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jueves, 16 de noviembre de 2017

Seis puntos aparte Enric Bayé




Para Aimar

Como cada sábado, hacia las tres de la tarde, Louis esperaba, impaciente, la visita de Jean.
Louis y Jean eran muy buenos amigos, y a ambos chicos les gustaba pasar las tardes de los sábados leyendo y hablando de las aventuras de sus héroes literarios.
Pero aquella tarde, alrededor de las tres y media, Louis oyó que alguien lo llamaba desde la calle:
-¡Louis!… ¡Eh, Louis!
Louis abrió los postigos de la ventana de su habitación y, asomando la cabeza, preguntó:
-¿Qué hay, Jacques?
Jacques, sorprendido, y mirándoselo con cara de incrédulo, exclamó, admirado:
-¡Toma! Me has conocido por la voz, ¿verdad, Louis?
Algo enfadado por tener que responder a aquel tipo de preguntas tan absurdas, Louis, cargándose de paciencia, contestó:
-Sí, hombre, sí; ¡por supuesto que te he conocido por la voz! ¿O crees tú que los ciegos conocemos a la gente por el número de zapato que calza?… ¡Va, dime!, ¿qué quieres?
Aunque no había acabado de entender demasiado bien qué había querido decir Louis con aquellas palabras, Jacques pensó que lo mejor que podía hacer era ir al grano y, algo envarado por el hecho de hablar con alguien que lo miraba pero no lo veía, dijo a Louis:
-Pues… Es que me he encontrado con Jean y me ha pedido que viniera a decirte que hoy no lo esperes, que no podrá venir porque ha de ir a ayudar a su padre en el huerto.
Mientras oía aquellas palabras, Louis sentía que se le helaba el alma como  si le hubieran echado encima un cubo de agua fría.
Había estado toda la semana esperando con ilusión que llegara el sábado por la tarde, y ahora, ¡pse!: en un abrir y cerrar de ojos, todos sus planes se iban al garete.
¡Ya es mala suerte, ya!, pensó, disgustado, Louis, a la vez que, sin poder disimular su decepción, dijo a Jacques:
-Gracias…
-¡De nada, hombre! -le contestó éste.

De sopetón, a Louis se le ocurrió proponer:
-Escucha una cosa, Jacques: ¿Por qué no subes a mi casa y hablamos un ratito?
Jacques se quedó petrificado, y le costó lo suyo poder contestar:
-¿Quién? ¿Yo?… ¡Uy, no, no! ¡No puedo! ¡De verdad que no puedo! Y no creas que te lo digo por decir, ¿eh?… Me sabe mal, pero es que tengo mucho trabajo… ¡Adiós, Louis! ¡Ya nos veremos! ¡Ay, perdona! Quería decir que ya nos… Bueno, ¡adiós, Louis!
Dicho esto, Jacques salió a toda prisa.
Cerrando los postigos de la ventana, Louis no pudo dejar de pensar:
¡Pobre Jacques! Se cree que me tengo que enfadar porque me ha dicho que ya nos veremos. Como si a los ciegos se nos tuviera que decir: Hasta que nos volvamos a oír.
Un poco enfadado, algo decepcionado, pero a pesar de todo sonriente por aquella ocurrencia, Louis, solo en su habitación, no paraba de pensar:
¡Qué sábado tan malo! Ya, para empezar, he llegado tarde a clase; he recitado mal la lección y ahora, para acabar de arreglarlo, ¡Jean no puede venir! ¡Me tendré que esperar toda una semana! ¡Y una semana son siete días! ¡Y siete días tardan SIETE días en pasar!… ¡Para tener un día tan malo como el que he tenido hoy, no merecía la pena ni levantarse de la cama!
Louis, desanimado, se acercó a la estantería; cogió al azar un libro, se acercó a la mesa, se sentó en la silla y abrió el libro.
Maquinalmente, Louis iba pasando muy despacito las hojas de aquel libro, acariciando suavemente una a una las páginas, como si, con aquel gesto, quisiera mostrar la impotencia y la frustración que sentía por no poder llegar a las palabras impresas, palabras impresas a las cuales tan solo tenía acceso los sábados por la tarde cuando Jean se las leía. Y aunque hoy era sábado, y aunque era la tarde del sábado, y aunque…
Preocupado como estaba, Louis ni se dio cuenta que, desde hacía rato y rato, iba resiguiendo con su dedo un bultito que había en una de las páginas del libro.
De repente, se asustó cuando oyó una vocecita que gritaba:
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Basta, basta, por favor! ¡Que me haces cosquillas!
-¿Quién es? ¿Quién hay? -preguntó sobrecogido, Louis.
-¡Soy yo!: ¡el puntito! -contestó la vocecita. -¿El puntito? ¿Qué puntito? -quiso saber Louis.
-¿Qué puntito ha de ser?, ¡toma éste! ¡El puntito que tienes bajo el dedo! -contestó, encolerizada, la vocecita.
Louis, admirado, levantó el dedo de encima del bultito del libro a la vez que preguntaba:
-¿Y cómo es que puedes hablar si tan solo eres un bultito?
Indignadísimo, el bultito le replicó:
-¡Eh, eh, chico! Un poco de respeto, ¿eh? Haz el favor de no llamarme bultito, ¿de acuerdo? ¿O quizá a ti te gustaría que yo te llamara dedazo?
Como Louis no atinaba a contestar, el bultito (¡ay, perdón!, quería decir el puntito) continuó diciendo:
-Y, en lo referente a tu pregunta, he de decirte que si los puntitos como yo normalmente no hablamos es porque nos vemos obligados a ser discretos.
-¿Y por qué? -quiso saber Louis.
El puntito bajó la voz y, en un tono entre misterioso y confidencial, respondió a Louis.
-Porque la gente, en cuanto nos ve, nos aplasta.
-¿Qué significa que la gente os aplasta? -preguntó, intrigado, Louis.
-Quiero decir que nos chafa. Se ve que no les caemos demasiado bien porque, según dicen, un puntito hace feo -acabó de explicar el puntito.
Louis, volviendo a reseguir con el dedo aquel extraño personaje, le dijo:
-¡Pues a mí no me pareces en absoluto feo! Todo lo contrario, eres todo redondito y…
Louis no pudo acabar de explicarse porque el puntito volvía a partirse de risa:
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Para, para, por favor! ¡Que me haces cosquillas!
Justamente en aquel instante, Louis oyó que otras vocecitas, que también salían del libro, preguntaban:
-¿Qué te pasa, Punto Cuatro? ¿Estás en peligro?
-¡No, no! -contestó, rehaciéndose, el puntito-. No estoy en peligro, no. ¡Es este dedazo, que me hace cosquillas!
-¡Ah! -exclamó Louis-: Es decir, que yo a ti no te puedo llamar bultito y, en cambio, tú a mí sí que me puedes llamar dedazo, ¿verdad?
Con mayor picardía, el puntito le replicó:
-¡Hombre!, ¿y cómo quieres que te llame si aún no te has presentado?
Louis sonrió…, y se presentó:
-¡Hola! Me llamo Louis. Nací en Coupvray y, cuando tenía tres años, en el pequeño taller de mi padre, que era zapatero…
Pero el puntito no permitió que continuara:
-¡Eh, eh, chico! ¡Presentarse no significa que debas explicarnos tu vida!
Louis admitió que el puntito tenía razón y, como anhelaba conocer más cosas sobre ellos, les preguntó:
-¿Y vosotros quiénes sois?
El puntito le respondió:
-Mis amigos y yo somos seis puntos que vivimos en este libro. Como somos muy iguales nos llamamos Punto Uno, Punto Dos, Punto Tres, Punto Cuatro (que soy yo), Punto Cinco y Punto Seis.
Louis los fue acariciando uno a uno y, mientras lo hacía, comprobó que ninguno de ellos podía contener la risa: ¡los seis tenían cosquillas!
No hace falta asegurar que, desde aquel día, los seis puntos y Louis se hicieron muy pero que muy amigos. Juntos se divertían muchísimo: cantaban, se explicaban rondallas, jugaban…
Lo que más les divertía era jugar al escondite: los seis puntos usaban para esconderse las páginas del libro y Louis los tenía que encontrar y saber cuál de los seis era el que había atrapado.
Al principio, como los seis puntos eran tan iguales, a Louis le costaba distinguirlos. Pero a medida que iban pasando los días, los reconocía en cuanto los tenía bajo su dedo:
-¡Ya te tengo! ¡Ya te tengo! ¡Ya te he atrapado! ¡Tú eres el punto… Cinco!
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Sí, sí! ¡Pero basta, por favor, basta! ¡Qué me haces cosquillas!
Un día, el padre de Louis entró en la habitación del chico en busca de unos papeles que había perdido y que no encontraba por ningún sitio.
Cuando el hombre entró en la habitación y se encontró con su hijo que hablaba y reía solo, sorprendido, exclamó:
-¡Caramba, Louis! ¿Se puede saber con quién hablas?
Muy azorado, Louis tan solo pudo articular:
-¿Quién?… ¿Yo?…
El padre de Louis, mirando hasta los más recónditos rincones de la habitación, le contestó:
-¡Sí, sí; tú! ¡Yo no veo a nadie más aquí! ¡Dime! ¿Cómo es que hablabas y reías solo? ¿Es que quizá te has vuelto loco?
Louis estuvo a punto de contar a su padre quiénes eran los seis puntos, pero reaccionó a tiempo y no lo hizo porque recordó las palabras que le había dicho el Punto Cuatro el día que se conocieron: Hemos de ser discretos porque la gente, cuando nos ve, nos aplasta. Dicen que afeamos.
Por esta razón Louis optó por inventarse una mentira:
-Es que…, recordaba un chiste que me han contado esta mañana, y como me ha hecho tanta gracia…
La historia no nos explica si el padre de Louis se lo creyó o no, pero lo cierto es que, a partir de aquel día, Louis y los seis puntos decidieron extremar las precauciones, no fuera caso que la gente pensara que el chico, como hablaba solo, se había vuelto loco y lo encerraran en un manicomio (pensad que eso pasó alrededor del año 1820, y que en aquella época no tenían demasiadas dudas a la hora de mandar a alguien al manicomio).
No había transcurrido aún un mes de este acontecimiento cuando, una tarde, Louis entró en su habitación con la intención de jugar y hablar un ratito, como hacía todos los días, con los seis puntos.
Asegurándose de que no había moros en la costa, el chico corrió a abrir el libro y llamó en voz baja a sus amigos:
-¡Eh, puntos! ¡Ya podéis salir!
A medida que los seis puntos fueron apareciendo, se colocaron en dos hileras de tres.
-¡Toma! -se extrañó Louis-, ¿qué hacéis alineados así?
Como fue el Punto Cuatro el primero que hizo amistad con Louis, siempre era él quien hacía de portavoz de los seis puntos y, en esta ocasión, adoptando un tono de gran seriedad, comenzó a decir:
-Escucha, Louis: tenemos que hablar contigo.
Un poco sorprendido por el tono con que el Punto Cuatro había dicho aquellas palabras, Louis preguntó, extrañado:
-¿Qué os pasa?

-¡No nos pasa nada! -le contestó, solemne, el Punto Cuatro-. Sin embargo, creemos que ya ha llegado el momento de buscar una solución.
Louis, que no tenía ni la más remota idea de adónde quería ir a parar el Punto Cuatro, volvió a preguntar, impaciente:
-¿Y qué tenemos que hacer?
El Punto Cuatro, abandonando el tono de solemnidad con el que había hablado hasta aquel momento, comenzó a explicar:
-Mira, Louis: no podemos continuar viviendo siempre con el ay en el cuerpo… Que si atención que oigo pasos, que si me ha parecido oír una voz, que si procuremos no reír tan fuerte, que si…
-Sí, tienes razón; todo esto es bastante desagradable -admitió el chico.
-Pues por eso mismo, Louis; para evitar estas desagradables situaciones, hemos tenido una ocurrencia: ¡hablar contigo sin que tengamos que decir ni palabra!
-¿Hablar sin decirnos palabra?… ¡No lo entiendo! -soltó, con toda sinceridad, Louis.
-Sí, hombre, sí; es mucho más sencillo de lo que tú crees -dijo, pacientemente, el Punto Cuatro-. Tú, Louis, nos conoces a los seis a la perfección, ¿verdad?
Louis asintió con la cabeza.
-Pues bien -continuó explicándose el Punto Cuatro-, a partir de ahora, nosotros nos colocaremos bajo tu dedo de maneras diferentes. Así, cuando te encuentres con el Punto Uno solo querrá decir que es la letra a; si los que te encuentras son los Puntos Uno y, debajo, el Dos, será la letra b…
Louis, no pudiendo contenerse, exclamó, admirado:
-¡Ah!, ¡ya lo entiendo! ¡Será una especie de alfabeto!
-¡Cómo que una especie de alfabeto? -le replicó, con aires de ofendido, el Punto Cuatro-: ¡será un alfabeto con todos sus requisitos!
A continuación, los puntos fueron colocándose en las diferentes posiciones y fueron formando aquel nuevo alfabeto.
Una vez terminado todo el alfabeto, los puntos, como eran un poco sabihondos, formaron la siguiente frase para comprobar que Louis lo había entendido:
(¿Cómo te llamas?)
-Louis. Me llamo Louis Braille -respondió, muy satisfecho, el chico.
Aunque la historia no nos cuenta cuánto tiempo el joven Louis Braille mantuvo en secreto su amistad con los seis puntos, parece más que probable que a quien se lo confió antes fue a su gran amigo: a Jean.
Y seguramente lo hizo un sábado; un sábado por la tarde, alrededor de las tres y media, cuando Jean le leía en voz alta uno de aquellos libros de aventuras que tanto les gustaba a los dos:
-… ¡No hagáis caso, señor! -leía en voz alta Jean-. Han sido los traidores quienes…
-Perdóname un momento -dijo, interrumpiendo la lectura, Louis-: si te cuento un secreto, ¿me prometes que no se lo dirás a nadie?
Jean, sorprendido, levantó los ojos del libro que estaba leyendo para mirar a Louis y contestarle, con toda naturalidad:
-Sí… ¡Claro está!
-Pero no es un secreto cualquiera, ¿eh? -insistió Louis.
Jean, adoptando un gesto ceremonioso, levantó la mano derecha y, divertido, dijo, solemne:
-Prometo por mi honor, por mi gato Massífurus y por mi rana Catalina que de ésta mi boca no saldrá ni una sola palabra del gran secreto que mi amigo Louis Braille me confiará.
Louis se levantó y se encaminó hacia la puerta para tener la certeza de que estaba bien cerrada. A continuación, se acercó a la estantería, cogió el libro donde vivían los seis puntos y, con todo el cuidado y la parsimonia que merecía un momento como aquel, colocó el libro sobre la mesa.
Jean, sin poder disimular su impaciencia ante tanto misterio, exclamó:
-¡Venga, Louis! ¡Empieza de una vez por todas!
Louis ya no se demoró más y, acariciando las cubiertas del libro, empezó a explicarse:
-Mira, Jean: aquí dentro viven unos amigos míos. Son seis puntos…
-¿Qué dices que son? -lo interrumpió, sorprendido, Jean.
-Seis puntos -volvió a decir Louis, con toda la naturalidad del mundo.
Jean, que no entendía nada de nada, preguntó, perplejo:
-Pero, Louis… ¿Cómo es posible que seis puntos vivan dentro de un libro?
Louis pensó que lo mejor que podía hacer era dejar a un lado las explicaciones e ir directamente al grano. Por consiguiente, abriendo el libro, llamó en voz baja:
-¡Eh! ¡Puntos!… ¡No hay moros en la costa!
Los seis puntos no se hicieron esperar:
-¡Hola, Louis!
-¿Qué tal, Louis?
-¡Eh, Louis! -¿Cómo va eso, Louis? -¿A qué jugaremos hoy, Louis? Louis los fue tocando y saludando de uno en uno: -¡Hola, Punto tres!… ¿Cómo va esa garganta, Punto Seis?… ¡Hola, Punto Cinco!… ¿Has dormido mejor, hoy, Punto Dos?… ¿Qué hay, Punto Uno?… ¿Y el Punto Cuatro?… ¿Dónde se ha metido el Punto Cuatro?
-¡Aún duerme! Voy a buscarlo -contestó el Punto Dos.
¿Podéis llegar a imaginaros la cara que puso Jean ante aquella escena?… ¿Sí?… Pues bien, seguro que os habéis quedado cortos porque, cuando el amigo de Louis intentó articular palabra, se dio cuenta que tenía la boca abierta de par en par y, claro está, lo primero que tuvo que hacer fue cerrarla. Pero una vez lo consiguió, por más y más esfuerzos que hizo, de ninguna de las maneras pudo volver a abrirla. Además, al pobre Jean le asaltó un picor tan frenético por todo el cuerpo, que no sabía por donde empezar a rascarse: si por la planta del pie o por la punta del cabello más elevado de la mollera.
Louis, que no había reparado en el estado de ánimo de su amigo, comenzó a explicarle:
-Estos son los amigos de los cuales te hablaba, Jean: ¡los Seis Puntos! Ahora el Punto Dos ha ido a buscar al Punto Cuatro -y, susurrando, le confió, divertido-: es un poco dormilón, el Punto Cuatro… Y un poco cascarrabias.
-¿Quién es un dormilón, eh?… ¿Quién es un cascarrabias? -oyeron que refunfuñaba el Punto Cuatro, el cual precisamente en aquel instante salía de entre las páginas del libro frotándose los ojos y haciendo auténticos esfuerzos para intentar disimular un bostezo.

-¡Ahora sí que ya están todos, Jean! -exclamó, feliz, Louis.
Jean, haciendo un gran esfuerzo, consiguió decir con un hilo de voz:
-¡L… L… Louis… Tienes… un libro que habla!
El Punto Cuatro, aunque vio que Jean estaba turbado, no pudo dejar de decirle:
-¡Ah! ¡Para que después digan que soy yo quien duerme! ¡Un libro que habla!… ¡Qué ocurrencias!
-No, no es el libro quien habla -intervino Louis-: las voces que oyes son las de los puntos que viven dentro. ¡Míralos, acércate, que te los presentaré!
Jean se acercó a las páginas de aquel libro y cuando vio allí a los seis puntos, asustadísimo, preguntó a su amigo:
-Louis… ¿Estos bultitos tienen vida?
Y, claro está, vuelta a empezar:
-¡Qué manía con los bultitos! -se quejó, encolerizado, el Punto Cuatro- ¿No te acaba de explicar Louis que somos puntos?
-Sssí… -pudo contestar Jean.
-Pues, puñeta, ¿quieres explicarnos por qué razón nos insultas llamándonos bultitos? -le replicó, enfurecido, el Punto Cuatro.
Louis tuvo que volver a intervenir:
-¡Por favor, Punto Cuatro, no te enfades con Jean! Él no te lo ha dicho con mala fe.
Cambiando rápidamente de tono, el Punto Cuatro preguntó al chico:
-¡Ah! ¿Tú eres Jean?
-Sí, para servirles -contestó éste.
-Louis nos ha hablado mucho de ti -le hizo saber el Punto Dos.
-¡Mucho, y bien! -añadió el Punto Tres.
-¿Y ya te ha contado su magnífica idea? -le preguntó el Punto Cinco.
-¿Idea?… No… ¿Qué idea? -quiso saber Jean.
-¡Mira que sois impacientes, eh! -rió, divertido, Louis.
Jean, cada vez más desconcertado ante aquella situación tan extraña, ya no pudo más y, alzando la voz, pidió:
-¿Alguno de vosotros quiere hacer el favor de explicarme de una vez qué es lo que está pasando aquí?
Louis calmó de inmediato a su amigo y se disculpó:
-¡Perdona Jean! Ahora mismo te lo explicaré todo desde el principio.
Una vez Louis hubo explicado detalladamente a su amigo Jean cómo había conocido a los puntos y cómo se las habían ingeniado para hacer aquel nuevo alfabeto que se podía leer con los dedos, Jean exclamó, admirado:
-¡Lo que me estás contando es fantástico, Louis!
Louis, satisfecho, añadió:
-Pues lo que te explicaré ahora, aún es más fantástico: ¡he pensado que si yo puedo leer con los dedos este alfabeto, los demás ciegos también podrán hacerlo!
-¿Y cómo? -le preguntó Jean.
Louis se levantó, fue hacia la mesa, sacó una hoja de papel un poco más gruesa de lo normal y un punzón.
-Mira, Jean -siguió explicando Louis-: con este punzón puedo hacer en el papel puntos del tamaño de mis amigos…
Entusiasmado, el Punto Cuatro dijo:
-Sólo del tamaño, ¿eh?, porque de la calidad…
Todos se rieron de la fanfarronada del Punto Cuatro y Louis confirmó diciendo:
-Pues bien: si combinando los puntos
se pueden formar todas las letras del alfabeto, solamente será necesario que la gente lo aprenda y los ciegos podrán leer con los dedos los mismos libros que los videntes…
Tal y como os podéis imaginar, Jean quiso aprender de inmediato aquel nuevo alfabeto, y tan solo necesitó una semana para conseguir memorizarlo… ¡Y eso que lo estudiaba a ratitos!
A partir de entonces, cada sábado, hacia las tres de la tarde, Jean llevaba a su amigo páginas y páginas que había copiado de los libros que tanto les gustaban, páginas escritas en aquel sistema que se podía leer con los dedos.
Un día, muy probablemente un sábado por la tarde, pasadas las tres, Louis oyó que alguien lo llamaba desde la calle:
-¡Louis! ¡Eh, Louis!
Louis abrió los postigos de la ventana de su habitación y, asomando la cabeza, preguntó:
-¿Qué hay, Jacques?
-¿Verdad que no te importa que suba un momento? -pidió Jacques.
Aunque Louis quedó sorprendido, reaccionó de inmediato:
-Claro está que no me importa, hombre, todo lo contrario: ¡Sube, sube, por favor!
Una vez arriba, Jacques saludó:
-¡Hola, Louis!
-¡Hola, Jacques! Pasa, pasa… Tú dirás…
Un poco avergonzado, Jacques dijo:
-He venido a darte una cosa.
Intrigado, Louis le preguntó:
-¿Una cosa?… ¿Qué es?
A media voz y colorado como un tomate, Jacques contestó:
-El otro día, Jean me explicó este sistema que has inventado para poder leer con los dedos… Le pedí que me lo enseñara… Me lo aprendí y…, ¡ten!
Jacques dio a Louis una hoja de papel, a la vez que le decía:
-Te he copiado este poema…
Louis se emocionó:
-¡Jacques, no sabes cómo te lo agradezco!
Una vocecita, procedente de la estantería donde estaban los libros, exclamó:
-¡Muy bien, chico!
Asustado, mirando por todas partes, Jacques preguntó:
-¿Qué ha sido eso?
Sin poder contener la risa, Louis contestó:
-No…, nada, Jacques… Vaya, yo no he oído nada…
¿Os lo imagináis, verdad?: era el Punto Cuatro.

Epílogo

Lo que acabáis de leer en este cuento es totalmente imaginario. Louis Braille, el protagonista, fue un francés, ciego, que ideó el sistema de lectura táctil que lleva su nombre y que, después de muchos contratiempos, fue adoptado oficialmente en todo el mundo.

Este libro es un pequeño homenaje a quien hizo posible que los ciegos tuvieran acceso a la lectura por sí mismos.

FIN


domingo, 12 de noviembre de 2017

1906 Retrato de Antonio Machado

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
Y un huerto claro donde madura el Limonero;
mi juventud,veinte años en tierras de Castilla;
mi historia,algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañana , ni un Bradomín he sido
-ya conocéis mi torpe aliño indumentario-
mas recibí la flecha que me asignó Cupido
y amé cuando ellas puede pueden tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
Pero mi verso brota de manantial sereno;
Y,más que un hombre al uso que sabe su doctrina
Soy,en el buen sentido de la palabra,bueno.
Adoro la hermosura,y en la moderna estética

Corté las viejas rosas del huerto de Ronard,
Mas no amo los afeites de la actual cosmética,
Ni soy un ave de esas del nuevo gaytrinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos,
Y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
Y escucho solamente, entre las voces,una.

¿Soy clásico o romántico? No sé.Dejar quisiera
mi verso,como deja el capitán su espada:
famosa para la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada,
Converso con el hombre que siempre va conmigo
-quien hable  sólo espera hablar a Dios un día-

mi soliloquio es plática como este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo,nada os debo;debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo,con mi dinero pago
El traje que me cubre y la mansión que habito.
El pan que me alimenta y el techo en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje.
Y esté al partir la nave que nunca ha de tornar.
Me encontraréis  a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo,como los hijos de la mar.


1906  Retrato de Antonio Machado




sábado, 11 de noviembre de 2017

Relato del Médico Judío De Las mil y una Noches




La cosa más extraordinaria que me ocurrió en mi juventud es precisamente esta que vais a oír, ¡oh mis señores llenos de cualidades!
Estudiaba entonces medicina y ciencias en la ciudad de Damasco. Y cuando tuve bien aprendida mi profesión, empecé a ejercerla y a ganarme la vida.
Pero un día entre los días, cierto esclavo del gobernador de Damasco vino a mi casa, y diciéndome que le acompañase, me llevó al palacio del gobernador. Y allí, en medio de una gran sala, vi un lecho de mármol chapeado de oro. En este lecho estaba echado y enfermo un hijo de Adán. Era un joven tan hermoso, que no se habría encontrado otro como él entre todos los de su tiempo. Me acerqué a su cabecera, y le deseé pronta curación y completa salud. Pero él sólo me contestó haciéndome una seña con los ojos. Y yo le dije: "¡Oh mi señor, dame la mano!" Y él me alargó la mano izquierda, lo cual me asombró mucho, haciéndome pensar: "¡Por Alah! ¡Qué cosa tan sorprendente! He aquí un joven de buena apariencia y de elevada condición, y que está sin embargo muy mal educado". No por eso dejé de tomarle el pulso, y receté un medicamento a base de agua de rosas. Y le seguí visitando, hasta que pasados diez días, recuperó las fuerzas y pudo levantarse como de costumbre. Entonces le aconsejé que fuese al hammam y que después volviese a descansar.
El gobernador de Damasco me demostró su gratitud regalándome un magnífico ropón de honor y nombrándome, no sólo médico suyo, sino también del hospital de Damasco. En cuanto al joven, que durante su enfermedad había seguido alargándome la mano izquierda, me rogó que le acompañase al hammam que se había reservado para él solo, prohibiendo entrar a los demás clientes. Y cuando llegamos al hammam se acercaron los criados del joven, le ayudaron a desnudarse, cogiendo su ropa y dándole otra, limpia y nueva. Y al ver desnudo al joven, noté que carecía de mano derecha. Y me sorprendió y apenó grandemente el descubrimiento. Y aumentó mi asombro cuando vi huellas de varazos en todo su cuerpo. Entonces el joven se volvió hacia mí, y me dijo: "¡Oh médico del siglo! No te asombre el verme como me ves, pues voy a contarte el motivo, y oirás una relación muy extraordinaria. Pero tenemos que aguardar a estar fuera del hammam".
Después de salir del hammam llegamos al palacio, y nos sentamos para descansar y comer luego. Pero el joven me dijo: "¿No prefieres que subamos a la sala alta?" Y yo le contesté que sí, y entonces mandó a los criados que asaran un carnero y lo subieran a la sala alta, a la cual nos encaminamos. Y los esclavos no tardaron en subir el carnero asado y toda clase de frutas. Y nos pusimos a comer, y él siempre se servía de la mano izquierda. Entonces yo le dije: "Cuéntame ahora esa historia". Y él contestó: "¡Oh médico del siglo! te la voy a contar. Escucha, pues.
Sabe que nací en la ciudad de Mossul, donde mi familia figuraba entre las más principales. Mi padre era el mayor de los diez vástagos que dejó mi abuelo al morir, y cuando esto ocurrió, mi padre estaba
ya casado, como todos mis tíos. Pero él era el único que tuvo un hijo,que fui yo, pues ninguno de mis tíos los tuvo. Por eso fui creciendo entre las simpatías de todos mis tíos, que me querían muchísimo y se alegraban mirándome.
Un día que estaba con mi padre en la gran mezquita de Mossul para rezar la oración del viernes, vi que después de la plegaria todo el mundo se había marchado, menos mi padre y mis tíos. Se sentaron todos en la gran estera, y yo me senté con ellos. Y se pusieron a hablar, versando la conversación sobre los viajes y las maravillas de los países extranjeros y de las grandes ciudades lejanas. Pero sobre todo hablaron de Egipto y de El Cairo. Y mis tíos repitieron los relatos admirables de los viajeros que habían estado en Egipto, y decían que no había en la tierra país más bello ni río más maravilloso que el Nilo. Por eso los poetas han hecho muy bien en cantar ese país y su Nilo, y dice la verdad el poeta cuando dice:
¡Por Alah! ¡Te conjuro que digas al río de mi país, al Nilo de mi país, que aquí no puedo extinguir la sed, que el éufrates no puede apagar la sed que me atormenta!
Mis tíos empezaron a enumerar las maravillas de Egipto y de su río, con tal elocuencia y tanto calor, que cuando dejaron de hablar y se fué cada cual a su casa, quedé muy pensativo y preocupado, y no podía apartarse de mi espíritu el grato recuerdo de todas aquellas cosas que acababa de oír con motivo de aquel país tan admirable. Y cuando volví a casa, no pude pegar los ojos en toda la noche, y perdí el apetito.
Averigüé a los pocos días que mis tíos estaban preparando un viaje a Egipto, y rogué con tanto ardor a mi padre, y tanto laboré para que me dejase ir con ellos, que me lo permitió y hasta compró mercaderías muy estimables. Y encargó a mis tíos que no me llevasen con ellos a Egipto, sino que me dejasen en Damasco, donde debía yo ganar dinero con los géneros que llevaba. Me despedí de mi padre, me junté con mis tíos, y salimos de Mossul.
Así viajamos hasta Alepo, donde nos detuvimos algunos días, y desde allí reanudamos el viaje hacia Damasco, adonde no tardamos en llegar.
Y vimos que Damasco es una hermosa ciudad, entre jardines, arroyos, árboles, frutas y pájaros. Nos albergamos en uno de los khanes, mis tíos se quedaron en Damasco hasta que vendieron sus mercaderías de Mossul, comprando otras en Damasco para despacharlas en El Cairo, y vendieron también mis géneros tan ventajosamente., que cada draema de mercadería me valió cinco dracmas de plata. Después mis tíos me dejaron solo en Damasco y prosiguieron su viaje a Egipto.
En cuanto a mí, continué viviendo en Damasco, en donde alquilé una casa maravillosa, cuyas bellezas no puede enumerar la lengua humana. Me costaba dos dinares de oro al mes. Pero no me contenté con esto. Empecé a hacer grandes gastos, satisfaciendo todos mis caprichos, sin privarme de ninguna clase de manjares ni bebidas. Y esta vida duró hasta que hube gastado el dinero con que contaba.
Y por entonces, estando sentado un día a la puerta de mi casa para tomar el fresco, vi acercarse a mí, viniendo no sé de dónde, a una joven ricamente vestida, sobrepasando en elegancia a todo cuanto yo había visto en mi vida. Me levanté súbitamente y la invité a que honrase mi casa con su presencia. No hizo ningún reparo. sino que traspuso el umbral y penetró en la casa gentilmente. Cerré entonces la puerta detrás de nosotros, y lleno de júbilo la cogí en brazos y la transporté al salón. Allí se descubrió, se quitó el velo, y se me apareció en toda su hermosura. Y tan hechicera la encontré, que me sentí completamente dominado por su amor.
Salí en seguida en busca del mantel, lo cubrí con manjares suculentos y frutas exquisitas y cuanto era de mi obligación en aquellas circunstancias. Y nos pusimos a comer y a jugar, y luego a beber, y de tal manera lo hicimos, que nos emborrachamos por completo. La poseí entonces. Y la noche que pasé con ella hasta la mañana se contará entre las más benditas.
Al día siguiente creí que hacía bien las cosas ofreciéndole diez dinares de oro. Pero los rechazó y dijo que nunca aceptaría nada de mí. Después me dijo: "Y ahora, ¡oh querido mío! sabe que volveré a verte dentro de tres días, al anochecer. Aguárdame, porque no he de faltar. Y como yo misma me convido, no quiero ocasionarte gastos; de modo que te voy a dar dinero para que prepares otro festín como el de hoy". Y me entregó diez dinares de oro que me obligó a aceptar, y se despidió, llevándose tras ella toda mi alma.
Pero, como me había prometido, volvió a los tres días, más ricamente vestida que la primera vez. Por mi parte, había preparado todo lo indispensable, y en realidad no había escatimado nada. Y comimos y bebimos como la otra vez, y no dejamos de hacer juntos aquello que hicimos hasta que brilló la mañana. Entonces me dijo: "¡Oh mi dueño amado! ¿de veras me encuentras hermosa?" Yo le contesté: "¡Por Alah! Ya lo creo". Y ella me dijo: "Si es así puedo pedirte permiso para traer a una muchacha más hermosa y más joven que yo, a fin de que se divierta con nosotros y podamos reirnos y jugar juntos, pues me ha rogado que la saque conmigo, para regocijarnos y hacer locuras los tres". Acepté de buena gana, y dándome entonces veinte dinares de oro, me encargó que no economizase nada para preparar lo necesario y recibirlas dignamente en cuanto llegasen ella y la otra joven. Después se despidió y se fué.
Al cuarto día me dediqué, como de costumbre, a prepararlo todo con la largueza de siempre, y aun más todavía, por tener que recibir a una persona extraña. Y apenas puesto el sol, vi llegar a mi amiga acompañada por otra joven que venía envuelta en un velo muy grande. Entraron y se sentaron. Y yo, lleno de alegría, me levanté, encendí los candelabros y me puse enteramente a su disposición. Ellas se quitaron entonces los velos, y pude contemplar a la otra joven. ¡Alah, Alah! Parecía la luna llena. Me apresuré a servirlas, y les presenté las bandejas repletas de manjares y bebidas, y empezaron a comer y beber. Y yo, entretanto, besaba a la joven desconocida, y le llenaba la copa y bebía con ella. Pero esto acabó por encender los celos de la otra, que supo disimularlos, y hasta me dijo: "¡Por Alah! ¡Cuán deliciosa es esta joven! ¿No te parece más hermosa que yo?" Y yo respondí ingenuamente: "Es verdad; razón tienes". Y ella dijo: "Pues cógela y ve a dormir con ella. Así me complacerás". Yo respondí: "Respeto tus órdenes y las pongo sobre mi cabeza y mis ojos". Ella se levantó entonces, y nos preparó el lecho, invitándonos a ocuparlo. Y después me tendí junto a mi nueva amiga, y la poseí hasta por la mañana.
Pero he aquí que al despertarme me encontré la mano llena de sangre, y vi que no era sueño, sino realidad. Como ya era día claro, quise despertar a mi compañera, dormida aún, y le toqué ligeramente la cabeza. Y la cabeza se separó inmediatamente del cuerpo y cayó al suelo.
En cuanto a mi primera amiga, no había de ella ni rastro ni olor. Sin saber qué hacer, estuve una hora recapacitando, y por fin me decidí a levantarme, para abrir una huesa en aquella misma sala. Levanté las losas de mármol, empecé a cavar, e hice una hoya lo bastante grande para que cupiese el cadáver, y lo enterré inmediatamente. Cegué luego el agujero y puse las cosas lo mismo que antes estaban.
Hecho esto fuí a vestirme, cogí el dinero que me quedaba, salí en busca del amo de la casa, y pagándole el importe de otro año de alquiler, le dije: "Tengo que ir a Egipto, donde mis tíos me esperan". Y me fui, precediendo mi cabeza a mis pies.
Al llegar a El Cairo encontré a mis tíos, que se alegraron mucho al verme, y me preguntaron la causa de aquel viaje. Y yo les dije: "Pues únicamente el deseo de volveros a ver y el temor de gastarme en Damasco el dinero que me quedaba". Me invitaron a vivir con ellos. y acepté. Y permanecí en su compañía todo un año, divirtiéndome, comiendo, bebiendo, visitando las cosas interesantes de la ciudad, admirando el Nilo y distrayéndome de mil maneras. Desgraciadamente, al cabo del año, como mis tíos habían realizado buenas ganancias vendiendo sus géneros, pensaron en volver a Mossul; pero como yo no quería acompañarlos, desaparecí para librarme de ellos, y se marcharon solos, pensando que yo habría ido a Damasco para prepararles alojamiento, puesto que conocía bien esta ciudad. Después seguí gastando y permanecí allí otros tres años, y cada año mandaba el precio del alquiler al casero de Damasco. Transcurridos los tres años, como apenas me quedaba dinero para el viaje y estaba aburrido de la ociosidad, decidí volver a Damasco.
Y apenas llegué, me dirigí a mi casa, y fui recibido con gran alegría por mi casero, que me dió la bienvenida, y me entregó las llaves enseñándome la cerradura, intacta y provista de mi sello. Y efectivamente, entré y vi que todo estaba como lo había dejado.
Lo primero que hice fué lavar el entarimado, para que desapareciese toda huella de sangre de la joven asesinada, y cuando me quedé tranquilo fui al lecho, para descansar de las fatigas del viaje. Y al levantar la almohada para ponerla bien, encontré debajo un collar de oro con tres filas de perlas nobles. Era precisamente el collar de mi amada, y lo había puesto allí la noche de nuestra dicha. Y ante este recuerdo, derramé lágrimas de pesar y deploré la muerte de aquella joven. Oculté cuidadosamente el collar en el interior de mi ropón.
Pasados tres días de descanso en mi casa, pensé ir al zoco, para buscar ocupación y ver a mis amigos. Llegué al zoco, pero estaba escrito por acuerdo del Destino que había de tentarme el Cheitán, y yo había de sucumbir a su tentación, porque el Destino tiene que .cumplirse. Y efectivamente, me dió la tentación de deshacerme de aquel collar de oro y de perlas. Lo saqué del interior del ropón, y se lo presenté al corredor más hábil del zoco. Este me invitó a sentarme en su tienda, y en cuanto se animó el mercado, cogió el collar, me rogó que le esperase, y se fué a someterlo a las ofertas de mercaderes y parroquianos. Y al cabo de una hora volvió y me dijo: "Creí a primera vista que este collar era de oro de ley y perlas finas, y valdría lo menos mil dinares de oro; pero me equivoqué: es falso. Está hecho según los artificios de los francos, que saben imitar el oro, las perlas y las piedras preciosas; de modo que no me ofrecen por él más que mil dracmas, en vez de mil dinares". Y contesté: "Verdaderamente, tienes razón. Este collar es falso. Lo mandé construir para burlarme de una amiga, a quien se lo regalé. Y ahora esta mujer ha muerto y le ha dejado el collar a la mía; de modo que hemos decidido venderlo por lo que den. Tómalo, véndelo en ese precio y tráeme los mil dracmas". Y el astuto corredor se fué con el collar, pero después de haberme mirado con el ojo izquierdo".
"El corredor, al ver que el joven no conocía el valor del collar, y se explicaba de aquel modo, comprendió en seguida que lo había, robado o se lo había encontrado, cosa que debía aclararse. Cogió, pues, el collar, y se lo llevó al jefe de los corredores del zoco, que se hizo de él en seguida, y fué en busca del walí de la ciudad, a quien dijo: "Me habían robado este collar, y ahora hemos dado con el ladrón, que es un joven vestido como los hijos de los mercaderes, y está en tal parte, en casa de tal corredor".
Y mientras yo aguardaba al corredor con el dinero, me vi rodeado y apresado por los guardias, que me llevaron a la fuerza a casa del walí. Y el walí me hizo preguntas acerca del collar, y yo le conté la misma historia que al corredor. Entonces el walí se echó a reír, y me dijo: "Ahora te enseñaré el precio de ese collar". E hizo una seña a sus guardias, que me agarraron, me desnudaron, y me dieron tal cantidad de palos y latigazos, que me ensangrentaron todo el cuerpo. Entonces, lleno de dolor, les dije: "¡Os diré la verdad! ¡Ese collar lo he robado!" Me pareció que esto era preferible a declarar la terrible verdad del asesinato de la joven, pues me habrían sentenciado a muerte, y me habrían ejecutado, para castigar el crimen.
Y apenas me había acusado de tal robo, me asieron del brazo y me cortaron la mano derecha, como a los ladrones, y me cocieron el brazo en aceite hirviendo para cicatrizar la herida. Y caí desmayado de dolor. Y me dieron de beber una cosa que me hizo recobrar los sentidos. Entonces cogí mi mano cortada y regresé a mi casa.
Pero al llegar a ella, el propietario, que se había enterado de todo, me dijo: "Desde el momento que te has declarado culpable de robo y de hechos indignos, no puedes seguir viviendo en mi casa. Recoge, pues, lo tuyo y ve a buscar otro alojamiento". Yo contesté: "Señor, dame dos o tres días de plazo para que pueda buscar casa". Y él me dijo: "Me avengo a otorgarte ese plazo". Y dejándome, se fué.
En cuanto a mí, me eché al suelo, me puse a llorar, y decía: "¡Cómo he de volver a Mossul, mi país natal; cómo he de atreverme a mirar a mi familia después de que me han cortado una mano! Nadie me creerá cuando diga que soy inocente. No puedo hacer más que entregarme a la voluntad de Alah, que es el único que puede procurarme un medio de salvación".
Los pesares y la tristeza me pusieron enfermo, y no pude ocuparme en buscar hospedaje. Y al tercer día, estando en el lecho, vi invadida mi habitación por los soldados del gobernador de Damasco, que venían con el amo de la casa y el jefe de los corredores. Y entonces el amo de la casa me dijo: "Sabe que el walí ha comunicado al gobernador general lo del robo del collar. Y ahora resulta que el collar no es de este jefe de corredores, sino del mismo gobernador general, o mejor dicho, de una hija suya, que desapareció también hace tres años. Y vienen para prenderte".
Al oír esto, empezaron a temblar todos mis miembros y coyunturas, y me dije: "Ahora sí que me condenan a muerte sin remisión. Más me vale declarárselo todo al gobernador general. El será el único juez de mi vida o de mi muerte". Pero ya me habían cogido y atado, y me llevaban con una cadena al cuello a presencia del gobernador general. Y nos pusieron entre sus manos a mí y al jefe de los corredores.
El gobernador, mirándome, dijo a los suyos: "Este joven que me traéis no es un ladrón, y le han cortado la mano injustamente. Estoy seguro de ello. En cuanto al jefe de los corredores, es un embustero y un calumniador. ¡Apoderaos de él y metedle en un calabozo!" Después el gobernador dijo al jefe de los corredores: "Vas a indemnizar en seguida a este joven por haberle cortado la mano; si no, mandaré que te ahorquen y confiscaré todos tus bienes, corredor maldito". Y añadió, dirigiéndose a los guardias: "¡Quitádmelo de delante, y salid todos!" Entonces el gobernador y yo nos quedamos solos. Pero ya me habían libertado de la argolla del cuello, y tenía también los brazos libres.
Cuando todos se marcharon, el gobernador me miró con mucha lástima y me dijo: "¡Oh, hijo mío! Ahora vas a hablarme con franqueza, diciéndome toda la verdad, sin ocultarme nada. Cuéntame, pues, cómo llegó este collar a tus manos". Yo le contesté: "¡Oh, mi señor y soberano! Te diré la verdad". Y le referí cuanto me había ocurrido con la primera joven, cómo ésta me había proporcionado y traído a la casa a la segunda joven, y cómo, por último, llevada de los celos, había sacrificado a su compañera. Y se lo conté con todos los pormenores. Pero no es de ninguna utilidad repetirlos.
El gobernador, en cuanto lo hubo oído, inclinó la cabeza, lleno de dolor y de amargura, y se cubrió la cara con el pañuelo. Y así estuvo durante una hora, y su pecho se desgarraba en sollozos. Después se acercó a mí, y me dijo:
"Sabe, ¡oh, hijo mío! que la primera joven es mi hija mayor. Fué desde su infancia muy perversa, y por ese motivo hube de criarla muy severamente. Pero apenas llegó a la pubertad, me apresuré a casarla, y con tal fin la envié a El Cairo, a casa de un tío suyo, para unirla con uno de mis sobrinos, y por lo tanto, primo suyo. Se casó con él, pero su esposo murió al poco tiempo, y entonces ella volvió a mi casa. Y no había dejado de aprovechar su estancia en Egipto para aprender todo género de libertinaje. Y tú, que estuviste en Egipto, ya sabes cuán expertas son en esto aquellas mujeres. No les basta con los hombres, y se aman y se mezclan unas con otras, y se embriagan y se pierden. Por eso, apenas estuvo de regreso mi hija, te encontró y se entregó a ti, y te fué a buscar cuatro veces seguidas. Pero con esto no le bastaba.
Como ya había tenido tiempo para pervertir a su hermana, mi segunda hija, hasta el punto de inspirarle un amor apasionado, no le costó trabajo llevarla a tu casa, después de contarle cuanto hacía contigo. Y mi segunda hija me pidió permiso para acompañar a su hermana al zoco, y yo se lo concedí. ¡Y sucedió lo que sucedió!
Pero cuando mi hija mayor regresó sola, le pregunté dónde estaba su hermana. Y me contestó llorando, y acabó por decirme, sin cesar en sus lágrimas: "Se me ha perdido en el zoco, y no he podido averiguar qué ha sido de ella". Eso fué lo que me dijo a mí. Pero no tardó en confiarse a su madre, y acabó por decirle en secreto la muerte de su hermana, asesinada en tu lecho por sus propias manos. Y desde entonces no cesa de llorar, y no deja de repetir día y noche: "¡Tengo que llorar hasta que me muera!"
Tus palabras, ¡oh, hijo mío! no han hecho más que confirmar lo que yo sabía, probando que mi hija había dicho la verdad. ¡Ya ves, hijo mío, cuán desventurado soy! De modo que he de expresarte un deseo y pedirte un favor, que confío no has de rehusarme. Deseo ardientemente que entres en mi familia, y quisiera darte por esposa a mi tercera hija, que es una joven buena, ingenua y virgen, y no tiene ninguno de los vicios de sus hermanas. Y no te pediré dote para este casamiento, sino que, al contrario, te remuneraré con largueza, y te quedarás en mi casa como un hijo".
Entonces le contesté: "Hágase tu voluntad, ¡oh mi señor! Pero antes, como acabo de saber que mi padre ha muerto, quisiera mandar recoger su herencia".
En seguida el gobernador envió un propio a Mossul, mi ciudad natal, para que en mi nombre recogiese la herencia dejada por mi padre. Y efectivamente, me casé con la hija del gobernador, y desde aquel día todos vivimos aquí la vida más próspera y dulce.
Y tú mismo, ¡oh médico! has podido comprobar con tus propios ojos cuán amado y honrado soy en esta casa. ¡Y no tendrás en cuenta la descortesía que he cometido contigo durante toda mi enfermedad tendiéndote la mano izquierda, puesto que me cortaron la derecha!"
En cuanto a mí -prosiguió el médico judío-, mucho me maravilló esta historia, y felicité al joven por haber salido de aquel modo de tal aventura. Y él me colmó de presentes y me tuvo consigo tres días en palacio, y me despidió cargado de riquezas y bienes.
Entonces me dediqué a viajar y a recorrer el mundo.

FIN


FLOR DEL BOSQUE Fernando Aramburu


Tengo en mucho que tú, querido L, por ser mi mejor amigo, sepas la verdad, que es tanto como decir que te la cuente yo con mis palabras porque no hay otra persona fuera de mí que, con buena o mala intención, pueda dejar testimonio auténtico de lo ocurrido.
Que mis vecinos, al leer lo que se ha escrito de mí últimamente en el periódico, me vuelvan la espalda por la calle y anden murmurando que merezco el peor castigo estipulado en el Código Penal, me importa menos que lo que piensen aquéllos por quienes siento estima, mi mujer y tú en primer lugar. Mi mujer hace días que no se pone al teléfono. Así que hoy por hoy eres la última esperanza que me queda de encontrar quien me escuche y quien me crea.
Te ruego de antemano que me perdones si en el curso de esta confesión me excedo en los detalles. Lo cual, de suceder, será achacable en parte a la costumbre de expresarme en el estilo prolijo de los de mi profesión, que nos pasamos la vida haciendo descripciones minuciosas de esto y de lo otro, cosa que lamento; pero sobre todo se deberá a la inquietud que me causa la idea de dejar en el relato parcelas en sombra adonde pudieran acogerse algunas dudas tuyas. Las dudas son, como recordarás que nos enseñaban los frailes del colegio, el pasto de la desconfianza.
Te aseguro aunque no haga falta, pero por si acaso, mi sinceridad, y empiezo.
Me hallaba a mediados de enero en una región intrincada del bosque amazónico. Corría la estación seca. La frontera de Venezuela distaba como dos jornadas de marcha de nuestro campamento, quizá un poco más. El dato importa apenas para lo que me propongo relatar. Has de saber que hay por allí población indígena dispersa, mucho peligro de alimañas y mucho incordio de mosquitos.
A principios de mes yo había viajado por mis medios a Manaus, donde me esperaba el doctor K.D. Berg con su equipo. El equipo lo integraban, descontándome a mí, dieciséis personas, biólogos alemanes en su mayoría, además de dos franceses, un danés (que, para más señas, es quien ha ido con el cuento a la prensa) y yo. Había también un médico, una pareja de fotógrafos, cuatro estudiantes en periodo de prácticas y el grupo habitual de porteadores a sueldo.
La tarde de mi llegada ya lo tenían todo dispuesto para partir al día siguiente. Estaba previsto que remontáramos en barca un trecho del río Negro y luego nos adentráramos Branco arriba hasta donde este río se estrecha, se bifurca y, a puro de bifurcarse, termina perdiendo el nombre.
El plan consistía principalmente en establecernos por espacio de dos meses al pie de la sierra Pacaraima, en la vertiente brasileña, y explorar la zona con vistas a la confección de un catálogo de lepidópteros. El doctor Berg confiaba en descubrir especies hasta hoy desconocidas. Tenía el hombre el capricho vanidoso de tomar a su cargo el asignarles una denominación. Entre científicos, querido L, no es desusado cojear de ese pie. Convengamos en que hay vicios peores.
Pero a lo que iba. Berg es una autoridad en materia de insectos. De lo mejorcito que te puedas imaginar. Ha sido director del Instituto Entomológico de Berlín durante largos años, no me preguntes cuántos; muchos, en cualquier caso. El día que me reuní con él en Manaus me reveló que tenía empeño en hacer un buen trabajo, lo uno porque, como había recibido un estipendio sustancioso del gobierno de su país, a la vuelta debía rendir cuentas a sus protectores; lo otro porque, según me dijo sin tapujos mientras cenábamos en el comedor del hotel, a su edad aquel proyecto estaba destinado a ser el último que le habrían de asignar antes de su jubilación, ya consumada para estas fechas, supongo. A la hora de reclutar a los miembros de su equipo, había buscado a las personas más capaces. No por otra razón, añadió, estaba yo comiendo peces fritos a su lado.
Tengo que decir que al doctor Berg lo conocí hace aproximadamente dos años con motivo de unas clases magistrales que vino a impartir en mi facultad. Dado el prestigio enorme que rodea a su persona, su presencia por fuerza había de intimidar a un profesor joven como yo, en los comienzos de su carrera profesional, al que, se mire por donde se mire, le queda, si le dejan, mucho camino por recorrer. Así que durante el tiempo de su estancia en nuestra ciudad me conformé, lo mismo que otros compañeros del departamento, con admirarlo desde una distancia prudencial; eso sí, al loro todo el rato por aquello de sacar alguna enseñanza de sus palabras, y también porque sentía grandísima curiosidad de averiguar cómo se maneja un hombre de fama internacional dentro y fuera de las aulas. Nunca se sabe… Tú ya me entiendes.
La víspera de su despedida, al término de un almuerzo de trabajo, se vino de pronto a mí y, tras cerciorarse de mi nombre, me reveló que estaba al corriente de mi libro sobre los arácnidos.
Agradecí, azarado, unos cumplidos que me dirigió en voz alta.
Imagínate, ¡el gran Berg dándome una palmada en la espalda delante de todo el mundo, el decano incluido! Luego pensé entre mí que quizá sus elogios no habían sido sino halagos de circunstancias, y aun recelé que tal vez el doctor Berg se había valido de mí, del primer pelanas que se le puso a tiro, para deshacerse de algún pelma que no paraba de importunarlo en otra parte del salón.
Hete aquí, sin embargo, que en octubre pasado me llevé una sorpresa mayúscula al recibir una invitación oficial de la Humboldt-Universitit para
sumarme en calidad de investigador a la expedición amazónica del doctor Berg, por expreso deseo de éste.
Me acometió, figúrate, una euforia tal que di mi consentimiento y me fui a vacunar sin conocer en pormenor el tipo de colaboración que de mí se esperaba ni tan siquiera la cantidad que se me había de remunerar por mis servicios.
Total, que llegué a Manaus en la fecha convenida. Pude llegar antes, pero me retuvieron en Santarém ciertos regocijos a los que me empujan con demasiada frecuencia mis debilidades de varón.
Repartidos en dos embarcaciones motorizadas, subimos los ríos que te he mencionado. Venía la corriente mansa y menguada por ser tiempo de no llover.
Nos tomó desde el principio un calor horrendo, pegajoso, húmedo, arduo de respirar hasta que uno, qué remedio, se acostumbra. Vi por el trayecto restaños infestados de caimanes. Les tirabas cualquier cosa, una botella, un limón, y al momento armaban en el barrizal una zalagarda de colas y patas y bocas abiertas que parecía como si los hubieran puesto a hervir en una olla.
Hicimos noche en un sitio que llaman Catrimani, más que nada por repostar combustible y porque Berg no quería que nos cayese la oscuridad yendo por el caudal que se iba estrechando, cargados además como íbamos con las provisiones, las tiendas de campaña y todo aquel instrumental delicado que llevábamos.
Al otro día subimos hasta Boa Vista y uno más tarde, a pie, hasta un pueblín de nombre Uraricoera, que a lo mejor no figura ni en los mapas. Allí nos esperaban unos guías con los que, tras una noche de descanso, partimos hacia el lugar donde nos pareció bien asentar el campamento.
Yo ya iba avisado de que habíamos de sufrir mucha mosca y mosquito, y por mi cuenta llevé unos frascos de linimento que me ayudaron más y mejor que una pomada con que gustaban de embadurnarse los alemanes. De atardecida extendíamos las mallas con sus focos, metíamos durante la noche centenares de insectos en recipientes de vidrio y por la mañana, a la luz del día, procedíamos a clasificarlos. Los fotógrafos cumplían su función, Berg reunía y cotejaba nuestras notas, y por la tarde, después de comer, nos tendíamos a dormir dentro de las tiendas.
De este modo transcurrieron las dos primeras semanas sin otro contratiempo que la picadura de vete a saber qué bicho que puso a la muerte a uno de los franceses. Postrado estuvo el infeliz en su colchón hinchable durante varios días con sus noches, acometido de unas fiebres y delirios y temblores que yo pensé que se nos iba sin remedio. A pique de ser evacuado al aeródromo de Boa Vista, se curó como por ensalmo de lo que fuera que tenía. Recuerdo que fue este francés quien avistó en una ocasión un jaguar; pero el jaguar es demasiado asustadizo para resultar peligroso, a menos que lo acorralen o que intenten agarrarlo como a gato doméstico. El francés no escarmentó. Cogía arañas peludas, tan grandes como la palma de su mano, y se las ponía a caminar por los hombros y la cara.
Pues bien, es el caso que una indiecita menuda y escurridiza merodeaba por las proximidades de nuestro campamento como atraída por saber qué gente éramos. Tenía costumbre de acercarse sola hasta una distancia de entre cien o doscientos pasos.
Yo esto lo sabía y lo sabían el danés y otros dos con quienes compartía la responsabilidad de una fila de mallas por la parte de un arroyo por donde la indiecita solía aparecer y mostrarse, y desde donde, en el momento de irse, nos echaba una especie de grito agudo de pájaro cuyo significado, si es que alguno tenía, ignorábamos.
No me preguntes a qué raza ni tribu pertenecía la mozuela.
Comprenderás, amigo mío, que con todo lo que estoy pasando desde que el asunto saltó a la prensa me falta ánimo para meter la nariz en mamotretos de etnografía. Te diré que la indiecita llevaba consigo las más de las veces una calabaza seca y hueca, similar a una pera grandota, de la cual bebía, y una cerbatana de carrizo. De esto último deduzco que andaba también a la caza por aquellas espesuras. Quizá nos miraba con algo de prevención por juzgar que con nuestra presencia y nuestras voces le espantábamos los animales, y aun puede que por encargo de los suyos nos estuviera vigilando. Una mañana la llamamos y huyó; otra, uno de mis ayudantes y yo tratamos de atraparla, no más que por verla de cerca y conocerla, pero fue en vano.
La indiecita era baja de estatura, ancha de rostro, con poca y chata nariz, los ojos rasgados, muy oscuros, y la tez tostada, tirando a cobriza. Llevaba la barbilla y los carrillos, de suyo sonrientes, pintados con unas dedadas verticales como de bermellón.
Tenía los cabellos largos hasta el arranque de la espalda, lisos y negros como es propio de los nativos de la Amazonia. Le calculaba yo menos de veinte años. Andaba casi en cueros, las teticas al aire, el culito que era un poco como de chiquilla, sin la anchura demasiada que van dejando los años y los partos, y todo lo demás también a la vista salvo la entrepierna, que se cubría con un trenzado de cortezas.
A mí la mozuela, durante un tiempo, se me figuró una curiosidad entre tantas que adornan la selva. No le daba yo al principio mayor importancia que la que me merecían los monitos de los árboles, con perdón. Pero poco a poco me fui aficionando a mirarla. Y pues que era joven y, a su modo, hermosa, y no voy a negar que alegraba la vista como una orquídea en el apogeo de su floración, se me encendió un apetito muy fuerte de gozarla. Luego mi apetito derivó en desazón, atizada de continuo por la falta de consuelo sexual que me apretaba en aquella floresta innumerable.
Te confieso, querido L, amigo entrañable, y es la pura verdad, que mis padres al engendrarme no sé qué pisto de genes embutieron en mi persona que he dado en tener una naturaleza difícil de gobernar, a tal punto que, si me forzaran a elegir, te juro que antes me abstendría del comer y del beber, por muy necesarios que resulten para la subsistencia, que de regalarme con los deleites pasajeros de la carne.
Tardes hubo en que, habiéndome vencido el sueño, se vino la indiecita a dormir conmigo dentro de mi fantasía. Se escurría sigilosa bajo mi cobija y al punto me cumplía de muy buen grado ciertas imaginaciones de varón que de fijo sobreentiendes. Lo hacía con la misma agilidad que mostraba en todos sus movimientos, y al llegar la hora de acostarme más de una vez me levanté mojado de mis poluciones. Un domingo bajé de urgencia al pueblo de Boa Vista para desfogarme.
A la mozuela, por lo linda y lozana, le puse de nombre, en mis conversaciones solitarias, Flor del Bosque. Ya sé que suena cursi, querido L, pero ¿quién me oía susurrarlo?
Una tarde, en que más me hubiera valido echarme a dormir junto a los otros, divisé desde la entrada de la tienda de campaña, por los prismáticos, a la indiecita subida a un árbol. Sólo de verla se me vino a la boca una sonrisa. Al pronto me escamó su postura. Juraría que se andaba satisfaciendo en cuclillas con un fruto del yeyo, que es, para que te hagas una idea, un a modo de pepino de, un dedo de grosor y cáscara lisa, rematado en una protuberancia por donde suele desparramar, cuando está maduro, las semillas que se apiñan en su interior. Cuelga por racimos de las ramas. No hay sino verlo para que a uno se le represente en sus pensamientos la forma del miembro viril, a tanto llega la semejanza. Yo ignoraba entonces que los indios y las indias hacen uso medicinal del yeyo. Es probable que, contra las conjeturas que me inspiraba el rijo, la indiecita estuviera curándose alguna llaga o acaso aliviándose de una mala menstruación, aunque a mí me pareciese otra cosa.
Se apoderó a este punto de mí (nota hasta qué extremo me derramo en sinceridad) grandísimo deseo de vivir un lance como aquellos que me hacían tan grato el dormir por las tardes; se entiende, claro está, que con la conformidad de Flor del Bosque, ya que por mucho que me domine la lujuria detesto a muerte el obligar a las mujeres a lo que no quieren. Sobre esta cuestión, que tan directamente me afecta ahora, envié días atrás una carta al periódico, pero no la han querido publicar.
Confiado en que mis compañeros reposaban dentro de las tiendas, junté una brazada de pertenencias mías con objeto de ofrecérselas a Flor del Bosque a cambio de su simpatía. Determiné confitarla con una de mis cantimploras de aluminio, así como con unas latas de refresco, un llavero y otras futesas similares, todas brillantes y metálicas.
Cargado con ellas me dirigí hacia su árbol sin mirar de frente a la indiecita, sino nada o a lo sumo con el rabillo del ojo para que no cobrase recelo ni temor. Y por el trayecto fui pisando las ramas del suelo con intención de que crujieran, de manera que Flor del Bosque se percatase de que no me acercaba a ella con mañas de cazador. No sabía yo que para entonces ya estaba el danés observándome por detrás con sus prismáticos.
Andando mi camino de la manera más tranquila que puedas imaginarte, topé delante de su árbol un brazo de agua rojiza como de cinco metros de ancho sobre poco más o menos. Como no se atisbase el fondo, supuse que no me quedaría más remedio que cruzar el arroyo a nado. Soy buen nadador, tú bien lo sabes. Sentía, sin embargo, cierta aprensión por aquello de que en la selva amazónica las fieras más voraces se esconden dentro de los cauces y, la verdad, nada me apetecía menos que un mal encuentro con un reptil o con un remolino de pirañas.
Consideré apenas un segundo la situación; vi el agua remansada; vi que la distancia era poca y el premio tal vez mucho. El instinto y el apremio, conchabados, derrotaron sin dificultad a la prudencia, y como no barruntase peligro ninguno resolví ganar la orilla opuesta, confiado además en que el chapuzón me había de servir de baño refrescante.
Ya me había descalzado, ya estaba en paños menores, ya alargaba el primer pie hacia el agua cuando Flor del Bosque dejó caer su yeyo al centro del arroyo. Al punto se formó en derredor un hervor de yareiros. Entreví sus fauces negruzcas, las hileras de agudos dientes, las colas espinosas que salpicaban con una furia de cuchillos. En un amén desapareció el yeyo de la superficie; poco después el agua recobró su traicionera quietud. El corazón me golpeaba con fuerza dentro del pecho. «¡Dios mío», pensé, «qué habría sido de mí si hubiera llevado a cabo mi propósito!» Luego alcé los ojos, distinguí en una rama alta la mueca risueña de Flor del Bosque. Se acuclilló la mozuela y sin vergüenza de que yo la viese, sino con manifiesta candidez y nada de malicia a mi entender, se introdujo un yeyo en la rajita, primero de un extremo y luego del otro; y tras mostrármelo de nuevo lo tiró al agua, donde los yareiros dieron cuenta de él a su modo frenético.
Comprendí entonces que la mozuela humedecía el yeyo con su flujo por que lo devoraran los yareiros, que son de suyo carnívoros. Y comprendí también, con una mezcla de asombro y agradecimiento, que la linda indiecita, la orquídea de mis sueños, mi Flor del Bosque, acababa de salvarme la vida.
Sintiéndome por ella aceptado, cosa que el danés no podía percibir desde lejos, tendí la mirada en todas direcciones por ver de hallar un tronco que me sirviese de pasarela. Por azar reparé en que una de las ramas de un árbol que se alzaba a mi costado, gruesa como para aguantar sin quebrarse a un hombre de mi tamaño, se cruzaba a una altura de siete u ocho metros con otra del árbol de los yeyos en que estaba encaramada la mozuela. Me desprendí sin tardanza de las dádivas arrojándolas a la otra orilla del arroyo. Luego empecé a trepar el árbol aun a riesgo de romperme las uñas, bien cierto del peligro que corría de desplomarme y acabar mis días repartido en las entrañas de las fieras acuáticas.
No poco a gusto se reía Flor del Bosque de mi torpeza. ¿Te acuerdas de la cucaña que ponían por San Juan, cuando éramos niños, en la plaza de nuestro barrio? ¿Y de los chavales que se partían el alma por subirla hasta la punta y una y otra vez resbalaban de vuelta a la base? Pues algo parecido me sucedía a mí, con la diferencia de que el árbol no estaba engrasado, sino que por falta de asideros no atinaba yo a sujetarme. No me desanimaron las tentativas fallidas. Era tan intenso el deseo de llegarme hasta Flor del Bosque que, arañándome los brazos y las piernas, desollándome las rodillas y con las yemas de los dedos descarnadas, conseguí aferrarme después de un rato a la primera horquilla. De ahí hacia arriba la sucesión de las ramas facilitó mi empeño, de modo que sin grandes fatigas pude alcanzar la que valía para pasar al árbol de mi linda amiguita.
Se hallaba entonces Flor del Bosque en una altura inferior, agazapada en el naciente de una rama. De pronto, sin cambiar la expresión jovial de su rostro, comenzó a lanzarme yeyos, no sé si con intención de ahuyentarme o por juego. Los tiraba con tanta fuerza como tino, de suerte que me alcanzó varias veces en las piernas y en el vientre. Lo celebraba con risas tan angelicales y tan graciosas que yo, por que durasen, prefería no sortear los proyectiles, aunque dolían.
Cuando llevaba disparada obra de una docena de yeyos, intercepté en el aire uno que me venía derecho alojo. Se conoce que mi acción debía de tener algún sentido ritual para los de su estirpe, pues es el caso que la mozuela se quedó de repente rígida y seria y como anonadada, y al fin, poniéndose de pie, se inclinó en una especie de reverencia o vete tú a saber.
Temeroso de haberla ofendido, le dirigí desde mi rama unas palabras afables en idioma portugués, acompañadas de suaves y apacibles ademanes. No las entendió. Quizá no las supe pronunciar como es debido, quizá no estaba ella instruida en la lengua mayoritaria del país. Sin el socorro del lenguaje me parecía harto difícil sondear su disposición hacia mí, llenarle los oídos de galanterías y ternezas, manifestarle mi pasión y, en suma, seducirla.
¿Qué hacer? ¿Declararle mis aspiraciones mediante una monería obscena? ¿Remedar como un tosco camionero a las puertas de un burdel de carretera los meneos de la cópula a fin de que no hubiese duda sobre la clase de esperanza que me había llevado hasta allí? La idea de conducirme igual que un hombre bruto me repugnó. Miré un instante dentro de los ojos tiernos de Flor del Bosque en busca de una salida a mi desconcierto, y después, decidido a no escatimarle respeto a la mozuela, imité su reverencia de hacía unos instantes. Ella me correspondió visiblemente complacida. Entre sus labios sonrientes asomó la dentadura blanca; luego despuntó, como impelida por la risa, la punta de la lengua, que, asustada tal vez de su atrevimiento, enseguida volvió a ocultarse. Créeme, querido L, que aquel gesto al parecer involuntario enardeció mi deseo hasta extremos que no son del dominio de la cordura. Por un momento llegué a pensar que yo no estaba allí, encaramado al árbol, sino dormido y soñando como cada tarde en la tienda de campaña.
Opté a este punto por desprenderme de la única prenda que me cubría, en la confianza de que a la vista de mi desnudez Flor del Bosque tomase algún partido. O bien mostraba a las claras su rechazo marchándose deprisa por donde había venido, quizá después de atacarme con su cerbatana, o bien se quedaba en su lugar, lo que para mí equivaldría a una invitación a acercarme.
Como quiera que ocurriese esto último, determiné pasar sin demora de mi árbol al suyo, extremando, claro está, las precauciones, pues malditas las ganas que tenía yo de darme de merienda a los yareiros.
La rama, como te he dicho, era consistente y a propósito para desplazarse por ella. La hubiera atravesado resueltamente de no existir abajo la amenaza de los monstruos carniceros. Los suponía al acecho en el fondo borroso de las aguas rojizas. Recorrí bien abrazado, no te vayas a creer, cosa de dos metros, raspándome el pecho y los muslos con la áspera corteza.
La rama, al adelgazar, empezó a inclinarse ligeramente bajo mi peso. Traía yo previsión de que así habría de suceder y, por lo tanto, no me asusté. En aquel momento, te lo juro, hubiera hecho un pacto con el demonio para cambiarle mi alma, si es que tal órgano tengo, por la destreza de un simio arborícola. ¡Con cuánto gusto habría sido yo mono por espacio de unos pocos segundos! En dos brincos me hubiera puesto como si nada en el otro lado.
Así pensando, entendí que para alcanzar el árbol frontero me convenía colgarme no más que de las manos. Sin otra sujeción seguí avanzando hasta cerca de donde una y otra rama se juntaban. Fugazmente vi mi silueta reflejada en el arroyo. Formaba yo desde luego una figura ridícula con mis blancuzcas carnes europeas, el miembro oscilante y el trasero fondón de los que se pasan las horas sentados a un escritorio. Pero me daba igual, pues estaba convencido de que nadie me miraba. Todo iba como quien dice a pedir de boca. Mis brazos se mostraban firmes y seguros; los racimos de yeyos pendían cada vez más cerca; libre de temor, me alentaba el convencimiento de que estaba a punto de consumar una bella, maravillosa, inolvidable experiencia.
Hacia la mitad del trayecto llamó de pronto mi atención un susurro de hojas agitadas. Enderecé la mirada, vi entre estupefacto y divertido que Flor del Bosque venía con mucha agilidad a mi encuentro, suspendida de la rama de su árbol. Traía un yeyo pinzado con los dientes. Le rogué en mi idioma que retrocediera.
De sobra me figuraba que la dulce muchachita no entendería mis palabras; pero supuse que acaso el tono de mi voz le alumbrase el entendimiento, según ocurre a menudo con los perros, que, sin saber lo que les dicen, atienden y obedecen.
En un instante nos hallamos los dos colgados cara a cara. Se quedó ella quieta, como cediéndome la iniciativa. Bien que me tentaba estrecharla contra mi pecho; pero me detenía la certeza del peligro que aparejaba soltarse siquiera de una sola mano. Por resarcirme me deleité en su cercanía, en la sonrisa parada en el canto de los labios, en el suave calor de su cuerpo esbelto, en sus pupilas atentas donde podía ver mi semblante reflejado como en un espejito. Yo no recuerdo haber vivido nunca un momento de dicha más intensa.
Al punto advertí que Flor del Bosque se sentía fascinada por mi barba. La escrutaba con detenimiento y acaso con un punto de temor. Esto último lo creo así, querido L, porque no se atrevió a tocarla sino con la punta del yeyo, como quien se recata de pasar la mano por las hojas de una planta urticante.
En ese intento se produjo un primer roce de las rodillas, de los vientres, así como de sus pequeños pechos con el mío. Su juventud sin picardía me encandiló. Igual que una chiquilla enfrascada en un juego inocente, rodeó mi cintura con sus piernas. Me envolvió de sopetón una profunda vaharada femenina. Discerní el propósito de la mozuela no bien hubo encajado el yeyo en mi boca y, cautelosa, tocó mi barba con la planta de uno de sus piececillos. Enternecido, me tomó la risa y a ella también, para que luego venga el imbécil del danés diciendo lo que ha' dicho.
Al deshacer la postura, las nalgas de Flor del Bosque descendieron hasta rozar como al descuido la mismísima punta de mi excitación. Faltó muy poco para que la mozuela se ensartara por sí sola.
El calor apretaba de lo lindo. Toda la selva a nuestro alrededor parecía sumida en un silencio expectante. En mi vida he sufrido tanto de no poder gozar a mis anchas. Tenía, como quien dice, a la mozuela a mi entera disposición y, sin embargo, no me era posible estrecharla entre mis brazos. ¡Si la hubieras visto: confiada, alegre, tan cerca su cara de la mía que yo no me cansaba de respirar el aire que espiraba por la boca!
Retrocedí con esperanza de atraerla hacia lo más grueso de la rama; pero no me siguió. Antes al contrario, torció el morrito como pensando que me iba. Así que volví sin tardanza a su lado, y esta vez no tuve empacho de apretarme a ella con idea de que notase en el vientre la dureza de mi hombría. De nuevo su sonrisa avivó mis ilusiones. Doblé entonces las rodillas a fin de ofrecerle mi regazo como asiento. Entendió ella al parecer que le proponía un juego e imitó mis movimientos con ligereza y gracia que a mí sin duda me faltaban.
Después, en la creciente desesperación que me imponía el deseo aplazado, alargué las piernas por trabar a la mozuela de la cintura como ella había hecho conmigo poco antes. Pero lejos de permanecer inmóvil, también extendió ella las suyas, de modo que quedaron las cuatro extremidades enlazadas en el aire. Como percibiese que tenía Flor del Bosque apoyado el lomo sobre mis empeines, me valí de mi fuerza para levantarla. Se ladeó a este punto la faldilla de cortezas. Quedó al descubierto la mata de pelo crespo cruzada por unos labios entreabiertos y morenos.
Mientras mis piernas resistieron el esfuerzo me entregué a comerme aquella dulce rajita con los ojos. Mejor me la hubiera comido de otra forma si no me lo hubiera vedado la incómoda postura.
Rendido de voluptuosidad, me solté de la mozuela y, liberando una mano, me atreví a tentarle entre las ingles. No 'se resistió. Yo quise más. Bien sé que no debí; pero me confundió el que Flor del Bosque abriera resueltamente los muslos a la llegada de mis dedos. Uno le introduje, no sé cuál, te juro que sin violencia, sino con pensamiento de que la dominase igual que a mí la necesidad del placer.
Ella se percató entonces de que yo ambicionaba otra cosa distinta de aquellos juegos y risas en el árbol. Al instante reculó hasta alcanzar su rama. Apenas se hubo colgado de ella, profirió un gemido breve a tiempo que se detenía. Se volvió a mirarme.
Había en sus ojos negros súplica y espanto. Me pinchaba en el pecho una culpa grande y le pedí perdón con palabras que para ella nada significaban. Algo musitó entrecortadamente en su idioma, como si me contestase. Su rostro bello se había aquietado en una mueca crispada de terror.
Vi de súbito una hormiga que atravesaba rauda su frente. Un segundo después eran diez, treinta, tres mil hormigas salidas de yo no sé dónde que le bajaban por los brazos y los cabellos hasta cubrirle en poco tiempo el cuerpo entero. Hice amago de acudir en su socorro, pero no fue posible llevar adelante mi buen propósito. El árbol de los yeyos estaba infestado de una turbamulta de hormigas. Ya una primera hilera trataba de pasar a la rama de la que yo me suspendía. Flor del Bosque emitió un agudo chillido. Después cayó al arroyo. Oí el salpicón, los coletazos en la superficie del agua, pero no quise mirar.
Por la noche el doctor Berg, en el curso de una conversación que sostuvimos a solas, me aseguró que en principio no había razón ninguna para creer que mi versión de los hechos no fuera cierta. Con eso y todo, consideró que mi presencia en el campamento perjudicaría seriamente el proyecto, por lo que juzgaba preferible que me volviese cuanto antes a mi país. Me prometió discreción y que hablaría en privado con el danés, que era quien le había ido con cuentos raros, para que el asunto no trascendiese a la prensa de nuestros respectivos países.
Me vine, claro está, a partido. Eso sí, para despejar dudas solicité que todos los miembros de la expedición supiesen de mi boca lo ocurrido. Berg, comprensivo, mandó que se reunieran en torno a la hoguera del campamento. Delante de todo el equipo insistí en que mi encuentro con la muchacha india había sido fruto de una decisión voluntaria de ambos. Aseguré con lágrimas en los ojos que un ataque de hormigas voraces había desencadenado de manera inesperada el trágico accidente, que no había mediado agresión ni abuso ninguno por mi parte y que me sentía profunda y verdaderamente afligido. Les juré por lo más santo, primero en inglés y luego en mi alemán imperfecto, que no había habido posibilidad ninguna de ayudar a la pobre muchacha. Y para certificar mis buenas intenciones, me ofrecí a referir el caso personalmente a la policía brasileña.
Noté que mis palabras eran acogidas con gesto aprobatorio por la mayoría de los compañeros. El danés, con la mirada clavada en el fuego, guardaba silencio; pero, en cuanto llegó a Europa, le faltó tiempo para levantar contra mí las calumnias que ya conoces. Me han dicho que incluso habló en televisión.

FIN

Hannover, febrero de 2002
Fernando Aramburu: San Sebastián, 1959. Licenciado en filología hispánica, desde 1984 vive y trabaja en Alemania, donde compagina la escritura con las tareas de profesor de español en la pequeña localidad de Lippstadt, cerca de Hannover, y con la de la crítica en algunas revistas y diarios españoles. Se dio a conocer en el mundo literario con la novela Fuegos con limón, ganadora del Premio Ramón Gómez de la Serna 1997, a la que siguió Los ojos vacíos, Premio Euskadi al mejor libro en lengua castellana (Andanzas 279 y 421). Ha explorado el género del cuento con No ser no duele (Andanzas 316), y ha publicado recientemente un volumen de prosas titulado El artista y su cadáver (Marginales 202).