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Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 5 de octubre de 2010

KRELKO, Miguel Donoso Pareja


Miguel Donoso Pareja
Miguel Donoso Pareja nació en Guayaquil en 1931. Es autor de las novelas Henry Black (1969), Día tras día (1976), Nunca más el mar (1981), Hoy empiezo a acordarme (1994), La muerte de Tyrone Power en el Monumental de Barcelona (2001) y Leonor (2006). En cuento ha escrito los libros Krelko (1962), El hombre que mataba a sus hijos (1968), Lo mismo que el olvido (1986), Todo lo que inventamos es cierto (1990). Los poemarios La mutación del hombre (1957), Los invencibles (1963), Primera canción del exiliado (1966), Última canción del exiliado (1994), Cantos para celebrar una muerte (1977). Entre sus ensayos destacan: Los grandes de la década del 30 (1985) y Ecuador: identidad o esquizofrenia (1998).


Estaba allí, recortado contra el mar y el cielo apenas diferenciados por una tenue línea. Su perfil se delineaba estilizado, debiendo admitir que su figura, desconocida por cierto, era bella. Los cabellos, por el fuerte viento que venía del océano, volaban hacia atrás.
El ruido del mar era hondo. Sordo. Misterioso, aunque debía reconocer que la presencia de él le imprimía más misterio.
Krelko, por su parte, estaba estático. Sólo sus ojos verticales observaban, sin pestañear, pues carecía de aquellos adminículos, la figura recortada contra el mar.
La figura, cuyas frágiles caderas remataban en dos casi equinas extremidades, largas y delicadas, dio dos pasos.
Krelko dio también dos pasos, pero en sentido contrario, hacia atrás.
A su lado estaban sus hermanos. Ellos también, con el mismo temor, dieron dos acompasados pasos hacia atrás, como si fuesen un cuerpo de gimnastas rítmicos.
La figura volvió a quedar estática. Miraba al mar como si buscara en él una aguja perdida, igual que si hubiese estado así, mirándolo, durante siglos. Es que el mar es un poco la eternidad.
Krelko no pudo siquiera hablar con sus hermanos. Tenía la mente embotada, sin comunicación, sin contacto. Todos estaban extasiados. La figura llenaba sus últimos rincones, aun la coraza rojiza que no los agobiaba como se podría suponer.
El mar estaba más azul que nunca.
El hombre sólo miraba al mar. Sobre la inmensa playa, lejana a todo vestigio de civilización, no alcanzó a divisar señales de vida. Estaba solo con la naturaleza. Inmenso, dueño absoluto del mar y del cielo, un poco esclavo también de su soledad y de su paz.
Pudo, por otra parte, comprobar su vacuidad. Ni un pensamiento podía delinear, únicamente, tal vez, cierto sentido de eternidad y quietud que nunca antes había podido sentir. Era, no lo dudaba, algo un poco así como la muerte.
Probablemente, se dijo, es la soledad.
Krelko corrió con agitados pasitos. La figura volviose en sentido contrario al mar. Tuvo cierto gesto que Krelko quiso pensar que era de fastidio. Luego se sentó y con sus manos empezó a jugar en la arena. Tapó un pequeño orificio que había sobre la playa. Luego otro.
Los ojillos de Krelko dejaron su posición horizontal queriendo comprender. Una honda rabia lo inundó. Después se acercó un poco más, movido por una profunda curiosidad.
Sus hermanos, acompasando sus movimientos a los de él, también se acercaron.
La figura tomó una posición horizontal sobre la arena. Como un militar, Krelko se detuvo. Sus hermanos pararon sincronizadamente.
El hombre miraba directamente hacia las nubes. Éstas, como movidas por fuerzas extrañas, fueron tomando formas inauditas. Una sensación de estar vigilado le llegó al hombre.
Se sentó y miró a su alrededor. Nada.
Son las nubes se dijo, con voz fuerte. Las nubes tenían raras formas que jugueteaban en el cielo.
Krelko juzgó la voz de la figura como un grito de guerra. Él y también sus hermanos como es naturalbuscaron refugio escondiéndose en los lugares apropiados y que desde antes estaban construidos.
Sólo los verticales ojos asomaban. Si hubiera sido de noche habrían brillado como luciérnagas diabólicas.
El hombre permaneció un gran rato sentado. Luego, como impelido por un resorte, se puso en pie. Caminó largamente a través de la playa.
La camisa flotaba contra el viento. Solamente el mar le importaba y todo vestigio de vida le parecía inútil dentro de esa inmensa vida única. Toda vida particular e independiente le era imposible imaginar.
Todo, incluso él, le parecía inmenso en la eternidad del mar.
«La eternidad es azul», pensó. Saboreó la frase con voluptuosidad.
Repitió, esta vez en voz alta:
La eternidad es azul.
Krelko y también sus hermanos volvieron a ocultarse. La figura caminaba unas veces en línea recta, otras casi en círculo, unas veces en un sentido y otras en sentido contrario.
Todos, encabezados por Krelko, seguían con agitados pasitos los movimientos de la figura que ahora ya no se recortaba contra el mar.
El hombre comenzó a sentir aburrimiento. Sobre la playa había sólo conchas que pisaba con cierta fruición tratando de quebrarlas. Habría querido matar algo, lo cual es, en cierto modo, vivir.
Entonces se puso a patear pequeños troncos diseminados sobre la playa. Todos tenían formas de seres vivientes, igual que las nubes pero, al contrario de éstas, sin movimiento, como si se tratase de un gran cementerio de animales embalsamados.
Y no se puede matar lo que está muerto.
El hombre volvió a mirar hacia el mar. Sus ojos adquirían entonces una extraña luz.
El ruido del mar era sordo y solemne.
Krelko vio que se le venía encima uno de los troncos que la figura había empezado de nuevo a patear. Plegó los ojos y se escondió bajo su coraza. Luego, lentamente, empezó a tomar su posición natural. Todos sus hermanos hicieron lo mismo.
La figura empezó a tapar, con sus pies, los huecos que había en la playa. Cada vez había más huecos. La figura, en su nueva diversión, no se alcanzaba. Él podía notar los mil ojitos verticales que lo miraban.
Krelko sintió un odio profundo, igual que sus hermanos.
El hombre se sorprendió de ver cómo cada vez era mayor el número de orificios en la arena. Miró una vez más al mar. Su mirada era casi como una despedida y hasta podría uno creer que era una salutación. Amorosa. Serena. Honda.
Los orificios eran cada vez más. Una extraña atracción movía al hombre hacia el sitio donde los pequeños huecos eran más tupidos. Una especie de música lo llevaba hacia allá, un extraño zumbido, una solemne voluntad. Algo así como la necesidad de un encuentro.
Sus cabellos, ahora contra el mar, se alborotaron hacia delante cubriéndole parte del rostro.
Sus flexibles caderas parecieron aún más flexibles. Había cierta fragilidad en él como la de algo que se va a derrumbar, a quebrarse.
El hombre no miró más al mar.
Los pasitos empezaron a sonar como un tun tun agitado. Acompasado. Los ojos, verticales a veces, otras, horizontales. Unas veces, sólo coraza. Otras, sus cuerpos completos. Pero los pasitos iban creciendo, multiplicándose como un mensaje.
Krelko solamente miraba.
El hombre sintió un leve dolor en una de sus piernas. Luego otro. Y otro. Miles, miles. El dolor se fue subiendo como un gran oleaje. De los orificios pequeñitos que lo rodeaban fueron emergiendo extrañas figuras acorazadas, las mismas que se le subieron por las piernas hasta cubrirlo todo. Nada pudo determinar. Ni siquiera supo lo que eran. Sólo los mil dolores crecientes por su cuerpo eran una realidad. Luego, el contacto con la arena y los terribles picotones, a mordiscos, cubriéndolo todo.
Quiso mirar al mar. Solamente veía una gran mancha roja.
Sintió muy cerca un sentimiento puro y absoluto de eternidad.
Krelko estaba rígido como un general. Movió sus grandes manos y empezó a morder con ellas una oreja de la figura, cubierta ahora por corazas rojas y voraces.
Después, dando el ejemplo, empezó a limpiar los huecos que había tapado el hombre.