Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 27 de octubre de 2010

EL BUEN HIJO ; JAVIER DE RIOS BRIZ

EL BUEN HIJO

- Buenos días, mamá, ¿quieres que te bañe hoy, o lo dejamos para mañana?
-Pablo realizó esta pregunta mientras subía la persiana con estruendo, dejando que
la claridad entrara a raudales en el cuarto de su madre.
- Báñame hoy, hijo.
Pablo abrió la ventana de par en par, para que se ventilara el cargado
ambiente de la habitación. Después se situó en un lateral de la cama, destapó por
completo a su madre, y cogió en brazos, con delicadeza, el frágil cuerpecillo de su
progenitora.
Una vez en el baño manipuló simultáneamente los dos mandos del grifo de la
bañera, el del agua fría y el del agua caliente, sabiendo que la mezcla iba a alcanzar
la temperatura deseada, con esa seguridad que nos regala la costumbre.
- ¿Quieres mear primero, mamá?
- Sí.

Todas las mañanas, precisamente en el momento en que le quitaba a su
madre el pañal, y le remangaba uno de sus camisones de flores hasta la cintura,
Pablo veía como su cabeza se obturaba por culpa de los recuerdos.
- Agárrate con fuerza a las barras, mamá; ya te lo tenías que saber de
memoria a estas alturas.
Pablo no podría olvidar nunca aquel día en el que dos asistentes sociales se
presentaron en su colegio, interrumpiendo una soporífera clase de latín, para
comunicarle que sus padres habían tenido un accidente de tráfico. “Alea iacta est”.
Lo irónico es reconocer que durante unos instantes sólo pudo pensar en lo
agradecido que se sentía porque lo habían liberado de la tortura latina que infligía a
diario el padre Andrés.
En un primer momento no le explicaron nada más; lo recluyeron en una
residencia para niños con problemas, y le iban dando las noticias con cuentagotas.
Entre noticia y noticia sesión de una hora de terapia con el psiquiatra. Primero la
muerte de su padre, después la larga convalecencia de su madre, y por último, las
consecuencias: “Tu madre se ha quedado parapléjica, no va a andar nunca más, de
hecho no va a poder mover su cuerpo de cintura para abajo. Los médicos han hecho
lo que han podido para evitar lo inevitable, en fin...”
Y después, otra horita de psiquiatra. Ni siquiera se molestaron en explicarle
mejor lo que iba a significar para ambos, madre e hijo, aquella dolencia de extraña
denominación, y mucho menos el psiquiatra, cuya terapia consistía en escuchar con
cara de sota lo que Pablo tuviera que decirle, sin abrir la boca durante los cincuenta
y cinco minutos exactos que duraba la sesión. Aunque la verdad es que Pablo no
tardó demasiado en comprobar por sí mismo lo que escondía detrás el misterioso

nombre de paraplejía.
Mientras su madre orinaba, Pablo cerró los grifos de la bañera, sin dejar de
vigilarla con el rabillo del ojo. Después la alzó otra vez en brazos, y la sentó con
suavidad en el fondo de la bañera.
- Agárrate, mamá, que para eso he puesto todos esos asideros. Parece
mentira que te lo tenga que repetir todos los días.
Pablo enjabonó el cuerpo de su madre con el mismo mimo que emplearía un
cirujano en una operación a corazón abierto, sosteniéndola con un brazo y
manejando la esponja con destreza con el otro.
- Hoy no te lavo el pelo, mamá, lo dejamos para mañana.
- De acuerdo, hijo, ya haces bastante por mí.
- Sólo hago lo que tengo que hacer. Lo que pasa es que hoy tengo un
encarguito de parte de los jefes.
No había pasado ni una semana desde que le comunicaron las limitaciones
físicas que iba a tener que arrastrar su madre, y Pablo ya era perfectamente
consciente del riesgo que corrían, de las numerosas posibilidades con las que
contaban ambos para ser futuros inquilinos de alguna institución benéfica, donde les
pudieran atender convenientemente. ¿Qué iban a hacer solos, cómo se iban a
enfrentar a la vida cotidiana, una parapléjica y un chaval de trece años? Pero
recibieron una ayuda inesperada, la de los jefes del padre de Pablo, que
consiguieron que les permitieran seguir juntos, recibiendo la ayuda de una asistente
social por las mañanas, y sometidos a una férrea inspección mensual hasta que
Pablo fuera mayor de edad. Pasados los primeros años, los más complicados sin
duda, ya llevaban arreglándoselas solos más de tres décadas.

Pablo sólo adquirió un compromiso a cambio del amparo obtenido: sustituir a
su padre, ser tan fiel como él lo había sido, relevarlo en todas sus ocupaciones en
cuanto cumpliera los dieciocho años, y si era posible, antes.
Pablo secó a su madre con una toalla que había tenido durante un rato
apoyada en el radiador, para que se mantuviera tibia.
- ¿Quieres desayunar algo?
- No, hoy no.
- Dentro de una hora viene la muchacha, si quieres algo pídeselo a ella.
¿Dónde te pongo, en la silla, o en el sofá del salón?
- Ponme en el sofá. Y me traes lo de coser. ¡No! Hoy es jueves, mejor me
pones la tele, que quiero ver un programa nuevo.
Pablo vistió a su madre con lo mejor que encontró en el armario. Aunque no
fuera a salir de casa, no había razón para que estuviera hecha un desastre. También
cepilló su canosa cabellera, y la recogió en una trenza con más o menos acierto.
Después de dejar a la anciana en el sofá y encender la televisión, se dedicó la
siguiente media hora a sí mismo, para afeitarse correctamente y vestirse de manera
impecable. Sus jefes exigían la máxima elegancia a todos los empleados.
- Adiós, mamá, volveré a tiempo para hacerte la comida.
- Vete tranquilo, hijo, no hay cuidado.
- Vale, la muchacha no tardará en llegar.
Pablo desapareció cerrando la puerta tras de sí, y estuvo fuera casi cuatro
horas. Cuando regresó, después de haber cumplido con el trabajo encomendado,
encontró a su madre en el mismo sitio en que la había dejado, medio adormilada, a
pesar de que la tele seguía encendida. Pablo la sacudió los hombros suavemente.

- ¿Qué pasa, hoy no ha venido la muchacha, o qué?
- Sí, pero sólo estuvo media hora, tenía que ir a más sitios. ¿Me llevas al
baño, hijo?
- ¿Tienes ganas de mear?
- Y de lo otro, hijo, y de lo otro.
Pablo cargó con el cuerpo de su madre, como siempre, pensando que cada
vez pesaba menos, que se le iba consumiendo entre los brazos. La desvistió, y la
colocó en la taza del water, el trono, solía decir ella con sonrisa melancólica. La
sonrisa, ese era el único rasgo en el cual Pablo veía a su antigua madre, escondida
detrás de la actual.
Cuando su madre hubo acabado, Pablo la levantó, la sujetó con un brazo, y la
limpió con la mano libre. En esos momentos la madre de Pablo siempre sentía la
necesidad de decir algo, viva muestra de que continuaba siendo una situación
incómoda para ella, a pesar del tiempo transcurrido, y a pesar de que no era nada
nuevo para ninguno de los dos.
- ¿Qué tal el encargo, hijo?
- Bien, mamá, era sólo un aviso, ya sabes.
- ¿Le has partido las piernas como siempre?
- Si, mamá, como siempre, como me enseñó papá a hacer.
- ¿Y si no paga?
- Si no, ya sabes, matarile.
- Tu padre estaría orgulloso de ti, hijo mío.
- Lo sé, mamá.
Pablo subió las bragas a su madre, y le colocó el vestido lo mejor que supo.

Después abrió el pequeño armario que ocultaba el espejo, sacó un pequeño frasco,
y le echó a su madre unas gotas de su perfume favorito en las sienes, como a ella
siempre le había gustado.