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martes, 16 de noviembre de 2010

Los zapatos de la PRINCESA ;Guillermo Samperio

Los zapatos de la PRINCESA
Guillermo Samperio
Tengo un deseo inconfesado. Lo guardo en el fondo de mi pierna derecha desde el 22 de enero de 1974, de vez en cuando se escuchan ruidos en el sótano de esa pierna; pero no me preocupo mucho porque entiendo que mi deseo inconfesado se angustia, se desespera, y como calzo del veintidós y medio, me imagino que el deseo inconfesado es un pobre gigantón que no puede más que dar unos cuantos pasos de huesito a huesito del tobillo. Y creo que en un espacio tan reducido la angustia se le espiga, es entonces cuando siento que enloquece, desespera y se pone histérico como la menopáusica de tía Delia. A veces pienso que es un duende cuasiforme bastante más grande que los duendes de Walt Disney y que algún día escapará de mi piecito; y no miento, porque mamá ha dicho que tengo pie de princesa.
Cuando me doy cuenta que el deseo inconfesado se encuentra a punto de la epilepsia necesito caminar para que se arrulle, para que se le olvide la oscuridad en donde habita (tía Delia no tiene quien la arrulle ni mucho menos nadie que le haga olvidar su oscuridad); mientras camino muevo los dedos del pie para que el pobre gigantón se eche una siesta, se recueste mientras lo mezo, quizá le canto una triste canción francesa y se pone a dormir mientras yo camino por cualquier calle. Luego sueña que se convierte en deseo confesado, pero su dormir casi nunca es tranquilo, le viene la pesadilla de siempre al saber que de deseo inconfesado se transformaría en una de tantas realidades chamagosas que andan por ahí; entonces se despierta asustado y es un duende temeroso, arrinconado bajo la uña del dedo gordo. Me golpea dos o tres veces en el peroné para sentir que aún vive, que sigue guardado en mi pierna derecha. Cuando le vienen esos sobresaltos opino
que el deseo inconfesado es un deseo inconfesado masoquista. Y a mí me gusta que sea así porque un deseo inconfesado vale más que dos secretos de estado escandalosos.
Para entonces ya vengo de regreso a casa, al entrar compruebo que la cortina de brocado y el piano donde toco los valses que tía Delia finge que le gustan y la vitrina llena de porcelana y el olor a encerrado siguen en su lugar, compruebo que no ha sucedido nada extraordinario en lo que yo estuve fuera. Después de mirar todas las cosas que de tan quietas parecen inservibles me pongo triste, subo a mi recámara, me desvisto, y con la desnudez al aire y al olor, me tiro sobre la cama para gimotear un rato; a veces sube mamá con su cara de apuro, me invita un cafecito o un licor de cerezas. Yo dejo que me invite, que pase su mano entre mis cabellos, y si se le ocurre (yo siempre anhelo que se le ocurra), que me peine y que me ayude a ponerme la bata y mis chinelas. Después que se ha ido, cuando mamá piensa que me ha hecho el gran favor de sustituir al Valium, me pongo a gimotear otro poco y no puedo dormir porque mi deseo inconfesado corre y sube,
jugueteando, por la pierna ahora está bien despierto y no tiene miedo, se entretiene tocando un bonito son con el fémur, sigue por vientre hasta esófago, y aunque el túnel es muy apretado, el duende se mete y se encuclilla sobre mi manzanita. Esas noches es cuando tengo insomnio y recuerdo el 22 de enero de 1974 y pienso mucho en Felipe; lo imagino de mil maneras, pero casi siempre termino detallando y aparecen muy de cerca sus labios y sus ojos negros y sus brazos extendidos y el día en que se casó con Adela; lo imagino con su traje de pingüino que me hacía gracia verlo. En ese momento recuerdo que nadie adivinaba por qué lloraba yo, porque era un lloradero de los mil demonios: lloraba mamá, lloraba el abuelo, lloraban los padres de Felipe. Entonces, cuando me tocó darle el abrazo a mi cuñado y las lágrimas me llegaban hasta el bigote y resbalaban por la corbata hasta chocar contra mis pequeños bostonianos, me di cuenta de que tía Delia
me miraba socarronamente y pensé que ella era la única que había adivinado. Pero fuera de tía Delia nadie sabía por qué lloraba yo.
Guillermo Samperio
Breve reseña sobre su obra
Nació en la ciudad de México en 1948.
Además de su labor creativa, Guillermo Samperio se ha desempeñado como editor, coordinador de talleres de narrativa y literatura infantil y colaborador de numerosas publicaciones periódicas en las que ha ejercido la crítica literaria y el ensayo cinematográfico. Ha sido también director de Literatura del Instituto Nacional de Bellas Artes.
Samperio maneja con habilidad el texto breve, transitando sin dificultades por temáticas y estilos diversos, ya sea el realista o el lírico.
Publica su primer libros de cuentos, Cuando el tacto toma la palabra, en 1974. En algunos de los textos que componen el volumen se percibe la influencia de Julio Cortázar. Posteriormente, en Fuera del ring, publicado en 1975, Samperio encuentra su estilo definitivo. Con este último libro, quedó finalista del Premio Nacional de Cuento.
Tomando vuelo y demás cuentos reúne cuatro relatos cuyas criaturas protagonistas adolecen de profundos complejos internos.
Ha escrito también Textos extraños (1981), Manifiesto de amor (1980) y Gente de la ciudad (1986).
En Los zapatos de la princesa, el cuento de hoy, el narrador protagonista, cuyo sexo, confusamente, conocemos al final, expone su deseo inconfesado en un relato que parece convertirse en una forma más de objetivarlo, de darle entidad. En efecto, no es un deseo más que haya surgido en forma paulatina, callada, hasta que un día se percibe su existencia. Se trata, en este caso, de un deseo con una identidad tan precisa y definida que tiene su origen en una fecha exacta.
Esta es, en realidad, la manera que posee el narrador de amurallar a su deseo, de situarlo en un tiempo y en un lugar concreto para poder dominarlo y evitar que escape de su piecito.
Los zapatos de la princesa integra el volumen Tomando vuelo y demás cuentos, editado por la Universidad Veracruzana.