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viernes, 16 de diciembre de 2011

El sordomudo

El sordomudo
Bernardo Kordon (Argentina)
I
A Aristóbulo se le encendió el rostro cuando gritó: 
-¿Qué hacemos? ¿Me das un ayudante o sigo aquí ras¬cándome toda la mañana?
El capataz le echó una mirada de soslayo: 
-¿Alguna vez te dejé salir solo en el camión?
-¡No faltaba más! ¿Acaso se puede repartir solo todo esto? -protestó el camionero, enarbolando un grueso manojo de boletas. El capataz desapareció detrás de una pila de fardos de papel. Aristóbulo subió al camión. Con gesto de forzada paciencia se instaló frente al volante.
El capataz volvió a aparecer trayendo a un muchacho rubio.
-Aquí está tu nuevo ayudante.
Aristóbulo observó cómo el capataz señalaba el camión al muchacho con un gesto insistente y temeroso a la vez, como si tratase de explicar algo a un loco.
Aristóbulo no ocultó un gesto de contrariedad. Ese ayu¬dante no parecía listo ni fuerte. "Parece una niña triste", se le ocurrió. Resultaba evidente que el tal ayudante no sola¬mente era nuevo en "La Embaladora S. A.", sino que traba¬jaba por primera vez. Con contenido furor le ordenó:
- ¡Arriba!
Puso en marcha el motor. Pero el muchacho no subió. El camionero le dirigió una mirada donde se mezclaba la extrañeza y la furia.
-¿Qué hacemos? ¿Subís o no?
El muchachito se limitó a consultarlo con ojos azorados.
Entonces el capataz le avisó:
-¡Ojo! Hay que hacerle señas.
-¿Qué pasa?
-Olvidé lo principal: es sordomudo.
Aristóbulo quiso gritarle unas verdades, pero el capataz ya había desaparecido. Entonces hizo señas al muchacho para que subiera al camión. Sentóse a su lado con gesto de niño castigado. El camionero hizo un esfuerzo para calmar sus nervios. Comenzó a. revisar las boletas. El recorrido parecía bien planeado. Lo único inadmisible resultaba ese ayudante sordomudo. ¿A quién pudo ocurrírsele tomar un sordomudo en la fábrica? Por supuesto que ese cretino de capataz lo odiaba. Miró con resentimiento al muchacho sentado a su lado. Lo vio sonriéndose como un niño que implora la can¬celación de un castigo.
Aceleró el camión por la calle Catamarca. El muchacho no perdía ningún detalle de la calle. De vez en cuando le dirigía al camionero una sonrisa, agradeciéndole el paseo.
-¡Buena basura me encajaron! -exclamó Aristóbulo. De pronto temió que el sordo comprendiese la causa de su disgusto. Había escuchado alguna vez que los sordomudos comprendían lo que hablaban por el movimiento de los la¬bios. Observó a su compañero. El mudo miraba la calle. El camionero aminoró la marcha y se estacionó en la esquina de la avenida San Juan, detrás de un camión cargado de ladrillos.
Aristóbulo saltó a tierra y su acompañante lo imitó. El camionero hizo un gesto avanzando el mentón. El otro com¬prendió y abrió la puerta trasera. Aristóbulo levantó el índice y el muchacho saltó dentro del camión. Después apiló los rollos en el suelo. Volvió a consultar con la mirada al camio¬nero. Aristóbulo se limitó a señalar la farmacia cercana e inmediatamente el ayudante comenzó a transportar los rollos al interior del negocio. Se movía con la soltura de un dan¬zarín. Daba la impresión de que no se cansaría nunca. De pronto se detuvo y señaló el camión lleno de ladrillos. Con una, sucesión de gestos dio a entender que con la misma rapidez podía descargar todo ese cargamento. Hizo un ademán de poderío, palpándose imaginarios músculos, para terminar con. la lengua afuera y simulando caer desplomado al suelo. Aristóbulo rió con ganas y le ayudó a transportar los últimos; rollos. El farmacéutico le devolvió el
remito firmado:
-Puse "a revisar". Después voy a pesar los rollos.
Péselos las veces que quiera -replicó mecánicamente Aristóbulo. Le intrigaba su acompañante. Con un gesto le señaló el camión y en dos saltos el muchacho ocupó su puesto.
-¿Es sordomudo? -preguntó el farmacéutico.
-Así es -respondió Aristóbulo-. Pero a mí me entiende-todo.
-Se ve que es muy inteligente.
Y con un suspiro agregó:
- ¡Pobre tipol
Estas palabras hicieron pensar al camionero cuando re¬tomó la marcha hacia el sur. ¿Podía un sordomudo ser más: inteligente que él? Si el sordomudo lo entendía, el mérito correspondía a quien sabía hacerse comprender con señas. Sin embargo nunca escuchó la opinión (y menos en boca de un farmacéutico) de que él, Aristóbulo Maresca, fuese inteli¬gente. En cuanto a esa exclamación de lástima la consideraba exagerada. A su modo de ver, el sordomudo sufría una defi¬ciencia que no era tan dramática. La prueba era que ese muchacho no parecía sufrir mayormente su suerte. A veces parecía triste, pero de pronto se animaba, siempre atento a lo que pasaba en la calle. ¿E inteligente por qué? Seguro-que nunca ese sordomudo podría obtener un registro de chofer profesional como el que llevaba hacía años en el bolsillo de su mameluco. Quizás el farmacéutico lo encontrase inteligente del mismo modo que podía encontrar inteligente a un mono
sabio.
Retiró del bolsillo un paquete de cigarrillos y ofreció uno a su acompañante. El sordomudo sonrió con un gesto negativo. Esta vez Aristóbulo le devolvió la sonrisa y entonces sintióse mejor.
Por el amplio parabrisas desfilaban el asfalto y los árbo¬les. Y en especial pasaban las mujeres. Otros acompañantes sabían chistar y silbarlas, pero éste que viajaba ahora a su lado se limitaba a trazar en el aire las siluetas de las mujeres que llamaban su atención. El juego divirtió a Aristóbulo cuan¬do comprobó que las siluetas que contorneaba en el aire con dedos ondulantes señalaban las características de las mujeres que veían. Las delgadas eran delineadas con gestos delicados; las gordas con ademanes esféricos y rotundos. A cada movi¬miento de la mano correspondía un gesto donde el sordomudo expresaba su preferencia o su repulsión por la mujer que descubría. En la culminación de un entusiasmo descriptivo, rubricó con un gesto obsceno. Aristóbulo lanzó una carca¬jada. Aminoró la velocidad al pasar por una larga fila de acoplados detenidos en la calle Colonia, y después se integró al caudaloso volumen de gigantescos
camiones que hacían trepidar el adoquinado de la avenida Alcorta. Acoplados con vigas de hierro, con rollizos de rugosas cortezas, pirámides de sacos de cemento, cerros de pedregullo en los volcadores, lu¬minosas moles plateadas de los camiones frigoríficos. Aristó¬bulo se adelantó a un remolque rojo que cargaba un verde y bruñido tractor.
Manejaba su camión liviano con retozona soltura, entre los lentos y temibles hermanos mayores. Dos brazos pesando en el volante y el pie acariciando el aceleralor con delicada presión. Uno más en ese mundo de camiones y camioneros que llenaba la avenida Alcorta.
De repente el bostezo de la fatiga y la monotonía de la ruta se transforma en una euforia que zumba como un motor en el ronco gaznate de los camioneros. Aristóbulo rompió a cantar.
El muchacho lo miró extrañado al verle la boca abierta. El camionero no articulaba palabras, sino que emitía largos chorros de sonidos, algo así como cuando el mudo trataba de expresar una emoción.
Tomaron por la avenida Vélez Sarsfield, para doblar en Suárez y entrar en la estación de carga. En la playa inmensa se abría un abanico de rieles entre galpones descoloridos y vagones descuajeringados como pingos reventados, carcomidos por el sol y la lluvia, impregnados de tierra hasta el trasfondo de las chapas de hierro y los techos de canaleta. Entre los rieles crecía un pasto jugoso y ya se respiraba la pampa.
Se detuvieron frente al portón 27 y esperaron turno. Los trenes se entrecruzaban en lo alto del terraplén del ferroca¬rril Roca. Se deslizaban como flechas, ululantes y gloriosos como cargas de caballerías empenachadas de humo.
El mudo los señaló:
-¡Uuuu! -hizo con los ojos muy abiertos de admiración.
-¿Qué te pasa, pibe?
El mudo insistió en mostrar el tren que desaparecía hacia el sur.
-¡UUU! -aulló como un lobo.
El camionero sintió un escalofrío. Con un gesto violento golpeó el hombro del sordomudo. Dejó de gritar, encogióse como un perro apaleado. Aristóbulo sintió un vértigo de asco de sí mismo.
II
El capataz le habló con tono conciliador:
-Perdona que te haya encajado el sordomudo. Lo cierto es que llegó con una carta de recomendación. ¿Qué se le puede decir a los cogotudos de arriba? Le di eí puesto y listo el pollo. Me explicaron, eso sí, que entraba sin pretensión alguna. Éste trabaja por prescripción médica o algo así. ¿Qué te parece?
-¿Por qué me contás esto?
-Para saber si te sirve.
-¿Me lo preguntas ahora?
-Comprendé que no podía consultarte antes. Porque la verdad es que un ayudante sordomudo... Pero ya te dije: venía recomendado de arriba. ¿Te parece que puede servir?
-¿No decís que viene impuesto de arriba?
-Es que si no sirve para el reparto, puede quedarse en el depósito.
-Claro que el muchacho no es una maravilla. Pero puedo llevarlo. Al fin lo único que me puede pasar es que tenga que trabajar un poco más.
-¿Entonces te lo dejo de ayudante?
Aristóbulo compuso un gesto de resignación:
-¿Qué le voy a hacer? ¿No te parece? Es bien inteligente. ¡Pobre muchacho!
-¿Por qué le decís pobre?
-¿Te parece poca desgracia ser sordomudo? -protestó el camionero.
-¡Vamos, viejo! Pobre somos nosotros, que trabajamos para comer. En cambio este muchacho labura por indicación médica. Así me lo explicó el contador. Que le recomendaron trabajar para separarlo de la mamá, que lo mima demasiado.
-Será para hacerlo hombre -opinó Aristóbulo con gesto de entendido.
III
Al día siguiente volvieron al sur. Después de entregar mercaderías por los alrededores de Constitución, tomaron por la avenida Montes de Oca y cruzaron el Riachuelo por el puente Pueyrredón. Lentamente siguieron la larga fila de camiones sobre los mástiles de las barcas. Aceleraron por la avenida Pavón. Al pasar bajo el viaducto del ferrocarril el sordomudo señaló la silueta huidiza de una locomotora per¬diéndose entre las chimeneas fabriles de Avellaneda. El mu¬chacho se congestionó de entusiasmo y lanzó una exclama¬ción:
-¡Ah!
Aristóbulo retiró una mano del volante y palmoteó la espalda del muchacho:
-Cálmate, pibe.
Después de atravesar el centro de Lanús, el camión se detuvo en una esquina. Aristóbulo saltó a tierra y el muchacho lo imitó. Consultó al camionero con la mirada. Pero el chofer permaneció con los brazos en jarra. Después le señaló el bar de la esquina e hizo ademán de empinar el codo.
Se sentaron frente al ventanal del bar. Aristóbulo pidió una botella de cerveza y llenó dos vasos. Los bebieron de un solo trago. Después miraron pasar el tráfico. Del otro lado de la avenida corrían los trenes. Aristóbulo se preguntó qué representaría para el sordomudo el paso del tren. Se le ocurrió que todo -el tren como la gente- debían de ser fantasmas. Por primera vez en su vida se imaginó las sensa¬ciones de otro ser y se esforzó en comprenderlas. ¿Y si él se volviese sordo algún día? Miró al muchacho. Le resultó un verdadero alivio encontrarle la mirada alegre (segura¬mente porque veía pasar los trenes). Lástima que nada podían decirse. Pero se sentían bien, viendo desfilar el tráfico, mien¬tras estiraban las piernas y bebían -ahora lentamente- el segundo vaso de cerveza.
El muchacho retiró de un bolsillo dos hojas de papel. Mojó con la lengua la punta del lápiz y se aplicó en trazar rápidamente un dibujo. 
Al levantar la cabeza para tomar el resto de su cerveza, el camionero descubrió el cielo. Lo contempló como si fuese la primera vez que lo veía: una bóveda luminosa y muy azul que cubría todo el suburbio sur desde Sarandí hasta Temperley. Hacia allí se deslizaban unas nubes muy blancas y muy gordas. Corrían silenciosas, tan luminosas y misteriosas. Comprendió que así debían de ser para el sordomudo los trenes que le arrancaban esos gritos de salvaje admiración.
El sordomudo le entregó una hoja de papel. En pocas líneas su camión avanzaba a toda velocidad. Delante del camión, flotando en el aire, se veía a una mujer con la pollera recogida, mostrando los muslos. Aristóbulo lanzó una carcajada. Pero no le encontró ninguna explicación al dibujo. Así lo dio a entender con un gesto de incomprensión. Pero el muchacho le extendió el otro papel. Ahí vio la figura de una mujer elegantemente vestida. Al lado había un hombre, con una mujer desnuda encima de su cabeza. Y tampoco com¬prendió Aristóbulo el significado de este dibujo.
El muchacho se golpeó la frente con el índice.
-¡Ah! ¡Así la ve ese tipo en su imaginación!
El sordomudo le tocó el pecho. Después hizo lo mismo consigo mismo.
-¡Ah! ¡Y nosotros también!
El camionero contempló los dibujos. La velocidad estaba señalada con unas rayitas que cubrían al camión como una aureola. Y su camión corría como persiguiendo esa imagen de mujer con la pollera recogida. Miró por el ventanal del bar: los camiones corrían por la avenida Pavón. ¿A qué imagen perseguían? Difícil saberlo: nunca había pensado en eso.
El muchacho recogió un papel del suelo para seguir dibujando. Con trazos rápidos comenzó a hacer surgir un carro tirado por dos caballos. Pero Aristóbulo no lo dejó terminar. Llamó al mozo para pagar y señaló el camión al sordomudo. El muchacho corrió a ocupar su puesto y dejó los dibujos sobre la mesa. Mientras esperaba el vuelto, Aristóbulo los volvió a contemplar. Doblándolos cuidadosamente los guardó en el bolsillo,
IV
Días después fueron a Retiro con una carga de bobinas. Tomaron la avenida que se interna por el flanco del ferrocarril Belgrano. Aristóbulo detuvo el camión al lado de un hombre recostado sobre una vía muerta. Le gritó:
-¡Eh, viejo! ¿Querés ganar unos pesos?
El hombre se incorporó. Creció con gigantesca talla, y permaneció callado, fruncido el rostro de castigado boxeador, ¡canoso el mechón que le caía sobre los ojos achinados. Se sacudió la gastada casaca de cuero y avanzó hacia el camión:
-¿Me decía, don? -encaró al camionero.
A Aristóbulo le pareció amenazante esa dura mirada que se filtraba por las rendijas de los ojos. Resolvió no tutearlo:
-Necesito un hombre para descargar el camión y pensé que usted...
-Claro que puedo ayudarlo -aprobó el hombre. Su voz suave contrastaba con su mandíbula poderosa y los pómulos huesudos.
-Suba entonces.
El hombre se encaramó con lentitud y sentóse al lado del sordomudo. Posiblemente se hacía el pesado, pensó Aristóbulo. O quizás estuviese enfermo.
-¿Va lejos? -le preguntó al camionero.
-Al galpón veinte.
Siga derecho y con cuidado. ¿Tiene un cigarrillo para convidarme?
El camionero le ofreció el atado.
-¿Un fosforito? -volvió a pedir el hombre.
-Esto es trabajo de mi ayudante -bromeó Aristóbulo. Palmoteo al mudo e hizo un gesto con la mano. El muchacho encendió un fósforo y se lo acercó. El vagabundo, no pare¬cía ser otra cosa, aspiró una larga bocanada de humo y dijo:
-En el galpón veinte reciben cargas para Catamarca" La Rioja y San Juan. ¿Usted a dónde va?
-Llevo unas bobinas para San Juan.
-Entonces al portón cuatro. ¿Mucha carga?
-Unas treinta bobinas. Creo que no se va a cansar.
Aristóbulo no quería tratar de usted ni tutear a ese tipo.
-¿Cómo se llama?
-¿Quien? ¿Yo? Dígame Severino nomás.
-Bueno, Severino. Lo vi allí tirado. Entonces pensé: este hombre puede ayudarme. ¿No le parece?
-Hizo bien. ¿Y este muchacho?
Aristóbulo tuvo una sonrisita de misterio:
-¿Le notó algo raro, verdad?
-Nada de raro. Es sordomudo, ¿verdad?
-¿Cómo lo sabe?
A Aristóbulo no le gustó nada la risa suficiente de ese gigantón:
-Me lo dijo un pajarito.
Esa risa sonaba como si el otro fuera el chofer de ese hermoso camión, y en cambio él, Aristóbulo, un pobre va¬gabundo.
-Sordomudo o no, es su ayudante -dijo Severino.
-Así es.
-¿Entonces para qué necesita un peón?
El camionero le dirigió una mirada recelosa:
-Usted parece policía o doctor, por lo preguntón, y no un.. .
-¿Un qué?
-En fin: un hombre que busca trabajo.
-No se quede con las ganas y diga un linyera. ¿Pero acaso no es cierto que lleva un ayudante?
-Es que a éste no le pagan para trabajar. Mejor que se-lo cuente a alguien. Ayer me llamaron a la gerencia. Me es¬peraba una flor de mujer. ¡Y si viera cómo andaba vestida! Parecía una artista de cine. ¿Y sabe quién era? ¡La madre de este muchacho! Me preguntó sobre Cachito (así lo lla¬mó) y cómo se portaba en el trabajo. Le dije que yo lo veía contento, que era una luz para entender y cumplir. ¡Cómo se alegró la mujer! Me contó que Cachito trabajaba por consejo de un especialista y por insistencia del padre. Pero que ella sufría de verlo como un peoncito. Casi se pone a llorar. ¡Yo la hubiese consolado a mi modo, palabra de honor! De pronto me metió en la mano dos billetes de mil pesos, para que no le faltara nada a su Cachito en estos viajes, y qué le evitase los trabajos pesados, y no recuerdo cuántas cosas más. Yo la miraba tan buena moza e inmediatamente la reconocí por el sombrero: ¡La mujer de los dibujos!
-¿De qué dibujos me habla?
-Estoy contándole demasiadas cosas. Lo que pasa es que a veces hay necesidad de contar los cosas. ¿Y con quién? Con mi mujer apenas hablo, y ahora con este ayudante sor¬domudo ...
-En eso estábamos. En los dibujos del muchacho. ¿Qué pasa?
-Dibuja todo el día y lo hace bien. Especialmente las mujeres. Y sobre todo una mujer. Y la reconocí por el som¬brero, y también por esos ojos muy pintados. ¿Qué me cuenta?'
-Me parece bien que dibuje a su madre -opinó Seve¬rino-. Y si es linda mejor.
- ¡Pero la dibuja desnuda!
-¿No me diga?
-Resulta que al meter los dos billetes en el bolsillo en¬contré esos dibujos. El muchacho los hace en cualquier mo¬mento y los tira. Pero yo los junto, no sé por qué. Me gustan y los guardo.
-¿Y le mostró esos dibujos a la madre?
-¡Cómo se le ocurre I Yo llevaba los dibujos en el bol¬sillo, y sólo al recordarlo me puse colorado. Por suerte la señora habrá creído que era por recibir ese dinero.
El gigante lanzó una carcajada. De pronto Aristóbulo vio que el muchacho lo miraba con sus ojos inquietos y tris¬tes, como fatigados del interminable esfuerzo de adivinar las cosas que decían a su lado. El camionero sintió pena, sonrió al sordomudo y lo alentó con dos palmadas en el hombro. Después hizo retroceder suavemente el camión para abordar la plataforma del galpón veinte. Hubo que transportar las bobinas hasta la báscula. De allí las cargaron sobre el vagón. Los tres se entendían sin otro lenguaje que pocos gestos y algunas interjecciones.
Mientras Aristóbulo llenaba las boletas, Severino y Ca¬chito apilaron la carga en el fondo del vagón. Cada uno tomaba de un extremo y las izaban hasta calzar una encima -de otra. Los dos transpiraban en el ambiente sofocante de las chapas calentadas por el sol de noviembre.
El sordomudo se asomó por la puerta del vagón abierta sobre la playa de rieles. Vio avanzar un tren con su locomo¬tora Diesel pintada de rojo. El muchacho comenzó a saltar de entusiasmo.
-¿Te gusta? -le preguntó Severino.
El sordomudo pareció entenderlo, pues movió la cabeza para decir sí.
-Es lo mejor que hay en el mundo -aseguró el vaga¬bundo-. Un tren que sale de Buenos Aires para cualquier lado.
Sacudió la cabeza como corrigiéndose de una estupidez: 
-Siempre hablo solo y ahora también. 
Aristóbulo le entregó un billete de cien pesos. Severino lo guardó y sonrió con una leve crispación de los labios.
-Si quiere lo llevo al centro -le ofreció el camionero-. O lo dejo allí mismo donde lo levanté. Así vuelve a acostarse en el pastito y trata de olvidar todo lo que le hice trabajar. Subieron los tres en el camión. Se volvieron por el ca¬mino que bordeaba los galpones de carga.
-Si le parece bien sigo con ustedes -dijo el hombre de casaca de cuero.
-Voy lejos. Hasta Mataderos.
-¿A eso llama lejos? Yo iba al Valle del Río Negro. Pero recién se me escapó el camión frutero. Era ese remolque plateado que estaba aquí.
-¿Lo perdió por mi culpa? 
-Puede ser.
-Lo siento. A lo mejor lo pescamos más adelante. ¿A dónde iba ahora?
-Creo que al Abasto.
-Si quiere lo acerco. Un remolque no se pierde así nomás.
-No vale la pena -sonrió el gigante-, Fermín habrá creído que me escapé. Y puede ser que tenga razón. -¿Es su amigo ese Fermín?
-Me trajo de Bahía Blanca. Me conversó dos días en la carretera y la mitad de una noche en una fonda de Azul. Cuando llegamos a Buenos Aires ya me había contado toda su vida. Ahora le tocaba el turno escuchar la mía. Se fue sin conocerla. Que se quede con las ganas.
-Estoy pensando que pueden darle trabajo en "La Em¬baladora". ¿Qué me dice? El capataz es muy amigo. Me debe algunos favores.
Severino se encogió de hombros y avisó: Bajo aquí.
-¿No viene con nosotros? -preguntó Aristóbulo. 
-Antes le dije que sí, y ahora no. ¿Nunca conoció a un hombre que hace lo que quiere? Ese soy yo. Voy a ver si encuentro a mi remolque. A lo mejor se fue a otro galpón o anda buscándome.
Aristóbulo detuvo el camión. Severino saltó a tierra y con la portezuela aún abierta preguntó:
-¿Cuándo vuelven a Retiro? 
-Mañana, o pasado. 
-Entonces los espero aquí. 
-¿Pero no se iba al sur?
-Ahora no. Prefiero un tren para el norte. Ya le dije: hago lo que quiero.
-Este anda loco y medio -opinó el camionero y arrancó. El sordomudo se dio vuelta para agitar la mano en gesto de despedida. Emitió una serie de gruñidos mientras seña¬laba hacia atrás.
-A vos no te entiendo -murmuró Aristóbulo-. Y a ese tipo tampoco. -De pronto sintióse triste y fatigado.- En ver¬dad no entiendo a nadie.
Se vio en casa, tomando mate mientras la mujer prepa¬raba la cena. Comerían en silencio: poco o nada tenían que contarse.
-Yo también soy como sordomudo -se dijo en voz alta. El muchacho lo vio hablar y le hizo un gesto de in-comprensión.
-Así es -insistió el camionero-. No entendemos nada de nada.
V
-¿A quién querés hacer creer que no entendés nada de todo esto? Vos no sos idiota. Me contaron que nunca te faltó un solo bulto en tu carga. ¿Y justo ahora se te pierde nada menos que tu ayudante?
Habían quedado solos en el despacho del principal. Aristóbulo no sabía si el largo interrogatorio iba a terminar o simplemente recomenzaría con alguna variante que no quería imaginar.
-A mí me lo vas a decir -suspiró el oficial, como exce¬dido en su paciencia-. ¿Sabés? Me lo vas a decir. A mí solo. Como a un amigo.
Sintió el primer golpe como un zumbido de turbina en el cerebro.
-¿Qué te pasa? ¿Te contagió el mudo? ¿O no sabes que aquí te vamos a hacer hablar de cualquier modo?
Abrió el puño para señalarse a sí mismo:
-Te lo pregunto por tu bien, para ayudarte. ¿Qué pasó con el pibe?
Ya lo habían interrogado el gerente de "La Embala¬dora", el padre y la madre del muchacho, después fue el comisario. ¿Cómo explicarles que el sordomudo vivía un mundo donde los trenes eran iguales a las silenciosas nubes que se deslizan en el cielo? ¿Para qué contar el arrebato de entusiasmo que dominaba al muchacho cada vez que veía pasar una locomotora? Habíase escapado en un tren y nada más. Y además estaba ese Severino a quien prefería no mencionar: siempre lo habían encontrado en Retiro. Aho¬ra lo sabía: gigante huesudo de voz suave y boca crispada, merodeaba entre los rieles como la mismísima muerte.
-¿Vos nunca le hiciste nada? ¿No le conociste amigos?
Aristóbulo negó con un movimiento de cabeza.
-Así no -dijo el policía-. Habla como la gente.
El camionero se lo quedó mirando de hito en hito (tal como solía hacer el mudo). Aún le zumbaban los oídos de los golpes. Veía moverse los labios del oficial, sin entenderle nada.
-Dicen por ahí que fue secuestrado. Y vos sabías muy bien que el mudito era de familia adinerada. Inclusive reci¬biste plata de la madre. ¿No ves que si no hablas sos el más perjudicado?
Policía y camionero se miraron como si en ese momento los separara un grueso cristal de dos pulgadas. El uniforma¬do abrió las manos con un gesto de forzada conformidad:
-Ya que lo querés, aquí te vas a pudrir hasta que lar¬gues todo.                   
VI
Dos días después llegó una comunicación de la Policía de Santa Fe, informando el encuentro del cadáver de un muchachito en el costado de la línea del ferrocarril Belgrano. No tardó en ser reconocido como el menor desaparecido en la estación de carga. Se lo creyó víctima de un accidente, pero la autopsia mostró que la muerte había sido producida por asfixia.
-Seguro que fue algún linyera degenerado -le dijo el oficial-. Difícil que lo agarren. ¿Me oyó? Tiene que irse. ¿Qué espera?
El camionero volvió a su casa. Al día siguiente retomó su trabajo. Los días y los repartos: todo se reanudó regular¬mente. Sólo hubo dos cambios: un nuevo ayudante y el sombrío mutismo que dominaba a Aristóbulo. Se creyó que fue por causa de la humillación y vergüenza sufrida en su breve arresto, y quizás también porque le había tomado cierto carño al sordomudo. Hubo otro detalle que no escapó a su nuevo ayudante: la insistencia en ir siempre a la esta¬ción de carga del ferrocarril Belgrano. Detenía el camión (muchas veces vacío) y echaba a caminar por las herrum¬brosas vías muertas o se recostaba en la hierba pisoteada.
Un día clavó los frenos del camión.
-¡Eh! -gritó- ¡Al fin te encuentro!
Ahí estaba el hombre de casaca de cuero. Fue a su encuentro. Esperó que Aristóbulo bajara del camión. Señaló a lo lejos:
-¿Cómo está? Yo vengo del norte y sigo al sur. ¿Me lleva en el camión?
No mencionó siquiera al sordomudo y sintió esta omi¬sión como una burla.
-¿Ya no necesita un peón? -volvió a hablar Severino-. Justo ahora me gustaría quedarme un tiempito en Buenos Aires.
El camionero sacudió la cabeza para decir no y para ahuyentar la angustia de su impotencia. Tartamudeó:
-¿Por qué hiciste eso?
El gigante lo miró con ojos neutros.
-¿Qué quiere decirme?
-¡Sabés lo que te digo! ¿Por qué lo mataste?
Nunca supo cómo lo dejó escapar. El gigante desapare¬ció detrás de un corte de vagones. Pero antes de desvanecerse como un fantasma volvió su rostro con una sonrisa casi imperceptible de culpabilidad. Sólo un sordomudo como se-sentía Aristóbulo podía percibir ese halo del alma que asoma a los labios.
Sintióse tan desamparado que apoyó la cabeza en el capot de su camión y se puso a llorar.

Bernardo Kordon (Argentina)
Breve reseña sobre su obra
Escritor y periodista argentino, nació en Buenos Aires el 12 de noviembre de 1915 y falleció en Santiago de Chile en 2002.
Fue uno de los exponentes de la literatura social de los años 50 y 60. Su estilo propio se caracterizó por el realismo de sus obras, la recurrencia de la extracción social de la mayoría de sus personajes y su compromiso testimonial.
Entre sus obras se destacan: Vuelta de Rocha (1936), Un horizonte de cemento (1940), La reina del Plata (1946) y Domingo en el río (1960). Con Historias de sobrevivientes (1983) ganó el primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires. En 1984 recibió el Diploma al Mérito en Letras otorgado por la Fundación Konex.
 
El sordomudo pertenece al libro Sus mejores cuentos porteños, publicado por Editorial Siglo Veinte.