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Biblioteca Virtual Hispanica

jueves, 31 de marzo de 2011

El tonel de aceite; Julio Ramón Ribeyro

En la semioscuridad de la cocina, iluminada tan solo por los carbones rojos que ardían bajo las parrillas, la vieja Dorotea y su sobrino Pascual se miraban silenciosamente. Ella permanecía en pie, las crenchas canosas dominadas por el pañolón negro y el semblante cobrizo torcido en una mueca inexpresiva y vegetal. Su sobrino, sentado en cuclillas, elevaba hacia ella sus ojos despavoridos, mientras sus dedos, apoyados en el suelo, rascaban nerviosamente la tierra. La mirada de la tía, cayéndole oblicuamente, lo tenía atrapado e inmóvil. Hacía un cuarto de hora que estaban así, como hechizados sin pronunciar palabra.
- Así que fue con el hacha de Eleuterio - murmuró ella.
El muchacho no replicó. Se limitó a bajar la cabeza en son de asentimiento, mientras su pecho se rajaba en débiles sollozos.
¡Hijo de mala perra! - bramó la tía, agitando un brazo huesudo surcado de venas negras - ¡Y después te vienes a refugiar en mi casa! ¿Por qué no has huido para las sierras? ¡Hubieras podido coger una mula de donde el aguazal y arrear para las montañas! Valor tienes para subirte al terrado a robarme las semillas, pero no para marcharte solo por los peñascales.
El muchacho, con la cabeza cada vez más caída, gemía convulsivamente, dejando al descubierto una nuca sucia y desnutrida. Dorotea lo observó con una expresión de infinito desprecio en sus ojos acerados. Había vuelto a cruzar los brazos y su boca trazaba un surco abyecto.
- ¿Y todo fue por la Antoña? - interrogó nuevamente.
El muchacho asintió con la cabeza.
- Todo por la Antoña, una chica piojosa que aún no puede ser madre - masculló la tía, recuperando luego su antiguo hieratismo.
Pascual elevó un ojo furtivo hacia ella y lo bajó sin replicar. El silencio fue invadiendo nuevamente la cocina. De cuando en cuando se escuchaba la crepitación de una chispa en la parrilla o el balido de un carnero en el galpón. La noche se iba cerrando en el descampado.
Pascual, de pronto, levantó la faz lívida manchada de lágrimas sucias, y abriendo los labios, dejó escapar un gruñido.
- ¡Tengo miedo, tía Dorotea! - exclamó - ¡Los guardias ya deben de conocer todo! ¡Esteban tenía un tío cabo! ¡Me perseguirán!
- ¡Calla, deslenguado! - interrumpió la vieja - ¡Pueden oírte en el rancho de Pedro Limayta! - y bajando la voz, hasta hacerla sibilante, añadió: - Y ¿dónde quieres que te esconda, pedazo de mugre? Ya sabes que si te encuentran aquí, la que va a pagar todo soy yo. Recuerda lo que le pasó a la tía Domitila por esconder en su lugar al bribón de Domingo, que se había robado dos vacas. ¡Y solo por dos vacas! - la tía Dorotea dio un paso hacia él, un paso mecánico, como el de un muñeco de madera - ¡Debes irte de aquí! ¡No debes dejar una sola huella! Entiéndetelas tú, y si te pescan, cuidado con decir que anduviste rondando por acá. Te daré una barra de pan y date por bien servido. ¡Anda, levántate! La noche se ha vencido.
El sobrino no replicó. Tenía el cuello estirado hacia adelante en una incómoda posición, y un dedo ligeramente erecto. Parecía estar a punto de caerse de bruces; sin embargo, se mantenía en equilibrio como por arte de magia.
¿Qué? - preguntó la vieja, doblándose hacia él.
¡Psht! - susurró Pascual, mientras su rostro primitivamente tenso, se iba transfigurando por el terror.
Claramente se escuchó el trotar de unas cabalgaduras.
¡Allí están! - bramó, y, levantándose de un brinco se arrojó de espaldas contra la pared, quedando allí con los ojos muy abiertos.
La tía Dorotea se aproximó a la ventana. Empujando el postigo oteó hacia el campo. En el rancho de Pedro Limayta habían desmontado dos guardias. Los vio conversar con el viejo labriego, y luego volver a montar sus caballos rurales.
La tía se aproximó a su sobrino, que continuaba pegado a la pared, como si lo hubieran cosido con alfileres. Cruzó su rostro repetidas veces con su mano huesuda, hasta que le partió los labios.
¿Y ahora? - exclamó - ¿Ves en el lío que me has metido? ¿Qué les voy a decir? ¡Salta por la ventana, huye a campo traviesa, despéñate por los riscos.!
Los cascos de los caballos resonaron en las piedras del galpón. Algunos carneros balaron, asustados.
¡Ya es tarde! - maldijo la tía Dorotea, y recorrió con sus ojos vivaces las cuatro paredes de la cocina.
Junto a la puerta divisó el tonel de aceite, que en la noche anterior lo habían llenado.
- ¡Mira! - dijo al sobrino, tirándolo del brazo con sus garras - ¡Métete allí dentro, rápido! Cuando abran la puerta, hundes la cabeza. Yo te avisaré con un golpe cuando se hayan ido. ¡Cuidadito no más con chistar!
- ¡Anda! - añadió, al ver que Pascual permanecía sin aliento.
Cuando los guardias entraron divisaron a la tía Dorotea, sentada al lado de la cocina, con la mirada perdida en las llamitas azules.
- ¡Levántese! - ordenó uno de ellos, mientras el otro, con su fusil preparado, husmeaba por los ángulos oscuros. La tía Dorotea no se movió.
- ¿Dónde está su sobrino?
- Yo no tengo sobrinos - replicó ella, sin dejar de mirar los carbones.
- ¿Y Pascual Molina?
- No lo conozco.
Uno de los guardias la cogió por la espalda y la levantó de un zamacón.
- ¡Usted nos engaña! ¡Pedro Lamayta me dijo que lo vio entrar antes del anochecer!
- ¡No me toque! - rugió la vieja, con un tono tan feroz que el guardia retrocedió. - ¡No me vuelva a tocar! - añadió, y por su boca brotó un espumarajo de saliva turbia. - Si creen que está aquí, búsquenlo. ¡Pero yo no lo conozco!
Uno de los guardias encendió un cabo de vela en la cocina y salió por los alrededores. El otro quedó junto a Dorotea, mirando a todo sitio con desconfianza.
- ¿Adónde da esa ventana? - preguntó.
- Al rancho de Limayta - replicó la vieja.
- ¿Y ese tragaluz?
- Al terrado.
El guardia divisó el tonel de aceite.
- ¿Qué cosa hay allí? - preguntó aproximándose.
- Aceite.
El guardia se inclinó sobre el borde y observó su superficie lisa.
- ¿Está bueno? - preguntó metiendo el dedo, y como observara que en el rostro de la vieja no se movía una arruga, añadió para congraciarse: - Ya vendré por aquí para que me regale un poquito.
En ese momento apareció el otro guardia.
- No hay nadie - dijo, echándose la carabina a la espalda. Ese viejo de Limayta, con los tragos que se echa, está viendo siempre fantasmas.
Los dos guardias miraron a la tía Dorotea, esperando tal vez unas palabras de ella. Pero la vieja seguía impasible, con los brazos tenazmente cruzados, como si se amarrara con su propia carne.
- Bueno - dijo un guardia, levantando el ala de su sombrero. - Está visto que aquí no hay nada.
- Buenas noches - añadió el otro, abriendo la puerta.
- Se ha librado usted de una buena - añadió el primero, cruzando el umbral.
La tía Dorotea no replicó nada. Cuando cerraron la puerta, tampoco se movió. Esperó con el oído atento a que subieron a sus caballos. Cuando el ruido de los cascos repicó y fue lentamente debilitándose, el surco de sus labios se distendió brotando de ellos una sonrisa primitiva, ácida, como arrancada a bofetones. Cogiendo un mazo se aproximó al tonel, y dio con él un golpe en su armadura.
- ¡Ya puedes salir! - gritó - ¡Ya se fueron!
La superficie del aceite vibró un rato al influjo del golpe y fue quedando luego definitivamente quieta.