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Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 1 de noviembre de 2011

El diluvio tras nosotros


Andrés Barba (España)

Ahora se abren los oídos en sus oídos. Ahora se abren los ojos en sus ojos. Puerta giratoria de su rostro donde entra y sale, y entra y sale. Ya no duerme por las noches, le cuesta respirar después de las cuatro operaciones de aumento de pecho. Se deja caer por el cansancio como una gota por un cristal, respira por la boca y hasta el agotamiento parece un milagro constante. Luego, durante el día, el cansancio y la falta de sueño provocan a veces momentáneos y fu¬ribundos ataques de ira: entra en una tienda y, como no la atienden, pega un grito provocando una gran confusión. Las personas que están a su alrededor se vuelven hacia ella, Mónica puede ver los gestos de asco, de sorpresa, siente cómo las miradas la recorren de arriba abajo, ve cómo llegan hasta ella, cómo trepan por sus piernas, cómo se cuelgan de sus caderas y de sus pechos las miradas. Al salir a la calle tintinean colgadas de la carne, como campanillas, y eso le hace sonreír
de nuevo; desde hace días hay una cosa nueva en el mundo: su cuerpo cubierto por las miradas, pero como un ácido, algo ha pasado por ella corroyendo todas las dulzuras. Hasta la casa ha cambiado, como si la hubieran ido cortando a jirones. A veces hay momentos en los que se quiere dirigir al baño y va a la cocina, o viceversa.
«Es que no duermo», piensa.
Y no dormir es tan cercano como el bolígrafo marcando la pá¬gina en el diario de las operaciones, gravita como un pensamiento en el que todo se posee. ¿Quién camina por la noche? ¿De quién es el sonido de esos pasos que de pronto pasan junto a la cama y se detienen? Es como si efectivamente alguien se sentara allí, siente un peso real, en mitad de la noche, y piensa: «Ahora va a acariciarme». Juega con esa caricia como un refinamiento. Vuelve a cambiar de postura, vuelve a abrir la boca todo lo que puede. Aspira. Hasta el aire se ha vuelto ingrávido; ya no hay en él esa densidad que antes le capacitaba para llenar los pulmones, para oxigenar la sangre. Los pechos pesan lánguidos a ambos lados del cuerpo, se ahoga. Prueba a sentarse en la silla y luego vuelve a acostarse. Se revuelca, pierde la conciencia tres horas y la recupera al rato, retuerce los brazos vivos, blancos, asombrada.
«Mañana tengo que rodar», dice en voz alta.
De inmediato le entra la duda de si lo ha dicho efectivamente en voz alta, o si sólo ha pensado las palabras. Ella quiere decirlas en voz alta, de modo que se lleva los dedos a los labios para asegurarse de que se mueven esta vez.
«Mañana tengo que rodar», repite.
Se han movido. Y así transcurren los meses, los rodajes, los actores desvestidos como árboles fibrosos. Sin querer descuida al¬gunas cosas ahora: la ropa, las comidas, se mira de pronto en el espejo y piensa: «estoy sucísima», y se ducha frotándose hasta ha¬cerse daño.
«¿Qué te estás metiendo, Mónica?»
«¿Yo?»
«Algo te estás metiendo. No quiero actrices yonquis.»
«No me meto nada, te lo juro.»
Luego, un día, dejan de llamar. Y la intimidad se recluye un poco más en internet, en los chats, apenas sale de casa. Siente, cuando lo hace, que las cosas se han vuelto elásticas e inconmen-surables. Un día, sentada en un parque, con una mano sobre la otra, tiene un pensamiento extraño: un cuerno. «Mi cara con un cuerno», piensa. Se lleva la mano hasta la frente. Ni siquiera uno demasiado grande, piensa, un cuerno pequeño, único, casi domés¬tico en mitad de la frente. La imagen es de una belleza perturba¬dora y la atemoriza de pronto, como si hubiese tocado un misterio, una pieza sagrada de una simplicidad casi siniestra. «Mi cara con un cuerno, mi sonrisa con un cuerno.» Al llegar a casa abre el diario de las operaciones y lo escribe.
«Próxima operación de cirugía: Mi cara con un cuerno.»
La idea tiene vida propia. Cierra los ojos conmovida, soportando algo dulce, agudo, lleno por fin de armonía: la seguridad del hueso. Ha hecho antes otras operaciones: una de labios, cuatro de pecho, una supresión de costillas, otra de pómulos, y a veces en el diario se puede leer, entre unas operaciones y otras: «Soy un monstruo». Otras: «En la próxima operación...». Y la letra es alegre y vibrante. Tampoco duerme esa noche. Poco a poco la confusión se amansa, pero al amanecer vuelve de nuevo. Ahora la casa sirve a la perfección a su cuerpo grande, la casa como un lugar húmedo. Porque también el cuerpo exhala sus sentimientos, sólo hay que estar lo bastante cerca como para percibirlos. Y un día sale a la calle y emite un débil quejido que le hubiera gustado hacer durar. Quién podría explicar por qué camina hacia allí cuando lo que quiere es rehuir la imagen. Se sujeta al barrote de la entrada y luego, como impulsada, da un paso y
otro como un reloj infalible. «Mi cara con un cuerno, mi sonrisa con un cuerno, mis brazos y mis piernas y mis tetas y mi cono con un cuerno.» La vulgaridad de las palabras es necesaria, pero ya no hay dinero. Ya no llaman para las películas.
Sin reparar en nada, escribe un anuncio en el periódico. «Mó¬nica. 37 años. Actriz porno ESPECTACULAR. Te espero desnuda. Te la chupo sin condón. 100 euros completo.» Adjunta una foto de cuando tenía 23 años y comenzó a trabajar, tapando la cara, y añade en vertical, con una tipografía minúscula: «Foto real». La operación del cuerno cuesta dos mil euros, en una clínica ilegal; ha tenido que explicar tres veces lo que quería hasta que la han entendido. Luego, con escándalo, le han dicho que no será posible por menos de dos mil euros. Y allí espera, en bata, tranquila, una mano sobre la otra, a que venga la gente del anuncio. Las llamadas se suceden. Los hombres llegan. Hombres pequeños y casi siempre amables, rápi-dos, a veces avergonzados, otras tantas brutales. Una vez llega un chico y al verla se retiene.
«No me gustas -dice-, lo siento.»
Otra vez le dan dos billetes falsos. Otra vez le cruzan la cara. Mónica se sorprende de lo poco que le duele el golpe y mira al hom¬bre fijamente, sin pestañear, hasta que nota el cansancio y el miedo del hombre, su olor, su piel, hasta que tiene la sensación de penetrarle. Por primera vez percibe que la parte inferior del labio del hombre tiembla, pero no sólo ve el temblor, sino que además lo entiende, ve cómo se entrecruzan las fibras de cada músculo, cómo tiran de la pobre gelatina del labio hacia arriba, cómo una a una se repliegan en las cavernas infrarrojas del cuerpo, a través de entrañas de marañas nerviosas, se desliza por el interior del cráneo hasta el globo ocular del hombre y ve su ojo desde atrás, el nervio grueso y cubierto de minúsculas venas azules y rojas, descubre que el hombre tiene miedo porque ella está dentro de él.
Es en el parque donde se queda dormida con más frecuencia, en una de las esquinas, como si sintiera frío, mirando las volutas nerviosas de los troncos de los árboles. Un día, en pleno sueño, se mea encima sin querer, y siente el calor de la orina, y luego el frío, y luego el olor. Al llegar a casa se ducha y regresa al diario, vuelve a escribir en él: «Mi cara con un cuerno». A medida que pasan los días la imagen va tomando una forma cada vez más concreta y más lúcida. Al principio era sólo un cuerno abstracto, en mitad de la frente, a veces estriado, a veces liso, un cuerno enorme del mis¬mo tamaño que la cara, disparado hacia lo alto, otras un cuerno pequeño y dócil, casi una protuberancia, un bulto. Ahora cada vez con más frecuencia tiene en la imaginación una forma cónica de tres centímetros, en mitad de la frente. Y cuando llega a esa forma Mónica se abraza a ella, y siente que está cerca, cada vez más cerca.
En ocasiones también el paisaje la atemoriza. Como si algo en ella fuera a dejar de ser humano tras el cuerno. El cuerno duro, en el interior de la frente, como un puño cerrado, como el germen de una flor imposible. No sabe lo que es ni lo que desea ser pero se concentra en copiar los gestos serios del cuerno, tratando de imitar su crueldad y su ternura. En internet comienza a buscar cada vez con más frecuencia fotos de animales, de monstruos fantásticos, de peces de profundidades abisales. Seducida por sus formas, como para comprender mejor, como si toda una parte de ella tuviera que aprender una extraña delicadeza del monstruo, una breve escala, pasa horas enteras frente a las imágenes hasta que tiene la sensación de encarnarse en ellos, de dar un gran paso hacia delante. Al salir a la calle a veces no sabe hacia dónde caminar, o tiene inquietantes momentos de pánico. Boquiabierta y silenciosa va de esquina en esquina escondiéndose. Otras
veces se descubre de pronto en su barrio de la infancia, sin saber cómo ha llegado hasta allí ni qué es lo que busca.
Los hombre se suceden, y los días. Vuelven a pegarla, esta vez brutalmente. Un adolescente, casi un muchacho, guapo y aparente¬mente frágil. Había sentido miedo de él desde el principio y sin embargo le dejó pasar. Luego, cuando se marcha, está en el suelo rodeada de cristales, la cabeza apoyada. Se lleva las manos a la cara. Tiene el vago recuerdo de haberse cubierto la cara, sólo la cara, para que no le dejara señales, y como no siente que haya logrado tocarle la cara, se queda dormida sobre el suelo, de puro y simple agota¬miento, imaginándose que es un perro, se lame las manos con su lengua pequeña.
Imaginándose que es un perro, imaginándose que es un caballo, que es una sirena, una náyade, que es un insecto. El cuerno se ha incrustado en algún lugar, entre los ojos. Algunas noches que no puede dormir se echa a la calle, como si se retorciera las manos. Vestida como para una fiesta: los pendientes, los labios pintados, el rímel. Se echa a la calle tratando de invocar algún peligro, y a veces un pensamiento le relampaguea el cerebro al salir: «ojalá me mata¬ran». Un pensamiento sin lástima, frágil como el del cuerno, piensa «ojalá me mataran» como cuando piensa «Ojalá pudiera dormir». Tres días antes, ha sabido por el periódico que unos delincuentes han prendido fuego a un vagabundo a pocas manzanas del barrio y ella pasea por allí, sin saber qué desea ver o encontrarse. ¿Qué le harían a ella los delincuentes? Lo que ella desea es más áspero y más difícil que ser quemada viva. Los delincuentes no sabrían qué hacer con
ella; es valiente como un perro, como un loco. Pero no es ver¬dad: no desea morir. Desea el cuerno. Por eso coge un cuchillo de la cocina y cuando ve a alguien en sus paseos nocturnos se dirige hacia él decidida. Una vez es un hombre, de unos cincuenta años; al ver el cuchillo sale corriendo. Otra es una muchacha. Mónica le cierra el paso, saca el cuchillo y dice:
«El dinero».
Pero la muchacha casi no tiene dinero. Tiene sólo un libro, una bufanda, siete euros en monedas que Mónica coge sin más y se guarda en el bolso, con el corazón un poco agitado, sorprendida de la torpeza de la escena, sorprendida de la fealdad de la muchacha y de sus reacciones. Piensa: «Ahora he robado».
Cuando menos lo espera el mundo se vuelve real de nuevo. Sale a la calle una tarde y al pasar junto a la entrada de un instituto unos adolescentes se ríen de ella. O entra en una tienda para comprar comida y un niño se asusta. Siente frío entonces. Se estremece den¬tro de la ropa. Vuelve corriendo a casa y come como un centauro, el rostro casi pegado al plato, los cabellos metidos en la comida, y después de comer se marea tanto que casi se desploma. El sofá huele mal, la casa huele mal. Con la cabeza entre las manos se adormece y luego vuelve a despertar, el peso de los pechos la ahoga. Piensa que tiene que hacer muchas cosas: tiene que limpiar, tiene que ducharse, tiene que arreglar el cuadro que se rompió el otro día, tiene que comprar pasta de dientes. Pero las obligaciones parecen como envueltas en una humareda que las hace difíciles, se asombra de haber vivido tanto tiempo, toda su vida, haciendo esas cosas con tanta soltura. «¿Cómo
hacía yo...?» Ahora todo está algodonado, misteriosamente intacto, la casa se desliza como un cuerpo. Y cuando no sabe qué hacer cuenta los billetes que esconde bajo la botella con las casas colgantes de Cuenca.
¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Un año? Los hombres siguen vi¬niendo, el dinero se acumula: ya lo tiene casi todo. Y cuanto más cerca está, más se exaspera. A veces tiene grandes blancos de me¬moria. Toma conciencia de sí misma en mitad de la calle, o en el cuarto de baño. Se pregunta: «¿Cómo he llegado hasta aquí?». Luego, como si se acordara: «El cuerno». Y cuando lo dice la casa parece de nuevo otra casa, el sol delinea cada objeto como si estuviesen impresos a carboncillo sobre las mesas, colgados de las pa¬redes, como si ella misma fuera una destilación natural de este espacio.
En internet descubre una imagen que la hipnotiza: un hombre de Canadá que se ha injertado bajo la piel de la cara cinco bolas de silicona. Con brusca rigidez le mira durante horas, como si de la fascinación fuera a brotar un sentido, y eso fuera a ayudarla, a hacer desparecer el miedo. Porque aún tiene miedo. No se pregunta: «¿Qué será de mí con el cuerno?», sino eso otro, mucho más temible: «¿Qué seré yo con el cuerno?». Del hombre de Canadá hay cinco fotografías en internet. Sostenido por una hamaca, en la cocina de su casa, en un jardín tras el que se vislumbra un columpio, en un coche, junto al cartel de entrada de su ciudad. Con gesto serio, fuerte, como si fuesen hermanos desde hace mucho tiempo, se miran. El hombre se llama Jason Stone. Mónica aprende su nombre como se aprende el nombre de un amor. Lo escribe en su diario: «Jason Stone». Luego se desliza dentro de su piel: siente los apósitos de silicona en la carne, mira su
cara abultada en el espejo, desliza los dedos lentamente por los apósitos hasta que siente su textura gruesa, secreta. Y surge esa frase misteriosa: «Yo soy la herida y el cuchillo». Cuando la escribe en el diario, debajo de «Jason Stone», le parece tan limpia y tan redonda que no siente la necesidad de explicarla. Dos días después la relee y la encuentra incomprensible. «Yo soy la he¬rida y el cuchillo.» Sabe, sin embargo, que la escribió consciente¬mente, en un momento de lucidez, y que tras escribirla, no sintió la necesidad de añadir nada más; tan profunda era la sensación de haber tocado un nervio, un forma blanda y pulposa, un corazón.
Vuelven los hombres. El miedo del cuerno, ahora que se aproxima cada vez más, la hace amarles de una manera extraña, desprovista del mecanicismo habitual. No a todos, sólo a algunos. Pero cuando sucede tiene la sensación de que trata de aferrarse con ellos a la vida. Por un momento se olvida de todo. Por un momento recorre con la mirada los cuerpos de algunos de los hombres que vienen y piensa: «Yo podría enamorarme de ti». Y se extrema en la delicadeza. Puede ver su piel blanca muy de cerca, puede ver el nacimiento de cada pelo, y cómo cada pelo hunde su raíz en la piel, y cómo en la base de cada pelo la piel se hunde bruscamente y el pelo entra en ella como una aguja minúscula para una extracción. Y puede ver también la boca, como una herida blanda, como una cicatriz abierta, y los dientes, y la lengua en la que se suceden, al¬fombradas, miles de diminutas papilas gustativas cada una con una función específica. Y puede ver la milagrosa
mecánica de las articu¬laciones: los hombros, los codos, las rodillas, la cadera, se hace diminuta hasta tocar la membrana que une el hueso con la carne y la piel. Se asombra de las erecciones como de un milagro, piensa: «qué hermoso es esto», como si su sensibilidad no la dejara pensar más allá de la superficie. Cuando se corren se concentra en el leve des¬canso de los ojos, de la boca. Los pómulos parecen hundirse entonces levemente, la piel recupera su flaccidez, se acaricia el sudor, imagina el prodigio de cada poro como un vaso minúsculo rebosante de agua salada, se hace tan pequeña como los miedos y recorre cada poro como si en cada uno tuviera que poner una bandera.
Incluso hay un hombre que se enamora inexplicablemente de ella. Se llama Antonio, pero todos le llaman Toño.
«Me llamo Antonio, pero todos me llaman Toño», dice. Le manda mensajes al móvil, mensajes obscenos a mitad de la noche, casi siempre monosilábicos: «Voy», «Ven». Mensajes nervio¬sos. Él mismo es grande y nervioso, suda mucho, cuenta chistes que Mónica no entiende, le gusta reír. Y cuando los cuenta se queda todavía un segundo en silencio, esclafado como un niño dominical con los brazos recogidos, expectación pura, y ríe al instante con una risa estentórea. Mónica se liga a él durante unas semanas como si estar ligada a él fuera una delación del verdadero gesto, del cuerno. Porque ella no habla. Ella sólo asiste a la fermentación. Una tarde Toño deja de pagar, pero sigue viniendo. Mónica no sabe cómo decirle que se vaya, cada vez le cuesta más hablar. Como si hubiese olvidado cómo articular ciertas palabras, ciertas frases: abre la boca, quiere decir: «Toño, no quiero que vuelvas» y no dice nada. Junto a Toño se produce
una última expansión de su cuerpo, como una goma que ha sido estirada hasta un punto insufrible y de repente se destensa sin romperse, haciéndose fláccida. Toño habla y habla. Es bruto e inofensivo, y hasta en ocasiones tiene insospechados gestos de delicadeza. Un día dice:
«Hay que limpiar tu casa».
Y limpia durante media hora, hasta que se aburre. El efecto, al final, es doblemente pernicioso, la limpieza de una mitad de la casa pone de manifiesto la suciedad de la otra mucho más que antes. Igual que el cuerpo. Se desmorona sólo en lugares concretos. Las ojeras son casi violetas algunos días, las uñas están sucias y hay que limpiarlas, uno de los pezones se ha oscurecido más que el otro, la comisura de los labios ha cedido, inclinándose ligeramente, los pár¬pados se hinchan por las mañanas, le duele la rodilla izquierda, las digestiones son difíciles y pesadas, como si las costillas que le faltan provocaran una presión antinatural sobre los intestinos. Sin aviso de ninguna clase hay en las cosas un olor denso a carne podrida que a Mónica le parece que emana su propio cuerpo y del que no consi¬gue escapar por mucho que se duche. Porque desde hace días, desde que Toño viene y reaparece a su voluntad, Mónica cree estar constantemente
sucia. Un día no le abre más la puerta. Toño golpea furioso un momento, luego parece avergonzarse y se va. Sus men¬sajes llegan todavía durante más de una semana, hasta que también ellos van extinguiéndose. Dice alguna brutalidad, luego, a los dos minutos, llega otro mensaje pidiendo perdón. Tres horas más tarde, otra brutalidad. Los últimos son, sencillamente, tristes. Y sin em¬bargo Mónica no quiere que dejen de llegar, los espera, como si en esos mensajes hubiera un último vínculo a algo, como si el cuerpo de Toño, ese cuerpo que sólo recuerda por fragmentos y por el que nunca se sintió atraída, supusiera una gran pérdida.
Entonces es el silencio. El silencio vibrante, ahí donde el suelo falta. Y súbitamente este penoso, inexistente lugar; el cuerno. Por¬que todos han pasado ya y sólo ha quedado el cuerno, como una fulguración sin vínculo a ninguna otra idea, a ningún otro recuerdo; el cuerno. Deja pasar los días, sin aceptar ya a ningún cliente. Se desliza desde el lunes hasta el domingo como si cada día de la se¬mana tuviera que eliminar un pensamiento. Todos los seres posibles de su cuerpo han salido de una vez. Le parece que, en algún lugar, cantan sobre ella.

Se desnudó despacio, dejando la ropa primorosamente doblada, como hacen algunos suicidas antes de arrojarse por una ven¬tana. En el espejo de la sala de espera se miró por última vez. Bajo las olas trémulas de la piel, los huesos, la carne, los intestinos. Le hubiese gustado hacerse una fotografía entonces, exactamente en aquella postura, ante el espejo. Con su letra redonda, muy lenta¬mente, habría escrito al dorso: «Yo, antes». Con mucha delicadeza y nostalgia, como quien sabe que se despide de un lugar al que no regresará nunca: el pelo caía hacia la izquierda, la mano derecha temblaba un poco, las rodillas eran delgadas, cosas que nunca vol¬verían a ser. Más, mucho más. Recoger esa imagen con los dedos, y renunciar a ella. Renunciar al recuerdo. Había llegado casi con una hora de antelación y la habían dejado en una sala pequeña con unas revistas. Una hora más tarde había entrado una mujer y le había pedido que se desvistiera.
«¿Ya está lista?»
«Sí.»
Tuvo un instante de vacilación. Luego susurró para sí misma: «Mi cara con un cuerno», como si se tratara de un mantra, la enfer¬mera le había causado desconfianza. Fue entonces cuando el cuerno comenzó a emerger del fondo, despacio, muy despacio, cuando co¬menzó a sentirlo crecer de verdad, y sintió miedo. Su presencia no se distinguía mucho de la de un simple dolor de cabeza. Le dieron una bata azul, abierta en la espalda, unas babuchas higiénicas, y la acompañaron hasta la sala de operaciones. La camilla estaba fría. Lo sintió con placer: el frío. Luego le pusieron la mascarilla. Apareció el cirujano plástico.
«Respire con normalidad.»
«¿Qué es esto?»
«La anestesia.»
Pero ya sabía que era la anestesia, no era eso lo que preguntaba. Pensó: «Me meterán en esa marmita, y yo saldré roja, colorada, con un cuerno». Y a medida que la anestesia hacía efecto tenía la sensa¬ción de que su cuerpo iba advirtiéndolo, fosilizándose como una sustancia calcárea, creando un caparazón duro hecho de cientos de miles de materias superpuestas.
El sueño de la anestesia fue salvaje. Comenzó en el estómago. Para posarse en ella, el sueño comenzó dulcemente, como una leve sensación de hambre. Veía ciertas imágenes casi abstractas que poco a poco fueron concretándose hasta adquirir la forma de rostros no del todo humanos. Los elementos que componían esos rostros no eran distintos de los de cualquier otro y, sin embargo, había algo en ellos que los distanciaba por completo. Abrían sus bocas y de ellas salían unas lenguas largas y finas que recorrían la superficie sobre la que estaban apoyados, como si se alimentaran de esa forma. También ella probó a abrir su boca y de ella surgió una lengua se¬mejante; extensa, más fina que las otras, como un largo hilo rosado. Sentía todo lo que tocaba con la lengua. La lengua era el único lugar en el que sentía.
Había, en todo, una especie de alegría primordial, casi demo¬niaca, como si hubiese llegado más allá de donde había previsto, como si por primera vez existiera en un polo opuesto. Pero sabía que era un sueño, que estaba anestesiada, en las otras operaciones también había sentido lo mismo. Se despertó abotargada, delirando. Preguntó si se había muerto.
«No. La operación ha salido bien», dijo la enfermera.
Estaba despierta. ¿Había despertado ya o era eso el sueño toda¬vía? Allí, como una estatua, recordaba haberse levantado de la ca¬milla, haber saludado al doctor. Una mano le había quitado la vía del suero con gran delicadeza, recomendándole que doblara el brazo para que no quedara señal, y ella lo había hecho, otra mano le había ayudado a vestirse con aquellas antiguas ropas humanas. Se dirigían a ella por su nombre, que de pronto le resultaba extraño y melo¬dioso. Reconocía vagamente haberse llamado así. Veía sus caras humanas desde fuera y le parecían feas, ridículamente, casi conmovedoramente feas. Luego recordaba haber bajado a la calle. ¿Era eso la calle? Sí, seguir adelante; llamar a eso: «adelante», llamar a eso: «calle», llamar a eso: «seguir». Los otros asistían sin mirar, ella nom¬braba las cosas. Recordaba haberse llevado las manos temblorosas hasta la frente, haber tocado la venda, habérsela quitado
torpe¬mente, haciéndose un poco de daño. El doctor le había dicho antes de salir:
«No se la quite aún, hasta dentro de dos días». 
Ella había reconocido cada palabra, pero no el significado de la frase. Al igual que los rostros la sintaxis se había desmoronado. Se quitó la venda delante de él, se la puso en la mano y salió.
Al aire libre el cuerno recibió por primera vez la luz, y cuando lo tocó con la punta de los dedos sintió un dolor eléctrico en todo su cuerpo No pudo evitar vomitar, un vómito en el que expulsaba por fin todo lo que sobraba, apoyada en un árbol, probando el sabor ácido de lo que ya no era. Como si quisiera perdonar, como si una irrefrenable sed de perdonar la inundara, perdonó también al vómito, al árbol, su irritante constancia, aquellas últimas cosas. Luego algo pareció cuadrar estático en todo el paisaje, como si en las en¬trañas del mundo se hubiese producido un movimiento minúsculo que había hecho encajar por fin todas las descomunales piezas del universo Se miró las manos: había allí unas manos. Camino bus¬cando un espejo, un reflejo, cualquier superficie que le permitiera contemplarse y ver por fin el cuerno; lo encontró. «Tu nombre es Mur», dijo.

Andrés Barba (España)
Breve reseña sobre su obra
Escritor español nacido en Madrid en 1975. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid, donde también ha dictado cursos para extranjeros. Trabajó como docente en Bowdoin College (USA) y actualmente dicta talleres literarios. Ha recibido las becas de la Academia de España en Roma y la Halma de la Unión Europea. 

El hueso que más duele, su primera novela, publicada en 1998, recibió el Premio Ramón J. Sender. En 2001 publicó la novela La hermana de Katia (finalista del Premio Herralde), a la que siguieron La recta intención (2002), Ahora tocad música de baile (2004), Versiones de Teresa (2006, Premio Torrente Ballester), Las manos pequeñas (2008) y Agosto, octubre (2010). Su última novela, con la que ganó el Premio Juan March, se titula Muerte de un caballo (2011).
En colaboración con Javier Montes recibió el Premio Anagrama de ensayo por La ceremonia del porno. 

El diluvio tras nosotros aparece recopilado en la antología Granta 11, los mejores narradores jóvenes en español, publicada por Editorial Duomo.