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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Contar un cuento


Augusto Roa Bastos (Paraguay) 
a Olga Blinder

-¿Quién me puede decir que eso no sea cierto? -farfulló pausada¬mente, con su habitual tono entre sarcástico y circunspecto, adelantán¬dose a una improbable objeción sobre lo que acababa de decir y que re¬sultaba increíble aun contado por él.
-Pero hay una realidad que no se puede falsear impunemente -apun¬tó alguien no con ánimo de rebatirle, desde luego, sino de aguijonear¬lo un poco.
-¿Cómo? -se hizo repetir la frase apantallándose la oreja con la ma¬no, despectivamente-. Claro, eso que la gente satisfecha llama la ver¬dad de las cosas. ¡Ahí los quiero ver! ¿Alguien ha vivido demasiado pa¬ra saber todo lo que hay que saber? ¿Y qué es lo que al final le queda al que más sabe? Esto... -dijo haciendo sonar las uñas con el gesto irriso¬rio de matar una pulga-. ¿Quién puede adivinar los móviles de los ac¬tos más simples o más complicados y desesperados? El que estemos aquí como moscas friolentas esperando algo que no se produce, reuni¬dos nada más que por la fuerza de la costumbre. El de ese hombre de barrio de emergencia que comienza a devorar a su mujer a dentelladas ante un centenar de vecinos aterrorizados a los que amenaza con un re¬vólver. ¿Locura de amor, de celos? ¿Aberraciones de un paladar cansa¬do del guisote casero? Ahora está de moda hablar de la realidad. Típi¬co reflejo de inseguridad, de
incertidumbre. La gente quiere ver, oler, tocar, pinchar la burbuja de su soledad. ¿Pero qué es la realidad? Por¬que hay lo real de lo que no se ve y hasta de lo que no existe todavía. Para mí la verdad es la que queda cuando ha desaparecido toda la rea¬lidad, cuando se ha quemado la memoria de la costumbre, el bosque que nos impide ver el árbol. Sólo podemos aludirla vagamente, o so¬ñarla, o imaginarla. Una cebolla. Usted le saca una capa tras otra, y ¿qué es lo que queda? Nada, pero esa nada es todo, o por lo menos un tufo picante que nos hace lagrimear los ojos. Toquen la punta de esta mesa, o una tecla en el piano. ¿Hay algo más fantástico que el tacto de la madera en la yema de un dedo, que ese sonido que vibra un momen¬to y se apaga?... -se puso los dedos sobre los labios para desinflar des¬pacito la pompa de un eructo-. ¿Y la vida de un hombre? ¿Pero es que alguien sabe de ese condenado a muerte algo más que los garabatos que
deja arañados en las paredes de su celda? Y a veces esos borrones des¬pistan todavía más porque los cargamos con nuestra propia agonía o indiferencia... -el picor de la acidez se le demoró un instante en el fruncimiento del ceño, en la comisura de los labios.
Nos miramos disimuladamente: era muy raro que el gordo se pusie¬ra patético o sentimental. Ahora mismo sus ojillos semicerrados des¬mentían, sardónicos, sus palabras.
-¿Saben lo que pasa? Se habla demasiado. El mundo está envenena¬do por las palabras. Son la fuente de la mayor parte de nuestros actos fallidos, de nuestros reflejos, de nuestras frustraciones. La palabra es la gran trampa. Es muy cierto eso de que empezamos a morir por la bo¬ca como los peces. Yo mismo hablo y hablo. ¿Para qué? Para sacar nue¬vas capas a la cebolla. Por ahí no se va a ningún lado. Habría que en¬contrar un nuevo lenguaje, y mejor todavía un lenguaje de silencio en el que nos podamos comunicar por levísimos estremecimientos, como los animales -¿no se dan cuenta qué libres son ellos?-, por leves altera¬ciones de esta acumulación de ondas congestionadas que hay en noso¬tros como un forúnculo a punto de reventar. Un pestañeo apenas visi¬ble resumiría todos los cantos de la Ilíada, incluso los que se perdieron. Un pliegue de labios, todo Dante, Shakespeare, Goethe, Cervantes, tan aburridos e ilegibles ya. Los gestos
más largos expresarían los hechos más simples: el hambre, el odio, la indiferencia. El amor sería aún más simple: una mirada y en esa mirada, un hombre y una mujer desnudos, desnudos de veras, por dentro y por fuera, pero conservando todo su misterio... ¡Qué sé yo! No se sabe nada de nada. En esta carrera nadie tiene la precisa. Pónganle la firma... -su expresión volvía a ser apacible, neutra-. Si en el país de los ciegos te falta un ojo, quítate el otro, solía decir mi abuelo, un viejo alcahuete que supo andar en la lluvia sin mo¬jarse. Y tenía razón. Lo que no quiere decir que un ciego sea precisa-mente el testigo de lo invisible, aunque a veces... -se interrumpió como si de pronto se le hubiese escapado la idea que quería expresar; y tras una pausa, semblanteándonos fijamente uno por uno-: Ya Séneca decía hace dos mil años: "¿Con quién podríamos comunicar?" ¿Y qué corno sé yo, por qué no se lo preguntan a Mongo?
El mismo tenía un aire de apacible, inerte, fofa irrealidad. Aun en el momento de hablar y mover unas manos pálidas y blanduzcas de pianis¬ta en relâche. Obeso y enorme, desbordaba el sillón en que se había arre¬llanado. Su cuerpo estaba anclado en algo más que en el peso de la car¬ne y su invencible molicie. El mismo aire que se cernía sobre él parecía aplastarlo, deformarlo, hinchándolo y deshinchándolo desde adentro en la respiración. En el semblante apoplético la boca, que no había perdido del todo su bello dibujo, era lo único que resistía la devastación. Ence¬rrados en la masa de tejido adiposo parecía haber dos hombres que no querían saber nada entre sí. Habían crecido juntos, se habían fundido fi¬nalmente, pero aún trataban de contradecirse, de ignorarse, y ya ningu¬no de los dos tenía remedio, al menos el uno en el otro. La ronca y mo¬nótona voz servía sin embargo a uno y otro, por igual, sin favoritismos.
-Para qué entonces preguntar, explicar nada -agregó tras una pausa en la que estuvo mordisqueando la despachurrada punta del cigarro-. Leonardo hizo un león. Daba algunos pasos, luego se abría el pecho y lo mostraba lleno de libros. Y ese león... -pero volvió a callarse. Sobre la cara abotagada jugaba una sonrisa muerta.
Creo que ninguno de nosotros pensaba en alguna objeción en ese instante, ya olvidados del cuento que había comenzado a relatar a pro¬pósito de unos emigrados que consiguen asesinar al embajador de su país con la ayuda de un ciego. El gordo sostenía que el ciego había apu-ñalado al militarote, sentenciado desde hacía mucho tiempo por sus ac¬tos de sevicia y por haber organizado y dirigido el aparato de represión del régimen. El atentado y el crimen eran absurdos e increíbles, según el relato del gordo. Pero a él no se le podían refutar sus ocurrencias. Había que oírlo simplemente. No porque fuera incapaz de escuchar a su vez sino porque uno lo sentía impermeable a las opiniones, a la in¬credulidad de los demás. No era quizás egoísmo o infatuación. Era un desinterés, una indiferencia parecida a la desesperanza, que él trataba de disimular con el humor de un sarcasmo vuelto otra vez inocente. Más de una vez sospeché que era un
poco sordo y que se defendía de esa manera de la humillación de admitirlo.
Lo que acababa de decir, por ejemplo, no tenía ninguna relación con lo que anteriormente estaba diciendo. Pero él saltaba así de un tema a otro sin transición, o buscándonos el "palpito" en medio de bruscas interrupciones, de largos e impenetrables silencios, entre sor¬bo y sorbo de ginebra, tras los cuales hacía girar la copa con una es¬pecie de rítmico tecleo de sus uñas en el vidrio. Nunca se sabía cuán¬do decía un chiste o recordaba una anécdota, ni en qué momento concluía un cuento y empezaba otro sacándolo del anterior, "despe¬llejando la cebolla". Pero nunca conseguimos hacerle contar por qué había dejado su carrera de concertista de piano, en la que llegó a al¬canzar cierto renombre, luego de aquella gira por las ciudades del in¬terior en la que se vio envuelto en un absurdo lío con la esposa de un gobernador. Lo que se sabía era vago e incierto, y a pesar del escandalete que adobaron en su momento algunos diaruchos de
provincia, era casi seguro que a él no le cupo otra culpabilidad que la que la con¬fabulación de las circunstancias pudieron atribuirle. Habían pasado muchos años. Él nunca quiso hablar de eso. Cuando alguien insinua¬ba la cosa, se quedaba callado. Los ojillos enrojecidos, que parecían no tener iris, parpadeaban lacrimosos, renuentes, y se quedaban amo¬dorrados un largo rato. Pero uno de nosotros descubrió una vez, en¬tre las páginas de un diccionario de música, la fotografía de una her¬mosa mujer con una dedicatoria un poco cursi e ingenua que delata¬ba a la dama provinciana de la historia. Un tiempo después la foto¬grafía desapareció también, y en su lugar el gordo colocó una obsce¬na viñeta recortada de cualquier revista de pornografía barata, para irrisión de futuras indiscreciones.
No teníamos más remedio que aguantarlo. Lo escuchábamos impa¬cientes y ávidos porque siempre podíamos aprovechar algo en nuestras colaboraciones para las revistas. Su repertorio era inagotable. Jamás re¬petía sus cuentos. Creo que los inventaba y olvidaba adrede. Nosotros traficábamos con su desmemoriada prodigalidad, si bien casi siempre teníamos que imaginar y reinventar lo que él imaginaba e inventaba, completando esas frases que se comía, esas palabras que eran inentendibles gorgoteos, esos silencios cargados de astuta intención, abiertos a toda clase de pistas falsas y contradictorias alusiones. El se divertía a nuestra costa, eso era seguro, atormentándonos con su endiablada, vo¬luble, casi indescifrable manera de contar. El gordo se reiría en sus adentros de nosotros, pero el irregular balanceo de su abdomen lo di¬simulaba muy bien.
Esa noche no éramos muchos. Tres o cuatro a lo sumo. Hacía calor. Estaba más lúcido e inerte que de costumbre. Hablaba, bebía y calla¬ba. La gruesa nariz y la frente que se extendía hacia la calva orlada de ralos cabellos grises estaban punteadas de incontables gotitas. Se pasa¬ba la mano, borroneaba la floja piel, pero las puntitas volvían a brotar en seguida. Me parece estar viéndolo todavía.
Contó varios cuentos. Quizá fueran uno solo, como siempre, desdo¬blado en hechos contradictorios, desgajado capa tras capa y emitiendo su picante y fantástico sabor. Luego de la alusión a la realidad insonda¬ble y al león lleno de lirios de Leonardo Da Vinci, empezó a relatarnos la historia del hombre que había soñado el lugar de su muerte. La con¬tó de un tirón, sin más interrupciones ni digresiones. El hombre vio en sueños el lugar donde había de morir. Al principio no se entendía muy bien dónde era. Pero el gordo, contra su costumbre, se explayó al final en una prolija descripción. Contó que el hombre vivió después tem¬blando de encontrarse en la realidad con el sitio predestinado y fatal. Contó el sueño a varios amigos. Todos coincidieron en que no debía darse importancia a los sueños. Acudió a un psicoanalista que sólo con¬siguió aterrarlo aún más. Acabó encerrándose en su casa. Una noche re¬cordó bruscamente el
sitio del sueño. Era su propio cuarto en su casa.
La voz del gordo se quebró en un ronquido. Señaló algo con la ma¬no, delante de sí. Giramos la mirada siguiendo el gesto torpe y pesado, sin comprender todavía. No había nadie en el hueco de la puerta, pe¬ro por un instante yo sentí en la nuca una ráfaga fría. Pensamos en al-guna nueva ocurrencia del gordo. Sólo cuando nos volvimos hacia él comprendimos de golpe: lo que el gordo había descrito punto por pun¬to era el cuarto en que estábamos. Tenía la cara pálida, viscosa. El hú¬medo cigarro se le había caído sobre el pecho que ahora ya no se ha-macaba en el blando jadeo. Los ojillos vidriosos se hallaban clavados en nosotros con una burlona sonrisa.

Augusto Roa Bastos (Paraguay) 
Breve reseña sobre su obra
Augusto Roa Bastos nació en el pueblo de Iturbe, Paraguay, en 1917, donde vivió en contacto con la naturaleza y la vida campesina. Sólo hizo estudios primarios. Participó en la Guerra del Chaco y fue corresponsal en Europa y África durante la Segunda Guerra Mundial. A partir de 1947 vivió, durante muchos años, exiliado en Argentina. Falleció el 26 de abril de 2005.
Roa Bastos inició su actividad literaria como poeta. En 1942 publicó El ruiseñor de la aurora y otros poemas. Dieciocho años después aparece El naranjal ardiente. Pero su reconocimiento vendra a través de sus cuentos: en 1953 apareció publicado El trueno entre las hojas al que le seguirán El baldío (1966), Los pies sobre el agua (1967), Madera Quemada (1968), Moriencia (1969), Lucha hasta el alba (1979). 
Entre sus novelas se cuentan Hijo de hombre (1960) y Yo el Supremo (1974), Vigilia del Almirante (1992), Contravida (1994) y Madame Sui (1996). Cabe destacar también su trabajo como guionista de cine por el que obtuvo sendos premios para Shunko en 1960, y Alias Gardelito, ganador del Festival de Santa Margarita en Italia (1961). 
En el año 1989 recibió el Premio Cervantes de Literatura.

Contar un cuento aparece en El Baldío, editado por Losada.