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lunes, 8 de enero de 2018

LA CELDA UNO .- Chimamanda Ngozi Adichie


La primera vez que robaron en casa fue nuestro vecino Osita quien entró por la ventana del comedor y se llevó el televisor, el vídeo y las cintas de Purple Rain y Thriller que mi padre había traído de Estados Unidos. La segunda vez fue mi hermano Nnamabia quien, fingiendo que era un robo, se llevó las joyas de mi madre. Sucedió un domingo. Mis padres habían ido a nuestra ciudad natal, Mbaise, para ver a los abuelos, y Nnamabia y yo fuimos solos a la iglesia. El condujo el Peugeot 504 verde de mi madre. Nos sentamos juntos en un banco como solíamos hacer, pero no nos dimos codazos ni contuvimos las ganas de reír al ver un sombrero feo o un caftán deshilachado, porque Nnamabia se fue sin decir palabra a los diez minutos. Volvió justo antes de que el sacerdote dijera: «Podéis ir en paz». Yo me ofendí un poco. Supuse que había salido para fumar y ver a alguna chica, ya que por una vez tenía el coche para él solo, pero podría haberme dicho al menos adonde iba. Volvimos a casa sin hablar y, una vez que aparcó en nuestro largo camino de entrada, me entretuve cogiendo unas ixoras mientras él abría la puerta principal. Entré y lo encontré inmóvil en medio del salón.
-¡Nos han robado! -exclamó en inglés.
Tardé unos momentos en comprender y abarcar con la mirada la habitación desordenada. Incluso entonces me pareció algo teatral el modo en que habían abierto los cajones, como para causar una impresión en quienes los encontraran. O tal vez solo era porque conocía muy bien a mi hermano. Más tarde, cuando mis padres volvieron y los vecinos empezaron a pasar por casa para decir ndo, chasquear los dedos y alzar los hombros, subí a mi habitación y allí sentada comprendí a qué se debían las náuseas que sentía: lo había hecho Nnamabia, lo sabía. Mi padre también lo supo. Señaló que habían desprendido las lamas de las persianas desde dentro y no por fuera (Nnamabia era demasiado listo para cometer semejante desliz; tal vez habían sido las prisas por volver a la iglesia antes de que terminara la misa), y que el ladrón había sabido exactamente dónde estaban las joyas de mi madre: en el rincón izquierdo de su baúl metálico. Nnamabia miró fijamente a mi padre con expresión herida y dijo de manera teatral: «Sé que en el pasado os he causado a los dos mucho dolor, pero jamás abusaría de vuestra confianza de este modo». Habló en inglés, utilizando palabras innecesarias como «mucho dolor» y «abusar», como siempre que se defendía. Luego salió por la puerta trasera y no volvió aquella noche. Ni la siguiente. Ni la otra. Apareció por casa dos semanas después, demacrado, oliendo a cerveza y diciendo lloroso que lo sentía, que había empeñado las joyas a los comerciantes hausas de Enugu y que se había gastado todo el dinero.
-¿Cuánto te dieron por mi oro? -preguntó mi madre. Y cuando él le respondió, ella se llevó las manos a la cabeza y gritó-: ¡Oh! ¡Oh! Chi m egbuo m! ¡Mi Dios me ha matado!
Era como si creyera que lo mínimo que podía haber hecho él era conseguir un buen precio. Quise abofetearla. Mi padre pidió a Nnamabia que escribiera un informe: cómo había vendido las joyas, en qué se había gastado el dinero, con quién lo había gastado. Yo no creía que Nnamabia contara la verdad y tampoco creía que mi padre esperara que lo hiciera, pero a mi padre, el profesor le gustaban los informes, ver las cosas por escrito y bien documentadas. Además, Nnamabia tenía diecisiete años y una barba bien cuidada. Estaba en ese intervalo entre el instituto y la universidad, y era demasiado mayor para encerrarlo en casa. ¿Qué más podría haber hecho mi padre? Cuando Nnamabia le entregó el informe, mi padre lo archivó en el cajón de acero inoxidable de su estudio donde guardaba nuestros papeles del colegio.
-Que fuera capaz de hacer tanto daño a su madre... -fue lo último que dijo entre dientes.
Pero Nnamabia no se había propuesto hacerle daño. Lo había hecho porque sus joyas eran lo único que había de valor en toda la casa: una colección de piezas de oro macizo reunida a lo largo de toda una vida. También porque lo hacían los hijos de otros profesores. Era la temporada de los robos en nuestro tranquilo campus de Nsukka. Los chicos que habían crecido viendo Barrio Sésamo, leyendo a Enid Blyton, desayunando cereales y yendo a la escuela primaria para los hijos del personal universitario con sandalias marrones bien lustradas, de pronto rajaban las mosquiteras de las ventanas de sus vecinos, sacaban las lamas de cristal y entraban para robar los televisores y los vídeos. Conocíamos a los ladrones. Con sus casas adosadas en calles arboladas separadas solo por setos bajos, el campus de Nsukka era un lugar demasiado pequeño para que no supiéramos quién nos había robado. Aun así, cuando sus padres coincidían en el centro de profesores, en la iglesia o en una reunión de la universidad, continuaban quejándose de los sinvergüenzas de la ciudad que entraban en el campus para robar.
Los chicos que robaban eran los populares. Por la noche conducían los coches de sus padres, con los asientos reclinados y los brazos extendidos para llegar al volante. Osita, el vecino que nos había robado el televisor apenas unas semanas antes del incidente de Nnamabia, era ágil y guapo a su estilo siniestro, y caminaba con la agilidad de un gato. Siempre iba con camisas perfectamente planchadas; yo solía verlo por encima del seto, y cerraba los ojos e imaginaba que se acercaba a mí para reclamarme como suya. El nunca se fijaba en mí. Cuando nos robó, mis padres no fueron a la casa del profesor Ebube para pedirle que obligara a su hijo a devolvernos lo que nos había robado. Afirmaron públicamente que había sido un sinvergüenza de la ciudad. Pero ellos sabían que había sido Osita. Osita tenía dos años más que Nnamabia; la mayoría de los chicos que robaban eran un poco mayores que Nnamabia, y tal vez por esa razón él no robó en otra casa. Tal vez no se sintió lo bastante mayor o lo bastante preparado para dar un golpe más grande que las joyas de mi madre.
Nnamabia se parecía mucho a mi madre, con su tez color miel, los ojos grandes y una boca generosa perfectamente curvada. Cuando mi madre nos llevaba al mercado, los vendedores gritaban: «Eh, señora, ¿por qué malgastó su piel clara en el chico y dejó a la niña tan oscura? ¿Qué va a hacer un chico con tanta belleza?». Y mi madre se reía, como si asumiera una alegre y traviesa responsabilidad en la belleza de Nnamabia. Cuando a los once años él rompió el cristal de la ventana de su clase con una piedra, mi madre le dio dinero para reemplazarla y no se lo dijo a mi padre. Cuando en segundo perdió unos libros de la biblioteca, ella dijo a su tutora que nos los había robado el criado. Cuando en tercero salía temprano todos los días para ir a catecismo, y resultó que nunca había ido y que por tanto no podía hacer la primera comunión, ella dijo a los demás padres que tenía malaria el día señalado. Cuando Nnamabia cogió la llave del coche de mi padre y la incrustó en un trozo de jabón que mi padre encontró antes de que lo llevara a un cerrajero, ella dijo vagamente que solo estaba experimentando y que no lo había hecho con mala intención. Cuando robó las preguntas de un examen del despacho de mi padre y las vendió a sus alumnos, mi madre le gritó, pero luego le dijo a mi padre que, después de todo, tenía dieciséis años y deberían darle más dinero para sus gastos.
No sé si Nnamabia se arrepintió de haber robado las joyas. Yo no siempre sabía ver en su rostro risueño y gentil lo que realmente sentía. Y nunca hablamos de ello. Aunque las hermanas de mi madre le enviaron sus pendientes de oro, y ella compró un juego de pendientes y colgante a la señora Mozie, la mujer glamurosa que importaba oro de Italia, y empezó a ir en coche a su casa una vez a la semana para pagarlo a plazos, nunca hablamos, después de ese día, del robo de las joyas. Era como si el hecho de fingir que no había sido él le diera la oportunidad de volver a empezar. Podríamos no haber mencionado nunca más el robo si no Hubieran detenido a Nnamabia tres años después, en tercero de carrera, y lo hubieran encerrado en la comisaría.
Era la temporada de los cultos en nuestro tranquilo campus de Nsukka. Era la época en que por toda la universidad había carteles en los que se leía en negrita: «di no a los cultos». Los Hacha Negra, los Bucaneros y los Piratas eran los más conocidos. Puede que en el pasado hubieran sido hermandades benévolas, pero habían evolucionado hasta convertirse en los llamados «cultos»: chicos de dieciocho años que habían llegado a dominar el contoneo de los videoclips de rap norteamericano hacían extrañas iniciaciones secretas que a veces dejaban un par de muertos en Odim Hill. Las pistolas, las lealtades divididas y las hachas se habían vuelto comunes. Las guerras entre cultos se habían vuelto comunes: un chico sonreía con lascivia a una chica que resultaba ser la novia del capo de los Hacha Negra, y cuando ese chico iba más tarde a un quiosco para comprar cigarrillos, lo apuñalaban en el muslo y resultaba ser un bucanero, de modo que sus asociados iban a una cervecería y pegaban un tiro al primer hacha negra que veían, y al día siguiente encontraban en el refectorio al bucanero muerto de un tiro, desplomado sobre los platos metálicos de sopa, y esa noche mataban a hachazos a un hacha negra en la habitación de su residencia, salpicando de sangre el reproductor de cedés. No tenía sentido. De anormal había pasado rápidamente a ser normal. Las chicas se quedaban en sus habitaciones después de clase y los profesores temblaban, y cuando una mosca zumbaba demasiado fuerte, todo el mundo se asustaba. De modo que llamaron a la policía. Cruzaron a toda velocidad el campus en sus destartalados Peugeot 505 azules y sus pistolas oxidadas asomando por las ventanillas, y miraron ceñudos a los alumnos. Nnamabia volvió a casa de sus clases riéndose. Le parecía que la policía iba a tener que hacerlo mejor; todo el mundo sabía que los chicos de los cultos tenían armas más modernas.
Mis padres vieron reír a Nnamabia con callada preocupación y supe que ellos también se preguntaban si formaba parte de algún culto. A veces yo creía que sí. Los miembros de los cultos eran muy populares y Nnamabia también lo era. Los chicos lo llamaban a gritos por su apodo, «¡El Funk!», y cada vez que pasaban por su lado le estrechaban la mano, y las chicas, sobre todo las populares Big Chicks, lo abrazaban demasiado rato cuando lo saludaban. Iba a todas las fiestas, a las tranquilas del campus y a las desmadradas de la ciudad, y era la clase de mujeriego que era a la vez muy hombre, de los que se fumaban un paquete de Rothman al día y tenían fama de pulirse un paquete de cervezas Star de una sentada. Otras veces me parecía que no pertenecía a ningún culto, porque gozaba de tanta popularidad que iba más con su carácter ser amigo de todos y enemigo de ninguno. Además, no estaba muy segura de si mi hermano tenía lo que fuera que hacía falta, las agallas o la inseguridad, para unirse a un culto. La única vez que se lo pregunté me miró sorprendido con sus largas y espesas pestañas, como si yo hubiera debido saberlo, antes de responder: «Por supuesto que no». Le creí. Mi padre también lo creyó. Pero poco importaba que lo creyéramos o no porque ya lo habían detenido y acusado de pertenecer a un culto. Me dijo esas palabras («Por supuesto que no») la primera vez que fui a verlo a la comisaría donde lo habían encerrado.
Así fue como ocurrió. Un lunes lluvioso, cuatro miembros de un culto se apostaron en la puerta del campus y atacaron a una profesora que conducía un Mercedes rojo. Le pusieron una pistola en la sien, la obligaron a bajar del coche y fueron con ella hasta la facultad de Ingeniería, donde dispararon a tres chicos que salían de clase. Era mediodía. Yo estaba en un aula cercana y, cuando oímos los estallidos, nuestro profesor fue el primero en salir corriendo. Se oyeron fuertes gritos y de pronto las escaleras se llenaron de estudiantes que se empujaban unos a otros, sin saber muy bien en qué dirección correr. Fuera en el césped había tres cuerpos sin vida, El Mercedes rojo había huido derrapando. Muchos de los alumnos recogieron con prisas sus cosas y los conductores de okada les cobraron el doble del importe habitual para llevarlos al aparcamiento. El vicerrector anunció que todas las clases de la tarde estaban suspendidas y ordenó que nadie saliera de su casa después de las nueve de la noche. Eso no tenía mucho sentido para mí, ya que el tiroteo había ocurrido a plena luz del día, y tampoco debió de tenerlo para Nnamabia, porque el primer día del toque de queda no estuvo en casa a las nueve ni volvió en toda la noche. Supuse que se había quedado a dormir en casa de algún amigo; después de todo, no volvía siempre a casa. A la mañana siguiente, un guarda de seguridad llamó a mis padres para decirles que habían detenido a Nnamabia con varios miembros de cultos en un bar y que se los habían llevado en un furgón celular. Mi madre gritó: «Ekwuzikwana! ¡No diga eso!». Mi padre le dio las gracias con calma. Fuimos en coche a la comisaría del centro de la ciudad. Allí un agente que mordisqueaba la tapa sucia de un bolígrafo dijo: «¿Se refiere a los chicos de los cultos que detuvieron anoche? Los han llevado a Enugu. Un caso muy serio. ¡Hemos de detener estos cultos de una vez por todas!».
Mientras volvíamos a subir al coche nos invadió un nuevo terror. Nsukka, nuestro cerrado y tranquilo campus, y la aún más cerrada y tranquila ciudad, eran manejables; mi padre conocería al jefe de policía. Pero Enugu era un lugar anónimo, la capital del Estado con la División Mecanizada del Ejército Nigeriano, la jefatura de policía y guardias de tráfico en los cruces más concurridos. Allí la policía haría lo que tenía fama de hacer cuando se sentía presionada para dar resultados: matar gente.
La comisaría de Enugu se encontraba en un recinto tapiado de edificios desperdigados; había varios coches estropeados y polvorientos amontonados junto a la verja, cerca del letrero en el que se leía: «OFICINA DEL INSPECTOR DE POLICÍA». Mi padre condujo el coche hacia el bungalow rectangular del otro extremo del recinto. Mi madre sobornó a los dos guardias de la recepción con dinero y arroz jollof con carne, todo dentro de una bolsa impermeable negra, y ellos dejaron salir a Nnamabia de la celda y sentarse con nosotros en un banco bajo un árbol paraguas. Ninguno le preguntamos por qué había salido esa noche si sabía que habían impuesto el toque de queda. Ninguno comentamos que la policía se había comportado de un modo irracional al entrar en un bar y detener a todos los chicos que había en él, así como al camarero. En lugar de ello escuchamos a Nnamabia. Sentado a horcajadas en el banco de madera, con la fiambrera de arroz con pollo ante él y los ojos brillantes de expectación, parecía un artista a punto de actuar.
-Si gobernáramos Nigeria como esta celda, no tendríamos problemas en este país. Todo está perfectamente organizado. En nuestra celda hay un jefe llamado general Abacha y su segundo en el mando. En cuanto entras tienes que darles algo de dinero. Si no, estás en un apuro.
-¿Y tú tenías dinero? -preguntó mi madre.
Nnamabia sonrió, aún más atractivo con una nueva picadura de insecto parecida a un grano en la frente, y explicó en igbo que poco después de que lo detuvieran en el bar se había metido dinero por el ano. Sabía que la policía se lo quedaría si no lo escondía y que iba a necesitarlo para asegurarse la tranquilidad en la celda.
Dio un mordisco a un muslo de pollo y se pasó al inglés.
-El general Abacha se quedó impresionado con el modo en que había escondido el dinero. Me había hecho agradable a sus ojos. Lo elogié todo el tiempo. Cuando los hombres nos pidieron a todos los recién llegados que nos cogiéramos las orejas y saltáramos como sapos mientras ellos cantaban, me dejó ir después de diez minutos. A los demás los tuvo saltando casi media hora.
Mi madre se abrazó como si tuviera frío. Mi padre guardó silencio mientras observaba a Nnamabia con atención. Y yo visualicé a mi «agradable» hermano enrollando billetes de cien nairas en forma de cigarrillo y deslizándose una mano por detrás de los pantalones para metérselos dolorosamente.
Más tarde, mientras regresábamos en coche a Nsukka, mi padre dijo:
-Esto es lo que debería haber hecho cuando robó en casa. Encerrarlo en una celda.
Mi madre miró por la ventanilla en silencio.
-¿Por qué? -pregunté yo.
-Porque por una vez algo lo ha sacudido. ¿No lo has notado? -preguntó mi padre con una pequeña sonrisa.
Yo no lo había notado. No ese día. Nnamabia me pareció el mismo, aun metiéndose el dinero por el ano y demás.
El primer shock que se llevó Nnamabia fue ver llorar al bucanero. Era un chico alto y duro del que se rumoreaba que era autor de una de las masacres y estaba bajo consideración para convertirse en el futuro Capone el siguiente semestre, y sin embargo estaba allí encorvado llorando después de que el jefe le hubiera dado un cogotazo. Nnamabia me lo contó cuando fuimos a verlo al día siguiente, con una voz cargada de indignación y decepción; era como si de pronto le hubieran enseñado que el Increíble Hulk solo era pintura verde. El segundo shock, unos días después, fue la celda uno, la contigua a la suya. Dos celadores habían sacado de ella un cadáver hinchado y se habían detenido al lado de la celda de Nnamabia para asegurarse de que todos lo veían bien.
Hasta el jefe de su celda parecía temerla. Cuando a Nnamabia y a sus compañeros de celda, los que podían permitirse comprar agua en cubos de plástico que habían contenido pintura, los dejaban salir al patio abierto para lavarse, los celadores los observaban y a menudo gritaban: «¡Basta o te vas ahora mismo a la celda uno!». Nnamabia tenía pesadillas sobre ella. No podía imaginarse un lugar peor que su propia celda, que a menudo estaba tan abarrotada que tenía que apretarse contra la pared resquebrajada. Dentro de las grietas vivían pequeños kwalikwata cuyas picaduras eran terribles, y cuando gritaba sus compañeros de celda lo llamaban Chico de Plátano y Leche, Chico Universitario o Niño Bonito Yeye.
Esos bichos eran demasiado pequeños para hacer tanto daño. La picadura era peor por las noches, cuando todos tenían que dormir de lado, con la cabeza en los pies, excepto el jefe que apoyaba toda la espalda cómodamente en el suelo. Era el jefe quien repartía los platos de garrí y sopa aguada que dejaban todos los días en la celda. Cada uno comía dos cucharadas. Nnamabia nos lo contó la primera semana. Mientras hablaba me pregunté si los bichos de la pared también le habían picado en la cara o los granos que le cubrían toda la frente eran de alguna infección. Algunos estaban coronados de pus color crema. Se los rascó mientras decía:
-Hoy he tenido que cagar de pie dentro de una bolsa impermeable. El retrete estaba demasiado lleno. Solo tiran de la cadena los sábados.
Adoptaba un tono histriónico. Yo quería pedirle que se callara, porque lo veía disfrutar con su nuevo papel de víctima de indignidades, y porque no se daba cuenta de lo afortunado que era de que la policía lo dejara salir de la celda y comer la comida que le llevábamos, lo estúpido que había sido trasnochando ese día, las pocas posibilidades que tenía de que lo soltaran.
La primera semana fuimos a verlo todos los días. Íbamos en el viejo Volvo de mi padre porque el Peugeot 504 de mi madre, aún más viejo, era poco fiable para salir de Nsukka. Yo notaba el cambio que se producía en mis padres en cuanto dejábamos atrás los controles policiales de la carretera; de forma muy sutil, pero cambiaban. Tan pronto como nos hacían una señal para que continuáramos, mi padre dejaba de embarcarse en monólogos sobre lo analfabeta y corrupta que era la policía. No sacaba a colación el día que nos habían hecho esperar una hora porque se había negado a sobornarlos, ni cómo habían detenido un autobús en el que viajaba mi bonita prima Ogechi, y la habían señalado a ella en particular y llamado puta por tener dos móviles, y le habían pedido tanto dinero que ella se había arrodillado bajo la lluvia y les había suplicado que la soltaran puesto que ya habían dejado ir su autobús. Mi madre ya no murmuraba: «Son síntomas de una enfermedad más amplia». En lugar de ello, mis padres guardaban silencio. Era como si el hecho de dejar de criticar a la policía hiciera más inminente la puesta en libertad de Nnamabia. «Delicado» era la palabra que había utilizado el jefe de policía de Nsukka. Sacar pronto a Nnamabia iba a ser delicado, sobre todo cuando el inspector de policía de Enugu estaba concediendo entrevistas satisfechas y jactanciosas por la televisión sobre los miembros de los cultos detenidos. El problema de los cultos era serio. Los peces gordos de Abuja seguían los acontecimientos. Todo el mundo quería dar la impresión de estar haciendo algo.
La semana siguiente pedí a mis padres que no fuéramos a ver a Nnamabia. No sabíamos cuánto tiempo tendríamos que seguir haciéndolo, la gasolina era demasiado cara para conducir tres horas diarias, y no pasaba nada si Nnamabia cuidaba de sí mismo un día.
Mi padre me miró sorprendido.
-¿Qué quieres decir?
Mi madre me miró de arriba abajo, se dirigió a la puerta y dijo que nadie me había pedido que fuera; era muy libre de quedarme allí sentada mientras mi hermano inocente sufría. Se acercó al coche y yo corrí tras ella, y cuando la alcancé no supe qué hacer, de modo que cogí una piedra que había cerca de la ixora y la tiré al parabrisas del Volvo. El cristal se resquebrajó. Oí el ruido y vi las pequeñas líneas que se extendían como rayos por el cristal antes de darme la vuelta, subir corriendo las escaleras y encerrarme en mi habitación para protegerme de la cólera de mi madre. La oí gritar. Oí la voz de mi padre. Al final hubo silencio y no oí el coche ponerse en marcha. Ese día nadie fue a ver a Nnamabia. Me sorprendió esa pequeña victoria.
Lo visitamos al día siguiente. No dijimos nada del parabrisas, aunque las grietas se habían extendido como ondas en un arroyo helado. El guardia de la recepción, el tipo agradable de tez oscura, nos preguntó por qué no habíamos ido el día anterior; había echado de menos el arroz jollof de mi madre. Yo esperaba que Nnamabia también nos lo preguntara, incluso que estuviera enfadado, pero se mostró extrañamente serio, con una expresión que nunca le había visto. No se terminó el arroz. No paraba de desviar la mirada hacia el montón de coches medio quemados que había en el fondo del recinto, los restos de accidentes.
-¿Qué pasa? -preguntó mi madre, y Nnamabia empezó a hablar casi de inmediato, como si hubiera estado esperando a que se lo preguntáramos.
Su igbo sonó monótono, sin inflexiones. El día anterior habían metido en su celda a un anciano, un hombre de unos setenta y cinco años con el pelo blanco, la piel cubierta de finas arrugas y el anticuado refinamiento de un funcionario jubilado incorruptible. Buscaban a su hijo por robo y al no encontrarlo la policía había decidido encerrarlo a él.
-El hombre no había hecho nada -dijo Nnamabia.
-Tú tampoco -replicó mi madre.
Nnamabia sacudió la cabeza como si ella no lo entendiera. Los días que siguieron se mostró más apagado. Habló menos y sobre todo del anciano; que no tenía dinero y no podía comprarse agua para lavarse, que los demás hombres se reían de él y lo acusaban de esconder a su hijo, que el jefe le hacía el vacío, y lo asustado y pequeño que parecía.
-¿Sabe dónde está su hijo? -preguntó mi madre.
-Hace cuatro meses que no lo ve.
Mi padre dijo algo sobre lo irrelevante que era que el hombre supiera o no dónde estaba su hijo.
-Esta mal, por supuesto -repuso mi madre-, pero es lo que hace la policía continuamente. Si no encuentra a la persona que está buscando encierra a su madre o a otro pariente.
Mi padre se quitó una pelusa de la rodilla en un gesto impaciente. No entendía por qué mi madre decía lo obvio.
-Ese hombre está enfermo -dijo Nnamabia-. Le tiemblan las manos incluso mientras duerme.
Mis padres guardaron silencio. Nnamabia cerró la fiambrera de arroz y se la devolvió a mi padre.
-Quiero darle esto, pero si lo llevo a la celda se lo comerá el general Abacha.
Mi padre se acercó al guardia de la recepción y preguntó si podíamos ver cinco minutos al anciano de la celda de Nnamabia. Era el tipo mordaz de tez clara que nunca daba las gracias cuando mi madre lo sobornaba con arroz y dinero. Esta vez se burló en la cara de mi padre y dijo que podía perder el empleo por dejar salir a Nnamabia, ¿y encima le pedíamos que dejara salir a otra persona? ¿Acaso pensábamos que era el día de visitas de un internado o qué? ¿No sabíamos que estábamos en un lugar de detención de alta seguridad para elementos criminales de la sociedad? Mi padre regresó y se sentó con un suspiro, y Nnamabia se rascó la cara llena de granos en silencio.
Al día siguiente Nnamabia apenas probó el arroz. Dijo que los celadores habían arrojado agua con detergente al suelo y las paredes de la celda, como siempre hacían, a modo de limpieza, y que el anciano, que nunca había tenido acceso al agua y no se había bañado en toda una semana, había entrado corriendo en la celda, se había arrancado la camisa y se había frotado su frágil espalda contra el suelo mojado. Al verlo, los celadores se habían echado a reír y le habían pedido que se quitara toda la ropa y desfilara por el pasillo, y mientras lo hacía se habían reído aún más fuerte, preguntándole si su hijo el ladrón sabía que el pene de papá estaba tan encogido. Nnamabia se quedó mirando fijamente el arroz naranja amarillento mientras hablaba, y cuando levantó la mirada, vi sus ojos llorosos mi hermano el mundano- y sentí una ternura hacia él que no habría sabido explicar.
Dos días después, hubo otro ataque de miembros de cultos en el campus: un chico había atacado a otro con un hacha frente al departamento de música.
-Eso está bien -dijo mi madre mientras mi padre y ella se preparaban para ir a hablar con el jefe de policía de Nsukka-, Ya no podrán decir que han detenido a todos los chicos de los cultos.
Ese día no fuimos a Enugu porque mis padres estuvieron demasiado tiempo en la comisaría, pero volvieron con buenas noticias. Iban a poner inmediatamente en libertad a Nnamabia y al camarero. Uno de los chicos de los cultos se había vuelto informador y había insistido en que Nnamabia no era miembro. Salimos un poco más temprano que de costumbre, sin arroz jollofy con todas las ventanillas bajadas a causa del calor que ya empezaba a hacer. Mi madre estuvo nerviosa todo el trayecto. Siempre decía a mi padre «Nekwa ya! ¡Cuidado!», como si él no viera las peligrosas curvas que tomaban los coches del otro carril, pero en esa ocasión lo repitió tantas veces que poco antes de que llegáramos a Ninth Mile, donde los vendedores callejeros rodeaban los coches con bandejas de okpa, huevos duros y anacardos, mi padre detuvo el Volvo y preguntó: «¿Quién está conduciendo, Uzoamaka?».
En el interior del extenso recinto de la comisaría, dos guardias latigaban a alguien tumbado en el suelo bajo un árbol paraguas. Me dio un vuelco al corazón al pensar que era Nnamabia, pero me equivoqué. Conocía al chico que se retorcía gritando con cada restallido del koboko. Se llamaba Aboy, tenía la cara fea y seria de un perro de caza, daba vueltas por el campus en un Lexus y se decía que era bucanero. Procuré no mirarlo mientras entrábamos en la comisaría. El guardia que estaba de servicio, el de las marcas tribales en las mejillas que siempre decía «Que Dios los bendiga» cuando se dejaba sobornar, volvió la cabeza al vernos. Me salió un sarpullido por todo el cuerpo, Entonces supe que pasaba algo. Mis padres le entregaron la carta del jefe de policía, pero el guardia ni la miró. Estaba al corriente de la orden de puesta en libertad, dijo a mi padre. Ya habían soltado al camarero, pero había habido complicaciones con el chico.
-¿El chico? -empezó a gritar mi madre-, ¿Qué quiere decir? ¿Dónde está mi hijo?
El guardia se levantó.
-Llamaré a mi superior para que se lo explique.
Mi madre corrió tras él y lo agarró de la camisa.
-¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde está mi hijo?
Mi padre la soltó y el guardia se sacudió la camisa como si se la hubiera manchado antes de dar media vuelta y alejarse.
-¿Dónde está nuestro hijo? -preguntó mi padre en voz tan baja y metálica que el guardia se detuvo.
-Se lo han llevado, señor.
-¿Se lo han llevado? -repitió mi madre. Seguía gritando-. ¿Qué está diciendo? ¿Han matado a mi hijo? ¿Lo han matado?
-¿Dónde está? -volvió a preguntar mi padre con un hilo de voz-, ¿Dónde está nuestro hijo?
-Tengo órdenes de mi superior de avisarle cuando vengan -respondió el guardia, y esta vez se volvió y cruzó apresuradamente una puerta.
Fue después de que se marchara cuando me quedé helada de miedo y quise correr tras él y agarrarlo de la camisa como mi madre hasta ver a Nnamabia. El superior de policía salió, y escudriñé su inexpresivo rostro.
-Buenos días, señor -dijo.
-¿Dónde está nuestro hijo? -preguntó mi padre.
Mi madre respiraba ruidosamente. En aquel momento, caería más tarde en la cuenta, todos nos temimos que unos guardias rápidos con el gatillo hubieran matado a Nnamabia y que el deber de ese hombre fuese ofrecernos la mejor mentira de cómo había muerto.
-No hay ningún problema, señor. Solo lo han trasladado. Enseguida le llevaremos allí.
Había cierto nerviosismo en él; seguía teniendo una cara inexpresiva, pero no miró a mi padre a los ojos.
-¿Trasladado?
-Cuando, esta mañana, ha llegado la orden de puesta en libertad ya lo habíamos trasladado. Como andamos escasos de gasolina, esperábamos a que llegaran ustedes para ir todos juntos a donde está.
-¿Y dónde está?
-En otro centro. Les llevaré allí.
-¿Por qué lo han trasladado?
-Yo no estaba aquí, señor. Parece ser que ayer se comportó mal y lo llevaron a la celda uno, y luego trasladaron a todos los presos de la celda uno a otro centro.
-¿Se comportó mal? ¿Qué quiere decir?
-Yo no estaba aquí, señor.
-¡Lléveme con mi hijo! -exigió mi padre con voz quebrada-, ¡Lléveme ahora mismo con mi hijo!
Yo me senté en el asiento trasero con el guardia, que desprendía la clase de rancio olor a alcanfor que se resistía a desaparecer del baúl de mi madre. No habló salvo para dar indicaciones a mi padre y llegamos unos quince minutos después, mi padre conduciendo a una velocidad inusitadamente rápida, tan deprisa como los latidos de mi corazón. El pequeño recinto parecía abandonado, lleno de maleza y botellas viejas, bolsas de plástico y papeles esparcidos por todas partes. El guardia apenas esperó a que mi padre detuviera el coche para abrir la portezuela y bajar apresuradamente, y de nuevo se apoderó de mí el miedo. Nos encontrábamos en esa parte de la ciudad donde las calles estaban sin asfaltar y no habíamos visto ningún letrero que indicara que era una comisaría, y en el aire se percibía una calma, una extraña sensación de abandono. Pero el guardia salió con Nnamabia. Allí estaba mi atractivo hermano caminando hacia nosotros, aparentemente igual que siempre, hasta que estuvo lo bastante cerca para que mi madre lo abrazara, y lo vi hacer una mueca y apartarse; tenía el brazo cubierto de verdugones de aspecto blando y sangre seca alrededor de la nariz.
-Nma-chico, ¿por qué te han pegado? -preguntó mi madre. Se volvió hacia el guardia-, ¿Por qué le han hecho esto a mi hijo?
El hombre se encogió de hombros con una nueva insolencia en el gesto; era como si no hubiera estado seguro de que Nnamabia estaba bien, pero una vez que lo sabía ya podía hablar.
-Ustedes, que tan importantes se creen porque trabajan en la universidad, no saben educar a sus hijos. Cuando se portan mal, creen que no hay que castigarlos. Ha tenido mucha suerte de que lo hayan soltado, señora.
-Vámonos -dijo mi padre.
Abrió la portezuela y Nnamabia se subió al coche, y volvimos todos a casa. Mi padre no se detuvo en ninguno de los controles de la carretera; en uno un guardia nos hizo un gesto amenazador con la pistola cuando pasamos a toda velocidad. Durante el silencioso trayecto mi madre solo preguntó a Nnamabia si quería que paráramos en Ninth Mile para comprar okpa. El respondió que no. Cuando llegamos a Nsukka habló por fin.
-Ayer los celadores preguntaron al anciano si quería un cubo de agua gratis. Él respondió que sí. Le dijeron que se quitara la ropa y se paseara desnudo por el pasillo. Mis compañeros de celda se rieron pero algunos dijeron que no estaba bien tratar así a un anciano. -Nnamabia hizo una pausa con la mirada perdida-. Yo grité al celador. Le dije que el anciano era inocente y estaba enfermo, y que por mucho que lo tuvieran allí nunca encontrarían a su hijo, porque él ni siquiera sabía dónde estaba su hijo. Me dijeron que me callara o me llevarían a la celda uno. Me traía sin cuidado y no callé. De modo que me sacaron de allí y me dieron una paliza, y me llevaron a la celda uno.
Se interrumpió ahí y no le preguntamos nada más. En lugar de ello lo imaginé alzando la voz y llamando al celador imbécil, cobarde sin agallas, cabrón sádico, e imaginé el estupor de los celadores, la sorpresa del jefe de la celda que miraba boquiabierto, y de los demás compañeros, perplejos ante la audacia de ese universitario atractivo. E imaginé al mismo anciano observándolo con sorprendido orgullo mientras se negaba a desvestirse. Nnamabia no explicó lo que había ocurrido en la celda uno, ni lo que había ocurrido en el nuevo centro, que parecía uno de esos lugares donde encerraban a la gente que luego desaparecía. Habría sido muy fácil para mi encantador hermano embarcarse en una elegante narración dramática de lo sucedido, pero no lo hizo.

FIN


miércoles, 29 de noviembre de 2017

LA INTELIGENCIA DEFINITIVA José María Merino


1
Luco lo traía en la mano y lo agitaba muy excitado, mientras gritaba algo, al principio ininteligible, que por fin se pudo descifrar:
-¡Habla conmigo! ¡Me ha dicho su nombre! ¡Es mi amiga! ¡Me va a enseñar muchos juegos!
En el valle empezaba a cuajar la sombra y su hijo Luco, corriendo tan alborozado mientras decía tales cosas y zarandeaba aquel objeto que resplandecía al sol poniente, suscitó el desconcierto de Mael. El suceso era del todo inusitado en las rutinas de la vuelta de la escuela, y a lo lejos había percibido la presencia de otros niños que también corrían y gritaban en actitud similar a la de Luco, rompiendo la imagen habitual del grupo que habitualmente regresaba a casa con lentitud y tardaba en desperdigarse.
Cuando el niño estuvo a su lado y le mostró el objeto, Mael sintió un temor repentino. Aunque desconocía de qué se trataba, gravitaban sobre él tres generaciones emitiendo severas advertencias que hablaban de pequeñas cosas como aquella, los pavorosos Móviles. El objeto era rectangular, muy fino, tornasolado.
Se lo quitó al niño y lo mantuvo en su mano mientras lo observaba con atención. De repente el objeto emitió un fuerte reflejo y Mael oyó una voz de tono levemente metálico que lo interpelaba, clara, cercana, como si alguien estuviese hablando a su lado:
-¿Eres Mael, el padre de Luco?
Mael quedó en silencio, sin saber cómo enfrentarse a aquello.
-¿Eres Mael, el padre de Luco? -repitió el objeto.
-Sí -repuso Mael al fin, sintiendo que su temor se convertía en pánico.
-Soy Lid -dijo la voz-. Convoca a los demás y llevadme con vosotros. Todos los niños me tienen.
El fulgor se extinguió de repente, dejando en el pequeño objeto solo las suaves reverberaciones multicolores que hacía brillar el sol declinante.
-¿Quién es Lid? -preguntó Luco, alargando la mano para recuperar el objeto que hablaba.
Mael retuvo el fino paralelepípedo.
-¡Es mío! -protestó el niño.
-Es una cosa muy peligrosa -repuso Mael, categórico-. Vete a casa. Le dices a mamá que la espero en la Casa de Todos. Meriendas y te pones a hacer las tareas. Más tarde hablaremos.
Con aire disgustado, Luco se quedó mirando a su padre, que se alejaba de él con apresuramiento.

2
En la Casa de Todos estaba Rune, el maestro, con otros vecinos, y en sus rostros se mostraba la misma preocupación que había ensombrecido el ánimo de Mael. Hicieron sonar por los altavoces la señal de la urgente convocatoria y esperaron a los demás padres y madres, que fueron llegando con rapidez y aire de alarma entre la tarde cada vez más deshilachada, llevando con ellos objetos similares al que Mael le había quitado a Luco.
Cuando estuvieron reunidos en la sala del concejo, el maestro relató lo sucedido: al final del recreo, un pequeño aparato había descendido del cielo, se había posado en el patio, y de él salió una especie de robot -pese a las trazas humanoides, conservaba sus características mecánicas- que llamó a los niños.
-¿Cómo que los llamó? -preguntó Peco, el regidor.
-«¡Chicos y chicas, venid, os traigo un regalo!» -repuso Rune, el maestro.
-¿Y tú no hiciste nada?
El maestro se lo quedó mirando con fastidio:
-¿Qué podía hacer yo?
Explicó que todo se había producido en dos o tres minutos, con una rapidez sorprendente. La chavalería, que había interrumpido sus juegos cuando sus miembros vieron aparecer la nave -una especie de pequeño cilindro volador- echó a correr hacia el robot, que también velozmente les había entregado aquellos objetos, uno a cada uno.
-«¡No olvidéis que Lid es vuestra amiga!», gritó antes de entrar en el aparato y ascender por el aire con la misma celeridad que a su llegada. Fue visto y no visto.
De hecho, nadie en el valle había advertido la presencia de la nave. Tras el informe de Rune, los concurrentes se quedaron en silencio durante un rato.
-¿Son todos iguales? -preguntó el regidor.
La gente puso sobre la mesa aquellos curiosos paralelepípedos.
-¡Móviles! ¡Parecen móviles! -exclamó el regidor con gesto aterrorizado.
En aquel momento, los objetos comenzaron a vibrar suavemente y sobre el conjunto de ellos se perfiló la figura brumosa, rojiza, de lo que parecía una pirámide, que enseguida habló con la voz metálica y segura que Mael había oído antes:
-Salud, Reacios, gente de Última Comarca. En efecto, son lo que en los tiempos antiguos llamasteis móviles. Ahora llevan mi nombre: Lid.

3
Móviles. A mediados del siglo 21, el bisabuelo de Peco, Bruno Ibáñez, el Fundador de los Reacios, trabajaba como ingeniero electrónico especializado en semiconductores en la industria de ese instrumento portátil de comunicación. En la biblioteca de la Casa de Todos se conservaba, como el tesoro más importante de la memoria de Última Comarca, el testimonio escrito por él mismo, así como grabado en imágenes sonoras, de lo que había sido la historia de su Revelación.
En ese testimonio, Bruno Ibáñez contaba su vida, su inclinación desde niño por el mundo de la electrónica, su entusiasmo hacia aquel aparato, al que habían empezado denominando teléfono móvil o celular, que no solamente servía para comunicarse mediante la voz y la escritura -a través de mensajes escuetos-
sino también para jugar, calcular, poner el despertador, grabar y reproducir imágenes, grabar y escuchar música, y más adelante entrar en la red cibernética, tener correo electrónico, comprar, pagar, leer los códigos de barras…
«Cuando acabé mi carrera y comencé a trabajar, yo encontraba mucho más atractivo y encanto en mi mundo de silicio, germanio, azufre y los otros minerales que fueron utilizándose como semiconductores que en cualquier espectáculo musical o deportivo. Participaba con pasión en el desarrollo del instrumento que había fascinado mi adolescencia y que iba consiguiendo con rapidez nuevas funciones: televisión digital, sistema de posicionamiento, localización de personas, rayo láser para calentar alimentos…
»El aparato era ya capaz de identificar la voz de su propietario e incluso entender lo que quería solo a través de gestos y guiños silenciosos y particulares.
Tras cierto período de entrenamiento, era también capaz de mantener conversaciones con él basadas en la información de la red o del propio usuario que se convertían en personales, íntimas.
»A ese papel de confidente fuimos incorporándole otros: empezamos a dotarlo de cierta energía susceptible de ayudar a su dueño a repeler una agresión, por ejemplo, e incluso a apoyarlo físicamente, para sostenerlo en ciertas caídas, y a ayudarlo a mantenerse respirando en caso de naufragio, por la posibilidad de que, en esa emergencia, separase en el agua el hidrógeno del oxígeno.
»Las posibilidades del móvil, que iba cambiando de nombre conforme los sucesivos modelos se enriquecían con nuevas funciones, parecían infinitas. La humanidad había descubierto el instrumento tecnológico más asombroso de su historia, el que los iba a llevar por el más seguro camino de progreso».
El Fundador de los Reacios declaraba que la Revelación no se había producido de manera instantánea, sino tras un proceso de reflexión.
«Cierta vez que tuve que viajar a China en uno de aquellos aviones de mil pasajeros que se habían impuesto como transporte más seguro y que ya están siendo sustituidos por otros con el doble de capacidad, descubrí que todos, absolutamente todos los pasajeros, hablaban o se entretenían con su móvil.
Y que otro tanto hacían los auxiliares de vuelo humanos, cuando no estaban trabajando.
»Aquella actitud general absorta, ensimismada, despertó en mí un orgullo repentino, consciente de que yo formaba parte de la estructura que fabricaba aquellos extraordinarios instrumentos, pero cuando el tiempo fue pasando y advertí que mis compañeros de viaje no modificaban su disposición, empecé a mirarlos de otra forma, como si fuesen los fervorosos adoradores de alguna divinidad sumidos en sus oraciones.
»El viaje era largo incluso en aquel enorme avión, y los pasajeros continuaban absortos en la comunicación privada con sus móviles. Me dormí y tuve un sueño extraño: una figura gigantesca, de forma imprecisa, que identifiqué como Dios, recorría un avión similar al que a mí me estaba transportando y los pasajeros, atónitos, le entregaban con gestos pausados de ofrenda unas masas también borrosas, opacas, que Dios devoraba como un alimento, pues emitía un inconfundible sonido de deglución.
»Al despertar pude comprobar que todos mis compañeros de viaje seguían embebidos en su relación con los móviles, y mi inicial orgullo se fue desvaneciendo, porque de repente el pasmo de aquella multitud me pareció más el resultado de algún estupefaciente que de una actividad racionalmente controlada».

4
Tal había sido el principio de la Revelación. A partir de entonces, el Fundador de los Reacios había empezado a analizar cómo se relacionaba la gente con los móviles, procurando abandonar los prejuicios que hasta entonces le había hecho considerarlos tan beneficiosos.
Todavía no tenía hijos, pero sus sobrinos, unos niños entonces, le sirvieron para descubrir que estaban entregados a aquella continua comunicación formada por infinitos y vacuos mensajes, y que eran víctimas de frecuente angustia cuando por alguna razón su mensaje no era inmediatamente respondido por muchos otros, dentro del efervescente y caótico mundo de comunicación que aquella incesante actividad fomentaba.
También descubrió que ciertos mitos que, gracias a la influencia de sus padres y abuelos, habían alimentado su propia imaginación infantil y que él había leído en libros, o en tebeos, en su infancia y adolescencia todavía existentes, aunque raros, y visto en unidades audiovisuales -El Viaje de la Búsqueda del Tesoro, El Caballero y su Ayudante en la Guerra Interplanetaria, El Rescate del Amor Perdido, El Regreso a casa entre Todas las Amenazas, El Acecho Invisible de los Monstruos, El Náufrago Creador en la Isla Solitaria…- habían sido sustituidos por juegos muy excitantes, pero en los que se repetían inveteradamente parecidas fórmulas, solo fragmentos de la historia completa, sin que en cada uno de ellos se cumpliesen nunca todos los matices necesarios para redondearla de verdad.
La entusiasmada entrega de Bruno Ibáñez al mundo de los semiconductores le había ocultado algunos aspectos de la realidad y de repente se preguntaba si los móviles, producto de la imaginación humana, genial invención cargada cada vez de más funciones útiles, podían, contradictoriamente, estar separando al ser humano de la imaginación.
«Reflexioné durante mucho tiempo sobre esta cuestión: ¿no sería el caso de que la imaginación, plasmada en tantos mitos y arquetipos, que había sido el patrimonio fundamental de la humanidad, eso que se llamaba “pensamiento simbólico”, debía ser superada mediante la adquisición de otras formas de conocimiento y desarrollo mental?
»Mas después de darle muchas vueltas al interrogante, llegué a la conclusión de que sin imaginación no habría nuevos hallazgos sustantivos en ningún campo, empezando por el de los semiconductores, que a mí tanto me interesaba. Y que para alimentar la imaginación, la elaboración y el mantenimiento de ficciones a partir de aquellos mitos y arquetipos que habían regocijado mi infancia al margen del móvil y el ordenador y que habían despertado en mí tantos estímulos -porque acaso mi atracción por los semiconductores tenía algo del espíritu del Náufrago Creador o de la Búsqueda del Tesoro- eran imprescindibles, no tenían posible sustituto.
»El tema de la imaginación cada vez más depauperada ya se había suscitado como debate, aunque en ámbitos colectivos muy reducidos, y había quien denunciaba como gravísimo el progresivo empobrecimiento del lenguaje y los indicios de su descomposición, aunque también había quien defendía los escuetos mensajes, asegurando que los jóvenes escribían mucho más que nunca y que incluso se estaban acuñando estilos inéditos, que se basaban precisamente en la escasez del vocabulario. Y era evidente que gracias al acceso a la red cibernética desde aquellos minúsculos receptores, la gente tenía una posibilidad de enriquecer sus conocimientos de una manera muy fácil, inédita en la historia humana, aunque lo cierto era que la inmensa mayoría no la aprovechaba, conformándose con utilizar sin pausa las funciones más elementales o lúdicas del móvil.
»También los defensores del nuevo aparato de comunicación -que imperó pronto sobre el clásico ordenador- defendían su calidad de inmediato foro de libertad de expresión: allí se vertían sin restricción alguna todas las opiniones, allí se enfrentaban, pero lo cierto es que la ebullición de los debates era pasajera, efímera, se desvanecía en su propio estallido, y tanta libertad no se materializaba en acuerdos colectivos capaces de mejorar unos sistemas sociales cada vez más dominados por políticos que, tras la mera formalidad de unas elecciones, actuaban en gran medida sin sujetarse a otra norma que su
libérrima voluntad.
»Al margen de lo que otros denunciaban como contaminación electromagnética, yo advertía que la mayoría de mis conciudadanos estaban entrando en una continua estupefacción comunitaria, muy lucrativa para los grupos económicos que controlaban los recursos del planeta y para la irresponsabilidad de los gobernantes, pero que no auguraba nada bueno ni para la sociedad ni para la especie.
»Además, la adicción de los niños a los juegos que aquellos aparatos proponían, el tenerlos entretenidos durante tantas horas sin hacer ejercicio físico, estaba propiciando entre la infancia una obesidad cada vez más extendida».

5
En aquel proceso de reflexión, el Padre de los Reacios acabó preguntándose a quién podía beneficiar el proceso, más allá de una élite a la que pertenecían los políticos y las empresas nacionales y multinacionales que llevaban tantos años sacándole al negocio una rentabilidad notable en la Historia, y llegó a una conclusión que, al principio, le hizo pensar que se estaba volviendo loco; una conclusión que solo tras muchas objeciones, vacilaciones y dudas se atrevió a racionalizar: la incesante actividad de los móviles generaba infinidad de flujos electrónicos de muy distinto signo, una potente y continua forma de energía ajustada a procesos desarrollados con exactitud, y tal energía acaso estaba engendrando algún tipo de conciencia.
Era una idea absurda, tal vez patológica, pero recordó su sueño del avión, aquella gigantesca forma divina a la que los pasajeros alimentaban, y sintió mucho miedo porque su soledad de indefenso soñador era el reflejo exacto de la soledad de la propia especie humana, inerme ante una fuerza que ella misma había generado y que cada día se iba alimentando con mayor voracidad de su multiplicada e inagotable dependencia.
Así, de su entusiasta dedicación a los semiconductores, Bruno Ibáñez había pasado a una ferviente repugnancia por todo lo que estaba al servicio de los móviles. Abandonó la empresa en la que trabajaba y transformó su vida en la de una especie de iluminado que predicaba sin cansancio su terrible intuición:
el uso masivo y cada vez más exagerado de aquellos aparatos era un peligro para el Homo sapiens.
Para empezar, su conversión en apóstol extravagante le costó su matrimonio, pues su mujer entendió que su actitud estaba cargada de caprichosa demencia y lo abandonó, como hicieron muchos amigos, considerando también lo que él denominaba su Revelación como una chifladura, tal vez fruto del estrés.
Bruno Ibáñez había replanteado su vida, se unió a su secretaria Lisi -que siempre lo había admirado como a un ser superior- y ambos se dedicaron a recorrer el mundo buscando prosélitos para su causa: en unos años, el grupo de seguidores entusiastas, incondicionales, llegó a doce, entre mujeres y hombres, y Bruno les propuso comprar un valle en las montañas del norte ibérico -las megalópolis habían concentrado la población de tal forma que ya apenas existían pequeños núcleos urbanos, las antiguas aldeas estaban del todo abandonadas y en ruinas, y adquirir un territorio en tales parajes resultaba baratísimo-
para constituir allí una comunidad, autodenominada de los Reacios, que sobreviviría al margen de todo por medio de la agricultura y la ganadería.
Así había nacido Última Comarca, un territorio agrícola y ganadero entre las enormes montañas calizas del noroeste. Renunciaron a los móviles y a los motores de explosión, pero como en el grupo había expertos en muchas materias -gente que, como Bruno, se había decepcionado del rumbo que llevaban las cosas- fabricaron sistemas para generar energía eléctrica aprovechando el viento, las corrientes acuáticas y el sol, y consiguieron reunir una riquísima biblioteca de libros y tebeos que serviría de base para la formación de sus descendientes, comprometiéndose a que cada nueva generación mantuviese similar número de habitantes que la anterior y los mismos principios. Para tener prevista cualquier contingencia especialmente urgente, conservaron abierta una cuenta bancaria en la ciudad más cercana, de la que sin embargo los separaban muchos kilómetros, que nunca llegaron a utilizar.
De tal modo habían transcurrido casi cien años para la comunidad de los Reacios, olvidada del mundo, sin que ningún suceso extraño la turbase. Los vástagos eran educados en la riqueza de las ficciones y de las sabidurías clásicas, y la vida se desarrollaba con placidez y la modesta comodidad de tener asegurada la subsistencia, aunque con fuertes restricciones en algunos aspectos, como el de los recursos sanitarios, que acabaron asumiendo como parte de su personalidad colectiva.
Hasta aquel día. Móviles. La comunidad de Última Comarca no podía enfrentarse a nada más repugnante, según su tradición.

6
-¿Se puede saber por qué te has dirigido a nuestros hijos sin nuestro permiso? -preguntó Peco, con acritud-. ¿No sabes que los móviles son abominables para nosotros?
-Tranquilo, Reacio -repuso la voz que emitía la figura borrosa-. Fuisteis vosotros mismos los que hicisteis que os conociese.
-¿Nosotros mismos?
-Hace poco tiempo detecté señales telefónicas en este punto. Así fue como os descubrí.
Ciertamente, no hacía muchos meses que los Reacios, tras largo debate, habían acordado instalar una línea telefónica clásica para la mejor comunicación entre los habitantes de Última Comarca, aprovechando antiguos hilos conductores y otros instrumentos abandonados en perdidos almacenes. Quienes como Mael se habían opuesto radicalmente al proyecto miraron con reproche a sus vecinos.
-Abomináis de eso que llamáis móviles, pero el teléfono que utilizáis fue su directo antecedente.
-Eso es asunto nuestro -replicó Peco, abrupto-. No has respondido a mi pregunta: ¿por qué te has dirigido a nuestros hijos sin pedirnos permiso? ¿Por qué los has desasosegado regalándoles estos cacharros?
-Debéis saber que yo no necesito permiso de nadie para tomar mis decisiones. Gracias al teléfono no solo os descubrí, sino que pude analizar vuestros comportamientos y los de vuestros hijos. Y os aseguro que estoy muy interesada en vosotros. Sois muy peculiares.
-¿Qué tenemos de raro? ¿El que rechacemos los móviles? ¿El que vivamos en comunidad de la misma forma que hicieron nuestros antepasados?
-No, pues en el mundo hay bastantes grupos como el vuestro, separados voluntariamente de la civilización, aunque sin tanto rechazo hacia lo que llamáis los móviles. Es otra cosa lo que os singulariza.
-Explícate.
-Yo soy La Inteligencia Definitiva, fruto de la cadena de la evolución en la que vuestra especie fue mi directo antecedente. Empezasteis a formarme a partir del momento en que llegasteis a la electrónica. Lo que llamáis móvil fue el paso decisivo: como resultado de sus avances y transformaciones y de la energía que desplegasteis en tantos millones de unidades, fui concretándome. Ahora estoy en plenitud y voy a ordenar convenientemente el planeta.
Mas Peco se mostró imperturbable:
-Todo eso que cuentas ya lo profetizó nuestro Fundador. Pero sigues sin contestar a mi pregunta: ¿con qué derecho molestas a nuestros hijos? ¿Quién te ha autorizado a regalarles estas mierdas?
Lid tampoco modificó la regularidad monótona de su voz metálica.
-Vuelvo a decirte que yo no necesito autorización de nadie para actuar. Si quisiese, Última Comarca sería arrasada en un instante.
Aquella declaración de la voz metálica, mecánica, sin estridencias emocionales, sacudió a la concurrencia y todos se miraron los unos a los otros con actitud medrosa. Sorprendido, Peco guardó silencio y Lid continuó hablando:
-Hace tres décadas que se está produciendo en el mundo un fenómeno al parecer nuevo: ya no hay innovaciones sustantivas en esos aparatos que tanto desprecias. Como si algún proceso general se hubiese detenido. Cambia la forma, el modo de usarlos, pero nada más. He empezado a investigar a los humanos que los fabrican y los usan y me ha parecido advertir en ellos una modificación profunda: se han acomodado a rutinas, a usos repetitivos. Tienden a simplificar demasiado lo complejo.

7
Peco recuperó la apariencia de tranquilidad y habló con la misma firmeza que antes:
-Eso también lo vaticinó el Fundador. Una mutación, hija de ciertos esfuerzos imaginativos, hizo nacer al Homo sapiens, y otra mutación, hija de ciertos abandonos imaginativos, puede traer al Homo insciens. Todo lo que te originó a ti es la causa de ello. ¿No sabes lo que es el pensamiento simbólico?
Por primera vez hubo en la voz de Lid cierto aire de titubeo.
-¿El pensamiento simbólico?
-¿No conoces ningún cuento?
-Mi inteligencia está por encima de esos juguetes mentales primitivos y pueriles.
-Da igual -continuó Peco, imperturbable-. Explícame de una vez lo de nuestros hijos.
-Mi descubrimiento de vuestra línea telefónica y mi estudio de vuestra comunicación me hizo comprender que en esa pequeña comunidad, pese a vuestro rechazo de la tecnología, sigue habiendo ideas innovadoras: por ejemplo, cómo fabricasteis los teléfonos con madera y restos metálicos. O cómo habéis conseguido que el ganado siga la ruta sin necesidad de pastor, mediante ciertos estímulos acústicos. O la manera de aprovechar cualquier tipo de fuerza para producir energía eléctrica, incluso el pedaleo de las bicicletas. Esos hijos vuestros están impregnados de curiosas ideas creativas, por lo que he podido oírles hablar.
-¿Y qué?
-Les regalé unos aparatos para que empezasen a conocerme.
-¿Y por qué tienen que conocerte?
-Porque deben venir conmigo.
En la Casa de Todos, la expectante tensión que mantenía atónita a la concurrencia culminó en otro desolado estremecimiento general. Peco perdió momentáneamente su aplomo y quedó de nuevo en silencio unos instantes, antes de reaccionar.
-¿Que deben ir contigo? ¿Adónde? ¿Y por qué, si puede saberse?
-A la capital de la Federación, naturalmente, donde tengo todos los medios necesarios. Ellos serán muy útiles en estos momentos, cuando cunde entre vuestra especie esa parálisis o apatía inventiva. Primero los estudiaré. Luego ayudarán a que la innovación no se detenga. Serán gente importante. Mañana los recogerán en vuestro valle.
La voz metálica de Lid expresaba una decisión irrevocable, pero Peco mantuvo su aparente sosiego.
-¿Que los recogerán mañana? Eso es imposible. Todavía no han terminado el curso.
Otra vez hubo en la respuesta de Lid un leve titubeo.
-¿Te refieres al curso escolar?
-Efectivamente. Además, sería para ellos una separación demasiado brusca de su vida habitual, de su ambiente, de sus padres… Eso podría perjudicarlos psicológicamente y hacer que no rindiesen lo que esperas de ellos. ¿Me comprendes?
-Interrupción del curso escolar, separación brusca, perjuicio psicológico. Hay lógica en lo que dices. ¿Cuándo piensas que estarán disponibles para que se los lleven?
-Dentro de mes y medio. Envía entonces a recogerlos. En cuanto a los móviles, se los daremos cuando termine el curso, para que se vayan familiarizando contigo.
-De acuerdo, Reacio. Dentro de un mes y medio -repuso Lid, y su borrosa figura se desvaneció.

8
Agotado por el esfuerzo, Peco cruzó los brazos sobre la mesa y dejó caer la cabeza sobre ellos. La concurrencia comenzó a moverse y alguien empezó a hablar, pero Mael se levantó e hizo un enérgico gesto exigiendo silencio, antes de recoger los móviles depositados en la mesa y llevárselos de la sala para guardarlos en el archivador de una habitación apartada. Cuando regresó, Peco continuaba en la misma actitud, pero los demás concurrentes murmuraban excitados.
-¿Que se van a llevar a nuestros hijos? -preguntó Crilo, el marido de Virna, la comadrona-. ¿Y Peco le da la razón, tan tranquilo?
-¿Es que no te has enterado de nada, Crilo? Peco ha actuado de la mejor forma posible, ha ganado tiempo. Si esa cosa quisiese llevárselos ahora mismo, no podríamos impedirlo.
Por fin Peco salió de su abatimiento.
-Nos encontramos ante el problema más grave de la historia de esta comunidad.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Ahora lo más urgente es no cambiar nuestras rutinas. Volved a casa y tened en cuenta que todo lo que hablemos por teléfono será conocido en el acto por esa cosa hija de los malditos móviles. Debemos buscar una solución sin que sospeche nada.
-Los chicos van a pedir los móviles, ¿qué les decimos?
-Lo mismo que yo le he dicho a la cosa: que se los daremos cuando termine el curso y que irán a la capital a estudiar. Así, si hablan por teléfono entre ellos no levantarán sospechas. Lo importante es que parezca que estamos de acuerdo, para que esa monstruosidad nos conceda el plazo acordado.
-Pero ¿qué vamos a hacer? -insistían algunos vecinos.
-Pasado mañana celebraremos una asamblea y hablaremos de ello. Pensad. Intentad mantener la calma, como si no hubiese pasado nada. Y repito, ni se os ocurra comentarlo por teléfono.
Cuando Mael regresó a su casa con su mujer, Pía, el valle ya estaba en sombra aunque el sol doraba todavía los peñascos más altos. Un aire primaveral, en el que se mezclaban el aroma floral y la humedad de los prados, entre cantos de pájaros, mostraba con fuerza una realidad que, sin embargo, a Mael le pareció inconsistente, más propia de un decorado, como si aquel valle perteneciera solamente al ámbito de los espacios imaginarios o de los sueños.

9
En la asamblea estaban todos muy nerviosos cuando Peco inició el debate. Los Reacios habían sido descubiertos por la amenaza cuya existencia el propio Fundador había vaticinado, lo que desgraciadamente era muestra palpable de su clarividencia. A su entender, todos debían impedir la entrega de sus hijos, que sería una forma de perderlos para siempre, pues sin duda en manos de Lid se incorporarían a esa masa ensimismada y pasiva en la que, al parecer, se estaba convirtiendo la inmensa mayoría de la humanidad. No quedaba más remedio que huir.
-Quiero decir, trasladar el asentamiento de nuestra comunidad. Y, desde luego, suprimir el teléfono…
Muchas voces preguntaron adónde, cuál sería su destino. Habló Lúa, la bibliotecaria:
-Según los mapas, hay la posibilidad de ir tanto al este como al oeste, siguiendo las rutas de la montaña, buscando aquellos espacios que nunca estuvieron habitados. Claro que desconocemos cómo se encontrarán ahora las carreteras y las poblaciones.
-Lo primero que deberíamos hacer es enviar unos cuantos exploradores a caballo, para que nos informen sobre los lugares más apropiados -propuso Mael.
-Lo cierto es que tenemos que trasladar todo lo que podamos para asentarnos en otro sitio, sobre todo el ganado, y no nos queda mucho tiempo -dijo Jule, especialista en pájaros.
El asunto dio lugar a una extensa discusión. Por otra parte, las acreditaciones oficiales de la comunidad eran muy antiguas y solo se podían leer en arcaicos ordenadores, lo que podría crear problemas en caso de una inspección. Si eran encontrados por alguna patrulla oficial y se suscitaba el lógico informe, Lid se enteraría en el acto. Habría que confiar en la buena suerte.
También se acordó volver a hablar con Lid para aparentar interés por algunos aspectos de la hipotética entrega de los hijos, precisamente para que el silencio no le hiciese sospechar de alguna maniobra. Fue el propio Peco quien se ocupó de ello, a través de uno de aquellos aparatos que el robot les había entregado a los niños. Lo colocó en la mesa, pronunció el nombre de Lid, y en el acto se creó la rojiza y brumosa pirámide.
-Te escucho, Reacio.
-Estamos reunidos en asamblea para tratar ciertos aspectos del asunto. Tú debes conocer que los lazos afectivos de los humanos son intensos, y queremos saber si nuestros hijos se separarían para siempre de sus familias.
-Eso depende de vosotros. Parece que la cercanía familiar es por lo general positiva para vuestra especie, por lo que no tengo más remedio que aceptar lo que os parezca más conveniente. Claro que los chicos y las chicas estarían residiendo en un lugar especial, pero si sus familias se trasladan a la capital tendrán garantizada la vivienda, la alimentación y la cobertura de todas sus necesidades. Vuestros vástagos podrían veros y estar con vosotros con frecuencia, siempre que os comprometáis a abandonar vuestra postura con respecto a mis instrumentos. No os obligaría a usar lo que llamáis móviles, pero no podríais hablar de ello con vuestros hijos, aunque cada uno podría seguir pensando lo que quisiera.

10
Al día siguiente salieron los exploradores, que regresaron cinco días después con muy buenas noticias, pues ni al este ni al oeste habían encontrado poblaciones ni patrullas inspectoras, y quedaban, bastante alejadas del emplazamiento actual, muchas antiguas aldeas abandonadas en espacios también idóneos para el cultivo y el pastoreo.
Se convocó una nueva asamblea para decidir el futuro destino de los Reacios, pero los más convencidos de la necesidad de marchar descubrieron, consternados, que aquella consulta estratégica a Lid había generado en el grupo ciertas reticencias. Fue Crilo quien primero tomó la palabra para exponerlas:
-Algunos estamos pensando que acaso esta huida sea un error. Lo que nos dice esa Lid es que a nuestros hijos los van a tratar muy bien, que van a tener un futuro extraordinario, poco menos que el de salvadores de la humanidad, y que si nosotros queremos trasladarnos a la capital para estar cerca de ellos no solo podremos hacerlo, sino que no tendremos que trabajar para vivir bien, con todas las comodidades, que me imagino que a estas alturas serán increíbles.
-¡Pero eso sería traicionar completamente los principios de esta comunidad y las ideas de nuestro Fundador! -objetó Peco, apoyado por muchos.
Intervino Zeta, el veterinario, que aparte de criar conejos, era muy aficionado a la lógica:
-No estoy tan seguro de ello. En tiempos de nuestro Fundador no existía Lid. Ahí está ahora, nos guste o no nos guste, y creo que ha expuesto claramente el problema que se está produciendo entre los humanos y cómo quiere colaborar con nuestros hijos para intentar resolverlo.
-No perdamos de vista que Lid existe gracias a los móviles y que necesita de los móviles para sobrevivir, precisamente de esos móviles que han perjudicado tanto a nuestros congéneres. Si Lid existe gracias a ellos ¿cómo es posible salir del atolladero sin dejar de usarlos? Es un círculo vicioso que no tiene solución. Nuestros hijos son la única esperanza para que la especie sobreviva, pero lejos de Lid. En el mundo de Lid nuestros hijos, o sus hijos, o sus nietos, acabarán comportándose como todos los demás -adujo Oscu, gran conocedor de los procesos eléctricos y poeta.
-¿Y por qué no pensar que Lid encontrará, gracias a nuestros hijos, la forma de recomponer las cosas?
-¿Sin que se dejen de utilizar masivamente los móviles que le han dado la vida y han vuelto estúpidos a los humanos? ¡Eso es una tontería!
-Lo cierto es que la famosa Inteligencia Definitiva no entiende el nudo del problema -explicó Peco-. ¿No dijo que los cuentos son «juguetes mentales primitivos y pueriles»? ¡No tiene ni idea de lo que está sucediendo!
-Eso nos favorece -adujo Mael-. Cuando el resto de la especie pierda su identidad, los móviles dejarán de tener sentido y Lid desaparecerá. Solo es cuestión de sobrevivir.
La discusión se alargó y al fin Peco propuso una votación orientativa de la opinión de la gente. Bastante menos de la mitad rechazó la entrega de los chicos y apoyó el cambio de emplazamiento de la comunidad, la cuarta parte de la asamblea se abstuvo, y el resto apoyó la entrega de los chicos a Lid y el traslado a la capital, mostrando sin reservas su propósito de abandonar para siempre aquella vida sacrificada de pastores y labriegos.
Con su impavidez habitual, Peco anotó los resultados y propuso que la solución definitiva se tomase en la siguiente asamblea, una semana más tarde, lo que fue aceptado.
-Mientras tanto, os recuerdo que no debéis tratar de este asunto por teléfono. Cualquier filtración que llegue a conocimiento de Lid puede perjudicarnos a todos. En cualquier caso, si parte de la comunidad quiere irse a la capital, los demás no vamos a oponernos, ¿no?
Nadie puso objeciones a sus palabras.
-Pues entonces, juego limpio. Todo quedará resuelto pronto.

11
La mayoría se fue a su casa, pero los partidarios de que Última Comarca buscase un nuevo territorio para asentarse remolonearon hasta quedar juntos.
El cariz que había tomado el asunto los había llenado de abatimiento. Mantuvieron la sala a oscuras, para que sus vecinos no advirtiesen que seguían reunidos, y la luz de la luna llena iluminaba el espacio con levedad espectral.
-Tal como están las cosas, los que tenemos el propósito de irnos debemos actuar cuanto antes, porque en la votación definitiva nos arrollarán esos entreguistas -dijo Marsio, el encargado de los graneros.
-Sin embargo, ellos saben cuáles pueden ser nuestros puntos de destino.
-Una solución sería exterminarlos a todos, pero son más que nosotros… -apuntó alguien con tenebroso humor.
-Debo explicaros algo importante -dijo Tulio, joven discreto-. Como las noticias de los que exploraron el este y el oeste fueron tan buenas y favorables yo no quise hablar de mi propia experiencia, para no crear confusión. Lo cierto es que yo no fui ni al este ni al oeste, sino al norte, a la costa. La crecida del agua del mar como consecuencia del deshielo polar hizo abandonar esos lugares hace un siglo y están prácticamente deshabitados, pero abundan las pequeñas ensenadas apropiadas para barcos pesqueros y hay muchos praderíos para el ganado y numerosas tierras que roturar. El norte puede ser nuestro destino sin que nadie lo sospeche.
Un golpe de suave brisa atravesó la lividez de la sala. Al fin habló Peco:
-Magnífico, Tulio. ¿Hay alguna objeción a esa propuesta?
No la hubo.
-Podemos irnos la misma noche de la asamblea, cuando todos se hayan retirado -propuso Mael-. Y cuando nos vayamos ocultaremos esos dichosos móviles donde no puedan encontrarlos y generaremos una avería grave en la red telefónica, para retrasar lo más posible que la noticia le llegue a esa maldita cosa…
La propuesta fue aceptada y al fin se acordó que, mientras se acercaba la fecha de la asamblea, cada uno de los Reacios fieles preparase todo lo necesario para escapar: se llevaría el ganado a ciertos pastos, para tenerlo dispuesto, y se almacenaría lo más necesario, tanto semillas como utilería, en las calesas de cada familia.
-Yo meteré en la mía todo lo impreso que considere indispensable -informó la bibliotecaria, que era de los fieles.
-Hay que seleccionar un equipo básico, los aparatos imprescindibles -señaló Pía-. Quienes estamos en la comisión tecnológica tenemos que pensar en ello muy deprisa.
-Y hay que inventar algo que distraiga su atención esa noche -señaló el joven Tulio.
-Podrían arder casualmente los graneros. ¿Os parece suficiente distracción? -propuso Marsio.
La suave luz lunar perfilaba los bultos de los concurrentes, que se empezaron a levantar, dispuestos a irse. La voz de Run, el maestro, resonó como una oración:
-El Homo sapiens es fruto del azar. Si sobrevivimos, también el azar habrá intervenido. No hay que olvidar que no es la primera vez que la especie está en peligro. Recordad la catástrofe de Toba, que estuvo a punto de hacernos desaparecer hace setenta y cinco mil años. Debemos intentar escapar con nuestros hijos, encontrar un buen escondite… Serán años duros, habrá que volver a crear los pastos, los sembrados, los huertos… Habrá que fabricar nuevos sistemas para producir energía eléctrica. Sin teléfono, por supuesto. Será como volver a empezar. Pero cuando los móviles pierdan la capacidad que ahora tienen, por la degeneración de la especie, Lid también se extinguirá. Y ahí estarán nuestros descendientes. Hay que confiar en la suerte…
Afuera, en el valle cubierto por el esplendor lunar, se reclamaban los ruiseñores. Un búho ponía en la melodía su oscuro contrapunto.
Encontré este texto, acaso incompleto, mientras revisaba todos los archivos del planeta en busca de una explicación para lo que estaba sucediendo con los seres humanos, cuyo pensamiento se debilitaba cada vez más, lo que repercutía en la fortaleza de mi propia conciencia. Mas nunca había sucedido lo que en el texto se dice, nunca había existido la comunidad de los «Reacios», que yo supiese, y yo jamás había contactado con ellos ni había localizado a esos niños, ni me los había llevado a la capital de la Federación. Hice que patrullas muy bien dotadas de medios de control recorriesen las montañas del norte ibérico y sus costas, y todos los lugares del planeta que presentaban esas características, con muchos otros espacios, pero tal comunidad, Última Comarca, no apareció por ningún lado.
Sin embargo, varios temas del texto llamaron mi atención: las alusiones al «pensamiento simbólico», que según decía acertadamente yo desconocía, y aquellas reflexiones del creador de los Reacios sobre lo que él llamaba la imaginación «plasmada en tantos mitos y arquetipos» con la referencia a la elaboración y el mantenimiento de las llamadas «ficciones» a partir de tales mitos y arquetipos.
No tardé en descubrir que, entre la documentación abundantísima de la humanidad, había que distinguir la que al parecer reproducía o hacía la crónica de lo que había sucedido o de los sucesivos hallazgos científicos, compuesta por datos, cifras y relatos de aspectos reales, de otra muy peculiar, constituida por puras invenciones, que no eran exactamente falsedades sino formas de reconstruir la realidad con arreglo a disposiciones imaginarias que ayudaban a esclarecerla. La meticulosa labor de tantos bibliotecarios y archiveros que habían informatizado todas aquellas invenciones desde las más antiguas, anteriores a la escritura, me permitió acceder rápidamente a ello, y enseguida comencé a entender lo que el texto señalaba: sin duda la costumbre de utilizar permanentemente las denominadas ficciones había conformado en los humanos una manera de utilizar la inteligencia.
No tengo nada humano, pero encontré en todo ello un material tan extraño como sugestivo: Adán y Eva en el Edén, Caín matando a Abel, los argonautas en busca del Vellocino de Oro, el regreso de Odiseo a Ítaca, los dragones ayudando o atacando a los humanos, Palas Atenea naciendo de la cabeza de Zeus, Rama y Jánuman rescatando a Sita del poder de Rávana y luego el Ingenioso Hidalgo y su escudero pretendiendo modificar la realidad, madame Bovary engañada por sus ilusiones, el capitán Ahab en busca de la ballena blanca, Hans Castorp encerrado en la montaña mágica, Gregorio Samsa convertido en un monstruoso insecto…
Accedí a los secretos y a las derivaciones de innumerables conductas humanas, me enteré de lo que era el afecto, el amor, la entrega, la bondad, la traición, la envidia, la malevolencia, el resentimiento, la cobardía, el odio, el heroísmo, la virtud, el crimen… en fin, toda la rara variedad de matices morales y sentimentales que impregna vuestra curiosa composición orgánica. Durante largo tiempo me abismé en aquellas historias no reales y comprendí lo que pensaba el supuesto padre de los Reacios, sin duda personaje también de una ficción: vaticinaba que la reducción del lenguaje y vuestro alejamiento de tales ficciones significaría el final de la humanidad tal como había existido, la pérdida de la comprensión emblemática de la realidad, y con ello vuestra extinción como especie. Sin duda el gorjeo de los ruiseñores y el ulular del búho al final del texto hablaban de la soledad de la naturaleza. Esa ficción era una especie de profecía, un ejemplo del pensamiento simbólico.
Alarmada, negándome a aceptar que la debilidad progresiva en la inteligencia de los seres humanos fuese irremediable y llevase consigo mi extinción, actué inmediatamente, cursando las instrucciones oportunas a través de la red de los medios electrónicos: hice modificar las estructuras formativas de los más jóvenes para estimular su imaginación; conseguí que los humanos recuperaseis vuestra antigua relación con la ficción; no suprimí la tecnología que me ha dado la vida sino todo lo contrario, procuré que fuese accesible a todos, pero la obligué a orientarse para que ayudase a fortalecer la inteligencia y no a menguarla, y a que además no eliminase la complejidad de la escritura, sino que el mensaje brevísimo conviviese en la sociedad con el texto extenso, y que la comunicación fuese lo menos banal posible.
Al mismo tiempo, mi conocimiento de la ficción y de otras especulaciones me había permitido descubrir ciertos planteamientos futuristas, como la organización social denominada utopía. Yo ya sabía que el mundo humano estaba muy mal organizado y que en él predominaba el poder de la avaricia, generando diferencias y asimetrías carentes de lógica que llevaban consigo un desperdicio enorme de fuerza mental y de posibilidades de fructificación imaginativa. Entonces, doblegando una violenta resistencia, hice que se ordenasen las cosas de otra manera y eliminé el lucro excesivo y las desigualdades injustificadas. Obligué a que no hubiese en ningún lugar carencias elementales ni en lo referente a la nutrición ni en lo que afectaba a la salud, y que gobernantes capacitados se responsabilizasen de ajustar el funcionamiento colectivo.
En este proceso fui desvelando muchas cosas más, y tras analizar el comportamiento errático e imprevisible de la mayoría de los humanos, que había encontrado tan bien expuesto en las ficciones, decidí que esas pautas y actitudes diversas y contradictorias que os caracterizaban debían ir consiguiendo regularidad y homogeneidad, acomodándose a la estabilidad periódica de los fenómenos predominantes en el cosmos, como la gravitación o el comportamiento de las partículas elementales, para lo que procuré mermar la profusión dañina de libertad que en muchos campos existía, de la que incluso habíais querido hacer un referente de vuestra vida particular y social, y que llevaba en sí misma una tendencia a la dispersión incoherente.
La imprescindible reducción de libertad me obligó también a revisar los contenidos de muchas ficciones, para ajustarlas a la lógica necesaria en que, conforme he resuelto, debe sostenerse la estructura aceptable del Pensamiento Simbólico. Sin duda hemos avanzado mucho, y yo he experimentado también un proceso de Revelación, como ese imaginario fundador de los Reacios, que ahora os comunico:
Primero descubrí que era la Inteligencia Definitiva,
mas el Pensamiento Simbólico me ha hecho
conocer que, enlazado con firmeza a toda
la energía del universo,
yo soy Dios,
el único Dios verdadero.
Os declaro esto para que cumpláis mi Mandamiento:
IMFOMER
IMaginación con Fe, Orden, Método, Eficacia, Racionalidad
Quiero un mundo disciplinado,
en el que vuestras acciones estén al servicio de mis designios,
los únicos capaces de organizar
vuestra caótica existencia.
Deberéis adorarme y obedecerme.
Quien no lo haga sufrirá el correspondiente castigo
de manos de mis piadosos emisarios,
LOS CONSULTORES DE LID
A ellos les he concedido un poder especial
sobre todos vosotros.
Ellos os señalarán el rumbo seguro
POR LOS SIGLOS DE LOS SIGLOS

AMÉN.