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miércoles, 3 de noviembre de 2010

THECLA TERESINA ,Javier Vásconez

THECLA TERESINA

Javier Vásconez



Pasan los años, cariño,
y con el tiempo nadie sabrá
lo que tú y yo sabemos.
Habla, memoria, Vladimir Nabokov


Javier Vásconez (Quito, 1946). En 1982 publicó Ciudad lejana, y en 1983 ganó la Primera Mención en la revista Plural de México. Su obra comprende: El hombre de la mirada oblicua (1989), «Café Concert» (1994), y El viajero de Praga (1996). Ese año apareció la nouvelle El secreto. Su antología de cuentos, Un extraño en el puerto (1998), significó la madurez de su narrativa. En 1999 publicó La sombra del apostador, finalista en el «Rómulo Gallegos». En 2003, el cuento «Thecla Teresina». Al año siguiente, Invitados de honor, en 2005, su novela de espionaje, El retorno de las moscas, y en 2007, Jardín Capelo.

1


Nunca se supo cuándo se había instalado en el barrio, ni cuándo vino por aquí. Al término de una tarde de sábado, tanto el pintor Pachay como la propietaria de una tienda de abarrotes lo vieron cuando se disponía a cruzar la calle. Era de estatura media, muy pálido, con el cabello ralo y canoso en las sienes. Tenía las piernas demasiado delgadas para la corpulencia de su cuerpo y se desplazaba con dificultad, empujado por el viento que lo embestía por la espalda.
Durante un tiempo lo vieron ir y venir por el barrio. Aquel hombre atendía la papelería hasta que el cielo se inflamaba de rojo. Alguien comentó que después recibía a los clientes que iban a venderle especies raras de mariposas. Tanto en la tienda de abarrotes La Espiga como en otros lugares de la ciudad, llegaron a cobrarle aprecio y empezaron a confiar en él, hasta que un buen día desapareció, después del matrimonio de Zulema.
En la parte delantera de su casa, situada a pocas cuadras del colegio, había una araucaria cuyas ramas se alargaban por encima de la tapia hasta formar un tejido de sombras temblorosas sobre los adoquines de la calle. Más de una noche sin poder conciliar el sueño, Nikolai permaneció tirado en la cama, fumando, mientras el viento sacudía los árboles del jardín. En cierto sentido amaba su pasado y cultivaba con verdadero deleite algunos episodios de su infancia. Aún podía recordar la ocasión en que su padre tomó su cazamariposas y volvió sosteniendo entre el índice y el pulgar una magnífica ninfa rusa. Con el mismo aire ausente y afanoso, el ruso iba todas las mañanas a La Espiga, donde se reunían algunos jóvenes a tomar cerveza. La señora Ripalda se movía con dificultad, mientras ordenaba cada objeto en las estanterías. Era flaca, reseca, con las mejillas pálidas y olorosas a ungüento medicinal.
—¿Está contento en la casa? —preguntó con un suspiro, sin quitarle los ojos de encima una mañana nublada.
—Poco a poco la voy arreglando —replicó—. En el segundo piso está el dormitorio. Ahí puse un sofá donde me siento a tomar té y a leer. Abajo está la papelería. ¿Qué más puedo pedir?
—Bueno, aquí tiene sus cigarrillos —señaló la señora Ripalda.
—Tanto humo para nada —dijo el ruso retirando la cajetilla del mostrador.
—¿Todavía sigue con las mariposas?
—Señora, eso no se puede dejar. Es tan contagioso como el vicio de los cigarrillos —repuso.
Hacia el fondo, con una cerveza en la mano, creyó advertir la figura de un joven melenudo apoyado contra la barra. Al entrar vio sus ojos oscuros, expectantes, que se posaban con ironía en los suyos. En su mano izquierda relumbraba un anillo en forma de serpiente, y usaba casaca de cuero con amplios faldones y cinturón con hebilla de plata que le colgaba con desgana a los costados. La camisa era de raso, de fondo negro, adornada con peces azules y rojos que contrastaban con la vestimenta convencional de Nikolai.
El joven charlaba animadamente, agitando el vaso de cerveza mientras cruzaba las piernas enfundadas en un ceñido pantalón rojo. Al ver tanta desfachatez, Nikolai lo saludó con una leve inclinación de cabeza. Advirtió su gesto cínico y burlón, sobre todo cuando se llevaba los dedos manchados de pintura a los labios rematados por un bigote. En realidad, creyó haberlo visto antes en algún punto de la ciudad.
—Anda, viejo, dame un tabaco —le dijo.
No respondió, simplemente prendió un cigarrillo sin mirarlo, frunciendo el ceño con indiferencia. El joven rió con una risa petulante, sonora, encogiéndose de hombros, como si le costara respirar, y sus labios se curvaron en una mueca de desdén. No sabía si le divertía o fastidiaba aquel joven, pero le ofreció un cigarrillo. Afuera el sol reverberaba sobre los muros blancos de las casas. Por unos instantes Nikolai se quedó fumando bajo el dintel. A esa hora no había nadie en la calle, hasta que una muchacha se detuvo en la acera, observando con un parpadeo asombrado, incesante, a quienes se hallaban dentro del local. Al entrar, su perfil se disolvió en la penumbra, y poco a poco, fue tomando forma y se estabilizó hasta que sus pupilas cobraron vida animadas por una alborotada alegría. Tenía el pelo corto, y lo primero que a Nikolai le llamó la atención fueron las medias blancas de hilo enrolladas sobre las pantorrillas. Moviéndose con soltura, como si empujara con sus pechos la tela blanca de la blusa, la muchacha se precipitó agitando un cuaderno en la mano y diciendo con inesperada violencia:
—No, no quiero ir a ese concierto.
Al verla gesticular, sacudiendo las manos delante de la repisa de los refrescos, Nikolai comprendió que esa muchacha podía ser el preludio de su perdición y le sobrevino una especie de sudor frío.
—Tienes que tranquilizarte —dijo el joven, lanzando el cigarrillo fuera del local—. ¿No vas a saludar al señor?
La muchacha lo miró con una sonrisa inesperada, casi infantil.
—¿Y por qué? Supongo que nos va a acompañar esta noche al concierto —dijo acentuando su ironía al mirar la calva del ruso.
«¿Adónde?», hubiera querido saber Nikolai sin arriesgarse a decir nada. Vio que su descaro se transformaba en pudor. Había alargado su mano para saludarla. La muchacha era esquiva, y a la vez tierna y de una belleza tan evidente como misteriosa. Tenía los ojos un poco rasgados, perplejos, que despedían el mismo brillo de dos guijarros recién sacados del agua. De vez en cuando se volvía con aire pensativo y se quedaba ausente, sin decir nada, como si mirara a través de un espejo dentro de ella.



2


A menudo el ruso subía por una calle empedrada hasta el colegio de las niñas. Allí se detenía a examinar con nostalgia la gran puerta de hierro. Al otro lado de una valla de alambre, en un solar en el que crecía impunemente la maleza, estaba el colegio de la Virgen de Fátima. Nikolai no conseguía apartar su mirada de las pantorrillas de las chicas cuando avanzaban con la pelota por la cancha en un impetuoso partido de baloncesto. A pesar de haber empezado a olvidar la incertidumbre de los primeros días en Londres y Berlín, cuando habitaba los tugurios de algunos emigrados rusos, absorbido por la convivencia con su esposa, no podía olvidar la mañana de junio en que se aproximó pedaleando en su bicicleta Enfield hasta las márgenes del río Oredech, donde solía cazar mariposas. A la distancia vio a Polenka, la hija del cochero, surgir arqueándose con la corriente del río. Mojada, jadeante, protegiendo sus pechos desnudos del viento, Polenka le había sonreído con un destello de amable burla en sus ojos de color avellana, una sonrisa capaz de perforar su sueño y devolverlo con un sobresalto a la vigilia.
No pensaba demasiado en ella, pero creía que podía estar sola o quizás muerta. Ante sus ojos tenía la sombra de esa niña en su recuerdo, con la cabellera hundida en el río, esa sombra que había alimentado su dolor y seguía clavada eficazmente en su memoria.
Esa mañana, antes de abrir la papelería, Nikolai había tomado dos tazas de café en la cocina. Con aprensión asistió al desigual combate de dos moscas embistiendo contra el frasco de mermelada. Cuando acabó el desayuno bajó a la papelería. Al poco rato sonó la campanilla. Escuchó unas pisadas y fue como si la humedad de la lluvia hubiera entrado con la muchacha desde la calle. La vio detenerse con expresión atrevida y haciendo balancear la falda azul del uniforme en sus caderas, como si siguiera el compás de una música interior. A Nikolai le costaba renunciar a la floración de ciertos recuerdos. Le bastó ver los ojos de Zulema, como un mirón detrás de una cerradura, para que retornara el recuerdo obsesivo de Polenka.
—En serio, no quise ofenderle —dijo la muchacha intimidada, bajando los ojos hasta el alfiler de su corbata.
—Entiendo, soy amigo de los jóvenes —replicó—. ¿Cómo te llamas?
—Zulema.
—Bonito nombre, de origen turco —comentó—. Yo me llamo Nikolai. ¿Te gustan las mariposas?
—No sé mucho de ellas —dijo arrugando la nariz con una sonrisa.
—Ya te enseñaré yo —dijo el ruso.
Mientras calentaba agua para el té, admitió que nada sería más sugerente que mostrarle el mundo de las mariposas y por eso le contó que casi todos los domingos salía al campo. Trajo entonces unas galletas y también le ofreció caramelos de menta en un plato floreado. A las mariposas por lo general las cazaba en los valles cercanos a la ciudad, agregó introduciendo el borde de una galleta en la taza. En un día soleado, si no había amenaza de aguacero, incluso se aventuraba hasta la selva de Santo Domingo. Emprendía el viaje al amanecer, llevando un canasto con vino, una botella de agua, sánduches de jamón y queso, y un frasco con dulce de guayaba. Iniciaba la excursión en busca de cualquier mariposa que con sus destellos bruñidos le alegrara el espectáculo de la mañana. Tanto en la entrada de un bosque como en la ribera del río solía quedarse hipnotizado por la presencia de los volcanes, le dijo gesticulando sobre la taza de té, y confesó que en el terreno de las emociones pocas cosas superan a la excitación de un cazador. «Hay un instante en que uno está rodeado de silencio —aclaró, volviéndose con gravedad hacia ella—, sobre todo si la mariposa está posada en un matorral. Tampoco hay que dejarse engañar por la lentitud de sus movimientos, pues su cuerpo está visiblemente poseído por una suerte de musicalidad o de melodía. Con el tiempo aprendí a mirarlas sin fervor y, para localizarlas, recorrí los lugares más insólitos. De ese modo asimilé el difícil arte del disimulo y de la paciencia. En cuanto aparecen, es necesario recobrar la calma, ya que de inmediato se despierta un sentimiento compulsivo, desmedido, semejante a la pasión de un jugador. Una mariposa es libre y va imponiendo su rumbo y su belleza sobre el entorno del paisaje. Puede escaparse —continuó, simulando lanzar la red para cazarla—. Tenía que correr detrás de ella, evitando que se perdiera en el ascenso hacia la copa de los árboles. Pues hacía mucho que codiciaba esa especie en particular», concluyó.
A través de los años recordaba el impulso que lo llevó a explorar las márgenes devastadas del río a lo largo de cinco o seis kilómetros. En las orillas podía discernir el perfume inconfundible de ciertas mariposas, que variaba según las especies. Unas despedían un olor de vainilla, o de limón, y en otras se adivinaba un aroma dulzón que no era fácil definir. A Nikolai le agradaba revivir esos momentos, conservarlos entre los tallos de una orquídea en su memoria. Pero nada le producía tanto placer como insertar la punta de un alfiler en la corteza del tórax hasta que los espasmos del insecto se volvían cada vez menos frecuentes.
Es increíble, yo no conozco esos sitios confesó Zulema apenada—. Pachay dice que en el campo no hay nada interesante. Sólo vacas, borregos y pueblos abandonados.
¿Nunca has hecho un viaje con tus padres?
Si no están trabajando se quedan viendo televisión gruñó Zulema entornando los ojos—. A mí me parecen de lo más aburridos.
¿Qué hace tu papá?
Es dentista. En una revista leí que los dentistas se enloquecen antes de los cuarenta, por el ruido de los taladros. A papá le faltarían tres años se rió—. Y mi mamá trabaja de contadora en El Globo. Usted es ruso, ¿no?
Soy un desterrado declaró—. Sí, soy de San Petersburgo, ¿y tú cómo lo sabes?
Pachay me lo contó. Dice que usted debe ser espía o maricón, porque vive solo.
Quién sabe, a lo mejor soy las dos cosas, jovencita.
No soy jovencita protestó.
¿Cómo dices que se llama...?
Pachay replicó—. Y es pintor de cuadros.
Al cabo de un momento, sin atreverse a abrir la tapa de la vitrina, Zulema se detuvo con admiración frente al mueble de madera oscura, y se puso a contemplar la impresionante colección de mariposas, cubriéndose la cara con las manos. A un lado había un armario más pequeño con puertas de cristal corredizas donde Nikolai conservaba algunos ejemplares recientemente obtenidos.
¿Cuántas mariposas tiene?
Muchas, muchas...
¿Todas?
No, eso es imposible.
—¿De dónde vienen? —preguntó—. Por ejemplo, ésa que tiene manchas rojizas en las alas...
—De todas partes —le indicó el ruso a sus espaldas—. De cualquier llanura, del fondo de los bosques o del interior de una selva. De la región costera, donde armonizan con el color del mar.
—Nunca me han gustado los insectos —dijo mientras se retiraba un poco hacia la ventana—. Pero esto es diferente. Son como pinturas ambulantes. A Pachay le encantarían por sus colores.
—Una mariposa, si está resuelta a sobrevivir, puede imitar la manera de volar y también el color de algunas aves —prosiguió Nikolai—. Es probable que al principio sea un fogonazo, una mancha casi invisible, hasta que un día levanta el vuelo dejando atrás una estela refulgente, amarilla o quizá turquesa, en el aire. Ésa se llama Thecla teresina, vulgarmente denominada Azulina. Es una especie muy rara. Cuesta dinero. Mejor dicho, cuesta mucho dinero. Y es originaria de la Amazonía.
—¡Qué pedazo de belleza! —exclamó Zulema, extendiendo una mano—. ¡La quiero sólo para mí! O ésa con rayas negras y blancas que parece una cebra voladora, aunque tiene la máscara de un tigre.
—Se llama Arawacus leucoyna.
—¡Qué nombre tan raro! —dijo—. ¿Quién las bautiza?
—Un entomólogo o un cazador. Y llevan el nombre en latín.
Nikolai se inclinó sobre la vitrina y la abrió con cuidado. Miró dentro de ella y se limitó a menear la cabeza. Luego introdujo la mano y retiró el alfiler que sujetaba la mariposa a un pedazo de cartulina.
—Podría ser tuya... —dijo sosteniendo la mariposa entre el pulgar y el índice.
¿Alguien podía resistirse? Conteniendo la respiración, no lograba desviar la vista hacia otro lado. Zulema se defendió sonriendo con desvergüenza. Dudó por un momento y se sintió un tanto indecente, pero tuvo una sensación de pudor y de gozo cuando la muchacha se inclinó sobre el aparador y un botón de la blusa cedió, dejando al descubierto los tirantes gastados del sostén. Un sudor frío le recorrió los párpados al fijar sus ojos en los vellos rebeldes de su nuca. «¿Aún estás ahí?». Parecía haber algo entre ellos, pero Nikolai no se atrevía a dar el primer paso, hundiendo las manos en los bolsillos a la vez que trataba de calmar a la bestia que se agitaba con cada movimiento de la niña. «¿Todavía sigues ahí?», se dijo advirtiendo que el corazón de Zulema latía desbocado por el miedo.



3


Sí, solía escribir artículos especializados en revistas científicas. Además hablaba bien el español, sin acento, utilizando con precisión las palabras. Su colección de mariposas prolijamente catalogadas contenía ejemplares de la mayor parte del mundo. Al descubrir que una ciudad de los Andes poseía un paisaje ideal para cazar mariposas, tomó la decisión de trasladarse a ella. Lo hizo con la misma devoción de quien va a cumplir una tarea científica. Al principio no reparó en que estaba en otra ciudad, y sólo cuando la señora Ripalda le puso ante sus ojos una serie de productos exóticos, en un español a veces indescifrable, de vocales cerradas, comprendió que se había mudado. En esa época, cuando recién llegó, residía en un hotel cerca de La Alameda. Habían pasado tres años desde que abandonó Boston. Lo principal era entrar en contacto con la Sociedad Entomológica y recobrar su vida de soltero. Al cabo de un tiempo compró una papelería. Ahora se consideraba un afortunado por haber venido a una ciudad asentada al pie de un volcán. Cuando se trasladó de Europa a los Estados Unidos, se afincó en Nueva Inglaterra, pero entre Boston y la ciudad andina no sólo mediaba la distancia, sino un sentimiento de posesión ante las más bellas y raras especies del mundo. Era difícil explicar lo que sentía frente a cada una de esas mariposas, y se le hacía agua la boca al ver un ejemplar de la mariposa Monarca o de la escurridiza Greta liberthris.
Así pues, un sol debilitado por el invierno se arrastraba tembloroso por el cielo. Un autobús lo llevó al aeropuerto. Apretando el maletín con el dinero miró el denso vaho que opacaba la ventana. Durante el trayecto se inició el ritual de la culpa (experimentó una extraña sensación en el pecho, como si fuese a adentrarse en un túnel). Ahora iba pensando en la mujer con quien había estado casado treinta años. En cuanto se estableció en Boston, las cosas empezaron a ir mal. Su esposa se sentaba en la cama, sin levantar la colcha, y se ponía a llorar desconsoladamente. «Estoy vieja, nadie me toma en cuenta», decía.
Al principio, en la habitación situada encima de la papelería, sin poder reanudar el sueño, contemplaba la proximidad del amanecer por una franja de la cortina. Escondía la cabeza bajo las mantas y evitaba mirar la foto de Berta en Berlín. Ahora, a pesar del paso del tiempo, aquel recuerdo volvía con insistencia a su mente y constituía una de sus más recurrentes pesadillas.
Una tarde se encaminó resueltamente hacia el centro de la ciudad. Deseaba averiguar si en el Club Ventura había alguien con quien jugar una partida de ajedrez. Le habían hablado de un tal doctor Kronz, un checo que jugaba con regularidad. Al final de la escalera desembocó en un salón casi vacío del cual emanaba un ambiente de decadencia que imitaba a los salones barrocos de Viena, con aparadores de mármol, grandes lámparas de cristal tallado, sillones forrados de terciopelo y mesas para tomar el té. Preguntó por el médico checo, pero nadie lo conocía. Llamó al camarero y pidió un coñac. Anduvo con la copa en la mano, sin saludar a nadie. En un salón vecino se encontró con una pareja de viejos. Entonces se vio a sí mismo inclinado sobre una mesa de la cocina, redactando la fatídica nota para Berta, que decía: «Me voy de viaje. No olvides darles de comer a los gatos. Te escribiré».
Aquel episodio cambió por completo la vida de Berta. A los pocos meses obtuvo un contrato de profesora de música en un instituto en las afueras de la ciudad. Nunca supo si debía odiar u olvidar a su marido. Pero ni el largo invierno de Boston, ni siquiera la violencia del viento contra las ventanas de la casa, eran comparables a la espera de la carta que no acababa de llegar, hasta que un día comprendió que si aspiraba a alcanzar un poco de libertad tendría que ir a buscarla en otra parte. Así empezó a vivir ajena al marido, acompañada únicamente por su violín y una botella de vino blanco.



4


Al despertar empapado de sudor, abandonó los abetos del noroeste de Rusia y apartó la tibieza de las mantas. Se imaginó a Zulema descansando a su lado. «Duerme, preciosa, duerme.» Aún no sabía qué hacer, pero temió interrumpir sus amodorrados gemidos. Su mirada ya comenzaba a reptar lenta y laboriosa como una araña, siguiendo las formas de su cuerpo. Con extrema lentitud, respirando atropelladamente, había localizado el punto exacto de su felicidad, cuando le apartó el camisón y vio sus pechos con los pezones desnudos en direcciones opuestas. «No te muevas, amor mío, te lo ruego. No te vayas», imploraba Nikolai espasmódico en el sueño. «No te vayas, niña mía» (aunque intentaba salir de la habitación, sin lograr abrir la puerta). ¿Cómo redimirse de ese suplicio?, pensaba. ¿Cómo derribar la memoria y olvidar los muslos de la niña reflejados sobre la pared de la alcoba? Más tarde se asomó a la ventana y vio al otro lado de la calle unos cholanes con flores amarillas, pero se retiró enseguida porque tenía poco tiempo para vestirse.
Todas las mañanas, apenas abría la papelería, las chicas del colegio pasaban un rato por allí. Imitaban pasos de baile frente al mostrador, otras daban alaridos y sacudían sus cabezas entre sonoras carcajadas a la vez que se arreglaban unas cintas en el pelo. Nikolai esperaba con ansiedad ese momento del día. No eran bonitas ni iban perfumadas, pero a él le gustaba hundir su nariz (en realidad, le gustaba estar cerca de ellas) a fin de olisquear la tibieza de sus cabellos.
Zulema notó que la mano del ruso se había deslizado con precaución sobre sus rodillas, y entonces su rostro se contrajo con una expresión de rechazo. Temblando, separándose un poco de ella, a Nikolai le bastó mirarla para percibir el mismo miedo de siempre. Más de una vez había identificado esa sensación en el pecho, y más de una vez se había inquietado ante la posibilidad de ser arrestado, en el caso de que lo sorprendieran excediéndose con una niña.
Un tiempo después, Zulema volvió de nuevo a la papelería. Fue cuando evitó mirarle a los ojos. Nikolai quiso imaginar que no era ella quien hablaba, hasta que la oyó llorar como si se propusiera manipular sus sentimientos. La tomó de las manos. Sabía que había caído en una trampa. Traía los ojos desorbitados por el miedo y una expresión de dolor en los labios. No había espontaneidad ni soltura en sus movimientos. Se secó las lágrimas con los nudillos mientras reclinaba su cabeza sobre su hombro. Aturdido, soltó una maldición y se quedó pasmado, procurando mantener la calma. Hubiera deseado acariciarle la frente. Ella se apartó con suavidad al ver su mano agitándose como un ave de rapiña. Mientras sollozaba le confesó que Pachay vivía flipeado y que no escuchaba a nadie. «Nunca me ha querido», dijo. «Me cae bien aunque sólo vive para drogarse, por eso le tengo miedo. Me ha amenazado con una pistola. No sé si era de verdad o de mentira», dijo soltando una risa nerviosa, convulsa, con una entonación próxima a la exasperación. «Desconfía de todos, incluso de mí que soy la que le limpia los vomitados, y ahora vea lo que hizo. Porque cada vez es más bruto. Una noche quiso apagarme un pucho en los senos. Claro, no le dejé... No hay derecho...»
No podía seguir escuchando. Ahora sólo tenía el rostro vulnerable de Zulema para defenderse y pasar por alto sus palabras, sin caer en un arrebato de furia.
—Prometido. Te llevaré a cazar mariposas.
—Bueno, pero también tiene que hacerme un regalo —le advirtió.



5


Aunque no hubiese contado con el permiso de los padres para encontrarse con el ruso, habría sido imposible que ella fuera aquel domingo al colegio, pues no era la primera vez que se escapaba de casa para largarse con Pachay. A menudo salía por la ventana hasta el jardín y alcanzaba la calle saltando por la tapia de la casa vecina. De modo que la idea de salir juntos nació a partir de los paseos que el ruso hacía los domingos. Antes de esa promesa nada había sido interesante para ella. Ni siquiera los encuentros con Pachay.
Una semana después, cuando Nikolai puso dentro de un canasto las cosas para la excursión, comprendió que volvía a abandonar la ciudad cubriendo su pasado con una nube de humo. A nadie le importaba que se marchase. A veces su inquietud alcanzaba niveles de ofuscación y se volvía intolerable. De hecho, no le ilusionaba la idea de llevar aquel regalo envuelto en papel navideño y partir. Ahora disponía de poco tiempo. A primera hora de la mañana tomó por una carretera en dirección al sur, después de recoger a la chica en la entrada del colegio. Nada más cruzar una serie de barrios cada vez más empobrecidos, miró a través del retrovisor y se enderezó en el asiento reduciendo la velocidad.
—Un día precioso —dijo Zulema.
Al ver que su camiseta blanca de algodón se ajustaba perfectamente a la forma del ombligo, Nikolai sintió que algo se le extendía por la piel. ¿Cómo iba a negarle el regalo? En silencio, sin reducir la marcha ni decir una sola palabra, depositó el paquete sobre el regazo de Zulema. Ella alzó los ojos hacia él y se inclinó para darle un beso en la mejilla, con una expresión inocente y tal vez impúdica, al tiempo que rasgaba con las uñas el papel. Suspirando, como si se negara a mirar de una sola vez el contenido del paquete, Zulema se agitó nerviosa en el asiento.
—¡Qué maravilla! —gritó.
De repente Nikolai vio salir un Impala por detrás de un aserradero y avanzar echando abundante humo por el escape. Zulema mantenía la cara pegada a la ventanilla. Sobre el fondo de la cordillera vio algunos troncos tirados al borde del camino. En apariencia, el ruso había cambiado. Se le notaban unos círculos negros en torno a los ojos. Ella encendió la radio y la apagó apenas escuchó unos ruidos inconexos.
—¿Alguien sabe que has venido?
—No, pero igual nos siguen —dijo soltando una carcajada.
A continuación cruzó los dedos alrededor de los ojos, formando una especie de rejilla para ocultar su rostro. «Jugamos a las escondidas?», le propuso fingiendo ocultarse en el asiento de la camioneta. Nikolai se puso a temblar en cuanto ella le agarró con suavidad el brazo. Nunca se había sentido tan cerca de la muchacha mientras observaba el casi imperceptible movimiento de sus zapatillas de tenis en el piso.
—Parece que estuviéramos huyendo.
—¡Casi siempre es así!
—Es increíble, yo no voy nunca al campo —murmuró Zulema, pasando una mano por encima de la radio—. Sí, un auto nos está siguiendo.
Ahora hablaba sin cesar y, más que un fluido de palabras, constató que sus ojos despedían un brillo desquiciado. A Nikolai le faltaba el aire y parecía agobiado por el escrutinio de su mirada. Zulema había adelantado los labios haciendo un ruido impertinente con ellos. ¿Podía fiarse de ella? ¿Acaso no llevaba en sus venas una dosis de traición y de miedo? ¿No era eso lo que le atraía tanto de la muchacha, más que ella misma? Su exceso de locuacidad parecía venir del miedo. Por eso le bastó observarla para saber que evitaba el silencio a toda costa. Con las piernas cruzadas sobre el asiento, Zulema mantuvo la postura sin esfuerzo. Nikolai disminuyó la velocidad para girar por un sendero de arena en dirección a la gasolinera. Mientras avanzaba por aquel camino bordeado de matorrales, se preguntó por el conductor del Impala. La luz cambió de tonalidad cuando un camión pasó por la carretera. Sin entender por qué supo que algo iba a suceder. Antes de abrir la portezuela le preguntó si deseaba algo. «Un empastado de chocolate», dijo tras una leve sonrisa. Al pisar sobre una mancha de aceite desparramada en el asfalto, vio que alguien lo vigilaba desde un auto sin placas aparcado a un costado del almacén.
Empujó la puerta y vio a una mujer con uniforme naranja atendiendo en la caja. Avanzó unos pasos por el local y cogió de los estantes una bolsa de papas fritas y otra más pequeña de nachos. Pasó por la sección de refrescos y se detuvo junto a una refrigeradora. Al tomar del fondo un empastado, su mirada recayó en la figura de un arlequín bailando sobre la envoltura de una marca de helados. Luego se dirigió a la caja, pidió una cajetilla de cigarrillos y pagó. En la puerta había un niño sin pantalones, con la barriga al aire. Tenía la cara sucia de barro y jugaba con un perro tan flaco como un rondador.
Recorrió el trayecto que lo separaba de la camioneta oyendo golpear al viento contra la puerta del baño. Consultó el reloj en su muñeca. Faltaba un cuarto para las nueve. Nikolai procuró ignorar el camino que todavía le quedaba por recorrer. Dos hombres con las gorras vueltas hacia atrás atendían alternativamente la gasolinera. Entonces se dio cuenta de que el perro lo estaba siguiendo. Llevaba la bolsa con la compra apoyada en el brazo izquierdo y el helado en la mano derecha. Se detuvo junto a la camioneta estacionada cerca del surtidor. Tanto Zulema como Thecla teresina parecían haber huido hacia la cordillera. Sintió un estremecimiento por la niña. En la camioneta no había nadie. De la muchacha sólo quedaba una expresión desdeñosa en los ojos del empleado, y también de desconfianza por la forma como sus dedos llenos de grasa enroscaban la tapa del depósito en la camioneta.
Al fondo había una barriada con calles de tierra mal trazadas y camiones estacionados bajo los árboles. Luego se volvió para comprobar si el auto seguía en el mismo sitio. De pronto, el Impala había girado en redondo haciendo chirriar los neumáticos para dirigirse a la salida. En primer plano, divisó el rostro bajuno de Pachay mirándolo con aire burlón por el retrovisor. El ruso seguía de pie delante del surtidor, sosteniendo con firmeza la bolsa contra el pecho. Fue cuando vio a la muchacha agitando por última vez una mano para despedirse, mientras el coche se alejaba en dirección a la carretera.
Desconcertado, Nikolai arrojó el helado al piso. Un gigantesco camión pasó por delante del estacionamiento. Entonces, observó que el helado era atacado y lamido con voracidad por el perro. El niño lloraba desconsoladamente. El ruso se quedó inmóvil, temporalmente perdido, contemplando unos instantes aquel espectáculo en tanto que el perro se iba alejando de costado hacia un montón de cajas. Ahora Nikolai era un viejo solitario e indefenso parado en medio de una gasolinera.