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jueves, 21 de octubre de 2010

La mujer que buscaba un walkie-talkie

La mujer que buscaba un walkie-talkie 

Por Orly Castel Blum
 
Había guerra, y todos quisieron sentirse parte de ella. Mucha gente compró  walkies-talkies, de a pares. Otros, simplemente empezaron a manejar jeeps de color militar. Viajar por las autopistas llegó a ser peligroso, sólo quienes llevaban unos banderines, cada día de otro color, podían tomar la mano izquierda, por el carril libre, y correr. Otros se conformaron viajando en colectivo con pasajes con descuentos del 50%.
Finalizó la guerra, pero mucha gente siguió en posesión de walkies- talkies. Había como bulimia, muchos no  podían dominarse a sí mismos.
Había una mujer -ni alta ni corpulenta-  que quería tener un walkie-talkie en su casa.
 
Ella sabía que no le alcanzaría con tener un solo transmisor, se necesitan por lo menos dos para poder transmitir y recibir mensajes, pero a ella no le importaba,  quería uno solo,  en los negocios de electrónica no se le querían vender, le decían que un walkie-talkie es igual que un par de medias, zapatos o guantes, que se venden solo por pares. Que buscara un partenaire.
 
La gente no quería ser su partenaire, tenían cosas distintas para hacer. La mujer no supo qué hacer. Ella quería sólo un walkie-talkie, de una pieza,  ninguna otra cosa la satisfaría.
 
Un día pasó casualmente por la calle Basilea, en Tel Aviv, donde un muchacho con rasgos chinos ofrecía una serie de artefactos fuera de uso, muchos usados, otros nuevos, entre ellos transmisores sueltos de walkie-talkies. Se lanzó a aprovechar la oportunidad, y revolvió concienzudamente las valijas del chino buscando uno bueno, nuevo y en buen estado. Discutieron el precio, él aceptó su oferta, le bajó 30 shkalim, y el negocio se concretó.
 
Ella activó su walkie-talkie y empezó a hablar, abrió su boca y no la volvió a cerrar. Caminaba a lo lago de la calle costanera, desde Tel Aviv hacia Jaifa, a veces por la costa, a veces por dentro del agua, hablaba y hablaba. 
 
La gente con quienes se cruzaba la miraba y no sabía qué pensar.
En Netania entró a un café, uno de los tantos que hay bordeando la loma que baja desde el parque hasta el mar, donde venden pizzas a veinte shekalim, y  pidió un café cortado.
 
El dueño del café no supo bien que hacer con la clienta que le ocupó una de las mesas hablando y hablando sin cesar por su aparato.
Recién después de una hora de hablar ella calló, quizás para tomar su café expres que se enfriaba en la taza. 
 
Salió y ocupó un lugar en uno de los bancos del parque público, continuando luego su caminata hacia el Norte.
 
 Seguía hablando sin cesar, mientras el aparato empezó a echar chispas para todos lados, pero esto no influyó sobre las acciones de nuestra heroína, quien siguió hablando y hablando.
 
Al dejar atrás Zijrón, el mismo walkie-talkie, en un hebreo corriente, le pidió que la terminara.
 
 A orillas del río Kishón cerró la boca, y se inclinó a tomar unas muestras de sus aguas. Quería comparar la contaminación de los Jaifatíes  y la de de los Telavivenses, pero no había nada que hacer, ambos tenían sus aguas muy contaminadas, concluyó que había que secarlas para siempre. 
 
Pasó a comunicarse  con  empresas que desecan pantanos y sanean corrientes de aguas, pidiendo que le cotizaran el trabajo de desecar tanto el Yarkón como el Kishón, pidiendo que le tasaran rápidamente los trabajos necesarios, que habría que hacer cuanto antes, para terminar con las causas de enfermedades y contagios probables. 
 
También pidió que entubaran ambos ríos, para sanearlos, recibiendo como respuesta de una empresa italiana que allí trabajaba, que era imposible encarar las obras dejando sin canalizar el río Alecsander, porqué, dónde irían a parar sus aguas? 
 
Opuso su criterio, aduciendo que era imposible dejar a una zona tan grande sin sus ríos ni sus afluentes.
 
Después de completar estos trámites de presupuestos, opiniones de ingenieros y técnicos acerca de la posible desecación de los ríos, siempre a través de su walkie-talkie,  se escuchó una sirena de un auto policial que llegaba para expropiarle su aparato, impidíéndole así que empezara con los probables trabajos, que afectarían el libre escurrimiento de las aguas, que impedirían el aprovechamiento de las mismas para el riego de los campos dedicados a la agricultura, e incluso el uso en industrias de los mismos kibutzim de la zona.
 
La mujer entregó sin dificultad su walkie-talkie, diciendo que ya se había aburrido del mismo, y que volvería prontamente a su casa.



 Sobre Orly Castel Blum 

Habitante de Tel Aviv. Integrante de una generación israelí de escritores que publican en la década de los ’90 y siguen hasta hoy en día. Casi semanalmente aparecen escritores nuevos. Hay una enorme energía literaria y un florecimiento de la palabra escrita. Es una generación colorida y variada. Tiene mucho de juego, y algo de pose. Recibe influencias de la historieta, del cine y de la cultura de los EE.UU.,  de la televisión, del dibujo animado y de los minimalistas, de Carver y de Wolf. 
 
Estos autores consiguieron algo muy importante: editores y público. 
El boom de la economía y de la inmigración fueron acompañados por un boom de escritura.
 
Fueron años de una importante presencia juvenil en las listas de libros, en los suplementos literarios de diarios y en las revistas. A los autores se los reconoció y se los leyó. Ocuparon un lugar importante junto a los consagrados. Se siguió leyendo a A.B. Yehoshúa, a Iehuda Amijai, a David Grossman, a Amos Oz y a A. Apelfeld. Pero se lee de a decenas de miles de libros a Etgar Keret, cuentista  y a Batia Gur, autora de moda, de novelas de detectives, traducida a muchos idiomas, incluso al castellano, quien ya produjo su seguidora, Shulamit Lapid, vigorosa novelista policial, cuyo personaje Lizi Badiji, periodista sefaradí de Beer Sheva, divertida detective de pies planos, es una denunciante de algunas falencias sociales en las estructuras de su ciudad. 
 
A pesar del respeto por los casi “clásicos” vivientes de la literatura israelí surgen escritores, mayormente difundidos por la revista “Rejov”, que introduce el lenguaje de la calle, que desconfía del “hebreo literario” y del apego a los temas permanentes de la literatura israelí como son el destino del pueblo judío, la situación política, el conflicto árabe-israelí.
Hay un lector israelí que parece querer encontrarse con los temas de su barrio, con sus propios temas personales, la existencia, en suma. Y determinarlos en la aparición de estos escritores, jóvenes hombres y mujeres.
 
Son informales, irónicos, iconoclastas. 
 
Este cuento de Orly Castel Blum de una mujer hablando sola por un walkie-talkie sin pareja, sin partenaire del otro lado, ¿es sólo una imagen punk del mundo pos-moderno?
 
¿Es sólo un personaje neurótico, incomunicado? ¿Tiene algo que ver con la moda de utilizar símbolos militares y/o militaristas en Israel?
 
Si hay un yo, vivo y palpitante, participante del diálogo y del encuentro para conformar la necesaria, inextinguible e inescindible igualdad yo-tú, ¿dónde y cómo se encuentra el otro aparato, el Otro, que responda?
Esta mujer descontenta, que de pronto se aburre de su juguete, después de haber armado un lío fenomenal con sus proyectos que afectarían la producción, el regadío, la cosecha y la ecología en una inmensa zona, ¿quién es?
 
No la conocemos, no tiene antecedentes, no habla de experiencias anteriores judías, pero me inquieta, su falta de conciencia moral me resulta conocida, no tiene ideología manifiesta pero parece saber lo que quiere, me conmueve y me afecta.
 
Cinco millones y pico de judíos en Israel, con su particular vínculo de reciprocidad con siete u ocho millones de judíos en el mundo, viven en Medio Oriente rodeados por millones de árabes de  países distintos, y hablan por un solo aparato, ¿el otro no existe? ¿Sus interlocutores naturales no los reconocerán nunca ?
 
¿Los varios millones de palestinos se comunican sólo por el aparato psicótico de la violencia?, ¿Cientos de millones de árabes en el mundo escuchan del mismo receptor, y sólo  llamados a la guerra y al aniquilamiento de Israel y de los judíos en el resto del mundo?
 
¿Nunca se logrará la aceptación de un mundo de comprensión y del diálogo?
 
¿Sólo podemos pensar en términos individuales o tenemos que aceptar que nuestro destino es el destino de la sociedad donde se juega nuestro propio ser?
 
Estos cuentos posmodernos, ¿se parecen a los cuentos tradicionales en que a veces el lector “capta”, por intuición, representaciones simbólicas de experiencias decisivas en la vida?
 
Reflexiones apuradas después de leer un cuentito zonzo de una autora que se las trae.