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domingo, 2 de octubre de 2011

Niños en una calle de campo


Franz Kafka (República Checa)
Oía pasar los coches ante la verja del jardín. A veces también los veía por los intersticios de la enramada movidos lentamente. ¡Cómo crujía en el cálido verano la madera de sus rayos y lanzas! Algunos trabajadores volvían de los campos y reían que era una vergüenza.
Me sentaba en nuestra pequeña hamaca. Descansaba estirado entre los árboles, en el jardín de mis padres.
Ante la reja eso parecía no querer acabar. En sólo un momento pasaban unos niños a la carrera; carros graneros con hombres y mujeres arriba y en derredor de las gavillas oscurecían los canteros de flores. Hacia el anochecer veía a un señor con bastón que salía a pasear; y dos chicas que venían tomadas del brazo en dirección opuesta lo saludaban, desviándose por el pasto del costado.
Después reventaba en el cielo un chisporroteo de pájaros. Yo los seguía con la mirada. Veía cómo de golpe subían, hasta que me parecía no ya que ellos subían sino que yo caía y, un poco por debilidad, empezaba lentamente a columpiarme asiéndome con fuerza de las cuerdas. Pronto comenzaba a hamacarme con más fuerzas, cuando el aire soplaba ya más fresco y en lugar de pájaros en vuelo aparecían temblorosas estrellas.
Hacía mi cena a la luz de una vela. A menudo ponía los dos brazos sobre la plancha de madera y, ya cansado, mordía algo de mi cena fría. El cálido viento henchía las ya bastante rotas cortinas, y a veces alguno que pasaba por afuera, si quería verme mejor o hablar conmigo, las sujetaba con las manos. Por lo general la vela se consumía pronto, y los mosquitos que allí se habían reunido seguían todavía dando vueltas en el oscuro humo de la vela. Si alguno me hacía una pregunta, lo miraba como si mirase hacia las montañas o al vacío, y tampoco a él le importaba gran cosa lo que yo le contestase.
Si alguno saltaba entonces sobre el antepecho de la ventana y avisaba que los otros estaban ya ante la casa, yo me levantaba, y por cierto que lo hacía suspirando.
"Bueno. ¿Y por qué suspiras así? ¿Qué ha ocurrido pues? ¿Alguna desgracia especial, irreparable? ¿Jamás nos podremos reponer de ello? ¿Está realmente todo perdido?"
Nada se había perdido.
Caminábamos ante la casa.
"¡Gracias a Dios! ¡Por fin han llegado ustedes!"
"¡Llegas siempre con evidente retraso!"
"¿Cómo, que yo...?"
"Sí. Tú. ¡Si no quieres acompañarnos, quédate en casa!"
"¡No perdonan una!"
"¿Cómo? ¿Que no perdonamos una? ¿Qué estás diciendo?"
Nos zambullíamos de cabeza en el atardecer. El día y la noche no existían. Tan pronto se entrechocaban como dientes los botones de nuestros chalecos, tan pronto corríamos regularmente espaciados, echando fuego de la boca, como bestias de los trópicos. Como antiguos coraceros de las viejas guerras, pateábamos el suelo y nos elevábamos en el aire, juntos bajábamos corriendo la corta callejuela, y con ese mismo impulso en las piernas subíamos por la carretera. Uno que otro se metía en las zanjas junto a la calle, y apenas habían desaparecido tras el oscuro declive estaban ya parados en el sendero de arriba, como gente de afuera y miraban abajo.
"¡Bajen, hombre!"
"¡Suban ustedes primero!"
"¿Para que nos echen abajo? No nos parece. Tan tontos no somos."
"¡Tan cobardes, querrán decir! ¡Vengan, nomás! ¡Vengan!"
"¿Sí, eh? ¿Ustedes? ¡Justamente ustedes quieren echarme abajo! ¡Qué bonito!"
Atacábamos. Nos daban un empellón en el pecho y caíamos, pues, con gusto, y nos estirábamos en el pasto de la zanja. Todo estaba a la misma temperatura; en el pasto no sentíamos frío ni calor, solamente cansancio. Si uno se volvía sobre el costado derecho y metía la mano bajo la oreja, sentía ganas de dormirse. Cierto es que uno intentaba rehabilitarse, volver a levantar el copete, pero era sólo para caer en una zanja más honda. Entonces, con el brazo extendido y agitando las piernas oblicuamente, intentaba uno lanzarse al aire, pero era para volver a caer con toda seguridad en una zanja todavía más honda. Y habríamos querido no terminar nunca. ¡Qué extraordinariamente bien se podía uno estirar (sobre todo estirar las rodillas) para dormir en la última zanja!... en eso apenas si pensaba uno, y estaba tirado,
dispuesto a echarse a llorar, como un enfermo que se lleva a cuestas. Uno parpadeaba, cuando algún muchacho, apretados los codos contra las caderas, oscuras sus suelas sobre nosotros, saltaba del declive a la calle.
Uno veía a la Luna ya a cierta altura; a su luz pasaba algún coche del correo. De todos lados se levantaba un viento leve; también en la zanja uno lo sentía, y en las cercanías el bosque comenzaba a susurrar. Entonces a uno no le importaba tanto no estar solo.
"¿Dónde están ustedes?"
"¡Vengan!"
"¡Juntémonos todos!"
"¿Por qué te escondes? ¡Déjate de tonterías!"
"¿No saben ustedes que el correo ya pasó?"
"¿Pero cómo? ¿Ya pasó?"
"Naturalmente. Pasó mientras dormías."
"¿Que yo dormía? ¡No me vengas con eso!"
"¡Cállate! ¡Si se te nota en la cara!"
"¡Pero, por favor!"
"¡Vamos!"
Corríamos más apretados. Algunos se tomaban de la mano. No podíamos mantener la cabeza suficientemente erguida, porque el camino bajaba. Alguno soltaba un grito de guerra indio. Un galope enloquecido se nos metía en las piernas; al saltar, el viento nos alzaba por las caderas. Nada podría habernos detenido. Estábamos tan embalados en la carrera, que hasta cuando nos pasábamos podíamos cruzar los brazos y mirar en torno. 
En el puente del torrente nos parábamos; los que habían seguido
corriendo volvían. Abajo el agua golpeaba en piedras y raíces como si no hubiese ya anochecido. No había ninguna razón para que alguno de nosotros no saltase por sobre la baranda del puente.
A lo lejos, detrás de los matorrales, pasaba un tren. Todos los coches estaban iluminados, seguramente las ventanillas de vidrio habían sido bajadas. Alguno de nosotros empezaba a entonar alguna cancioncilla popular de moda, pero todos queríamos cantar. Cantábamos mucho más rápido de lo que el tren corría; balanceábamos los brazos porque no nos bastaban las voces; con ellas armábamos un entrevero en el que nos sentíamos muy a gusto. Cuando uno mezcla su voz con otras es como si lo hubiesen pescado con un anzuelo. 
Así cantábamos en los oídos de los lejanos viajeros del bosque que teníamos a nuestras espaldas. En el pueblo, los mayores estaban todavía despiertos; las madres preparaban las camas para la noche.
Había llegado la hora. Besaba al que estaba a mi lado; a los otros tres que estaban más cerca les daba solamente la mano. Empezaba a hacer el camino de vuelta. Ninguno me llamaba. En el primer cruce,
donde ya no me podían ver, doblaba, y tomando algún sendero volvía al bosque. Echaba a andar hacia la ciudad, que queda al Sur, y de la que en nuestro pueblo decían:
"¡Allí sí que hay gente rara! ¡Imagínense... No duermen!"
"¿Y por qué no?"
"Porque no se cansan."
"¿Y por qué no?"
"Porque son locos."
"¿Los locos no se cansan?"
"¿Cómo van a cansarse los locos?"

Franz Kafka (República Checa)
Breve reseña sobre su obra
Escritor checo de idioma alemán nacido en Praga en 1883 en el seno de una familia de comerciantes judíos. Cursó sus estudios secundarios en el riguroso Altstädter Deutsches Gymnasium ("Instituto de Enseñanza Media Imperial Real"), situado en el interior del Palacio Kinsky. Realizó varios intentos de estudios en Química, Historia del Arte y Filología alemana en la Universidad de Praga pero, finalmente obligado por su padre, se doctoró en leyes en 1906. Tuvo un papel activo en la organización de actividades literarias y sociales, como miembro del club Lese-und Redehalle der Deutschen Studenten. Su empleo en diversas organizaciones burocráticas le permitió dedicar tiempo a la escritura a la vez que le sirvió como fuente de temas para su obra. En 1917 se le diagnosticó tuberculosis, enfermedad de la cual murió en 1924.

Sus primeros relatos aparecieron publicados en la revista Hyperion, que dirigía Franz Blei, bajo el título Descripción de una lucha. En 1913, el editor Rowohlt publicór su primer primer libro, Contemplación, una colección de 18 relatos que reunía extractos de su diario personal. A esos le seguirían En la colonia penitenciaria (1914), La metamorfosis (1915), Un médico rural (1919), Una mujercita (1923), Josefina la cantora o el pueblo de los ratones (1924) y Un artista del hambre (1924). 
Durante su vida, su producción pasó desapercibida para el gran público y no tuvo ningún éxito más allá de su círculo íntimo y sus admiradores. Antes de morir dio órdenes a su amigo Max Brod para que destruyera todos sus manuscritos inéditos. Brod no hizo caso a esas instrucciones y supervisó la publicación de América (1927), El proceso (1925) y El castillo (1922), entre otros.

Niños en una calle de campo pertenece al volumen titulado Contemplación, editado por Losada.