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domingo, 26 de septiembre de 2010

Estación de niebla o el sexo de los ángeles {Cuento Israeli}

Estación de niebla o el sexo de los ángeles 

por José Luis Najenson
 
La impensable nave, de color niebla e inusitada forma, se posó finalmente sobre el Monte del Templo, en Jerusalén. Su base aplastó las cúpulas de oro y plata-esos dos prepucios- y cubrió el cielo del barrio judío desde el Muro Occidental hasta la puerta de Sión. Por los flancos se extendió generosamente entre el huerto de Getsemaní y el Monte de los Exploradores, sin rozar los techos, mientras que la  aparente proa, en aguzada punta, descansaba sobre la vieja Estación del Ferrocarril, donde se dividen las aguas de la lluvia. Por allí, poco después, bajaron los ángeles.
            El Domo de la Roca y la Mezquita de El Aksa retornaron al polvo, pero la Iglesia del Santo Sepulcro permaneció indemne, así como la Ciudadela de David. Y el viejo Muro, que había absorbido las lamentaciones judías durante milenios, aguantó una vez más, como para mostrar la dura cerviz del  Pueblo. El resto de la ciudad quedó intacto, salvo unas pocas casas adosadas a la Puerta de Damasco -sobre las murallas-y el fondo de la Pileta del Sultán, que se abrió en grietas, revelando el sitial de una fortaleza de los Macabeos. En la Capilla del Canta Gallo, no lejos del Gehena, nacía un arco iris con los colores cambiados: de un fucsia violento al azul de Francia y del infra-amarillo al ultra-rojo, que surcaba el cielo hasta la torre de la Universidad Hebrea, donde se detenía el viento.
     Esta vez nadie pudo culpar a los judíos por el derrumbe de las mezquitas, aunque no faltó quien lo intentara, aduciendo una relación oculta con los amos de la nave. Mas los ángeles, como se les llamó desde el comienzo, fueron harto explícitos: "Israel no ha intervenido en esto, aunque suyo es el privilegio de tenernos como huéspe des". Y cercaron la Estación Ferroviaria y sus alrededores, con sus viejos galpones y puntas de rieles que no se usaban desde la época de los ingleses. El único tren varado en el andén, que debía partir hacía Haifa, les sirvió de refugio y morada. Y la cóncava popa -si es que era eso - de su propia nave, vuelta niebla y curvada sobre la proa, formó una barrera impenetrable.
     Cuando se iban, no sin antes recomponerlo todo (o casi todo), abrieron las com puertas de estribor y dejaron una réplica exacta de la nave-niebla, ajustada al terreno y al paisaje como una pieza de rompecabezas: la que faltaba. Desde entonces, el Monte del Templo y la Estación quedaron totalmente envueltos en una niebla bené fica, regocijante y densa, al mismo tiempo translúcida, en la que todo se veía mejor e incluso se alcanzaba a divisar más cosas, otras cosas, que antes eran imperceptibles. Al partir, desligando la niebla original de la que dejaban, se pudo admirar la forma de aquella, recortada en los azules de cielo y sierra, que nadie pudo olvidar: como un templo volante, de bóvedas y agujas estrambóticas, ojivas trazadas por reflejos y portones batientes de oscura luz.
     También era inolvidable la forma de los ángeles. Iguales a cualquier hombre, salvo que lo doblaban en tamaño, tenían empero los ojos rodeados de una extraña aureola, si bien resultaba difícil decidir en qué consistía su brillo o cuál era el tono de las pupilas. Había algo más, aunque eso sólo lo supieron algunas mujeres cuidadosa mente escogidas por ellos, para acompañarles durante la única noche que permane cieron aquí abajo.
     Las escasas elegidas, unas siete u ocho, habían jurado no divulgar el secreto; por lo que varias versiones apócrifas surgieron inevitablemente para compensar la igno rancia humana. La más obvia, a causa de su irrebatible lógica, fue expresada por un silogismo: "Si la estatura de los ángeles es el doble de la nuestra, así como toda parte de su cuerpo una a una comparadas, entonces cada parte específica -en este caso el miembro viril- será también el doble". Como reacción a esta imagen desventajosa para los varones de la especie, debía reaparecer también lo opuesto, es decir, el viejo mito de su asexualidad. Dos variantes morbosas de este último, castración e ineficacia, a resultas precisamente de su tamaño ante nuestras estrechas hembras humanas, tergiversaron la visión consagrada de su ca rencia de sexo por exceso de espíritu. Y aunque la entrada de las jóvenes a la Estación envuelta en la niebla -y su pronto regreso- contribuyeron a propagar otras versiones "non sanctas", como la presunta pederastia y perversión de los ángeles, la verdad finalmente se impuso, algo más tarde, ante la indudable preñez de las "elegidas".
     Después de la partida de los ángeles, ellas se atrincheraron en la Estación y resistieron valerosamente el asedio de la gente, tanto hombres como mujeres, sin develar su secreto. Sólo se supo, sin embargo, cuando el primer bebé "celestial" fue dado a luz -mejor dicho, a niebla- en las premisas de la Estación Ferroviaria.
     Rebeca, único vástago femenino de una familia religiosa de antiguo linaje, fue la primera en ser cautivada por un ángel. Bastante poco agraciada, más bien insulsa y casi carente de atractivo ("casi", porque no hay mujer que no lo tenga en absoluto), cedió inme diatamente a los requerimientos del extraño. Acodada en su ventana del barrio judío de intramuros, desde la que se divisaba el filo de la nave hendiendo las columnas de El Cardo, vio bajar al primer ángel por el arco iris y sucumbió sin más a su mirada arrolladora. El estuvo junto al alfeizar de su ventana en un santiamén, y entrando a la alcoba de la virgen para alzarla en brazos, se la llevó ala Estación por uno de los rayos desprendidos del arco. Al otro lado, detrás de la niebla reciente, los rieles remedaban un eterno puente entre tierra y cielo.
     En el asiento de un viejo vagón, de repujado cuero, el ángel entró en Rebeca sin esfuerzo. Después, como todas las otras, ella sufrió un desmayo que sólo se disipó al rayar el albaViéndolo al trasluz de su enorme silueta, que cegaba el perfil del tren inmóvil, Rebeca supo cuál era la diferencia. Pero nada dijo, como si se hubiera puesto de acuerdo con las demás en guardar silencio. El ángel volvió a poseerla una y otra vez, sin pausa ni frenesí, ya sin dolor ni inconsciencia, y Rebeca pudo descubrir su cuerpo palmo a palmo, en el que no encontró rareza alguna salvo su tamaño. Hasta pudo vislumbrar el color - más bien los colores- de sus ojos que, desde muy cerca, se veían tornasolados, cambiando constantemente del negro al blanco, a través de toda la gama.
     Cuando la media mañana rebotó en los espejos de las puntas, que multiplicaban los pasillos contiguos, el ángel se levantó para partir. Sin hablar casi, le había dicho muchas cosas, la mayor parte de las cuales no pudo comprender. Pero al final, en alta voz, le recitó ese versículo del Génesis que sin duda ella conocía bien: "había gigan tes en la tierra en aquellos días, y también después que se llegaron los hijos de Dios a las hijas de los hombres, y les engendraron hijos". Y con un gesto que aunaba bendición y caricia, saltó por una ventanilla del vagón hacia la incandescente niebla.
     Como las otras mujeres que habían estado con los ángeles, Rebeca fue acosada, sometida a interminables interrogatorios por sus padres y amigos, perseguida por toda clase de sabios y curiosos. Pero ellas se pertrecharon estación adentro, en lo más denso de la niebla, hasta parir sus hijos, todos varones ("...estos fueron los valientes que desde la antigüedad eran varones de renombre"), ocultándolos en su regazo hasta el octavo día.
     Al Rabí Janoj Ben Cifra, que llevaba piedras en su corazón, le fue encomendado circuncidar al hijo de Rebeca. Soltero aún a los cuarenta años, había resistido las ofertas y presiones para contraer matrimonio, contrariando en cierto modo la cos tumbre, si no la Ley. Vivía a un tiro de piedra de la casa de los padres de Rebeca, quien era uno de los más fieles miembros de su congregación. La había visto crecer como un desgarbado arbusto, sin gracia ni pena, pero cumpliendo los mandatos con una vocación inquebrantable. ¿Sería eso lo que atrajo a los ángeles? -se preguntaba el rabino o su mera virginidad, tan escasa en estos tiempos? ¿O quizás esa otra cosa impredecible, sólo sabida por ellos: un aura, un aroma, una secreta templanza? jamás se sabrá a ciencia cierta, pensó mientas se dirigía a la Estación de Trenes, pero al menos aprenderemos algo sobre el sexo de los ángeles. Sin reconocerlo, acaso igno rándolo, el rabí temía lo que pudiera encontrar. Y también, en cierto modo, estaba celoso del ángel que había venido a Rebeca, ya que, tal vez inconscientemente, estaba enamorado de ella.
     Al principio, no quiso desprenderse de su hijo ni mostrárselo, pero no pudo resistir mucho tiempo la férrea determinación de su rabino y mentor. El padre de Rebeca, forzoso padrino de la criatura, se negó a mirar, volviendo el rostro hacia la niebla foránea que serpenteaba entre las vías. Los ojos del rabí recorrieron el cuerpo del niño, deteniéndose en los suyos, y luego el resto hasta llegar al punto culminante: todo era normal en él, incluso los ojos y el tamaño. También el sexo, sólo que ya venía circuncidado, por así decirlo, "de nacimiento".
     "Cuando llegue el Mesías" -le dijo sonriendo a la asustada Rebeca el Rabí Janoj-, "todos serán como él". Y se quedó mirando la claraboya de la sala de espera por donde, a pesar de la niebla, ya se veía mucho más cercana, la primera estrella.



 Sobre el autor 

José Luis Najenson es cuentista, poeta, antropólogo. Nació en Rosario, reside en Jerusalén. Ha sido catedrático en Chile y Méjico.
Publicó: Nocturnas(poesía), Buenos Aires, 1953; Tiempo de arrojar piedras (cuentos), Méjico, 1981; Mas Allá del Río Sambatión ( cuentos); Memorias de un erotómano, Caracas, 1995.
Recibió premios literarios por su obra en Concursos como en la Facultad de Ingeniería en Toluca, Mejico; Premio de poesía Alfonsina Storni, de la Fundación Givré , Buenos Aires, 1982; Mención de Honor en el Concurso de  Cuentos “La palabra y el Hombre”, Veracruz, Méjico, 1982; Primer Premio Narrativa en el Concurso que auspició la fundación Arturo Capdevila y la asociación de Amistad Israel-Argentina.
Fue miembro del Comité de Redacción de la Revista “Alef” que se editó en castellano en Tel-Aviv; fue  Secretario General de la Asociación de Escritores Judíos en Lengua Hispana y Portuguesa; Miembro del Consejo de Redacción  de la revista “Noaj”, órgano de la misma Asociación. Es miembro correspondiente por Israel de la Academia de la Lengua y de la Academia Iberoamericana de  Poesía,  donde fue Director de la revista “Sambation”, órgano en Israel de la misma; es hoy Director de “ Carta de Jerusalén”, órgano del Instituto Cultural Israel Ibero- América.
Colaborador permanente en revistas literarias y científicas.
Algunos conceptos que aplica a Borges espejan la visión y la inspiración de su propia obra. Ve al judío “como miembro de un pueblo creador, universal, desafiante de valores y mundos establecidos”. Vincula al Quijote y tras él a toda la literatura moderna, “ en una actitud que pondera a la literatura como instrumento propio de la Divinidad.”
Al elaborar  el concepto de “golem”en Borges (en su comentario al libro “El tejedor del aleph – Biblia, Kábala y Judaísmo en Borges”, de Edna Aizamberg)  dice: “volviendo esa palabra al contexto original hebreo, cuyo significado se aproxima a lo “informe”, lo que está por hacerse o desarrollarse y aún no ha logrado su plenitud, el ejercicio de la literatura culminaría en última instancia en alguna forma de redención, ya sea sagrada o profana, mística o secular, estética o mesiánica.
Y aquí pone al lector en un plano similar al escritor, en cuanto a que se reinician, se rehacen en el ejercicio de la literatura, escritura o lectura, se reinician como el cosmos. Un lector “capaz de interpretaciones sin término.”
Y quizás esta última expresión borgeana es la que cabe aplicar como actitud ante este cuento, que hoy presentamos al lector de Studio Shenkin, quizás sea sólo una expresión de una intención lúdica enmarcada en el canon de la ciencia ficción, o en una profunda crítica a este mundo actual, violento sin límites, en el cual la renovada presencia de  ángeles imponga una revalorización moral, inspirada en la “niebla benéfica” que todo lo inunda y modifica. O simplemente la creación de un mito contemporáneo, bello e increíble, portador de la permanente ironía judía, que este miembro de esa minoría hispano parlante  de escritores latinoamericanos en Israel, quizás sea uno de sus mejores cultores.
Dejamos a nuestros lectores la tarea de la interpretación. Múltiples, polifacéticas y contradictorias han sido las opiniones que hemos recogido en nuestra tarea de difusión de la literatura israelí, con respecto a este cuento. Mientras tanto disfrútelo, lector, y si le queda aire, envíenos alguna opinión.