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domingo, 25 de septiembre de 2011

Cuadernos de infancia - Relato LX


Norah Lange (Argentina)
Durante mucho tiempo fuimos la única familia que poseía teléfono en la calle Tronador. Si alguno del barrio lo necesitaba, debía recurrir al almacén o pedir permiso para utilizar el nuestro.
Llegó un momento, sin embargo, en que decidimos negarnos a ello, debido a que la gente más extraña penetraba en nuestra casa. Pero, con frecuencia, al¬guna de nosotras accedía, sin que se enterasen las demás, al pedido de algún desconocido. Muchas veces ocurría, por tal motivo, que al cruzar la sala tropezáramos, inopinadamente, con un sujeto que obser¬vaba las habitaciones, de reojo, como si premeditara un asalto, o que una voz hosca irrumpiera en los cuartos, despertándonos sobresaltadas. Otras, nos brin¬dábamos a transmitir un mensaje, pero esto siempre nos desagradó porque temíamos que llegase el mo¬mento de comunicar algo grave y no supiésemos ha¬cerlo.
Una tarde me pidieron que llamase al Hospital Español para averiguar cómo seguía el hijo de un vecino. Al enterarme de que había fallecido, perma¬necí junto al teléfono, sin decidirme a comunicar, personalmente, la noticia o enviar a otro que lo hi¬ciera con mayor habilidad.
Con el propósito de sugestionarme, intenté rememo¬rar algo de su vida, algún ademán, alguna frase rodeada de tristeza, pero sólo acudían a mi memoria sus gestos más risibles, los contornos de su figura desgarbada y torpe. Traté de ensayar un aire acongojado, pero me convencí de que aunque mi pesadumbre fuese auténtica, la expresión de mi rostro jamás al-canzaría a traducirla. Retardé en lo posible la noticia, y decidí ir en busca de Susana. El miedo, que compartíamos las cinco, de no saber expresarnos en los momentos graves -que habría de perseguirnos hasta en las ocasiones en que el dolor actuaba en nosotras con una fuerza profun¬da y verdadera- me impedía abrigar muchas espe¬ranzas sobre la ayuda que ella me brindaría. Al enterarla de la muerte, Susana adivinó, sin embargo, lo que yo pensaba y me dijo, inmediatamente:
-"¿Te acuerdas cuando bebía agua? ¡Te exaspe¬raba tanto!"
En el acto lo vi sentado a la mesa, con un vaso de agua frente a él, y recordé que, debido a que le desagradaba el agua fría, permanecía largo rato calentando el vaso entre las manos, como he visto hacer después con el cognac. Bastó ese detalle para que me sintiera segura de mí misma y me decidiese a comunicar la noticia.

Norah Lange (Argentina)
Breve reseña sobre su obra
Escritora argentina nacida en Buenos Aires en 1905. Colaboró con las revistas de tendencia ultraísta Prisma, Proa y Martín Fierro de las que participaban autores como Jorge Luis Borges y Leopoldo Marechal. Fue esposa del escritor argentino Oliverio Girondo. En 1958 recibió el Gran Premio de Honor y Medalla de Oro otorgado por la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Murió en 1972.
Su obra se compone de los libros La calle de la tarde (1925), Los días y las noches (1926) y El rumbo de la rosa (1930) en poesía, y en prosa: Voz de la vida (1927), 45 días y 30 marineros (1933), Cuadernos de infancia (1937), Discursos (1942), Antes que mueran (1944), Personas en la sala (1950), Los dos retratos (1956) y Estimados congéneres (1968).

El presente relato forma parte de Cuadernos de Infancia, publicado por Editorial Losada.