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miércoles, 24 de agosto de 2011

CORAZONES SOLITARIOS

CORAZONES SOLITARIOS
Rubem Fonseca (Brasil)
Trabajaba yo en un diario popular, como reportero de la sección Policiales. Hacía mucho tiempo que no sucedía en la ciudad un crimen interesante, involucrando a una rica y linda joven de la sociedad, muertes, desapariciones, co­rrupción, mentiras, sexo, ambición, dinero, violencia, escándalo.
-Crímenes así, ni en Roma, París o Nueva York -decía el editor del diario-, estamos en una mala época. Pero ya ven­drán. La cosa es cíclica; cuando menos se lo espera, estalla uno de aquellos escándalos que dan material para un año. Está todo podrido, a punto. Sólo hay que saber esperar.
Antes del estallido me despidieron.
-Sólo hay pequeños comerciantes que matan al socio, pe­queños bandidos que matan a pequeños comerciantes, policías que matan a pequeños bandidos. Cosas pequeñas -le dije a Oswaldo Peçanha, editor-jefe y propietario del diario Mujer...
-Hay también meningitis, esquistosomosis, mal de Chagas -dijo Peçanha...
-Pero fuera de mi área -le dije.
-¿Ya leíste Mujer? -preguntó Peçanha.
Admití que no. Me gusta más leer libros.
Peçanha sacó una caja de habanos de dentro del cajón y me ofreció uno. Encendimos los habanos. En poco tiempo, el ambiente se volvió irrespirable. Los habanos eran ordina­rios, estábamos en verano, con las ventanas cerradas y el aparato de aire acondicionado que no funcionaba bien.
-Mujer no es una de esas publicaciones acarameladas para burguesas que hacen régimen. Está hecha para la mujer de Clase C, que come arroz con porotos, y a la que no le importa engordar. Dale un vistazo.
Peçanha me tiró un ejemplar del diario. Formato tabloi­de, titulares en azul, algunas fotos fuera de foco, fotonovelas, horóscopo, entrevistas con artistas de televisión, corte y confección.
-¿Sería capaz de hacer la sección De Mujer a Mujer, nues­tro consultorio sentimental? El tipo que la hacía se fue. De Mujer a Mujer era firmada por una tal Elisa Gabriela. Queri­da Elisa Gabriela, mi marido llega todas las noches borracho y...
-Creo que puedo -dije.
-Bárbaro. Comienzas hoy. ¿Qué nombre quieres usar?
Pensé un poco.
-Nathanael Lessa.
-¿Nathanael Lessa? -dijo Peçanha, sorprendido y choca­do, como si hubiese dicho una mala palabra u ofendido a su madre.
-¿Qué tiene? Es un nombre como cualquier otro. Y estoy rindiendo dos homenajes.
Peçanha pitó el habano, irritado.
-Primero, no es un nombre como cualquier otro. Segun­do, no es nombre de Clase C. Aquí sólo usamos nombres del agrado de la Clase C, nombres lindos. Tercero, el diario sólo homenajea a quien yo quiero y no conozco a ningún Nathanael Lessa y, finalmente -la irritación de Peçanha ha­bía ido aumentando gradualmente, como si estuviese sacan­do un cierto provecho de ella- aquí nadie, ni yo mismo, usa seudónimo masculino. ¡Mi nombre es María de Lourdes!
Miré otra vez el diario, incluso el equipo editorial. Sólo había nombres de mujer.
-¿No crees que un nombre masculino da más credibili­dad a las respuestas? Padre, marido, médico, sacerdote, pa­trón, sólo hay hombres diciendo lo que ellas deben hacer, Nathanael Lessa pega más que Elisa Gabriela.
-Es eso mismo lo que no quiero. Aquí ellas se sienten dueñas de su nariz, confían en uno, como si fuésemos todas comadres. Estoy hace veinticinco años en este negocio. No me vengas con teorías no comprobadas. Mujer está revolu­cionando la prensa brasileña, es un diario diferente que no da noticias viejas que pasaron ayer por la televisión.
Estaba tan irritado que no le pregunté qué se proponía Mujer. Más tarde o más temprano me lo diría. Yo sólo que­ría el empleo.
Mi primo, Machado Figueiredo, que también tiene vein­ticinco años de experiencia, en el Banco del Brasil, acostum­bra decir que está siempre abierto a teorías no comproba­das. Yo sabía que Mujer debía dinero al banco. Y encima de la mesa de Peçanha había una carta de recomendación de mi primo.
Al oír el nombre de mi primo, Peçanha empalideció. Dio un mordisco en el habano para controlarse, después cerró la boca, pareciendo que iba a silbar, y sus labios gordos tem­blaron como si tuviese un grano de pimienta en la lengua. Enseguida apretó los dientes y golpeó con la uña del pulgar en la dentadura sucia de nicotina, mientras me miraba de una manera que debía considerar cargada de significados.
-Podría agregar dr. a mi nombre. Dr. Nathanael Lessa.
-¡Cuernos!, está bien, está bien -masculló Peçanha entre dientes-, comienzas hoy.
Fue así como pasé a formar parte del equipo de Mujer.
Mi mesa quedaba cerca de la mesa de Sandra Marina, que firmaba la sección Horóscopo. Sandra era también co­nocida como Marlene Katia, al hacer entrevistas. Era un mu­chacho pálido, de largos y ralos bigotes, también conocido como Joáo Albergaría Duval. Había egresado hacía poco tiempo de la escuela de comunicaciones y vivía lamentándose, ¿por qué no estudié odontología, por qué?
Le pregunté si alguien traía las cartas de los lectores a mi mesa. Me dijo que hablase con Jacqueline, en expedición. Jacqueline era un negro grande de dientes muy blancos.
Queda mal ser el único aquí dentro que no tiene nombre de mujer. Van a pensar que soy marica. ¿Las cartas? No hay ninguna carta. ¿Crees que la mujer de Clase C escribe car­tas? Elisa las inventaba todas.
Estimado Dr. Nathanael Lessa: Conseguí una beca de estudios para mi hija de diez años, en una escuela superfina del barrio norte. Todas sus compañeritas van a la peluque­ría, por lo menos una vez por semana. Nosotros no tenemos dinero para eso, mi marido es chofer de ómnibus de la línea Jacaré-Caju, pero dice que va a trabajar extra para mandar a Tania Sandra, nuestra hijita, al peluquero. ¿Usted no cree que los hijos merecen todos los sacrificios? Madre Diligente. Villa Kennedy.
Respuesta: Lave la cabeza de su hijita con jabón de coco y rícele el pelo con pedacitos de papel. Queda como de peluque­ría. De cualquier manera, su hija no nació para ser una muñequita. A decir verdad, la hija de nadie. Agarre el dinero de las extras y compre alguna cosa más útil: comida, por ejemplo.
Estimado Dr. Nathanael Lessa: Soy bajita, gordita y tí­mida. Siempre que voy a la feria, al almacén, a la frutería, se burlan de mí. Me engañan en el peso, en el vuelto, el poroto está podrido, la harina de maíz mohosa, cosas así. Yo solía sufrir mucho pero ahora estoy resignada. Dios está con los ojos puestos en ellos y en el juicio final las van a pagar. Doméstica Resignada. Penha.
Respuesta: Dios no está con los ojos puestos en nadie. Tú misma eres quien tiene que defenderse. Sugiero que gri­tes, hagas oír tu voz, haz escándalo. ¿No tienes ningún pa­riente en la policía? O si no un bandido amigo, también sirve. Búscale la vuelta, gordita.
Estimado Dr. Nathanael Lessa: Tengo veinticinco años, soy dactilógrafa y virgen. Encontré a este muchacho que dice que me ama mucho. Trabaja en el Ministerio de Trans­portes y dice que quiere casarse conmigo, pero que primero quiere probar. ¿Qué piensa? Virgen Loca, Parada de Lucas.
Respuesta: Fíjate bien, Virgen Loca, pregúntale qué es lo que va a hacer si no le gusta la experiencia. Si dice que te deja, entrégate, pues es un hombre sincero. No eres grosella ni sopa de verdura para que tengas que ser probada, pero, hombres sinceros quedan pocos, vale la pena intentar. Fe y mantente firme.
Fui a almorzar.
Al regreso Peçanha me mandó llamar. Estaba con mis trabajos en la mano.
-Hay algo aquí que no me gusta -dijo.
-¿Qué? -pregunté.
-¡Ah, Dios mío, la idea que la gente se hace de la Clase C! -exclamó Peçanha, balanceando la cabeza pensativamen­te, mientras miraba el techo y fruncía la boca-. Quienes gustan ser tratadas con malas palabras y puntapiés son las mujeres de la Clase A. Recuerda a aquel lord inglés que dijo que su éxito con las mujeres se debía a que él trataba a las señoras como putas y a las putas como señoras.
-Está bien. Entonces, ¿cómo debo tratar a nuestras lectoras?
-No me vengas con dialéctica. No quiero que las trates como putas. Olvida al lord inglés. Pon alegría, esperanza, tranquilidad y seguridad en las cartas, eso es lo que quiero.
Dr. Nathanael Lessa: Mi marido murió y me dejó una pen­sión muy pequeña, pero lo que me preocupa es estar sola, a los cincuenta y cinco años de edad. Pobre, fea, vieja y viviendo lejos, tengo miedo de lo que me espera. Solitaria de Santa Cruz.
Respuesta: Grabe esto en su corazón, Solitaria de Santa Cruz: ni el dinero, ni la belleza, ni la juventud, ni un barrio fino dan la felicidad. ¿Cuántos jóvenes ricos y bellos se matan o se pierden en los horrores del vicio? La felicidad está dentro de nosotros, en nuestros corazones. Si somos justos y buenos, encontrare­mos la felicidad. Sea buena, sea justa, ame al prójimo como a sí misma, sonríale al tesorero del Instituto Nacional de Previsión Social, cuando vaya a cobrar su pensión.
Al día siguiente, Peçanha me llamó y me preguntó si podía, además, escribir la fotonovela.
-Nosotros producimos nuestras propias fotonovelas, no es fumeti italiano traducido. Elige un nombre.
Elegí Clarice Simone, eran otros dos homenajes, pero no dije nada de eso a Peçanha.
El fotógrafo de las novelas vino a hablar conmigo.
-Mi nombre es Mónica Tutsi -dijo-, pero puedes llamar­me Agnaldo. ¿Estás con la papa lista?
Papa era la novela. Le expliqué que Peçanha acababa de comunicarme eso y que necesitaba por lo menos dos días para escribir.
-¿Días? Ja, ja -se rió, haciendo un ruido de perro gran­de, ronco y domesticado, que le ladra al dueño.
-¿Dónde está la gracia? -pregunté.
Norma Virginia escribía la novela en quince minutos. Él tenía una fórmula.
-Yo también tengo una fórmula. Date una vuelta, regre­sa en quince minutos y tendrás tu novela lista.
¿Qué es lo que pensaba de mí ese fotógrafo idiota? El hecho de haber sido reportero de policiales no significaba que yo fuese una bestia. Si Norma Virginia o cualquiera fuese su nombre, escribía una novela en quince minutos, yo también lo haría.
Había leído todos los trágicos griegos, los ibsens, los o'neills, los beckets, los chejovs, los shakespeares, las four hundred best televisión plays. No tenía más que tomar una idea aquí, otra allí, y listo.
Un niño rico es robado por los gitanos y lo dan por muerto. El chico crece pensando que es un gitano verdade­ro. Un día encuentra a una muchacha riquísima y los dos se enamoran. Ella vive en una fastuosa mansión y tiene mu­chos automóviles. El gitanillo vive en una carreta. Las dos familias no quieren que se casen. Surgen conflictos. Los mi­llonarios mandan a la policía a apresar a los gitanos. Uno de los gitanos es baleado por la policía. Un primo rico de la muchacha es asesinado por los gitanos. Pero el amor de los dos jóvenes enamorados es mayor que todas esas vicisitu­des. Resuelven huir, romper con sus familias. En la fuga encuentran a un monje piadoso y sabio que consagra la unión de los dos en un antiguo, pintoresco y romántico con­vento en medio de un bosque florido. Los dos jóvenes se reti­ran para la cámara nupcial. Son lindos, esbeltos, rubios de ojos azules. Se sacan la ropa. ¡Oh! -dice la chica-, ¿qué es esa cadena de
oro con medalla salpicada de brillantes que tienes en el pecho? -¡Ella tiene una medalla igual! ¡Son hermanos!- ¡Tú eres mi hermano desaparecido! -grita la joven. Los dos se abra­zan. (Atención Mónica Tutsi: ¿qué tal un final ambiguo hacien­do aparecer en la cara de los dos un éxtasis no fraternal? ¿Eh? Puedo también modificar el final y volverlo más sofocleano: los dos sólo descubren que son hermanos después del hecho con­sumado; desesperada, la joven salta por la ventana del conven­to, estrellándose allá abajo.)
-Me gustó tu historia -dijo Mónica Tutsi.
-Una pizca de Romeo y Julieta, una cucharadita de Edipo Rey -dije modestamente.
-Pero no sirve para fotografiar, muchacho. Tengo que hacer todo en dos horas. ¿Dónde voy a conseguir la man­sión rica?, ¿los automóviles?, ¿el convento pintoresco?, ¿el bosque florido?
-¿Dónde voy a conseguir -continuó Mónica Tutsi como si no me hubiese oído- los dos jóvenes rubios esbeltos de ojos azules? Nuestros artistas son todos medio mulatos. ¿Dónde voy a conseguir la carreta? Haz otra, muchacho. Vuelvo en quince minutos. ¿Y qué es eso de sofocleano?
Roberto y Betty están comprometidos y van a casarse. Roberto, que es muy trabajador, economizó dinero para com­prar un departamento y amueblarlo, con televisión en colo­res, combinado, heladera, lavarropas, enceradora, licuadora, batidora, máquina de lavar platos, tostadora, plancha automática y secador de cabellos. Betty también trabaja. Am­bos son castos. La fecha de casamiento ha sido fijada. Un amigo de Roberto, Tiago, le pregunta: ¿Vas a casarte virgen? Precisas iniciarte en los misterios del sexo. Tiago lleva entonces a Roberto a la casa de la Superputa Betatrón. (Aten­ción Mónica Tutsi, el nombre tiene una pizca de ficción cien­tífica.) Cuando Roberto llega verifica que la Superputa es Betty, su noviecita. ¡Oh!, ¡cielos!, sorpresa terrible. Alguien dirá, tal vez el portero: ¡Crecer es sufrir! Fin de la novela.
-Una palabra vale por mil fotografías -dijo Mónica Tutsi-, a mí me toca siempre la peor parte. Ya vuelvo.
Dr. Nathanael: Me gusta cocinar. Me gusta mucho también bordar y hacer crochet. Pero por sobre todo me gusta colocar­me un vestido largo de baile, pintar mis labios con rouge car­mesí, ponerme bastante colorete, pasarme rimmel en los ojos. Ah, ¡qué sensación! Es una pena que tenga que quedarme ence­rrado en mi cuarto. Nadie sabe que me gusta hacer esas cosas. ¿Estoy equivocado? Pedro Redgrave. Tijuca.
Respuesta: ¿Equivocado, por qué? ¿Estás haciendo mal a alguien con eso? Tuve ya otro consultante al que le gustaba vestirse de mujer. Llevaba una vida normal, productiva y útil a la sociedad, tanto que llegó a ser obrero modelo. Viste tus vestidos largos, pinta tu boca de escarlata, pon color en tu vida.
-Todas las cartas deben ser de mujeres -advirtió Peçanha.
-Pero ésa es verdadera -dije.
-No lo creo.
Le entregué la carta a Peçanha. La miró poniendo cara de tira que examina un billete groseramente falsificado.
-¿Crees que sea una broma? -preguntó Peçanha.
-Puede ser -dije-. Y puede no ser.
Peçanha puso cara de reflexión. Después añadió:
-Agrega en tu carta una frase animadora, como por ejem­plo, escribe siempre.
Me senté a la máquina.
Escribe siempre, Pedro, sé que ese no es tu nombre, pero no importa, escribe siempre, cuenta conmigo. Nathanael Lessa.
-Diablos -dijo Mónica Tutsi-, fui a hacer tu dramón y me dijeron que está calcado en un film italiano.
-Canallas, sucios babosos, sólo porque fui reportero de policiales me llaman plagiario.
- Calma, Virginia.
-¿Virginia? Mi nombre es Clarice Simone -dije-. ¿Qué cosa más idiota es esa de pensar que sólo las novias de los italianos son putas? Pues mira, ya tuve oportunidad de co­nocer una novia de esas bien serias, era hasta hermana de caridad, y fueron a ver: resultó que también era puta.
-Está bien muchacho, voy a fotografiar la historia. ¿La Betatrón puede ser mulata? ¿Qué es Betatrón?
-Tiene que ser pelirroja, pecosa. Betatrón es un aparato para la producción de electrones, dotado de gran potencial energético y alta velocidad, activado por la sección de un campo magnético que varía rápidamente -dije.
-¡Diablos! Ese es un nombre de puta -dijo Mónica Tutsi con admiración, retirándose.
Comprensivo Nathanael Lessa: He usado gloriosamente mis vestidos largos. Y mi boca ha estado roja como la sangre de un tigre y el despertar de la aurora. Estoy pensando en usar un vestido de satén e ir al Teatro Municipal. ¿Qué piensas? Ahora voy a hacerte una maravillosa y gran confidencia, pero quiero que mantengas el mayor secreto sobre mi confesión. ¿Lo juras? No sé si decirlo o no. Toda mi vida he sufrido las mayores desilusiones por creer en los otros. Soy, básicamente, una per­sona que no perdió su inocencia. La perfidia, la estupidez, el impudor, las canalladas, me chocan mucho. Oh, cómo me gus­taría vivir aislada en un mundo utópico hecho de amor y bon­dad. Mi sensible Nathanael, déjame pensar. Dame tiempo. En la próxima carta te contaré más, todo, tal vez. Pedro Redgrave.
Respuesta: Pedro. Aguardo tu carta con tus secretos, que prometo guardar en las arcas inviolables de mi recóndita conciencia. Continúa así, enfrentando altanero la envidia y la insidiosa alevosía de los pobres de espíritu. Adorna tu cuerpo sediento de sensualidad, ejerciendo los desafíos de tu corajuda mente.
Peçanha preguntó:
-¿Estas cartas también son verdaderas?
-Las de Pedro Redgrave lo son.
-Extraño, muy extraño -dijo Peçanha golpeando con las uñas en los dientes-, ¿qué es lo que crees?
-No creo nada -dije.
El parecía estar preocupado por algo. Me hizo pregun­tas sobre la fotonovela sin interesarse, no obstante, por las respuestas.
-¿Qué tal la carta de la cieguita? -pregunté.
Peçanha agarró la carta de la cieguita y mi respuesta y leyó en voz alta: Querido Nathanael: No puedo leer lo que tú escribes. Mi abuelita adorada me lee todo. Pero no pien­ses que soy analfabeta. Soy cieguita. Mi querida abuelita está escribiendo la carta por mí, pero las palabras son mías. Quiero enviar una palabra de consuelo a tus lectores, para que ellos, que sufren tanto con pequeñas desgracias, se mi­ren en mi espejo. Soy ciega pero feliz, estoy en paz, con Dios y con mis semejantes. Felicidades para todos. Viva el Brasil y su Pueblo. Cieguita Feliz. Camino del Unicornio. Nueva Iguazú. Postdata: Olvidé decir que también soy pa­ralítica.
Peçanha encendió un habano.
- Conmovedor, pero Camino del Unicornio suena a fal­so. Quedaría mejor que colocaras Camino del Catavento, o algo así. Veamos ahora tu respuesta.
Cieguita Feliz, felicitaciones por tu fuerza moral, por tu fe inquebrantable en la felicidad, en el bien, en el pueblo y en el Brasil. Las almas de aquellos que se desesperan en la adversidad deberían nutrirse de tu edificante ejemplo, un haz de luz en las noches de tormenta.
Peçanha me devolvió los papeles.
-Tu futuro está en la literatura. Esto es de gran escuela. Aprende, aprende, dedícate, no te desanimes, suda tu camisa.
Me senté a la máquina:
Tesio, bancario, vive en la Boca do Mato, en Lins de Vasconcelos; casado en segundas nupcias con Frederica; tie­ne un hijo, Hipólito, del primer matrimonio, Frederica se enamora de Hipólito. Tesio descubre el amor pecaminoso de los dos. Frederica se ahorca en el árbol de la quinta de la casa. Hipólito pide perdón a su padre, huye de su casa y vaga desesperado por las calles de la ciudad cruel hasta ser atropellado y muerto en la Avenida Brasil.
-¿Cuál es el condimento aquí? -preguntó Mónica Tutsi.
-Eurípides, pecado y muerte. Voy a contarte una cosa: co­nozco el alma humana y no preciso a ningún griego viejo para inspirarme. Para un hombre de mi inteligencia y sensibilidad basta con mirar a su alrededor. Mírame bien a los ojos. ¿Has visto ya alguna persona más alerta, más despierta?
Mónica Tutsi me miró bien a los ojos y dijo:
-Creo que estás loco.
Continué:
-Cito los clásicos apenas para mostrar mi conocimiento. Como fui reportero de policiales, si no hago eso los cretinos no me respetan. Leí millares de libros. ¿Cuántos libros crees que leyó Peçanha?
-Ninguno, ¿Frederica puede ser negra?
-Buena idea. Pero Tesio e Hipólito tienen que ser blancos.
Nathanael: Amo, un amor prohibido, un amor interdic­to, un amor secreto, un amor escondido. Amo a otro hom­bre. Y él también me ama. Pero no podemos andar por la calle tomados de las manos, como los otros, besarnos en los jardines y en los cines, como los otros, acostarnos abrazados en las arenas de las playas, como los otros, bailar en boites, como los otros. No podemos casarnos, como los otros, y juntos enfrentar la vejez, la enfermedad y la muerte, como los otros. No tengo fuerzas para resistir y luchar. Es mejor morir. Adiós. Esta es mi última carta. Haz rezar una misa en mi memoria. Pedro Redgrave.
Respuesta: ¡Vamos, Pedro! ¿Vas a renunciar ahora que encontraste el amor? Oscar Wilde sufrió como el diablo, fue desmoralizado, ridiculizado, humillado, procesado, conde­nado, pero aguantó. Si no puedes casarte, júntate. Hagan testamento, uno en favor del otro. Defiéndanse. Usen la Ley y el Sistema en vuestro beneficio. Sean, como los otros, egoís­tas, disimulados, implacables, intolerantes e hipócritas. Ex­ploten. Despojen. Es en legítima defensa. Pero, por favor, no hagas ningún gesto alocado.
Hice llegar a Peçanha la carta y la respuesta. Las cartas sólo eran publicadas con su visto.
Mónica Tutsi apareció con una muchacha.
-Esta es Mónica -dijo Mónica Tutsi.
-Qué coincidencia -dije.
-Coincidencia, ¿qué cosa? -preguntó Mónica, señalando al fotógrafo.
-Que tengan el mismo nombre -dije.
-¿Él se llama Mónica? -preguntó Mónica, señalando al fotógrafo.
-Mónica Tutsi. ¿También eres Tutsi?
-No. Mónica Amelia.
Mónica Amelia se quedó mordiéndose una uña y miran­do a Mónica Tutsi.
-Me dijiste que tu nombre era Agnaldo -dijo.
-Afuera soy Agnaldo. Aquí dentro soy Mónica Tutsi.
-Mi nombre es Clarice Simone -dije.
Mónica Amelia nos observó atentamente, sin entender nada. Veía a dos personas circunspectas, demasiado cansa­das para bromas, desinteresadas por el propio nombre.
-Cuando me case, mi hijo o mi hija se va a llamar Hei Psiu -dije.
-¿Es un nombre chino? -preguntó Mónica.
-O Fiu Fiu -silbé.
-Te estás volviendo nihilista -dijo Mónica Tutsi, retirán­dose con la otra Mónica.
Nathanael: ¿Sabes lo que es que dos personas se gusten? Eso éramos nosotros dos, yo y María. ¿Sabes lo que son dos personas perfectamente sincronizadas? Esas éramos noso­tros dos, yo y María. Mi plato preferido es arroz, poroto, coliflor, harina de mandioca y longaniza frita. ¿Imagina cuál era el de María? Arroz, poroto, coliflor, harina de mandioca y longaniza frita. Mi piedra preciosa preferida es el rubí. La de María, lo debes imaginar, era también el rubí. Número de la suerte 7, color el azul, día lunes, film de far-west, libro El Principito, bebida chop, colchón el Anatom, Club el "Vas­co da Gama", música el samba, pasatiempo el Amor, todo igual entre yo y ella, una maravilla. Lo que nosotros hacía­mos en la cama, muchacho, no es por ufanarme, pero si hubiésemos estado en un circo y cobrado entrada, nos vol­víamos ricos. En la cama ninguna pareja fue presa de tama­ña locura, resplandeciente, capaz de desempeño tan hábil,
imaginativa, original, obstinada, esplendorosa y gratificante como la nuestra. Y lo repetíamos varias veces por día. Pero no era sólo eso lo que nos unía. Si te faltara una pierna, continuaría amándote, me decía ella. Si fueras jorobada, no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueses sordomudo, con­tinuaría amándote, decía ella. Si fueras bizca no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueses barrigón y feo, continuaría amándote, decía ella. Si estuvieses toda marcada de viruela, no dejaría de amarte, respondía yo. Si fueses viejo e impo­tente, continuaría amándote, decía ella. Y estábamos inter­cambiando esos juramentos cuando una voluntad de ser verdadero me golpeó hondo como una puñalada y le pre­gunté: ¿si no tuviese dientes, me amarías? y ella respondió, si no tuvieses dientes continuaría amándote. Entonces me saqué la dentadura y la puse encima de la cama, en un gesto grave, religioso y metafísico. Nos quedamos
los dos mirando la dentadura, encima de la sábana, hasta que Ma­ría se levantó, se colocó el vestido y dijo: voy a comprar cigarrillos. Hasta hoy no volvió. Nathanael, explícame lo que sucedió. ¿El amor acaba de repente? Algunos dientes, míseros pedacitos de marfil, ¿valen tanto? Odontos Silva.
Cuando iba a responder, apareció Jacqueline y dijo que Peçanha me estaba llamando.
En la sala de Peçanha había un hombre de anteojos y barba.
-Este aquí es el Dr. Pontecorvo, que se dedica a... ¿a qué se dedica usted? -preguntó Peçanha.
-Investigación motivacional -dijo Pontecorvo-. Como le iba contando, nosotros hacemos un relevamiento de las ca­racterísticas del universo que estamos investigando. Por ejemplo, ¿quién es el lector de Mujer? Vamos a suponer que es la mujer de Clase C. En nuestras pesquisas anteriores ya investigamos todo sobre la mujer de Clase C, dónde compra sus alimentos, cuántas bombachitas tiene, a qué hora hace el amor, a qué hora ve televisión, los programas de televisión que prefiere, en fin, un perfil completo.
-¿Cuántas bombachitas tiene? -preguntó Peçanha.
-Tres -respondió Pontecorvo sin vacilar.
-¿A qué hora hacer el amor?
-A las 21.30 -respondió Pontecorvo rápidamente.
-Y, ¿cómo hacen ustedes para descubrir todo eso? ¿Lla­man a la puerta de Doña Aurora, entran en los monobloques del Instituto Nacional de Previsión Social; ella abre la puerta y ustedes dicen, buenos días Doña Aurora, a qué hora se pega su encamada? Oiga, amigo, estoy hace veinti­cinco años en este negocio y no preciso que nadie venga a decirme cuál es el perfil de la mujer de Clase C. Lo sé por experiencia propia. Ellas compran mi diario, ¿entiende? Tres bombachitas... ¡Ja!
-Usamos métodos científicos de investigación. Tenemos sociólogos, psicólogos, antropólogos, estadígrafos y mate­máticos en nuestro staff -dijo Pontecorvo, imperturbable.
-Todo para sacarles dinero a los ingenuos -dijo Peçanha con mal disimulado desprecio.
-Además, antes de venir para acá, reuní algunas infor­maciones sobre su diario, que supongo serán de su interés -dijo Pontecorvo.
-¿Cuánto cuesta? -preguntó Peçanha con sarcasmo.
-Esta información se la doy gratis -dijo Pontecorvo. El hombre parecía de hielo-. Nosotros hicimos una minipesquisa sobre sus lectores y, a pesar del tamaño reducido del muestreo, puedo asegurarle, sin lugar a dudas, que la gran mayoría, la casi totalidad de sus lectores, está compuesta por hombres de la Clase B.
-¿Qué? -gritó Peçanha.
-Eso mismo, hombres de la Clase B.
Primero, Peçanha empalideció. Después fue enrojecien­do hasta quedar morado como si lo estuviesen estrangulan­do, la boca abierta y los ojos desencajados; se levantó de su silla, caminó tambaleante, los brazos abiertos como un gori­la enfurecido en dirección a Pontecorvo. Una visión chocan­te, aun para un hombre de acero, como Pontecorvo, o para un ex reportero de policiales. Pontecorvo retrocedió ante el avance de Peçanha hasta que, de espaldas en la pared, dijo, intentando mantener la calma y la compostura:
-Tal vez nuestros técnicos se hayan equivocado.
Peçanha, que estaba a un centímetro de Pontecorvo, tuvo un violento temblor y, al contrario de lo que yo esperaba, no se tiró sobre el otro como un perro enloquecido. Agarró sus pro­pios cabellos con fuerza y comenzó a arrancarlos, mientras gri­taba farsantes, tunantes, ladrones, aprovechadores, mentirosos, canallas. Pontecorvo se escabulló ágilmente en dirección a la puerta, en tanto Peçanha corría detrás de él tirándole los me­chones de cabellos que había arrancado de su propia cabeza.
-¡Hombres! ¡Hombres! ¡Clase B! -gruñía Peçanha con aires de loco.
Después, ya serenado, creo que Pontecorvo huyó por las escaleras, Peçanha volvió a sentarse detrás de su escritorio y me dijo:
-Es a ese tipo de gente a la cual el Brasil está entregado; manipuladores de estadísticas, falsificadores de informacio­nes, bromistas con sus computadoras, todos creando la Gran Mentira. Pero conmigo no la van. Coloqué al hipócrita en su lugar, ¿no es cierto?
Dije cualquier cosa, concordando. Peçanha sacó la caja de matarratones de su cajón y me ofreció uno. Nos queda­mos fumando y conversando sobre la Gran Mentira. Des­pués me dio la carta de Pedro Redgrave y mi respuesta, con su visto bueno, para que la llevase a composición.
A mitad de camino, verifiqué que la carta de Pedro Redgrave no era la que yo le había entregado. El texto era otro:
Estimado Nathanael, tu carta fue un bálsamo para mi corazón afligido. Me dio fuerzas para resistir. No cometeré ningún acto enloquecido, prometo que...
La carta terminaba ahí. Había sido interrumpida en el medio. Extraño. No lo entendí. Algo andaba mal.
Me dirigí a mi mesa, me senté y comencé a escribir la respuesta a Odontos Silva: Quien no tiene dientes tampoco tiene dolor de dientes. Y, como dijo el héroe de la conocida pieza Papo Furado, no hubo nunca un filósofo que pudiese aguantar con paciencia un dolor de dientes. Además, los dientes son también instrumentos de venganza, como dice el Deuteronomio: ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie. Los dientes son despreciados por los dictadores. Recuerda lo que Hitler le dijo a Mussolini sobre un nuevo encuentro con Franco: Prefiero arrancarme cuatro dientes. Temes estar en la situación del héroe de aquella pieza Judo legal se no Fim Ninguem se Ferro sin dientes, sin gusto, sin nada. Consejo: ponte los dientes nuevamente y muerde. Si la dentellada no es buena, da gritos y puntapiés.
Estaba ya en la mitad de la carta de Odontos Silva cuan­do entendí todo. Peçanha era Pedro Redgrave. En vez de devolverme la carta en que Pedro me pedía que le mandase rezar una misa y que yo le había entregado junto con mi respuesta en la que hablaba sobre Oscar Wilde, Peçanha me había entregado una nueva carta, incompleta, ciertamente por error, y que debería llegar a mis manos por correo.
Tomé la carta de Pedro Redgrave y fui hasta la sala de Peçanha.
-¿Puedo entrar? -pregunté.
-¿Qué pasa? Entra -dijo Peçanha.
Le entregué la carta de Pedro Redgrave. Peçanha leyó la carta y percibiendo el error que había cometido empalide­ció, como era su costumbre. Nervioso, revolvió los papeles sobre su mesa.
-Todo era una broma -dijo después, intentando encen­der un habano-. ¿Estás enojado?
-En serio o en broma, me da lo mismo -dije.
-Mi vida serviría para escribir una novela... -dijo Peçanha-. Esto queda entre nosotros dos. ¿Está claro?
No sabía bien lo que él quería que quedase entre noso­tros dos, si el que su vida sirviera para escribir una novela o el hecho de ser Pedro Redgrave. Pero respondí:
-Claro, entre nosotros dos.
-Gracias -dijo Peçanha. Y soltó un suspiro que cortaría el corazón de cualquiera que no fuese un ex reportero de policiales.