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Biblioteca Virtual Hispanica

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Tormenta de verano; Antón Castro

Tormenta de verano

Antón Castro


Yo no tengo ojos para verte, Severino, aunque tu cara ha quedado atrapada en todos los espejos. Te miro pero no te veo. Sé que nuestra madre, desde entonces, te ha cuidado como si fueses la rosaleda del jardín o una mata de alcachofas en la huerta. La he visto, en una hora desdibujada del atardecer, abandonar las faenas e internarse por la vereda de los fresnos, hacia la boca de la gruta donde tú, de niño, te ocultabas con un extraño afán: aplicar el oído a la tierra y quedarte allí, mudo y lejano, mientras caía la lluvia o el viento ramoneaba entre las ginestas. La he observado, al otro lado del tapial, donde teníamos el refugio, remangando la falda para acceder al escondrijo. Creo que hablaba a un espectro del pasado, porque para ella también te has estancado en el aire, en los daguerrotipos ilusorios del paisaje, en la corteza de los árboles. Sin embargo, quiero que lo sepas. Tengo la certeza de que tú me contemplas desde algún rincón
del recuerdo. No sé si puedes entenderme. Desde que te has ido, nadie me ha pedido otra cosa: quieren que te suplante, que sea dulce y laborioso como tú. Todos los días la misma cantinela, el mismo ruego, las mismas caras. Todos los días me esfuerzo en una lucha titánica con tu sombra o con la memoria imposible de lo que has sido. Y eso ocurre no sólo en mi propia casa, sino en las fiestas del Rebollar, en las noches locas del toro de fuego, ante el sacerdote o el juez de paz, en las tardes luminosas del balompié y de las carreras. Empecé por las pequeñas cosas. Me he puesto tu sombrero pajizo, tus pantalones de pana gruesa y he usado tus hoces con la avena y el centeno de Torre Bono. Después monté tu cabalgadura, aquella yegua azafranada que conoce los senderos y los atajos del collado. Repito tus costumbres cotidianas: paseo por el bosque de endrinos entre los perros y persigo a los jabalíes durante su travesía nocturna, del soto a la
montaña y de la montaña al soto, sin luna y sin la queja sonámbula de la lechuza. Aunque, ¿cómo iba a serte fiel, a reencarnarme en ti, si no te imitaba en lo principal? Creo que no tuve tiempo de negarme, porque ni me enteré de lo que todos habían decidido por mí. Recuerdo perfectamente esa hora impensada. Volví de los brezales, de los campos salvajes que quedan al otro lado de La Vega, frente a las montañas de Mirambel. Nuestra madre salió a la ventana y padre estaba nervioso, atropellado, como si no hubiese esperado mi regreso todavía, como si le hubiese sorprendido en una conjura infame. Durante días no hice otra cosa que repasar mi retorno, darle vueltas y más vueltas como si fuese una pesadilla obsesiva. Presentí (aunque no supe traducir mis sensaciones en aquel momento) una atmósfera de extrañeza: las yeguas habían dejado las eras, los canes se peleaban enfurecidos en torno a los fajos de heno y madre, por vez primera en más de
medio año, colgó ropa blanca en los tendedores de la galería de flores. No creas que busco tu perdón ni que justifico mi cobardía. Siempre he sido pusilánime y no acerté a reaccionar cuando, después de la cena, una vez que Elisa se había retirado a dormir, me lo dijeron: «No sólo es un hábito antiguo, sino que también es tu deber y un acto de compasión, Ricardo ».
Sé que me estás viendo y que sabes lo que sufro. Tú eres el testigo humillado. Mírala. Ahí está: con su camisa de hilo bordado, con la mirada caída, con la faz sonrosada de manzana enferma. Elisa, la única perla de tu juventud, camina en este cuarto sin salida. Palidece y le tiembla el ombligo de pudor y de miedo. Soy incapaz de detenerme ni de volverme atrás. ¿Cómo puedo resolver esta desazón? En el amor cualquier hombre es irrepetible y nadie puede reemplazar su piel, la lentitud de sus manos húmedas, sus murmullos de ardor y de sombra. Ante ella, yo nunca seré tú. Es una traición más que un deseo o un acto de caridad este empeño atroz de desnudarla y de invadirla de fuego y olvido. Avanzo unos metros y me tiendo a su lado. Huele a tierra mojada, a perales con llovizna y a luto cerrado. Entorno los ojos y al acariciarla por vez primera, oigo lo que tanto me temía: su llanto ahogado y una voz inaudible, extenuada por la pena y la
violencia de una pasión falsa, que musita: «Severino. Severino». En ese instante, me rechaza y se pregunta únicamente por qué aquel rayo que te horadó el vientre y te reventó las sienes en la solana de la masía se equivocó de objetivo. Ella sólo habría querido verme a mí, en la misma tarde de tormenta de verano, espatarrado e inmóvil ante la puerta y no como ahora, arrogante Y otro, multiplicado por los espejos de su alcoba.
Antón Castro
Breve reseña sobre su obra
Antón Castro nació en Arteixo, La Coruña, en 1959.
Se ha dedicado al periodismo cultural en El periódico de Aragón, compaginando su labor periodística con la creación literaria.
Publicó en 1987 su primer libro de relatos, Mitologías, y en 1990 Los pasajeros del estío.
En sus relatos se percibe la fascinación del autor por contar historias, cierta nostalgia de sobremesa invemal en tomo a un buen narrador de misterios. De alguna forma, según el crítico Juan Marín, Castro crea nuevas mitologías para esos lectores necesitados de la hermosa y olvidada literatura oral.
Con su tercer libro, El testamento de amor de Patricio Julve (1995), recibió elogios de la crítica y una buena acogida por parte de los lectores.
Es autor también de un libro de entrevistas, Veneno en la boca. Conversaciones con dieciocho escritores (1994) y de dos volúmenes misceláneos: Aragoneses ilustres, ilustrados e iluminados (1993) y Retratos imaginarios (1994).
Acaba de publicar un nuevo libro de relatos, Los seres imposibles, cuya materia prima es lo extraordinario.
Oficio de difuntos y Tormenta de verano integran el volumen El testamento de amor de Patricio Julve, Barcelona, Destino, 1995.