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viernes, 10 de septiembre de 2010

Enrique Vila - Matas La Lazada

La Lazada   

 Enrique Vila - Matas
(España, Barcelona)


El viento de enero, nocturno y de nieve, soplaba aún cuando se asomó por la ventana para verle la jeta al día. Al mirar lentamente hacia arriba y ver un cielo gris de hielo imaginó que entre las nubes había gente practicando patinaje artístico.

Desde que ya no trabajaba de arquitecto pensaba con una libertad total, sorprendente a veces, sin barrera alguna para su imaginación.

¿Seguirá dormida Dora?

Fue al dormitorio a comprobarlo y vio que sí, que su mujer continuaba durmiendo. Cuando despertara, ella iba a dejarle. Eso le había anunciado la noche anterior tras la discusión después de la cena.

Aliviado de que todavía Dora durmiera, regresó a la ventana. Tal vez porque estaba descalzo, recordó de pronto un amanecer de enero muy parecido, un amanecer de hacía cuarenta años en el que también él estaba descalzo y mirando por una ventana. Era su primer recuerdo, el más temprano de todos, el primer recuerdo de su vida; tenía mucho que ver con una prueba de inteligencia. Su familia acababa de mudarse a una de las calles principales de la ciudad. Enfrente de la casa había un jardín municipal donde, apenas terminado el desayuno, iba él cada día a jugar un rato, solo o con otros niños. Esa mañana de hacía cuarenta años se había despertado con unas ganas inmensas de ir al jardín. Era muy temprano, aún no habían traído el pan de la leche, Y el silencio más absoluto reinaba en toda la casa. 

No había inconvenientes para escapar. Pero tenía un problema.  Un buen problema. Pero querer es poder, pensó Juan Grae al recordar aquel lejano episodio de su infancia. Y se acordó de la alegría que le entró ese día cuando logró hacer la maniobra, supo hacerse la lazada. Al recordar ese momento estelar de su infancia, Juan Grac se dijo que disponemos de muchas habilidades que, por sernos n1u familiares, ni siquiera nos llaman la atención. Pero en algún tiempo remoto -pensó Juan Gracun antepasado hizo la primera lazada; nosotros no somos más que unos imitadores, pero los padres se alegran de nuestros progresos, porque nos hacen partícipes no sólo de la civilización, sino también de la cultura.

Eso pensó Juan Grac y siguió inspeccionando el aspecto que ofrecía el lento amanecer. Por un momento se sintió arrastrado hacia lo más hondo de un mundo apagado, devastado por los malos presagios, incubado por completo por negros pensamientos: en cuanto despertara, Dora iba a dejarle, y poco iba a poder hacer él para retenerla, conocía bien a Dora, si había dicho que se marchaba era casi seguro que se marchaba. Juan Grac paseó la vista a su alrededor como para buscar allí aquella herida tan trabajosa que provocaba un amanecer tan pálido, un amanecer triste que enfriaba aquella sala de estar que iba camino de convertirse en algo más lúgubre que la muerte.

Parece el comienzo de un cuento, pensó Juan Grac.

Él era, desde hacía muchos años, un apasionado lector de cuentos. Cuando era arquitecto encontraba en la lectura de relatos un complemento ideal para el ejercicio de su profesión. Del mismo modo que un comerciante puede encontrar en un casino de juego una extensión lúdica del mundo de sus negocios, Juan Grac encontraba, en el minucioso estudio del armazón de los cuentos que le gustaban, una extensión lúdica de su trabajo de arquitecto.

Un día, dejó de trabajar de arquitecto. Pero no abandonó su pasión por la lectura y el estudio o análisis de los cuentos. Tal vez porque hallaba un gran placer en examinar la estructura de los relatos que le conmovían, Juan Grac solía muchas veces es tudiar también el armazón del que estaban hechas sus vivencias personales, sus sueños, sus pensamientos, sus recuerdos. Esa mañana de enero de viento polar y cielo gris de hielo, esa ma ñana, la que recordó su primera lazada, Juan Grac se pregun tó por qué diablos, en aquel amanecer de hacía cuarenta años, no Se había limitado a hacerse un simple nudo. Con un rudi mentario nudo habría bastado. ¿Por qué hizo una lazada? No supo qué contestarse. Entonces optó por volver a inspeccionar el aspecto del día. En efecto, las cosas se presentaban feas.

Buscó pensar en algo diferente y se acordó de pronto de Luvina, el pueblo del cuento más triste de entre todos los cuentos tristes. En Luvina los días eran tan fríos como las noches, y el rocío se cuajaba en el cielo antes de que llegara a caer sobre la tierra. Por cualquier lado que se mire -recordó que podía leerse en ese cuento-, Luvina es un lugar muy triste, y usted que va para allá se dará cuenta, yo diría que es el lugar donde anida la tristeza.

Al pensar que no era Luvina sino él mismo en realidad el lugar donde anidaba la tristeza, sintió más frío que unos segundos antes. Era horroroso pensar que Dora le iba a dejar y que él difícilmente iba a poder hacer algo para evitarlo. La quería mucho, tal vez porque le aterraba la soledad. O viceversa: le aterraba la soledad, tal vez porque quería tanto a Dora. La quería mucho, pero la había perdido. Nada se le ocurría para detener el anunciado adiós de ella. Era casi seguro que, en cuanto despertara, ella le dejaría. Y pensar que el motor de la tragedia había sido una frase banal dicha después de la cena...

Tratando de olvidarse de esto, se puso a pensar en que para escribir buenos cuentos había que saber hacer lazadas. Con qué cuidado ‑pensó‑ añade el cuentista un adjetivo en un sitio o intercala en otro una frase subordinada. Escribir un relato es una empresa arriesgada, que resulta tanto más feliz cuanto menos el lector repare en la dificultad que ésta conlleva. Las figuras del patinaje artístico, por ejemplo ‑concluyó Juan Grac‑, parecen simples improvisaciones sobre el hielo, pero ni nos hacemos una idea del inmenso trabajo que hay detrás.

Pensar en esto le había dejado hundida la vista en el suelo. La levantó para recuperar la imagen del cielo gris de hielo, y entonces le volvió a parecer que en ese cielo se sucedían todo tipo de piruetas de geniales bailarines, maestros todos en el arte de cuentistas ‑pensó‑, los buenos las lazadas invisibles. Los cuentistas podrían contentarse con hacer simples nudos entre sus frases, y sin embargo prefieren complicarse la vida y hacen lazadas, esas lazadas que el lector no nota pero que ellos necesitan hacer para su autoest1ma, para su prestigio propio.

Le pareció oír un ruido en el dormitorio. Tal vez se había despertado ya Dora. Seguía sin tener nada preparado para retenerla. Si pudiera frenar con palabras su marcha... Pero hacía tan sólo unas horas, en aquella misma sala de estar, mientras mi aban la televisión, las palabras habían sido precisamente las culpables de todo.

Fue al dormitorio a ver qué pasaba. Descalzo en el umbral, la vio inmóvil en la cama) profundamente dormida. Ella estaba boca abajo, arropada en las mantas, con los brazos extendidos de par en par y con las manos hundidas bajo el almohadón, aferrando la cama por ambos lados. Mejor así. Seguía teniendo tiempo para idear algo para retenerla. Pero lo más probable era que se tratara de una esperanza inútil. Él se había vuelto muy imaginativo, leía muchos cuentos, pero retenerla se presentaba corno una tarea sólo apta para un genio, que era precisamente lo que él no era.

A través de la ventana del dormitorio, creyó ver un fragmento del cielo raro de Luvina. El horizonte estaba desteñido, nublado por una mancha caliginosa que parecía aspirar a no borrarse nunca. Ni un árbol ni nada verde para descansar los o)os, todo envuelto en un calín ceniciento.

Ayer, después de la cena ‑pensó‑, podría haberme ahorrado lo de la niña camboyana. Pero ¿quién iba a decirme que una frase tan banal sería el motor de una discusión que ha traído la desgracia a mi vida?

Pensó en el inicio de la discusión y le pareció que recordaba el arranque de un cuento, de un cuento de un género nuevo y pre ciso: el realismo absurdo.

La discusión se había originado con esta frase:

-¿Sabes? Esta tarde, en el supermercado, he visto una niña camboyana.

Él había dicho eso como podría haber dicho cualquier otra cosa. Se aburría viendo la televisión y se le ocurrió decir esa frase.

-A ver -le dijo ella-, repite eso, quiero saber si he oído bien.

-Que esta tarde...

-¿Y cómo sabes que era camboyana?

-¿La tarde?

-¡La niña! -gritó ella.

En la televisión estaban dando un reporta, e sobre el Hong Kong de unos meses antes de la cesión británica a China.

-Camboyana, coreana, vietnamita, qué se yo. En cualquier caso era una niña oriental. Pero oye, ¿por qué me gritas? Su madre y su abuela eran catalanas, de aquí del barrio. Me ha llamado la atención. El mundo de la niña parecía tan distinto al de la madre y la abuela... Desde luego a la niña no la había prestado una vecina ni una amiga. Bastaba con ver cómo la trataban las dos señoras. Era suya y no lo era.

-¿Quieres decir que era adoptada? -le dij o Dora, cada vez más excitada.

-Supongo.

-Si estuvieras más ocupado, si trabajaras de nuevo como arquitecto, no te dedicarías a ir al supermercado como si fueras una vulgar ama de casa sin hijos.

-Escucha, Dora, no entiendo...

-Sin hijos -dijo tajante ella.

-Pero escucha...

-Si estuvieras más ocupado, si trabajaras de arquitecto, no te impresionaría lo que ves en el supermercado. Te has convertido en un merluzo. ¿Cuánto tiempo hace que no mueves un dedo para encontrar trabajo? ¿No será que disfrutas haciendo de ama de casa aficionada a la lectura?

-Eres terriblemente injusta, Dora.

-¿Y cómo quieres que no lo sea? -le dijo ella. En la televisión estaban hablando de las tramas financieras chinas y de los problemas de todo tipo de los ingleses residentes desde hacía años en Hong Kong.

-Escucha -dijo él.

-Escucha, escucha... Palabras, palabras, palabras. Sólo te interesan las palabras. Crees en las palabras. Y eso es porque te has vuelto simplemente loco. ¡Loco! Sólo te interesan los cuentos, las palabras de los cuentos.

-Pero bueno... Perdí el empleo y soy el primero en lamentarlo. Tú bien sabes lo mucho que me deprimí. Ahora lo estoy superando. Lo único que pasa es que no encuentro...

-No encuentras trabajo. Ahora, eso sí, encontrar palabras, todas las que quieras.

No encuentro trabajo. ¿Qué quieres que le haga?

-Buscarlo. No lo haces.

-Hago lo que puedo.

-Haces lo que puedes para no trabajan Vives del cuento. ¿Por qué crees que te despidieron? Porque se dieron cuenta perfectamente de lo loco que estabas, porque decías cosas extrañas, porque te encontraron más de una vez no haciendo el trabajo sino dibujando edificios imposibles. Te despidieron porque no dabas golpe y, sobre todo, te despidieron porque, en esa maldita cena en casa de tu jefe, no se te ocurrió mejor cosa que decir que eras el arquitecto de Asirla... Y ahora no me digas que no dijiste eso. Yo estaba allí.

-Pero es que, cuando acudimos a esa maldita cena, yo ya estaba despedido. Pero no por lo que tú dices, sino porque días antes se había llevado a cabo un reajuste de personal. ¿Cuántas veces tendré que decírtelo? Me despidieron porque hubo reajuste de personal. La empresa entró en crisis, sigue estándolo. ¿He de volver a repetírtelo? Sólo porque ya estaba despedido se me ocurrió decir lo del arquitecto de Asirla. Me divirtió una barbaridad hacerlo y que el jefe viera cómo era yo en realidad. Me divirtió mucho lo de Asiria y también...

-También qué?

-Describirle al jefe una de las ciudades invisibles que inventó Marco Polo para entretener a Kublai Kan.

-Estás mal, muy mal, Juan. No describiste ninguna ciudad invisible. ¿Por qué inventas ahora esto? Te has vuelto un niño fantasioso. Y loco. Te has vuelto un marido-niño. No soporto más tus invenciones. No puedo más. Yo necesito un hombre. Un hombre de verdad.
  
Esto último le molestó mucho a él. En la televisión estaban Esto último hablando de las mujeres orientales de Hong Kong, de los trajes ceñidos de falda estrecha de éstas, de sus faldas abiertas lateralmente hasta el muslo. Dora apagó el televisor.

-Te falta saber lo mejor -dijo él, cada vez más molesto-. Esta tarde, con el carrito de la compra he atropellado a la niña camboyana. Dices que juego a ser ama de casa... Pues bien, precisamente no me gusta nada tener que ir al supermercado. Me aburre el orden, todo el mundo ahí conduciendo por su derecha, todo el mundo procurando no chocar con los otros carritos. Es espantosa la vida de supermercado. Hoy no he podido más y he atropellado a la niña camboyana.

-¿Y qué más? ¿En qué cuento has leído eso?

-,Y qué más? -Él estaba tan furioso como ella-. Pues he ido a donde estaba una plácida anciana mirando yogures y le he colocado uno sobre la cabeza. Ella me ha preguntado si me había vuelto loco y yo le he contestado que no, que era arquitecto y que estaba pensando en coronar un rascacielos con un yogur y que me perdonara por haberla utilizado de conejito de indias. ¿Y sabes qué ha ocurrido? Pues no lo vas a creer. La vieja se ha puesto a reír y yo he aprovechado esto para preguntarle si sabía de algún trabajo para mí. De qué, me ha preguntado ella. De arquitecto, le he contestado yo. Y entonces ha sucedido lo más inesperado. Me ha dicho que su yerno era arquitecto y que tal vez tenía trabajo para mí. ¿No te parece fantástico?

-Sí. Un cuento fantástico. Pero ya no quiero escucharte más. Ahórrate las palabras porque no hacen más que perjudicarte.

-¿Perjudicarme?

-¿No te he dicho que no dijeras una palabra más? Si te escucho decir otra, mañana mismo me voy de esta casa. Mañana mismo, en cuanto me despierte. ¿Me has oído?

-Pero Dora...

-Te lo he advertido. Pero tú has tenido que decir dos palabras más. No una, sino dos. Muy bien. Mañana mismo me voy de esta casa.

Ella volvió a encender el televisor. Apareció la bahía de Hong Kong, con sus juncos, sus sampanes y los rascacielos de Kowloon. Él se dominó como pudo y se quedó callado fingiendo interés por el reportaje. Le hubiera gustado ponerse a leer algún libro, pero eso podía perjudicarle tanto como volver a hablar. No sabiendo qué hacer, deseando hacer méritos, buscando el perdón de Dora, fue a la cocina y se puso a lavar los platos. No se atrevió ni siquiera a silbar una canción. La prudencia exigía el máximo silencio. Al día siguiente, cuando ella despertara, ya buscaría algo para evitar lo que parecía inevitable, pues no había que olvidar que en la anterior ocasión en la que ella había anunciado que a la mañana siguiente se marchaba, había cumplido a rajatabla su amenaza y había pasado un año y medio fuera de casa, viviendo con una compañera de trabajo, una empleada del ayuntamiento.

En obediente silencio, tratando de arreglar lo que difícilmente tenía solución, él lavó todos los platos sucios. Luego los secó y los guardó. Se preguntó en qué cuento había leído algo parecido, creía recordar al marido de un cuento secando en silencio unos platos. Después, pasó un paño por encima ‑de la mesa de la cocina. Ya puestos a hacer, decidió fregar también el suelo. Cuando terminó, la cocina parecía nueva, tenía el mismo aspecto que cuando les enseñaron la casa, antes de que la habitaran. En aquellos días ellos estaban muy enamorados. Tanto lo estaban que hasta habían llegado a pincharse con un punzón cada uno un dedo y a mezclar sus respectivas sangres prometiéndose permanecer ligados para siempre por aquel enlace de sangre, por aquella ligazón eterna, por esa constante lazada que el amor exige.

Cuando volvió a la sala de estar, vio que Dora se había retirado a dormir. Él entonces se tumbó en el sofá de la sala e intentó conciliar el sueño.

En el amanecer de frío polar y cielo gris de hielo estaba él recordando todo esto cuando le pareció que esa vez sí existían motivos más que sobrados para pensar que Dora se había ya levantado. Acababa de oír con toda nitidez los pasos de ella hacía la ducha. ¿Qué hacer? Descartadas las palabras, tal vez sólo quedaba la posibilidad de hacer algún gesto, más relevante que haber dejado como una patena la cocina. ¿Pero qué gesto podía ser ése? Oyó el ruido de la ducha. Decidió poner la radio, tal vez a través de las ondas le llegaba a última hora una buena idea para poner remedio a lo irremediable. Sonó una canción de Leoriard Colien, Waiting for the miracle. Se oyó primero la voz grave del cantante, la voz de un hombre de verdad». pensó‑, y poco después el acompañamiento de un suave y dúctil coro femenino. Siempre ha sido así ‑pensó‑, o al menos yo siem pre lo he visto de esta forma: primero aparece la voz de un hombre y luego el suave terciopelo de las voces femeninas que le acompañan, que siguen a es a voz varonil.

Siempre ha sido así, siempre ellas fueron detrás de nuestras voces, detrás de nosotros, siempre.

Se entretuvo un momento buscando recordar relatos en los que las mujeres fueran detrás. Se quedó muy sorprendido al no encontrar ni uno. Pasó de estar muy convencido de que ellas iban siempre detrás a ponerlo seriamente en duda. Perplejo sintió una especie de marco. Decidió no darle más vueltas a aquel asunto. Fue al dormitorio a buscar los calcetines y los zapatos, abandonados allí antes de la cena. Encontró a Dora sentada en la cama, pensativa, envuelta en un batín blanco. Él se sentó a su lado, bajó la cabeza y, tras ponerse los calcetines, empezó a atarse los zapatos. Primero, el izquierdo. Después, el derecho. Cuando estaba terminando la lazada de éste, resistiéndose a la tentación de quebrar el silencio, levantó lentamente la cabeza en dirección a Dora. Le pareció que a ella se le escapaba la risa. Volvió a la lazada. Cabizbajo, concentrado en su pacífica y silenciosa maniobra, oyó que Dora de pronto le decía:

-¿Buscarás trabajo?

Él asintió con la cabeza.

-¿Seguirás calladito?

Él asintió con la cabeza.

Parece que las cosas van mejor -pensó Juan Grac-. De pronto descubrió por qué te gustaba tanto ella. Era la feminidad en persona. Era materna], ansiosa, desesperada, desesperante, perdida, desconsolada, imprevisible. Era una mujer de verdad.

-¿Dejarás que te influyan los cuentos que lees? -le preguntó ella.

Él dijo que no con la cabeza.

-¿Bajarás, algunos días, la basura a la calle?

Él asintió con la cabeza.

Se produjo un breve silencio, Juan Grac trató de averiguar cuál podía ser la siguiente pregunta. Expectante, interrumpió la operación de hacer la lazada.

Dora tomó un paquete de cigarrillos que había sobre la mesita de noche. Encendió parsimoniosamente uno. Él notó de pronto una bocanada de humo en su cogote.

-¿Y es verdad que te lo has pensado mejor y has cambiado de o,pinión? ‑le dijo ella.

El no sabía de qué le estaba hablando pero asintió con la cabeza.

-¿Así que te lo has pensado mejor y quieres adoptar una niña?

Él titubeó tan sólo una décima de segundo y asintió con la cabeza.

-¿Sabes que no me esperaba este milagro? -le dijo ella.

Él pensó: parece el final de un cuento. Y terminó la lazada.   

Enrique Vila - Matas
(España, Barcelona)