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Biblioteca Virtual Hispanica

sábado, 12 de noviembre de 2011

Barras y estrellas


Santiago Roncagliolo (Perú)

Carlitos amaba a los Estados Unidos. Empapelaba las paredes de su habitación con banderas americanas, y también con afiches turísticos de lugares extraños como «Idaho, el hogar de la papa». Decía todas las palabras que podía en inglés, por ejemplo «Hershey's» o «Chuck Norris», y al hacerlo, masticaba las sílabas hasta que sonasen como en las películas. Supongo que pronunciaba realmente bien ese idioma, porque nadie le entendía nada. Hacía falta preguntarle varias veces qué había dicho exactamente.
No es que Carlitos tratase de aparentar. Al contrario. Nunca conocí a nadie tan auténtico como él. Era incapaz de fingir nada que no pensase realmente, aunque en realidad, tampoco pensaba demasiadas cosas. Si nos hicimos amigos fue porque ninguno de los dos tenía más ideas que las estrictamente necesarias. Eso une.
El padre de Carlitos era muy, muy gordo, y también era oficial de la Marina de Guerra del Perú. Había hecho estudios en Panamá, en la Escuela de las Américas, y luego en algún lugar de Estados Unidos cuyo nombre se me escapa, algo así como Nápoles. En el mundo exterior, se desplazaba precedido por un coche escolta y vestido con un uniforme negro con visera blanca que disimulaba un poco su volumen. En cambio, de puertas adentro siempre andaba en calzoncillo y camisetita. Viendo su enorme vientre a punto de reventar la camisetita, nadie habría imaginado que era un hombre tan importante.
La madre de Carlitos se ocupaba de recordarlo, y de rememorar con pasión la temporada que habían pasado en Norteamérica. Su manera de expresar que algo le gustaba mucho era decir que era «como allá». Lo mismo hacía el hermano mayor de Carlitos, que siempre hablaba de la ropa que se podía conseguir «allá». Cuando viajaba, volvía con zapatillas relucientes, como de astronautas, o con chaquetas rojas llenas de cremalleras estilo Michael Jackson. Carlitos era demasiado pequeño para tener recuerdos de «allá». Pero adoraba viajar a Disney. Había estado ahí cuatro veces desde que tenía uso de razón.
Cada vez que Carlitos hablaba de Disney, yo volvía donde mi padre y le decía:
-Quiero ir a Disney.
-¿Por qué? Yo te he llevado a Ecuador.
-Lo único que recuerdo de Ecuador es que había árboles de plátano y me dio diarrea.
-También te puede dar diarrea en Disney.
Yo pataleaba y rezongaba, pero mi padre era inconmovible. De hecho, ni siquiera se tomaba la molestia de responderme. Por la época en que Carlitos y yo empezamos a andar juntos, su principal ocupación era ponerle los cuernos a mi madre. Mamá era profesora en un colegio fuera de Lima, así que volvía a casa casi de noche. A menudo, por la tarde, papá se presentaba en casa con una mujer, cuando creía que yo había salido a jugar. La llamaba Betsy y se metía con ella en su cuarto.
Todas esas veces -o casi todas, supongo- yo estaba en casa. Yo no salía a jugar casi nunca. Los chicos del barrio jugaban fútbol, y a mí no me gustaba el fútbol. Me quedaba en casa con Carlitos, que tampoco jugaba fútbol porque eso no se jugaba en Estados Unidos. Nos pasábamos las tardes mirando las tarjetas de béisbol que su padre le traía de sus viajes al Norte. Ni Carlitos ni yo entendíamos el béisbol, así que no teníamos nada que decirnos. Las mirábamos en silencio, y quién sabe qué pensábamos. Debido a eso, en esas tardes, papá nunca nos escuchó.
En cambio, Carlitos sí escuchó a mi padre y a su amante varias veces, quizá una decena. Pero nunca dijo una palabra. Ni a mí ni a su familia. A lo mejor es porque con su familia hablaba en inglés, y no sabía decirlo en ese idioma. En cualquier caso, cuando papá llegaba y pasaba a su habitación entre risitas y siseos, Carlitos se limitaba a bajar la cabeza y pasarme en silencio una nueva tarjeta de algún pitcher o un catcher. Yo le agradecía mucho sus silencios, y creo que entonces empecé a valorar su compañía como nunca había hecho con nadie.

Tuve oportunidad de devolverle el favor a Carlitos, pero eso fue algunos años después, cuando ya teníamos como trece. Por entonces, mis padres ya se habían divorciado y yo empezaba a hacer esfuerzos por salir con chicas. Había una, Mily, que ya había besado a todo el barrio, al menos a los que jugaban fútbol, que siempre tenían prioridad en estas cosas. Cuando Mily terminó con el último defensa, ya nadie quería salir con ella, porque daba mala imagen.
A mí me tenía sin cuidado el curriculum de Mily. Al contrario, pensaba que, con sus antecedentes, sería más fácil besarla. Y como ella lo había hecho tantas veces, me enseñaría a besar bien. Durante semanas, me apunté a todas las fiestas donde ella se presentaba. Yo era inexperto y pensaba que para besar a alguien hacía falta sentir cosas profundas. En consecuencia, me obligué a mí mismo a enamorarme de ella. Con la práctica, conseguí pensar en ella automáticamente, hasta que lo realmente complicado fue olvidarla y concentrarme en los estudios y los exámenes.
Al fin, después de varias fiestas y de bailar muchas canciones lentas, intenté darle un beso en la cocina de la casa de un amigo. Pero ella se negó:
-No te acerques -dijo.
-¿Por qué? Has besado a todo el mundo.
-Por eso. No quiero que piensen que soy fácil.
-¿Qué tiene de fácil? Llevo semanas tratando de hacer esto.
-Te diré qué vamos a hacer: todas las tardes saco a mi perro a pasear al parque. Si vienes a hacerme compañía, es posible que un día nos besemos. Pero no te imagines nada más. ¿OK?
Como un esclavo, acudí a acompañarla en sus paseos por el parque todo el verano, pero ella jamás me dejó tocarla. Su perro, un basset hound con cara de triste, parecía reírse de mí cuando yo aparecía. Para más humillación, Mily siempre me preguntaba por Carlitos. Quería saber qué le gustaba a él. A qué jugaba. Si nos veíamos mucho. Si podía llevarlo al parque alguna vez. Hice todo lo posible por ignorar lo que me trataba de transmitir, pero al final, tuve que admitir que a ella le gustaba el imbécil de mi vecino.
Tenía mérito. No lo he dicho hasta ahora, pero Carlitos distaba mucho de ser guapo. Era enorme y fofo, tenía los dientes torcidos, y jamás había mostrado ningún interés por las chicas. A lo mejor por eso le gustaba a Mily, porque era el único que nunca había intentado propasarse con ella.
Aunque Carlitos no tenía la culpa de nada, me enfurecí con él. Simplemente, su compañía me recordaba mi fracaso con Mily. Dejé de verlo. No quería que estorbase en mi esforzado camino hacia mi primer beso. Al parecer, eso sólo sirvió para que Carlitos quisiese verme más que nunca antes. Me tocó el timbre seis días seguidos. Les preguntó por mí a mis padres. Me llamó por teléfono a medianoche. Yo nunca le respondí.
No tardaría en arrepentirme de eso. El beso de Mily nunca llegó, pero al final del verano, me enteré por otros vecinos de la tragedia que se había cebado con la familia de Carlitos mientras yo no le hacía caso.
Ese mismo año, sus padres habían enviado a su hermano mayor a estudiar a los Estados Unidos. Manuel, que así se llamaba el hermano, había empezado a ir y venir con gran frecuencia, con demasiada frecuencia, pero eso a nadie le parecía raro. Al fin y al cabo, al padre de Carlitos lo habían ascendido a almirante. Su casa estaba llena de guardaespaldas armados y, con toda probabilidad, ganaba mucho dinero. Llevar y traer al chico no debía de representar un gasto excesivo para él.
Lo que sí sorprendió a todo el mundo fue que la policía arrestase a Manuel en el aeropuerto, cuando iba a partir en uno de sus viajes. Esa vez, Manuel había pasado apenas 48 horas en Lima, saliendo a discotecas por la noche y durmiendo de día. Su familia apenas lo había visto, y aunque comenzaban a sospechar lo que ocurría, nadie se animaba a preguntar. A lo mejor confiaban en que nadie detendría al hijo de un almirante.
Al principio, nadie pensó que la detención de Manuel duraría demasiado. Tenía que ser un error. O el almirante-papá-de-Carlitos se ocuparía de que fuese un error. Pero por lo visto, Manuel llevaba encima demasiada cocaína como para ignorar el tema, incluso para darle una condena leve. Y al parecer, su padre tampoco toleraba esos comportamientos en su familia. Movió todos sus contactos para conseguirle una celda amigable en una prisión de máxima seguridad, pero no pudo o no quiso hacer más.
Todo esto me lo contó otro chico del barrio, y cuando lo supe, me sentí culpable por haber ignorado las llamadas de Carlitos. Fui a buscarlo de inmediato. Su madre me recibió con una expresión sombría que yo no quise interpretar como un reproche por mi ausencia. Su padre ni siquiera se dio cuenta de quién era yo.
Encontré a Carlitos entre sus GI Joes, que comenzaban a parecer anacrónicos en un chico de su edad, y sus pelotas de fútbol americano, que nunca usaba porque nadie sabía jugar a eso. No supe qué decirle y me senté sobre la cama. Él tampoco dijo nada. Su cuarto olía raro, pero siempre olía raro.
Después de un rato en silencio, dieron las cinco, la hora en que Mily paseaba a su perro, y a mí se me ocurrió que podía hacer algo para redimir mi falta. Me lo llevé al parque y traté de organizar una charla animada entre los tres. Cuando pensé que todo estaba encaminado, pretexté que tenía que ir al dentista y los dejé solos. No supe más, y Carlitos tampoco habló de eso nunca.
Unos seis o siete años después, me encontré con Mily en una discoteca. Bailamos, nos reímos y recordamos los viejos tiempos. Al final, pasamos la noche juntos. Fue divertido, y un punto nostálgico. Antes de quedarme dormido, recordé el episodio aquel en el parque, y le pregunté:
-Oye, ¿recuerdas aquella tarde que te dejé con Carlitos? ¿Hicieron algo? ¿Aunque fuera un besito?
-Nada -me dijo ella-. Yo lo intenté, esa tarde y muchas otras, pero él sólo quería enseñarme sus tarjetas de béisbol.

Nunca le conocí una novia a Carlitos. Nadie más lo hizo, que yo sepa. Conforme mi interés por las mujeres aumentaba y el suyo se mantenía en cero, nos fuimos distanciando.
Por supuesto, de vez en cuando nos encontrábamos por la calle e intercambiábamos unas palabras, pero cada vez más, éstas sonaban vacías, meras fórmulas de cortesía inevitables. Él solía contar enteras las últimas películas que había visto, o los últimos partidos de algún deporte que yo no entendía, y en realidad, le daba igual que yo lo escuchase o no. Recitaba el evento por completo, segundo a segundo, detallando cada punto de giro, y si yo lo interrumpía, me dejaba hablar unos segundos y luego volvía a su monólogo. 
Dado su estado general de autismo, en el barrio se especulaba con la posibilidad de que Carlitos fuese maricón, que era lo que se decía de cualquier persona rara. Pero el rumor se apagó casi tan rápido como se había encendido: en realidad, Carlitos no parecía capaz de ningún comportamiento sexual.
Cuando todos dejamos de crecer, él continuó estirándose, y pronto se hizo demasiado grande incluso para entrar con comodidad en las amplias furgonetas 4x4 en que lo embutían sus guardaespaldas. La necesidad imperiosa de seguridad -su padre ya era general- le impedía venir con nosotros a nadar en la playa o sim-plemente a vagabundear, de modo que todo ese cuerpo se iba convirtiendo conforme crecía en una masa fofa e informe, como una medusa mutante. No obstante, todo ese crecimiento físico no iba acompañado de desarrollo hormonal. Carlitos carecía de vello facial, su voz era incómodamente chillona y aguda, y en verano, sus piernas lampiñas parecían las de un bebé gigante con zapatillas importadas.
Cuando todos en el barrio ingresamos a la universidad, Carlitos abandonó definitivamente nuestra órbita. Ni siquiera llegamos a saber si intentó ir a la universidad o no. Sólo sabíamos que trabajaba como boletero y acomodador en el cine de un centro comercial cercano. Tampoco aprendió a conducir: todos los días, bajaba a la calle con su uniforme rosado del centro comercial y se metía en una furgoneta llena de guardaespaldas. Intuyo que lo mismo hacía para regresar.
La de Carlitos parecía una vida apacible, pero en todo caso, estaba a punto de dar un giro inesperado. Por esos años, una segunda desgracia se cernió sobre su familia, una peor que la de su hermano.
Ocurrió durante un viaje de su padre a EE.UU. En los últimos años, la carrera del general se había estancado, lo que quiere decir que su número de guardaespaldas llevaba varios años estable. Se rumoreaba que estaba a punto de retirarse, y sin embargo, llevaba varios años sin viajar a Nápoles-o-como-se-llame, o a ninguna mi-sión diplomática militar. Y en esas circunstancias, se le metió en la cabeza visitar su escuela una vez más, la última antes de su jubilación.
Quizá el padre de Carlitos quería quedar en los registros como un ex alumno ilustre. O a lo mejor, sólo sentía nostalgia. El caso es que, aprovechando sus últimas vacaciones, el general viajó a Miami para tomar ahí un vuelo nacional con dirección a su escuela. Había hecho esa ruta cientos de veces. Tenía una visa americana para diez años. Pero en esta ocasión, algo falló.
En la oficina de migraciones, cuando dio sus datos, algo extraño apareció en la pantalla de la computadora del oficial. Por entonces, los americanos aún no te tomaban la foto y las huellas digitales al entrar, pero ya te preguntaban si querías matar al presidente o si habías participado en el genocidio nazi, y por lo visto, tenían archivos digitales con todas esas informaciones.
El caso es que hicieron pasar al general a una salita aparte. Él accedió gustoso. Al parecer, pensaba que le tenían preparada una recepción oficial. Y algo de eso sí que hubo. Dos oficiales le hicieron un largo interrogatorio, cuyos detalles no consigna ninguno de los chismes de mi barrio. Cabe suponer que él les proporcionó los nombres de gente importante que conocía, en su escuela y en otras instituciones militares. Debe de haberles sugerido que pidiesen referencias sobre él. Mientras consultaban su expediente, los oficiales lo dejaron esperando en la salita. El padre de Carlitos se pasó horas ahí, y aún seguía ahí muchas horas después de perder su conexión.
Como ya dije, el padre de Carlitos era un hombre muy gordo. Supongo que entre los nervios y el calor de Miami, sudó mucho durante esas horas. Y su tensión se disparó. O quizá le falló un riñón. Los chismes del barrio tampoco dan muchos detalles médicos. El caso es que, cuando los oficiales volvieron al cuartito, en-contraron su cadáver aferrado a su maletín de trabajo. Dentro del maletín sólo llevaba su diploma de la escuela militar y su gorra. Por eso tardaron un par de días en informar de su deceso a la familia.

Antes de terminar la universidad, me mudé a vivir solo, y cambié de barrio. La historia del padre de Carlitos la fui reconstruyendo mucho después de ocurrida, a partir de retazos de conversaciones con viejos amigos comunes. Pero incluso cuando la escuché por primera vez, Carlitos y su madre llevaban mucho tiempo fuera del barrio. Habían desaparecido sin dejar rastro.
Con el tiempo me casé, y me divorcié, y me volví a casar, y me volví a divorciar. No tuve hijos, y quizá ésa fue la razón de los dos fracasos. Pero no me arrepiento. Eso sí, debo admitir que las primeras semanas durmiendo solo después de pasar años con una mujer son un infierno.
Después de mi segundo divorcio, decidí escaparme de Lima para tomar un poco de aire. Así, al menos olvidaría con más rapidez. Tenía un primo viviendo en Los Ángeles, y pasé unos días con él, pero me aburría, así que alquilé un auto y me dediqué a pasear por California. Aunque quizá la palabra correcta es «deambular». No era capaz de mirar nada ni de hablar con nadie. Lo único que me hacía sentir bien era conducir durante horas por carreteras vacías.
Una tarde en Oakland me detuve a comer algo en un café. El tren pasaba justo sobre el techo de la cafetería, y yo tenía la sensación de que estaba a punto de estrellarse contra algo, igual que yo. De repente, en una mesa, descubrí a Carlitos, comiendo una hamburguesa con queso.
Frente a mis ojos pasaron sus tarjetas de béisbol. El olor raro de su cuarto. Mily. Ecos de un mundo que nunca había vuelto a tener un orden.
No puedo decir que nos saludásemos con emoción, como dos viejos camaradas. Más bien, creo que nos teníamos curiosidad. No sé si yo había cambiado especialmente, pero Carlitos seguía pareciendo una versión hipertrofiada de su hamburguesa con queso. Y juraría que esa cara seguía sin albergar un solo vello.
-Soy camarógrafo -me explicó-. Para un programa de espectáculos local. En Oakland no hay muchos espectáculos, pero está bien.
-¿Y tu madre?
-Vive conmigo aquí.
-¿Vives con tu madre? ¿Y qué haces cuando quieres echar un polvo? ¿La mandas a su cuarto?
Me reí. Pero él no se rió. Dudó por un momento, como si realmente examinase esa posibilidad, antes de contestar:
-No... nos llevamos bien. Todo está bien.
-Claro.
Guardamos silencio. Yo no sabía cuánto tiempo llevaba él fuera, y pensé que me preguntaría algo sobre mi vida, o sobre Lima. Pero en vez de eso, después de remojar sus papas fritas en la última gota de kétchup que le quedaba, preguntó:
-¿Has visto The Bounty Hunter?
Su pronunciación me trajo el recuerdo de su esmerado inglés americano. Aunque después de tantos años, en ese país en que hablar inglés no llamaba la atención, la suya ya no parecía buena dicción. Sólo un inglés cerrado y masticado.
Negué con la cabeza, y él continuó:
-Jennifer Aniston tiene un ex esposo que la busca para entregarla a la Policía. Cuando la encuentra, la mete en la maletera del coche, pero luego ella se escapa, y tiene que esposarse a ella, y entonces...
Siguió una larga explicación sobre la película, casi escena por escena, que duró todo lo que tardó el sol en ponerse. A continuación, me habló del hockey sobre hielo, detallando con gestos como los jugadores se abrían la cabeza a golpes.
-Pero esto es Oakland -terminó-, y aquí no hay hielo. 
-Comprendo.
Miré mi reloj. Había pensado pedir una cerveza más, pero cambié de opinión. Él se estaba rascando una oreja. Yo empecé a preguntarme cómo despedirme sin sonar desagradable. El tren volvió a pasar, haciendo vibrar el local.
-¿Sabes lo que siempre decía Manuel? -dijo él, de repente.
No me había atrevido a preguntarle por su hermano, y ahora que él sacaba el tema, tampoco me atreví a preguntarle por qué hablaba de él en pasado.
-¿Qué decía siempre Manuel?
-Que todo lo que le pasaba era un pago justo por lo bien que se la había pasado. Que lo único que le importaba era divertirse, y lo había hecho en grande.
-Suena como una buena filosofía -dije, por decir algo.
-Lo es. Yo también creo eso. Hay que disfrutar intensamente de la vida, ¿verdad?
-Claro que sí. Claro que sí.
Sin saber por qué, no fui capaz de moverme de mi sitio El tampoco. Nos quedamos ahí sentados, en silencio, hasta que la camarera empezó a poner las sillas sobre las mesas. Y por mí, nos habríamos quedado más.

Santiago Roncagliolo (Perú)
Breve reseña sobre su obra
Escritor, dramaturgo, guionista, traductor y periodista peruano nacido en Lima en 1975, cursó sus estudios en el Colegio de la Inmaculada. Desde 2000 reside en España donde trabaja como guionista de telenovelas, asesor político y periodista. Ha traducido a Genet, Gide o Theroux entre otros. Recibió el Premio Nuevo Talento 2003, el Premio White Raven 2007 y el premio Carabela de Plata 2010.
Es autor de los libros infantiles Rugor, el dragón enamorado (1999), La guerra de Mostark (2000) y Matías y los imposibles (2006), las novelas La cuarta espada, Memorias de una dama, Tan cerca de la vida, El príncipe de los caimanes (2002), Pudor (2005, llevada al cine por los hermanos Ulloa) y Abril rojo (2006). 

Barras y estrellas aparece recopilado en la antología Granta 11, los mejores narradores jóvenes en español, publicada por Editorial Duomo.