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Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 16 de septiembre de 2011

Papeles


Phyllis Altman (Sudáfrica)
Ransouli partió al amanecer; era un negro frágil, y contra el arrebol no parecía mucho más que una araña o una cucaracha. Cuando miró hacia atrás, vio su sombra -alargada y grotesca- estirada en el sendero. La contempló largo rato como si de ella estuviera extrayendo una renovada seguridad. Luego giró y anduvo por el camino que no había transitado desde su juventud, cuando vino a este lugar a construir su vida.
Ahora sus ojos, rodeados por arrugas, casi ciegos a causa del trabajo, lo hacían parecer más viejo que sus reales 60 años. Pero su nariz aguileña y la barba, recortada en un pequeño "imperial", conferían a su rostro una severa dignidad. La barba y el cabello estaban salpicados de gris. Los pies desnudos hacían extraño contraste con el traje oscuro y la blanca camisa. Un lío envuelto en tela roja, que portaba en un palo sobre el hombro derecho, guardaba sus zapatos y las escasas pertenencias.
Un hombre viejo y simple, sastre autodidacta que ya había hecho su vida. Ahora estaba deshecha. Por plena majestad de la ley. Por un papel que él escasamente podía leer, y menos aún entender. Le infundía gran pavor la palabra escrita por que sólo sabía firmar su nombre, en letras grandes y desmañadas, como un chico.
Ese papelito decretaba que él debía irse al lugar de donde había venido. 
Era incapaz de entender el poder de la autoridad. Ignoraba cómo, en este vasto país, su ojo lo había descubierto, viviendo tan tranquilo en su casita de dos cuartos y un taller. El ojo lo había visto a él, hormiga en una comunidad congestionada y turbulenta, y al verlo le resultó tan odioso que era necesario sacarlo de escena, desprenderlo de su mujer y de Sipho y Thabo, su don y alegría, los dos hijos de la hija muerta.
¿Qué puede hacer un hombre cuando renglones escritos en el papel rompen el esquema del mundo? Había sostenido el papel con manos temblorosas mientras el empleado de la Oficina de Pases le explicaba. 
-"Usted tiene que irse" -decía el empleado con una indignación extraña y torcida. "No puede quedarse aquí. Debe volverse a donde nació."
-"Pero mi pase está en orden". Lo pronunció vacilando, esperanzado.
El empleado hizo a un lado el pase. -"Ningún pase suyo puede estar en orden ahora. Usted viene de afuera y allá se tiene que ir."
-"¿Por qué?"
-"Porque ésta es la ley. Una ley nueva."
-"¿Qué es la ley? ¿Puede hacer que un niño retorne al vientre de la madre? ¿Es un remedio que pueda tomar para que mi cara vuelva a ser lisa y mis piernas jóvenes para que pueda volver a pararme a las puertas de la vida? Este es mi hogar. De vuestro pueblo tomé mi mujer..."
-"Todo esto es charla inútil; viene del Este portugués y no puede quedarse aquí en Sudáfrica. Tiene que irse." La indignación del empleado crecía. 
El Este portugués, Sudáfrica; Ransouli tenía pocos conocimientos del mundo. Había caminado muchos amaneceres hasta este país. Nadie le había dicho que no tenía derecho a venir. Habían usado su fuerza para cavar la negrura de la tierra, para sembrar, para apacentar, para guiar los bueyes. Nada se escribió cuando enderezó la espalda, miró en derredor, agilizó sus dedos, tomó mujer y engendró un hijo. ¿Cómo podía explicarle a Foulane, su mujer? Se lo dijo con la cabeza baja, porque ignoraba qué mal había hecho. 
"No te vayas, mi esposo", murmuró, apretándose contra su pecho. "No me dejes". Él la había amparado y protegido siempre desde que estaban juntos. ¿Cómo podía él lograr que ella aceptara que bastaban unas palabras sobre un papel para despojarlo de su hombría, dejándolo impotente? Cuando ella se dio cuenta que no había esperanza, se echó el delantal sobre la cabeza y lloró el llanto de la muerte, al tiempo que Sipho y Thabo se aferraban gimiendo a su vestido. 
Ransouli no era el único al que el ojo había encontrado. Las familias, aquí y allá, en la casa vecina, a dos cuadras, parecían golpeadas como por una epidemia. Los hombres desaparecían, nadie sabía dónde, sus mujeres e hijos envejecían de hambre. Majunga, el vecino, hombre valiente y orgulloso, que también había hecho enojar a los que escribían los papeles, había desafiado a la ley, sólo para ser atrapado como un perro y llevado en un furgón policial en momentos en que su mujer yacía en el lecho de parto.
Por lo que Ransouli sabía que no había escapatoria. Abrumado, fue a hablar con Mokele, cuñado de Majunga. Mokele rió y esa risa, igual que el enojo del empleado, no le estaba dirigida.
-"Te tienes que ir porque te tienen miedo. Ellos, con su educación, sus edificios, sus dioses y sus fusiles, te tienen miedo - a ti, un sastre analfabeto. Tal es su miedo que tú, un viejo, los haces temblar. Bah, escupo sobre ellos."
Ransouli lo miró con asombrada incredulidad. Mokele volvió a reír ásperamente.
-"Sí, padre mío, hasta tú, viejo y agobiado, les haces aflojar el vientre"
Fueron estas palabras las que dieron una corteza a su pena. La mordió con fuerza para que lo mantuviera durante la venta de su taller, cuando sus telas, su anticuada máquina de coser, sus carreteles de hilo, su vara de medir, sus tizas, se convirtieron en una magra pila de billetes. De pie, erguido, el rostro inmóvil, esforzán-dose por atajar las lágrimas que con tanta facilidad podían haberse deslizado por las profundas líneas de su cara, al tiempo que otros, con manos carentes de amor tocaban las cosas que él amaba. Ahora había terminado. Los delgados billetes representaban cuarenta años; la totalidad de su vida adulta. Le dio todo menos uno a Foulane, y ella le llevó la mitad a la esposa de Majunga para el recién nacido. Mientras ella estaba ausente, Ransouli llamó a Sipho y a Thabo. Se le acercaron suavemente, muy cohibidos, porque había una gran tristeza en la casa que ellos no entendían. Pero el abuelo sonreía como siempre
había sonreído, y rieron con la idea de que todo marchaba bien. Dio una codiciada moneda a cada uno, y ellos la recibieron gozosos poniendo las manos en forma de cuenco.
-"Y, ¿qué tienen ustedes para mí?", interrogó travieso. Los dos quedaron apabullados
-"No tenemos nada" contestaron. 
-"Vayan, entonces". Los empujó ligeramente y ellos volaron a la calle, hasta que Sipho, repentinamente preocupado, se dio vuelta para mirar al abuelo. Ransouli saludó con la mano al muchacho que ahora sería el hombre de la casa.
Estaba listo cuando Foulane volvió. Se miraron y supieron que no podrían hablar. Estaba claro para los dos que no se volverían a ver más, ya que a su edad, casi ciego, ¿cómo podría organizar una nueva vida para ella y los muchachos? El rostro de la mujer estaba tenso de dolor mientras le acomodaba el cuello -su último gesto de esposa-. Luego acercó su mano a la mejilla de él; él la tomó y la retuvo por una fracción de segundo. Cuando se detuvo para tomar el hatillo, ella miró a otro lado. El susurró:
-"Foulane" y echó a caminar, rápidamente, pues el chacal siniestro del dolor estaba ahí para devorarle el corazón.
Tomó rumbo hacia el norte para ir a vivir entre extraños, cuya lengua ya no sabía hablar. Andando, un interrogante persistente turbaba su mente preocupada. ¿Era verdad lo que había dicho Mokele, que los grandiosos blancos le temían tanto que lo habían hecho marcharse? Quiso descartar el pensamiento con un encogimiento de hombros. ¿Qué podían temer de su frágil cuerpo, de sus ojos casi ciegos? Pero le bailaba en la cabeza, no quería disiparse.
A mediodía se recostó en un árbol, en busca de aliento. Por fin miró hacia atrás y le pareció que el cielo y la tierra se esfumaban juntos, y que la oscuridad se había cernido sobre el país que iba dejando atrás.

Phyllis Altman (Sudáfrica)
Breve reseña sobre su obra
Escritora, activista y sindicalista sudafricana nacida en 1919. Se desempeñó como Directora Ejecutiva del South African Congress of Trade Unions (SACTU) en Johannesburgo. En 1964 tuvo que exiliarse en Inglaterra donde se desempeñó como secretaria del International Defence and Aid Fund (IDAF), organismo recaudador de fondos para la defensa de las actividades políticas víctimas del régimen del apartheid. Falleció en Londres en 1999.
Su novela más conocida, escrita en 1952, lleva el título The Law of the Vultures y fue censurada poco tiempo después de ser editada. Con la abolición del apartheid, la novela volvió a publicarse en 1987 cuando uno de los volúmenes originales fue hallado en la biblioteca de la Universidad de KwaZulu-Natal en Sudáfrica.

Papeles forma parte de la antología Sudáfrica en el cuento, publicada por Editorial Convergencia.