la moscarda desapareció, se desvaneció. Un momento después el conejo brincó un poco más adelante y vi a la moscarda en el suelo, donde había estado el conejo.
»Festuca estaba junto a mí, y le oí dar un pequeño gemido. Y en ese momento reparé en que no había ruidos en aquel lugar. Era una tarde agradable, soplaba una ligera brisa, pero no se oía cantar a ningún mirlo, no se agitaba ninguna hoja, nada. La tierra que rodeaba aquellos agujeros estaba fría y dura, no había ni arañazos ni marcas. Supe entonces con seguridad lo que tenía ante mis ojos y, con los sentidos enturbiados, me recorrió el cuerpo un profundo temblor. El mundo entero pareció tambalearse y abandonarme en aquel lugar terrible y silencioso donde no había olores. Estábamos en la Nada. Miré a Estelaria, que estaba a mi lado, y tenía el mismo aspecto que un conejo que se está ahogando atrapado en una trampa.
»En ese momento vi al chico. Se arrastraba entre los arbustos, un poco más allá de donde nosotros estábamos, y también tenía el viento de cara, de modo que el otro conejo no hubiera podido olerle. Era un chico corpulento, y lo único que puedo decir es que tal vez hubo un tiempo en que los hombres tenían ese aspecto, pero ahora no son así. Parecía como sucio, y había en él algo salvaje, igual que en todo cuanto había en aquel sitio. Llevaba unas botas viejas demasiado grandes para él. Su expresión era cruel y estúpida, y tenía los dientes en muy mal estado y una verruga grande en una mejilla. Tampoco él hacía ruido, ni olía.
»En una mano llevaba un palo ahorquillado con una especie de cordel colgando y, mientras lo observaba, cogió una piedra, la puso en el cordel y lo estiró hacia atrás, casi hasta el ojo. Entonces lo soltó y la piedra salió volando y le dio al conejo en una de las patas traseras, en la derecha. Oí cómo el hueso se rompía, y el conejo saltó y gritó. Sí. Aún me parece oírlo, y sueño con él. ¿Podéis imaginar un grito sin aire, sin respiración? Era como si el grito procediera del mismo aire y no del conejo que estaba pataleando sobre la hierba. Como si fuera el lugar entero quien había gritado.
»El chico se levantó, con una risa chillona. De pronto la hondonada pareció llenarse de conejos que corrían en busca de los agujeros vacíos y fríos.
»Era evidente que al chico le divertía lo que había hecho. No era sólo haberle acertado al conejo lo que le hacía reír, sino verlo allí, sufriendo y gritando. Fue hasta donde estaba, pero no lo mató. Se quedó allí, mirando cómo pataleaba. La hierba estaba cubierta de sangre, pero sus botas no dejaron ninguna huella, ni en la hierba ni en el barro.
»Gracias a Frith, no sé qué tenía que suceder después, y nunca lo sabré. Creo que el corazón se me habría parado, me habría muerto. Pero de pronto oí voces de hombres que se acercaban y me llegó el olor de un palito blanco, como cuando estás bajo tierra y te llega un sonido del exterior, muy distante. Y de verdad, me alegré, me alegré como un jilguero en la hierba de oír aquellas voces y oler el palito blanco. Un momento después aparecieron abriéndose paso entre los espinos, y un sinfín de pétalos cayeron por el suelo. Eran dos hombres grandes, y olían a carne. Vieron al chico, sí, lo vieron, y lo llamaron.
»No sabría cómo explicar lo diferentes que se veían aquellos hombres de todo lo demás. Cuando aparecieron ruidosamente entre los espinos tuve la sensación de que el conejo y el chico…, y todo lo que había allí, eran como bellotas que caen de un roble. En una ocasión vi un hrududu que rodaba por una pendiente. El hombre lo había dejado en la pendiente y supongo que hizo algo mal, porque el hrududu empezó a bajar lentamente y no se paró hasta que se metió en el arroyo que había al fondo.
»Con ellos era así. Estaban haciendo lo que tenían que hacer, no tenían elección… ya lo habían hecho antes… una y otra vez… no había luz en sus ojos… no eran criaturas que pudieran ver o sentir…
Tusílago se detuvo, asfixiándose. En medio de un silencio sepulcral, Quinto dejó el lugar donde estaba y se tendió junto a él, y le habló en voz baja con unas palabras que nadie más pudo oír. Tras una larga pausa, Tusílago se incorporó y prosiguió:
-Aquellas… aquellas… visiones… aquellas cosas… se desvanecieron cuando los hombres hablaron, se derritieron como la escarcha en la hierba cuando echas el aliento sobre ella. Y los hombres…, no parecieron notar nada raro. Creo que vieron al chico y le hablaron como parte de una especie de sueño y que cuando él y su pobre víctima se desvanecieron, no recordaban nada. Sea como sea, si habían acudido a aquel sitio era porque habían oído gritar al conejo, y no costaba mucho saber por qué.
»Uno de ellos llevaba el cuerpo de un conejo muerto de la ceguera blanca. Le vi los ojos, pobrecillo, y el cuerpo todavía estaba caliente. No sé si sabréis cómo hacen los hombres ese trabajo tan asqueroso, pero lo que hacen es meter el cuerpo todavía caliente del conejo en el agujero de otra madriguera antes de que las pulgas hayan salido de las orejas. Y a medida que el cuerpo se enfría, las pulgas van pasando a los otros conejos, que enferman de la ceguera blanca. Lo único que puedes hacer es huir… si es que consigues descubrir a tiempo dónde está el peligro.
»Los hombres seguían allí, y no dejaban de mirar y señalar los agujeros abandonados. El granjero no estaba con ellos, todos sabíamos qué aspecto tenía. Seguramente les había pedido que vinieran y trajeran el cuerpo del conejo y luego no había tenido ganas de acompañarlos, sí, seguro que fue eso, porque aquellos hombres no parecían muy seguros del lugar exacto. Se veía por la manera en que miraban de un lado a otro.
»Al cabo de un rato uno de los hombres pisó el palito blanco y empezó a quemar otro, se acercaron a un agujero y metieron el cuerpo del conejo con un palo largo. Después se fueron.
»También nosotros nos fuimos, aunque no recuerdo cómo fue. Festuca estaba como loco. Cuando volvimos al bosquecillo de Nutley se tendió tharn en la primera conejera que encontró y ya no salió, ni al día siguiente, ni al otro. No sé qué fue de él, porque después de aquello no volví a verlo. Estelaria y yo nos las arreglamos para hacernos con una conejera más adelante, aquel mismo verano, y la compartimos durante mucho tiempo. Nunca hablábamos de lo que habíamos visto, ni siquiera cuando estábamos solos. Él murió cuando los efrafanos atacaron la madriguera.
»Sé que pensáis que soy muy poco sociable, que no me gusta nadie aquí, y que estoy en contra vuestro. Pero no es eso, ahora sabéis que no es eso… Oh, lo que… lo que me atormenta es pensar en ese conejo… ese pobre conejo, ¿tiene que pasar por eso una y otra vez, para siempre? ¿La piedra, el dolor…? ¿Y nosotros también…?
Tusílago, fuerte y corpulento como era, empezó a sollozar como un cachorro. También Puchero lloraba, y en la oscuridad del Panal, Avellano sintió que Zarzamora temblaba junto a él. Entonces Quinto habló, con una serenidad que atravesó el horror que sentían como la llamada de un chorlito atraviesa los campos desnudos en medio de la noche.
-No, Tusílago, no tiene que ser así. Es cierto que hay muchas cosas terribles y peligrosas en esa región del más allá donde estuvisteis tú y tus amigos aquella noche, pero al final, por muy lejano que pueda parecer, Frith mantiene la promesa que le hizo a El-ahrairah. Lo sé, puedes creerme. Las criaturas que viste no eran reales. Es sólo que a veces, en los lugares donde han sucedido cosas malas, persiste una especie de fuerza extraña, como los charcos que quedan después de la tormenta, y de vez en cuando alguien tiene que caer en el charco. Lo que viste no era real, convéncete; lo que oíste era un eco, no una voz. Y recuerda, eso fue lo que salvó tu madriguera aquella tarde. ¿A qué otro sitio iban a llevar aquel cuerpo si no… y quién puede entender todo lo que Frith sabe y lo que permite que suceda?
Guardó silencio y, aunque Tusílago no respondió, no dijo más. Evidentemente, pensaba que Tusílago debía convencerse por sí mismo, sin necesidad de que insistieran o intentaran convencerlo con más argumentos. Poco después los conejos empezaron a dispersarse, cada uno se fue a su conejera para dormir, y en el Panal quedaron sólo Tusílago y Quinto.
Tusílago lo entendió. Después de aquello, durante varios días se le pudo ver silflay con Quinto, comiendo hierba, hablando y escuchando a su nuevo amigo.
A medida que el amargo invierno pasaba, su espíritu se fue iluminando y para la primavera ya se había convertido en un conejo alegre y hablador, al cual podía encontrarse con frecuencia en el terraplén, narrando historias a las crías.
-Quinto -dijo Campanilla una tarde de principios de abril, cuando el perfume de las primeras violetas se dispersaba bajo las hojas nuevas de las hayas-, ¿crees que podrías conseguirme un fantasma bueno y agradable? Es que he estado pensando… y parece que a la larga los fantasmas son beneficiosos.
-Muy a la larga -respondió Quinto-, y sólo para aquellos que son capaces de seguir corriendo.

Fin