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jueves, 24 de noviembre de 2011

Trabajar es un placer


Cesare Pavese (Italia)

Yo viví siempre en el campo durante el buen tiempo, de junio a octubre, y venía a él como a una fiesta. Era un chaval, y los campesinos me llevaban consigo a las recolecciones - las más ligeras, amon¬tonar heno, coger mazorcas, vendimiar. No a segar el trigo, por culpa del sol demasiado fuerte; y mi¬rar la aradura de octubre me aburría porque, como todos los chicos, prefería, también en el juego y la fiesta, las cosas que rinden, las cosechas, las cestas llenas; y solamente un campesino ve en los surcos recién abiertos el trigo del año siguiente. Los días que no había recolección, me los pasaba deambu¬lando por la casa o por las tierras, completamente solo, y buscaba fruta o jugaba con otros chavales a pescar en el Belbo - había un provecho en ello y me parecía una gran cosa regresar a casa con aquella miseria, un pececito que luego se comía el gato. En todo lo que hacía me daba importancia, y pagaba así mi parte de trabajo al
prójimo, a la casa, y a mí mismo.
Porque creía saber qué era el trabajo. Veía tra¬bajar por todas partes, de aquel modo tranquilo e intermitente que me agradaba - ciertos días, de la madrugada a la noche sin ir a comer siquiera, y su¬dados, descamisados, contentos-, otras veces, los mismos se iban de paseo al pueblo con el sombrero, o se sentaban en la viga a charlar, y comíamos, reíamos y bebíamos. Por las carreteras encontraba a un capataz que iba bajo el sol a una feria, a ver y hablar, y disfrutaba pensando que también eso era trabajo, que aquella vida era mucho mejor que la prisión ciudadana donde, cuando yo dormía aún, una sirena recogía a empleados y obreros, todos los días, todos, y los soltaba solamente de noche.
En aquel tiempo estaba convencido de que había diferencia entre salir de mañana antes de que fue¬ra de día a un campo delante de colinas pisando la hierba mojada, y cruzar a la carrera aceras gasta¬das, sin siquiera tiempo para echarle un vistazo a la franja de cielo que asoma sobre las casas. Era un crío, y puede ser también que no entendiese la ciudad donde recolecciones y cestas llenas no se ha¬cen; y, desde luego, si me hubieran preguntado, ha¬bría respondido que era mejor, y más útil, irse a pescar o a recoger moras que fundir el hierro en hornos o escribir a máquina cartas y cuentas.
Pero en casa oía a los míos hablar y enfurecer¬se, e insultar precisamente a aquellos obreros de la ciudad como trabajadores, como gente que con el pretexto de que trabajaba no acababa nunca de pe¬dir y de incordiar y de causar desórdenes. Cuando un día se supo que en la ciudad también los em¬pleados habían pedido algo e incordiado, hubo un gran alboroto. Nadie en casa entendía qué tenían que compartir o que ganar los empleados- ¡los em¬pleados!- al juntarse con los trabajadores. «¿Es po¬sible? ¿Contra quienes les dan de comer?» «¡Reba¬jarse así!» «Están locos o vendidos.» «Ignorantes.»
El chaval escuchaba y callaba. Trabajo para él quería decir el alba estival y el solazo, el canasto al cuello, el sudor que corre, la azada que rompe. Com¬prendía que en la ciudad se quejaran y no quisie¬ran saber nada - había visto aquellas fábricas tre¬mendas y aquellas oficinas sofocantes - de estar allí dentro de la mañana a la noche. No comprendía que eso fuese un trabajo. «Trabajar es un placer», decía para sí.
- Trabajar es un placer - dije un día al capataz, que me llenaba el cesto de uvas para llevárse¬las a mamá.
- Ojalá fuese cierto - contestó-, pero hay quien no tiene ganas.
Aquel capataz era un tipo serio, que la mayoría del tiempo se estaba callado y sabía todos los tru¬cos de la vida del campo. Mandaba también en mí a veces, pero en broma. Tenía tierras propias, una alquería pasado el Belbo, y tenía sus quinteros.
Estos quinteros venían el domingo a traer verdu¬ra o a echar una mano si el trabajo apretaba. Él es¬taba siempre en todas partes y trabajaba en nues¬tra casa, trabajaba en lo suyo, recorría las ferias. Cuando venían los quinteros y él no estaba, se que¬daban charlando con nosotros. Eran dos, el viejo y el joven, y reían.
- Trabajar es un placer-les dije también a ellos, aquel año que los míos se enfurecían porque en la ciudad había desórdenes.
- ¿Quién lo dice?-respondieron. - Quien no hace nada, como tú.
- Lo dice el capataz.
Entonces rieron más fuerte. - Se comprende - me dijeron -, ¿has oído alguna vez al párroco de¬cir que esté mal ir a la iglesia?
Comprendí que la conversación se volvía de las que se tenían en casa aquel año.
- Si no os gusta trabajar-dije-, os gusta re¬coger los frutos.
El joven dejó de reír. - Están los amos - dijo despacio - que comparten los frutos sin haber trabajado.
Lo miré, con la cara roja.
- Haced una huelga - dije - si no estáis con¬tentos. En Turín la hacen.
Entonces el joven miró a su padre, me guiñaron el ojo, y volvieron a reír.
- Primero tenemos que vendimiar - dijo el vie¬jo-, luego veremos. - Pero el joven meneó la ca¬beza y reía. - Nunca hará nada, papá - dijo bajito.
En efecto, no hicieron nada, y en mi casa se si¬guió armando follón sobre los desórdenes de empleados y obreros a quienes había estropeado la vida fácil de los años de guerra. Yo escuchaba y callaba, y pensaba en las huelgas como en una fiesta que permitía a los obreros ir de paseo. Pero una idea - al principio no fue sino una sospecha - se me había metido en la sangre: trabajar no era un pla¬cer ni siquiera en el campo. Y esta vez sabía que la necesidad de ver la recolección y llevársela a casa era lo que impedía a los labriegos hacer algo.

Cesare Pavese (Italia)
Breve reseña sobre su obra
Escritor, traductor y crítico literario italiano nacido en San Stefano Belbo en 1908, graduado en letras por la Universidad de Turín. Formó parte de la editorial turinesa Einaudi y tradujo al italiano a numerosos escritores norteamericanos, como Sherwood Anderson, Gertrude Stein, John Steinbeck y Ernest Hemingway. Sus escritos antifascistas, publicados en la revista La Cultura, lo condujeron a la cárcel en 1935, donde inicio sus primeras obras. Se suicidó a los cuarenta y dos años de edad, el 26 de agosto de 1950.

Pavese surge como poeta en 1936, con Trabajar cansa. Le seguirán el libro de cuentos Noche de fiesta (1938) y las novelas De tu tierra (1941), La playa (1942), El camarada (1947), La casa en la colina (1948), Entre mujeres solas (1949), El bello verano (1950, Premio Strega), La luna y las fogatas (1950). Asimismo, publico un libro de ensayos sobre literatura estadounidense titulado La literatura americana y otros ensayos (1951).

Trabajar es un placer pertenece al libro Relatos II, publicado por Bruguera.