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martes, 27 de julio de 2010

LA COSMOGONÍA GAUCHA

LA COSMOGONÍA GAUCHA
Por Carlos Astrada 
                                                                                                

Gauchos argentinos en fotografía de 1865 obtenida por Benito Panuzzi


  Carlos Astrada es uno de los pocos filósofos que ha generado la historia argentina. Lo mismo que Alejandro Korn o Rodolfo Kusch, su destino actual es el olvido. Autor de numerosas obras de relevancia, como Hegel y el presente (1931);Nietzsche. Profeta de una edad trágica (1945); Goethe y el panteísmo spinoziano (1933). En 1948 publica el Mito Gaucho. Obra de especulación filosófica respecto al hombre argentino, la geografía pampeana, y la metafísica del gaucho. La imaginación teórica de Astrada lo conduce a fundir en una sola constelación reflexiva el Martín Fierro, la cosmovisión pitagórica y el karma búdico. Mediante esta sorprendente simbiosis de tradiciones, Astrada piensa la cosmogonía gaucha, su forma de percibir el origen de la existencia, el hombre y la llanura. Y su manera de entender el tiempo y sus secretas afinidades con el círculo, y una "rueda de la tardanza". 
    De esta manera, en este espacio de Temakel, en este item de Textos olvidados, y también de Textos de filósofos, consumamos la inquietud de rescatar la textualidad del pensar profundo de los filósofos canonizados por la historia universal y, también, de aquellos pocos singulares pensadores que emergieron de la tierra argentina.  
E.I

COSMOGONÍA GAUCHA
Por Carlos Astrada

1. LA TÉTRADA PAMPEANA

  La extensión yacía cubierta por un gran silencio. El silencio cuyo piélago iba a ser la cuna del mito pampeano, el que al cobrar voz, voz de canto, lo desgarraría para articular dentro de su cósmica concavidad una palabra, la palabra de un mensaje, la cifra de una cosmogonía, de una historia gaucha del mundo, cuyos elementos primordiales comienzan a organizarse, a articularse en cosmos en virtud de la medida y el rimo de las estrofas de un canto.
  No sólo, en el mundo, primero fue la poesía, el canto, sino que el mundo mismo empieza a arquitecturarse, a surgir del caos primitivo en una canto plasmador. Es que, como nos enseña el Mago del Norte, "la poesía es el idioma materno del linaje humano" y así "como la floricultura es más antigua que la agricultura y la pintura que la escritura, el canto es más antiguo que la declamación", que la palabra hablada y el discuro.
     El cielo, la tierra y el mar eran un bloque indiviso de silencio, y en este inmenso piélago silente flotaban, todavía sin nombres, es decir indeveladas, enigmáticas, las cosas; y la vida pampeana, latente, en germinación, aguardaba el signo diferenciador y jerarquizador de las normas, para organizarse e integrarse en un mundo. Cielo, tierra y mar callaban, y la noche les devolvía, ahondado en eco, el denso silencio, ese  silencio que como el Número pitagórico, munido de la fuerza del Uno supremo, o la región de las Madres goetheanas, es la matriz de las formas originarias,  de las que fluyen de los moldes arquetípicos todos los seres, en concreciones y diferenciaciones múltiples.
    Es el momento en que esta tétrada o cuaternidad cósmica va a cobrar voz, irrumpiendo en un canto en el arquetipo de la pampa, en el gaucho. Así, en cl contrapunto de Martín Fierro con el Moreno, asistimos de nuevo, en el relato rapsódico, al emerger de cielo, tierra, mar y noche del silencio originario, de este reino abismático que guarda en germen las floraciones teogónicas y cosmogónicas. Estamos, más o menos, ante la famosa tétrada pitagórica (tierra, cielo, humanidad y el Uno supremo como coronación), con su  fuerza genesíaca, tal cual se la enuncia en uno de los Versos dorados:
    La tétrada sagrada, inmenso y puro símbolo,
    fuente de la Naturaleza y modelo de los Dioses.
   Lo que el Moreno, respondiendo a las preguntas de Martín Fierro canta, es lo que andaba en boca de anónimos rapsodas pampeanos, los que habían recogido por tradición el relato de la cosmogonía gaucha. Aquí, el canto del cielo y el mar nos abren una perspectiva sobre el macrocosmos y estamos  frente a la acción de los elementos, pero evaluados con medida humana y a imagen de los actos humanos. Por eso del canto del cielo se dice que:
       los cielos lloran al caer el rocío
         cantan al silbar los vientos. 
  y del canto del mar que
         parece que se quejara 
           de que lo estreche la tierra.
    En cambio, el canto de la tierra y el de la noche nos introducen en el microcosmo, y aquí escuchamos llanto que delata vida naciente, gemir elegíaco y el lamento perdido en la noche, proveniente de no se sabe qué humano trance o dolor.

2. LOS CANONES COSMOGONICOS

     A las preguntas del Moreno, que versan sobre la cantidad, la medida, el peso y el tiempo, es decir sobre partes esenciales, nociones últimas de la cosmogonía, Martín Fierro responde dándonos en sus estrofas la clave de la bóveda, puesto que vierte luz trascendente acerca de los supremos cánones cosmogónicos:
       Uno es el sol, uno el mundo, / sola y única la luna; / ansi, han de saber que Dios /  no crió cantidá ninguna. /El ser de todos los seres / sólo formó la unidá; / lo demás lo ha criado el hombre / después que aprendió a contar.
    Aunque la enumeración de las tres grandes unidades,  sol, mundo y luna  es caprichosa, es evidente aquí la reminiscencia de la tríada  de Pitágoras, sobre cuya base éste formula  la ley de lo ternario cósmico como piedra angular de su cosmogonía. Ya Zoroastro había enunciado en uno de sus oráculos:
     El número tres por doquier reina en el universo
      Y la Mónada es su principio.
    Lo mismo que la tríada pitagórica se integra y se concentra en la unidad divina, en la gran mónada, así también, en la cosmogonía gaucha, aquella tríada es reabsorbida en "el de todos los seres’’, ya que él mismo,  como la gran mónada se recrea eternamente a sí misma, forma la unidad. De esta identificación de los elementos de la tríada con el ‘‘ser de todos los seres’’, con la unidad, procede la acusada nota panteísta que encontramos en la cosmogonía pampeana. En cuanto a la medida:    la medida la inventó / el hombre para bien suyo. /  Y la razón no te asombre, / pues es fácil presumir: / Dios no tenía que medir / sino la vida del hombre.
     Aunque la medida es invención del hombre, éste no es medida de todas las cosas, como en el enunciado protagórico, sino que Dios, el Uno, mide la vida del  hombre porque, "con su esencia, le da también la razón por la cual éste, por medio de su alma, participa de la razón última del Uno", como nos dice el pitagórico Filolao. 
    En lo que respecta al peso:
    Dios guarda entre sus secretos / el secreto que eso encierra, /  y mandó que todo peso / cayera siempre a la tierra; / y sigún  compriendo yo, / dende que hay bienes y males, / fué el peso para pesar / las culpas de los mortales.
    Vale decir que, aquí, el peso es interpretado en su doble sentido, con sus correspondientes signos, científico e histórico, a saber, como gravitación, la manzana de Newton, y también como caída, como pecado, la manzana de Adán y Eva, que ocasionó la pérdida de todos los paraísos que en el mundo fueron, iniciando el proceso creador de la historia. Proceso centrado en el hombre, con todos sus bienes y males, los que serán juzgados no, según un canón escatológico, en un juicio final como acabamiento de la historia, sino en el recinto de la propia conciencia, en lo individual, y, en lo colectivo, ante el tribunal universal, instancia secular representada por la historia universal, como lo enuncia el conocido apotegma de Hegel: die Weltgeschichte ist  das Weltgericht  ("la historia universal es el juicio final").
   La payada especulativa, que por las intenciones del Moreno casi deriva en pendencia, llega a su fin con  la pregunta decisiva que, acerca del origen del tiempo, aquél formula a  Martín Fierro, cuya respuesta reza:

   el tiempo sólo es tardanza / de lo que está por venir; / no tuvo nunca principio /  ni jamás acabará, / porque el tiempo es una rueda, / y rueda es eternidá;

3. KARMA BUDICO Y DESTINO GAUCHO 

    La referencia a la rueda como imagen del tiempo nos coloca directamente ante el símbolo cósmico del budismo, es decir ante una indudable resonancia oriental en la  cosmogonía gaucha. Es sabido que, para Buda, los rayos, en número infinito, de la rueda cósmica están constituidos por las ansias y esperanzas humanas siempre renovadas, caminos de vida que se cortan y entrecruzan, pero que, no obstante, convergen y se integran en el todo, son absorbidos por éste en su unidad inmutable. También el karma pampeano tiene profundas notas de semejanza con el karma búdico. En ambas se trata no sólo de un acatamiento resignado al destino, sino incluso de su consciente aceptación, y de la certeza de que el destino puede modificarse por obra del querer del hombre, ya que éste con la potencia de su voluntad puede situarse fuera de la acción de los elementos naturales y enfrentarlos para afirmar, frente a la total naturaleza, su supremacía.
    Martín Fierro, fiel al karma pampeano, siente el destino como una potencia operante en la vida humana. Así, en medio de la intemperie de la pampa, mirando al cielo de sus noches, cree descubrir en el curso de los astros un signo de esa potencia que gravita sobre él y  resignadamente la acepta:
       No hay fuerza contra el destino / que le ha señalao el cielo /  y aunque no tenga consuelo / aguante el que está en trabajo.
             Según la enseñanza del karma, estirpes e individuos, antes que ellos tracen la órbita de su destino telúrico y se corporicen históricamente por el nacimiento, existían ya en el plan uno y originario del mundo. La diferenciación de la especie humana y de los individuos tendría su origen muy arriba, y lo que sabemos de su marcha terrena es sólo un reflejo y un símbolo de lo que se vela en la sombra de los misterios creativos, del origen remoto, remoto en el tiempo, y remoto, como enorme y brumosa distancia espiritual, para el esfuerzo por volver a las fuentes absolutas de que fluyen todas las realizaciones tempo-espaciales... Cada alma llega a la tierra signada ya por un destino, nota originaria previa a la encarnación y a su devenir temporal. En este postulado se compendía la doctrina del karma,  que del molde de la sabiduría oriental se trasvasa al pensamiento  antiguo para informarlo en sus direcciones míticas y filosóficas cardinales. Platón conoce el karma, cuya idea la trueca, con alguna variante, en la idea de la pre-existeflcia; también la conoce y valora el neoplatonismo. Así, Plotino nos dice (Enn., lll, ll, 17): " . . . la razón universal es una, pero ella no está dividida en partes iguales. Es por esto que el universo contiene regiones diferentes, buenas y malas; la  desigualdad de las almas corresponde a la de las regiones. Resulta así que las regiones del universo son tan disímiles como las almas, y que almas desiguales ocupan también lugares diferentes. En consecuencia, para Plotino, no es el nacimiento lo que determina la peculiaridad natural vital del hombre, sino, a la inversa, la naturaleza,  prediseñada en el plan de la razón universal, lo que determina el  nacimiento  del hombre, conforme al módulo de su estirpe, también predeterminado. 
    De acuerdo a esta idea, la fidelidad al ser de la comunidad en que se ha nacido (fidelidad a la propia naturaleza) no significa abandono, pasividad espiritual respecto a un destino étnico y biológico, sino un alerta que viene del más profundo estrato del ser humano para articularse en la conciencia de un firme vínculo de nosotros mismos con un destino que, como una potencia lejana, pero efectiva, planea por encima de nuestra existencia. Nos sentimos atados fuertemente a la trayectoria  anímica y cultural de nuestra estirpe, a su constelación espiritual, con la certeza de que sólo dentro de su urdimbre está el logro del destino individual y de lo nacional que, alentando en él, le da sentido y entronque. El hombre es la manifestación tempo-espacial de un principio, de un comienzo, que se remonta al de su gente, la que ha advenido al planeta y en él se ha creado su ámbito, concibiendo su tránsito, sus creaciones y su rumbo como una misión trascendente e intransferible.
     Lo que excede temporalmente al individuo es la herencia paterna y la de raza, el acervo de una cultura con sus técnicas e instrumentaciones; pero todo este contenido tradicional no se agota  en la realidad espiritual  del individuo, como podría sostenerlo una doctrina naturalista o un  historicismo incapaz de ascender a lo normativo. El legado hereditario, biológico e histórico, no tiene otra función que reunir y coordinar en el hombre fuerzas y disposiciones virtuales que sólo pueden ser asumidas y valoradas por el individuo cuando mediante ellas llega a expresión una   tradición anímico-espiritual, una herencia oriunda de un comienzo, que si fue histórico, ya se ha transformado en una estructura esencial, incorporada al reino incorruptible de las esencias. Unicamente en virtud de esta confluencia de lo gentilicio-histórico y del karma se transforma el hombre, de mero producto biológico, en un símbolo, que se hizo terreno, si cuajó en un módulo humano con el  insurgir de una estirpe a esta vida fue para ayudar a inscribir, en el cosmos histórico de las culturas, la constelación impermutable de la propia, cifra de un mensaje único, que no cabe homologar con ningún otro. De aquí arranca la peculiar tarea espiritual del individuo. Si valoramos esta idea en toda su fundamental importancia, se nos iluminará el significado profundo del imperativo de la sabiduría antigua, que se expresa en el "conocete a ti mismo’’ délfico, cuyo pendant es el "sé tu mismo" deviene "el que eres’’. En este imperativo encuentra su único fundamento, para el hombre, la decisión de  mantenerse fiel a su naturaleza y de obrar siempre conforme a ella, realizando el  propio karma.
    De este modo, pues, que si estamos aquí, en esta región del universo, en sentido plotiniano, frente a la anchura infinita de la pampa y bajo la Cruz del Sur, es porque venimos desde muy lejos y un imperativo de fidelidad a la propia estirpe, el eslabón invisible del destino, nos vincula a orígenes siempre memorables. 
    En cambio, dentro del marco de la imagen cristiana del mundo, el problema que plantea la doctrina del karma no encuentra lugar ni asidero para su formulación, y menos el de su influjo positivo sobre la programación de la tarea perfectamente singularizada de hombres, estirpes, naciones sobre el planeta, tarea que éstos conciben y cumplen como misión y como destino. La Iglesia rechaza la idea de la pre-existencia, reconocida por las tradiciones anteriores indo-germánicas pre-cristianas, incluso, como vimos, por las de la cultura clásica.
    Para la concepción cristiana, toda alma humana es creada por Dios de la nada en el instante mismo en que ella nace en un determinado cuerpo, el que le corresponde. El Dios cristiano sólo conoce individuos sueltos, sin entronque alguno; pero no razas, ni estirpes, ni pueblos, ni naciones, ni tampoco individuos adscriptos a éstas o a una estirpe; vale decir sólo conoce almas individuales, emergentes de la nada por un acto de creación.
   De este modo, el problema de porqué un hombre pertenece a ésta y no a otra estirpe encierra un misterio teológico. La ortodoxia cristiana lo "explica" con un: Dios lo ha querido  así, y este designio divino permanece inescrutable para la intelección humana. La teoría protestante de la predestinación, según la cual está ya predeterminado en el espíritu divino que cada hombre tiene que ser tal como él aparecerá en su existencia terrena, lejos de aclarar la cuestión, la torna más difícil y oscura.
    Leibniz da carta de naturaleza filosófica a esta idea, al concebir todo acaecer en la sustancia humana individual como una consecuencia  de su concepto, tal como éste se ha originado en la inteligencia de Dios.4.

 LA RUEDA DE LA TARDANZA

    Al quedar apresado en la rueda cósmica de su karma, que no de otra manera  puede pe
nsarse el nexo de los individuos con la estirpe en un devenir cíclico siempre recomenzante, el hombre argentino concibe y vive el tiempo como incrementación constante de su destino, de sus posibilidades vitales, es decir como un movimiento de una rueda que en cada giro se agranda, se enriquece en su sustancia. Por eso, para él, dentro del cuadro de la cosmogonía gaucha,
      el tiempo sólo es tardanza
        de lo que está por venir. 

     Un futuro que es puro esquema, en el no hay nada que pueda acaecer, de lo que ya está, como virtualidad, insinuado en nuestro ser, en nuestra expectativa, es un futuro que no incide grávido en nuestro presente, baldío de las cosas que se esperan. En este caso no podemos hablar de "lo porvenir’, que está ya contenido germinal en el presente, y que hace que éste se adelante elástico y confiado hacia él. 
   El argentino, en cambio, que, movilizado con el impulso hacia el mañana, va al encuentro de su provenir, concibe el tiempo, y lo que nos traerá, en la perspectiva de la "tardanza", como impaciencia creadora, en la que lo nuevo ya está pulsando en el anhelo esperanzado de que rebosa su presente. Frente a este futuro, predibujado por la esperanza y el afán, el futuro de la previsión astronómica y de la calculada objetividad de los resultados, "previstos",  de la ciencia físico-matemática, no es nada más que un presente estático, en el que no hay nada que esté "por venir", que implique novedad y creación.
   En el sentido de esta distinción, podemos decir, con exactitud, que (para) el hombre argentino... el tiempo se temporaliza desde el futuro, en tanto éste es expectativa vital y existencial de lo que ya se encuentra en gestación, en un proceso henchido siempre de novedad, de realidad inéditas. De modo que este futuro, como futuro viviente, establece, tiene ya, un nexo con su pasado inmediato,  con su ayer, y está inmanente en su hoy. Lo que está siempre "por venir" no se pierde en una dimensión rectilínea, que se aleja del impulso del punto de partida, sino que gira continuamente en torno del eje de la "rueda’" que es el tiempo, para Martín Fierro.
    Todo lo nuevo, todo el aporte creador que entraña "lo
que está por venir" gira, con el movimiento de la rueda del tiempo, en torno de la vida argentina, del eje de la argentinidad, dilatando sus efectivas posibilidades, enriqueciéndola en la dimensión circular de sí misma.
  La fe, la confianza, que el hombre argentino tiene en el porvenir, contemplado y sentido como mera "tardanza" de primicias inminentes, de una ventura y una prosperidad nacional ciertas, que están ya a la vista y que sólo demoran por la impaciencia del realizador, es fe en la distensión vital, creadora, del ser de la patria, que así ensancha, agranda y embellece su propio ámbito. (*)
(*) Fuente: Carlos Astrada, El mito gaucho. Martín Fierro y el hombre argentino, Buenos Aires, Ediciones Cruz del Sur, 1948.
   El mito gaucho y otras obras de Carlos Astrada pueden ser leídas en el Instituto de Literatura argentina "Ricardo Rojas", de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, ubicado en la calle 25 de mayo 217, 1 piso, de la ciudad de Buenos Aires, Argentina.