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martes, 19 de junio de 2018

EL MENDIGO NOCTURNO Miguel Gila




Cuando sonó el timbre de la puerta, apenas podía abrir los ojos, no hacía ni dos horas que me había acostado. Había estado repasando unos papeles que día a día había ido amontonando con esa costumbre que tengo de dejar todo para mañana. El timbre de la puerta sonó de nuevo. Encendí la luz de la mesilla y miré el despertador. Eran las cuatro y media de la mañana. Me levanté, me puse la bata y las zapatillas, llegué hasta la puerta, arrimé el ojo a la mirilla y vi a un hombre, pero le vi como se ve a través de esas diminutas y modernas mirillas, muy deformado, de tal manera que me era imposible reconocerlo. Pregunté:
-¿Quién es?
Fuera escuché la voz del hombre deformado por la mirilla:
-Soy yo, Alfonso.
Ahí me puse a pensar en todos los Alfonsos que conozco. No recordaba a ninguno.
-¿Qué Alfonso?
-Alfonso Medina.
La cosa se me complicó más. ¿Quién era ese Alfonso Medina que llamaba a mi casa a esas horas?
Sin lugar a dudas, alguien de mucha confianza. Abrí la puerta.
-Buenas noches.
Y se quitó la gorra. Fue como si en lugar de llevar gorra llevara una de esas chisteras de los magos de las que sale un conejo o una paloma, sólo que lo que salió al quitarse la gorra fue una maraña de pelo.
-¿Qué desea?
Su respuesta me desconcertó:
-¿Me puede ayudar, que tengo mujer y tres hijos y estoy sin trabajo?
Les doy mi palabra de que no sabía si lo que estaba presenciando era una realidad o un sueño. Tuve que hacer un gran esfuerzo para convencerme de que era una realidad, que había sonado el timbre de la puerta, que yo la había abierto y que delante de mí estaba un hombre mal vestido que me decía si le podía ayudar porque tenía mujer y tres hijos y estaba sin trabajo. Me rehíce.
-Escuche, buen hombre, entiendo que usted tenga mujer y tres hijos y que no tenga trabajo, y hasta entiendo que pida ayuda, pero éstas no son horas de pedir, son las cuatro y media de la mañana.
Su respuesta me desconcertó aún más:
-Es que como no tengo reloj... porque lo tuve que empeñar para poder comprarle a mi hijo Faustino unas inyecciones, nunca sé la hora que es.
-Pues son las cuatro y media de la mañana.
Lo del horario parece ser que no le preocupó mucho, porque siguió:
-Es que yo no tengo horario para pedir. Como no trabajo, pido cuando lo necesito.
-Pero ¿dónde ha visto usted que un pobre pida a las cuatro y media de la mañana?
-Todos los sábados a la salida del bingo hay pobres que piden.
Empezaba a ponerme furioso.
-Escuche, ni hoy es sábado ni esto es un bingo, es una casa particular.
-Bueno, ¿me va a ayudar o no me va a ayudar?
Mi mujer se había levantado, se había puesto una bata y llegó hasta nosotros.
-¿Qué pasa?
-¿Que qué pasa? Que son las cuatro y media de la mañana y viene a pedir limosna.
El hombre, Alfonso, se dirigió a mi mujer:
-Señora, le pido disculpas, pero es que como no tengo reloj... porque lo tuve que empeñar para comprarle las inyecciones a mi hijo Faustino, no sabía la hora que es. Aparte, es que yo no tengo horario para pedir, pido cuando lo necesito, y ahora mismo tengo hambre porque hace tres días que no como.
Yo empezaba a ponerme nervioso. Le miré fijamente y, vocalizando bien para que me entendiera, le dije:
-Escuche, señor, yo me tengo que levantar a las siete y media para ir al trabajo...
Me cortó:
-¡Quién pudiera decir lo mismo! Yo hace dos años que no tengo trabajo.
-Está bien, venga mañana y le daremos algo.
-Es que mañana no sé si voy a poder venir, porque tengo que llevar al pequeño a que lo vea el médico, por eso, si me pudieran dar algo ahora, se lo agradecería.
-Escuche, aunque le demos algo ahora, ya está todo cerrado y no puede ni comprarse un bocadillo.
-No, si más que dinero lo que necesito es algo de comer. Y a lo mejor a ustedes les ha sobrado algo de la cena.
Fue mi mujer la que habló:
-No nos ha sobrado nada de la cena.
-¿Y en la nevera? Algo tendrán en la nevera. Yo no soy exigente con las comidas, yo como cualquier cosa.
El sueño empezaba a apoderarse de mí, se me cerraban los ojos, me pesaban los párpados como si fueran de plomo. Por la puerta entraba una corriente de frío que hizo que mi mujer se tapara el cuello con las manos. Los dos, mi mujer y yo, no sabíamos cómo reaccionar, nunca nos había pasado algo así. El pobre nos miraba y esbozaba una sonrisa como para disculparse.
-Yo sé que los estoy molestando, pero les juro que si no fuese porque de verdad necesito comer algo, ni hubiera llamado al timbre.
Mi mujer me miraba como diciendo: «¿Qué hacemos?»
Y yo la miraba como diciendo: «Y yo qué puñeta sé.»
El pobre nos miraba como diciendo: «A ver si se deciden.»
Mi mujer dijo:
-Bueno, entre, que hay mucha corriente.
El pobre entró y mi mujer cerró la puerta y dijo:
-Voy a mirar en la nevera a ver qué hay.
El pobre y yo nos quedamos en la entrada mientras mi mujer iba a la cocina.
-¡Qué calentito se está aquí dentro! En la calle hace un frío que corta. Yo calculo que estamos como muy poco a tres grados. No me extrañaría nada que nevara.
No dije nada. El sueño no me dejaba ni coordinar una frase. Pasaron un par de minutos, y mi mujer apareció llevando en una mano una lata de conservas y en la otra un trozo de pan.
-Esto es lo que he podido encontrar, una lata de fabada y media barra de pan.
Y         se lo entregó al pobre.
-¡Hombre, fabada! ¡Desde cuándo no como yo fabada! ¡Madre de Dios!
Debía de ser un experto en fabadas, porque leyó la etiqueta de la lata y dijo:
-Y de la mejor marca que hay, El Caserón. Se ve que usted sabe comprar, señora, porque hay muchas fabadas: El Hórreo, La Fabesa, La Montaña... pero como El Caserón ninguna.
Y         abrí la puerta para que el pobre se fuese, pero no salió. Dirigiéndose a mi mujer, dijo:
-¿No me la podría calentar un poco? Porque una fabada fría, con la de grasa que tiene, me puede caer como un tiro. Además, no tengo abrelatas.
Mi mujer y yo nos miramos como para adivinar qué nos estaba pasando por la mente en esos momentos. Como por la puerta abierta entraba frío, la cerré de nuevo, con el pobre dentro. Mi mujer se fue hacia la cocina. Yo estaba a punto de caerme de sueño, bostecé. El pobre curioseaba lo que veía a su alrededor. Se quedó con la mirada fija en un óleo que teníamos colgado de la pared.
-¿Lo ha pintado usted?
Tenía tanto sueño que apenas me llegaba su voz.
-¿Cómo dice?
Y señaló el cuadro.
-Que si lo ha pintado usted.
-No, es una reproducción de un Van Gogh.
-Buen pintor. Y he oído decir que murió en la miseria.
-Pues sí, murió en la miseria.
-Es que la miseria es terrible. Usted no se imagina lo que es que llegue la hora de comer y que no tengas nada en la mesa. Y más teniendo niños. ¿Ustedes no tienen hijos?
-Sí, tenemos dos, pero casados.
-Entonces tendrán nietos.
-Pues no, nietos no tenemos todavía.
-¡Ah!
En ese momento apareció mi mujer llevando en la mano una pequeña cazuela de barro humeante.
-Bueno, aquí la tiene, calentita, pero tenga cuidado que la cazuela quema. Le he traído también una cuchara, porque me imagino que usted no lleva cuchara.
-Pues no, no llevo.
De nuevo abrí la puerta y, empujando con suavidad el brazo del pobre, intenté sacarle de la casa.
-No, por favor, una cosa es que me den de comer y otra cosa sería que me llevara la cazuela y la cuchara; me la como aquí mismo.
Y se sentó en un silloncito que teníamos en el recibidor. De nuevo, habló a mi mujer:
-¿No me prestaría una servilleta? No quisiera manchar...
Mi mujer le cortó:
-No importa, mañana viene la señora que me hace la limpieza y lo limpia todo.
-No, si no lo digo por el suelo, lo digo por mi abrigo, porque es el único que tengo y ya bastante me mancho cuando alguna noche tengo que dormir en la boca del metro.
Mi mujer se fue hasta la cocina a buscar una servilleta. Nos quedamos el pobre y yo solos.
-Ustedes no se imaginan cómo están las escaleras del metro, y es que la gente no está civilizada, todo lo tiran al suelo, los papeles, el chicle, escupen y hasta hacen pipí, y claro, como no hay vigilancia... Y es que la gente confunde la democracia con «yo hago lo que me da la gana», y no piensa en los pobres que tenemos que dormir en el suelo. Porque es lo que yo digo, si no hubiera papeleras, pero las hay. Yo, cuando me sueno los mocos con un pañuelo de papel, busco una papelera, a mí nunca se me ocurre tirar el pañuelo al suelo, porque eso, digan lo que digan, es una falta de civismo, y de higiene, ¿o no?
-Sí, claro.
-Y así luego hay enfermedades. Porque la gente mucho quejarse de que si hay polución y de que si ya no se puede respirar, pero a la hora de tirar algo, al suelo, y a criticar al gobierno. No lo va a creer. Un día estaba yo durmiendo en el hueco de un portal, llegó un individuo, se paró, y sin mirar si había alguien, me meó. ¿Usted cree que eso es normal?
Llegó mi mujer con la servilleta.
-Gracias, señora.
El pobre se colocó la servilleta en el cuello y dijo:
-Si gustan...
-No, muchas gracias, nosotros cenamos a las nueve.
El pobre no hizo ningún comentario, metió la cuchara en la cazuela y con cara de satisfacción fue comiéndose la fabada.
Mi mujer y yo nos sentamos cada uno en una silla del recibidor, frente al silloncito donde el pobre estaba comiendo, y nos quedamos dormidos.
Cuando nos despertamos, el pobre se había ido. Nos dejó una nota sobre el sillón: «Disculpen que me haya ido sin despedirme, pero como estaban durmiendo no los he querido molestar. Ahí les dejo la cazuelita, la cuchara y la servilleta. Gracias por la fabada. Alfonso.»
Eran las seis; pensé que aún podía dormir una hora y media, desperté a mi mujer y nos metimos en la cama. Cuando sonó el timbre del despertador, ni mi mujer ni yo nos enteramos. Me desperté a las nueve, me vestí a toda velocidad, me tomé un café y salí disparado hacia la oficina. Cuando llegué, el jefe me preguntó si me había pasado algo. Le conté lo del pobre, pero me miró con cara de incredulidad y me dijo:
-Bueno, termine de archivar los justificantes de pagos del último trimestre y que sea la última vez que me llega a estas horas.
Desde ese día aborrezco la fabada y a los pobres.

FIN


miércoles, 30 de mayo de 2018

LA VIEJA CARRETERA Miguel Gila




No me gusta viajar de noche; antes, cuando era joven, sí, cuando las carreteras estaban solitarias y yo cruzaba los pueblos que dormían sin levantar el pie del acelerador; pero de esto hace años, cuando joven, cuando nunca tenía sueño ni cansancio. Ahora todo es distinto; me gusta viajar de día, parar a un lado de la carretera y asomarme a ver las aguas de un río, o detenerme en un pueblo y comprar algo típico del lugar. Pero hace dos años tuve que hacer un viaje al pueblo en que nací y del que me separan en mi vida actual doscientos seis kilómetros haciendo el recorrido por la vieja carretera; por la autopista se ahorran casi cuarenta kilómetros, pero aborrezco las autopistas, o autómatas, o como quieran llamarlas; tengo la sensación de que me convierto en una especie de robot obediente que recibe órdenes de carteles luminosos llenos de rótulos que indican por dónde podemos salir, a cuántos kilómetros podemos cambiar de dirección, cuánto falta para llegar a la próxima gasolinera, si hay café y mingitorio, y otro sinfín de indicaciones, flechas, carteles, luces y rayas que convierten en una tortura lo que podría ser un viaje de placer; millones de obedientes automovilistas transitan en sus vehículos como autómatas sin disfrutar del placer que suponen esos viajes donde uno puede detener su auto para mear en una rueda... Decía esto a propósito de la vieja carretera. Voy pocas veces a mi pueblo; luego de treinta y dos años que salí de allí, apenas conozco ya a la gente.
Mi mujer también nació en el mismo pueblo, aunque ella salió cuatro años después que yo; lo supe en la capital, cuando nos conocimos casualmente en una fiesta. Pero vayamos a cómo ocurrió lo que ocurrió. Les contaba que no me gusta viajar de noche, y les contaba que hace dos años tuve que hacer un viaje al pueblo donde nací. Era verano, pero no un verano normal, sino uno de esos veranos que los periódicos indican que no se conocía una temperatura igual desde hacía sesenta años, cuarenta y un grados a la sombra, y sumado a eso el motivo urgente del viaje, preferí (preferimos, mi mujer también estuvo de acuerdo) hacerlo por la noche, y por supuesto, dada la urgencia, por la autopista. No quiero alargarles la historia comentando los diálogos violentos que sostuvimos mi mujer y yo cuando descubrí que la salida que debíamos tomar para salir de la autopista y entrar al pueblo la habíamos dejado atrás. Para el cambio de dirección teníamos que recorrer treinta y dos kilómetros más, y preferí algo más práctico: tomar la próxima salida, llegarme hasta Sotillo, y de ahí, por la carretera 263, llegar hasta mi pueblo, hasta nuestro pueblo, el mío y el de mi mujer. Cruzamos el control de peaje que separaba la autopista de la carretera que conduce a Sotillo, entramos en una carretera angosta y mal pavimentada, con profundos baches, que la luz de los faros acentuaba al llenarlos de sombra oscura. No puedo calcular los kilómetros que llevábamos recorridos cuando ocurrió lo que ocurrió, ya que la maleza y los cardos que crecen a los lados de la deteriorada carretera que conduce hasta Sotillo impiden ver los mojones que señalan los kilómetros. La cuestión es que el motor del auto se detuvo de manera brusca, como si una mano gigantesca lo hubiera apretado con fuerza y lo hubiera convertido en un puñado de hierro inservible. No entiendo nada de mecánica, así que me bajé por nada, por bajarme, miré hacia ambos lados de la carretera y no vi ni la más mínima señal de vida. Mi mujer se quedó en el auto esperando que yo respondiera a su «¿Qué ha pasado?». Decidí esperar a que amaneciera; total, la noche era calurosa y, por otra parte, mi desconocimiento en materia de mecánica no iba a resolver nada. Ahí me di cuenta de que la noche se hizo para dormir cuando el sueño se apoderó de nosotros. Haría una hora que mi mujer y yo dormitábamos dentro del auto cuando un trueno nos despertó. Comenzó primero un fuerte viento y luego una tormenta de agua tan tremenda que nos obligó a cerrar las ventanillas del auto a pesar del calor sofocante. La lluvia caía cada vez con más violencia. Por el cristal del parabrisas no se podía ver nada. Mi mujer le tiene verdadero terror a las tormentas, particularmente cuando éstas van acompañadas de ruidosos truenos. No sé por qué extraño impulso se me ocurrió girar la llave del contacto y el coche se puso en marcha, como si la mano gigante que una hora antes lo aprisionara se hubiera arrepentido de hacerlo, y también de manera simultánea la lluvia cesó de golpe y el coche comenzó a andar por la carretera, ahora con los grandes baches llenos de agua que yo trataba de sortear. Algunos sapos cruzaban la carretera de un lado a otro con saltos torpes. Cuando habíamos recorrido aproximadamente cuarenta kilómetros traté de eludir un gran bache y el coche se me fue de costado, y así en esa postura quedó semivolcado en la cuneta entre los altos cardos que la bordeaban. Paré el motor y, sin abandonar el auto, me dispuse a hacer un análisis de la situación. Le dije a mi mujer que no se moviera, ya que corríamos el riesgo de que el coche se desequilibrara y diera un vuelco total. Me bajé con todas las precauciones; como nunca viajo de noche, no tenía una linterna, así que con mi encendedor de gas observé como pude nuestra situación, y no era tan grave. Hice que mi mujer bajase por el lado del volante, y lo hizo con todo cuidado. El coche quedó solo allí, semivolcado. De nuevo el cielo se iluminó con un relámpago. Cuando el relámpago pasó, en la retina de mis ojos quedaron fotografiadas las imágenes de mi mujer santiguándose, el coche con las ruedas del costado izquierdo levantadas y un camino que nacía a unos cuantos metros cerca del lugar donde nos encontrábamos. De nuevo comenzaba a llover. Subir al coche era una locura. De pronto descubrí una luz encendida a unos cien metros del lugar en que estábamos, y a pesar de la distancia vi una especie de casa de campo. Se lo dije a mi mujer, y la escuché suspirar aliviada. Dejamos el auto y comenzamos a avanzar por el camino, que a pesar de ser de tierra era bastante sólido. La luz estaba cada vez más cerca. Ya se podían ver las blancas paredes de la casa de campo y algunos árboles que asomaban por sus tapias. Seguimos caminando y llegamos a la puerta de la casa; miramos a través de los barrotes, y la oscuridad no nos permitió ver nada que no fueran algunos árboles. La luz de la entrada sólo iluminaba la puerta. Yo grité: «¿Hay alguien ahí?», pero nadie respondió. Grité de nuevo, ahora con más fuerza: «¿Hay alguien ahí?» Tampoco esta vez hubo respuesta. Pensé: «Estarán profundamente dormidos.» Empujé la puerta de hierro y se abrió con un quejido de óxido. Entramos. Frente a nosotros vimos varias cruces de piedra y alguna de hierro: un pequeño cementerio. Mi mujer cayó desvanecida. La levanté y traté de reanimarla, pero no obtuve ningún resultado; tal vez se había golpeado en la cabeza al caer. Metí una mano entre su pelo tratando de buscar alguna herida, algún golpe, pero en aquella oscuridad no pude ver nada. La tomé en brazos, y en ese momento una nueva tromba de agua cayó sobre nosotros como un segundo diluvio. Caminé unos cuantos metros con mi mujer en los brazos. Seguía diluviando; sin embargo, el calor era asfixiante; en mi cuerpo se mezclaba el sudor con el agua de lluvia, mis brazos estaban adormecidos y mis piernas débiles, y caí sin soltar a mi mujer. Ahí, en ese momento, fue cuando se inició lo que esa noche habría de suceder, lo que motivó que les esté contando esta historia.
Calculé todas las posibilidades para salir de esta situación. Grité, intenté levantar a mi mujer de nuevo, pero todo fue inútil. Lo más que pude hacer fue arrastrarla hasta cerca de una pared y apoyarme en ella cubriendo su cuerpo con el mío para protegerla de la lluvia. Cuando ya mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad vi que la pared en que apoyaba mi espalda era una pared de nichos. Dejé a mi mujer en el suelo, me puse en pie y, acercándome mucho, busqué un nicho vacío. Cuando lo encontré, metí a mi mujer en él y salí a buscar ayuda; al menos allí no se mojaría. Corrí en la oscuridad, crucé la puerta de hierro y salí al camino; corrí, corrí en medio de la fuerte lluvia y alcancé la carretera; Sotillo no debía de estar muy lejos. Ya no me importaba la lluvia, ni siquiera la oscuridad; tenía que    buscar ayuda. Las piernas me obedecían y corrí y corrí. De pronto, algo se interpuso en mi camino, algo con lo que tropecé... y ya no puedo recordar más de aquella noche.
Desperté en la cama de un hospital dos días más tarde. Pero fue solamente un despertar como si nada hubiera ocurrido. Me contaron que un hombre de Sotillo me recogió tirado a un lado de la carretera, y que por suerte la cosa no era grave. Yo pregunté si había parado de llover. Y ahí se me vino la lluvia, y el recuerdo, y el cementerio, y el nicho, y mi mujer.
Cuando con las autoridades traté de identificar el nicho en que metí a mi mujer, no pude hacerlo por más que lo intenté; era una noche tan oscura...
-Yo juraría que fue en éste.
-¿Está seguro?
-Sí, creo que sí.
Pero no podía ser; en el nicho que yo señalaba había un epitafio de hacía veinte años con el nombre de un señor que de ningún modo podía ser mi mujer.
-Tal vez en este otro.
-¿Seguro?
-No sé; había tanta oscuridad...
Y no pudimos encontrar el lugar, y nunca he podido saber qué pasó aquella noche. Ahora, después de dos años, cuando contemplo la foto de mi mujer que hay en el comedor, sólo recuerdo que siempre que viajábamos en el coche y pasábamos por alguno de esos pequeños cementerios de pueblo, ella decía: «¡Qué lindos son los cementerios de los pueblos! ¡Tan blanquitos, tan solitarios!»

FIN


lunes, 21 de mayo de 2018

DOS BURROS




B. Traven

Faltando una semana para poder recoger la cosecha por la cual había yo trabajado tan duramente, se me presentaron una mañana dos hombres armados con escopetas. Uno de ellos me dijo que era el propietario de las tierras en las cuales había yo sembrado, y que si en veinticuatro horas no abandonaba el lugar, me haría encarcelar.
Por este contundente motivo mis esperanzas de vivir tranquilamente en este lugar mientras reunía el dinero suficiente para comprarlo, u otro semejante, se desvanecieron al igual que el producto de la cosecha, que valía seiscientos pesos en plaza. El dueño del lugar la reclamó para sí sin darme ni una mínima parte. Lo único que pude recoger en tan corto plazo fueron mis aperos y mis cabras, que llevé a vender al pueblo y bien poco obtuve por ellas.
Allí me informaron que este señor antes jamás se había ocupado de esa tierra, ni le era posible rentarla, y que la única razón por la cual me había hecho salir ve ella era porque deseaba beneficiarse con mi trabajo.
Tuve nuevamente la necesidad de recorrer otros rumbos en busca de un sitio en donde establecerme y vivir en paz el resto de mi vida.
Fue así como di con los rastros de lo que seguramente había sido un ranchito. Estaba desierto y las casas habían sido saqueadas y destruidas durante la revolución, Nadie parecía saber de aquel lugar excepto quizá la gente que debía poseer el título de propiedad.
Tampoco pude saber quien lo había abandonado o, en fin, a quién pagar el alquiler. No que me preocupara esto mucho, francamente. La verdad es que simplemente tomé posesión.
Eso sí, todos los vecinos del lugar a quienes pregunté me explicaron que ninguno de ellos tenía interés por esas tierras, pues todos tenían suficiente y que si ocupaban más, esto sólo les aumentaría el trabajo y las preocupaciones.
En estas ruinas no quedaba un solo techo; de allí que yo viviera en el pueblo en un jacal destartalado que parecía esperar abnegadamente que algún huracán llegara a aliviarlo de sus sufrimientos.
Deseo aclarar que por el jacal pagaba exactamente la misma renta que por el ranchito, pero considerando el estado en que se encontraba, la renta me parecía excesivamente cara. Hay que tener en cuenta, desde luego, que las casas en los pueblos o en las ciudades siempre cuestan más que las del campo.
En estos contornos todos los campesinos indios poseen burros. Las familias a las que se considera acomodadas, suelen tener de cuatro a seis, y ni a las mas pobres les falta siquiera uno.
La dignidad de esos campesinos les obliga a montar en burro, aún cuando tengan que recorrer sólo cien metros.
Naturalmente, esa dignidad se basa, en gran parte, en el agotante clima tropical, pues si a determinadas horas del día se tiene necesidad de caminar diez minutos bajo ese ardiente sol, es suficiente como para exclamar: «Se acabó; por hoy he terminado. ¡No puedo más!»
La tierra que yo trabajaba y con cuyos productos pensaba enriquecerme rápidamente, se encontraba a cerca de dos kilómetros de distancia del jacal que habitaba y que, como dije antes, se hallaba en el pueblo.
Pronto empecé a sentirme humillado al ver que todos los campesinos indios montaban en burro cuando se dirigían a sus milpas, en tanto que yo, y según ellos, americano blanco y distinguido, caminaba a pie.
Muchas veces me percaté de que los campesinos y sus familias se reían a mis espaldas cuando me veían pasar frente a sus jacales cargando al hombro pala, pico y machete. Finalmente, no pude soportar más que se me mirara como a miembro de una raza inferior, y decidí comprar un burro y vivir decentemente como los otros individuos de la comunidad.
Pero nadie vendía burros. Todos los ya crecidos eran utilizados por sus propietarios; y los chiquitos, de los que tal vez habría podido comprar uno, todavía no estaban lo suficientemente fuertes para trabajar.
Todos los burros del pueblo andaban sueltos sin que nadie los cuidara.
Es decir, sus propietarios los dejaban libres día y noche para que se buscaran ellos mismos el sustento, y cuando necesitaban alguno, enviaban a un chamaco con un lazo para que lo trajera.
Entre esos burros, hacía tiempo que yo había descubierto uno al parecer sin dueño, pues nunca vi que alguien lo utilizara para cargar, o lo montara.
Era sin duda el más feo de su especie. Una de sus orejas, en vez de estar parada, le caía sobre un lado y hacia afuera, en tanto que la otra, rota quizá durante algún accidente sufrido en la infancia, le colgaba como un hilacho. Seguramente había sido sorprendido en la milpa de algún campesino, quien, enojado, debe haberle propinado un machetazo causando aquel daño que le impedía levantar la oreja.
Pero lo más feo en él era su anca izquierda, pues tenía en ella un tumor voluminoso, que se le había originado quizá por la mordedura de una serpiente venenosa, la picadura de un insecto o la soldadura defectuosa de algún hueso roto años atrás. Cualquiera que haya sido la causa, su aspecto era horrible.
Tal vez, debido a su completa independencia, a su ilimitada libertad, y a su existencia de vagabundo, aquel burro era el rey despótico de sus semejantes en la región. Al parecer, consideraba de su propiedad a todas las hembras. Nada temía, y como era el más fuerte de todos, trataba brutalmente a los machos que intentaban invadir lo que en su concepto era exclusivamente de sus dominios.
Un día, dos muchachitos indios traían del bosque una carga de leña atada al lomo de un burro. La carga era demasiado pesada, o tal vez el burro consideró que era mucho trabajar y se tumbó en el suelo, y ni buenas palabras ni malos azotes lo indujeron a levantarse y a transportar la carga. Fue en esa desesperada situación cuando uno de los chicos descubrió no lejos de allí, merodeando entre las hierbas, al dichoso burro. Le ataron al lomo la carga que su propio burro, por debilidad, pereza o terquedad, no había querido llevar. El feo aguantó la carga y la llevó trotando alegremente, como si no le pesara, hasta la casa de los muchachos. Al llegar lo descargaron. Como no daba señales de querer abandonar el sombreado lugar y parecía feliz de haber encontrado al fin un amo, lo tuvieron que echar a pedradas.
Yo regresaba del bosque por el mismo camino tomado por los muchachos y tenía que pasar frente al jacal que éstos habitaban, por eso me pude dar cuenta de lo ocurrido.
Entré al jacal en donde encontré al padre de los muchachos haciendo petates.
-No, señor; ese burro no es mío. Que Dios me perdone, pero me avergonzaría de poseer una bestia tan fea. Créame, señor, hasta calosfrío me daría de tocarlo simplemente. Parece el mismísimo demonio.
-¿No sabe usted, don Isidoro, quién será su propietario?
-Esa bestia infernal no tiene dueño, nunca lo ha tenido. No hay ningún pecador en este pueblo capaz de reclamarlo. Tal vez se extravió, o se quedó atrás de al guna recua que cruzó por aquí. Realmente no sabría decirle. Ese animal debe tener cuarenta años, si no es que más. Da muchísima guerra. Pelea, muerde, patea y persigue a los burros pacíficos y buenos y los hace inquietos, testarudos y rebeldes; pero, lo que es peor, echa a perder a toda la raza. Como le decía antes, señor, yo no soy su dueño e ignoro a quién pertenece, y, además, nada deseo saber acerca de ese horrible animal. En cualquier forma, creo que no tiene dueño.
-Bueno -dije-, si no tiene dueño, me lo puedo llevar, ¿verdad, don Isidoro?
-Lléveselo, señor. Que el cielo sea testigo de lo que estoy diciendo y que la Virgen Santísima lo bendiga. Todos estaremos contentos cuando se lleve usted a esa calamidad. Le agradeceremos que lo guarde y no lo deje que ande haciendo daños.
-Perfectamente, entonces me lo llevo.
-Amárrelo bien, porque le gusta meterse a las milpas en la noche, y eso es algo que a ninguno de nosotros agrada. Adiós, que el Señor le acompañe.
Así, pues, me lo llevé. Quiero decir, al burro feo. Fui a la tienda y le compré maíz. Me pareció leer en su expresión agradecimiento por tener, al fin, amo y techo. Era lo bastante inteligente para darse cuenta inmediata de que tenía derechos en el corral, pues siempre regresaba voluntariamente cuando iba en busca de pasto o a visitar su harem.
Pasó una semana, al cabo de la cual, el domingo por la tarde, uno de los vecinos me visitó. Me preguntó cómo iban mis jitomates, me dio noticia de los acontecimientos que le parecían más notables; me contó que tenía necesidad de trabajar mucho para irla pasando; que su hijito menor tenía tos ferina, pero que ya iba mejor; que la cosecha de maíz de ese año no sería tan buena como la anterior; que sus gallinas se habían vuelto perezosas y ya no ponían como solían hacerlo, y terminó diciendo que estaba seguro de que todos los americanos eran millonarios.
Cuando me hubo hablado de todas esas cosas y cuando ya se disponía a salir, señaló a mi burro, que masticaba con expresión soñadora su rastrojo a poca distancia de nosotros y dijo:
-Usted sabe que ese burro es mío, ¿verdad?
-¿De usted? No, ese burro no es suyo; él no tiene dueño. Es un animal muy fuerte; no será precisamente una belleza, pero fuerte sí que es, y vuelvo a repetirle que no es suyo.
-Está usted muy equivocado -dijo con expresión seria y voz convincente-. Ese burro es mío; por San Antonio que lo es. Pero veo que a usted le gusta y estoy dispuesto a vendérselo muy barato, déme quince pesos por él.
Un burro fuerte y sano cuesta en esa región de treinta a cincuenta pesos, y muchas veces hasta más que un caballo regular. Así, pues, pensé que lo mejor que podía hacer era comprar el burro a su dueño y evitar futuras dificultades.
-Mire, don Ofelio -dije-; quince pesos son mucho dinero tratándose de un burro tan feo; la sola vista de su horrible tumor produce náuseas.
Le daré dos pesos por el animal y ya es mucho pagar por ese adefesio.
Nadie, a excepción de un idiota, le daría un centavo más. Y si no quiere venderlo a ese precio, lléveselo.
-¿Cómo podré llevarme a ese pobre burro, sabiendo que usted lo quiere tanto? Me daría mucha pena separarlos.
-Dos pesos, don Ofelio, y ni un centavo más.
-Cometería yo un pecado mortal en contra del Señor si le vendiera un animal tan fuerte por dos pobres pesos.
Hacía dos horas y media que discutíamos, ya empezaba a oscurecer y, finalmente, Ofelio dijo:
-Bueno, solamente porque usted me simpatiza puedo vendérselo en cuatro pesos. Esa es mi última palabra, la Santísima Virgen sabe que no puedo rebajarle ni un centavo más.
Le pagué, y Ofelio se marchó, asegurándome que estaría siempre a mis respetabilísimas órdenes y diciéndome que debía considerar su humilde casa y todas sus posesiones terrestres como mías.
No habían transcurrido dos semanas cuando una tarde en que regresaba del campo, donde había trabajado todo el día, acompañado de mi burro cargado de calabazas para alimentar a mis cabras, encontré a Epifanio, campesino también, y residente en el pueblo.
-Buenas tardes, señor. ¿Mucho trabajo?
-Mucho, don Epifanio. ¿Cómo está su familia?
-Bien, señor; gracias.
Cuando arreé al burro para que caminara nuevamente, Epifanio me detuvo y dijo:
-Mañana necesito el burro, señor; lo siento, pero tengo dos cargas de carbón en el bosque y necesito traerlas.
-¿A qué burro se refiere?
-A ese que lleva usted, señor.
-Lo siento, don Epifanio, pero yo también lo necesito todo el día. Sin cambiar el tono de su voz y con toda cortesía dijo:
-Ese burro es mío. Y estoy seguro de que un caballero digno y educado como usted no tratará de quitarle a un pobre indio, que no sabe ni leer ni escribir, su burrito. Usted es todo un caballero y no hará nunca cosa semejante. No puedo ni creerlo, perdería la fe en todos los americanos y mi corazón se llenaría de tristeza.
-Don Epifanio, no dudo de sus palabras, pero este burro es mío, se lo compré a Ofelio por cuatro pesos.
-¿A Ofelio, dice usted, señor? ¿A él, a ese ladrón embustero? Es un canalla, un desgraciado, un bandido. Acostumbra robar la leña a la gente honrada que ningún daño le ha hecho, eso es lo que acostumbra hacer ese bandolero. Y ahora lo ha estafado a usted. No tiene honor, no tiene vergüenza, le ha vendido a usted este pobre burrito a sabiendas de que es mío. Yo crié a este animal, su madre era mía también y ese ladrón de Ofelio lo sabe bien. Pero escuche usted, señor, yo soy un ciudadano honrado, pobre pero muy honrado. Soy un hombre decente y que la Virgen Santísima me llene de viruelas inmediatamente si miento. Ahora, si usted quiere, puedo venderle el burro, y quedamos como buenos vecinos y amigos. Se lo daré por siete pesos, aun cuando vale más de veinticinco. Yo no soy un bandido como Ofelio, ese asesino de mujeres. Se lo venderé muy barato, por nueve pesos.
-¿No dijo, sólo hace medio minuto, siete pesos?
-¿Dije siete pesos? Pos bien, si dije siete pesos, que sea esa la cantidad. Yo nunca me desmiento y jamás engaño.
Algo me hizo maliciar la prisa con la que Epifanio trataba de inducirme a cerrar el trato y pensé que antes de pagarle sería conveniente que me diera pruebas de sus derechos sobre el burro. Pero él no quiso darme tiempo para hacer investigaciones, me pidió una respuesta inmediata y categórica. Si era negativa, lo sentía mucho, pero tendría que ir a denunciarme ante el alcalde por haberle robado su burro y no cejaría hasta que los soldados vinieran y me fusilaran por andar robando animales.
Nos bailábamos discutiendo el asunto a fin de encontrar una solución que conviniera a ambos, cuando otro hombre que venía del pueblo se aproximó.
Epifanio lo detuvo.
-Hombre, Anastasio, compadre, diga usted ¿no es mío este burro?
-Cierto, compadre; podría jurar por la Santísima Madre que el animal es suyo, porque usted me lo ha dicho.
-Ya ve usted, señor. ¿Tengo razón o no la tengo? Dígame.
Epifanio pareció crecer ante mis ojos.
¿Qué podía yo hacer? Epifanio tenía un testigo que habría jurado en su favor. Regateamos largo tiempo, y al caer la noche quedamos de acuerdo en que fueran dos pesos veinticinco centavos. Los dos hombres me acompañaron a mi casa, en donde Epifanio recibió su dinero. Una vez que lo aseguró, atándolo con una punta de su pañuelo rasgado, se fue lamentándose de haber sido víctima de un abuso ya que el burro valía diez veces más, y diciendo que ellos habrán de ser eternamente explotados por los americanos, quienes ni siquiera creen en la Santísima Virgen y que sólo se dedican a engañar y a estafar a los pobres indios campesinos.
Al domingo siguiente, por la tarde, vagaba descuidadamente por el pueblo y por casualidad pasé frente al jacal que habitaba el alcalde.
Este se mecía en una hamaca bajo el cobertizo de palma de su pórtico.
-¡Buenas tardes, señor americano! -gritó-. ¿No quiere usted venir y descansar un momentito a la sombra? Hace muchísimo calor y a nadie le conviene caminar al sol a estas horas. Está usted comprobando el viejo dicho que dice: «Gringos y perros caminan al sol.» -Y rió de corazón agregando-: Perdone, señor, no quise ofenderlo, es sólo un decir de gente sin educación; tonterías, ¿sabe? Siéntese cómodo, señor, ya sabe que está en su casa y que estamos aquí para servirle.
-Gracias, señor alcalde -dije, dejándome caer en la silla que me ofrecía y la que difícilmente tendría veinte centímetros de altura.
Empezó a hablar y me enteró de todo lo concerniente a su familia y de lo difíciles que eran los asuntos de la alcaldía, asegurándome que era más pesado regir a su pueblo que a todo el estado, porque él tenía que hacer todo el trabajo solo, en tanto que el gobernador contaba con todo un ejército de secretarios para ayudarle.
Después de escucharle durante media hora, me levanté y dije:
-Bueno, señor alcalde; ha sido un placer y un gran honor, pero ahora tengo que marcharme, pues tengo que hacer algunas compras y ver si tengo cartas en el correo.
-Gracias por su visita, señor -contestó, agregando-: Vuelva pronto por acá; me gusta conversar con caballeros cultos. A propósito, señor, ¿cómo está el burro?
-¿Cuál burro, señor alcalde?
-Me refiero al burro de la comunidad, que usted guarda sin consentimiento de las autoridades. El que monta y al que hace trabajar todos los días.
-Perdóneme, don Anselmo, pero el burro de que está usted hablando es mío; yo lo compré y pague por él mi buen dinero.
El alcalde rió a carcajadas.
-Nadie puede venderle a usted ese burro, porque es de la comunidad, y si hay alguien bajo este cielo que tenga derechos sobre él es el alcalde del pueblo, y ese soy yo, a partir de las últimas honradas elecciones. Soy yo el único que puede vender las propiedades de la comunidad. Así lo ordena la Constitución de nuestra República.
Comprendí que el alcalde tenía razón, aquel era un burro extraviado, y como nadie lo había reclamado, había pasado a ser propiedad del pueblo. ¡Qué tonto había sido yo en no pensar antes en eso!
El alcalde no me dio tiempo para reflexionar y dijo:
-Ofelio y Epifanio, los hombres que le vendieron el animal, el burro de la comunidad, son unos bandidos, unos ladrones. ¿No lo sabía usted, señor? Son asesinos y salteadores de caminos que debieran estar en prisión o en las Islas; es ese el lugar que les corresponde. Solamente espero que vengan los soldados, entonces les haré arrestar y procuraré que los fusilen en el cementerio sin misericordia el mismo día. Tal vez me apiade de ellos y les conceda un día más de vida. Deben ser ejecutados por cuanto han hecho en este pacífico pueblecito. Esta vez no se escaparán; no, señor. Lo juro por la Santísima Virgen; sólo espero que vengan los soldados.
-Perdone, señor alcalde. Epifanio tenía un testigo que jura que el burro es suyo.
-Ese es Anastasio, el más peligroso de los rateros y raptor de mujeres, después de que abandonó a su pobrecita esposa. Además, le gusta robar alambre de púas y de telégrafo. Será fusilado el mismo día que los otros. Y le recomendaré al capitán que lo fusile primero, para evitar que se escape, porque es muy listo.
-Todos me parecieron gente honesta, señor alcalde.
-Verá usted, señor; es que ellos pueden cambiar de cara de acuerdo con las circunstancias. ¿Cómo pueden haberse atrevido esos ladrones a vender el burro de la comunidad? Y usted, un americano educado y culto debía saber bien que los burros de la comunidad no pueden venderse, eso va contra la ley y contra la Constitución también. Pero no quiero causarle penas, señor, yo sé que a usted le gusta el burro y nosotros no tenemos ni un centavito en la tesorería, en tal caso yo tengo derecho para venderle el burro a fin de conseguir algún dinero, porque tenemos algunos gastos que hacer. El burro vale cuarenta si no es que cincuenta pesos, y yo no se lo dejaría ni a mi propio hermano por menos de treinta y nueve. Pero considerando que usted les ha dado bastante dinero a esos ladrones, se lo venderé a usted y nada más a usted, por diez pesos, y así en adelante ya no tendrá más dificultades a causa del burro, porque le daré un recibo oficial con estampillas, sello y todo.
Después de mucho hablar, le pagué cinco pesos. Por fin el burro era legalmente mío. La venta había sido una especie de acto oficial.
No había, desde luego, posibilidad de que los pillos a quienes pagara con anterioridad me devolvieran el dinero.
Por aquellos días regresó al pueblo la señora Tejeda. Era una mujer vieja, astuta, y muy importante en la localidad. Era mestiza. Todos la temían por su genio violento y por su horrible lenguaje. Era propietaria del único mesón que había en veinte kilómetros a la redonda y en el cual se hospedaban arrieros y comerciantes en pequeño que visitaban el pueblo. La señora Tejeda vendía licores y cerveza sin licencia, pues hasta los inspectores del gobierno la temían.
Había estado ausente durante ocho semanas, porque había ido a visitar a su hija casada, que vivía en Tehuantepec.
Escasamente dos horas después de su llegada, se presentó en mi casa hecha una furia.
Desde atrás de la cerca de alambre de púas gritó como si pretendiera levantar a los muertos:
-¡Salga, desgraciado ladrón, venga, que tengo que hablar con usted y no me gusta esperar, perro tal por cual, gringo piojoso!
Vacilé durante algunos segundos, al cabo de los cuales salí, teniendo buen cuidado de permanecer tan lejos de la cerca como las circunstancias me lo permitían.
En cuanto me vio aparecer en la puerta, gritó con voz chillona:
-¿En dónde está mi burro? Devuélvamelo inmediatamente, si no quiere que mande un mensaje a la jefatura militar para que envíen un piquete de soldados y lo fusilen. ¡Rata apestosa, ladrón de burros!
-Pero señora, dispénseme. Le ruego que me escuche, por favor, doña Amalia.
-Al diablo con su doña Amalia, gringo maldito. Yo no soy su doña Amalia. Traiga acá mi burro, ¿oye? ¿O quiere que le ensarte el cuero con siete plomazos?
-Le ruego que me escuche, señora Tejeda, por favor. -Después, con una humildad con la que jamás me he dirigido ni al cielo, le dije-:
Comprenda por favor, señora Tejeda; se lo suplico. El burro que yo tengo era de la comunidad, no puede ser suyo; comprenda usted, señora.
El señor alcalde acaba de vendérmelo y tengo el recibo debidamente firmado, sellado y timbrado.
-¿Dijo usted timbrado? ¡Al diablo con sus timbres! Por un peso podría conseguir una docena y con mejor goma que los suyos. Este alcalde es un ladrón. ¿Cómo pudo ese plagiario, salteador de caminos, violador de mujeres decentes, venderle mi propiedad, lo que me pertenece legalmente? ¡Burro de la comunidad!… ¡Bandido de la comunidad!, eso es lo que es; ladrón de la comunidad, burlador de elecciones, asesino, falsificador de todos los documentos habidos y por haber, ¡perro roñoso!
-Pero vea usted, señora Tejeda.
-Le digo que me devuelva el burro en seguida. No se atreva a decirme que mañana, si no quiere saber quién soy yo y en qué forma trato a los desgraciados como usted.
¿Que podía yo hacer contra semejante mujer? Nada. Dejé salir al burro.
Ella lo pateó en las ancas para hacerlo caminar.
Después me enteré de que a ella nada le importaba el burro, no tenía en qué emplearlo, nunca lo hacía trabajar y jamás le daba ni un puñado de maíz agorgojado.
-Esto es una vergüenza. Estoy rodeada de ladrones, de bandidos, de asesinos y rateros -gritó para que todo el pueblo la oyera, sin precisar a quién se refería.
Inmediatamente traté de salvar mi dinero hasta donde fuera posible.
Además le había tomado cariño al burro, que me había acompañado durante las últimas semanas.
Así, pues, para salvar parte de mi dinero y para salvar al burro de un mal trato seguro, dije desde atrás de la cerca:
-Señora, por favor. ¿No quiere venderme el burro? No me cabía duda de que ella era la auténtica propietaria del animal.
-¿Vender yo mi pobre burro a un ladrón de ganado, como usted? ¿A usted, un golfo, bueno para nada, miserable gringo? ¿Venderle a usted mi burrito? Ni por cien pesos oro y aunque me lo pidiera de rodillas.
¡Y no se atreva a dirigirme la palabra otra vez, apestoso!
Después me volvió la espalda, se levantó la ancha falda por detrás como quien termina de bailar un cancán, y se fue todavía profiriendo insultos.
Inmediatamente me dirigí al alcalde.
Ya él estaba enterado de lo ocurrido, pues el teléfono no hace la menor falta a esta gente.
-Tiene usted razón, señor; el burro es de la señora Tejada. Pero ella no estaba aquí, estaba ausente, y cuando uno se ausenta, muchas cosas pueden ocurrir. Como ella no estaba aquí, nadie cuidaba del burro, así pues era entonces un animal extraviado y, como tal, pertenecía a la comunidad, de acuerdo con los dere chos, leyes y reglamentos constitucionales.
-Yo no estoy enterado de sus reglamentos, lo que quiero es que me devuelva los cinco pesos que entraron en la tesorería.
El no mostró ni la más leve pena cuando dijo:
-Está usted en lo justo, señor, y tiene todo derecho a que se le restituya su dinero. Esos cinco pesos le pertenecen legalmente. Pero la verdad es que ya no se encuentran en la tesorería, se emplearon para hacer algunos gastos de la comunidad, ¿sabe usted?
Gastos de la comunidad, ¡vaya! No había visto que se hiciera reparación o construcción alguna desde el día que pagué mis cinco pesos a la tesorería.
El alcalde se conmovió sin duda al ver los esfuerzos que hacía yo por comprender a qué gastos se refería.
Inocentemente y con una sonrisa infantil en los labios dijo:
-Verá usted, señor. Yo necesitaba con urgencia una camisa y un pedazo de suela para huaraches, porque los otros ya no estaban en condiciones de ser usados por un alcalde.
Nada había que oponer a sus razones. Él era alcalde, y como tal, tenía que presentarse decentemente vestido, pues su presencia en harapos habría ido contra la dignidad de su puesto. Habría sido, realmente, una vergüenza para la comunidad a la cual yo también pertenecía. Y el deber de todo ciudadano es guardar la dignidad de su comunidad ante los ojos del mundo. Así, pues, el alcalde había estado en su derecho al emplear mi dinero en lo que a él le pareciera más esencial para la dignidad del pueblo. Ni el más exigente comité investigador le habría podido condenar por dilapidación de los dineros públicos.
El título de este cuento dice: «Dos Burros». El lector se preguntará ¿y el otro burro? Pues bien, nuevamente anda en busca de algún sitio tranquilo en donde vivir, pero bien lejos de ese lindo pueblecito oaxaqueño, porque allí su reputación de roba ganado y despojador de gente pobre es desastrosa.

FIN


viernes, 18 de mayo de 2018

SIN ALEVOSÍA




Mariví Cerisola
Era infiel porque así nació. Le gustaban casi todas las mujeres: castañas, morenas y pelirrojas; rizadas y también lacias. Altas, no tanto, escuálidas y robustas. Las rubias eran las únicas que no tenían un número en su lista de conquistas; las dejaba de lado porque su madre había sido la güerita del barrio y se le hacía un impudor meterse bajo las sábanas con alguna parecida a su mamacita. Así era Alejandro Mendizola y así lo amaban y aceptaban sus mujeres. Porque, eso sí, él no les mentía nunca y su lema era: “Yo soy así y nunca voy a cambiar; quien me quiera, que me quiera como soy”. Y sí, asimismo era como lo querían todas, a su manera. Jamás le hicieron ningún escándalo ni le reclamaron nada porque Alejandro las tenía a todas contentas y bien servidas, y la que se subía a su carro sabía de antemano cómo era la meneada en su paraje.
Muchos fueron los hijos que tuvo y a todos los tenía en la misma escuela. Por ende, todos eran amigos y a todos se los llevaba a misa los domingos y después a comer a la plaza grande para que aprendieran a ser tan buenos cristianos como hermanos. El cura del pueblo, que era su amigo por las pródigas caridades con que lo beneficiaba, había bautizado, comulgado y confirmado a la prole entera. Alejandro no tenía consentidos, pues con sus vástagos asumía el mismo método que con sus señoras: no hacer diferencias. Tan iguales unas como los otros. Las niñas tenían el nombre de las madres y las abuelas. Los niños, sin excepción, el suyo con algún aderezado: Pedro Alejandro, Alejandro Cruz, Carlos Alejandro, Alejandro Artemio y puros Álex con su consabido apéndice. En cada una de sus casas había un perro de la misma raza, el cuadro de un gallero colgado en el comedor, una sala de cuero con visos amielados, vigas de madera en los techos, cortinas de manta, losetas brillantes en el suelo, vasos de vidrio soplado y vajillas de cerámica. Lo único desigual en la decoración de cada vivienda era la mujer y los chiquillos que la habitaban. Y así andaba por la vida, queriendo y siendo querido sin problema alguno. Hasta que se le apareció la Muñe por la senda y, de un plumazo, se le desorientaron todas sus doctrinas.
La descubrió una mañana cuando el sol aún no alcanzaba a calentar las azoteas y la ropa ondeaba húmeda en los tendederos. Nada más verla, supo que sus días gloriosos estaban por terminar. Supo también que no habría, en ningún dispensario de la zona, un antídoto para no envenenarse con esa risa de chorro que le salía a la Muñe y anegaba los ejidos de la región. Inevitable no caer rendido ante aquellos ojos que miraban más allá de las montañas, más lejos de lo más lejano y que eran más brillantes que una luna de noche abierta. Comprendió muchas cosas con sólo divisarla: los dolores del sentir, el canto de los cenzontles, el aullido de los coyotes montañeros y los suspiros que aventaban sus tías con la telenovela de las nueve. Se le agitaron las coyunturas, los vellos del cogote y los ventrículos del corazón. Por primera vez en su vida tuvo miedo de que la Catrina se lo llevara al mundo de las sombras sin antes dejarlo calar esa boca tan femenina que prometía quitarle de un jalón la sed con que había nacido.
La Muñe lo miró de frente, con desgarro, con la razón de estar al tanto de que ese hombre grandote y moreno ya estaba hasta las cachas por su figura. Los dos se observaron, confesándose de adentro para afuera en ese lenguaje mudo que sólo oyen los que en algún punto del camino son tocados por las emociones.
Desde ese momento, Alejandro y su Muñe se hicieron sólo una persona. Él se olvidó de que tenía otras casas, otras mujeres y muchos hijos e hijas que lo esperaban en vano con sus mejores galas domingueras para ir a la parroquia y luego a la plaza grande a comer tacos de maciza.
La Muñe, con sus ojos crecidos que veían más distante que cualquier otro par de ojos, supo mirarle el alma a su nuevo amor e hizo todo y más para tenerlo sonriente y satisfecho. Se puso un mandil blanco con margaritas, aprendió a hacer tamales de chile colorado, cambió a su loro parlanchín por un perro y se hacía que era menos lista de lo que en realidad era para que su hombre moreno y grande se sintiera más indispensable de lo que era en realidad. Ambos se habían dicho y prometido, y entre tanta palabra y promesa, ella les bajó los dobladillos a sus faldas y les subió el escote a sus vestidos; ya no se pintaba la boca de carmesí y dejó de hacerse la permanente en el pelo. Él sólo prometió una cosa: no voltear los ojos hacia ninguna mujer que se le atravesara por delante. Ese ofrecimiento le bastaba a la Muñe, cuya canción favorita era la de “Yo jamás perdonaría ni adulterios ni traiciones”.
El verano llegó al lugar como llegan todos los veranos: despejado, voluble, húmedo y caluroso. La venta de helados en la localidad se incrementaba, la gente vestía estival y ligera, el ambiente olía a verde recién cortado, y las mujeres, aquellas que hasta hacía un tiempo habían compartido al mismo hombre, ahora se reunían alrededor del quiosco de la plaza para compartir el abandono. No departían mucho entre ellas; sólo se observaban unas a otras con ese aire de asombro que permanece tras un lance inesperado.
Un año con sus ocho meses había durado el romance y, una tarde, cuando el sol ardía sobre el piso de las terrazas y la ropa ya reseca esperaba ser descolgada de los tendederos, Alejandro y su Muñe daban un paseo por el empedrado. De pronto, se pararon afuera de la panadería a mirar los pasteles amerengados de cuatro, cinco y hasta ocho pisos que eran la especialidad de ese lugar. En ésas estaban cuando una ligera ráfaga de viento pasó rozándoles la cabeza y contemplaron su reflejo en el escaparate con los pelos enmarañados y un modo que no se parecía en nada al que antaño se veían en el espejo. Y fue allí, entre aquel boato dulce y adornos de bodas y quince años donde se descubrieron distintos. Tan distintos a esos que habían sido antes. Voltearon a verse una al otro con ese pasmo que surge tras una revelación espontánea. Y aquellos dos, que hasta ese momento habían sido sólo uno, de un jalón fragmentaron sus ensueños. Se dieron un abrazo largo y confundido, y se apartaron por la calzada en busca de sus personas.
La historia enderezó su rumbo. La Muñe le subió el dobladillo a su falda y se bajó el escote. Arrojó al río el mandil con margaritas, se puso los labios bermellón y se hizo la permanente. Recuperó su risa de chorro con la que humedecía poblados enteros, y con el perro, al que ya le había tomado cariño, a su lado, se fue levantando silbidos hacia esos otros parajes que sus ojos, aquellos ojos que miraban más lejano que ningunos otros, ya habían divisado.
Por su parte, Alejandro se dedicó a hacer la visita de las siete casas porque hacía un año con sus ocho meses que no llevaba a su tribu a la iglesia ni a comer tacos de maciza a la plaza grande.
Los Alejandros Pedros y los Pedros Alejandros proliferaron por la región. Se volvieron a vender los cuadros de galleros, los taqueros hicieron su agosto cada domingo, pusieron más pupitres en la escuela y los criadores de esos perros de la misma raza tuvieron que ampliar el negocio.
Así había nacido, infiel, y asimismo lo amaban y perdonaban sus mujeres. Porque a Alejandro le fascinaban las conquistas y tenía que ver con casi todas menos con las rubias, pues jamás se metería a la cama con una mujer de pelo amarillo que le recordara a la santa güerita que lo había traído al mundo.

FIN

MarivíCerisola. Algunas veces también Victoria, crea sus textos al ritmo de la luna. Nacida en Ciudad Obregón, Sonora, tiene el corazón chilango y una madre española. Ha publicado varias novelas para adolescentes e historias para niños. Irrumpe en el mundo de los adultos con sus cuentos y con su novela Benditos esos lunes de café. Inevitablemente, como buena canceriana, siempre se enamora de sus personajes. Es compiladora de esta antología.