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Biblioteca Virtual Hispanica

jueves, 14 de octubre de 2010

Sansón y yo

Sansón y yo 

Por Samuel Peccar

Querido Aron
Aunque te haya preocupado, no puedo negarlo: tengo problemas de relación con mis compañeros de oficina. Más aún: esos problemas me amargaron la vida durante no poco tiempo. Empero, cuando contemplo a la distancia mis conflictos primerizos en el trabajo (hoy tengo otros), todavía no alcanzo a ver claro dónde se extienden los límites entre mis faltas y las de ellos. Porque cuando uno es nuevo en un país y nuevo en el trabajo, la susceptibilidad carece de frenos y se desboca. Y entonces ya se hace difícil determinar si la ofensa es real o un engendro de nuestra imaginación.
Con todo, durante aquella época, mi aclimatación al ambiente oficinesco me resultó tan suave e imperceptible como mi primer contacto con los comerciantes minoristas de Tel Aviv, cuando les ofrecía zapatos y sandalias. Los conflictos brotaban como sarpullido de verano. Por decenas podría citarte episodios de aquel período; pero hay uno que quiero relatarte especialmente, porque me provocó una serie dé reacciones que te han de interesar (o divertir, tal vez).

Un día nos citaron al despacho del subdirector de la compañía.
Debíamos escuchar el informe de un experto en seguros de vida. Una palabra hebrea no me resultó clara y me incliné hacia el oyente más cercano, para indagar su significado. Y aquí viene lo increíble. No había acabado de bisbisear la pregunta, cuando un muchachón, sentado en la fila de adelante, se yolvió hacia mí, y con un desparpajo y una agresividad inauditos, espetó en voz alta, delante de todos:
-¡Cállate, nu! ¿Hablas tú o habla él?
Me quedé paralizado, con la boca entreabierta, sonriendo tonta-mente, como si me hubiera hecho una broma. ¿Ese niño me había gritado de esa manera a mí?
Aun cuando mi cuchicheo le hubiera molestado, ¿por eso debía propinarme una bofetada delante de todos, sin una aclaración, sin disculparse siquiera por su explosión animal? Y para colmo, se trataba de un mozalbete que apenas acababa de terminar el servicio militar. "Es que ellos -pensé, observando con odio la espalda prepotente del miserable-, ellos no reconocen diferencias de edad, ni de cultura, ni de po¬sición social, Todos somos iguales. Todo les está permitido." Incluso su mismo idioma los alentaba a conducirse así. Esa lengua directa y tajante, que nos nivelaba constantemente con su "tu", desconocedor de jerarquías, y en la cual ni siquiera letras mayúsculas había, para no incurrir -¡Dios libre!- en una desviación de sus tendencias igualitarias.
Dejé la oficina con un estado de ánimo deplorable. Esther descansaba; los niños hacían los deberes. Intenté dormir un rato. Imposible. La frase insultante repiqueteaba en mi cerebro, sin darme descanso. Me levanté... Apenas un chiquilín, y se había permitido taparme la boca en público.
¡A mí! ¿Por qué no le contesté en el acto? ¿Por qué no le di una lección? ¿Por qué no le dije?
-¡Hola! ¿Ya volviste?
El saludo de Esther me irritó. Por la forma de preguntar daba la impresión de que hubiera preferido verme llegar más tarde. A me-dio vestir, se desplomó en un sillón.
-¡Estoy destrozada! Los alumnos se portaron como demonios. Uno de ellos se escapó del aula y después, desde afuera, se puso a molestar a toda la clase, a través de la ventana. ¡Son tan irrespetuo¬sos! Tú no puedes darte una idea...
"Por supuesto que no. Yo no trabajo fuera de mí casa. Yo soy un rentista."
-Esa escuela va a terminar conmigo, Shaúl. ¡No aguanto más! Si no logro dominarlos tendré que renunciar. Primero la salud...
"¡Bravo! Y te quedarás en casa leyendo novelitas. De todas ma¬neras hay un caballo de carga que puede tirar del carro doce horas por día. A ese caballo no le hacen mella los conflictos en el trabajo. Para él todo es un juego. Se levanta, se afeita y se va alegremente a pasar un rato amable con sus amorosos compañeros de oficina.. Pero ella se fatiga y quiere renunciar. ¡Bravo!"
-¿Por qué no contestas? ¿Te pasa algo?
La miré, y de pronto vi delante de mi al mequetrefe.

Instantáneamente encontré las palabras apropiadas para repeler su agresión. Ya asomaba la frase vindicativa en la punta de los labios, cuando Dani me detuvo:
-Papá, quiero hacerte una pregunta.
-¿Sobre qué? -le lancé una mirada furiosa.
-Sobre la Biblia.
Traté de dominarme. Desde hacía unos meses el fanático se había embarcado en una campaña religiosa. Exigía que celebráramos el sábado a la manera tradicional, con velas y bendiciones; que ayunáramos el Día del Perdón; que requisáramos hasta la última miga de pan en vísperas de Pésaj, y no sé cuántos ritos más quería imponerme. No pasaba un sábado sin que nos trenzáramos en alguna polémica de tinte teológico, que siempre terminaba por encenderme la sangre en las venas. El aprendiz de rabino tenía sus ideas, y no sólo era imposible convencerlo, sino que incluso quería "convertirme" a mí. Y ahora intentaba espolearme de nuevo. "Pero has elegido un mal día, amiguito. El aire está hoy muy cargado de electricidad. ¡Muy car gado! Te aconsejo no meterte conmigo."
-¿Qué quieres? -inquirí, lentamente, en guardia.
-¿Cuántos años duro el reinado de Aviá Ben Ierav'am?
-¿El reinado de quién?
-De Aviá Ben Ierav'am.
-¿Quién es ese señor?
-¡Ierav'am fue un rey de Israel, papá! ¡La Biblia lo cita!
-No lo dudo; pero no lo conozco.
-No lo conoces porque nunca abres la Biblia.
-¿Otra vez? ~ te dije que no soy creyente. ¿Hasta cuándo seguiremos discutiendo este asunto?
-¿Yo discuto? Eres tú quien busca argumentos raros. ¿Qué importa si no eres creyente: La Biblia es nuestro libro de historia. Hasta los no judíos la leen.
-Dani -articulé  espaciosamente, para controlarme-: aunque quisiera leer la Biblia, no puedo hacerlo. Antes debo estudiar más a fondo el idioma. Y eso hace falta tiempo y una mente despejada.
-¿Por qué no leíste la Biblia antes de venir a Israel?
La testarudez del insolente volvía a sacarme de las casillas.
-¿Quieres saber por qué? Pues, porque me ocupé de cosas más importantes que esas. Yo..., yo me dediqué a mantener a mi familia, a educar a mis hijos. a preparar mi viaje a Israel, y no a ser un filósofo de la Biblia.

-No entiendo como podías pensar en Israel sin ser un judío íntegro.
-¿Qué dijiste? Yo no soy un judío integro? ¡Repítelo!
-Shaúl, no te pongas nervioso -intervino Esther.
-¡No me interrumpas cuando estoy hablando! ¡Cállate, nu! ¿Hablo yo o hablas tu: -le devolví, por fin, el insulto al degenerado--. ¿Yo no soy un judío integro? Yo dejé posición social, nombre, seguridad económica; todo lo dejé para venir a Israel y convertirme en..
-¿En qué? ¿En qué? -me azuzó Dani.
"En un ignorante que ni siquiera es capaz de ayudar a sus hijos a hacer los deberes", pensé. Pero me contuve. Y pronuncié, sin convicción:
-En un judío integro.
Dani me dirigió una mirada distraída y dio por concluido el debate. Fue una suerte, porque de lo contrario creo que hubiera termi¬nado por darle unos azotes, para inculcarle un poco más de respeto a sus padres. ¡Yo no era un judío íntegro! ¡Ah! Cuando uno se convierte en un Poca-Cosa, en un analfabeto que araña las puertas de una cultura inaccesible, ¿qué respeto puede merecer de sus hijos un pigmeo como ese?
-Shaúl, salgamos a dar una vuelta -propuso Esther-. Nos vendrá bien a todos. Te veo muy nervioso.
Sí; me convenía salir de la casa, porque el abatimiento y el desprecio por mí mismo me estaban ahogando. Los niños interrumpieron sus deberes y subimos al coche.
El sol declinaba. Sin rumbo fijo, tomé el camino a Jerusalén. Al entrar en la ruta principal, el aroma de los azahares nos envolvió como en una gasa de seda, fresca y perfumada. Observé a Esther y vi que entrecerraba los ojos y aspiraba hondo. Sabía en qué pensaba. La alameda de la calle Moreno. Yo la llevaba abrazada por los hombros, y cuando escaseaban los transeúntes, nos deteníamos al lado de un árbol, para besarnos, embriagados por el aire afrodisíaco.

Un grupo de jóvenes, en uniforme de scouts, con mochila y bastón de caminantes, desfilaba a un costado de la ruta. Eran gallardos esos impertinentes. Y las muchachas, en pantalones cortos, flexibles como ciervos, con sus minúsculos sombreros de tela burda hundidos hasta los ojos, no le iban a la zaga a los varones. Esas piernas largas y osadas parecían hechas para tragar distancias. Sabían caminar, y ¡cómo les gustaba! Giré hacia Esther y me encontré con su mirada.
-Lindas, ¿no? -sonrió.
  Una motocicleta pasó bramando cerca del auto. La conducía un mocetón moreno y delgado, cuya camisa amarilla flotaba al viento como una bandera sobre su torso desnudo. Eludía los vehículos zigzagueando audazmente entre ellos, a toda velocidad. "No le tienen miedo a nada", observé. Y una inexplicable y estúpida sensación de orgullo me invadió. Aparecieron las vertientes labradas de las montañas. Los cultivos emergían entre las piedras, exhaustos, como si acabaran de salir de una batalla entre la vida y la muerte. ¡Cómo lu¬chaba y se debatía el verde, ante el avance audaz de la roca y la are¬na! Naturaleza implacable y agresiva era esa. "Como los nativos del país." Igual que ellos.
-Papá -me sobresaltó la voz de Dani-: ¿sabes que Sansón libró en este lugar muchas de sus batallas contra los filisteos?
-¿De veras?
-¡Está escrito en la Biblia! ¿De qué te asombras? El campamento de Dan se extendía desde Zar'a hasta Eshtaol, y como los filisteos se hallaban cerca, Sansón debía hacerles frente.
-Pero la tribu de lehudá también estaba aquí -se despertó Betina-.
¿Por qué no los atacaban a ellos los filisteos?
-La tribu de lehudá se encontraba un poco más al sur. Los filisteos querían ocupar las tierras del norte, y en el norte estaba Dan. Por eso combatían contra ellos.
Esther y yo nos miramos. "Viven en Israel hace apenas dos años, y ya se comportan como si hubieran nacido en este país. ¡Con cuánta rapidez se han adueñado del pasado! ¡Con qué fuerza se han plegado a cada uno de los rasgos del país! ¿Cuándo aprendieron todo esto?"
Eché una ojeada a ambos lados del camino. La misma fuerza inexplicable de mis hijos palpitaba en los cultivos que insistían en perforar la piedra; en los jóvenes que marchaban a lo largo de la ruta; en la historia que nos observaba, imperturbable y paciente. Frente al aplomo que emanaba de todos, mi susceptibilidad y mis reproches resultaban minúsculos, mezquinos... No; las lamentaciones no tenían lugar en esa tierra asediada, que sólo aceptaba medirse con hombres recios y machos.

Observé a Dani a través del espejo. Estaba enfrascado en la contemplación del paisaje. Seguí su mirada. Los campos de trigo se desplegaban como alfombras móviles, pulidas y prolijas. Los tonos verdes de las plantaciones de cítricos y de maíz polemizaban entre sí. A lo lejos, los chorros plateados de las aspersoras reflejaban los últimos rayos del sol. El olor húmedo de la tierra regada me trajo recuerdos de momentos dichosos adormecidos en algún minuto de mi infancia.
"¡Qué extraño es este país! Es áspero y duro, pero al mismo tiempo se acurruca dentro de uno, pidiendo que lo amen. ¡Y qué delicioso es sentir ese amor por él! Es curioso. No lo quiero como a la tierra en la que uno vive o en cuyo seno se nace. No; quiero a este paisito como a un hijo, y a veces percibo que despierta en mí la misma ternura dolo¬rosa que sólo conoce un padre. ¿Por qué, entonces, echo de menos lo que dejé atrás, y reniego de mi suerte? No es la olla de carne. Añoro el país donde nací y en el que fui feliz; pero no me arrepiento de haber emigrado. Sólo pienso que fui un tonto al hacerlo, cuando me siento deprimido y miserable, como hoy, o cuando la gente de aquí se encrespa y me rechaza, como ese idiota de la oficina. Pero, ¿por qué espero siempre que ellos obren primero? ¿Por qué permito que ellos me impongan mis reacciones? ¿Hasta cuándo seguiré a la defensiva? Tengo que discutir, pelear, polemizar, en lugar de rumiar afrentas y compadecerme de mi mismo. Tengo que ser tozudo, terco, inflexible, como las plantas sepultadas en las rocas. Como los campesinos.
Como Dani, se me ocurrió. De pronto, el pensamiento de que debía imitar el comportamiento de mi hijo, me hizo sonreír, por primera vez en el día. Lo volví a observar, a mi rabino. Tenía los ojos entrecerrados, el cabello revuelto por la brisa, y la mirada perdida. Soñaba. A su lado, Betina dormitaba, la cabeza apoyada sobre el respaldo del asiento.
-Esther -la llamé suavemente, para no sobresaltaría-: tengo una idea. Voy a inscribirme en uno de esos círculos de estudio de la Biblia. Al fin de cuentas, se trata de nuestro libro de historia, ¿no te parece?
Ella no se sonrió.
-Quiero ir contigo.
-De acuerdo. Y en cuanto el sabio ese empiece a provocarme de nuevo con sus preguntas, voy a tapar la boca con citas bíblicas. ¡Mocoso! ¡A mí me viene a dar lecciones de historia! ¡Como si yo fuera un extraño en este país!
Los que nacen de nuevo te saludan, Arón.
Shaúl.


 Inmigrantes con caretas 

Arón:
Ayer, por primera vez, participé en una fiesta judía en calidad de actor y no de espectador. Cuando vivía con ustedes, recuerdo, festejábamos las fechas tradicionales de una manera singular. Durante el Día del Perdón, cerrábamos el negocio, aparecíamos media hora en la sinagoga, le augurábamos un feliz año a nuestros padres, y se acabó. En Pésaj cenábamos en el multitudinario Tercer Séder y presenciábamos números artísticos. Y por último, en Purim, nos íbamos a bailar y comprábamos bonos para elegir una Reina Esther.
Es curioso, pero entonces no caí en la cuenta de que yo me limitaba a observar cómo otros celebraban las fiestas. Y así como era un espectador, así las veía: desde la butaca, obra de actores y oradores, pero no mías. Aquí, en cambio, todo hay que hacerlo con las propias manos, incluso las fiestas. Y se me planteó un problema. El hábito de pagar y recibir tradiciones estaba incrustado en mi demasiado hondo, como para sustituirlo sin esfuerzo por el mandato del trabajo propio, aun cuando se tratara de un jolgorio informal como Purim. Pero mejor será que te cuente desde el principio cómo ocurrieron las cosas.
Una pareja de amigos nos invitó a una fiesta de Purim, en su casa. Dos condiciones impusieron: pagar tres libras y disfrazarse. Las tres libras no me preocupaban, pero disfrazarme, a esta altura, un padre de familia...  Disparates! Y me escabullí diplomáticamente.
-En principio, estoy de acuerdo, pero... -y enumeré una serie de pretextos.
De nada me valió. Siguieron insistiendo. Y en el frente interno, precisamente, se desató la batalla más cruenta. Esther se entusiasmó con la idea luminosa de mis supersociables amigos, y en lugar de apoyarme se pasó al bando enemigo. Desde allí inició una campaña de ablande.

Cada cinco minutos veía a proponerme un disfraz diferente: ¿mexicano?, ¿sultán?, ¿Sherlock Holmes?, ¿torero?, ¿Caperucita Roja?, ¿terrorista?

Yo no descosía la boca. Sabía que, tal como anuncian los abogados en esos juicios orales de las películas, cualquier declaración mía sería utilizada en mi contra, pues Esther correría instantáneamente al teléfono para trasmitir mi monosílabo a los promotores de la maldita velada:
-¡Parece que le gusta el disfraz de bailarín español! ¡Le va a quedar divino! -y yo estaría perdido.
"¿Por qué presionan sobre mí de esa manera? -rabiaba yo-.

¿Es obligatorio transformares en un monigote, para festejar Purim? ¿Acaso no podemos celebrar la fiesta asistiendo a un baile serio?" Me imaginaba la escena, en casa de mis amigos. Todos los latinoamericanos sentados en círculo, solemnes, los rostros cubiertos con caretas, tiesas como sus dueños. Esther y yo entraríamos en la sala haciéndonos los graciosos y estrecharíamos la mano de cada uno, tratando de reconocerlos, mientras representábamos el papel de nuestro disfraz. Y ya me veía, aflautando la voz y preguntándole a otro imbécil "¿Cómo te va, fantasma? ¡Adivina quién soy!"
¡Sencillamente grotesco! Y después me sentaría en un sofá, entre otras máscaras rígidas y me pondría a filosofar sobre la situación política del Medio Oriente con Carlitos Chaplin, que emitiría sus puntos de vista con aire grave, en tanto yo enumeraba los objetivos de la estrategia soviética en la zona, sacudiendo enérgicamente mi plumaje de cacique indio. ¡Estúpido!
Pero los amigos (¡y Esther!) siguieron apretando los torniquetes, y como yo no soltaba prenda, el conflicto se fue multiplicando hasta enmarañarse en un bonito dilema: quedar en ridículo con un disfraz idiota, o convertirme en el hazmerreír de mis relaciones, al demostrar mí pudor por disfrazarme. Y había que tomar una decisión, desgraciadamente.
"Si me disfrazo -razoné- pueden suceder dos cosas: que se burlen de mí durante toda la noche o que se rían durante un par de horas, hasta que se acostumbren a verme haciendo payasadas. Pero si no me disfrazo y rehúso ir a la fiesta, la alternativa es una y sólo una: mi exterminio social." Y opté por el mal menor.
La elección del disfraz fue cuestión de minutos.

-Prepárame cualquier cosa -le dije a Esther-. De todos modos haré el papel de un papanatas.
Y me disfracé de pirata. Primero, porque Dani conservaba una vieja careta de corsario tuerto; y segundo, porque el cartón me cubría buena parte de la cara, y eso me daba la sensación de estar más amparado.
Al entrar en la sala, tal como lo supuse, me encontré con una sinagoga: las mujeres sentadas, en un extremo; los hombres, en el otro. Pero nadie se rió de mi, porque todos ya reían cuando entré. Reían de cualquier cosa: de ellos mismos, de nada, sin pausa y sin motivo. Y yo también me solté a reír. Y cosa extraña: de pronto empecé a representar mi papel, sin habérmelo propuesto y sin ha¬berlo ensayado.
Cuando me sentí más a mis anchas, recorrí el salón con la mirada. Los disfraces más comunes eran los del estanciero criollo, el gaucho y la "china". Los personajes de corte local (los árabes, los religiosos ortodoxos, los Moshé Dayán) parecían turistas, en medio de esa procesión de figuras salidas del folklore indígena. Y cuando presté atención a las bromas y las chanzas, de la más pura savia latina, advertí que estaba presenciando una escena típicamente purimiana. Esos latinoamericanos se habían disfrazado de lo que realmente eran, mas su auténtico disfraz era el otro, el usado durante todo el año, de Purim a Purim.
Alguien (un veterano, ¿cuándo no?) se larga a cantar. Muy pocos conocen las canciones hebreas alusivas a la fiesta, pese a que los organizadores de la velada han estampado los estribillos sobre un pergamino gigante, a la vista de todos. Pero la voluntad de aprenderlos los empuja a intervenir, y cuando no alcanzan a des¬cifrar una palabra, la tararean. La cuestión es entrar en la corrien¬te, plegarse a la melodía y no desentonar, aun cuando repiten frases cuyo significado se les escapa.

¡Aní Purim..., aní Purim!
Y el canto sale a medio hacer de las bocas de esos israelíes en proceso de elaboración, que hablan un hebreo a medias, y cono¬cen a medias la esencia de la fiesta que celebran.
Pero cuando un inmigrante entona una vidalita argentina, las voces se elevan, firmes y claras, y una extraña inmovilidad se apodera de todos. Cantan la tonada nostálgica y nadie se mira: los ojos están fijos en el vacío, evocando los paisajes celestes de la niñez y la juventud. Termina el canto y sobreviene un largo silencio. De pronto se han quedado sin antifaz, incómodos y turba¬dos ante su súbita tristeza.
Empujado por el oleaje de recuerdos, alguien descuelga del pasado una antigua canción de los movimientos juveniles sionistas.
Kvar jarashnu ve gam zar'anu, AvaL od lo katzarnu.
Aramos y sembramos, pero aún no cosechamos. Los semiisraelíes cantan con entusiasmo, sin percibir que recién ahora el lamento de la canción añeja cobra en sus labios un clamor real... Sembraron, mas la época de la recolección está lejana aún. La semilla proviene de otros climas y no prende sin dolores, como la semilla autóctona. Pero hay que ayudarla a germinar y a extender sus raíces en la tierra nueva. Hay que apresurar el proceso. Y para eso cualquier medio es válido, incluso disfrazarse en Purim de lo que realmente son, y durante los demás días del año permanecer disfrazados de lo que quisieran ser. Y reírse, reírse de su doble disfraz.

Hasta el alba reímos. Y cuando nos despedimos, descubrí que ya no llevaba puesta la careta, y reía a cara limpia. Y no me sentí ridículo. Por el contrario; me sentí tan libre en mi alegría co¬mo no lo había sido nunca antes en mi vida...
Cuando salimos a la calle, riéndonos de nuestras propias risas, Esther se volvió hacia mí, sorprendida:
-Shaúl, nunca te reíste tanto. ¿Qué te pasó?
No supe qué contestarle. Y de pronto, en mi simpleza, se me ocurrió pensar que a lo mejor acababa de producirse un pequeño, un minúsculo, un imperceptible milagro de Purim... Y tal vez, no solamente de Purim.
Un gran abrazo, mi querido Arón.
Shaúl.


 Sobre Samuel Peccar 

Muchos son los escritores israelíes que llegaron a Israel con una experiencia literaria exitosa previa. Los principales de ellos los del área del idish.

Pecar es uno de los escritores porteños mas prolíficos y leídos en su etapa argentina. Cuentos de Kleinvile, Los rebeldes y los perplejos, La generación olvidada, entre otros, por sí solos, constituyen una obra importante para un escritor judeoargentino. Expresa en ellos una visión crítica sobre la vida de la comunidad judía. Critica con una mirada no corrosiva. Anota y exagera tipos de personalidad surgidos de la integración de inmigrantes judíos a una nueva estructura social que los recibe. Comenta vicios y virtudes del caudillismo y los manejos de poder internos de la comunidad. Analiza con fruición sociológica personalidades y grupos en el juego de las instituciones. Y es influido por el surgimiento del Estado de Israel y sus reflejos en Argentina.

Sigue y expresa a una generación, la de los jalutzim, los avanzados del movimiento sionista en Argentina, en sus decisiones y dilemas.
Su escritura es ágil y amena,  de grata lectura. Algunos de sus libros gozaron de reediciones y publicación en periódicos y antologías. En clubes y kenim se utilizan muchos de sus cuentos para teatralizaciones y narraciones, incluso sin que los "usuarios" conozcan ni el nombre del autor.

En su segunda etapa, ya en Israel, continúa escribiendo en castellano "argentino".

Su trabajo intelectual se bifurca.

Se convierte en un experto en cooperativismo agrario, con estudios y publicaciones sobre el tema, dicta cursos a alumnos que llegan a Israel a interiorizarse de esa verdadera revolución rural que es el kibutz, con su particular organización y modo de producción, se especializa en trabajo docente con adolescentes y jóvenes, y sigue escribiendo.
Su temática acompaña la vicisitud del inmigrante. El hebreo, la multiplicidad de orígenes y de idiomas, los hijos que educan a los padres, la construcción de un nuevo país y de un nuevo hombre son sus temas en la nueva etapa. Temas que se irán luego ampliando en sus novelas israelíes. Que lo mostrarán en la madurez de su expresión y que terminarán modelando un sentido existencial en su obra.