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lunes, 4 de octubre de 2010

He aquí nuestra sabiduría

He aquí nuestra sabiduría 

de Nathan Englander
Tres ondas expansivas. Como aves. Entran por la ventana, alocadas y perdidas. Quedan atrapadas bajo el alto techo abovedado de la cafetería, pasando como flechas entre nosotros, chocando con las paredes y cristales, tirando los platos de los anaqueles. Y sabemos que, mientras no interrumpan su horrible movimiento, mientras no dejen de zigzaguear y estrellarse contra las paredes, exhaustas, sin energía, no hay nada que hacer.
Platos partidos por la mitad y en triángulos por el suelo. Un grupo de jarras de cerámica, gruesas y agrietadas, como fruta demasiado madura. La araña de luces, un péndulo, aún se balancea.
El dueño, la camarera, otros pocos clientes, permanecen sentados. Yo me he acercado a las ventanas. Observo a la gente doblar la esquina, la observo correr hacia nosotros, las bocas desencajadas, mesándose el cabello, arañándose la cara. Caen y se levantan, brincan sin rumbo.
Como aves salvajes asustadas.
Como posesos, desgarrándose a sí mismos en un intento de liberar algo.
Los jerosolimitanos no se asustan como caballos. No vuelan hacia el fuego como las polillas.
Han acabado soportando su clima. El terror como un segundo invierno, como parte de su meteorología. Algo que viene y se va.
Contemplando el humo, las nubes bajas de humo que siguen a la gente por la calle, de pronto siento la necesidad de estar cerca del fuego, estar donde la ceniza continúa posándose y los parasoles de las cafeterías arden.
Me dirijo hacia la puerta y la camarera me detiene. El dueño apoya una mano en mi hombro.
-Tranquilo, Natan.
-Siéntate, Natan.
-Tómate un café, Natan.
La camarera ya va hacia la máquina.
Siento un apremio que los demás rechazan. Puedo correr con un niño en brazos hacia una ambulancia que frena. Puedo ayudar a los descalzos a encontrar sus zapatos. La hora, 15.16, mi novia llega tarde a la cita. Debería ir a volver cuerpos boca arriba buscando su cara.
En una silla tomando café, cogido de la mano del dueño.
-Fuera no hay nada que hacer. Nadie a quien rescatar. Quienes ya están allí son quienes ayudan, Natan. Si no estás en medio cuando ocurre, ya es demasiado tarde para intervenir.
Sustituyo una imagen de mi novia muerta por una de ella malherida.
Inbar con la cara quemada, las manos mutiladas, una pierna casi seccionada. Haré el papel del que da apoyo. Me uniré a los demás y sostendré la sábana junto a su brazo, sonreiré y le diré lo afortunada que es de seguir viva y hallarse en un estado que -como hemos comentado previamente en una cama feliz, una cama de amantes- a los dos nos parece peor que la muerte.
Los teléfonos vuelven a funcionar. Las calles bajo protección. Soldados por todas partes, tomando posiciones. Dedos doblados en torno a gatillos.
Un trabajador árabe sale de la cocina con una escoba.
Soy el primero en llegar al teléfono, pero tengo mala memoria para los números. Una mujer deja un móvil bruscamente sobre la mesa, como si así fuera a liberar el satélite del control del ejército.
Marco números al azar y cuelgo, incapaz de recordar siquiera el código de acceso de mi contestador automático.
-A Natan no le pasará nada -prometo antes de marcharme-. Natan es un adulto. Puede encontrar él solo el camino de regreso a casa.
En la calle soy todo animal. Soy todo sentidos, todo olfato y gusto y tacto. Adivino las intenciones de cualquier desconocido por el olor, la flexión de un músculo, el tiempo que se cruzan nuestras miradas.
Estoy en la esquina y puedo doblar calle arriba, avanzar unos pasos hacia las zonas más próximas donde se ha producido la matanza. Puedo pasear entre los heridos gemebundos y los muertos inmóviles, junto a los fantasmas ennegrecidos y quemados, todavía humeantes.
Los hasidim no tardarán en venir a recoger los pedazos dispersos, cristos parciales. Partes de víctimas clavadas, enroscadas, incrustadas en piedra y metal.
Una mano perforada por un clavo herrumbroso y colgada en el tronco de un árbol.
Gracias a un verdadero esfuerzo, gracias a la poca inteligencia superior de que puedo hacer acopio, por fin me eximo de una vida entera de pesadillas.
Rodeo por otra calle y luego vuelvo al camino más directo hacia el apartamento de Inbar.
Está allí. Nos besamos y abrazamos. Me retiene en el umbral de la puerta mientras recorro todas las fases de la evolución. Los millones de años de intuición animal, de comprensión sin pensamiento, se desvanecen.
Intercambiamos anécdotas sobre situaciones cercanas a la muerte, teorías sobre el destino y el algoritmo, las probabilidades y Dios. Inbar con retraso, en un autobús, un estruendo lejano y luego el tráfico. Se apeó con varios pasajeros más y volvió a pie a casa.
Prepara té y nos sentamos a ver nuestro mundo por la televisión.
Ahí está la esquina. Aparece un hombre informando desde delante de mi cafetería. Y luego las imágenes del tramo que yo he sorteado. La calle por la que paso una docena de veces diariamente. Ahí está mi cajero automático, el toldo hecho añicos, el marco manchado de sangre. Ahí está la tienda donde compro bolígrafos y lápices. La cámara se detiene en unos cuadernos esparcidos, material escolar desparramado, el tácito contraste entre la muerte y el nuevo curso académico. Buscarán a compañeras de clase desoladas, grupos de muchachas llorando, muchachas agarrándose, muchachas crecidas en medio del dolor. Harán hablar a los novios, a los padres; nos ofrecerán el drama completo, la repercusión casa por casa de las tres explosiones, antes de que acabe la semana.
Vemos nuestra vida en todos los canales. Ponemos la CNN para tener una traducción de última hora de nuestro mundo. Quizá en inglés suene más real.
No sirve de nada. Ahí está mi cafetería. Ahí está mi cajero automático. Ahí está el árbol bajo el que espero cuando me toca esperar.
-¿Reconocerías tu propia habitación si la vieras por la tele?
Inbar hace llamadas, recibe llamadas, mientras yo sigo sentado viendo las noticias. Un ciclo continuo del mismo suceso, pequeños fragmentos añadidos cada vez. Las llamadas telefónicas me recuerdan a Estados Unidos, a las noticias de Estados Unidos. Como en los días de nieve. Rondando cerca de la radio por la mañana. Una sucesión de llamadas en cadena. "Buenos días, sefiora GoId. Soy Nathan. Si es tan amable, dígale a Beth que la escuela está cerrada porque no llegan los autobuses." Lo absurdo del cambio. Años y kilómetros. Una meteorología distinta.
-Sí, hola Udi. Soy Inbar. Otro atentado. Natan y yo estamos bien.
Inbar me cuenta cosas de Israel, recita máximas sobre el destino y la suerte.
-No podemos vivir en el miedo -dice-. Claro que estas aterrorizado; al fin y al cabo, es terror. -Conoce también ridículas estadísticas-. Es cinco veces más probable morir atropellado. Diez veces más probable morir en un coche. Pero sigues cruzando la calle, ¿no?
Me frota el cuello. Desliza una mano bajo mi camisa y me frota la espalda.
-Quizá no debería -digo. Un beso en mi oreja. Un cambio de canal-. Quizá sea hora de dejar de cruzar la calle.
Un Israel bíblico, poblado de guerreros y profetas, reyes destronados y hombres corrientes reclutados para cumplir la voluntad de Dios. El Israel de un muchacho norteamericano. Un niño educado en la causalidad y los símbolos.
El Holocausto como cólera de Dios.
Israel, el Ave Fénix resurgiendo de las cenizas.
Los periodistas salen con la habitual cantinela de los supervivientes contra todo pronóstico, los que desafían a la muerte y los que tienen siete vidas. Una joven con un pequeño rasguño en la mejilla que estaba a solo medio metro del terrorista, todos alrededor muertos. Un anciano con metralla incrustada en la tapa del libro que leía, dándose la circunstancia de que había sobrevivido exactamente del mismo modo en un atentado ocurrido cincuenta años atrás, también en esa calle. Un recorte de periódico. Busca en su cartera un recorte que siempre lleva consigo.
Se dan a conocer después de cada tragedia. Supervivientes en serie. Gente que se encuentra en autobuses que estallan pero, por lo visto, nunca muere.
-Agoreros -digo-. Portadores de presagios funestos. Son demonios. Dybbuks. Deberíamos irrumpir en sus casas. Llevarlos a rastras a las plazas y quemarlos frente a muchedumbres entusiastas.
-El nerviosismo te ha ofuscado -replica Inbar-. Esos son los afortunados más desafortunados del mundo. Cuentan hechos esperanzadores en un tiempo sin esperanza. Sin cosas como ésas, esta nación se hundiría en el mar bajo el peso de su dolor.
Estoy henchido de heroísmo. La triste realidad. Acurrucado en el suelo del cuarto de baño, aturdido por las perspectivas de un audaz rescate, víctima de una sobredosis de mi percepción a vida o muerte de las cosas. Mi cuerpo conjura a su salvador dispuesto a irrumpir en edificios en llamas, a su buceador en aguas heladas. El héroe sin estrenar expulsado mientras yo aguardo dentro pacientemente.
La araña de luces, como un péndulo; el día, como un péndulo, se balancea.
Inbar doblará la esquina en su apartamento y encontrará a su novio norteamericano clavado al suelo, inmóvil, sudando un sudor palúdico.
Lo descubrirá aquejado de la enfermedad del espectador pasivo. Querrá envolverlo en una manta, meterlo en un taxi y llevarlo al hospital donde todas las víctimas indemnes, las víctimas ilesas y no implicadas, van llegando poco a poco para ocupar las camas vacías, para ser colocados en los camastros distribuidos por los pasillos.
No quiero ir al hospital. No quiero tratamiento por haber permanecido sentado después, por haber tomado un café después, y tomado de la mano del dueño.
Una llamada a casa. Inbar marca cuando considera que seré capaz de mantener cierta calma. Contesta la secretaria de mi madre. Rita, que nunca dice más que "Hola" y "Te pongo con tu madre". Mis llamadas telefónicas, muy esporádicas por la distancia. Como si telefoneara desde la luna.
Hoy si habla. Hoy Rita tiene algo que comunicar.
-Tu madre está llorando en su despacho. Ella no te lo dirá, pero la pobre está hundida sabiendo que tú andas por ahí, en medio de una guerra. Chico, piensa sobre el sitio donde vives. Piensa en tu madre.
Hay un componente de lucha. El sexo esa noche es una cuestión de vida o muerte. Hay un considerable esfuerzo por encontrar puntos de apoyo y mantener el equilibrio. Manifestaciones de lenguaje corporal que yo desconocía. Nos aferramos y atrincheramos, como si intentáramos por todos los medios lograr la permanencia, como si buscáramos afanosamente una unión indisoluble.
Después nos reímos. Charlamos y retozamos, revisando la técnica y la ejecución. Histérica. Absurda. Perfecta en su desesperación. Bromeamos a costa de nosotros mismos.
-No hay sexo mejor que el sexo al borde de la muerte.
Encendemos un cigarrillo, desnudos, enroscados entre las sábanas. Tampoco ahora nos reconoceríamos en la televisión.
Inbar se ha ido a trabajar y ha invitado a venir a Lynn para asegurarse de que no me  quedo en la cama, de que voy al centro a tomarme un café en mi cafetería. La misma hora, la misma mesa, la misma taza, si me es posible.
No debe permitirse que nada interrumpa la rutina.
-Aquí eso forma parte de la vida -dice Lynn.
Por eso Inbar la ha invitado. Considera a Lynn una norteamericana con sensibilidad israelí. La fotógrafa de información dura, apareciendo después de cada tragedia para registrar imágenes de los restos.
La mirada del mirón, la llamamos. El ojo del voyeur. Nuestra Lynn, alimentando las tripas ruidosas y ávidas de imágenes de los trenes de cercanías y los bares de Estados Unidos a primera hora de la mañana.
-Un fantasma -dice Lynn. Tiende al pesimismo, pero posee el callado entusiasmo de un deportista-. Máxima invisibilidad. La gente pasa a través de mí. Creo que incluso me volví ingrávida en algún momento, conseguí ángulos imposibles. Floté sobre la multitud. Mis fotos ya se han distribuido esta mañana. -Destapa la caja de un carrete usado y deja caer el contenido en la palma de su mano-. Un día tienes que venir conmigo, sólo por la experiencia. Puedes estar en medio de un disturbio callejero, gente cayendo a derecha e izquierda. Jóvenes árabes lanzando piedras, cócteles Molotov; israelíes respondiendo con gases lacrimógenos y balas de goma. Un caos. Y tú te mueves, te deslizas entre todo aquello como un fantasma, robando almas, deteniendo el tiempo. Un chico en el aire, el cuerpo arqueado, la cara hacia el cielo. Está devolviendo un bote de humo, que deja una estela larga y serpenteante. Poesía. Ayer, sin embargo... Ayer fue un mal día.
-Yo no estoy hecho para esto -le digo-. Me crié en un barrio residencial. Tengo un aparato para hacer pochoclo de maíz con aire caliente. Una selección de palos de hockey Mylec-Air-Flo.
-Dos de éstas -recomienda Lynn, y echa en mi té dos cápsulas de color naranja-. Bébetelo. -Y yo obedezco-. Yo tomo dos antes de hacer un reportaje y dos más justo después de mandar las películas. Si me obsesiono con una imagen, tomo otra. La trampita de mi organismo. Si llego a excederme con la dosis, simplemente duermo. Y cuando despierto al día siguiente, para demostrar mi total agradecimiento, me recorro la Ciudad Vieja. Paro en todos los rincones, rezo en todos los lugares de oración que me tropiezo. Ése es mi secreto, una cierta volubilidad. No tengo preferencia por ningún dios. Reafirmo una y otra vez mi independencia de credo.
"Eso es lo que me mantiene invisible. Así es como consigo atravesar el centro de un conflicto, observarlo todo, ver y ver y ver, luego guardo mis imágenes y me marcho. A cambio, nada. Un fantasma. Percibido pero no visto. Ésa es la clave.
"Seguir con vida-añade Lynn- implica no inmutarse nunca y no tomar nunca partido.
-Yo no miré, no quería quedarme con las pesadillas. Di un rodeo para no verlo.
-Eso no tiene importancia. Lo que cuenta no es cómo lo ves sino la distancia. El simple hecho de estar expuesto a la muerte. Rige el mismo principio que para la radiación o la quimioterapia. La exposición a esa muerte masiva es lo que te mantiene vivo.
-Me siento viejo desde ese momento -digo.
-Bien -responde ella-. El hastío es bueno, precisamente lo que más te conviene ejercitar. Ven a hacer el papel de expatriado a tu cafetería. Sé el ingenioso anecdotista que observa la guerra. Levanta una ceja y pídeles que te añadan algo fuerte en el café. Olvídate del tiempo que hace y ponte un jersey grande y grueso. Pellízcale el trasero a la camarera.
Fui educado en la tradición. Imágenes de una Jerusalén sagrada, enclavada en un lugar lejano e ignoto como el Edén. Una Jerusalén tan preciosa que Dios la perdonó al inundar el mundo.
Puedo llevaros al valle donde David dio muerte a Goliat. Recitar de memoria los cantos de amor escritos por Salomón, su hijo. Ha sido sitiada trece veces y devastada en veinte ocasiones. Puedo guiaros por los callejones de la Ciudad Vieja, contaros una anécdota de cada uno de ellos.
Ésos son mis conocimientos. Conocimientos extraídos de libros cubiertos de polvo.~ Creía haberlo aprendido todo acerca de Jerusalén, y descubrí que mi información era muy, muy antigua.
Recorro el centro, paso por la calle de ventanas vacías y paredes ennegrecidas. Los adoquines están relucientes. Han limpiado incluso las ramas de los árboles y los tejados. Hay velas donde antes yacían los cadáveres, una por cada víctima. Cincuenta aquí, un centenar allí. Indicadores provisionales previos a futuros monumentos.
Entro en la cafetería. Saludo al dueño con un gesto, contemplo a toda la gente que ha salido a hacer gala -ante las cámaras, ante los demás- de la capacidad de pasar una tarde tranquila.
Ocupo mi mesa y pido café. La camarera va hacia la máquina. Sosteniéndome la barbilla, lucho contra las imágenes: bocas desencajadas y nubes de humo. Ondas expansivas como aves salvajes.
Hoy es un día para buscar religión. Para decidir que un dios es más justo que otro, para descubrir en esta triste realidad un pacto, alguna promesa de bienestar venidero. Se advierten indicios si uno mira con atención. Si uno está dispuesto a volver a sus viejos conocimientos, a la sal sobre los hombros, las oraciones antes de los viajes, las muñecas atadas con hilo rojo sagrado.
Hechicería y superstición.
Consuelos.
Un estruendo que mueve el aire, que desciende y barre el local. Me bailan las raíces del pelo.
Los demás hablan y comen. Una mujer solitaria mira hacia afuera, la hoja de una revista a medio pasar.
-Un caza -explica la camarera, vigilando, sonriendo, reclinada contra la barra.
Siente hastío. Es sensata. Las fuerzas aéreas, obviamente. La barrera del sonido rota.
Deseo devolverle la sonrisa. A decir verdad, deseo ser ella. Me concentro, respirando hondo, estudiando su estilo. Tomando nota: cómo reclinarse contra una barra cuando se está rebosante de conocimientos. Debe controlar ruidos estridentes, movimientos repentinos.
Intento coger el café y hago vibrar la taza, me quemo los dedos, retiro la mano.
La tremenda sacudida ha quedado atrapada en mis manos. Los sonidos de ayer prendieron en mi cabeza. Me presiono repetidamente un oído, como un nadador. Un problema menor de frecuencia, sin duda. He adquirido el zumbido congénito de los oídos de Jerusalén.
La camarera me trata con actitud de camarera. Me sirve una enorme madalena redonda con semillas de amapola atrapadas en el glaseado. Invita la casa, una especie de trueque: aquí tienes un pequeño detalle; ahora no pierdas el juicio.
Áncoras. Símbolos. El dueño aparece junto a mí, me frota el brazo.
-Las comidas de forma redonda son buenas para el duelo digo-. Simbolizan la eternidad y los ciclos irrompibles de la vida.-Señalo con la mano libre-. Las grietas en las ventanas también son buenas. Cada una significa que ha salido otro demonio.
El dueño sonríe, como diciendo, "Así me gusta", y añade su propio aporte.
-Una jarra rajada dice-. En mi familia, eso es presagio de que pasarán cosas buenas. Y a juzgar por el aspecto de mi cocina, esta cafetería pronto se verá colmada de buena suerte.
La camarera empuja hacia mí la madalena, como si me hubiera olvidado de que la había servido.
Pero no es un día para aceptar detalles. lnbar me lo ha advertido: cíñete a la rutina. Lynn me lo ha advertido: no hay que inmutarse.
E incluso este lugar tiene su propia historia de advertencias. Una serie de advertencias acompañando a todas sus destrucciones y otra unida a cada resurgimiento. La balanza que impide que el país se decante. Las trampas que cuestan el paraíso y la libertad, que convierten a los hijos segundos en primogénitos. Una letanía de arbustos incombustibles y rocas golpeadas.
Una legión de acuerdos sellados con comida y fuego. Sacrificio tras sacrificio. Me desprendo de la mano del dueño y repaso los modelos bíblicos.
Nunca pruebes un bocado por curiosidad.
Nunca renuncies a tu buen nombre por hambre.
E incluso si un atentado público te afecta de una manera privada, ocúltaselo a todos, no sea que se te llame para guiarlos.


 Sobre el autor 

Nathan Englander: nace en EEUU en 1971, en el seno de una familia judía ortodoxa. Recibe una educación tradicional judía, estudiando en una ieshivá y al mismo tiempo la carrera universitaria de Letras en Iowa. Vive desde hace años en Jerusalem.
Editó hasta ahora un solo libro de cuentos "Para el alivio de insoportables impulsos"de Editorial Lumen, del cual es parte el cuento elegido esta semana. Publicó previamente en la prestigiosa revista literaria "The New Yorker" con un enorme éxito entre el público lector y en la crítica literaria.
Se da en él la misma paradoja que atravesó la vida y obra de uno de sus precursores y maestros, Itzjok Bashevis Singer: abandona la vida ortodoxa, se integra al mundo "civil" de la modernidad, pero no puede dejar de narrar la vida y sentimientos de los "Judíos de negro". El encontronazo de la vida moderna con el peso de la tradición, marcan y enmarcan su breve pero interesantísima obra.
En uno de sus cuentos, los habitantes de la aldea de Jélem, los  tradicionales "tontos" judíos, en realidad una secta jasídica de los mahmirim, como los presenta,  son encerrados por los nazis en la estrechez de uno de sus barrios, convertido en gueto  y juegan a ser ellos mismos, aún  prisioneros de la modernidad asesina, el mundo de los SS.
En la realidad histórica sabemos como terminó la aventura nazi para los pobres y reales habitantes de Chelmno, Polonia, en 1944.
 Pero no podemos ni imaginar los caminos que Englander inventa para sus sensibles y humanas criaturas "jélemer", que no revelaré, le dejo a cada lector la posibilidad de admirar su imaginación.
Es una muestra de la maestría del autor en una visión tragicómica de lo judío, pero inmensamente humano y universal.
El cuento que da título al libro, "Para el alivio de insoportables  impulsos" es una muestra de esta mezcla de piedad, amor, crítica, aceptación y rechazo del mundo de su infancia en Long Island, presente ahora en un joven habitante de Mea Shearim, embarcado por la abstinencia de su esposa y las sugerencias de su Rabí, en una aventura sexual por el bajo mundo de Tel Aviv, que Philip Roth no hubiera rechazado firmar.
Conmueve la humanidad, la ternura y la explosiva profundidad de  su tratamiento de un tema escatológico, ofensivo quizás en otras manos, en la descripción del personaje, obediente a su rabino y a sus impulsos vitales, en una resolución magistral de un tema por demás  escabroso.
Y así cuento por cuento, hasta llegar al seleccionado esta semana "He aquí nuestra sabiduría".

"Un Israel bíblico, poblado de guerreros y profetas, reyes destronados y hombres corrientes reclutados para cumplir la voluntad de Dios. El Israel de un muchacho norteamericano. Un niño educado en la causalidad y los símbolos.
El Holocausto como cólera de Dios.
Israel, el ave Fénix resurgiendo de las cenizas."
Un cuento profundo, polémico. Pero una advertencia, lector. No estamos leyendo un artículo periodístico ni una arenga patriótica. Ni una catarsis liberadora ni una reflexión religiosa. Ni una polémica con el Rabino Ovadia Iosef ni una justificación por las propias elecciones.
O todo junto.
Estamos simplemente en el campo de la ficción narrativa, que engloba las exigencias de la realidad, pero las envuelve con otras necesidades que las del mundo real.
El escritor cumple con su obligación de compromiso y realismo, que él eligió.
Y es posibilidad del lector advertirlo y compartirlo.
 No estamos en el café cercano a la bomba, ni somos el autor ni el personaje. Podemos entrar y salir del dolor y la circunstancia. Podemos leer esto sintiendo el fragor del enfrentamiento, real histórico,  que nos hace temblar cada día ante las noticias que nos acerca el  diario, a 8000 km. de distancia.
La ficción permite probarnos la piel del personaje y su época y hacerla nuestra, si el autor puede lograrlo, a pesar de compartir vivencialmente la cuestión, como judíos que somos. Pero también puede temblar como nosotros un lector maorí, de Nueva Zelandia, o un chileno, o un portugués.
Acompañamos al protagonista, sentimos el olor de la pólvora, buscamos con él a su novia, compartimos la angustia.
Pero estamos aquí, en nuestra mesa, y nada reventó cerca nuestro.
Salvo la vida, de la cual Nathan Englander parece ser uno de sus mejores maestros.