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martes, 28 de septiembre de 2010

Manuel Mujica Láinez, La pulsera de cascabeles

Manuel Mujica Láinez

Breve reseña sobre su obra

Nació en Buenos Aires en 1910 y murió en Cruz Chica (Córdoba) en 1984. Descendiente de una de las familias más antiguas de Argentina y cuyos antepasados pertenecieron todos a las clases adineradas, transcurrió los primeros años de su educación en los ambientes más refinados de Buenos Aires y de Europa. De regreso a la Argentina, inició la carrera de Derecho que dejó trunca para dedicarse al periodismo.
Fue vicepresidente de la Sociedad Argentina de Escritores. Asimismo, funcionario del Museo Nacional de Arte Decorativo y Director de Cultura del Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto (1955-1958). Perteneció a la Academia Argentina de Letras, donde ocupó el sillón de Miguel Cané desde 1955.
Habitó en Buenos Aires, en el barrio de Belgrano, un majestuoso caserón en el que convivía con sus objetos de arte, su biblioteca, retratos de amigos famosos que atiborraban las paredes, estatuas, sillas coloniales y un magnífico jardín. A partir de 1970 se mudó a Córdoba a una casa que llamó El Paraíso, donde permaneció hasta el día de su muerte.
Subyugado siempre por el pasado, su obra narrativa se caracteriza por el uso de una lengua imaginativa, rica y elegante, en la que abundan los arcaísmos justamente dispuestos. Su originalidad se asienta en el sentido de un arte que tiende a recuperar los valores perdidos, contraponiéndolos a un presente incierto.
La primera etapa de su producción, que el propio autor califica de ejercicios académicos, se inicia con la publicación de Glosas castellanas (1936), producto de aquella fascinación que Mujica Láinez siente por la España de sus antepasados. Dos años después publica su primera novela Don Galaz de Buenos Aires, situada en la época de la colonia. Le sigue un estudio sobre Miguel Cané y el poemario Canto de Buenos Aires (1943). Sobre esta obra, en la que el autor hace una celebración épico-lírica de la ciudad, Jorge Luis Borges ha dicho: En cada estrofa de este libro está la poesía, esa cosa liviana, alada y sagrada, que es tan difícil definir y que sentimos con el alma y la sangre.
En 1943, aparece Vida de Aniceto El Gallo, serie de relatos acerca de Hilario Ascasubi, con el que obtiene el Premio Municipal de Literatura de ese año.
Le siguen las colecciones de cuentos Aquí vivieron (1949) y Misteriosa Buenos Aires (1950) en las que sus personajes dan cuenta del pasado porteño.
En 1962 publica Bomarzo, la obra más famosa en el ámbito internacional, con la que obtuvo el Premio Nacional de Literatura. Situada en la Italia del Renacimiento, con la figura de Pier Francesco Orsini como protagonista, es, según el crítico Giuseppe Bellini, una especie de pretexto histórico para el ejercicio de la fantasía, teniendo como fondo el bosque de Bomarzo, cerca de Viterbo. Se trata de una manipulación de la historia en aras de la fantasía, para afirmar la inmutabilidad del hombre por encima del tiempo.
Dicha novela fue transformada en ópera con música de Ginastera, y presentada en forma exitosa en el Teatro Colón de Buenos Aires.
Es autor también de las siguientes obras: El Unicornio (1965), De milagros y melancolías (1968), El laberinto (1974) y El escarabajo (1982), donde el talismán de la reina Nefertari relata los acontecimientos que presenció, pasando de mano en mano, hasta nuestros días.
La pulsera de cascabeles pertenece a Misteriosa Buenos Aires.

 

 

La pulsera de cascabeles

Por el ventanuco enrejado, Bingo espía a los negreros ingleses. Sus figuras se recortan en la barranca del Retiro, con fondo de crepúsculo, más allá de las higueras y de los naranjos. Fuman sus largas pipas de tierra blanca, con los sombreros echados hacia atrás, y sus casacas color pasa, color aceituna, color miel y color tabaco se empañan y confunden sus tonos frente al esclavo que llora. Bingo vuelve los ojos hacia su hermana muerta, que yace junto a él sobre el suelo duro. A lo largo de la habitación, apíñanse los cuerpos sudorosos. Hay treinta o cuarenta negros, hombres y mujeres, los unos sobre los otros, como fardos. Su tufo y sus gemidos se mezclan en el aire que anuncia al otoño, como si fueran una sola cosa palpable.
En la barranca, los ingleses de la South Sea Company pasean lentamente. Rudyard, el ciego, tantea la tierra con su bastón. Ríe de las bromas de sus compañeros, con una risa pastosa que estremece sus hombros de gigante. Se han detenido frente a la fosa que cavan los africanos, más allá de la huerta. Ya sepultaron a doce apestados. Basta por hoy.
Bingo salmodia con su voz gutural, extraña, una oración por la hermana que ha muerto. Su canto repta y ondula sobre las cabezas de los esclavos, como si de repente hubiera entrado en la cuadra una ráfaga del viento de Guinea. Incorpóranse los otros encarcelados y, mientras la noche desciende, suman sus voces a la melopea dolorosa.
Pero a los empleados de la South Sea Company poco les importan los himnos lúgubres. Están habituados a ellos. Tampoco les importa la peste que diezma a los cautivos. Mañana fondeará en el Riachuelo un barco que viene de África con cuatrocientos esclavos más. Los negocios marchan bien, muy bien para la Compañía. Hace siete años que adquirió el privilegio de introducir sus cargamentos en el Río de la Plata, y desde entonces más de una fortuna se labró en Londres, más de un aventurero adquirió carroza y se insinuó entre las bellas de Covent Garden y del Strand, porque en el otro extremo del mundo, en la diminuta Buenos Aires, los caballeros necesitan vivir como orientales opulentos, dentro de la sencillez de sus casas de vastos patios.
Rudyard, el ciego, muerde la pipa blanca. Pronto llegará la hora de buscar a su favorita, a Temba, la muchachita frágil que lleva en la muñeca su pulsera de cobre con tres cascabeles. Ignora que Temba ha muerto también. Ignora que en ese mismo instante Bingo, su hermano, la está despojando del brazalete.
Desnúdase la noche, velo a velo. El edificio de la factoría comienza a fundirse con las sombras. Los negreros se enorgullecen de él. Es uno de los pocos de Buenos Aires que cuenta con dos pisos. Se levanta en las afueras de la ciudad, entre enhiestos tunales, en un solar que antes perteneció al gobernador Robles, al general don Miguel de Riglos y a la Real Compañía portuguesa, y que se extiende con más de mil varas de frente, sobre el río, y una legua de fondo, hacia la llanura.
A esa casa regresan los ingleses. Junto a la fosa sobre la tierra removida, las palas quedaron espejeando, abandonadas a la luz de las estrellas. En la galería los hombres se separan de Rudyard. Ríen obscenamente porque saben a dónde va. Palmean las anchas espaldas del ciego, quien se aleja, vacilando, hacia la cuadra hedionda.
Su mujer de la pulsera... su mujercita de la pulsera... Bajo los ojos incoloros, inmóviles, terribles, apagados para siempre por la enfermedad cruel de Guinea, se le frunce la nariz y le tiembla la papada colgante. Esto de la pulsera de cascabeles es invención suya, sólo suya. Cuando descargan en el Retiro una remesa de África, Rudyard anda una hora entre las hembras, manoseándolas o rozándolas apenas con las yemas sutiles. Hasta que escoge la preferida y le ciñe, para reconocerla entre el rebaño oscuro, la pulsera de cobre. Nunca se equivoca en la elección. Sus compañeros lo comentan chasqueando la lengua, maravillados. Ni tampoco osará la mujer quitarse la ajorca. Una lo hizo y recibió cien azotes, a la madrugada. Había muerto ya cuando iban por la mitad de la cuenta. Su cabeza pendía a un costado, como una gran borla crespa, y seguían azotándola.
El ciego palpa los muros. Titubea su bastón. Su mujercita de la pulsera, miedosa, fina... Será su última noche, porque mañana aparecerá por la factoría, después de atravesar la ciudad por el camino del bajo, desde la barraca del Riachuelo, la caravana de carne nueva.
Descorre el cerrojo y abre la puerta. Su enorme masa ventruda bloquea la entrada. Llama, impaciente:
¡Temba! ¡Temba!
En el rincón le responde el son familiar de los cascabeles, asustado. El ciego sonríe. Noche a noche repite la escena que le divierte. Se hace a un lado para que la muchacha pase. La cazará al vuelo, al cruzar la puerta, como si fuera un pájaro veloz, y la arrastrará al jardín.
Bingo se alza y toca en silencio la mejilla de su hermana. Sesenta ojos están fijos en él. Brillan en la inmensa habitación, como luciérnagas. Sólo los ojos de Rudyard, espantosamente claros, no relampaguean. Todo calla en torno suyo. Se oyen las respiraciones jadeantes. El olor es tan recio que, con estar acostumbrado a él, el inglés se lleva una mano al rostro.
El negro es elástico, delgado y pequeño como su hermana. Se le señala el esqueleto bajo la piel. Avanza encorvado hacia el enemigo y a su paso los cuerpos de ébano se apartan, sigilosos.
¡Temba! ¡Temba!
Temba descansa para siempre, rígida, y Bingo levanta en la diestra, como una sonaja de bailarín, la pulsera de cobre. Sólo tres metros le separan ahora del gigante ciego. Calcula la distancia y de un brinco salta por el vano de la puerta. Rudyard le arroja el bastón entre las piernas, pero yerra el golpe. Las sonajas cantan su victoria afuera, en la galería.
Rudyard asegura los cerrojos y se echa a reír. Arriba, los negreros ríen también, borrachos de gin, acodados sobre la mesa como personajes de Hogarth. Escuchan los trancos inseguros del ciego, los choques de su bastón contra las columnas, la vocecita de los cascabeles.
¡Temba! ¿Dónde estás?
Temba está en la cuadra, con los brazos sobre los pechos de mármol negro. Los esclavos no osan acercarse. Se acurrucan en los rincones. Hoy no podrán dormir. Escuchan, escuchan, como sus amos, el claro repiqueteo de las bolas de cobre.
Bingo baila, enloquecido, alrededor del hombracho. El inglés no para de reír y revolea su rama de pino. Han dejado el corredor y van el uno detrás del otro, hacia el declive de la barranca: el que huye, ágil como un simio; el perseguidor, pausado, macizo como un oso. Y todo el tiempo cantan los cascabeles. Hasta que Rudyard, fatigado, termina por enfurecer. Fustiga los limoneros, los perales. Embarulla los idiomas:
¡Temba! ¿Onde te escondes? ¿Where are you, tigra?
Sus botas destrozan las coles de la huerta, las cebollas, los ajos, las lechugas.
Han alcanzado el lugar en el cual fueron sepultados los negros. Bingo salta sobre la fosa y hace sonar los cascabeles. Es como si una serpiente llamara entre las tunas, con sus crótalos, con su tentación.
El ciego da un paso, dos, tres, balanceándose pesadamente, y su capuchón se derrumba en la humedad del hoyo. El negro no le concede un segundo de respiro. Levanta la pala como un hacha y, de un golpe, le parte el cráneo. Luego, sin un instante de reposo, empieza a cubrirlo de tierra. La pulsera de cascabeles lanza por última vez su pregón al aire, cuando cae en la fosa, sobre la casaca color aceituna.
En la factoría roncan los ingleses su borrachera, y los esclavos despiertos se abrazan, tiritando de frío