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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 21 de noviembre de 2010

EL CANARIO

EL CANARIO

¿Por qué se me ocurriría comprar este pájaro?
El pajarero me dijo: «Es un macho.

Espere una semana para que se adapte, y
cantará». Pero el pájaro se obstina en
permanecer callado y lo hace todo al revés.

Tan pronto como lleno su comedero, saca los
granos con el pico y los lanza a los cuatro
vientos. Ato con una cuerda una galleta
entre dos barrotes de la jaula. Sólo picotea
la cuerda. Empuja y golpea la galleta como
con un martillo y ésta termina por caerse.

Se baña en el agua limpia del bebedero y
bebe en su bañera. Y defeca indiferentemente
en los dos. Debe imaginar que el pastelito
es una pasta con la que los pájaros de su
especie construyen los nidos y, nada más
verlo, se acurruca en él. No ha comprendido
aún para qué sirven las hojas de lechuga y
sólo disfruta haciéndolas añicos. Cuando se
le ocurre coger un grano, le cuesta un mundo
tragárselo. Lo pasea de un lado al otro del
pico, lo aprieta, lo aplasta, y mueve la
cabeza como si se tratara de un viejecillo
sin dientes. El terrón de azúcar no le
sirve. ¿Es una piedra que sobresale, un
balcón, una mesa poco práctica? Prefiere las
barras de madera. Tiene dos que se
superponen y se cruzan. Me aburre verlo
saltar. Se asemeja a la estupidez mecánica
de un péndulo que no marcara nada. ¿Qué
placer obtiene saltando así? ¿Qué necesidad
le hace saltar? Si descansa de una aburrida
gimnasia agarrado con una pata a la barra
que parece estrangular, con la otra busca
instintivamente la misma barra.

Tan pronto como se enciende la estufa con la
llegada del invierno, cree que es primavera,
época de su muda, y se despoja de todas las
plumas. La luz de mi lámpara perturba sus
noches, desorganiza sus horas de sueño. Se
acuesta al atardecer. Dejo que la oscuridad
lo envuelva. ¿Sueña quizá? Bruscamente,
acerco la lámpara a la jaula. Abre los ojos.

¡Cómo! ¿Ya es de día? Y, rápidamente,
comienza de nuevo a agitarse, a bailar, a
agujerear una hoja, abre la cola en abanico,
despliega las alas. Apago la lámpara y
lamento no poder ver su cara estupefacta.
Pronto me canso de este pájaro mudo que sólo
vive al revés y lo suelto por la ventana… No
sabe gozar de la libertad como no sabe vivir
en una jaula. Alguien va a cogerlo
fácilmente con la mano. ¡Pero que no se le
ocurra devolvérmelo! No sólo no ofrezco
ninguna recompensa por él, sino que juraré
que no conozco a ese pájaro.
FIN

De "Histoires naturelles, 1894"