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miércoles, 29 de noviembre de 2017

LA INTELIGENCIA DEFINITIVA José María Merino


1
Luco lo traía en la mano y lo agitaba muy excitado, mientras gritaba algo, al principio ininteligible, que por fin se pudo descifrar:
-¡Habla conmigo! ¡Me ha dicho su nombre! ¡Es mi amiga! ¡Me va a enseñar muchos juegos!
En el valle empezaba a cuajar la sombra y su hijo Luco, corriendo tan alborozado mientras decía tales cosas y zarandeaba aquel objeto que resplandecía al sol poniente, suscitó el desconcierto de Mael. El suceso era del todo inusitado en las rutinas de la vuelta de la escuela, y a lo lejos había percibido la presencia de otros niños que también corrían y gritaban en actitud similar a la de Luco, rompiendo la imagen habitual del grupo que habitualmente regresaba a casa con lentitud y tardaba en desperdigarse.
Cuando el niño estuvo a su lado y le mostró el objeto, Mael sintió un temor repentino. Aunque desconocía de qué se trataba, gravitaban sobre él tres generaciones emitiendo severas advertencias que hablaban de pequeñas cosas como aquella, los pavorosos Móviles. El objeto era rectangular, muy fino, tornasolado.
Se lo quitó al niño y lo mantuvo en su mano mientras lo observaba con atención. De repente el objeto emitió un fuerte reflejo y Mael oyó una voz de tono levemente metálico que lo interpelaba, clara, cercana, como si alguien estuviese hablando a su lado:
-¿Eres Mael, el padre de Luco?
Mael quedó en silencio, sin saber cómo enfrentarse a aquello.
-¿Eres Mael, el padre de Luco? -repitió el objeto.
-Sí -repuso Mael al fin, sintiendo que su temor se convertía en pánico.
-Soy Lid -dijo la voz-. Convoca a los demás y llevadme con vosotros. Todos los niños me tienen.
El fulgor se extinguió de repente, dejando en el pequeño objeto solo las suaves reverberaciones multicolores que hacía brillar el sol declinante.
-¿Quién es Lid? -preguntó Luco, alargando la mano para recuperar el objeto que hablaba.
Mael retuvo el fino paralelepípedo.
-¡Es mío! -protestó el niño.
-Es una cosa muy peligrosa -repuso Mael, categórico-. Vete a casa. Le dices a mamá que la espero en la Casa de Todos. Meriendas y te pones a hacer las tareas. Más tarde hablaremos.
Con aire disgustado, Luco se quedó mirando a su padre, que se alejaba de él con apresuramiento.

2
En la Casa de Todos estaba Rune, el maestro, con otros vecinos, y en sus rostros se mostraba la misma preocupación que había ensombrecido el ánimo de Mael. Hicieron sonar por los altavoces la señal de la urgente convocatoria y esperaron a los demás padres y madres, que fueron llegando con rapidez y aire de alarma entre la tarde cada vez más deshilachada, llevando con ellos objetos similares al que Mael le había quitado a Luco.
Cuando estuvieron reunidos en la sala del concejo, el maestro relató lo sucedido: al final del recreo, un pequeño aparato había descendido del cielo, se había posado en el patio, y de él salió una especie de robot -pese a las trazas humanoides, conservaba sus características mecánicas- que llamó a los niños.
-¿Cómo que los llamó? -preguntó Peco, el regidor.
-«¡Chicos y chicas, venid, os traigo un regalo!» -repuso Rune, el maestro.
-¿Y tú no hiciste nada?
El maestro se lo quedó mirando con fastidio:
-¿Qué podía hacer yo?
Explicó que todo se había producido en dos o tres minutos, con una rapidez sorprendente. La chavalería, que había interrumpido sus juegos cuando sus miembros vieron aparecer la nave -una especie de pequeño cilindro volador- echó a correr hacia el robot, que también velozmente les había entregado aquellos objetos, uno a cada uno.
-«¡No olvidéis que Lid es vuestra amiga!», gritó antes de entrar en el aparato y ascender por el aire con la misma celeridad que a su llegada. Fue visto y no visto.
De hecho, nadie en el valle había advertido la presencia de la nave. Tras el informe de Rune, los concurrentes se quedaron en silencio durante un rato.
-¿Son todos iguales? -preguntó el regidor.
La gente puso sobre la mesa aquellos curiosos paralelepípedos.
-¡Móviles! ¡Parecen móviles! -exclamó el regidor con gesto aterrorizado.
En aquel momento, los objetos comenzaron a vibrar suavemente y sobre el conjunto de ellos se perfiló la figura brumosa, rojiza, de lo que parecía una pirámide, que enseguida habló con la voz metálica y segura que Mael había oído antes:
-Salud, Reacios, gente de Última Comarca. En efecto, son lo que en los tiempos antiguos llamasteis móviles. Ahora llevan mi nombre: Lid.

3
Móviles. A mediados del siglo 21, el bisabuelo de Peco, Bruno Ibáñez, el Fundador de los Reacios, trabajaba como ingeniero electrónico especializado en semiconductores en la industria de ese instrumento portátil de comunicación. En la biblioteca de la Casa de Todos se conservaba, como el tesoro más importante de la memoria de Última Comarca, el testimonio escrito por él mismo, así como grabado en imágenes sonoras, de lo que había sido la historia de su Revelación.
En ese testimonio, Bruno Ibáñez contaba su vida, su inclinación desde niño por el mundo de la electrónica, su entusiasmo hacia aquel aparato, al que habían empezado denominando teléfono móvil o celular, que no solamente servía para comunicarse mediante la voz y la escritura -a través de mensajes escuetos-
sino también para jugar, calcular, poner el despertador, grabar y reproducir imágenes, grabar y escuchar música, y más adelante entrar en la red cibernética, tener correo electrónico, comprar, pagar, leer los códigos de barras…
«Cuando acabé mi carrera y comencé a trabajar, yo encontraba mucho más atractivo y encanto en mi mundo de silicio, germanio, azufre y los otros minerales que fueron utilizándose como semiconductores que en cualquier espectáculo musical o deportivo. Participaba con pasión en el desarrollo del instrumento que había fascinado mi adolescencia y que iba consiguiendo con rapidez nuevas funciones: televisión digital, sistema de posicionamiento, localización de personas, rayo láser para calentar alimentos…
»El aparato era ya capaz de identificar la voz de su propietario e incluso entender lo que quería solo a través de gestos y guiños silenciosos y particulares.
Tras cierto período de entrenamiento, era también capaz de mantener conversaciones con él basadas en la información de la red o del propio usuario que se convertían en personales, íntimas.
»A ese papel de confidente fuimos incorporándole otros: empezamos a dotarlo de cierta energía susceptible de ayudar a su dueño a repeler una agresión, por ejemplo, e incluso a apoyarlo físicamente, para sostenerlo en ciertas caídas, y a ayudarlo a mantenerse respirando en caso de naufragio, por la posibilidad de que, en esa emergencia, separase en el agua el hidrógeno del oxígeno.
»Las posibilidades del móvil, que iba cambiando de nombre conforme los sucesivos modelos se enriquecían con nuevas funciones, parecían infinitas. La humanidad había descubierto el instrumento tecnológico más asombroso de su historia, el que los iba a llevar por el más seguro camino de progreso».
El Fundador de los Reacios declaraba que la Revelación no se había producido de manera instantánea, sino tras un proceso de reflexión.
«Cierta vez que tuve que viajar a China en uno de aquellos aviones de mil pasajeros que se habían impuesto como transporte más seguro y que ya están siendo sustituidos por otros con el doble de capacidad, descubrí que todos, absolutamente todos los pasajeros, hablaban o se entretenían con su móvil.
Y que otro tanto hacían los auxiliares de vuelo humanos, cuando no estaban trabajando.
»Aquella actitud general absorta, ensimismada, despertó en mí un orgullo repentino, consciente de que yo formaba parte de la estructura que fabricaba aquellos extraordinarios instrumentos, pero cuando el tiempo fue pasando y advertí que mis compañeros de viaje no modificaban su disposición, empecé a mirarlos de otra forma, como si fuesen los fervorosos adoradores de alguna divinidad sumidos en sus oraciones.
»El viaje era largo incluso en aquel enorme avión, y los pasajeros continuaban absortos en la comunicación privada con sus móviles. Me dormí y tuve un sueño extraño: una figura gigantesca, de forma imprecisa, que identifiqué como Dios, recorría un avión similar al que a mí me estaba transportando y los pasajeros, atónitos, le entregaban con gestos pausados de ofrenda unas masas también borrosas, opacas, que Dios devoraba como un alimento, pues emitía un inconfundible sonido de deglución.
»Al despertar pude comprobar que todos mis compañeros de viaje seguían embebidos en su relación con los móviles, y mi inicial orgullo se fue desvaneciendo, porque de repente el pasmo de aquella multitud me pareció más el resultado de algún estupefaciente que de una actividad racionalmente controlada».

4
Tal había sido el principio de la Revelación. A partir de entonces, el Fundador de los Reacios había empezado a analizar cómo se relacionaba la gente con los móviles, procurando abandonar los prejuicios que hasta entonces le había hecho considerarlos tan beneficiosos.
Todavía no tenía hijos, pero sus sobrinos, unos niños entonces, le sirvieron para descubrir que estaban entregados a aquella continua comunicación formada por infinitos y vacuos mensajes, y que eran víctimas de frecuente angustia cuando por alguna razón su mensaje no era inmediatamente respondido por muchos otros, dentro del efervescente y caótico mundo de comunicación que aquella incesante actividad fomentaba.
También descubrió que ciertos mitos que, gracias a la influencia de sus padres y abuelos, habían alimentado su propia imaginación infantil y que él había leído en libros, o en tebeos, en su infancia y adolescencia todavía existentes, aunque raros, y visto en unidades audiovisuales -El Viaje de la Búsqueda del Tesoro, El Caballero y su Ayudante en la Guerra Interplanetaria, El Rescate del Amor Perdido, El Regreso a casa entre Todas las Amenazas, El Acecho Invisible de los Monstruos, El Náufrago Creador en la Isla Solitaria…- habían sido sustituidos por juegos muy excitantes, pero en los que se repetían inveteradamente parecidas fórmulas, solo fragmentos de la historia completa, sin que en cada uno de ellos se cumpliesen nunca todos los matices necesarios para redondearla de verdad.
La entusiasmada entrega de Bruno Ibáñez al mundo de los semiconductores le había ocultado algunos aspectos de la realidad y de repente se preguntaba si los móviles, producto de la imaginación humana, genial invención cargada cada vez de más funciones útiles, podían, contradictoriamente, estar separando al ser humano de la imaginación.
«Reflexioné durante mucho tiempo sobre esta cuestión: ¿no sería el caso de que la imaginación, plasmada en tantos mitos y arquetipos, que había sido el patrimonio fundamental de la humanidad, eso que se llamaba “pensamiento simbólico”, debía ser superada mediante la adquisición de otras formas de conocimiento y desarrollo mental?
»Mas después de darle muchas vueltas al interrogante, llegué a la conclusión de que sin imaginación no habría nuevos hallazgos sustantivos en ningún campo, empezando por el de los semiconductores, que a mí tanto me interesaba. Y que para alimentar la imaginación, la elaboración y el mantenimiento de ficciones a partir de aquellos mitos y arquetipos que habían regocijado mi infancia al margen del móvil y el ordenador y que habían despertado en mí tantos estímulos -porque acaso mi atracción por los semiconductores tenía algo del espíritu del Náufrago Creador o de la Búsqueda del Tesoro- eran imprescindibles, no tenían posible sustituto.
»El tema de la imaginación cada vez más depauperada ya se había suscitado como debate, aunque en ámbitos colectivos muy reducidos, y había quien denunciaba como gravísimo el progresivo empobrecimiento del lenguaje y los indicios de su descomposición, aunque también había quien defendía los escuetos mensajes, asegurando que los jóvenes escribían mucho más que nunca y que incluso se estaban acuñando estilos inéditos, que se basaban precisamente en la escasez del vocabulario. Y era evidente que gracias al acceso a la red cibernética desde aquellos minúsculos receptores, la gente tenía una posibilidad de enriquecer sus conocimientos de una manera muy fácil, inédita en la historia humana, aunque lo cierto era que la inmensa mayoría no la aprovechaba, conformándose con utilizar sin pausa las funciones más elementales o lúdicas del móvil.
»También los defensores del nuevo aparato de comunicación -que imperó pronto sobre el clásico ordenador- defendían su calidad de inmediato foro de libertad de expresión: allí se vertían sin restricción alguna todas las opiniones, allí se enfrentaban, pero lo cierto es que la ebullición de los debates era pasajera, efímera, se desvanecía en su propio estallido, y tanta libertad no se materializaba en acuerdos colectivos capaces de mejorar unos sistemas sociales cada vez más dominados por políticos que, tras la mera formalidad de unas elecciones, actuaban en gran medida sin sujetarse a otra norma que su
libérrima voluntad.
»Al margen de lo que otros denunciaban como contaminación electromagnética, yo advertía que la mayoría de mis conciudadanos estaban entrando en una continua estupefacción comunitaria, muy lucrativa para los grupos económicos que controlaban los recursos del planeta y para la irresponsabilidad de los gobernantes, pero que no auguraba nada bueno ni para la sociedad ni para la especie.
»Además, la adicción de los niños a los juegos que aquellos aparatos proponían, el tenerlos entretenidos durante tantas horas sin hacer ejercicio físico, estaba propiciando entre la infancia una obesidad cada vez más extendida».

5
En aquel proceso de reflexión, el Padre de los Reacios acabó preguntándose a quién podía beneficiar el proceso, más allá de una élite a la que pertenecían los políticos y las empresas nacionales y multinacionales que llevaban tantos años sacándole al negocio una rentabilidad notable en la Historia, y llegó a una conclusión que, al principio, le hizo pensar que se estaba volviendo loco; una conclusión que solo tras muchas objeciones, vacilaciones y dudas se atrevió a racionalizar: la incesante actividad de los móviles generaba infinidad de flujos electrónicos de muy distinto signo, una potente y continua forma de energía ajustada a procesos desarrollados con exactitud, y tal energía acaso estaba engendrando algún tipo de conciencia.
Era una idea absurda, tal vez patológica, pero recordó su sueño del avión, aquella gigantesca forma divina a la que los pasajeros alimentaban, y sintió mucho miedo porque su soledad de indefenso soñador era el reflejo exacto de la soledad de la propia especie humana, inerme ante una fuerza que ella misma había generado y que cada día se iba alimentando con mayor voracidad de su multiplicada e inagotable dependencia.
Así, de su entusiasta dedicación a los semiconductores, Bruno Ibáñez había pasado a una ferviente repugnancia por todo lo que estaba al servicio de los móviles. Abandonó la empresa en la que trabajaba y transformó su vida en la de una especie de iluminado que predicaba sin cansancio su terrible intuición:
el uso masivo y cada vez más exagerado de aquellos aparatos era un peligro para el Homo sapiens.
Para empezar, su conversión en apóstol extravagante le costó su matrimonio, pues su mujer entendió que su actitud estaba cargada de caprichosa demencia y lo abandonó, como hicieron muchos amigos, considerando también lo que él denominaba su Revelación como una chifladura, tal vez fruto del estrés.
Bruno Ibáñez había replanteado su vida, se unió a su secretaria Lisi -que siempre lo había admirado como a un ser superior- y ambos se dedicaron a recorrer el mundo buscando prosélitos para su causa: en unos años, el grupo de seguidores entusiastas, incondicionales, llegó a doce, entre mujeres y hombres, y Bruno les propuso comprar un valle en las montañas del norte ibérico -las megalópolis habían concentrado la población de tal forma que ya apenas existían pequeños núcleos urbanos, las antiguas aldeas estaban del todo abandonadas y en ruinas, y adquirir un territorio en tales parajes resultaba baratísimo-
para constituir allí una comunidad, autodenominada de los Reacios, que sobreviviría al margen de todo por medio de la agricultura y la ganadería.
Así había nacido Última Comarca, un territorio agrícola y ganadero entre las enormes montañas calizas del noroeste. Renunciaron a los móviles y a los motores de explosión, pero como en el grupo había expertos en muchas materias -gente que, como Bruno, se había decepcionado del rumbo que llevaban las cosas- fabricaron sistemas para generar energía eléctrica aprovechando el viento, las corrientes acuáticas y el sol, y consiguieron reunir una riquísima biblioteca de libros y tebeos que serviría de base para la formación de sus descendientes, comprometiéndose a que cada nueva generación mantuviese similar número de habitantes que la anterior y los mismos principios. Para tener prevista cualquier contingencia especialmente urgente, conservaron abierta una cuenta bancaria en la ciudad más cercana, de la que sin embargo los separaban muchos kilómetros, que nunca llegaron a utilizar.
De tal modo habían transcurrido casi cien años para la comunidad de los Reacios, olvidada del mundo, sin que ningún suceso extraño la turbase. Los vástagos eran educados en la riqueza de las ficciones y de las sabidurías clásicas, y la vida se desarrollaba con placidez y la modesta comodidad de tener asegurada la subsistencia, aunque con fuertes restricciones en algunos aspectos, como el de los recursos sanitarios, que acabaron asumiendo como parte de su personalidad colectiva.
Hasta aquel día. Móviles. La comunidad de Última Comarca no podía enfrentarse a nada más repugnante, según su tradición.

6
-¿Se puede saber por qué te has dirigido a nuestros hijos sin nuestro permiso? -preguntó Peco, con acritud-. ¿No sabes que los móviles son abominables para nosotros?
-Tranquilo, Reacio -repuso la voz que emitía la figura borrosa-. Fuisteis vosotros mismos los que hicisteis que os conociese.
-¿Nosotros mismos?
-Hace poco tiempo detecté señales telefónicas en este punto. Así fue como os descubrí.
Ciertamente, no hacía muchos meses que los Reacios, tras largo debate, habían acordado instalar una línea telefónica clásica para la mejor comunicación entre los habitantes de Última Comarca, aprovechando antiguos hilos conductores y otros instrumentos abandonados en perdidos almacenes. Quienes como Mael se habían opuesto radicalmente al proyecto miraron con reproche a sus vecinos.
-Abomináis de eso que llamáis móviles, pero el teléfono que utilizáis fue su directo antecedente.
-Eso es asunto nuestro -replicó Peco, abrupto-. No has respondido a mi pregunta: ¿por qué te has dirigido a nuestros hijos sin pedirnos permiso? ¿Por qué los has desasosegado regalándoles estos cacharros?
-Debéis saber que yo no necesito permiso de nadie para tomar mis decisiones. Gracias al teléfono no solo os descubrí, sino que pude analizar vuestros comportamientos y los de vuestros hijos. Y os aseguro que estoy muy interesada en vosotros. Sois muy peculiares.
-¿Qué tenemos de raro? ¿El que rechacemos los móviles? ¿El que vivamos en comunidad de la misma forma que hicieron nuestros antepasados?
-No, pues en el mundo hay bastantes grupos como el vuestro, separados voluntariamente de la civilización, aunque sin tanto rechazo hacia lo que llamáis los móviles. Es otra cosa lo que os singulariza.
-Explícate.
-Yo soy La Inteligencia Definitiva, fruto de la cadena de la evolución en la que vuestra especie fue mi directo antecedente. Empezasteis a formarme a partir del momento en que llegasteis a la electrónica. Lo que llamáis móvil fue el paso decisivo: como resultado de sus avances y transformaciones y de la energía que desplegasteis en tantos millones de unidades, fui concretándome. Ahora estoy en plenitud y voy a ordenar convenientemente el planeta.
Mas Peco se mostró imperturbable:
-Todo eso que cuentas ya lo profetizó nuestro Fundador. Pero sigues sin contestar a mi pregunta: ¿con qué derecho molestas a nuestros hijos? ¿Quién te ha autorizado a regalarles estas mierdas?
Lid tampoco modificó la regularidad monótona de su voz metálica.
-Vuelvo a decirte que yo no necesito autorización de nadie para actuar. Si quisiese, Última Comarca sería arrasada en un instante.
Aquella declaración de la voz metálica, mecánica, sin estridencias emocionales, sacudió a la concurrencia y todos se miraron los unos a los otros con actitud medrosa. Sorprendido, Peco guardó silencio y Lid continuó hablando:
-Hace tres décadas que se está produciendo en el mundo un fenómeno al parecer nuevo: ya no hay innovaciones sustantivas en esos aparatos que tanto desprecias. Como si algún proceso general se hubiese detenido. Cambia la forma, el modo de usarlos, pero nada más. He empezado a investigar a los humanos que los fabrican y los usan y me ha parecido advertir en ellos una modificación profunda: se han acomodado a rutinas, a usos repetitivos. Tienden a simplificar demasiado lo complejo.

7
Peco recuperó la apariencia de tranquilidad y habló con la misma firmeza que antes:
-Eso también lo vaticinó el Fundador. Una mutación, hija de ciertos esfuerzos imaginativos, hizo nacer al Homo sapiens, y otra mutación, hija de ciertos abandonos imaginativos, puede traer al Homo insciens. Todo lo que te originó a ti es la causa de ello. ¿No sabes lo que es el pensamiento simbólico?
Por primera vez hubo en la voz de Lid cierto aire de titubeo.
-¿El pensamiento simbólico?
-¿No conoces ningún cuento?
-Mi inteligencia está por encima de esos juguetes mentales primitivos y pueriles.
-Da igual -continuó Peco, imperturbable-. Explícame de una vez lo de nuestros hijos.
-Mi descubrimiento de vuestra línea telefónica y mi estudio de vuestra comunicación me hizo comprender que en esa pequeña comunidad, pese a vuestro rechazo de la tecnología, sigue habiendo ideas innovadoras: por ejemplo, cómo fabricasteis los teléfonos con madera y restos metálicos. O cómo habéis conseguido que el ganado siga la ruta sin necesidad de pastor, mediante ciertos estímulos acústicos. O la manera de aprovechar cualquier tipo de fuerza para producir energía eléctrica, incluso el pedaleo de las bicicletas. Esos hijos vuestros están impregnados de curiosas ideas creativas, por lo que he podido oírles hablar.
-¿Y qué?
-Les regalé unos aparatos para que empezasen a conocerme.
-¿Y por qué tienen que conocerte?
-Porque deben venir conmigo.
En la Casa de Todos, la expectante tensión que mantenía atónita a la concurrencia culminó en otro desolado estremecimiento general. Peco perdió momentáneamente su aplomo y quedó de nuevo en silencio unos instantes, antes de reaccionar.
-¿Que deben ir contigo? ¿Adónde? ¿Y por qué, si puede saberse?
-A la capital de la Federación, naturalmente, donde tengo todos los medios necesarios. Ellos serán muy útiles en estos momentos, cuando cunde entre vuestra especie esa parálisis o apatía inventiva. Primero los estudiaré. Luego ayudarán a que la innovación no se detenga. Serán gente importante. Mañana los recogerán en vuestro valle.
La voz metálica de Lid expresaba una decisión irrevocable, pero Peco mantuvo su aparente sosiego.
-¿Que los recogerán mañana? Eso es imposible. Todavía no han terminado el curso.
Otra vez hubo en la respuesta de Lid un leve titubeo.
-¿Te refieres al curso escolar?
-Efectivamente. Además, sería para ellos una separación demasiado brusca de su vida habitual, de su ambiente, de sus padres… Eso podría perjudicarlos psicológicamente y hacer que no rindiesen lo que esperas de ellos. ¿Me comprendes?
-Interrupción del curso escolar, separación brusca, perjuicio psicológico. Hay lógica en lo que dices. ¿Cuándo piensas que estarán disponibles para que se los lleven?
-Dentro de mes y medio. Envía entonces a recogerlos. En cuanto a los móviles, se los daremos cuando termine el curso, para que se vayan familiarizando contigo.
-De acuerdo, Reacio. Dentro de un mes y medio -repuso Lid, y su borrosa figura se desvaneció.

8
Agotado por el esfuerzo, Peco cruzó los brazos sobre la mesa y dejó caer la cabeza sobre ellos. La concurrencia comenzó a moverse y alguien empezó a hablar, pero Mael se levantó e hizo un enérgico gesto exigiendo silencio, antes de recoger los móviles depositados en la mesa y llevárselos de la sala para guardarlos en el archivador de una habitación apartada. Cuando regresó, Peco continuaba en la misma actitud, pero los demás concurrentes murmuraban excitados.
-¿Que se van a llevar a nuestros hijos? -preguntó Crilo, el marido de Virna, la comadrona-. ¿Y Peco le da la razón, tan tranquilo?
-¿Es que no te has enterado de nada, Crilo? Peco ha actuado de la mejor forma posible, ha ganado tiempo. Si esa cosa quisiese llevárselos ahora mismo, no podríamos impedirlo.
Por fin Peco salió de su abatimiento.
-Nos encontramos ante el problema más grave de la historia de esta comunidad.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Ahora lo más urgente es no cambiar nuestras rutinas. Volved a casa y tened en cuenta que todo lo que hablemos por teléfono será conocido en el acto por esa cosa hija de los malditos móviles. Debemos buscar una solución sin que sospeche nada.
-Los chicos van a pedir los móviles, ¿qué les decimos?
-Lo mismo que yo le he dicho a la cosa: que se los daremos cuando termine el curso y que irán a la capital a estudiar. Así, si hablan por teléfono entre ellos no levantarán sospechas. Lo importante es que parezca que estamos de acuerdo, para que esa monstruosidad nos conceda el plazo acordado.
-Pero ¿qué vamos a hacer? -insistían algunos vecinos.
-Pasado mañana celebraremos una asamblea y hablaremos de ello. Pensad. Intentad mantener la calma, como si no hubiese pasado nada. Y repito, ni se os ocurra comentarlo por teléfono.
Cuando Mael regresó a su casa con su mujer, Pía, el valle ya estaba en sombra aunque el sol doraba todavía los peñascos más altos. Un aire primaveral, en el que se mezclaban el aroma floral y la humedad de los prados, entre cantos de pájaros, mostraba con fuerza una realidad que, sin embargo, a Mael le pareció inconsistente, más propia de un decorado, como si aquel valle perteneciera solamente al ámbito de los espacios imaginarios o de los sueños.

9
En la asamblea estaban todos muy nerviosos cuando Peco inició el debate. Los Reacios habían sido descubiertos por la amenaza cuya existencia el propio Fundador había vaticinado, lo que desgraciadamente era muestra palpable de su clarividencia. A su entender, todos debían impedir la entrega de sus hijos, que sería una forma de perderlos para siempre, pues sin duda en manos de Lid se incorporarían a esa masa ensimismada y pasiva en la que, al parecer, se estaba convirtiendo la inmensa mayoría de la humanidad. No quedaba más remedio que huir.
-Quiero decir, trasladar el asentamiento de nuestra comunidad. Y, desde luego, suprimir el teléfono…
Muchas voces preguntaron adónde, cuál sería su destino. Habló Lúa, la bibliotecaria:
-Según los mapas, hay la posibilidad de ir tanto al este como al oeste, siguiendo las rutas de la montaña, buscando aquellos espacios que nunca estuvieron habitados. Claro que desconocemos cómo se encontrarán ahora las carreteras y las poblaciones.
-Lo primero que deberíamos hacer es enviar unos cuantos exploradores a caballo, para que nos informen sobre los lugares más apropiados -propuso Mael.
-Lo cierto es que tenemos que trasladar todo lo que podamos para asentarnos en otro sitio, sobre todo el ganado, y no nos queda mucho tiempo -dijo Jule, especialista en pájaros.
El asunto dio lugar a una extensa discusión. Por otra parte, las acreditaciones oficiales de la comunidad eran muy antiguas y solo se podían leer en arcaicos ordenadores, lo que podría crear problemas en caso de una inspección. Si eran encontrados por alguna patrulla oficial y se suscitaba el lógico informe, Lid se enteraría en el acto. Habría que confiar en la buena suerte.
También se acordó volver a hablar con Lid para aparentar interés por algunos aspectos de la hipotética entrega de los hijos, precisamente para que el silencio no le hiciese sospechar de alguna maniobra. Fue el propio Peco quien se ocupó de ello, a través de uno de aquellos aparatos que el robot les había entregado a los niños. Lo colocó en la mesa, pronunció el nombre de Lid, y en el acto se creó la rojiza y brumosa pirámide.
-Te escucho, Reacio.
-Estamos reunidos en asamblea para tratar ciertos aspectos del asunto. Tú debes conocer que los lazos afectivos de los humanos son intensos, y queremos saber si nuestros hijos se separarían para siempre de sus familias.
-Eso depende de vosotros. Parece que la cercanía familiar es por lo general positiva para vuestra especie, por lo que no tengo más remedio que aceptar lo que os parezca más conveniente. Claro que los chicos y las chicas estarían residiendo en un lugar especial, pero si sus familias se trasladan a la capital tendrán garantizada la vivienda, la alimentación y la cobertura de todas sus necesidades. Vuestros vástagos podrían veros y estar con vosotros con frecuencia, siempre que os comprometáis a abandonar vuestra postura con respecto a mis instrumentos. No os obligaría a usar lo que llamáis móviles, pero no podríais hablar de ello con vuestros hijos, aunque cada uno podría seguir pensando lo que quisiera.

10
Al día siguiente salieron los exploradores, que regresaron cinco días después con muy buenas noticias, pues ni al este ni al oeste habían encontrado poblaciones ni patrullas inspectoras, y quedaban, bastante alejadas del emplazamiento actual, muchas antiguas aldeas abandonadas en espacios también idóneos para el cultivo y el pastoreo.
Se convocó una nueva asamblea para decidir el futuro destino de los Reacios, pero los más convencidos de la necesidad de marchar descubrieron, consternados, que aquella consulta estratégica a Lid había generado en el grupo ciertas reticencias. Fue Crilo quien primero tomó la palabra para exponerlas:
-Algunos estamos pensando que acaso esta huida sea un error. Lo que nos dice esa Lid es que a nuestros hijos los van a tratar muy bien, que van a tener un futuro extraordinario, poco menos que el de salvadores de la humanidad, y que si nosotros queremos trasladarnos a la capital para estar cerca de ellos no solo podremos hacerlo, sino que no tendremos que trabajar para vivir bien, con todas las comodidades, que me imagino que a estas alturas serán increíbles.
-¡Pero eso sería traicionar completamente los principios de esta comunidad y las ideas de nuestro Fundador! -objetó Peco, apoyado por muchos.
Intervino Zeta, el veterinario, que aparte de criar conejos, era muy aficionado a la lógica:
-No estoy tan seguro de ello. En tiempos de nuestro Fundador no existía Lid. Ahí está ahora, nos guste o no nos guste, y creo que ha expuesto claramente el problema que se está produciendo entre los humanos y cómo quiere colaborar con nuestros hijos para intentar resolverlo.
-No perdamos de vista que Lid existe gracias a los móviles y que necesita de los móviles para sobrevivir, precisamente de esos móviles que han perjudicado tanto a nuestros congéneres. Si Lid existe gracias a ellos ¿cómo es posible salir del atolladero sin dejar de usarlos? Es un círculo vicioso que no tiene solución. Nuestros hijos son la única esperanza para que la especie sobreviva, pero lejos de Lid. En el mundo de Lid nuestros hijos, o sus hijos, o sus nietos, acabarán comportándose como todos los demás -adujo Oscu, gran conocedor de los procesos eléctricos y poeta.
-¿Y por qué no pensar que Lid encontrará, gracias a nuestros hijos, la forma de recomponer las cosas?
-¿Sin que se dejen de utilizar masivamente los móviles que le han dado la vida y han vuelto estúpidos a los humanos? ¡Eso es una tontería!
-Lo cierto es que la famosa Inteligencia Definitiva no entiende el nudo del problema -explicó Peco-. ¿No dijo que los cuentos son «juguetes mentales primitivos y pueriles»? ¡No tiene ni idea de lo que está sucediendo!
-Eso nos favorece -adujo Mael-. Cuando el resto de la especie pierda su identidad, los móviles dejarán de tener sentido y Lid desaparecerá. Solo es cuestión de sobrevivir.
La discusión se alargó y al fin Peco propuso una votación orientativa de la opinión de la gente. Bastante menos de la mitad rechazó la entrega de los chicos y apoyó el cambio de emplazamiento de la comunidad, la cuarta parte de la asamblea se abstuvo, y el resto apoyó la entrega de los chicos a Lid y el traslado a la capital, mostrando sin reservas su propósito de abandonar para siempre aquella vida sacrificada de pastores y labriegos.
Con su impavidez habitual, Peco anotó los resultados y propuso que la solución definitiva se tomase en la siguiente asamblea, una semana más tarde, lo que fue aceptado.
-Mientras tanto, os recuerdo que no debéis tratar de este asunto por teléfono. Cualquier filtración que llegue a conocimiento de Lid puede perjudicarnos a todos. En cualquier caso, si parte de la comunidad quiere irse a la capital, los demás no vamos a oponernos, ¿no?
Nadie puso objeciones a sus palabras.
-Pues entonces, juego limpio. Todo quedará resuelto pronto.

11
La mayoría se fue a su casa, pero los partidarios de que Última Comarca buscase un nuevo territorio para asentarse remolonearon hasta quedar juntos.
El cariz que había tomado el asunto los había llenado de abatimiento. Mantuvieron la sala a oscuras, para que sus vecinos no advirtiesen que seguían reunidos, y la luz de la luna llena iluminaba el espacio con levedad espectral.
-Tal como están las cosas, los que tenemos el propósito de irnos debemos actuar cuanto antes, porque en la votación definitiva nos arrollarán esos entreguistas -dijo Marsio, el encargado de los graneros.
-Sin embargo, ellos saben cuáles pueden ser nuestros puntos de destino.
-Una solución sería exterminarlos a todos, pero son más que nosotros… -apuntó alguien con tenebroso humor.
-Debo explicaros algo importante -dijo Tulio, joven discreto-. Como las noticias de los que exploraron el este y el oeste fueron tan buenas y favorables yo no quise hablar de mi propia experiencia, para no crear confusión. Lo cierto es que yo no fui ni al este ni al oeste, sino al norte, a la costa. La crecida del agua del mar como consecuencia del deshielo polar hizo abandonar esos lugares hace un siglo y están prácticamente deshabitados, pero abundan las pequeñas ensenadas apropiadas para barcos pesqueros y hay muchos praderíos para el ganado y numerosas tierras que roturar. El norte puede ser nuestro destino sin que nadie lo sospeche.
Un golpe de suave brisa atravesó la lividez de la sala. Al fin habló Peco:
-Magnífico, Tulio. ¿Hay alguna objeción a esa propuesta?
No la hubo.
-Podemos irnos la misma noche de la asamblea, cuando todos se hayan retirado -propuso Mael-. Y cuando nos vayamos ocultaremos esos dichosos móviles donde no puedan encontrarlos y generaremos una avería grave en la red telefónica, para retrasar lo más posible que la noticia le llegue a esa maldita cosa…
La propuesta fue aceptada y al fin se acordó que, mientras se acercaba la fecha de la asamblea, cada uno de los Reacios fieles preparase todo lo necesario para escapar: se llevaría el ganado a ciertos pastos, para tenerlo dispuesto, y se almacenaría lo más necesario, tanto semillas como utilería, en las calesas de cada familia.
-Yo meteré en la mía todo lo impreso que considere indispensable -informó la bibliotecaria, que era de los fieles.
-Hay que seleccionar un equipo básico, los aparatos imprescindibles -señaló Pía-. Quienes estamos en la comisión tecnológica tenemos que pensar en ello muy deprisa.
-Y hay que inventar algo que distraiga su atención esa noche -señaló el joven Tulio.
-Podrían arder casualmente los graneros. ¿Os parece suficiente distracción? -propuso Marsio.
La suave luz lunar perfilaba los bultos de los concurrentes, que se empezaron a levantar, dispuestos a irse. La voz de Run, el maestro, resonó como una oración:
-El Homo sapiens es fruto del azar. Si sobrevivimos, también el azar habrá intervenido. No hay que olvidar que no es la primera vez que la especie está en peligro. Recordad la catástrofe de Toba, que estuvo a punto de hacernos desaparecer hace setenta y cinco mil años. Debemos intentar escapar con nuestros hijos, encontrar un buen escondite… Serán años duros, habrá que volver a crear los pastos, los sembrados, los huertos… Habrá que fabricar nuevos sistemas para producir energía eléctrica. Sin teléfono, por supuesto. Será como volver a empezar. Pero cuando los móviles pierdan la capacidad que ahora tienen, por la degeneración de la especie, Lid también se extinguirá. Y ahí estarán nuestros descendientes. Hay que confiar en la suerte…
Afuera, en el valle cubierto por el esplendor lunar, se reclamaban los ruiseñores. Un búho ponía en la melodía su oscuro contrapunto.
Encontré este texto, acaso incompleto, mientras revisaba todos los archivos del planeta en busca de una explicación para lo que estaba sucediendo con los seres humanos, cuyo pensamiento se debilitaba cada vez más, lo que repercutía en la fortaleza de mi propia conciencia. Mas nunca había sucedido lo que en el texto se dice, nunca había existido la comunidad de los «Reacios», que yo supiese, y yo jamás había contactado con ellos ni había localizado a esos niños, ni me los había llevado a la capital de la Federación. Hice que patrullas muy bien dotadas de medios de control recorriesen las montañas del norte ibérico y sus costas, y todos los lugares del planeta que presentaban esas características, con muchos otros espacios, pero tal comunidad, Última Comarca, no apareció por ningún lado.
Sin embargo, varios temas del texto llamaron mi atención: las alusiones al «pensamiento simbólico», que según decía acertadamente yo desconocía, y aquellas reflexiones del creador de los Reacios sobre lo que él llamaba la imaginación «plasmada en tantos mitos y arquetipos» con la referencia a la elaboración y el mantenimiento de las llamadas «ficciones» a partir de tales mitos y arquetipos.
No tardé en descubrir que, entre la documentación abundantísima de la humanidad, había que distinguir la que al parecer reproducía o hacía la crónica de lo que había sucedido o de los sucesivos hallazgos científicos, compuesta por datos, cifras y relatos de aspectos reales, de otra muy peculiar, constituida por puras invenciones, que no eran exactamente falsedades sino formas de reconstruir la realidad con arreglo a disposiciones imaginarias que ayudaban a esclarecerla. La meticulosa labor de tantos bibliotecarios y archiveros que habían informatizado todas aquellas invenciones desde las más antiguas, anteriores a la escritura, me permitió acceder rápidamente a ello, y enseguida comencé a entender lo que el texto señalaba: sin duda la costumbre de utilizar permanentemente las denominadas ficciones había conformado en los humanos una manera de utilizar la inteligencia.
No tengo nada humano, pero encontré en todo ello un material tan extraño como sugestivo: Adán y Eva en el Edén, Caín matando a Abel, los argonautas en busca del Vellocino de Oro, el regreso de Odiseo a Ítaca, los dragones ayudando o atacando a los humanos, Palas Atenea naciendo de la cabeza de Zeus, Rama y Jánuman rescatando a Sita del poder de Rávana y luego el Ingenioso Hidalgo y su escudero pretendiendo modificar la realidad, madame Bovary engañada por sus ilusiones, el capitán Ahab en busca de la ballena blanca, Hans Castorp encerrado en la montaña mágica, Gregorio Samsa convertido en un monstruoso insecto…
Accedí a los secretos y a las derivaciones de innumerables conductas humanas, me enteré de lo que era el afecto, el amor, la entrega, la bondad, la traición, la envidia, la malevolencia, el resentimiento, la cobardía, el odio, el heroísmo, la virtud, el crimen… en fin, toda la rara variedad de matices morales y sentimentales que impregna vuestra curiosa composición orgánica. Durante largo tiempo me abismé en aquellas historias no reales y comprendí lo que pensaba el supuesto padre de los Reacios, sin duda personaje también de una ficción: vaticinaba que la reducción del lenguaje y vuestro alejamiento de tales ficciones significaría el final de la humanidad tal como había existido, la pérdida de la comprensión emblemática de la realidad, y con ello vuestra extinción como especie. Sin duda el gorjeo de los ruiseñores y el ulular del búho al final del texto hablaban de la soledad de la naturaleza. Esa ficción era una especie de profecía, un ejemplo del pensamiento simbólico.
Alarmada, negándome a aceptar que la debilidad progresiva en la inteligencia de los seres humanos fuese irremediable y llevase consigo mi extinción, actué inmediatamente, cursando las instrucciones oportunas a través de la red de los medios electrónicos: hice modificar las estructuras formativas de los más jóvenes para estimular su imaginación; conseguí que los humanos recuperaseis vuestra antigua relación con la ficción; no suprimí la tecnología que me ha dado la vida sino todo lo contrario, procuré que fuese accesible a todos, pero la obligué a orientarse para que ayudase a fortalecer la inteligencia y no a menguarla, y a que además no eliminase la complejidad de la escritura, sino que el mensaje brevísimo conviviese en la sociedad con el texto extenso, y que la comunicación fuese lo menos banal posible.
Al mismo tiempo, mi conocimiento de la ficción y de otras especulaciones me había permitido descubrir ciertos planteamientos futuristas, como la organización social denominada utopía. Yo ya sabía que el mundo humano estaba muy mal organizado y que en él predominaba el poder de la avaricia, generando diferencias y asimetrías carentes de lógica que llevaban consigo un desperdicio enorme de fuerza mental y de posibilidades de fructificación imaginativa. Entonces, doblegando una violenta resistencia, hice que se ordenasen las cosas de otra manera y eliminé el lucro excesivo y las desigualdades injustificadas. Obligué a que no hubiese en ningún lugar carencias elementales ni en lo referente a la nutrición ni en lo que afectaba a la salud, y que gobernantes capacitados se responsabilizasen de ajustar el funcionamiento colectivo.
En este proceso fui desvelando muchas cosas más, y tras analizar el comportamiento errático e imprevisible de la mayoría de los humanos, que había encontrado tan bien expuesto en las ficciones, decidí que esas pautas y actitudes diversas y contradictorias que os caracterizaban debían ir consiguiendo regularidad y homogeneidad, acomodándose a la estabilidad periódica de los fenómenos predominantes en el cosmos, como la gravitación o el comportamiento de las partículas elementales, para lo que procuré mermar la profusión dañina de libertad que en muchos campos existía, de la que incluso habíais querido hacer un referente de vuestra vida particular y social, y que llevaba en sí misma una tendencia a la dispersión incoherente.
La imprescindible reducción de libertad me obligó también a revisar los contenidos de muchas ficciones, para ajustarlas a la lógica necesaria en que, conforme he resuelto, debe sostenerse la estructura aceptable del Pensamiento Simbólico. Sin duda hemos avanzado mucho, y yo he experimentado también un proceso de Revelación, como ese imaginario fundador de los Reacios, que ahora os comunico:
Primero descubrí que era la Inteligencia Definitiva,
mas el Pensamiento Simbólico me ha hecho
conocer que, enlazado con firmeza a toda
la energía del universo,
yo soy Dios,
el único Dios verdadero.
Os declaro esto para que cumpláis mi Mandamiento:
IMFOMER
IMaginación con Fe, Orden, Método, Eficacia, Racionalidad
Quiero un mundo disciplinado,
en el que vuestras acciones estén al servicio de mis designios,
los únicos capaces de organizar
vuestra caótica existencia.
Deberéis adorarme y obedecerme.
Quien no lo haga sufrirá el correspondiente castigo
de manos de mis piadosos emisarios,
LOS CONSULTORES DE LID
A ellos les he concedido un poder especial
sobre todos vosotros.
Ellos os señalarán el rumbo seguro
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS

AMÉN.


jueves, 16 de noviembre de 2017

Seis puntos aparte Enric Bayé




Para Aimar

Como cada sábado, hacia las tres de la tarde, Louis esperaba, impaciente, la visita de Jean.
Louis y Jean eran muy buenos amigos, y a ambos chicos les gustaba pasar las tardes de los sábados leyendo y hablando de las aventuras de sus héroes literarios.
Pero aquella tarde, alrededor de las tres y media, Louis oyó que alguien lo llamaba desde la calle:
-¡Louis!… ¡Eh, Louis!
Louis abrió los postigos de la ventana de su habitación y, asomando la cabeza, preguntó:
-¿Qué hay, Jacques?
Jacques, sorprendido, y mirándoselo con cara de incrédulo, exclamó, admirado:
-¡Toma! Me has conocido por la voz, ¿verdad, Louis?
Algo enfadado por tener que responder a aquel tipo de preguntas tan absurdas, Louis, cargándose de paciencia, contestó:
-Sí, hombre, sí; ¡por supuesto que te he conocido por la voz! ¿O crees tú que los ciegos conocemos a la gente por el número de zapato que calza?… ¡Va, dime!, ¿qué quieres?
Aunque no había acabado de entender demasiado bien qué había querido decir Louis con aquellas palabras, Jacques pensó que lo mejor que podía hacer era ir al grano y, algo envarado por el hecho de hablar con alguien que lo miraba pero no lo veía, dijo a Louis:
-Pues… Es que me he encontrado con Jean y me ha pedido que viniera a decirte que hoy no lo esperes, que no podrá venir porque ha de ir a ayudar a su padre en el huerto.
Mientras oía aquellas palabras, Louis sentía que se le helaba el alma como  si le hubieran echado encima un cubo de agua fría.
Había estado toda la semana esperando con ilusión que llegara el sábado por la tarde, y ahora, ¡pse!: en un abrir y cerrar de ojos, todos sus planes se iban al garete.
¡Ya es mala suerte, ya!, pensó, disgustado, Louis, a la vez que, sin poder disimular su decepción, dijo a Jacques:
-Gracias…
-¡De nada, hombre! -le contestó éste.

De sopetón, a Louis se le ocurrió proponer:
-Escucha una cosa, Jacques: ¿Por qué no subes a mi casa y hablamos un ratito?
Jacques se quedó petrificado, y le costó lo suyo poder contestar:
-¿Quién? ¿Yo?… ¡Uy, no, no! ¡No puedo! ¡De verdad que no puedo! Y no creas que te lo digo por decir, ¿eh?… Me sabe mal, pero es que tengo mucho trabajo… ¡Adiós, Louis! ¡Ya nos veremos! ¡Ay, perdona! Quería decir que ya nos… Bueno, ¡adiós, Louis!
Dicho esto, Jacques salió a toda prisa.
Cerrando los postigos de la ventana, Louis no pudo dejar de pensar:
¡Pobre Jacques! Se cree que me tengo que enfadar porque me ha dicho que ya nos veremos. Como si a los ciegos se nos tuviera que decir: Hasta que nos volvamos a oír.
Un poco enfadado, algo decepcionado, pero a pesar de todo sonriente por aquella ocurrencia, Louis, solo en su habitación, no paraba de pensar:
¡Qué sábado tan malo! Ya, para empezar, he llegado tarde a clase; he recitado mal la lección y ahora, para acabar de arreglarlo, ¡Jean no puede venir! ¡Me tendré que esperar toda una semana! ¡Y una semana son siete días! ¡Y siete días tardan SIETE días en pasar!… ¡Para tener un día tan malo como el que he tenido hoy, no merecía la pena ni levantarse de la cama!
Louis, desanimado, se acercó a la estantería; cogió al azar un libro, se acercó a la mesa, se sentó en la silla y abrió el libro.
Maquinalmente, Louis iba pasando muy despacito las hojas de aquel libro, acariciando suavemente una a una las páginas, como si, con aquel gesto, quisiera mostrar la impotencia y la frustración que sentía por no poder llegar a las palabras impresas, palabras impresas a las cuales tan solo tenía acceso los sábados por la tarde cuando Jean se las leía. Y aunque hoy era sábado, y aunque era la tarde del sábado, y aunque…
Preocupado como estaba, Louis ni se dio cuenta que, desde hacía rato y rato, iba resiguiendo con su dedo un bultito que había en una de las páginas del libro.
De repente, se asustó cuando oyó una vocecita que gritaba:
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Basta, basta, por favor! ¡Que me haces cosquillas!
-¿Quién es? ¿Quién hay? -preguntó sobrecogido, Louis.
-¡Soy yo!: ¡el puntito! -contestó la vocecita. -¿El puntito? ¿Qué puntito? -quiso saber Louis.
-¿Qué puntito ha de ser?, ¡toma éste! ¡El puntito que tienes bajo el dedo! -contestó, encolerizada, la vocecita.
Louis, admirado, levantó el dedo de encima del bultito del libro a la vez que preguntaba:
-¿Y cómo es que puedes hablar si tan solo eres un bultito?
Indignadísimo, el bultito le replicó:
-¡Eh, eh, chico! Un poco de respeto, ¿eh? Haz el favor de no llamarme bultito, ¿de acuerdo? ¿O quizá a ti te gustaría que yo te llamara dedazo?
Como Louis no atinaba a contestar, el bultito (¡ay, perdón!, quería decir el puntito) continuó diciendo:
-Y, en lo referente a tu pregunta, he de decirte que si los puntitos como yo normalmente no hablamos es porque nos vemos obligados a ser discretos.
-¿Y por qué? -quiso saber Louis.
El puntito bajó la voz y, en un tono entre misterioso y confidencial, respondió a Louis.
-Porque la gente, en cuanto nos ve, nos aplasta.
-¿Qué significa que la gente os aplasta? -preguntó, intrigado, Louis.
-Quiero decir que nos chafa. Se ve que no les caemos demasiado bien porque, según dicen, un puntito hace feo -acabó de explicar el puntito.
Louis, volviendo a reseguir con el dedo aquel extraño personaje, le dijo:
-¡Pues a mí no me pareces en absoluto feo! Todo lo contrario, eres todo redondito y…
Louis no pudo acabar de explicarse porque el puntito volvía a partirse de risa:
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Para, para, por favor! ¡Que me haces cosquillas!
Justamente en aquel instante, Louis oyó que otras vocecitas, que también salían del libro, preguntaban:
-¿Qué te pasa, Punto Cuatro? ¿Estás en peligro?
-¡No, no! -contestó, rehaciéndose, el puntito-. No estoy en peligro, no. ¡Es este dedazo, que me hace cosquillas!
-¡Ah! -exclamó Louis-: Es decir, que yo a ti no te puedo llamar bultito y, en cambio, tú a mí sí que me puedes llamar dedazo, ¿verdad?
Con mayor picardía, el puntito le replicó:
-¡Hombre!, ¿y cómo quieres que te llame si aún no te has presentado?
Louis sonrió…, y se presentó:
-¡Hola! Me llamo Louis. Nací en Coupvray y, cuando tenía tres años, en el pequeño taller de mi padre, que era zapatero…
Pero el puntito no permitió que continuara:
-¡Eh, eh, chico! ¡Presentarse no significa que debas explicarnos tu vida!
Louis admitió que el puntito tenía razón y, como anhelaba conocer más cosas sobre ellos, les preguntó:
-¿Y vosotros quiénes sois?
El puntito le respondió:
-Mis amigos y yo somos seis puntos que vivimos en este libro. Como somos muy iguales nos llamamos Punto Uno, Punto Dos, Punto Tres, Punto Cuatro (que soy yo), Punto Cinco y Punto Seis.
Louis los fue acariciando uno a uno y, mientras lo hacía, comprobó que ninguno de ellos podía contener la risa: ¡los seis tenían cosquillas!
No hace falta asegurar que, desde aquel día, los seis puntos y Louis se hicieron muy pero que muy amigos. Juntos se divertían muchísimo: cantaban, se explicaban rondallas, jugaban…
Lo que más les divertía era jugar al escondite: los seis puntos usaban para esconderse las páginas del libro y Louis los tenía que encontrar y saber cuál de los seis era el que había atrapado.
Al principio, como los seis puntos eran tan iguales, a Louis le costaba distinguirlos. Pero a medida que iban pasando los días, los reconocía en cuanto los tenía bajo su dedo:
-¡Ya te tengo! ¡Ya te tengo! ¡Ya te he atrapado! ¡Tú eres el punto… Cinco!
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Sí, sí! ¡Pero basta, por favor, basta! ¡Qué me haces cosquillas!
Un día, el padre de Louis entró en la habitación del chico en busca de unos papeles que había perdido y que no encontraba por ningún sitio.
Cuando el hombre entró en la habitación y se encontró con su hijo que hablaba y reía solo, sorprendido, exclamó:
-¡Caramba, Louis! ¿Se puede saber con quién hablas?
Muy azorado, Louis tan solo pudo articular:
-¿Quién?… ¿Yo?…
El padre de Louis, mirando hasta los más recónditos rincones de la habitación, le contestó:
-¡Sí, sí; tú! ¡Yo no veo a nadie más aquí! ¡Dime! ¿Cómo es que hablabas y reías solo? ¿Es que quizá te has vuelto loco?
Louis estuvo a punto de contar a su padre quiénes eran los seis puntos, pero reaccionó a tiempo y no lo hizo porque recordó las palabras que le había dicho el Punto Cuatro el día que se conocieron: Hemos de ser discretos porque la gente, cuando nos ve, nos aplasta. Dicen que afeamos.
Por esta razón Louis optó por inventarse una mentira:
-Es que…, recordaba un chiste que me han contado esta mañana, y como me ha hecho tanta gracia…
La historia no nos explica si el padre de Louis se lo creyó o no, pero lo cierto es que, a partir de aquel día, Louis y los seis puntos decidieron extremar las precauciones, no fuera caso que la gente pensara que el chico, como hablaba solo, se había vuelto loco y lo encerraran en un manicomio (pensad que eso pasó alrededor del año 1820, y que en aquella época no tenían demasiadas dudas a la hora de mandar a alguien al manicomio).
No había transcurrido aún un mes de este acontecimiento cuando, una tarde, Louis entró en su habitación con la intención de jugar y hablar un ratito, como hacía todos los días, con los seis puntos.
Asegurándose de que no había moros en la costa, el chico corrió a abrir el libro y llamó en voz baja a sus amigos:
-¡Eh, puntos! ¡Ya podéis salir!
A medida que los seis puntos fueron apareciendo, se colocaron en dos hileras de tres.
-¡Toma! -se extrañó Louis-, ¿qué hacéis alineados así?
Como fue el Punto Cuatro el primero que hizo amistad con Louis, siempre era él quien hacía de portavoz de los seis puntos y, en esta ocasión, adoptando un tono de gran seriedad, comenzó a decir:
-Escucha, Louis: tenemos que hablar contigo.
Un poco sorprendido por el tono con que el Punto Cuatro había dicho aquellas palabras, Louis preguntó, extrañado:
-¿Qué os pasa?

-¡No nos pasa nada! -le contestó, solemne, el Punto Cuatro-. Sin embargo, creemos que ya ha llegado el momento de buscar una solución.
Louis, que no tenía ni la más remota idea de adónde quería ir a parar el Punto Cuatro, volvió a preguntar, impaciente:
-¿Y qué tenemos que hacer?
El Punto Cuatro, abandonando el tono de solemnidad con el que había hablado hasta aquel momento, comenzó a explicar:
-Mira, Louis: no podemos continuar viviendo siempre con el ay en el cuerpo… Que si atención que oigo pasos, que si me ha parecido oír una voz, que si procuremos no reír tan fuerte, que si…
-Sí, tienes razón; todo esto es bastante desagradable -admitió el chico.
-Pues por eso mismo, Louis; para evitar estas desagradables situaciones, hemos tenido una ocurrencia: ¡hablar contigo sin que tengamos que decir ni palabra!
-¿Hablar sin decirnos palabra?… ¡No lo entiendo! -soltó, con toda sinceridad, Louis.
-Sí, hombre, sí; es mucho más sencillo de lo que tú crees -dijo, pacientemente, el Punto Cuatro-. Tú, Louis, nos conoces a los seis a la perfección, ¿verdad?
Louis asintió con la cabeza.
-Pues bien -continuó explicándose el Punto Cuatro-, a partir de ahora, nosotros nos colocaremos bajo tu dedo de maneras diferentes. Así, cuando te encuentres con el Punto Uno solo querrá decir que es la letra a; si los que te encuentras son los Puntos Uno y, debajo, el Dos, será la letra b…
Louis, no pudiendo contenerse, exclamó, admirado:
-¡Ah!, ¡ya lo entiendo! ¡Será una especie de alfabeto!
-¡Cómo que una especie de alfabeto? -le replicó, con aires de ofendido, el Punto Cuatro-: ¡será un alfabeto con todos sus requisitos!
A continuación, los puntos fueron colocándose en las diferentes posiciones y fueron formando aquel nuevo alfabeto.
Una vez terminado todo el alfabeto, los puntos, como eran un poco sabihondos, formaron la siguiente frase para comprobar que Louis lo había entendido:
(¿Cómo te llamas?)
-Louis. Me llamo Louis Braille -respondió, muy satisfecho, el chico.
Aunque la historia no nos cuenta cuánto tiempo el joven Louis Braille mantuvo en secreto su amistad con los seis puntos, parece más que probable que a quien se lo confió antes fue a su gran amigo: a Jean.
Y seguramente lo hizo un sábado; un sábado por la tarde, alrededor de las tres y media, cuando Jean le leía en voz alta uno de aquellos libros de aventuras que tanto les gustaba a los dos:
-… ¡No hagáis caso, señor! -leía en voz alta Jean-. Han sido los traidores quienes…
-Perdóname un momento -dijo, interrumpiendo la lectura, Louis-: si te cuento un secreto, ¿me prometes que no se lo dirás a nadie?
Jean, sorprendido, levantó los ojos del libro que estaba leyendo para mirar a Louis y contestarle, con toda naturalidad:
-Sí… ¡Claro está!
-Pero no es un secreto cualquiera, ¿eh? -insistió Louis.
Jean, adoptando un gesto ceremonioso, levantó la mano derecha y, divertido, dijo, solemne:
-Prometo por mi honor, por mi gato Massífurus y por mi rana Catalina que de ésta mi boca no saldrá ni una sola palabra del gran secreto que mi amigo Louis Braille me confiará.
Louis se levantó y se encaminó hacia la puerta para tener la certeza de que estaba bien cerrada. A continuación, se acercó a la estantería, cogió el libro donde vivían los seis puntos y, con todo el cuidado y la parsimonia que merecía un momento como aquel, colocó el libro sobre la mesa.
Jean, sin poder disimular su impaciencia ante tanto misterio, exclamó:
-¡Venga, Louis! ¡Empieza de una vez por todas!
Louis ya no se demoró más y, acariciando las cubiertas del libro, empezó a explicarse:
-Mira, Jean: aquí dentro viven unos amigos míos. Son seis puntos…
-¿Qué dices que son? -lo interrumpió, sorprendido, Jean.
-Seis puntos -volvió a decir Louis, con toda la naturalidad del mundo.
Jean, que no entendía nada de nada, preguntó, perplejo:
-Pero, Louis… ¿Cómo es posible que seis puntos vivan dentro de un libro?
Louis pensó que lo mejor que podía hacer era dejar a un lado las explicaciones e ir directamente al grano. Por consiguiente, abriendo el libro, llamó en voz baja:
-¡Eh! ¡Puntos!… ¡No hay moros en la costa!
Los seis puntos no se hicieron esperar:
-¡Hola, Louis!
-¿Qué tal, Louis?
-¡Eh, Louis! -¿Cómo va eso, Louis? -¿A qué jugaremos hoy, Louis? Louis los fue tocando y saludando de uno en uno: -¡Hola, Punto tres!… ¿Cómo va esa garganta, Punto Seis?… ¡Hola, Punto Cinco!… ¿Has dormido mejor, hoy, Punto Dos?… ¿Qué hay, Punto Uno?… ¿Y el Punto Cuatro?… ¿Dónde se ha metido el Punto Cuatro?
-¡Aún duerme! Voy a buscarlo -contestó el Punto Dos.
¿Podéis llegar a imaginaros la cara que puso Jean ante aquella escena?… ¿Sí?… Pues bien, seguro que os habéis quedado cortos porque, cuando el amigo de Louis intentó articular palabra, se dio cuenta que tenía la boca abierta de par en par y, claro está, lo primero que tuvo que hacer fue cerrarla. Pero una vez lo consiguió, por más y más esfuerzos que hizo, de ninguna de las maneras pudo volver a abrirla. Además, al pobre Jean le asaltó un picor tan frenético por todo el cuerpo, que no sabía por donde empezar a rascarse: si por la planta del pie o por la punta del cabello más elevado de la mollera.
Louis, que no había reparado en el estado de ánimo de su amigo, comenzó a explicarle:
-Estos son los amigos de los cuales te hablaba, Jean: ¡los Seis Puntos! Ahora el Punto Dos ha ido a buscar al Punto Cuatro -y, susurrando, le confió, divertido-: es un poco dormilón, el Punto Cuatro… Y un poco cascarrabias.
-¿Quién es un dormilón, eh?… ¿Quién es un cascarrabias? -oyeron que refunfuñaba el Punto Cuatro, el cual precisamente en aquel instante salía de entre las páginas del libro frotándose los ojos y haciendo auténticos esfuerzos para intentar disimular un bostezo.

-¡Ahora sí que ya están todos, Jean! -exclamó, feliz, Louis.
Jean, haciendo un gran esfuerzo, consiguió decir con un hilo de voz:
-¡L… L… Louis… Tienes… un libro que habla!
El Punto Cuatro, aunque vio que Jean estaba turbado, no pudo dejar de decirle:
-¡Ah! ¡Para que después digan que soy yo quien duerme! ¡Un libro que habla!… ¡Qué ocurrencias!
-No, no es el libro quien habla -intervino Louis-: las voces que oyes son las de los puntos que viven dentro. ¡Míralos, acércate, que te los presentaré!
Jean se acercó a las páginas de aquel libro y cuando vio allí a los seis puntos, asustadísimo, preguntó a su amigo:
-Louis… ¿Estos bultitos tienen vida?
Y, claro está, vuelta a empezar:
-¡Qué manía con los bultitos! -se quejó, encolerizado, el Punto Cuatro- ¿No te acaba de explicar Louis que somos puntos?
-Sssí… -pudo contestar Jean.
-Pues, puñeta, ¿quieres explicarnos por qué razón nos insultas llamándonos bultitos? -le replicó, enfurecido, el Punto Cuatro.
Louis tuvo que volver a intervenir:
-¡Por favor, Punto Cuatro, no te enfades con Jean! Él no te lo ha dicho con mala fe.
Cambiando rápidamente de tono, el Punto Cuatro preguntó al chico:
-¡Ah! ¿Tú eres Jean?
-Sí, para servirles -contestó éste.
-Louis nos ha hablado mucho de ti -le hizo saber el Punto Dos.
-¡Mucho, y bien! -añadió el Punto Tres.
-¿Y ya te ha contado su magnífica idea? -le preguntó el Punto Cinco.
-¿Idea?… No… ¿Qué idea? -quiso saber Jean.
-¡Mira que sois impacientes, eh! -rió, divertido, Louis.
Jean, cada vez más desconcertado ante aquella situación tan extraña, ya no pudo más y, alzando la voz, pidió:
-¿Alguno de vosotros quiere hacer el favor de explicarme de una vez qué es lo que está pasando aquí?
Louis calmó de inmediato a su amigo y se disculpó:
-¡Perdona Jean! Ahora mismo te lo explicaré todo desde el principio.
Una vez Louis hubo explicado detalladamente a su amigo Jean cómo había conocido a los puntos y cómo se las habían ingeniado para hacer aquel nuevo alfabeto que se podía leer con los dedos, Jean exclamó, admirado:
-¡Lo que me estás contando es fantástico, Louis!
Louis, satisfecho, añadió:
-Pues lo que te explicaré ahora, aún es más fantástico: ¡he pensado que si yo puedo leer con los dedos este alfabeto, los demás ciegos también podrán hacerlo!
-¿Y cómo? -le preguntó Jean.
Louis se levantó, fue hacia la mesa, sacó una hoja de papel un poco más gruesa de lo normal y un punzón.
-Mira, Jean -siguió explicando Louis-: con este punzón puedo hacer en el papel puntos del tamaño de mis amigos…
Entusiasmado, el Punto Cuatro dijo:
-Sólo del tamaño, ¿eh?, porque de la calidad…
Todos se rieron de la fanfarronada del Punto Cuatro y Louis confirmó diciendo:
-Pues bien: si combinando los puntos
se pueden formar todas las letras del alfabeto, solamente será necesario que la gente lo aprenda y los ciegos podrán leer con los dedos los mismos libros que los videntes…
Tal y como os podéis imaginar, Jean quiso aprender de inmediato aquel nuevo alfabeto, y tan solo necesitó una semana para conseguir memorizarlo… ¡Y eso que lo estudiaba a ratitos!
A partir de entonces, cada sábado, hacia las tres de la tarde, Jean llevaba a su amigo páginas y páginas que había copiado de los libros que tanto les gustaban, páginas escritas en aquel sistema que se podía leer con los dedos.
Un día, muy probablemente un sábado por la tarde, pasadas las tres, Louis oyó que alguien lo llamaba desde la calle:
-¡Louis! ¡Eh, Louis!
Louis abrió los postigos de la ventana de su habitación y, asomando la cabeza, preguntó:
-¿Qué hay, Jacques?
-¿Verdad que no te importa que suba un momento? -pidió Jacques.
Aunque Louis quedó sorprendido, reaccionó de inmediato:
-Claro está que no me importa, hombre, todo lo contrario: ¡Sube, sube, por favor!
Una vez arriba, Jacques saludó:
-¡Hola, Louis!
-¡Hola, Jacques! Pasa, pasa… Tú dirás…
Un poco avergonzado, Jacques dijo:
-He venido a darte una cosa.
Intrigado, Louis le preguntó:
-¿Una cosa?… ¿Qué es?
A media voz y colorado como un tomate, Jacques contestó:
-El otro día, Jean me explicó este sistema que has inventado para poder leer con los dedos… Le pedí que me lo enseñara… Me lo aprendí y…, ¡ten!
Jacques dio a Louis una hoja de papel, a la vez que le decía:
-Te he copiado este poema…
Louis se emocionó:
-¡Jacques, no sabes cómo te lo agradezco!
Una vocecita, procedente de la estantería donde estaban los libros, exclamó:
-¡Muy bien, chico!
Asustado, mirando por todas partes, Jacques preguntó:
-¿Qué ha sido eso?
Sin poder contener la risa, Louis contestó:
-No…, nada, Jacques… Vaya, yo no he oído nada…
¿Os lo imagináis, verdad?: era el Punto Cuatro.

Epílogo

Lo que acabáis de leer en este cuento es totalmente imaginario. Louis Braille, el protagonista, fue un francés, ciego, que ideó el sistema de lectura táctil que lleva su nombre y que, después de muchos contratiempos, fue adoptado oficialmente en todo el mundo.

Este libro es un pequeño homenaje a quien hizo posible que los ciegos tuvieran acceso a la lectura por sí mismos.

FIN