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jueves, 4 de noviembre de 2010

Corta leyenda sobre una ciudad donde sus edificios eran identicos unos a otros

Corta leyenda sobre una ciudad donde sus edificios eran identicos unos a otros 


por Alex Epstein
 

El rey Ardeshir ordenó una vez construir una ciudad donde todos sus edificios fueran idénticos unos a otros. Cuando la ciudad fue construida, la pobló con habitantes traídos desde el lejano Sur, que luego fueron dejados librados a sus propias fuerzas por el lapso de tres años.
En uno de los días del otoño del cuarto año del establecimiento de la ciudad, se vistió Ardeshir con ropas de un comerciante viajero, y salió a la ciudad a investigar a sus ciudadanos.
Para su sorpresa encontró en la ciudad personas iguales a las de  otras ciudades: en los rostros de algunos reconoció una tristeza permanente (los comparó consigo mismo), otros parecían representar escenas teatrales en la calle, sus rostros no evidenciaban preocupaciones, algunos pocos corrían de lugar en lugar, como presas de locura.
Una mujer oscura, en cuya boca le faltaba un diente, pero dueña de un cuerpo esbelto y flexible, se le acercó y  le dijo:
"No puedo prometer que te traeré felicidad" le murmuró al oído "pero seguramente no te daré lugar a quejas".
Ardeshir aceptó sus palabras y la siguió a su casa. Notó que la ciudad no era tan monótona como él creía. En el camino descubrió que las zanjas y alcantarillas no corrían paralelas a los cordones, que las escaleras que conducían a las entradas de las casas estaban mayormente rotas, y que un humo espeso salía de las chimeneas de las casas cercanas y lejanas, permitiéndole respirar apenas,  con dificultad.
"Observás las calles como si fueran el cuerpo de una mujer", le dijo su acompañante.
"¿Qué me dirías?"  preguntó él mientras llegaban a su casa  "¿si te contara que yo sé por qué todos los edificios de esta ciudad son idénticos entre sí?".
"Aunque me dijeras que sos el propio rey Ardeshir, en persona y presencia honorable", le contestó ella, "no me resultaría para nada diferente" dijo la mujer, y lo abrazó con sus oscuros brazos alrededor del cuello.


Del libro "El perro que hablaba(sobre la guerra)" Ed. Zamora- Bitan, Tel-Aviv, 1994.
Alex Epstein, nacido en Leningrado en 1971, llegó a Israel en 1980.
Entre sus libros: "La amante del trepador de montañas."Ed. Keter, Ierushalaim 1999



 Dani (nota en su memoria) 

por Amos Keinan


Desde su mas temprana infancia Dani había sido alegre, amigable y propicio a lo colectivo. En el Jardín de Infantes de Tova, la maestra del kibutz,  siempre le gustó cantar junto a los demás chicos, en ronda, y bailar juntos .
Al ingresar a primer grado siguió con el placer de estar siempre junto a sus amigos. Cantaban una canción que decía: ¡Iulalá, Iulalá, cómo estaremos sin trabajar!
En cuarto grado entró al movimiento juvenil, ya con sus diez años, donde recibió enseñanzas de vida colectiva, y aprendió a hacer todo con todos juntos: cantar, bailar, pasear, pensar, hablar, escribir, etc. Se destacó incluso en escribir canciones colectivas que no afectaban su sentimiento de individualidad, pero que resaltaban los sentimientos sociales.
Cuando todos salían a pelear, peleaba. Cuando todos salieron a ayudar a los llegados en la Aliá "B" *, salió a ayudar también. Cuando muchos estuvieron presos en Chipre o en Rafiaj, allí estuvo. Cuando salieron de allí, él también salió. Cuando todos participaron de la guerra, él también participó. Cuando todos se liberaron, él también se liberó. Cuando todos buscaron un mañana, también él lo buscó.
Cuando dejó el kibutz (después de una crisis de orden social) iba cada noche a encontrarse con sus amigos y preguntar:
-"Jévre, qué hacemos hoy?"
-" Jévre, qué haremos mañana?"
-"Jévre, vamos al cine?"
-"Jévre, cómo está el grupo?"
En general, donde iba el grupo, allí estaba él.
Un día pasó una desgracia, todo el grupo estaba fuera de la ciudad, habían viajado al casamiento de uno de ellos, sin avisarle.
Dani quedó solo en la ciudad. Toda la noche caminó buscando a sus compañeros. No encontró a nadie. Esto le causó un enorme desarreglo. Y por esta causa se suicidó.
Hasta hoy nadie puede explicarse cómo hizo esto a solas.


(*) Aliá ilegal que se dio en los años finales del Mandato Británico en la Tierra de Israel.



 Relato de los hechos 

por Uzi Weil


"Pero mirá", le dijo él,- "fijate, -¿qué tuvimos de todo esto?".
Ella no contestó y salió a comprar  cigarrillos.
A su vuelta lo encontró en el dormitorio con una botella de whisky. Ella se apoyó sobre el marco de la puerta. El la miró, la botella también se  dirigió hacia ella.  Ella se acercó a él y poniendo la botella a un costado le sacó el vaso de  las manos y lo tiró afuera por la ventana abierta, se inclinó y se acostó sobre él todo lo largo de su cuerpo y lo besó.
"Quiero tomar más, si es así" dijo él.
Ella se adhirió mas a su cuerpo. Finalmente él subió sus brazos y la envolvió fuertemente con ellos. Reposaron así una larga hora. Cuando empezaron a transpirar ella se levantó a activar el aire acondicionado.  En el camino tomó un cigarrillo y lo encendió con fuego de la cocina, volviendo luego a la habitación, pero él ya se había dormido. Ella se detuvo a mirarlo, él parecía  libre de todas las amenazas del mundo, durmiendo. Observándola, ella volvió a enamorarse y pensó que era un momento de gracia, de armonía. No habría muchos otros momentos como este.
- Recordálo así. Vendrían días donde no volverías a ver estos momentos.
Pero así es la verdad.
Lo verías y recordarías como es él hoy. No dejes que la vida te mienta. 
Ella lo deseaba muchísimo, ahora, ya, pero no hizo nada para lograrlo, y yacía junto a él sintiendo en su interior cuanto lo necesitaba.
Luego también ella se durmió.
Y esa fue la última vez que fueron dichosos juntos.
Después volvieron y llegaron los días malos.
Y fueron peores, como  nunca lo habían sido.
Se mudaron a una casa grande, junto a la montaña.
Fue justo antes de que sucedieran varios incendios en los grandes  bosques de las cercanías.
Alguien del servicio de custodia de recursos naturales decidió que era necesario pagarle a alguien para que rondara por el bosque y echara un ojo a los turistas y paseantes.
Uri recibió el trabajo a través de sus compañeros de la reserva del ejército, y empezó a custodiar el bosque. Se levantaba tempranito en la mañana, tomaba una vieja Kalachnikov que había quedado en sus manos  durante su servicio militar, subía a su jeep, y se iba por los caminos sin asfaltar entre los árboles o subía a la montaña. Después de un tiempo empezó a salir también por las noches. También empezó a faltar de casa por dos días, luego por tres seguidos.
Y reaparecía barbudo, a veces sucio, siempre callado.
La casa estaba silenciosa y enorme. Cada uno se acostumbró a estar cada vez mas tiempo a solas, en otro sector. Así se evitaron muchas horribles discusiones y enfrentamientos.
Un día se perdió el perro. Era un perro marrón, grandote, de raza no definida, que ella había encontrado perdido, por allí y se lo trajo a casa. Ese mismo día, por la mañana, desayunaban juntos. Uri recordaría particularmente ese día porque no volvieron a desayunar más juntos por un largo tiempo, y porque el perro se perdió el mismo día.
Estaban sentados en la pequeña cocina y tomaban el desayuno, él recordó como a veces, en los primeros años de su matrimonio, se sentaban a la mesa de la cocina, y hablaban. Cada vez que surgía un problema, iban a la cocina a sentarse y hablar. Si era de noche, la charla conducía a hacer el amor, allí mismo, sobre las sillas pequeñas e incómodas, y luego sobre la enorme y antigua cama de madera que había en el dormitorio.
Estas eran las máximas alegrías tormentosas que lograron y los mejores años que lograron. Advertía en silencio al mirarla que ella también rememoraba esas épocas.
Él pensaba: "¿Por qué se queda conmigo?. No fui bueno con ella, debería levantarse e irse".
"Salgo", dijo.
"¿Volvés?".
"Si."
Se acercó al placard junto a la entrada de la casa, sacó el fusil y dos cargadores, y salió.
El gran perro marrón lo recibió con un ladrido insolente y con un fuerte movimiento de su cola. Trató de recordar cuál era el nombre que ella le había puesto al perro, pero no lo logró. Unas horas mas tarde el perro se perdería.


Esta vez condujo el jeep hacia lo alto durante una hora; llegó a un sombreado lugar entre las colinas y se detuvo, apagando el motor. Bajó del mismo y empezó a caminar hacia arriba, por el costado del camino.
El sol estaba en lo mas alto de su recorrido, pero recién al rato empezó a sentir el calor. Caminó y caminó por la senda, la dejó luego y siguió subiendo a campo traviesa, respirando con fuerza el aire límpido de la tarde. Una vieja lastimadura de su pierna izquierda empezó a dolerle. Pero continuó caminando hasta cansarse y recostarse sobre una enorme roca. Miró hacia abajo y notó que había pasado por mucho de  cualquier ascensión anterior. Pasó el tiempo, mirando un cauce seco en el valle, allá abajo, sin pensar en nada. Se dijo que se sentía muy cómodo. De pronto recordó la última vez que había llorado. Hacía nueve años, casi un año antes de conocer a su mujer, estando en Nueva York, en el camarín de una actriz americana, Mary Pears Hutchinson. No logró rec omponer su rostro en su memoria visual, pero si la situación.
Él la esperaba en su camarín, la obra estaba por terminar,  hacía tres meses que ellos salían. El ayudante de escena, que la asistía casi siempre en silencio,  entró trayendo un termo con bebida que ella tomaba al final de la representación. Era un té con mucho whisky. Al abrir  la puerta, y ver a Uri sentado esperándola, entró y dijo:
-"Esto es para Mary".
-"De acuerdo"- dijo Uri.
Le acercó el termo, que Uri tomó y dejó sobre la mesa. El asistente, cuyo nombre Uri no logró recordar, dejó extendidas sus manos por un instante sobre  el termo que acababa de entregarle. Uri notó un fugaz gesto de dolor en su rostro. El muchacho salió, reteniendo por un segundo la manija de la puerta en sus manos antes de cerrar .
Uri vio en ese instante antes de que la puerta se cerrara como se borraba el gesto de dolor que lo dominó, al escucharse los pasos de Mary, bajando por los peldaños de una escalera que la llevaba desde el escenario a su camarín, cambiando algunas palabras con alguien, a quien no alcanzó a distinguir.
Uri dijo para sus adentros:- Dios mío! ¿ Cuándo sentí yo algo así frente a alguien, a cualquiera ?   
Ella entró, sin notar al asistente que salía, apresurada y sonriendo hacia Uri, mientras le decía algo y desapareciendo tras una cortina que dividía el ambiente, para cambiar sus ropas. Unas lágrimas surgieron de los ojos de Uri, el fuerte sentimiento del muchacho lo invadió. Tras las lágrimas le llegó también un gran alivio.
 -"Puedo llorar todavía"
 -"No perdí la posibilidad", y a lo mejor las lágrimas puedan lograr enjugar todo, y que todo recomience. Si puedo todavía llorar.
Se sintió feliz.
Mary salió de detrás de la cortina. El momento pasó, y esa había sido la última vez que lloraría, hacía nueve años.
Uri , sentado sobre la roca , descargó el cargador del fusil, pero volvió a introducirlo, y después cargó una bala.
Miró a través del caño del arma, la tierra desapareció de su campo visual. Sabía qué fácil y simple era.
Estuvo casi una hora mirando el negro, enorme, hermoso interior del alma del arma, hasta  pudo escuchar el estampido, y sentir el gusto de la bala en su boca.
Se levantó y se despertó, sacudido. Un  miedo natural lo dominó, y volvió en sí, medio mareado, hacia el jeep. Bajó directo  hasta su casa, como vacío.
Su mujer tomó el vehículo y se puso a buscar al perro, que otra vez había desaparecido.
En los próximos meses volvieron momentos como aquellos a dominarlo,  cada vez estuvo mas preparado, más advertido de que no podría dominar su miedo.
No hablaría con ella, durante esos meses, sobre lo que le había  pasado, ni ella se percataría que él había podido dominar al miedo.