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jueves, 14 de octubre de 2010

Alvaro Pombo, Avatar con peripecia de la reaparecida pitillera preferida de Su Alteza Imperial

Avatar con peripecia de la reaparecida pitillera preferida de Su Alteza Imperial la ...


Era una Romanoff. Siempre lo fue. Hasta cuando se hacía el poli-soir. Fue una Romanoff hasta el final. Impaciente, igual que todos ellos. Le costó la vida y se quedó tan fresca. No hay en este mundo justiprecio capaz de hacer justicia a esta delicada, imposible, insufrible, inenarrable Romanoff: sólo mi pluma humilde y una, aún más humilde, taquimeca de mediana edad, con turbante, que viene al appartement los martes y los jueves, un par de horas, a pasar a limpio lo que escribo y pasar, de paso, un poco el polvo. Sí, era una Romanoff. Siempre lo fue.
Ahora yo vivo en la banlieue. Sí, vivo en París, en la banlieue. Y París nunca dejará de ser París. Pero estación tras estación, año tras año, desde que la embajada me trajo repatriada -contra mi voluntad, por cierto; porque yo quería quedarme, todo es gris o yo lo veo desde el gris que contrapongo sin querer al azul, al oro, al blanco agigantado de nuestros inviernos en San Petersburgo, o en Minsk o en Moscú: nuestras primaveras y veranos en el verdear, en el enlimonar de las estepas de todas las Rusias, como agrestes espejos. París es racional. La geometría, ya se sabe. L'École Polytechnique, de donde salieron ingenieros mis bisabuelos, mis abuelos, mis hermanos y papá. Yo no soy petite-bourgeoise, nunca lo fui. Y eso la Archiduquesa lo sabía a la hora de elegirme a mí entre quince candidatas, dos de ellas inglesas, con Right Honourable las dos. En fin, ahora es la banlieue y hay que aclimatarse a la banlieue. Rusia era otra cosa: Rusia era la vida, el despilfarro, la totalidad, el incienso, las fortunas, el vértigo, el desastre, los jóvenes lanceros, los cosacos, las largas antecámaras, las esperas, las fiestas, los blancos y dorados uniformes, el encanto somnílocuo del Zar.
La Archiduquesa fue mi juventud. Y también Dimitri Dimítrovich, en segundo lugar. Muy en segundo. Nunca me ha gustado entretenerme en mí. Aparte de que no quedaba tiempo después de una sesión de Archiduquesa: empezaban a las seis de la mañana y acababan a las once de la noche, salvo cenas o saraos. No tenía vacación. Ni la quería. ¿Qué más vacación que estar allí, qué más vacación que atender a su Alteza Imperial de sol a sol? ¡Tú, Odile, lo que tienes es alma de mujik!, solía decirme. Incluso se enfadaba y entonces daba grandes gritos y se le caían las horquillas. ¡De la Santa Rusia se te ha contagiado lo peor, la sumisión irracional! ¡Tantos ingenieros bisabuelos para acabar de sierva de la gleba! Era verdad. En parte la liaison que tuve con Dimitri Dimítrovich fue por eso. ¡Era tan georgiano, tan ruso, era tan de la gleba, tan campestre, que no pude por menos que ceder! En noviembre de 1916 era ya del partido bolchevique y comisario. Esto tiene, como se verá, mucho que ver con esta peripecia.
La taquimeca se molesta si me paro. Cree que lo mío es igual que tomar nota de cartas comerciales. No tiene la menor delicadeza. No es sensitiva como yo. Lo único que tiene es que me sale mejor cuenta con ella que con otras. La despidieron hace un año porque el ferretero donde estaba de contable suspendió pagos y quebró visto y no visto. Muy posiblemente era un alcohólico. Con la edad que tiene y con lo sorda que está no hay quien la coja fija. Es económica por eso. Menos mal. Siempre me puse al margen. Hubiera sido absurdo no ponerse. Era la corte. Jamás me apeó nadie el mademoiselle. Se hubiera puesto como loca ella, a latigazo limpio a la más mínima falta de respeto. Me estimaba. Bien es cierto que todos estos sentimientos, todos estos afectos, la estimación, el amor, eran muy distintos en su caso. Resulta absurdo decir que me estimaba, o que justipreciaba mis servicios. Puestos a decir, casi es mejor decir que me amó que que me valoró. En aquella corte nadie tenía en cuenta las pequeñas cosas de la vida. Era muy distinto de París. En Francia todo es tan tout petit, les petites choses, mon petit chou, les petits pois. El racionalismo acaba así: todo lo que se mide acaba chiquitín. Allí no se medían las palabras, ni las acciones, ni los gestos, ni la vertiginosa altura de los cielos rasos de las casas de campo. Todos vivíamos muy alto, incluso los humildes como yo.
A veces me distraigo y no estoy a lo que estoy. Estaba tan cansada que la taquimeca casi no me oía a la hora de dictar. Al irse ella, yo también salí. No obstante la afonía que tenía, fui andando hasta L'Étolie. Al atardecer, toda desolación concurre aquí en París. Me senté en un banco de L'Avenue des Champs Elysées. Es le tout París del alma que se va. Estaba tan sola, sentada en aquel banco, con mis pieles, tan raídas ya, y un bufandón de lana azul que compré en las Galeries, que me sentía un ser inmaterial. Precisamente la Archiduquesa leía eso, minutos antes de impacientarse y subirse con todos ellos al camión: Observations pour une métaphysique des êtres inmatérieles.
Cuando yo la conocí, tenía ya la pitillera. Fue la primavera de 1906.
No me hizo esperar. Estaba empapada de sudor. Llevaba un pañuelito en previsión. Se me cayó al entrar. Me lo recogieron. Aún la veo sentada al fondo del salón. Una sala de estar que daba a un jardincito y antes a una serre. Ella estaba de perfil. Se levantó. Al hacer la venia me temblaban tanto las rodillas que pensé que no iba a poderme levantar. Cuando me levanté me dio la mano. ¡Ah, sus manos de boyarda colosal, que tan bien llegaría a conocer después! No me miraba. Anduvo un par de pasos hacia las escaleritas que subían a la serre. Tres peldaños nada más. Yo no me moví. Me acerqué a ella cuando me dijo: Ven, Odile, ven a ver este naranjo que me ha mandado el embajador de España. Dice que no hay problema si no pasa frío ni calor. ¿Qué te parece a ti? ¿Tú qué sientes, Odile, ahora, me refiero, frío o calor? Alteza, ni frío ni calor. No era verdad: ardía: estaba congelada: los últimos extremos del en vilo. Pero, como supe después, ésa era la mejor contestación que podía dar. Las temperaturas eran su pasión. Los pluviómetros, barómetros, termómetros, anemómetros, higrómetros, eran su pasión. Me miró fijamente: Es fascinante que no sientas ni frío ni calor. A mí me pasa igual. Eso prueba que no eres una insustancial. Se ve que conoces el país. La temperatura en Rusia era esencial. Precisamente ayer hice esta misma prueba con un teniente coronel y me soltó que sentía en la serre una fuerte corriente de aire frío. Debo decir que me enfadé. Tengo idea de haber pegado un grito porque repentinamente se cuadró. Los artilleros, le dije, son ustedes lo peor de lo peor. Cosa que vi que le dolió. Si fuera cierto que una fuerte corriente de aire frío cruza esta serre de punta a punta, este naranjo no resiste de aquí a junio. ¡Es usted un insustancial! Estaba claro que el naranjo era esencial. La verdad es que todo en casa, en el Palacio Archiducal, se dividía en esencial y no esencial. Eran esenciales la colección de minerales, los mapas, los informes del Imperial Instituto de Meteorología, los diseños de uniformes del ejército imperial, los pitillos, una gata feroz, la yeguada, el vino tinto, el vodka, el té, las horas de los tés..., el Zar. Todo lo demás daba lo mismo, incluida la propia Archiduquesa. Incluso sus gustos más triviales dependían de los gustos de su prima. ¡A Nicolás, me dijo en una ocasión, le ha disgustado siempre el color gris. Dice que le hace pensar en hospitales! La Archiduquesa, por lo tanto, siempre se vestía del modo más fantástico y chillón. Lo hacía por el Zar. Yo misma acabé vistiendo así, de verde, de amarillo o de azul, según su voluntad, según las ceremonias, los protocolos, las estaciones o las horas... Se cambiaba de traje tres veces al día. En fin, aquello fue la juventud, mi juventud, la Archiduquesa fue mi juventud. Ahora es la banlieue. Y hay que aclimatarse a la banlieue. El espantoso azul de la bufanda azul que compré ayer en las Galeries Lafayette a ella le hubiera parecido muy normal. Stylée. Sty1ée: ella lo era desde la punta de los pelos, hasta la punta de los dedos de los pies. Una pura sangre Romanoff. Soltera, igual que yo.
La soltería de Su Alteza Imperial no es, por supuesto, un tema de conversación. Pour faire un peu de conversation c'est le mieux parler de stratégie ou bien de religión. Después del tiempo, la estrategia y el Zar, la religión era su tema favorito. Aquella tarde, cuando las dos estábamos ya examinando las hojitas del naranjo -que tenían un aire de confuso escalofrío, como yo misma-, Su alteza Imperial sacó la pitillera, sacó un pitillo y sin hablar me pidió fuego. Una sola acción estos tres gestos. Ese mismo gesto unificado de pedirme fuego sin hablar y sin mirarme se convirtió en uno de los más familiares, íntimos y profundos gestos de mi vida. Lo más parecido al compadreo o al tuteo de que la Archiduquesa era capaz. En aquella primera ocasión no llevaba fuego encima. Y recuerdo que ella misma, trabándose las piernas con las largas faldas, con la precipitación de buscar una cajita de cerillas por todas las mesitas de la sala, ella misma, con el pitillo sin encender entre los labios, fue a buscarlo. Jamás volvió a ocurrir porque a partir de aquel instante siempre tuve a mano cuatro veces catorce fósforos correspondientes a las cuatro veces catorce pitillos -en total cincuenta y seis que Su Alteza Imperial fumaba al día. Fumaba más, lo sé. De sobra sé que fumaba a mis espaldas en el WC y en el jardín -tabacos negros que les encargaba a Serguéi y a Viadímir, tenientes los dos del propio regimiento de la Archiduquesa. Ella era coronel y pasar revista a su regimiento la encantaba. Cada cual en su estilo, eran guapísimos. Bien que no para mí. En sus ojos eslavos, tan como de almendra -eran verdosos, había un puntito de fragilidad. Demasiado matrimonio consanguíneo en las grandes familias de la Rusia. Pelín felinos les encontraba yo. No es lo mío. En el amor soy muy meridional. Siempre me gustaron más los bajos y los anchos. Dimitri Dimítrovich era perfecto, un auténtico armario con un último olor a campo y a membrillos.
La taquimeca hoy estuvo horrible. Le dije que se fuera y no se fue. Se cree alguien. Y cree que estas memorias son de vieja chocha. No lo dice. Pero yo le leo el labio superior, que lo frunce con desdén de tanto en tanto. Hoy me preguntó que qué tenía de particular la pitillera. Y me tuve que callar. La verdad es que fue una impertinencia. Ella cumple con sólo tomar nota de todo lo que digo. Con eso es suficiente. De pronto se paró, frunció el labio superior, una especie de belfo caballar, y, con esa calma chicha de que sólo las vacas son capaces, me miró de hito en hito. ¿Cómo que qué tiene de particular? Eso fue lo que dije. Pero no sabía qué decir. Nunca me había visto así, tan a pelo, sin nada que añadir. De pronto aquellos bobos ojos de ternera, contabilizantes, vulgares y comunes, de la taquimeca rebrillaron. Y es que la pregunta que acababa de hacerme brillaba con luz propia, resplandecía, maligna, por sí sola, como un huevo de Pascua hecho por Fabergé. No tuve más remedio que tratar de responderla, responderme: ser exacta. No fue fácil. Y menos en presencia de una taquimeca, una perfecta sans-coulotte. ¿Qué tenía de particular aquella pitillera? Me levanté sin decir ni una palabra. Al salir, cerré la puerta de la sala de un portazo y fui al escondite del pasillo donde la tenía escondida, junto con otros objetos de valor, la mayoría regalos de Su Alteza Imperial. En aquel tiempo todavía conservaba casi todo. Me arreglaba con un pico del tercio de mejora del testamento de papá. Después, varios años después, tuve que rebajarme y que vender. Vendí la pitillera, pero la taquimeca no lo supo nunca. Era totalmente insensible. Sólo había lo que yo dictaba. Y eso nunca lo dicté. Pas prope. Recuerdo que al sacarla, mientras la contemplaba tratando de decir en qué consistía su singularidad, me chocó lo mucho que pesaba. Era espléndido el cierre. En eso está la calidad y no en la cargazón de pedrerías, que es vulgar. No era una mujer vulgar, eso sí que no, Su Alteza Imperial Olga Alejandrovna. Yo tampoco. Por eso me eligió: era una rusa intuitiva, todo lo nerviosa, absurda, imposible, intratable que se quiera, pero era capaz de darse cuenta en un minuto -y eso que estaba de perfil- de que yo no era vulgar. Me miró de refilón y fue de sobra: me caló hasta la propia glándula pineal. Yo tampoco soy vulgar. Viva donde viva, tenga lo que tenga o deje de tener, soy quien soy. Y eso es muy poco frecuente. Y eso al verme lo vio la Archiduquesa. Tampoco ella era frecuente. Jamás he conocido ni conoceré jamás a nadie igual. Dimitri estaba bien -los dos éramos jóvenes entonces, pero era muy vulgar. Ésa es la verdad. Y también es verdad que eso a mí me daba igual: el amor es el amor. Cada sensación tiene su sitio y su momento. ¿Qué tiene de particular esta pitillera? La taquimeca había, sin fijarse, puesto su chato índice en la llaga. Recuerdo que abrí y cerré la pitillera varias veces. Contenía un único pitillo. El pitillo que la Archiduquesa iba a fumarse justo al empezar a impacientarse, cuando me dijo adiós y se bajó con todos al camión. La propiedad se imprime en lo apropiado, como un nimbo. Es de ella, dije en voz baja pero audible. Me tranquilizó de pronto oír mi propia voz. Tuve la sensación de no estar sola. Y no me refiero, claro está, a la mema taquimeca que, sentada aún en la salita, posiblemente seguía en Babia. En voz algo más alta dije: Ya sé que estás ahí. Es la primera vez que te tuteo, Alteza. Ahora te puedo tutear porque mi corazón es todo tuyo. Alteza Imperial, ahora soy tu sierva y te tuteo, porque te amo. Acto seguido hice la venia con la misma propiedad, con igual serenidad que hacía las venias entonces, cada vez que entraba o salía de su estancia. Hacer la venia era lo exigido por su ser, el ser Archiducal de Olga Alejandrovna. No era una costumbre, ni una obligación, ni un deber, era una exigencia del poder de lo real que estaba en ella como un topo al final de su larga topera. Fuiste mi juventud, añadí. Se me saltaron las lágrimas. Estoy hecha una tonta. Delante de ti no se lloraba. Nos cuadrábamos y en paz. Todo el mundo lo sabía en la corte. Tu corazón era tan grande que no lo justiprecia ningún llanto. Ni siquiera un llanto tan largo y tan tendido, tan triste y sin consuelo como el mío. No hay que hacer demostración. Tú lo ves aunque pongas cara de no verlo, igual que estás aunque no estés, igual que serás siempre aunque ya nunca seas, igual que sabes que estoy triste, que te echo de menos en París todos los días.
Tenía que cuadrarme y me cuadré. Ya estaba bien de moquear. Y cuadrarme fue tratar de poner en una sola frase aquello que aquella pitillera tenía de particular y único en el mundo. De pronto volví a verla. Cerré los ojos y vi a la Archiduquesa recorriendo a zancadas el inmenso cenador que da a poniente. Era que no venía el tapicero. Yo misma le había dado la orden de venir. Yo misma, anteanoche. Tenía que estar aquí en punto a las diez. Y eran las diez y diez y faltaba el tapicero. A todos los efectos fue como si faltara un equinoccio. La Archiduquesa se había puesto nerviosa nada más entrar. Conque nueve minutos después los nervios eran ya como un calambre. En la mano izquierda la pitillera sin abrir. Y tamborileaba y tamborileaba y tamborileaba a la vez que recorría el cenador envuelta en un aura de pantera y boyarda combinadas. Yo misma tamborileaba con un pie de puros nervios. Su manera de ser fue siempre contagiosa. Y ahora en este pisito de París, en este bloque vulgar y gris de la banlieue, se oía como un sirimiri el tamborileo de sus grandes, magnificentes uñas, de gran media luna, en la laca turbada. Esto no es figuración. Ni ella ni yo nos figuramos nunca tonterías, aunque de sobra sabíamos las dos quién es quién en la corte y ciertas fantasías de personas de muy altísimo rango, no hace falta dar explicaciones, de sobra se sabe y se comprende. De particular tiene la pitillera que la laca azul de ambos lados tiene como una telaraña impresos sus ataques de nervios. Eso es lo que tiene de particular. Porque, claro está, ponerse nerviosa cada vez la ponía más nerviosa. Era lo que se dice un paroxismo. De pronto ella se alzaba a la cúspide misma del ataque de nervios. Yo sabía, porque la conocía muy bien -yo la conocí mejor que nadie, que nada pasaría y nunca, efectivamente, pasó nada. Era imperial hasta en eso. Hasta en eso era una Romanoff. Era muy capaz de llegar a la cima del máximo Everest de impacientarse y ahí pararse en seco, sacar un pitillo de la pitillera, pedir fuego con su gesto de siempre -yo no me había movido de mi sitio en todo el rato y fingir que le daba igual el tapicero cambiando repentinamente de conversación. En aquella ocasión recuerdo que me miró desde, aproximadamente, seis metros de distancia y dijo: Este cenador es muy francés, Odile, ¿no encuentras? Es un Louis XV que se trajo hace cincuenta años de París mi abuela materna, la lituana, la que se mandó hacer una casita en lo más frío de VIadivostok por no separarse de un Archimandrita medio alcoholizado que tenía en alta estima, la pobre era ortodoxa en grado sumo. Pues este cenador tiene algo que le falta, algo que no tiene, y no doy en ello por más que lo analizo -y lo analizo mañana, tarde y noche. ¿Tú, Odile, cómo lo ves? Porque más francesa que tú, ya imposible, lo francés tú lo hueles a cincuenta verstas de distancia. ¿Qué le falta, Odile, al Louis XV de este cenador de la bisabuela Catalina? Entre las dos había ahora un par de metros. Tuve la sensación de ser un chalecito justo en la falda del Popocatépetl. Entro en este cenador veinte mil veces diarias y cada vez que entro digo: Pas ici!
Cest un ¡e ne sais quoi, à rien, si vous voulez, mais absolutement français que, Odile, cada vez que miro veo que no veo. Quiero saber qué es. Quiero saberlo este minuto. Fue uno de los momentos culminantes de mi relación con la Archiduquesa. Comprendí que no podía fallar. Fuera lo que fuera, tenía que ser dicho por mí y de inmediato. Una demora de un segundo y toda la relación hecha añicos. Chez nous, Alteza Imperial, todo lo Louis XV se ha puesto siempre con reposapiés. La Archiduquesa se echó atrás como quien topa con un muro. Sentí un maremágnum de sudor inundándome de golpe la frente, los sobacos y la espalda. La Archiduquesa me miraba a mí, pero miraba, sobre todo, al frente. Alzó su largo brazo. La mano inmensa parecía una pistola. ¡Fascinante, exclamó por fin, fascinante! ¡Reposapiés! ¡Todo lo Louis XV! ¡Reposapiés con todo lo Louis XV! ¡Jamás, jamás, Odile, jamás, ni en un quinquenio, hubiera caído en eso! ¡Reposapiés con todo lo Louis XV! Así podía seguir horas y horas, sumida en el fervor de la ocurrencia. Es lo que tenía de ingenua y de chiquilla. De pronto no salía de su asombro y eso quería decir que se internaba en el asombro como en una incesante, una inmensamente futura prehistoria. De pronto se ensombreció y pareció dudar, por fin dijo: ¿Las sillas también del comedor? ¿Ésas también? Pensé que más valía explosionar que dejar humedecer la pólvora de mi última modestísima ocurrencia. Bien sûr, Alteza. Ésas también. En Francia es la costumbre que se tiene. O sea que debajo de lo que es la misma mesa hay un reposapiés por cada silla... ¿Es eso? Exactamente, Alteza, uno por silla. Algo más pequeños, peut-être, que los otros. Son para apoyar un solo pie, el pie derecho por lo regular. La Archiduquesa iba recobrando su asombro a gran velocidad. Era como un inmenso friso todo en mármol. Consideré que se requería dar detalles: Es que de los pies, Alteza, se tienen en Francia ideas muy claras y distintas. Cada vez que nos sentamos, pensamos en los pies. Que reposen a la vez que reposa lo demás. Y además tiene que ser sofá por sofá, butaca por butaca, y silla por silla, incluidas las del comedor, para que todo haga pendant. Y es que en Francia no se piensa sólo en descansar. También se piensa -y casi más, Alteza, en coincidir. La géométrie, vous savez, René Descartes. 0 la-lá, Odile, la géométrie! René Descartes, bien sûr, René Descartes, J'aime beaucoup la géométrie moi aussi ... ! Nunca me he sentido más francesa. La Archiduquesa tenía la virtud de hacer que todo pareciera inmensamente grande. Me sentía un país, todo el ancient régime, con casi dos metros de estatura. Siempre me trató de igual a igual. Fue mi juventud. Y hubiera, por la edad, podido ser mi madre.
Los objetos de uso personal cobran individualidad de un modo extraño. No todos los objetos. Cada persona tiene alguno. Tal vez un reloj o un llavero. La Archiduquesa tenía la pitillera. Con los años me acostumbré, como quien se acostumbra a un ritmo, al clic del cierre de la pitillera -dos clics con fonéticas distintas al abrirse, al cerrarse, al tamborileo impaciente de las uñas en la laca azul. Y me hice a las periódicas desapariciones de la pitillera las noches de gran gala. El Zar era sumamente puntilloso. Le gustaba que todas las mujeres de su familia tuvieran un aire espléndido en sus fiestas. Satisfacer ese deseo ponía especialmente nerviosa a la Archiduquesa. Tenerse que arreglar para esas ocasiones, ocasionaba un torbellino de aderezos, tilas y prendas de vestir en cuyo interior se hundía la pitillera con la celeridad aterrorizada de un conejo. Entonces había que suspenderlo todo hasta encontrarla. Y eso, a su vez, daba lugar a retrasos que, a su vez, daban lugar a nervios y más nervios hasta que por fin aparecía. Solía encontrarla yo. Siempre en el sitio más insospechado, generalmente el más obvio. La Archiduquesa tuvo siempre en muy alta estima esta particular habilidad mía de encontrar la pitillera cuando la tensión nerviosa de todos los presentes estaba a punto de volverse insoportable. De algún modo, en este objeto constante se fue posando el uso como una huella dactilar.
Cuando todo empezó a ir de mal en peor, cuando todos abandonaron a la familia imperial, yo conseguí un salvoconducto -Dimitri Dimítrovich fue todo un caballeropara que la Archiduquesa, bajo nombre supuesto, saliera de Moscú. Aquella tarde tenía hechas ya las dos bolsas de viaje y organizado el coche y convencido al chófer. Sólo faltaba el salvoconducto, que por algún motivo incomprensible no llegaba. La Archiduquesa, característicamente, comenzó a impacientarse. ¡Ahora o nunca, Odile, con la que está cayendo! Tiene que ser este minuto. Éste. Esperar me ha puesto siempre enferma. Y más ahora: tener que esperar para salvar la vida no es mi estilo. Prefiero irme con mis primos. Es más desenredado. Ten. Entonces me dio la pitillera. Abandonó la habitación en tres zancadas con un pitillo recién encendido entre sus largos dedos. Me quedé inmóvil, no sabiendo si seguirla o esperar un poco más al mensajero que traía el salvoconducto. Decidí esperar cinco minutos. Cuando pasaron cuatro apareció el mensajero. Traía el salvoconducto. Se lo arrebaté de las manos y, sin escuchar lo que decía, corrí tras Olga Alejandrovna. Demasiado tarde, por desgracia. La Archiduquesa se desplazaba siempre a gran velocidad. Cuando llegué a la sala donde habían reunido a la familia imperial, antes de bajarla a los camiones, me impidieron el paso.
Ni siquiera el nombre de Dimitri Dimítrovich servía ya de nada. Entonces me di cuenta realmente de lo que estaba a punto de ocurrir. No volvería a verla nunca más.
Me repatriaron, como he dicho. Y me instalé en París. Solía reunirme con lo más selecto de la emigración. Era penoso verles yendo de prendería en prendería con sus joyas magníficas, apañándose con sus empleos miserables. Les ayudé todo lo que pude. Mi conocimiento del idioma, y sobre todo mi estrecha relación con la Archiduquesa, que todos ellos conocían, me confirió una posición especial entre ellos. También yo, como ellos, acabé vendiendo los recuerdos, los pocos objetos de valor que todavía me quedaban. La pitillera fue lo último que vendí. Recuerdo aquel atardecer de primavera y el olor a lavanda del anticuario que vino a verme a casa en persona. Tenía unos ojos turbios que no llegaban a mirar nunca de frente. Tal vez los párpados pesados que cerraba con frecuencia fueran lo más desagradable, lo reptiliano, del personaje aquel que sólo se animó al ver la pitillera. Era culón, por cierto. Y, al incorporarse y quedarse en mi mejor sillón de media anqueta, temí que se le rompieran los dos brazos. Perteneció a Su Alteza Imperial, la Archiduquesa Olga Alejandrovna. Preferiría no desprenderme de este objeto. Es un recuerdo, declaré de un tirón todo lo secamente que pude. Pero era un asunto concluido. Desde el principio la conclusión contagió a la pitillera y a mí misma de una especie de resbalosidad. Resbalar y vender fue todo uno. De pronto vi sus amorfas manos peludas y jugosas sobando la pitillera velozmente. Me extendió un talón... Lo acepté sin mirarlo. Se despidió precipitadamente. Eché las cortinas y me metí en la cama acto seguido. Pasó el tiempo, como pasa siempre. Al cabo, creo, de dos años me llegó un dinero y fui a su tienda para rescatar la pitillera. Pero ya no la tenía. Dijo habérsela vendido a un español. Pasaron los años. Perdí todas las pistas. Me fui quedando cada vez más sola. Y los recuerdos fueron ocupando todos los lugares del futuro hasta dejarme sin presentes, hasta quedame sólo con atardeceres irreales en inmensas estancias de las casas de campo o del Palacio de Moscú donde pasé, con Olga Alejandrovna, la mejor parte de mi vida. Era una Romanoff. Siempre lo fue. Y no se justipreció su pitillera.

Álvaro Pombo

Breve reseña sobre su obra

Nació en Santander en 1939. Residió en Inglaterra desde 1966 hasta 1977. Con su libro de poesías Variaciones ( 1977) ganó el Premio de Poesía El Bardo. Pero es su obra narrativa la que lo ha consagrado como uno de los autores más importantes de la literatura española contemporánea. Ha publicado Relatos sobre la falta de sustancia y Cuentos reciclados y las novelas El héroe de las mansardas de Mansard (Premio Herralde de Novela, 1983), El hijo adoptivo, Los delitos insignificantes, El metro de platino iridiado (Premio de la Crítica, 1991), Aparición del eterno femenino contado por S.M. el Rey, Telepena de Celia Cecilia Villalobo y la celebrada Donde las mujeres (Premio Ciudad de Barcelona, 1997). Sus libros han sido traducidos a diversos idiomas.
Álvaro Pombo pertenece a un grupo de narradores que no intenta dar sentido sino, por el contrario, explicar el sinsentido de este mundo. Centra su interés en el yo, en el sujeto concreto y no en personajes colectivos protagonistas de conflictos de tipo social.
La sexualidad, una temática constante en su literatura, tal como la viven sus personajes, no es más que un reflejo de unas relaciones de dominio que parecen regir toda vida humana.
La prosa de Alvaro Pombo posee el gusto por la elocuencia, el ritmo de los grandes filósofos. Pero la suya, según sus palabras, es una metafísica de andar por casa por eso sus textos contienen permanentes y concretas referencias a lugares, objetos, situaciones propias de la vida cotidiana en la sociedad mercantilista.
Con respecto al cuento como género, Pombo ha afirmado que ...el cuento es, sin duda, un género importante. Es importante porque admite grados de condensación casi poéticos cosa que no admite nada bien la prosa narrativa en las novelas y, sin embargo, nunca es un poema: conserva siempre su esencial ritmo narrativo, su voz es viva voz de la prosa y, por lo tanto, natural y no artificiosa, transparente y no traslúcida, como las voces que oímos en los versos. Para que un cuento sea bueno tiene que ser perfectamente circular y tiene que contener un elemento de enseñanza, tiene que servir de ejemplo de algo....
En el cuento de hoy, Avatar con peripecia de la reaparecida pitillera preferida de Su Alteza Imperial la Archiduquesa Olga Alejandrovna, Pombo hace un acercamiento psicológico estupendo en la caracterización del personaje, y en la descripción de un mundo que ya no existe más que en la nostalgia.
Avatar con peripecia de la reaparecida pitillera preferida de Su Alteza Imperial la Archiduquesa



 Olga 
        Alejandrovna pertenece a Cuentos reciclados, editado por Anagrama.