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jueves, 2 de septiembre de 2010

Cuando la tarde se inclina



Cuando la tarde se inclina

Lázaro Covadlo
(Argentina, Buenos Aires)


Los maté en el mismo lugar, debajo del mismo árbol donde se habían puesto a dormir la siesta -insistió el viejo.
 
Hacia calor en ese despacho. En el techo las aspas de un viejo ventilador giraban con gran ruido; no servía de mucho, y le daba ritmo de metralla a la luz solar proveniente de la ventana alta.
 
-Un rato antes habían hecho sus cosas de novios. Estaban en bolas. Como seguramente creyeron que no los miraba nadie, hacían esas cosas muy tranquilos; pero desde donde yo me escondía podía verlos y oírlos... Hasta el olor que soltaban me llegaba. Porque, como sabrán, cuando los hombres y las mujeres hacen ciertas cosas sueltan olor. -El viejo miró a uno de los policías y después al otro, esperando que alguno de los dos hiciese al menos un gesto con la cabeza, pero ambos permanecían impasibles. El viejo continuó:
 
»Yo, además de mirarlos, desde mi escondite los olía todo el tiempo; y, claro, me daban bronca: es que hacía mucho que no había estado con una mujer. Además de sentir rabia me puse muy caliente, yo. Yo, por aquella época era un guacho joven.
 
Después se vistieron y sacaron comida de un bolso. Entonces me dieron más bronca: ¿saben cuánto hacia que no me llevaba a la boca nada bueno, yo? Nada más que las sobras que encontraba en los tachos de basura comía; eso era lo que me metía en el estómago. Después de tantos años todavía me acuerdo bien de todo lo que sacaron de ese bolso: fiambre, queso, duraznos, vino... ¡y hubieran visto con qué gusto masticaban y tragaban! Se notaba que el amor les habla despertado el apetito, y es que también ellos eran muy jóvenes. Las mejillas se les pusieron coloradas... a los dos. Eran un poco chanchos, si, porque comían y cogían encima del mismo lienzo. SI, si, eran muy puercos: después se tiraron sobre ese mismo lienzo y estuvieron un rato franeleando; pero nada más que caricias se hicieron.

Enseguida se durmieron. Al principio dormían abrazados, y cuando al fin se separaron yo fui a buscarlos con mi navaja. Murieron casi sin darse cuenta. Al hombre le hice un tajo grande en la garganta; se lo hice de un solo corte; muy rápido se lo hice yo. Alcanzó a abrir los ojos y después pataleó un poquito. Con el ruido, la mujer empezó a despertarse... pero no le di tiempo a que despertara del todo, pobrecita. Le corté el cuello igual que se lo corté a su novio, yo. A ella se lo corté todavía más rápido... Hubieran visto cómo se desangraban los dos -el viejo miró el crucifijo que colgaba de la pared, encima del escudo de la Nación argentina, y se santiguó.
 
El subcomisario Reyes miraba fijo al viejo. Al principio lo escuchaba con fastidio, después con creciente curiosidad. Era un anciano desarrapado y mugriento, y a él no le gustaba tratar con linyeras. Éste había venido a la comisaría nada más que a confesar un crimen que habría sucedido mucho tiempo atrás. Quizás era mentira; tal vez no había ningún crimen: sólo un viejo loco que quería hablar de cualquier cosa. Asi pensó al principio. A medida que fue oyendo la historia ésta comenzó a parecerle verosimil, pero se resistía a aceptarlo.
 
-¿Y en qué año dice usted que los mató? -lo preguntó con un tono desganado. No era difícil creer que su desgana era verdadera: Reyes tenia gestos indolentes que hacían juego con la pesada robustez de su cuerpo de movimientos lentos. El mostacho que le tapaba el labio superior le acentuaba el aspecto de foca vieja.
 
-En el cincuenta; en mil novecientos cincuenta. Más o menos por estas mismas fechas, señor.
 
-¿Quiere decir por Navidad?
-Sí..., o a lo mejor un poco después, pero en todo caso antes de fin de año.
 
Reyes cambió una mirada con el oficial Alonso. Sabían que si lo que el hombre refería era cierto tendrían trabajo. Quizás, en el mejor de los casos, estarían ante un mitómano. A veces había tipos así: gente solitaria que, al no tener trato con nadie, lo buscaba con la policía. Si, muy posiblemente ése que tenían delante era sólo un viejo loco. Ojalá, pensaron Reyes y Alonso.
 
-Entonces, eso que usted nos cuenta sucedió hace cuarenta y siete años. Es mucho tiempo: el delito ya debe de haber prescrito. ¿Así que nunca encontraron los cadáveres? ¿Cómo pudo ser que no los encontraran?
 
El anciano pidió permiso para fumar, el subcomisario Reyes asintió con la cabeza. Inmediatamente el hombre pidió un cigarrillo. Reyes no fumaba, pero el oficial Alonso tenía cigarrillos y le dio uno al viejo; éste pidió fuego. Después de exhalar la primer bocanada de humo, dijo:
 
-Los enterré ahí mismo. ¿Por qué iban a encontrarlos?
 
Reyes volvió a mirar a Alonso, levantó las cejas para indicarle que siguiera interrogándolo él. Estaban los tres solos en el interior de la comisaría; afuera hacía guardia un agente. La comisaría era poco más que un pequeño puesto en un pueblo de la Provincia de Buenos Aires, de tres mil quinientos habitantes -contando la periferia-, donde no había ocurrido ningún drama notable desde mucho antes de que Reyes y Alonso ingresaran en el cuerpo, unos veinticinco años atrás.
 
-¿Cómo que los enterraste? ¿Con qué los enterraste, viejo? ¿Con las manos? -Alonso lanzó las tres preguntas como si disparara en las prácticas de tiro. Era su forma de interrogar: acorde con su temperamento nervioso que daba la impresión de hacer juego con el cuerpo flaco y huesudo. Parecía que por dentro estuviera construido con una red de alambres eléctricos.
 
El viejo comenzó otra vez con su historia: él estaba deambulando por ahí, a unos veinte kilómetros del, pueblo, cuando vio a la pareja. Al principio pensó acercarse y mendigar algo, pero al darse cuenta de que no lo habían advertido empezó a espiarles: vio cómo hacían el amor y cómo después se daban un banquete. Cuando notó que se dormían pensó en robarles, sólo en robarles, pero después se le ocurrió que seria mas fácil si antes los mataba. Como si sus miserias biográficas justificaran el crimen, refirió que desde niño había vivido sin hogar, durmiendo bajo los aleros de las casas y al borde de las carreteras. Nunca había apreciado su propia vida, de modo que tampoco aprendió a valorar las ajenas, por eso era que... Reyes y Alonso volvieron a oír el relato de cómo había asesinado al hombre y a la mujer. El viejo no ahorró detalles: les dijo que después comió lo que todavía quedaba, y terminó el resto del vino -aún hoy, a los ochenta y pico años, evocaba el sabor de ese vino-. A continuación hurgó en los bolsillos del hombre y en el bolso de la mujer. Llevaban algo de dinero. También les quitó los relojes y a la chica una pulsera que resultó ser de fantasía. Después se alejó del lugar, pero una hora más tarde, al encontrar entre los surcos de un sembrado una pala que parecía abandonada, resolvió volver y enterrarlos. Ahora no sabría decir por qué decidió enterrarlos, ya que no había sido su intención inicial. Quizá pensó que si no encontraban los cadáveres tampoco darían con el asesino, o tal vez tuviera algún oscuro escrúpulo en dejarlos para los caranchos.
 
Nunca supo quiénes eran sus víctimas, y tampoco tuvo modo de enterarse: no leía diarios ni escuchaba la radio. Suponía que los familiares de los muertos, si es que los tenían, los habrían dado por desaparecidos. Casi se había olvidado del asunto, pero en los últimos tiempos, después de las borracheras, empezó a frecuentar las iglesias. Se confesó, y el cura, además de las penitencias, le recomendó que fuera a la policía. Él sabia que no viviría mucho tiempo más, así que bueno, para qué dejarlo para después de la Navidad si podía hacerlo hoy.
 
Reyes y Alonso volvieron a cambiar miradas de entendimiento y fastidio: ésa debería ser su última guardia del año; esta vez a ambos les correspondían completas las vacaciones de Navidad, año nuevo y la festividad de los Santos Reyes Magos. Tenían proyectos en común: ambos harían un viaje en compañía de sus esposas. Pensaban visitar Buenos Aires y el balneario de Mar de Ajó, esperaban pasarlo bien y creían merecerlo, pues el año anterior les había tocado quedarse. Si lo que el viejo contaba era cierto, las vacaciones de este fin de año también se habrían arruinado.
 
-¿Por qué no volvés mañana, viejo? -dijo Alonso, sabiendo que al día siguiente serían otros los que estuviesen a cargo de la comisaría.
 
-Mañana podría estar muerto, señor.
 
-No hay nada que hacerle, Alonso; nos ha tocado a nosotros -dijo Reyes con un suspiro.
 
-Lo más probable es que a este viejo le falte un tornillo -murmuró Alonso.
 
-Ojalá fuera cierto, entonces no habría problema.
 
-Bueno, si dice la verdad al menos esto podrá contar para un ascenso.
 
-Ni lo sueñes. El viejo ha venido a entregarse solo; ni siquiera podremos decir que nosotros hemos investigado nada -de golpe recorri con la mirada las paredes del despacho sucio y gris, como queriéndose hacer a la idea de que en mucho tiempo no podrían alejarse de su lugar de trabajo. Miró otra vez el almanaque de «La Estrella», almacén de ramos generales, en el que había quedado sola la hoja de diciembre-. Todo este asunto servirá para estropearnos las vacaciones nomás -dijo, con rabia-. De todos modos tendremos que asegurarnos. ‑Reyes volvió a dirigirse al anciano- ¿Te acordás todavía dónde queda el sitio en el que decís que los mataste y enterraste?
 
-Perfectamente, señor. Me acuerdo perfectamente. Como si hubiera sido ayer me acuerdo yo.
 
-¿Y está muy lejos?
 
-Nada más que a una hora y media de camino, señor, Claro que si vamos en coche tardaremos mucho menos. Me gustaría viajar en coche.
 
-Vamos para allá -dijo Reyes con tono de resignación. Agarraron al viejo por ambos brazos y empezaron a salir. Al pasar por la puerta de la comisaría dijeron al agente de guardia que volverían en poco tiempo.
 
-Vamos a sacar a este viejo del pueblo -mintió Reyes. Aunque en ese momento pensó que, si efectivamente se trataba de un loco mitómano, lo dejarían bastante lejos; tal vez fuera de los limites de la Provincia.
 
De joven el vagabundo habría sido un tipo vigoroso, pues se necesitó cavar más de metro y medio hasta topar con el primero de los esqueletos. El otro se hallaba inmediatamente debajo de aquél. Carne y piel ya no les quedaba; apenas unos jirones de la ropa. Ahora los tres hombres rodeaban el foso y miraban en silencio esos restos.
 
Estaban los tres exhaustos y sudados: se habían turnado con la única pala. El viejo tendría que haber estado al borde del desmayo, ya que lo hicieron cavar también a él, pero, teniendo en cuenta su edad, no parecía encontrarse demasiado cansado. La fresca sombra de un reducido monte de eucaliptos los cubría; entre el ramaje alborotaban unos pájaros. A Reyes le dio por pensar que cuando ocurrió la tragedia habría otros pájaros, pero los árboles ahora estaban tan vivos como entonces, cuando él y Alonso aún no habían nacido. Reyes solía ponerse pensativo en situaciones como aquélla, aunque no por mucho tiempo.
 
-¿Y adónde fue que vos te escondiste?
 
El vagabundo señaló en dirección a un pino situado a unos veinte metros, detrás de un matorral espeso. Reyes pensó que el pino ya debía de haber estado entonces, aunque seria muy tierno, pero el matorral tendría otra forma. Alonso dio unas vueltas en torno a los eucaliptos. Entre los abrojos encontró la botella de vino; todavía conservaba la etiqueta, y aunque la tinta se hallaba ya muy borrosa y desvanecida, aún podían leerse las letras grandes de la marca y los números del año de la cosecha: 1946. Levantó la botella en alto para que la viera Reyes. «Mirá lo que he encontrado, Reyes», dijo.
 
Siguieron buscando: hallaron un cuchillo de cocina medio  enterrado y el corcho de la botella. Continuaron buscando durante otra media hora, pero no encontraron más cosas. El viejo reconoció que se había llevado el lienzo y un par de servilletas. En ese momento se puso a gimotear.
 
-Lo que hice no tiene perdón. No señor, no tiene perdón de Dios...
 
-¿Por qué no lo pensaste antes de matarlos? ¡Carajo!
 
-Entonces yo era muy joven, señor. Pero ya sé que lo que hice no tiene perdón...
 
-Tampoco tiene perdón que nos estropees las vacaciones, viejo de mierda -dijo Alonso.
 
-Fue una matanza tan estúpida e inútil que al final resultó un crimen perfecto; nunca los encontraron ‑reflexionó Reyes.
 
-Y nos estropeó las vacaciones -insistió Alonso.
 
-Y nunca los encontraron -repitió Reyes.
 
-No les habrían dicho a nadie dónde pensaban ir, ¿cómo iban a encontrarlos? -dijo Alonso.
 
El viejo se había puesto a llorar con más fuerza.
 
-Es como si se los hubiera tragado la tierra -dijo Reyes.
 
Alonso pensó que su compañero bromeaba, así que soltó una corta carcajada. El viejo empezó a decir que iría preso para toda la vida y que cuando se muriese iría al infierno. Paró un momento de lamentarse para pedir un cigarrillo.
 
Alonso le puso un cigarrillo en la boca y le dio fuego. Oyó que Reyes repetía:
 
-Y al final nunca los encontraron. Es como si se los hubiera tragado la tierra.
 
Alonso miró a Reyes a los ojos. Éste le sostuvo la mirada. Alonso retrocedió un paso para apartarse del viejo.
 
-Es que por lo visto nadie debía de saber nada de ellos -dijo Alonso.
 
-No, nadie -aceptó Reyes.
 
Volvieron a mirarse a los ojos; cada uno buscaba en el otro la confirmación de su pensamiento. Ambos asintieron con la cabeza: se conocían desde hacia bastantes años; se entendían muy bien. Sacaron las pistolas y dispararon al mismo tiempo. Sonó como una sola detonación. Los pájaros a que poblaban las copas de los árboles se desbandaron. Ahora se podía oír el tenue soplido de una brisa suave.
 
Cuando pusieron el coche en marcha ya procuraban dejar de pensar en el asunto. De camino a la comisaría conversaron sobre las próximas vacaciones. El sol estaba bajando en la línea del horizonte pampeano.


Lázaro Covadlo
(Argentina, Buenos Aires)




CUENTO 2/9/2010