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jueves, 25 de agosto de 2011

El comodín

El comodín
Kjell Askildsen (Noruega)
Una noche de sábado, hacia finales de noviembre, me hallaba solo en casa con Lucy. Yo estaba sentado en un sillón junto a la ventana, y ella estaba sentada junto a la mesa del comedor hacien-do un solitario; llevaba algún tiempo haciendo solitarios, y yo no sabía la causa; pensaba que quizá tenía miedo de algo. Hace mucho calor, dijo Lucy, podrías abrir un poco la ventana. Le di la razón en que hacía algo de calor, y además, fuera no hacía nada de frío, de manera que abrí la ventana. Daba al jardín de la parte posterior de la casa y a un bosquecillo. Me quedé un rato de pie escuchando el suave rumor de la lluvia. Tal vez fuera esa la razón, la lluvia suave y el silencio, lo cierto es que sucedió lo que sucede de vez en cuando: se te viene encima un gran vacío, es como si lo absurdo de la existencia se te deslizara hacia el interior y se exten¬diera como un inmenso y desnudo paisaje. Ya puedes cerrar si quieres, dijo Lucy, aunque yo
seguía mirando por la ventana. Voy a dar un paseo, dije. ¿Ahora?, preguntó. Cerré la ventana. Sólo un pequeño paseo, dije. Ella continuó con su solitario, sin levantar la vista. En la entrada me puse el impermeable y el gorro de lluvia que sólo utilizo para trabajar en el jardín cuando hace mal tiem-po. Tal vez por eso bajé al jardín en lugar de salir a la carretera. Fui hasta el fondo, donde solíamos cultivar col y había un pequeño banco, que databa de antes de que Lucy heredara la casa. Me senté bajo la lluvia en la oscuridad y me puse a mirar las ventanas iluminadas. Una leve pendiente del jardín me impedía ver a Lucy, y sólo me permitía contemplar el techo y la parte superior de las paredes. Al cabo de un rato hacía demasiado frío para permane¬cer sentado. Me levanté, quería trepar la valla y cruzar el bosquecillo hasta la carretera, a la altura de la oficina de correos. Pero al llegar a la valla me volví, y entonces vi la
sombra de Lucy en la pared interior y un trozo del techo. Me preguntaba cómo podía ser, cuál era la fuente de luz que hacía que la sombra cayera jus¬tamente allí. Me subí a la valla por donde podía agarrarme a la rama inferior de un gran roble; desde allí podía ver a Lucy senta¬da junto a la mesa. Delante de ella ardía una vela, y en una mano llevaba algo que también ardía, pero resultaba imposible ver de qué se trataba. Luego la llama desapareció y Lucy se levantó; en ese momento tuve la sensación de que toda la habitación se que¬daba en penumbra. Al instante, Lucy había desaparecido de mi campo de visión. Esperé un rato, pero ella no volvió. Bajé de la valla de un salto por el lado exterior y me interné en el bosquecillo, preguntándome qué era lo que había quemado. De alguna manera me sentía encandilado, sé que era justamente lo que sen¬tía porque la idea me dejó algo perplejo, incluso me pregunté de dónde procedía
el verbo «encandilar». Seguí el sendero y salí al aparcamiento de gravilla que había detrás de la oficina de correos, allí me paré a sopesar los pros y los contras, y luego volví por el mismo camino, no era muy largo, sólo unos doscientos metros, y enseguida me encontraba otra vez junto a la valla.
Me quedé un buen rato en la entrada y cuando llegué al cuar¬to de estar, Lucy estaba haciendo un solitario. Levantó la vista de los naipes y me dirigió una sonrisa. No había rastro de velas sobre la mesa ni restos de papel quemado en el cenicero. ¿Bueno?, dijo ella. Llueve, contesté. Ya lo sabías, dijo ella. Sí, contesté. Me senté junto a la ventana. Miré hacia el jardín, pero sólo me encontré con el reflejo de la habitación, y el de Lucy. Un rato después, sin levantar la vista de los naipes y con una voz completamente coti¬diana, dijo: Sólo tengo que pellizcarme el brazo para saber que existo. Incluso para ser Lucy era una afirmación muy puntual, y si yo la tomé como una acusación, se debía a esa sensación que tenía de haber sido engañado, una sensación que no se había esfumado al volver a casa y comprobar que todas las huellas de lo que había visto desde la valla habían sido borradas. Estuve a punto de contestarle
irónicamente, pero me controlé. No dije nada, ni siquiera me volví hacia ella, sino que continué mirando su reflejo en el cristal de la ventana. Empezó a recoger los naipes, todavía sin levantar la vista. Yo tenía una fuerte sensación de rigidez en el rostro. Lucy guardó la baraja en el estuche y se levantó lentamen¬te. Me miró. Era incapaz de volverme, estaba totalmente encerra¬do en la sensación de haber sido ultrajado. Dijo: Pobre Joachim. Y se fue. Oí que abría el grifo de la cocina, luego sonó la puerta del dormitorio, y a continuación se hizo el silencio. No sé cuánto tiempo permanecí desmenuzando con amargura sus últimas pala¬bras, tal vez varios minutos, pero finalmente mis pensamientos tomaron otra dirección. Me levanté y me acerqué a la chimenea. Estaba tan limpia de cenizas como lo había estado todo el día. Quise ir a la cocina y mirar el cubo de la basura, pero vacilé por miedo a que Lucy me sorprendiera. ¿Y
qué? me dije, no sabe que la he visto. Abrí la puerta del armario de debajo del fregadero, y en el cubo de la basura podía verse la esquina de un naipe que¬mado. Lo cogí y me puse a darle vueltas, indeciso y confuso. Las preguntas se enmarañaban en mi interior, ¿había cogido una vela con el fin de quemar un naipe? ¿Uno de esos naipes con los que hacía solitarios? ¿Por qué una vela? ¿Por qué quemar un naipe? ¿Por qué había vuelto a dejar la vela en su sitio? ¿Qué naipe? A la última pregunta tal vez pudiera encontrar la respuesta. Dejé caer el naipe quemado al cubo de la basura y volví al cuarto de estar. La baraja aún estaba en la mesa; saqué los naipes y los conté: cin¬cuenta y tres. Había un solo comodín. Había quemado un como-dín. Miré el que aún estaba intacto: un bufón guiñando un ojo mientras se sacaba un as de corazones de la manga. Me metí el naipe en el bolsillo con un confuso sentimiento de venganza y luego
volví a colocar la baraja en el estuche.
Cuando una hora más tarde fui a acostarme, Lucy ya estaba dormida. Permanecí mucho tiempo despierto, y a la mañana siguiente me acordaba de todo. Llovía. Intentaba imaginarme que era una mañana de domingo cualquiera, pero no lo conseguía. Desayunamos en silencio, es decir, Lucy mencionó un par de asuntos triviales, pero yo no contesté. Entonces dijo: «no hace falta que te calles por mí». En ese instante, todo se volvió negro en mi interior. Tenía el cuchillo en la mano, y golpeé el mango con tanta fuerza contra el plato que estalló. A continuación me levanté y salí de la habitación gritando: ¡pobre Joachim, pobre Joachim!
Unas horas más tarde volví a casa. Había pensado decirle que lamentaba el no haber sido capaz de controlarme. La casa estaba oscura. Encendí las luces. En la mesa de la cocina había una nota en la que ponía: Sí. Te llamaré mañana u otro día. Lucy.
Así salió de mi vida. Después de ocho años. Al principio me negué a creerlo, estaba seguro de que al cabo de un tiempo se daría cuenta de que me necesitaba tanto como yo a ella. Pero no se dio cuenta, ahora ya lo sé, tengo que admitirlo, no era la que yo pensaba que era.

Kjell Askildsen (Noruega)
Breve reseña sobre su obra
Escritor noruego nacido en Mandal en 1929.
Su primer libro se tituló Desde ahora seré yo quien te lleve a casa (1953). Ha recibido el Premio de la Crítica en Noruega, 1983 por Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, y por Un vasto y desierto paisaje y el Premio Riksmål 1987 por Un súbito pensamiento liberador. Tanto estas obras, como Los perros de Tesalónica han sido traducidas al español y publicadas por la editorial española Lengua de Trapo.

El comodín pertenece a El Vikingo afeitado: relatos de escritores nórdicos, publicado por Ediciones de la Torre.