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Biblioteca Virtual Hispanica

domingo, 6 de noviembre de 2011

Princesa


Juan José Hernández (Argentina)
A la memoria de Alejandra Pizarnik

Lástima: no sería fácil conservarlo perfecto ("la torre de Babel", había dicho su amigo con una mirada burlona cuando se encontraron en la esquina del restaurante). Primero el viento de la calle, después las ráfagas de un ventilador amenazaban los bucles de su majestuoso pei¬nado. Indiferente al tono irónico de sus palabras, ella son¬reía con dulzura, todavía absorta en el recuerdo de su pro¬pia imagen contemplada una y mil veces en el espejo de la pensión. Sí, una obra de arte. Lástima que no fuese a durar.
Cuando el mozo se acercó con el menú, le preguntó si era posible cambiar de mesa. "Habrá que esperar unos minu¬tos, señorita. Muy pronto quedará libre aquella de enfrente."
Miró el sitio que le indicaban. Una mesa ocupada por una mujer sola, junto al tabique de madera con adornos de vidrios azules y rojos. La mesa ideal, a salvo del ventilador. Pero esa mujer no pensaba marcharse.
Leyó los platos fríos del menú. ¿Langostinos? Carísimos... ¿Palta? No. Melón con jamón. Él no se molestaba en leer la lista. Pediría el antipasto, como de costumbre, y después un bife con ensalada mixta. Ella prefería moderarse. El postre, especialidad de la casa, compensaría de sobra su frugalidad.
-Bárbaro el calor -dijo él.
-Sí, bárbaro -dijo ella, aunque no sentía calor con su vestido de encaje rosa, sus piernas desnudas y sus livianas sandalias: una tirita dorada le aprisionaba el dedo gordo del pie; otra más ancha, le ceñía el empeine.
Él se quitó el saco (ella observó las manchas de sudor fresco debajo de los brazos), se aflojó el nudo de la corbata y se despren¬dió el primer botón de la camisa: la pelambre renegrida del pe¬cho le subía hasta la garganta. Ella pensó que en verano era una ventaja ser mujer. Aunque no siempre. Salomé, por ejemplo.
Cuando se trasladó a vivir a Buenos Aires había conocido a Salomé, una uruguaya alta y morena que trabajaba por las no¬ches en una boite. Salomé se depilaba con cera los brazos y las piernas, arrancaba con una pinza los pelos que crecían alrede¬dor de sus pezones. Cada tirón brusco de la pinza iba acompa¬ñado por un chillido de Salomé, sentada en el borde de la bañadera, que gemía y maldecía a sus antepasados mahometa¬nos. Tenían la culpa de su vello tupido, de sus muchos lunares.
Ella no precisaba de semejantes torturas. Sin embargo, su afán por estar a la moda la obligaba a frecuentar la pelu¬quería de Víctor. Allí esperaba turno, hojeando revistas femeninas con los retratos de la desventurada Soraya en la Costa Azul, o de la risueña Jacqueline en los jardines de la Casa Blanca. Al cabo de dos o tres horas de espera, la son¬risa ambigua de Víctor, la trepidación y el calor insoporta¬ble del secador, el minucioso batido. "Una obra de arte" había exclamado el peluquero mientras daba el último to¬que de peine a esa audaz corona de bucles. Después, en su cuarto, ella buscó el recorte de diario donde se explicaba el difícil maquillaje Cleopatra, tan de acuerdo con su peinado, y ayudada por el rimmel, el lápiz y los pinceles convirtió su rostro infantil en una máscara de ojos inmensos, atónitos.
Una ráfaga más violenta que las anteriores la sobresaltó; el ventilador, al girar hacia ella, redoblaba su ímpetu con ensaña¬miento. Pensó en pedirle al mozo que lo apagara. Pero hacía calor, la gente iba a protestar. Miró a su alrededor: por todos lados caras arrebatadas, crepitar de mandíbulas. Una rubia de aire desdeñoso perdía de pronto su compostura: se apoderaba de medio pollo asado y lo descuartizaba con los dedos. Otra, de mentón prominente, saboreaba cucharadas de dulce y se relamía, los ojos en blanco, como ante una visión celestial. Un hombre fornido espolvoreaba con queso su plato de tallarines y su corbata. Sólo la mesa junto al tabique se mantenía extra¬ñamente ordenada: una isla en medio de la confusión y una mujer vestida de oscuro, distante, bajo el resplandor tenue de los vidrios azules y rojos. Estaba como en su propia casa. O como en una iglesia. Era una solterona. Una viuda, quizá.
El ruido del salón iba en aumento. Los mozos avanza¬ban con dificultad, se inclinaban solícitos ante las mesas, se erguían de inmediato, y desde allí, uniendo las manos a modo de bocina, gritaban el pedido o el reclamo de los clientes: "Marche uno de lomo". "A ver ese asado de tira."
Alguien hizo funcionar el tocadiscos. "Tesoro mío, cuánto sufro por tu ausencia." La voz quejumbrosa del cantor provocó un momentáneo silencio; luego el barullo la cubrió por com-pleto. "Mi tango preferido" dijo él. Empezó a tararearlo con las cejas en alto, los ojos entrecerrados, las comisuras de los labios vencidas, como poseído por una repentina y honda tristeza.
Ella miró de nuevo hacia la mesa situada junto al tabi¬que. La mujer había encendido un cigarrillo y fumaba con lentitud. No era vieja. Pelo entrecano, cara lavada, sin arru¬gas. Si se arreglara, hasta parecería bonita. ¿A quién le hacía acordar? El resplandor de los vidrios acentuaba sus órbitas profundas, sus pómulos salientes.
El mozo interrumpió sus conjeturas.
-Pedí jamón cocido.
-No hay problema. Permítame, se lo cambio en seguida.
-Déjelo, es lo mismo.
Se disponía a cortar el melón cuando uno de sus aros, un racimo de perlas, cayó sobre el plato. Volvió a colocárse¬lo. Era inútil: el clip no ajustaba bien. Hacía poco había perdido el mismo aro en el colectivo. "Fue un escándalo" le contó a él. "Algunos vivos aprovecharon para manosearme de lo lindo." A él no le hizo ninguna gracia. "La moda es la moda", le dijo, "pero no hay que exagerar." Después, acostados, él recordó el episodio del colectivo. Quería sa¬ber detalles, insistía en que le explicara minuciosamente de qué manera los hombres se habían propasado con ella.
Quizá tuviera razón. Sí, no hay que exagerar. Pero las mujeres eran capaces de los mayores extremos con tal de no parecer anticuadas. Abundaban los maquillajes exóti¬cos, las fantasías multicolores. El sábado por la noche se ataviaban como para una ostentosa ceremonia. Salían con sus maridos, sus novios o sus amantes y cambiaban entre sí miradas de recelo. Cada mujer bonita era una posible ri¬val, cada escote pronunciado una perversa celada tendida al taciturno galán de traje azul y rostro sombrío que bosteza¬ba frente a su compañera, añorando los muchachos del club o del café con los cuales se sentía verdaderamente a gusto.
Pensó que estaba celoso. ¿Pero le gustaría que se vistiera como una solterona o una viuda? Observó la frente amplia de la mujer, su perfil autoritario y al mismo tiempo delicado.
Esta vez el ventilador le desprendió un largo rizo que flotó por un segundo delante de su nariz. Ella se mojó con saliva la yema del índice y lo pegó hábilmente detrás de la oreja. ¿A quién le hacía acordar esa mujer? No llevaba nin¬guna alhaja, ni siquiera un anillo. Infundía paz. Era como un pájaro. Un pájaro libre y solo.
No oyó cuando él ordenaba al mozo: "Para la señorita, la especialidad de la casa; para mí, queso fresco y membri¬llo". A pesar de las canas no pasaría de los cuarenta. Creyó que le devolvía la mirada. Sus ojos eran azules, o grises. Un color como el del cielo en las mañanas de invierno. Hubiera querido ser su amiga, tenerla de compañera en la pensión.
De pronto vio un pueblo de provincia, un tiempo de esbeltas, despreocupadas muchachas que conversaban en un patio donde había sábanas tendidas al sol. Vio las ver¬jas de hierro de un colegio, el busto severo de un prócer, un mástil. Vio el cuarto en penumbra de la regencia: una alumna lloraba, una maestra le palmeaba en el hombro. Aquel antiguo miedo. La niña que fue, que sigue siendo.
-Voy un momento al tualé -dijo.
El deseo de escapar del bullicio del salón la había llevado a levantarse de la mesa. Ese deseo, y tal vez una secreta esperanza. En el tualé encendió un cigarrillo, se contempló en el espejo como en el cuarto de la pensión. Ahora su corona de bucles le parecía no menos odiosa que el olor a comida mezclado al per¬fume de los cosméticos. Hubiera querido deshacerse el peina¬do, borrar con una toalla húmeda el maquillaje Cleopatra. Hizo un esfuerzo para dominar sus nervios y aguardó de espaldas al espejo. Cuando se abrió la puerta, una mujer gorda pasó a su lado levantándose el vestido. Ella pudo oír el chorro compac¬to y tenso, como el de una manguera. No quiso esperar más.
Volvió junto a él. No bien acabó de sentarse apareció el mozo con la especialidad de la casa: una pirámide de hela¬dos de diferentes colores, rodajas de frutas abrillantadas y crema. Encima, dos galletitas en forma de corazón. Pensó que el helado era igual a ella.
-¿Qué te pasa?
-Nada, ¿por qué?
-Se te va a derretir.
-No tengo ganas de comer.
-¿Te pasa algo, princesa?
-Detesto que me llames así. No me pasa nada. Nada.
Tímidamente, miró hacia el tabique de madera con vi¬drios azules y rojos. La mesa estaba vacía.

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Juan José Hernández (Argentina)
Breve reseña sobre su obra
Escritor argentino nacido en San Miguel de Tucumán en 1931. Trabajó como redactor en el diario La Prensa. Recibió la beca Guggenheim en 1969 y Premio Kónex en 1984. Murió en Buenos Aires, el 21 de marzo de 2007.
Habiendo estado vinculado a círculos literarios como el grupo Sur, en sus cuentos y poemas no dejó de traslucir el influjo de su provincia natal.
En 1952 se publica su primer libro de poemas Negada permanencia y La siesta y la naranja al que le seguirá, en 1957, Claridad vencida y, en 1966, Elegía, naturaleza y la garza y Otro verano.
Ha publicado los libros de cuentos El inocente (1965, Premio Municipal de Narrativa), La favorita (1977), La señorita estrella (1992), Así es mamá (1996). En 1971 publica su primer y única novela, La ciudad de los sueños.

Princesa pertenece a la antología La ciudad de los sueños, narrativa completa, publicada por Adriana Hidalgo Editora.