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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 25 de septiembre de 2011

Partículas


Dvora Barón (Israel)
Cuando murieron sus padres la trajeron al pueblo desde la aldea de Bijov.
Su única posesión era un atado que contenía alguna ropa de cama y los resabios del calor de la mano materna, que se esfumaron rápidamente en medio del frío de ese lugar que le era ajeno.
El aldeano que la trajo se la entregó a unas mujeres en el vecindario del valle, y en el transcurso de pocos días fue pasan¬do de mano en mano, como un objeto indeseado.
Aquellos que le permitían pernoctar en su casa le asignaban de mala gana un lugar encima de un banco o un rincón junto al hogar, pero previamente se aseguraban de que no padecía ninguna enfermedad de la piel y revisaban las cosas que traía en el atado para constatar su higiene.
Jaie Frume, que entonces tenía cinco años, observaba con ojos muy abiertos cómo manos extrañas retiraban las fundas de sus almohadas, desnudándolas y golpeándolas sin conside-ración.
En su orfandad se sentía como una planta que, una vez tronchado el árbol a cuyo abrigo crecía, había quedado ex¬puesta al embate de los vientos.
Una anciana que vivía en la comarca de la montaña la recogió en su casa por compasión, pero finalmente, como la niña siempre tenía hambre, la envió nuevamente al valle. Jaie Frume volvió pues a andar por ahí, con su vestido de aldeana, con su cabello ralo y desteñido en desorden y con su cara poco agraciada. Y esa apariencia suya hacía que se viera priva¬da aun de esas pequeñas muestras de simpatía que la gente está dispuesta a brindar a cualquier criatura que deleite sus ojos.
A la edad de ocho años, mientras en un frío amanecer ca¬minaba hacia la casa en la cual le habían prometido el desayu¬no, resbaló y cayó, fracturándose una pierna.
Su llanto sobre el suelo cubierto de hielo, bajo la fría luz del alba, era tan aterrador que atrajo a los fieles que se congre¬gaban a esa hora para rezar en la sinagoga cercana. La traslada¬ron a una casa e incluso llamaron a un médico. Muchos se ocuparon de ella durante un tiempo con la diligencia caracte¬rística de los benefactores. Rentaron para ella una habitación en una hostería y le traían sopa y pan.
Pero no bien estuvo en condiciones de levantarse y de sos¬tenerse sobre sus piernas, todos desaparecieron y ella volvió a ser una "niña de la calle".
Continuó ganándose la vida igual que antes, ayudando en sus quehaceres a las mujeres del valle, pero ahora lo hacía con menos presteza, debido a su pierna resentida y a su pesadez, ya que su cuerpo había engordado por la abundante alimenta¬ción que había recibido durante su convalecencia. Sus movi¬mientos habían perdido agilidad, pero sus músculos habían ganado vigor, de modo que generalmente lograba satisfacer a los que requerían sus servicios.
A los doce años ya sabía pulir un samovar, encender el hogar y acarrear agua del pozo. Y la ropa, después que la restregaba enérgicamente en la tina, encandilaba con su blan¬cura.
En las viviendas modestas la sala era utilizada también fre¬cuentemente como taller o como tienda para la venta de dife¬rentes artículos, pero cuando llegaba la víspera del sábado Jaie Frume se encargaba de que volvieran a reinar allí el orden y la limpieza.
Los vidrios de las ventanas que lavaba reflejaban la luz del mundo, y los dueños de casa no pisaban el suelo que ella lus¬traba sin antes quitarse los zapatos1.
Bastaban unos pocos movimientos de sus manos para que los bancos de madera recuperaran su color original, amarillo brillante como la yema de huevo, y para que los candelabros volvieran a refulgir como el oro.
Sacudía los almohadones de pluma hasta que éstos se hin¬chaban y se erguían como capiteles en la cabecera de la cama.
A veces su propia vitalidad, el cálido vapor de los manjares sabáticos y la buena disposición de la dueña de casa junto a la cual trabajaba despertaban en su interior la ilusión de sentirse protegida y de formar parte del ambiente de placidez que la rodeaba. Pero no bien finalizaba las tareas que le habían enco¬mendado le entregaban su paga, y entonces ella componía su ropa, tomaba la cesta y se retiraba.
-¡Ahí va la renga Jaie Frume! -exclamaban a su paso los niños que jugaban en la calle. Y los adultos, que suelen recha¬zar a todo aquel cuyo aspecto no les resulta placentero, simu¬laban no verla, mezquinándole incluso el saludo que la gente intercambia entre sí espontáneamente.
Ella se alejaba entonces, renqueando en medio del vacío que percibía a su alrededor.
A veces trabajaba en lo del bedel de la sinagoga.
Este tenía una hija cuya presencia despertaba en Jaie Frume sentimientos que hasta entonces sólo el recuerdo de su madre le había inspirado. Era una niña afable. Su piel era muy blan¬ca, y cuando sonreía sus ojos se llenaban de reflejos cálidos como el sol.
Un viernes por la tarde, mientras se lavaba la cabeza, despa¬rramó en la penumbra de la cocina la mata de su cabello rubio y sedoso. Entonces Jaie Frume extendió hacia ella sus dedos temblorosos, como ante algo sagrado.
La niña recogió su cabello y sólo atinó a retroceder sorpren¬dida. Pero su madre, que se encontraba junto al horno, se aba¬lanzó iracunda sobre Jaie Frume blandiendo el palo de amasar.
-¡¿Cómo te atreves a acercarte a ella con tus patas de palo?!
Por un momento miró con tristeza sus manos empapadas con el agua del fregadero y buscó con la vista los ojos de la vecina que en ese momento se encontraba allí, como en busca de ayuda. Pero la mujer, al igual que todos aquellos a quienes a veces dirigía una mirada implorante o expectante, no reaccio¬nó. Fue como si en lugar de hallar un espejo en el cual espera¬ba reflejarse, se hubiera topado con una pared.
Se marchó entonces y ya no volvió a esa casa. Y en todas las otras anduvo, a partir de entonces, con la mirada gacha, tra¬tando de hacer su trabajo alejada de todos.
Prefería aislarse en el fondo del patio o en un rincón de la cocina, entre los objetos inanimados, ya que la fuente que lus¬traba le devolvía su brillo amistoso, y los leños del fogón, cuando los encendía, la alegraban con sus llamas juguetonas.
Y así, de tanto callar, su habla se volvió con el tiempo lenta y dificultosa. Y de tanta agua y jabón, toda ella pareció ir cu¬briéndose de moho, como esos compartimientos abandonados y cerrados que se van llenando de sombras y de desolación.
Un granjero de la aldea de Kaminka la vio una vez, mien¬tras ella trabajaba la masa en la artesa, en lo del panadero que la había contratado últimamente.
El hombre, que era viudo y tenía hijos casados, le pidió a la dueña de casa -parienta suya- que hiciera la presentación. La mujer lo consideró una buena idea y accedió.
Para que su empleada no descuidara sus tareas se abstuvo de hablarle del asunto durante toda la semana. Pero el sábado al mediodía, mientras estaban sentadas afuera -esto sucedía en primavera- le comentó la propuesta.
-Podrás hornear tu propio pan -la alentó.
Y las mujeres del valle apoyaron sus palabras: -Seguramen¬te no desearás continuar hurgando por siempre en los desper¬dicios de los demás -dijeron.
Con los escasos ahorros que le había permitido reunir su trabajo le hicieron un vestido de lana y un delantal de colores vivos, y con retazos confeccionaron fundas para los almohado¬nes que había traído de la casa de su madre.
En uno de los días de feria se presentó el granjero para fijar la fecha del casamiento. La fiesta se llevaría a cabo, por pedido de los familiares, en la casa del panadero. Habría bebidas y manjares que se hornearían especialmente para la ocasión.
El día de la boda, el hombre sorprendió a sus parientes llegan¬do en su carro cargado de verduras. Pero la ceremonia se llevó a cabo con toda solemnidad y en medio de un clima festivo.
En el patio, bajo la cúpula del cielo, se emplazó la "jupa"2 de raso. Trajeron a la novia, vestida de blanco y exhausta por el ayuno.3
Después de la ceremonia los chicos de la calle la escoltaron, como era habitual, con sus gritos de "¡Hurra!", que esta vez eran más significativos que nunca.
A la mañana siguiente Jaie Frume, con un pañuelo en la cabeza4, ya se bamboleaba en lo alto del carro atestado, en dirección a Kaminka.
Sus ojos vagaban por la extensa planicie, donde le parecía descubrir cierto reflejo de su aldea natal: el mismo verde lumi¬noso derramándose por los campos y el mismo canto melodio¬so de los pájaros elevándose en el silencio azul. Y en todo le parecía oír el eco de la voz de su madre.
Luego, en la casa, anduvo de acá para allá sin poder encon¬trar un lugar adecuado para su baúl. Se quitó los zapatos acor¬donados, responsabilizándolos por la incomodidad que sentía. Y como aún faltaban varias horas para que concluyera el día, y en las habitaciones reinaba el abandono, vistió su ropa de tra¬bajo y puso manos a la obra.
La oscuridad y la desolación continuaron extendiéndose en su interior como en un compartimiento que nadie abre y al cual nadie accede.
Y no era porque el hombre con quien había venido a vivir le faltara el respeto, sino que, simplemente, estaba siempre ocu¬pado con sus asuntos. Salía por la mañana, después de rezar apresuradamente, hacia los campos. Al mediodía engullía su almuerzo rápidamente, mientras discutía con los verduleros de las aldeas, y por la noche, después de la cena, encendía su pipa y abría los libros de contabilidad.
Y ella, después de trajinar todo el día, se acostaba en un extremo del banco o en un rincón junto al hogar, sintiéndose también ahora, igual que cuando la recogían por caridad, como suspendida de un hilo apenas perceptible, sin apoyo ni sostén.
Cuando Jaie Frume emergía desde la cocina trayendo la co¬mida, alzaba su mirada hacia la mesa, esperando algún gesto amable. Pero el hombre, sentado en su silla, sólo contemplaba los campos a través de la ventana, cuyos vidrios ahora brillaban.
Cuando él se marchaba y ella salía de la casa, sentía que también en ese lugar todo le era extraño.
Los edificios a lo largo de la calle la enfrentaban con sus paredes ciegas, sin ventanas, y sus moradores le volvían la es¬palda.
Entonces entraba a la casa y buscaba entre los utensilios hasta encontrar alguno que todavía no reluciera lo suficiente. Pulía nuevamente las cafeteras de cobre y volvía a frotar los bancos de madera. Y finalmente, igual que cuando concluía sus tareas en el valle, desenrollaba sus mangas y extendía su mano, como dispuesta a tomar su cesta para retirarse.
Así transcurrió un año. Cuando llegó nuevamente la pri¬mavera, el viejo le anunció un día que había comprado una vaca lechera.
Al poco tiempo trajeron a un animal joven. Recién había pari¬do y el ternero había quedado con el dueño anterior. La vaca forcejeaba con los que intentaban sujetarla, tratando de liberarse.
El viejo la ató a uno de los postes del establo y ordenó a su mujer que no se le acercara, ya que la bestia estaba nerviosa e irritable.
Pero más tarde, cuando Jaie Frume oyó desde la casa la voz de la vaca -un mugido que más bien parecía un gemido-, no pudo contenerse y se acercó para observarla. No le pareció nerviosa ni irritable, y cuando entró al establo el animal la miró como en busca de comprensión, mientras emitía voces volviendo su cabeza en dirección a su granja natal,
Entonces Jaie Frume apoyó una mano sobre su lomo y musitó algunas palabras cariñosas que recordó de su infancia, para cal¬marla. Le trajo paja fresca para su lecho y luego la llevó a pastar afuera, junto a la casa, para poder vigilarla desde la cocina.
Durante los primeros días temía llevarla a campo abierto, y por eso caminaba con ella hasta el terreno baldío que se exten¬día detrás del puente, donde los pastos eran tiernos.
La vaca -que era roja y se llamaba Rishke5- fue perdiendo su mirada mustia y se hizo evidente que su pena se había apa¬ciguado.
Y a Jaie Frume le pareció que se aliviaba el peso que la oprimía y que el enmohecimiento de tantos años desaparecía bajo el influjo del sol y de la brisa primaveral.
Un sábado por la noche, mientras estaba sola, sentada a la entrada del establo, la vaca se volvió hacia ella y le lamió la mano con su lengua áspera. La mujer sintió en ese momento que su interior se distendía en una blanda sonrisa, ella, que no sabía lo que era reír. Y su corazón desolado se llenó de infinitas partículas de luz.
Uno de esos días el granjero, que era robusto a pesar de sus años, enfermó y murió. Ocurrió un día en que la lluvia lo había forzado a quedarse en casa. Experimentó una especie de fatiga, se recostó y ya no volvió a levantarse.
Sus tres hijos vivían en los alrededores y su hija en el pue¬blo vecino. Todos se reunieron para la semana de "Shivá"6. El molinero que vivía cruzando el río venía todos los días con sus hijos para completar el "Minian"7.
Jaie Frume se desplazaba silenciosamente, descalza también ella por el duelo y entre plegaria y plegaria servía algún refrige¬rio.
Despertó sentimientos de gratitud en el corazón de los hi¬jos, sobre todo por su actitud correcta respecto de la herencia. Se retiraba cuando surgía alguna discusión, y simulaba no ver cuando alguno introducía a escondidas algún objeto en su bolso.
Cuando finalmente llegó su turno, pidieron ver la Ketuvá8. La presentó y, al hacerlo, preguntó si en lugar de dinero podía conservar a "Rishke". Accedieron.

Se quedó en la casa hasta que llegaron los nuevos dueños. Después envió sus pertenencias al pueblo con uno de los gran¬jeros y se dirigió hacia allí, caminando junto a su vaca. 
Al final de la calle del puente, junto al molino, había una barraca que nadie habitaba por temor a las inundaciones. Jaie Frume la rentó y transformó una mitad en vivienda y la otra mitad en establo.
Por la mañana dejaba la vaca con el pastor, mientras ella salía a trabajar. Limpiaba pisos, layaba platos o amasaba, y entretanto juntaba en su canasta restos de pan y de vegetales. Luego, en su casa entreveraba todo eso con sal y agua caliente y, cuando llegaba la vaca, le ofrecía la aromática mezcla, mien¬tras ella se sentaba en su escabel, con el cubo listo para orde¬ñarla. Ese era para ambas un momento de intimidad que les permitía compartir el placer de dar y de recibir.
Los clientes venían con sus recipientes. Jaie Frume les ven¬día la leche fresca y luego salía a dar un paseo con Rishke. Bajaba hasta la orilla del río o se encaminaba hacia los terrenos en las afueras del pueblo, donde la vaca lamía su postre -el pasto que crecía junto a las verjas. Bajo los rayos del sol po¬niente, su piel relucía con matices dorados.
-¿La has traído de Kaminka? -le preguntaban a Jaie Frume los que pasaban.
-De la aldea -respondía ella-, pero proviene de la granja de la condesa.
-¡Ah, es un bello animal! -decían con esa simpatía que ella había añorado toda su vida.
Naturalmente, había también preocupaciones. Las tormen¬tas de verano, mientras el ganado se encontraba en el campo; la amenaza de las inundaciones cuando el río crecía, y el temor ante las epidemias que se declaraban a veces entre los rebaños de la zona.
Una vez salió y encontró a Moti el carnicero parado, mi¬diendo la vaca con su mirada.
Era un día de fiesta y el hombre sólo se había detenido aquí camino de la sinagoga. Pero de todos modos sintió un escalo¬frío al verlo, y su corazón se paralizó.
Y estaban también los días de "la espera", el temor al final de la preñez -generalmente en primavera- y la tristeza por el ter¬nero que se iba, ya que en el establo no había lugar para dos.
No le vendía los terneros al matarife, sino a los tamberos, para que los criaran. Con lo que fue obteniendo por la venta de los terneros compró los elementos necesarios para elaborar pro-ductos lácteos, de modo que además de la leche vendía tam¬bién quesos y mantequilla.
Para ese entonces también construyó un horno, y en lugar de trabajar afuera horneaba en su casa pan y masitas. Éstas agradaban mucho a los niños de los "jadarim"9 y también a los campesinos que llegaban para las ferias.
En los almácigos, junto a la barraca, ya despuntaban en verano las hojas de las cebollas y de los rábanos, y un fresco aroma de granja envolvía todo el lugar. Los sábados el aroma se mezclaba con las melodías de las "zemirot"10, ya que ese día solía comer en casa de Jaie Frume el ciego piadoso, gran cono¬cedor de la Tora", que siendo un hombre sabio podía percibir lo que se ocultaba en el alma de esa mujer.
Gracias a él Jaie Frume comenzó a frecuentar la sinagoga y a ayudar a los pobres del lugar.
Vestía un delantal amplio, con muchos pliegues, como las madres de familia. Y su cara, enmarcada por el pañuelo de colores, resplandecía como el candil vacío en el cual finalmente se ha colocado una vela encendida.
Aquellos que la veían descendiendo al valle para realizar sus obras de bien, envuelta en su chal y casi sin rastros de renquera en su andar, se admiraban: ¿ésa es Jaie Frume?
Ignoraban que también la tierra árida y salobre, si se le deparan cuidados y se la riega con agua de manantial, se vuel¬ve finalmente fértil.
Al cumplirse ocho años desde que se mudara a la comarca del puente, cuando la barraca y el terreno ya eran de su pro¬piedad y la vaca había dado a luz el séptimo ternero, la aquejó súbitamente un dolor. Nunca había sabido de enfermedades, y por eso, en un primer momento no le prestó atención. Pero cuando el dolor se repitió, y además perdió el apetito y adelga¬zó, comprendió que se trataba de un mal serio, algo así como un gusano que se aposenta en el corazón de una manzana y la carcome lentamente.
Como buena administradora que era, planificaba todo con la debida anticipación. Así pues decidió un día revisar y orde¬nar sus asuntos.
Transfirió a un vecino el negocio de la panadería y dejó de preparar los productos lácteos. Sólo vendía la leche, y el tiem¬po que ahora le quedaba libre lo destinaba a obras de bien y a escuchar al anciano erudito, cuyas palabras le revelaban mun¬dos nuevos.
Por esos días donó una balaustrada para las escaleras en la sinagoga del valle. También hizo instalar una lámpara de va¬rios brazos en el sector de las mujeres12, para que ellas disfruta¬ran de su propia luz y no sólo del reflejo proveniente del sector de los hombres.
Cuando llegó el mes de Elul13, y el eco del "shofar"14 comen¬zó a resonar en el aire, le pareció oír un llamado o un aviso.
El dolor se agudizaba en su interior y la laceraba como la sierra que penetra el tronco del árbol.
Hizo entonces lo que sabía que no debía posponer más. Pidió que le transmitieran a la familia del arrendatario, cuyo establo -según ella sabía- era una sólida construcción, que estaba dispuesta a venderles la vaca. Los compradores habían oído elogiar al animal y aceptaron de buen grado la propuesta.
La arrendataria vino y concluyó la transacción personal¬mente y sin regateos. Apoyó la mano con su anillo de brillan¬tes sobre el lomo dorado de la vaca, que la contempló y mugió como asintiendo.
-Les va a dar satisfacciones -atinó a murmurar débilmente Jaie Frume.
Ese mismo día Jaie Frume se puso su mejor vestido y, bor¬deando los campos de pastoreo, llegó con la vaca hasta la en¬trada trasera de la finca del arrendatario. Allí ya las esperaba una muchacha aldeana, robusta y jovial.
Jaie Frume se acercó para observar el establo. Se volvió des¬pués para contemplar el sendero en el que habían quedado impresas las huellas de ambas -su último paseo compartido. Luego cruzó el patio y salió por la entrada principal.
Al día siguiente ya no tuvo que levantarse para el ordeñe. Tomó, pues, los sedantes que le había recetado el médico. El dolor cedió rápidamente. Juntamente con el sueño la envolvió una gran claridad que parecía provenir de algún sol invisible. Supo entonces que esa claridad era la que le había descripto el sabio ciego, la luz maravillosa que les está reservada a aquellos que en este mundo se han templado en el sufrimiento.

1 En el original hebreo la expresión alude a la escena bíblica que describe a Moisés frente a la zarza ardiente, cuando oye la voz de Dios diciendo: "No te acerques aquí, quita el calzado de tus pies, porque el lugar en el que estás parado es tierra sagrada" (Éxodo 3, 3).
2 Palio nupcial.
3 De acuerdo con la tradición judía la novia debe ayunar el día de sus esponsales.
4 La mujer, una vez casada, debe cubrir su cabeza.
5 Significa "roja" en ruso.
6 Los siete días de duelo de acuerdo al ritual judío.
7 Diez personas que conforman el número mínimo imprescindible para la oración en grupo.
8 Contrato matrimonial.
9 Nombre que se le daba al lugar en el cual se impartía la enseñanza de nivel primario, en Europa oriental, a partir del siglo XVII aproximadamente. El "Jeder" funcionaba casi siempre en casa del maestro o adjunto a la sinagoga.
10 Cánticos sabáticos.
11 El Pentateuco, los cinco primeros libros de la Biblia.
12 En la sinagoga tradicional los hombres y las mujeres se ubican en sectores separados.
13 Último mes del año según el calendario judío.
14 Cuerno de carnero que se hace sonar en ciertas fechas conmemorativas o festivas para llamar al recogimiento y a la reflexión.

Dvora Barón (Israel)
Breve reseña sobre su obra
Escritora israelí nacida en Lituania en 1887. Estimulada por su padre rabino, que le brindó acceso a la Biblia y a las fuentes talmúdicas que en esa época estaban vedadas a las mujeres, comenzó a escribir cuentos en hebreo a los doce años y a los dieciséis ya era requerida por editores de libros y revistas. En 1911 emigró a Israel, donde durante muchos años se desempeñó como editora de la sección literaria en el semanario Hapoel Hatzair que dirigía su esposo. Tradujo al hebreo las obras de Flaubert, Chejov y Jack London y en 1933 recibió el Premio Bialik por su obra literaria. Falleció en 1950.

Partículas forma parte de la antología Lengua de Tierra publicada por Adriana Hidalgo.