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domingo, 2 de octubre de 2011

La puerta par


Mabel Pedrozo (Paraguay)
El doctor Edmundo Molina se presentó con nombre y apellido desde la puerta entreabierta de la subcomandancia, pero tuvo que agregar que era el médico a quien quisieron asesinar hacía unas horas en el Hotel Anteus para que el comisario levante la vista y se le quede vien¬do con ese aire de todopoderosidad que adopta la gente uniformada.
Le preguntó si venía por su declaración.
«No», le dijo, lo que quería era hablar con el hombre a quien arres¬taron frente a su puerta -habitación 36, segundo piso- empuñando un cuchillo de carnicero.
-Para qué lo quiere ver -interrogó el comisario, esta vez con voz de que no preguntaba siguiendo el procedimiento sino porque en serio sentía curiosidad.
-Es la primera vez que me quieren matar -hizo notar el médico, y hubiese querido que el comisario fuese su amigo para que esa frase bas¬te, pero no lo era-. Quiero saber por qué.
El comisario no tenía instrucciones respecto a una situación como aque¬lla, excepto que no debía demostrar que no la tenía, de manera que levantó el tubo de color verde mate del teléfono y pidió que alguien venga.
-Oficial, informe sobre el arrestado por intento de homicidio.
-En celda de reclusión, mi señor comisario.
Hubo un pequeño relatorio de antecedentes después de que se trajo el parte policial y que el comisario decidió que podía compartirlo con la víctima, acodado a estas alturas sobre su escritorio y con una taza de café humeante que se llevaba a la boca porque quedaba mal que no lo hiciese.
El hombre se llamaba Andrés Cardozo, 39 años, soltero, no se le conocía familia y podría ser el «homicida de los números pares» como le llamaron en los periódicos cuando comenzaron los asesinatos en los hoteles y en los barrios residenciales.
Siempre gente que se hospedaba en pisos y habitaciones pares, y en hotel de numeración par, como el Anteus, ubicado al 2004 de la aveni¬da Potosí. Las residencias seguían el mismo patrón, pero nunca una huella, un testigo, nada, hasta esa llamada a las ocho y treinta y cinco de la noche de la recepción del hotel que pedía una patrullera porque había un hombre parado frente a una de sus habitaciones, con un cuchi¬llo en la mano.
Cuando la policía llegó el sospechoso no se resistió, pero tampoco colaboró con una declaración. Cuando le dijeron que su silencio empeo¬raba las cosas, sólo respondió que no le importaba.
-Si es posible, si a usted no le compromete, quiero hablar con él -insis¬tió el médico.
Caminaron por corredores que se cruzaban con otros iguales y que, según el comisario, tenían el propósito de prolongar la agonía del dete¬nido ya que no hay peor cosa que la incertidumbre del tránsito.
Por decir algo el doctor contó que formaba parte de la comitiva de médicos que participaban del congreso de proctología organizado por la universidad nacional, pero el comisario ya lo sabía y su silencio indica¬ba que no estaba interesado en conocer detalles.
Llegaron frente a una puerta parecida a todas las que le antecedían, pero esta fue desllaveada por el oficial. El olor a óxido de las celdas y la mirada de gente igual a todo el mundo del hombre que levantó la vista desde el fondo de la estancia recibieron a los recién llegados.
El médico preguntó si podía quedarse a solas con el detenido, y el comisario, que no quería perderse el encuentro, tuvo que irse pero dejó al oficial parado en la puerta, lo que significaba que de todas maneras se enteraría de lo que fuese a ocurrir.
-Buenas noches --el doctor Edmundo sintió que cualquier cosa que dijese en ese momento no sería la indicada, así que no se esforzó-, Supongo que podemos tratarnos como conocidos.
El hombre de la celda lo miró con curiosidad.
-Soy el doctor Edmundo, el de la habitación del Anteus. A usted lo apresaron frente a mi puerta.
El detenido parpadeó.
-Disculpe que lo moleste en esta situación tan difícil por la que está pasando, pero es que no entiendo por qué me quiso matar. Llegué hace tres días a esta ciudad, no salí del hotel ya que allí es el congreso y pedí comida en la habitación porque me aburre la compañía de los colegas. ¿Me quería matar a mí, específicamente, o le daba igual que sea cual¬quiera que esté en esa habitación?
El detenido tosió.
Acostumbrado a hacerse una idea de la gente con sólo verla, al doc¬tor le pareció que estaba frente a un hombre instruido, no un asesino atávico de los que se habla en los libros de medicina legal. Un fumador, además, ya que la tos era inconfundible.
-¿Usted qué cree? -le preguntó el detenido.
Su voz sonó cálida, como el tufo de una habitación que se mantenía cerrada pero donde se adivinaba un pote de talco abierto, o un agua de anís filtrando sus esencias dulzonas por las grietas de un corcho de botella.
-Le daba igual, verdad, que sea otro o que sea yo. Pero por qué no entró, por qué se quedó en la puerta, por qué no terminó lo que fue a hacer -se sorprendió de lo que decía, ya que sonaba como si lamenta¬se que las cosas no hubiesen llegado a más-: Perdón, es sólo que no tie¬ne sentido para mí.
-¿Y usted por qué no abrió? -preguntó el hombre detrás de los barrotes.
Era lo peor. Que él también pregunte. Pero era cierto lo que decía. El doctor Edmundo no abrió cuando escuchó el timbre de la puerta. Dos, tres veces, largas pausas y otra vez el silbido metálico, como quien está decidido a no irse hasta que lo atiendan.
Cuando cerró la llave de la ducha, tomó la toalla que colgaba del rodillo pero no se secó, sino que bajó la tapa del water y la cubrió con ella. Entonces se sentó encima, desnudo, el agua tibia corriéndole por la cara, y con la tijera de cortar cutícula escarbó la uña del pie derecho que lo torturó desde la mañana.
No abrió porque tenía atrapada la punta de la uña y dejar que se le meta de nuevo en la carne hubiese sido no sólo doloroso, sino también arriesgado, porque quién le decía que tendría otra oportunidad de sepa¬rarla de la piel enrojecida.
-Me estuve bañando -resumió,
-No entré porque usted no abrió -le respondió el detenido.
El médico admitió cuando se le preguntó, que lo que le afectó de aquel encuentro fue la franca indiferencia con la que lo miró el hombre que pudo ser su asesino.
Detrás de los barrotes el sospechoso escuchó cuando la puerta se cerró y se sintió aliviado de que el silencio recupere a su alrededor su dimensión totalizadora.
En parte, él también mintió.
Esa noche llegó al hotel sin llamar la atención, subió al segundo piso y cuando se detuvo frente a la habitación 36, imaginó lo del baño ya que en los hoteles todos se bañan a las ocho y media de la noche. Llevaba un destornillador en el bolsillo, y si no forzó la cerradura fue únicamente porque un aroma a champú de vainilla lo detuvo.
Venía de la habitación. Se escurría por la línea encajonada de la puerta, por el cerrojo plateado, por la mirilla, un vapor que antes que por su nariz fue capturado por su piel, por sus ojos, por algo dentro suyo que le detuvo la respiración. Su mamá olía a vainilla. Y ese olor era igual a ella.
Yo conocí las versiones de ambos, del médico y del detenido, en mi calidad de abogado de gente que no quiere uno, o que no se lo puede pagar.
Me dieron el caso del hombre detenido en el hotel. «Usted está fuera en dos días», le prometí, y así fue, ya que pararse frente a la puerta 36 no lo convertía en «el asesino de los números pares», y tener un cuchi¬llo en la mano no significaba que quisiese degollar a alguien, aunque la verdad es que mi olfato me confirmó ambas cosas antes de que el señor Cardozo lo haga. Era el asesino, y sí quiso matar al médico.
El doctor se mostró convencido de que su destino lo puso frente a la uña encarnada con el único propósito de alejarlo de la puerta, y el ex detenido -que debe estar camino a mi oficina en este momento- no quiso contarle lo del champú de vainilla. «Es algo personal», me explicó, y lo dejó pensando lo que quisiese.
Lo que yo afirmo finalmente, y antes de ir a atender la puerta donde alguien que ya debe ser mi cliente está tocando, es que hasta la casua¬lidad tiene que ver más con el asesino que con la víctima.
Punto final.
Lo veo desde acá, desde el pasillo, la luz amarilla del farol mecida por el viento de junio que hamaca su sombra de sobretodo y manos enguan¬tadas encima del cerco de ligustrinas recién podadas de la entrada.
-Buenas noches, pase por favor.
No me responde, pero sé que entrará conmigo y que quizás le invite un café y hasta tengamos una conversación. Pero ahora, parado en el corredor bajo el farol que en su balanceo revuelve su sombra con la mía tiene los ojos fijos en los números que identifican mi residencia: el 612 de la avenida 18 de Octubre.

Mabel Pedrozo (Paraguay)
Breve reseña sobre su obra
Poeta, narradora y periodista paraguaya nacida en Asunción en 1965, egresada como abogada de la Universidad Nacional de Asunción. Actualmente se desempeña como periodista en el Diario Popular. 
Publicó poemas en las antologías Poesía itinerante, Poetisas del Paraguay y Trópico Sur. 
En 1991 aparece su primer cuento recopilado en la antología Narradoras paraguayas. En 1997 apareció el libro Mujeres al teléfono, co-escrita con Amanda Pedrozo. En el año 2000 aparece el libro de cuentos Debajo de la cama, al que le sigue Noche multiplicada (2001), merecedor del Premio Roque Gaona 2002 y Juego de Sábanas (2003).

La puerta par aparece recopilado en Pequeñas Resistencias 3, editado por Páginas de Espuma.