Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 16 de noviembre de 2010

Vladimiro Rivas Iturralde; LA EXPIACIÓN

LA EXPIACIÓN

Vladimiro Rivas Iturralde

Vladimiro Rivas Iturralde nació en Latacunga, Cotopaxi, en 1944. Es autor de las novelas El legado del tigre (1997) y La caída y la noche (2001). Además ha publicado los libros de cuentos El demiurgo (1968), Historia del cuento desconocido (1974), Los bienes (1981) y Vivir del cuento —antología que incluye cuentos hasta ese momento inéditos— (1993). También ha incursionado en el ensayo: Desciframientos y complicidades (1991), Cuento ecuatoriano contemporáneo (2001) y Mundo tatuado (2003). Como traductor, ha vertido al español versiones de la obra de Joseph Conrad y John Keats.

—¿Y Ana qué piensa de tus proyectos cinematográficos? —preguntó Axel.
—Las mujeres —dijo Leandro— no entienden cómo un hombre puede llevar ideas en la cabeza durante meses o años sin realizarlas. Eso, tan sencillo, no lo entienden. Ellas tienen un límite: nueve meses. Ana no entiende que ande yo cargando mis proyectos. No entiende que no los escriba, al menos. Pero igual se divierte. Y eso me gana. Ya quiero verla.
Vieron pasar los automóviles, autobuses y trailers sobre la autopista; las jacarandás, los fresnos, los pirules; los campos invadidos por bandadas de mirlos; los pastizales acotados; las colinas pobladas de bosques; los cementerios de automóviles; un paisaje que, pese al verdor dominante, ya anuncia el desierto: los grandes espacios arriba y abajo, las planicies extensas, el cielo azul, los horizontes amplios, la roja conflagración de sus atardeceres. El cielo es el paisaje: hacia allá vuela la mirada. Y en la tierra, la cinta negra ondulante de la autopista que parte en dos el planeta y progresivamente abandona las curvas de las montañas para volverse rectilínea y hundirse poco a poco en el desierto.
Salieron de la autopista rumbo a Cadereyta-Chichimequillas; pasaron junto al Zoo Wamerú; atravesaron los cebadales entre mezquites, árboles de alcanfor y pirules. Cruzaron la línea del tren, la calle central de Ezequiel Montes, luego la de Cadereyta, y finalmente arribaron a Vizarrón de Monte. El pueblo se había inventado una sola calle que unía el campo con el campo, de modo que las otras eran muy pequeñas y accesorias. Las cuatro que rodeaban el zócalo estaban empedradas con piedra mármol y se extendían unos cien metros por las afueras hasta convertirse, a las dos cuadras, en carretera y campo.
—El pueblo —explicó Leandro— tiene mil ochocientos habitantes y parece tener menos. Los hombres se han ido al otro lado, o a trabajar allá arriba en el mármol, y las mujeres, en las fábricas de costura de Cadereyta y Ezequiel Montes. No es un municipio siquiera, sino una delegación.
Axel estacionó el Monza junto al parque. Miró con asombro lo que Leandro le señalaba en el zócalo y se aproximó. Allí se alzaba, entre las plantas y las flores domesticadas, como un aerolito caído del cielo, una informe roca de mármol, ahora seña de identidad y emblema del pueblo.
—Tres toneladas —leyó Axel en la placa.
—Cada pueblo homenajea lo que tiene: he visto en pueblitos del Oeste gringo monumentos al hot-dog.
—En la costa bananera de Ecuador he visto un monumento al plátano.
Se dirigieron a la tienda que Leandro había señalado.
Había en ella un muestrario de baratijas de mármol mezcladas con piezas de diversa utilidad: huevos, ceniceros, pequeñas columnas, budas, portarollos, rústicas imitaciones de Venus de Milo y de Chac Mool, ajedreces, búhos, palomas, dominós, elefantes, patos, tortugas, floreros, marcos de relojes y de espejos, jarrones, lápidas, cruces, rosarios, pequeños altares, cofres, nombres de calles, fuentes de agua, lavabos, tarjas, aguamaniles.
Leandro saludó con un hombrecito robusto y risueño al que llamó don Lorenzo.
—Ah, qué cumplidor, mi amigo —dijo el artesano con voz tipluda, estrechando la mano de Leandro—, y qué puntual. Estamos listos, mi buen. Venga conmigo. Ya le tengo su chimenea—. Y caminaron por un pasillo hasta el traspatio. Adosada a una pared descansaba una chimenea negra de estilo Victoriano, sobria y elegante.
Mientras Leandro y Lorenzo comentaban los detalles de la obra terminada, palpándola y acariciándola, Axel la contemplaba a distancia. Como su amigo le advirtió, tenía que ser inglesa. Todas sus chimeneas habrían de ser victorianas.
Allí estaba la primera meta de los esfuerzos de Leandro para financiar su película. La primera chimenea, ese templo llameante de la meditación; ese mueble septentrional, frente a cuyo fuego protector y lascivo tantos amantes se han amado; a cuya vera las familias se han recogido por siglos para refrendar el frágil vínculo que los ha mantenido unidos, y donde los niños han esperado la Navidad; en cuyas llamas danzantes se han quemado tantas ilusiones y han ardido cartas de amor rechazado; adonde se han arrojado billetes despreciados —frutos del resentimiento o de la renunciación—, y se han consumido herencias dudosas. Allí, donde tantas miradas se han detenido con perplejidad filosófica. Allí estaba, sobre todo, ese curioso sustituto del cine, ese agujero cuadrangular, escenario vacío que reclamaba la pantalla y el haz de luz que proyectara las películas de Leandro. Ese hueco era a la vez el triunfo y el fracaso de Leandro.
—¿Qué te parece, Axel?
—Preciosa. Los acabados son de primer mundo.
—¿Verdad que las puedo exportar? Son competitivas. Con diez como ésta ya la hice.
—Sí, está padre.
Pero enseguida Leandro dio curso a su impaciencia y preguntó si podía dejar su Chevy donde lo había dejado.
—Déjelo, y venga conmigo.
Se puso una gorra, dejó el negocio a cargo de una mujer aún más robusta y pequeña que él y se dirigió con los recién llegados a un camión de volteo estacionado frente al parque. Alrededor reía una decena de peones. Revisó que todo estuviera completo en el cajón trasero.
—¿Y estos cilindros? ¿Y esta caja? —le preguntó Axel.
—Dinamita.
—¿Y si estallamos? —rió, nerviosamente.
—Ni madres. Hay una sustancia porosa que absorbe la nitroglicerina y la hace transportable. Podemos ir brincando como palomitas de maíz, que nada nos pasará.
—¿Estamos sólo nosotros? —preguntó.
—Y el Toro, que nos espera arriba —dijo don Lorenzo.
—¿Quién es el Toro? —preguntó Axel.
—El dinamitero.
Don Lorenzo subió al volante.
—¡Arriba todos! —ordenó, risueño.
Salieron del pueblo. El camión empezó a trepar serpenteando lentamente la montaña vecina del pueblo. Se zangoloteaba en ese camino de terracería estrecho, tortuoso y polvoriento, plagado de cráteres lunares. Azul y cruel el cielo; gris, pero cada vez más blanca, la tierra. Los cactus se prendían de los casi verticales declives del terreno de manera inverosímil. Sólo había cactáceas y maleza.
—¿Cuándo subió el Toro? —preguntó Axel.
—Hace años.
—¿Hace años?
—Hace años. Ahí vive.
—No me diga que no baja desde entonces.
—Sólo baja una vez al mes para visitar a su tío, que está en la cárcel de Ezequiel Montes. A nadie en el pueblo le consta que haya bajado nunca con un motivo distinto. Nosotros le llevamos agua y comida, y otra parte la obtiene él mismo cazando en los alrededores. Es el pago por su trabajo. Dinamitero y vigilante, guardamina, si quiere, y también guardabosque. Pero el cabrón no nos ha aceptado ni una radio.
—¿Por qué no baja?
—Tuvo una mujer y la perdió. Es toda una historia. Primero le mataron a su padre de él y años después lo acusaron de matar a su mujer.
—El preso número nueve —bromeó Axel—. ¿Y fue verdad?
—Es uno de esos casos que nunca se saben. El juez dijo inocente pero él se dijo culpable. Y no quiere bajar de ahí —la voz tipluda del conductor le daba a la historia un curioso sesgo cómico.
—¿Cómo estuvo lo de su padre?
—Unos dicen que fue un lío de cantina, otros que de faldas. Ni lo uno ni lo otro, joven.
—¿Lo asaltaron?
—Tampoco. Bronca entre gente del gobernador priísta y gente del PAN.
—Política.
—Le dieron por la espalda cuando iba a reclamar en el municipio.
—¿Qué reclamaba?
—Votos. Un fraude contra los suyos. Hubo quema del Ayuntamiento y al padre del Toro lo mataron. Un tío suyo, hermano del finado, se encargó de vengarlo.
—¿Por qué no lo hizo él mismo?
—Era un chamaco de doce años. Su tío buscó al otro durante cuatro años hasta dar con él. Siempre lo tuvo en la mira, entre ceja y ceja. Haga las cuentas. El Toro tenía entonces dieciséis. Se alegró de que lo vengaran, pero nunca se repuso de la pérdida. La venganza no fue suficiente. El Toro se resintió contra el mundo entero. Le habían arrancado la raíz. Tampoco le pareció bien que por haber hecho justicia, por haber quitado de la tierra una mala semilla le dieran años de cárcel a su tío.
—¿El que visita el Toro? —preguntó Axel.
—El mismo.
Un nuevo salto del camión interrumpió brevemente la plática.
—Y lo de su mujer, ¿cómo estuvo? —preguntó Axel.
—Hubo otro hombre, un fuereño, y los celos de por medio. Los guardias se lo llevaron nombrándole asesino. Ni siquiera lo llamaban por su nombre. Asesino por aquí, asesino por allá. Eso les convenía para su prestigio de cazadores. Pero todo cambió a la hora del juez. Usted sabe que los jueces, cuando hay de por medio un adulterio de la mujer, se ponen siempre de parte del marido, aunque haya matado. Y hacen bien, joven. Como quiera que haya sido, dijeron inocente pero él se dijo culpable. Y ya no quiere bajar.
—¿Por qué escogió la cantera para vivir? —siguió Axel.
—Aquí trabajaba y poco a poco se fue quedando las noches, primero a la intemperie con cobijas, luego en una tienda de campaña que le conseguimos; finalmente se construyó una chabola con piedras y madera del bosque. Coincidió con que nuestro vigilante se nos fue y entonces llegó él como caído del cielo. Se fue quedando, se fue apropiando, si quiere, de la cantera, la hizo su casa.
—¿Cómo fue el crimen?
—Fue abajo, en Ezequiel Montes. Ahí vivía el Toro. Dizque mató a su mujer con su escopeta de cacería. Todos podemos asegurarle que lo que mató a su mujer fue su escopeta, no él.
—Si él no fue, entonces había un tercero —observó Leandro.
—Un segundo, el amante —precisó Axel.
—Si él no la mató, quiso matarla y por eso se entregó. Nosotros le conseguimos un buen penalista de Querétaro que demostró, pruebas en la lengua y en la mano, que el Toro no mató a su mujer. Fue un caso muy sonado en Querétaro. El Toro prestó declaración sobre los detalles del caso y hubo cosas que nomás no checaban. Dijo su verdad, una verdad que lo incriminaba. Estaba mintiendo contra sí mismo. Pero cuanto más se incriminaba, más caía en contradicciones. Porque su verdad no era la verdad. Su propio abogado tuvo que atacarlo para que el Toro declarara algo que lo favoreciera. La prensa lo apoyó. Y el juez, dale, también de su parte, que no importaba que hubiera matado, que había hecho bien en arrancarse los cuernos de encima con un tiro de escopeta. El honor es lo primero. Estaba justificado. De modo que lo absolvió. Inocente, dijo el juez, y el Toro, en vez de alegrarse, se entristeció y se recluyó aquí para no bajar. Se
construyó una casita con sus manos. Ya la verá.
—¿Sobre quién recaen las sospechas? —preguntó Leandro.
—El amante. No hubo nadie sospechoso afuera del triángulo.
—¿Qué pasó con él? —preguntó Axel.
—Desapareció. Dicen que huyó del país. Lo andan buscando.
—Todo está claro entonces —concluyó Axel.
—¿Y sabe qué? —prosiguió el de la voz tipluda—: Lo que más le dolió al Toro es que le hubieran arrebatado su propia arma para cometer el asesinato. Porque habría querido hacerlo él mismo. Es como quedarse pasmado, ¿no? Pas-ma-do.
—Pues sí —añadió Leandro—, primero se le adelantan; segundo, lo hacen con su propia arma.
—Y ¿sabe? Las gentes de allá abajo lo respetan. Sus motivos son los del juez. Nadie ignora que el asesino está en otra parte.
—¿Dónde anda?
—Quién sabe.
El paisaje había perdido totalmente la vegetación. No se veía una sola planta en los alrededores. Sólo al fondo, a la derecha, el lejano bosque de pinos. Pasaron frente a una mina de arena.
—Dizque el Toro ve visiones —dijo don Lorenzo.
—¿De qué tipo?
—Sepa. Dicen.
—¿Visiones?
—Visiones. Y oye voces. ¿Qué le parece esto? —don Lorenzo señaló la tierra con una mano despectiva.
—¿Tiene valor? —preguntó Axel.
—Es una mina de arena —confirmó don Lorenzo—. Pero a quién chingaos le importa la arena cuando más arriba está el mármol. Antes había mercurio y antimonio por aquí. Ahora ya no. Se acabó. Se agotaron.
El terreno era cada vez más agreste y calizo y levantaba nubes de polvo blanco al paso del camión.
—¿Quién es el dueño de estas tierras? —preguntó Axel—, ¿comuneros? ¿ejidatarios?
—Particulares —dijo don Lorenzo—. Mi abuelo. Ya camina para los cien años.
El sendero ascendente de tierra caliza desembocó en un terraplén circundado de cerros secos y pedregosos, de pequeña altitud. Estaba el terraplén cercenado en cicatrices de tierra de diversa profundidad y formaban ondulantes colinas de mármol. Unas se veían extenuadas, otras cortadas como un queso, otras enteras.
—Riqueza enorme para una sola persona, ¿no cree? —comentó Axel.
—Somos un chorro de hijos, primos, sobrinos y nietos. Casi un pueblo. O una tribu —rió.
El camión se detuvo, entre nubes de polvo blanco, cerca de un galpón a cuya puerta esperaba un hombre alto y fornido en overol azul. A su lado, un pastor alemán, rabo al aire, ladraba a los recién llegados. Los hombres descendieron del volquete dando gritos festivos, y mientras unos pocos se ocupaban en vaciar el cajón, los demás se asomaron al talud. Lorenzo y los dos amigos se aproximaron al hombre fornido del overol deslavado.
Ahí lo vio Axel, abandonado a sí mismo, rodeado por la mina, casi abstracto, prisionero de la geología. Habitante de la mina, agrimensor, geólogo, minero, cazador. Hombre elemental y múltiple, había elegido un presidio de trabajo voluntario. Absuelto, ¿no habría también este hombre escapado una tarde, a la hora de la siesta, de la otra prisión, la cotidiana? Asesino confeso de su mujer, estaba claro que no había podido resistir el peso de su inocencia ni de su absolución. El contacto con el sol y el calcio le habían secado la piel, hasta hacer de su rostro moreno una impenetrable máscara indígena. Una cicatriz le atravesaba la mejilla izquierda desde el puente de la nariz achatada. Su boca era grande y sus labios carnosos. El cabello negro se estiraba hacia atrás para recogerse en una cola de caballo. De pie, los brazos cruzados, inmóvil ante los recién llegados, rodeado de polvo como incienso, su inmovilidad y sus hermosos rasgos
indígenas le daban el carácter estatuario de un ídolo.
—El Toro —presentó don Lorenzo a los amigos, quienes no tuvieron que hacer mucho esfuerzo para justificar el apodo.
El hombre del desierto lucía bajo el overol un tórax moreno y poderoso y unos brazos fuertes y musculosos, forjados en el bregar cotidiano contra ese campo que había sustituido al gimnasio.
Axel y Leandro le estrecharon la mano. El hombre no habló. De pocas palabras, esperaba que los otros lo hicieran.
Lorenzo, pequeño y tipludo, le ofreció la canasta con el itacate. Destapó brevemente el mantel. Había agua, huevos duros, leche, café, tortillas, frijoles, arroz, barbacoa. El hombre no dijo nada: asintió con la cabeza, tomó la canasta y la dejó dentro del galpón. Sus espaldas eran anchas y atléticas. Al regreso habló por fin:
—El explosivo.
Sonaban las vocales perezosas y las eses sibilantes. No preguntaba ni consultaba, ordenaba que se lo dieran.
Y se lo dieron. Caminaron, terraplén abajo, a través del suelo blanco y calizo, hacia la cantera que resplandecía enfrente. Aquello era un desastre o, más bien, los restos de un desastre. Escombros. Mostraba las huellas de un primitivo sistema de explotación, con mucho desperdicio. Lajas, pedruscos y polvo blanco dispersos por todas partes. Sólo por sus gafas oscuras los dos amigos pudieron resistir los embates del sol y la blancura. A la derecha se veía el gran bosque de pinos donde el Toro solía cazar o buscar agua. ¿Qué había aquí en las noches?, pensó Axel. Nada, viento, mucho viento, cielo de bronce, luna y estrellas y a veces lluvia. ¿Oía pájaros? Al no oír nada ni aquí ni en los alrededores, tiene que haber adquirido un oído excepcionalmente fino. ¿Podía ese hombre vivir solo y aislado en esas soledades sin volverse loco? Podía, seguramente, porque de él parecía emanar una gran fuerza, labrada precisamente a golpes de
soledad. Era a su manera un triunfador: había conquistado el silencio en un país cuya capital es una de las más ruidosas del mundo. Vivir en la cantera significaba haber perdido casi totalmente la dimensión económica y social: nada compraba, nada vendía. Vendían los demás, vendía don Lorenzo, él no. Vivía un retiro que traía consigo un abaratamiento casi total de su existencia. Nada que ver con los contratos, los créditos, los pagarés, las hipotecas, los registros, las notarías, nada de todos esos hilos intrincados que son el pan de cada día de la gente de abajo. Ya no sabía lo que era el dinero, siquiera. Anacoreta, recibía alimento, municiones, dinamita. Especie. Su techo y parte del alimento se los procuraba él mismo.
Introdujo los cilindros en agujeros del antepecho más próximo, hizo las conexiones alámbricas con el detonador, extendió los alambres hasta una distancia de casi cien metros. Sus dedos expertos parecían moverse sobre las cosas y aparejarlas de un modo mecánico, casi independiente del cerebro que los ordenaba. Pidió a todos alejarse de ahí.
—¡Trampas! —llamó, y el perro, que andaba olisqueando los cilindros, corrió a su lado.
Aplastó el detonador y sobrevino la explosión. Sucedáneos del Big Bang, volaron por los aires en movimiento expansivo, como miríadas de galaxias, menudencias del mármol, lajas, pedruscos, polvo. Una gran nube blanca se extendió sobre la cantera impidiendo por un buen rato la visibilidad. Una vez disperso el polvo, acudieron a mirar de cerca la cantera, donde había también grandes bloques de tamaños diversos: futuras chimeneas, estatuas, escalinatas, frisos, altares, pilas bautismales, bañeras y tarjas.
Todos se abalanzaron como aves de presa sobre lo que había quedado de la explosión mientras el volquete se aproximó al herido antepecho de la mina y ofreció su cajón para recoger los escombros. Las paletadas tercamente rascaban el suelo, arrojaban pedruscos al camión y llenaban los sacos con marmolina, que se usaría como aditivo para el tirol. También Axel y Leandro se incorporaron a la tarea, despojándose de sus camisas por el calor. Nubes de polvo se levantaron entre ellos, sobre ellos. Luego de una hora de duro trabajo bajo el sol, el Toro se detuvo en seco y se quedó mirando arriba del talud, como si hubiera visto a alguien. Axel volvió hacia allá la mirada. No había nada.
—Ya hace hambre —dijo Axel, apoyado en la pala en punta contra el suelo.
—Algo —repuso el Toro.
—Y sed —añadió Leandro.
—Ayúdeme con unos taquitos —se dirigió a Leandro—. No puedo solo.
—Le acepto uno.
—Usted también —invitó a Axel.
Dejaron los tres al grupo, que interrumpió su trabajo para mirarlos con sorpresa. Leandro pensó que no estaban acostumbrados a ver al Toro en compañía de extraños. Volvieron a apalear y los tres se dirigieron a la cabaña. La comida estaba todavía caliente. En la puerta descansaba una escopeta con el cañón hacia arriba.
—No soy muy afecto a la barbacoa —dijo Leandro— pero ésta está de veras buena.
Se habían sentado en el suelo, a la entrada de la cabaña. El sol del desierto pegaba fuerte, caía a plomo. Todos sudaban.
—No entiendo —dijo Axel— cómo puede sobrevivir aquí.
—Me cuidan los ángeles.
—¿Los ángeles?
—Sí, los ángeles.
—No me diga que los ve.
—Hablo con ellos.
—En sueños, ¿no?
—No. Así como hablo con ustedes. ¿Más agua? ¿Refresco?
—Agua, por favor —pidió Leandro—. ¿Cuántos son sus ángeles?
—Tres —dijo sonriendo.
—¿Y de qué hablan?
—Cosas. Palabras —y arrojó un hueso de barbacoa al hocico del perro, que lo atrapó con facilidad y avidez.
—¿Tiene sentido lo que dicen? —arrriesgó Axel. Le asombraba que ese hombre de rostro curtido por el sol, todo rudeza y dureza, todo abandono a sus propias y considerables fuerzas, se viese de pronto tan vulnerable a sus ojos, necesitado de ángeles de la guarda.
—Claro, joven, claro —y dirigiéndose hacia Leandro, lo miró fijamente—: ¿Usted es el joven de las chimeneas?
—Ya vi la primera. Está padre —dijo, y, dirigiendo la mirada a la puerta—: ¿Es su escopeta de caza?
El otro asintió.
—¿Es la misma del incidente?
El hombre sonrió, divertido por el eufemismo.
—Ya me hizo reír, amigo. La misma del incidente, sí. La peleé y me la dieron. Ya lo saben todo, ¿no?
—Algo nos contaron.
—Algo es muy poco.
—El caso es que le devolvieron su escopeta. ¿Qué les dijo?
—Eso, que maté a una mujer desleal y que me apresaran.
—No, digo para recuperar su escopeta.
—Pues nada, que la necesitaba para cazar.
—Pero si era la prueba del crimen. No podían habérsela devuelto así como así. Debió haberse quedado en el juzgado, o en la policía, no sé, en cualquier parte, menos con usted.
—Si me declararon inocente no podían haberme expropiado la escopeta.
—Parece que por aquí no son tan legales —observó
Axel.    
—Mejor, ¿no creen? —volvió a arrojar un pedazo de barbacoa al hocico del perro y, luego de una pausa, prosiguió—: Ustedes me han caído bien.
—Pero ¿es usted inocente?
—Poco de lo que les han dicho es cierto. Lorenzo sabe sólo una parte.
—¿Entonces nos confiará lo que él no sabe?
—Miren, ya me he cansado de hablar solo y con los ángeles. Les voy a confiar un secreto. Nada más guárdenlo.
Axel acarició al perro con fingida despreocupación. Leandro se inclinó hacia el hombre con ávida curiosidad.
—Todo ocurrió en Ezequiel Montes. Luego de casarnos, mi mujer y yo pusimos una tienda de abarrotes. Todo era comprar y vender. Ella tuvo problemas de embarazo. Se nos frustró. Hubo que hacerse un legrado. Se deprimió y cambió mucho conmigo y con ella misma: desde entonces ya no fue la misma. Llegó a Montes por esos días un fuereño, un transportista, que dio en visitar la tienda con cualquier pretexto. Iba y venía de Querétaro. Compraba cigarrillos, refrescos y cualquier cosa, y se quedaba hojeando el periódico, que también vendíamos, y nos hacía conversación. Con cualquier pretexto. Así pasaron los días. Dos noches a la semana yo salía al monte a cazar conejos. Los apuntaba con mi lámpara en la frente, los paralizaba con la luz y los ponía a tiro. Una noche llovió tan fuerte que tuve que regresarme a Montes sin haber cazado, con las manos vacías. Ya en casa, los encontré juntos: los vi con la luz de mi lámpara. Apunté y le
disparé a ella. Llovía y tronaba tan fuerte que el disparo debe haberse confundido con los truenos de esa noche. El cabrón escapó por la ventana, pero lo perseguí. Medio muerto de miedo, se fue cuesta arriba, hacia el monte, hacia donde no debía. Allí todo era un lodazal y no conocía esos caminos. Yo sí. Todo estaba oscuro y sólo yo podía ver su cuerpo con mi lámpara en la frente. Él también alcanzaba a ver el terreno gracias a mi ojo de luz. Lo dejé subir lo más arriba que pudo y, ya cerca del bosque de los conejos, lo atajé por la pierna con la escopeta. Cayó. Dejé que se levantara y sufriera el daño que me había hecho. Lo ayudé a levantarse y lo dejé seguir cuesta arriba, aunque ya no daba de sí. Iba tropezando, resbalando y cayendo en el lodazal y desangrándose. Caía y lo levantaba para que siguiera huyendo. Me tardé en ultimarlo porque quería que se fuera muriendo de miedo, poco a poco. Tronaba y llovía por todos lados,
de modo que todo se iba quedando como debía ser, como un asunto entre él y yo. En una caída que tuvo pareció que ya no se levantaría más. Pero lo oí jadear y lo ayudé una vez más a incorporarse. Entonces me hirió la cara con una rama que había agarrado bajo su cuerpo. Me dejó este recuerdo, esta cicatriz. Vete, le dije, desaparécete. Pero él empezó a lloriquear y pedirme perdón y a mencionar su inocencia con mi mujer. Entonces lo apunté con mi lámpara en la frente y ahí le di. Deposité su cuerpo en un lugar tan secreto del bosque, que sólo yo conocía, y volví a casa por una pala. Me atendí como pude la herida en la cara y regresé al bosque. Cavé su tumba y ahí se quedó. Así fue la cosa.
El hombre se detuvo a leer el efecto que su narración había provocado en los dos jóvenes, quienes lo miraban fijamente y luego al bosque. Tenía el ceño fruncido como si se arrepintiera de haber soltado la lengua.
—Pero usted sólo se hizo responsable de una muerte —dijo Leandro.
—La primera contaba y era pública. La otra, no. Era privada. Todo entre él y yo.
—¿Hay crímenes privados y crímenes públicos?
—Unos se pagan con la cárcel. Los otros los paga la conciencia.
—Y usted pidió la cárcel por la muerte de su mujer.
—Que es lo único que cuenta. Lo otro no, como si nunca hubiera existido.
—¿Quiere decir que no le pesa en su conciencia?
—No, ni madres. Maté una cucaracha.
—Hay expertos en balística, ¿no? —dijo Axel—. Habrán examinado cuántos tiros salieron del arma.
—Volví a cargar la Remington. Según eso, salió sólo un tiro.
—Pudieron descubrir que el arma fue recargada.
—No, no son tan profesionales.
Un fuerte viento levantó una nube de polvo blanco, meció la puerta de la chabola y derribó la escopeta al suelo. El hombre acudió a levantarla y apoyarla de nuevo. Acabada la comida, el perro dormitaba, la cabeza recostada sobre sus patas delanteras. Los hombres seguían apaleando la marmolina entre gritos alegres.
—Ya mero terminan —dijo el Toro.
—Ya mero —dijo Leandro, como un eco.
—¿Y entonces —interpuso Axel— usted dejó que circulara la especie de que el otro escapó y se fue a quién sabe dónde?
—Pues sí. Me daba igual. Sólo yo sabía que esa cucaracha estaba muerta. Ahora ya lo saben ustedes, también.
En medio de la nube caliza apareció don Lorenzo, fantasmal en su blancura polvorienta, sacudiéndose la cabeza y la ropa.
—Venga, jovenazo, escoja su piedra y vámonos.
—Espéreme tantito, don Lorenzo —dijo Leandro.
Don Lorenzo se regresó a la mina y entre los tres hubo un prolongado silencio. Acaso pasaron tres ángeles.
—Gracias por su confianza —dijo Axel, algo incómodo.
El Toro se incorporó, y todos, incluso el perro, siguieron su ejemplo. Pero él les dio las espaldas y caminó unos pasos en dirección al bosque lejano y se detuvo, meditativo. Allí permaneció un rato largo, las manos en las bolsas del overol, negándose a volverse hacia los dos. Parecía roto por dentro. Se había abierto, había sido infiel a sí mismo, a su reserva.
—¿No piensa bajar nunca? —preguntó Axel.
—Esta es mi casa —dijo, volviéndose hacia ellos. Sus vocales eran otra vez perezosas y las eses sibilantes.
—¿Nunca? —insistió Axel. Pero el Toro sólo hizo un rápido movimiento de la mano, como expulsando de sí la pregunta.
—Ya nos vamos —dijo Leandro, y estrechó la mano del Toro. Lo mismo hizo Axel.
Y desde el camión de don Lorenzo lo vieron por última vez, entre el bosque y la mina, junto a su perro y su chabola, elemental, geológico, intransigente en su libertad y su soledad, atrapado por sus recuerdos, purificándose de las impurezas del mundo y esperando acaso la visita de los ángeles que acudirían a protegerlo de una locura tal vez mayor.