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viernes, 19 de agosto de 2011

DAÑO CEREBRAL



 
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Todavía no había terminado de amanecer sobre el Camino Centenario, el que ya estaba saturado de automóviles que a poco descargarían a sus adormilados pasajeros en el corazón de la city. Hacía frío, podían verse las banquinas blancuzcas por la escarcha. Pero dentro del Nizzan la calefacción funcionaba a pleno. También el estéreo, que reproducía a todo gas un álbum de Los Redondos.
En un semáforo de Gonnet, una gota de sangre se desprendió rápidamente de su nariz y fue a dar de lleno sobre su pantalón gris, justo al lado de la bragueta. “La reputísima madre que lo parió” dijo en voz alta. Aspiró profundamente para evitar el goteo mientras sacaba un pañuelo del bolsillo interior del saco. Después de recibir dos o tres bocinazos arrancó, manejando con la mano derecha mientras con la izquierda trataba de contener la hemorragia.
En el distribuidor de tránsito la emergencia nasal parecía haber terminado. Desde los parlantes el Indio Solari pareció corroborarlo:

Junto a la hemoglobina me fui
ya no sangro más

Poco después estacionó frente a su consultorio de la calle 9. Antes de ingresar leyó una de las placas del frente, la que le correspondía y que otrora fuera un gran motivo de orgullo para él: “Emilio Lavand – Médico Psiquiatra”. Tocó dos timbres y Alba, la secretaria, accionó el cerrojo eléctrico. La saludó parcamente mientras tapaba la mancha del pantalón con su maletín. A continuación le indicó que le diera quince minutos –aunque no había nadie en la sala de espera- y pasó directamente al baño. Debía remojar esa mancha antes de que fuera demasiado tarde. Hecho lo cual -y ya en su escritorio- se sentó, abrió el maletín, sacó un tubito de esos en los que vienen los rollos fotográficos, lo destapó, pasó un papel sobre el vidrio y esparció un poco de polvo blanco. Tapó el tubito, volvió a guardarlo y tomó una tarjeta de crédito vieja con la que empezó a desmenuzar aquel polvo. Lo molió cuidadosamente, tomándose un buen tiempo. Sus fosas nasales así lo exigían. Debía ir pensando en otro método para metabolizar la cocaína si no quería quedarse sin nariz. Por el momento, la inhaló con su artesanal cañito de plata. Acto seguido, se sirvió una buena dosis de cognac francés, a esa hora de la mañana, mientras pensaba que su estómago tampoco era el que solía ser. En fin.
Mientras degustaba la copa, su mirada se posó sobre los certificados de títulos, cursos y especializaciones que colgaban pomposamente de la pared, insertos en lujosos marcos. “Demasiada chapa para un miserable”, pensó, y dio un buen trago.
Rato después Alba golpeó la puerta y le anunció que había llegado el señor Mailov.
-¿El señor quién?
-Mailov, ¿recuerda? Ese que llamó el otro día y dijo que quería disponer de una buena parte de su tiempo para desarrollar una terapia rápida y efectiva. Ese que dijo también que no importaban los honorarios, si usted se dedicaba full time a su problema.
-¿Ah, sí? Pero qué bien. Y dígame: ¿cómo luce?
-Como un cantante de country music, o algo así. Aparte, tiene un aire de locura, si es que a eso se refiere usted.
-¿Como un cantante de country?
–Véalo usted mismo. ¿Lo hago pasar?
-Ok, adelante. Veamos de qué se trata.
Alba abrió la puerta e hizo pasar al nuevo paciente. Este estiró la mano y con expresión sonriente y distendida, le dijo:
-Encantado de conocerlo, Doctor Lavand. Mi nombre es Daniel. Daniel Mailov.
-Mailov... curioso apellido. ¿De qué origen es?
-No sé, parece ruso. Pero me gusta pensarlo en inglés.
-Sería muy apropiado para un cantante de country.
-Probablemente. Pero lo que quería decir es que en inglés posee una connotación afectiva que me agrada, quizás por que el resto de mi persona carece por completo de ella.
-Y supongo que eso es lo que lo trae por aquí.
-Espere, espere, no se apresure. Creo que arreglé las cosas como para poder tomarme mi tiempo, ¿no? Recuerde que le pagaré lo que sea si consigue ayudarme.
Emilio se sintió avasallado por ese arrogante Daniel Mailov. Instintivamente contragolpeó:
-Y usted recuerde, señor Mailov, que cuando yo lo disponga doy por terminados tanto la sesión como el tratamiento.
-Por supuesto, doctor, usted lleva las riendas –dijo, con una especie de brillo irónico en sus ojillos sonrientes. Luego prosiguió: -Quizás no me haya expresado bien. Lo que intenté decir es que, dados su gran conocimiento y experiencia, ya debe haber deducido cuál es mi problema, y de este modo yo casi no tendría oportunidad de hablar.
-Mire, amigo, supongo que las artes adivinatorias son patrimonio de la parapsicología; yo soy un psiquiatra, así que necesito que me cuente cada detalle que pueda ayudarme a esclarecer su caso, por nimio o tangencial que pudiera parecerle. Si es por hablar, no se haga problema: ahora me callo y soy todo oídos.
-Bueno, no sé muy bien por donde empezar. Supongo que tampoco en eso soy muy original.
-Tómese su tiempo. Distiéndase. Recuerde que usted paga –dijo Emilio, secándose el sudor de la frente con el pañuelo, intentando ocultar con su mano las manchas de sangre. Le estaban viniendo esas exudaciones típicas del abuso de cocaína. El temblor de su mano le recordaba que muy pronto tendría que suministrarse otra dosis.
-Supongo que sería conveniente empezar por el principio –dijo Daniel. -Por el mero principio. Por ejemplo, contándole el primer recuerdo del que guardo memoria. Sí, creo que define bastante bien la impronta que luego determinaría mi destino.
-Adelante.
-Tendría poco más de un año. Me encontraba en un patio-galería de esos tan comunes por aquellos días, tirado contra una pared, cabeza abajo y con las piernas hacia arriba. De pronto miré mis pies, y en eso estaba cuando me formulé la pregunta por el ser.
-¿Cómo?
-Sí, doctor. En los términos en los que puede formularla un niño de tan corta edad, cuando comienza a configurar el mundo y encuentra patéticamente la oposición de su yo al resto de la realidad. En esos términos, como le decía, me preguntaba –voy a decirlo con mi actual capacidad de verbalización, sólo intento darle traslado de la sensación- ¿Qué es esto? Y después ¿Por qué esto es así y no de cualquier otra forma o modo? ¿Y por qué no nada? Toda esa cuestión no tardó en obsesionarme. Aunque imagino, doctor, que tampoco en esto soy muy original.
Emilio quedó demudado. Tomó el tubito del maletín y entró al baño. Mientras inhalaba repetidamente, pensaba “ese mal nacido no ha hecho otra cosa que referirme MI primera reminiscencia. Y para colmo dice haberle dado la misma entidad que yo le conferí con el paso de los años. ¿Se estará burlando de mí?”
Se lavó la cara. Luego se miró en el espejo, torciendo con sus dedos la punta de la nariz hacia arriba para cerciorarse del lamentable estado de sus mucosas. Intentó tranquilizarse, argumentando para sí que la droga, aparte de destrozarle la nariz y el cerebro, lo estaba poniendo paranoico. Debía tratarse de una coincidencia. Aparte, como aquel insoportable de Mailov decía, después de todo tal vez no fuera algo tan inusual, quizás fuera sólo una instancia común en el desarrollo evolutivo de la psiquis. De todos modos debía volver allá y enfrentar a aquel precoz metafísico. Así lo hizo.
-Bueno, disculpe la interrupción.
-No es nada, doctor, sé muy bien que hay circunstancias que no pueden esperar –respondió con aquella ironía que ya enervaba a Emilio. “¿Acaso se habrá dado cuenta?” se preguntó éste, e inconcientemente llevó su mano a la nariz para quitarse cualquier eventual resto que lo delatara. Mailov, en tanto, sonreía, como si hubiera estado al tanto de la maniobra. Al cabo, continuó con su historia. -Después, con el paso del tiempo, a medida que mis dotes perceptuales e intelectuales se fueron haciendo más complejas, desarrollé una verdadera crisis de contingencia. ¿Por qué ese rostro en el espejo y no cualquier otro? ¿Por qué esa madre y no otra? ¿Por qué esa casa, esa ciudad, ese lenguaje, ese planeta y no cualesquiera otros? Era, probablemente, una manía como tantas, pero su carácter permanente y obsesivo me impedía disfrutar de lo que fuere. Lamento aburrirlo, Lavand, todo esto debe ser figurita repetida para usted, en este consultorio.
-No vaya a creer. La mayoría de la gente que viene aquí lo hace por consultas acerca de problemas familiares, económicos, sociales, cuando no por enfermedades más somáticas y mucho menos espirituales, créame. Casos como el suyo no abundan. A no ser que a poco andar asocie eso que usted llama “crisis de contingencia” con problemáticas más comunes –ni loco iba a decirle que una idéntica preocupación lo había desvelado toda su vida.
-Bueno, probablemente esa modalidad mía me haya impedido, como le decía, el goce de cosas tan simples y placenteras como pueden ser, por ejemplo, los juegos infantiles. No era que no tuviera camaradas, o que me faltaran juguetes. Sólo que no me interesaban. Desarrollé entonces la habilidad de fingir entusiasmo por diversas cosas o actividades, únicamente para evitar males mayores, como podrían haber sido discursos por parte de mis padres o abuelos, gabinetes psicopedagógicos o quién sabe que otra clase de torturas para un niño contingente en una sociedad arbitraria perteneciente a un improbable universo.
-O sea que constituyó una especie de yo social standard para evitarse malos tragos.
-Algo así, porque figúrese: mi personalidad ficticia era tan contingente como la otra, podríamos decir, esencial. Desde este punto de vista, ambas eran ficticias. Lo que me convertía en una isla de nada en medio de un infinito mar de posibilidades y en la cual, finalmente, jamás podría cimentar nada. Al menos nada que pudiera ser válido para mí.
-Muy poético.
-Gracias. Hablando de poesía, ya que usted lo trajo a cuento, he de decirle que los libros fueron la única cosa que, aún mínimamente, despertaba mi interés. Tal vez fuera su carácter intermedio entre realidad e idea, no sé. La cosa es que empecé a pasar mucho más tiempo entre los libros que con mis congéneres. En todo caso, su existencia ideal les permitía configurar tantas apariencias, entornos y circunstancias como lectores se asomaran a su historia. Obvio que se trataba de lectores tan contingentes y fantasmáticos como ellos mismos, quizá más, pero completamente inconcientes de su inconsistencia. Fíjese que llegué a considerar en un momento como buenos los intentos que algunos autores han realizado de vincular estas modalidades del ser, como por ejemplo Pirandello, Wim Wenders, Woody Allen… pero luego realmente me pareció que éstas no eran más que meras quimeras que pretendían construir puentes de aire entre dos alucinaciones. Bueno, creo que me fui del tema. El punto es que esa creencia a pie juntillas en lo inmediatamente dado que todas las personas parecían mantener, comenzó a generar en mí una suerte de misantropía. Mas de cualquier manera, a ultranza, tanto la literatura como mis enconos personales también estaban viciados de contingencia.
Emilio tragó saliva. Daniel no hacía más que dar voz a oscuros recuerdos de su infancia y primera adolescencia. Hizo un gran esfuerzo para seguir denotando únicamente interés profesional. Daniel continuó:
-Hasta que cuando tenía más o menos quince años, leí aquella frase de Baudelaire que se refería a “la aguda punta del infinito”. Me sentí completamente expresado por ella, de tal modo que ninguno de los abigarrados sistemas filosófico-metafísicos que posteriormente abordé consiguieron interesarme un ápice. Si algo tan tangible como un plato de sopa me llamaba a equívoco, puede imaginarse esa sarta de abstrusas lucubraciones.
-A mí me lo va a decir...
-¿Cómo dice, doctor?
-Nada, que tengo una impresión parecida respecto de esos sistemas –minimizó Emilio, haciendo un gesto despectivo con la mano. Ya no le importaba mucho aquel paciente, ni ningún otro, ni el futuro de su consultorio, ni su carrera profesional. ¡Eran tan eventuales! Entonces hizo algo que nunca antes se había permitido durante una sesión, aunque varias veces había tenido ganas.
-Daniel, ¿le importaría si me sirvo un poco de cognac?
-Para nada, y mucho menos si me sirve uno a mí también. ¿Puedo pasar al baño?
-Sí, cómo no. Adelante.
Emilio sirvió dos copas generosas, y mientras aguardaba se preguntó si no debía sincerarse con aquel extraño paciente, tan parecido a él, y comentarle lo analogable de sus experiencias. Inmediatamente desechó la idea. Se trataba de una sesión entre un médico psiquiatra y su paciente –una muy bien paga por cierto- y no de una charla de bar. Aunque ya compartían copas.
Daniel salió del baño hurgando en su nariz y efectuando cortas y profundas inspiraciones por la misma. Parece que también eso tenían en común. “¡A la porra!” pensó Emilio, y entró en el sanitario a por su parte.
Nuevamente en situación, Daniel continuó:
-El resto de la historia puede ser brevemente sintetizado.
-No haga síntesis, expláyese a gusto –dijo Emilio, sintiéndose bien con la nariz y los dientes dormidos y degustando el cognac.
-Como guste, doctor. El hecho de que me mantuviera espiritualmente apartado de todo y de todos, me permitió idear y establecer estrategias mucho más efectivas que cualquiera que pudiere ser desarrollada por personas hundidas de pies y manos en su ilusoria configuración. Eso me permitió un rápido y significativo crecimiento en mis actividades profesionales.
-Habrá sido por eso de que la actividad desapasionada suele ser más eficiente.
-Ya lo creo. Pero también esa lejanía fue lo que hizo aflorar algunas zonas oscuras.
-Creo que puedo imaginarlas.
-¿A ver? –Desafió Daniel.
-No estoy aquí para jugar charadas. Dígamelas usted.
-Ok, usted manda. Me refiero a las mujeres.
-Lo sabía.
-¿Es usted muy agudo o yo muy previsible?
-Digamos que se trata de una pieza fundamental que aún no había entrado en el juego –todavía no estaba dispuesto a manifestar la similitud de sus experiencias.
-Muy suspicaz –observó Daniel. -Supongo entonces que no hará falta que diga que, inmerso en una realidad difusa, las mujeres se me aparecían como la esencia de lo mutable. La donna é móbile, ¿no? Bueno, creo que gracias a mi prestigio, mi dinero, una apariencia no muy desagradable y sobre todo a mi indiferencia, tuve acceso a muchas de ellas.
-Lo descuento.
-Sí, tal cual; pero ninguna de ellas era capaz de despertar en mí un interés real, siquiera momentáneamente.
-Muy propio de usted, de acuerdo a sus antecedentes.
-Lo que sí consigue gratificarme es el sexo. Lo efímero del éxtasis que produce en cierto modo me hace acordar al carácter inaprensible de cualquier mundo en el seno de ese infinito cuya punta, como a Baudelaire, me lacera de continuo. Sumido entonces en una suerte de gozosa experimentación, no tardé en caer en prácticas orgiásticas cada vez más desaforadas. Usted me entiende, doctor. Cada vez más mujeres, más alcohol, más cocaína y otros estimulantes.
-Ese es, pues, su problema. Por eso está aquí.
-No, mi estimado amigo. ¿Cómo habría de preocuparme por una entelequia llamada Daniel Mailov? –Y con aire misterioso, agregó: -Estoy aquí para cerrar un círculo.
Emilio, ya totalmente exasperado, sacó el tubito del bolsillo y arrojó un buen montículo sobre el vidrio del escritorio. Entre tanto, muy sonriente, Daniel volvió a llenar las copas.
-Bueno –reconoció finalmente Emilio-, parece ser que tenemos problemas muy parecidos.
-Yo diría que los mismos –respondió Daniel, que con desfachatez comenzaba a peinar unas líneas. Luego de aspirar y beber con avidez, Daniel siguió hablando, pero Emilio ya no lo escuchaba. Se había quedado conmovido con las últimas dos frases de su “paciente”. Estoy aquí para cerrar un círculo, había dicho. Y luego Yo diría que los mismos, refiriéndose a los problemas de ambos. “Daniel Mailov”, pensó, y tuvo una desconcertante idea. Tomó su bolígrafo y escribió:

Rp.
EMILIO LAVAND

DANIEL MAILOV 
 

 
Comparó las letras de los dos nombres. Era un perfecto anagrama. Una ira tremenda, acicateada por la cocaína, lo invadió. El cerebro le hormigueaba, el cosquilleo era casi insoportable, debería tener como veinticinco de presión. Saltó de su silla y tomó del cuello a aquel miserable. Apretó, apretó, mientras Daniel no se defendía en modo alguno. Simplemente, continuaba sonriendo, sin manifestar el menor dolor o sofocación.
-¡Hijo de mil putas! –Le gritó.- Contingente o no, hasta aquí llegaste!
Cuando le pareció que su sosia había muerto, oyó que la puerta abriéndose. Alba le preguntó un tanto alarmada si se encontraba bien. “Sí, váyase” –le respondió cortante. Tomó su copa de cognac y la llevó a su boca. Las manos le temblaban de tal manera que volcó buena parte de su contenido. Estaba temblando incontrolablemente, tanto por el nerviosismo como por la fuerza que había empleado para estrangular a... ¿a quién? ¡Allí no había nadie! ¡NADIE! ¿Pero qué era todo aquello? ¿Acaso sus crisis de inconsistencia estaban comenzando a abrir VERDADERAS brechas? Acabó la copa con desesperación, tuvo un vahído y se desplomó en la silla. Al cabo de unos momentos abrió los ojos, y ya no reconoció nada. Ni su nombre, ni el lugar en el que estaba, ni ese polvo blanco diseminado en líneas irregulares sobre aquel escritorio. Ni aquella mujer que abría la puerta para dejar pasar a esos hombres de guardapolvo verde agua que le hablaban en tono tranquilizador, y a los que se entregó dócilmente para que lo llevaran a un pabellón que, de haber podido, lo habría reconocido como el mismo que años atrás había sido escenario de sus prácticas.