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jueves, 8 de diciembre de 2011

No le pido que la compre


Julian Maclaren-Ross (Inglaterra)
No se llamaba, obviamente, señora Perspectiva; su nombre, de acuerdo con mi libreta, era señora Crick. Concerté una demostración en su casa a las 10.30 de un martes. Llegué con puntualidad; hacía calor y yo sudaba.
Con un suspiro de alivio, apoyé sobre el piso las pesadas cajas que contenían la aspiradora. Toqué el timbre y esperé, secándome la frente con un pañuelo.
De inmediato comenzaron unos furiosos ladridos dentro de la casa, y escuché los pasos rápidos de un perro: ladró de nuevo, bastante cerca de la puerta.
La voz de una mujer gritó:
-¡Tranquilo, Dinkie! -Y abrió la puerta con cautela, apenas una hendija.
-Buenos días, señora Crick -dije, adelantándome con una sonrisa-, He venido con la aspiradora.
-Oh, nada hoy, gracias. -La puerta comenzó a cerrarse de nuevo.
-Pero pensé que usted quería una demostración -dije desesperado-. ¿No recuerda? Llamé ayer por la mañana.
-¿Una demostración? -repitió la señora Crick, asomándose desde la puerta-. Oh, usted quiere decir la aspiradora. Por supuesto, pase.
Levanté las cajas otra vez, entré en la casa; un pequeño perro negro lanudo retrocedió ante mi aproximación, pero continuó ladrando con furia, con un ruido sorprendente para un animal tan pequeño. -¡Tranquilo, Dinkie! 
Ella me dijo:
-Al principio, pensé que usted volvía a llamar por mi tapado de piel. De la tintorería me molestan por una deuda de cuatro chelines y medio. Absurdo, ¿no?
Me condujo a la sala; superé la entrada con torpeza y la larga caja que contenía la manija se quedó atascada en la jamba de la puerta; mientras luchaba por desengancharla, el perro gruñía enfurecido a mis talones.
-¡Quieto, Dinkie, quieto! -La señora Crick me dijo-: Es Dinkie, mi perro, A veces, hace caprichos. ¿Qué cree usted que debería hacer?
-Bueno, ¿lo ha llevado al veterinario? -No. ¿Cree que debería hacerlo? -Depende. ¿Cuántos años tiene? -Está envejeciendo. Cumple doce años dentro de poco. -Es bastante viejo. -Lo tengo desde que era cachorro. Dinkie había dejado de ladrar y ahora había empezado a toser. Me desplomé sobre una de mis rodillas y comencé a abrir las cajas.
-¿Ha visto alguna vez una de nuestras máquinas?
-Hace tiempo que no.
-Este es el modelo más reciente. Aerodinámica. Bolsa hermética. Una manija de goma especial. Cinco metros de cable eléctrico que se desenrosca, no se deshilacha, fuertemente aislado. Patas que entran en cualquier enchufe. 
-Es una máquina preciosa.
-Tan eficiente como atractiva. -Conecté el adaptador, encendí el interruptor y la máquina comenzó a funcionar y zumbar; se infló la bolsa, se llenó de aire. Dinkie retrocedió de un salto, gruñendo. Observaba la aspiradora con desconfianza mientras yo la pasaba por la alfombra hacia adelante y hacia atrás.
-Pobre cariño. ¿Te hizo saltar? -dijo la señora Crick. Me explicó-: A Dinkie no le gusta el ruido.
-Uno sólo puede silenciar estas máquinas a costa de la eficiencia -le expliqué, levantando la voz por encima del zumbido del motor-. Note las dos velocidades en el interruptor de la manija. Otro nuevo implemento: esta luz. Muestra el camino en los rincones oscuros en donde la mugre se...
-¿Tiene un cigarrillo? -interrumpió la señora Crick. 
-Seguro. -Apagué la máquina y le ofrecí la cigarrera. En la cigarrera estaban mis últimos cinco cigarrillos. La señora Crick dijo-: ¿Le importaría si tomo dos? -En absoluto.
La señora Crick tomó dos. Dijo: -Soy esclava del cigarrillo. Una esclava total. Sé que es absurdo y, sin embargo, no puedo arreglármelas sin tabaco. Igual que una droga. Mi esposo me lo dice siempre.
as-
Un fuerte golpe sonó en la puerta trasera.
-¡Rápido! -me dijo la señora Crick-. ¡Enciénda la aspiradora! -Explicó-: Es el panadero. Llama con la cuenta. Si usted enciende la aspiradora, pensará que no podemos escucharlo por el ruido.
Obedecí. Empujé la aspiradora hacia un lado y otro por la alfombra y la bolsa comenzó a llenarse de mugre.
-Estos comerciantes -dijo la señora Crick-. Serán mi muerte. Siempre quieren dinero. No piensan en otra cosa. Es un fastidio.
Con nerviosismo, aspiró una bocanada de humo. Al ver que no le prestaban atención, Dinkie se retiró a un almohadón en una esquina, en donde se recostó hecho un ovillo, tosía de tanto en tanto. Los golpes en la puerta trasera continuaban, como los golpes en Macbeth.
-Me enloquecerán estos comerciantes -dijo la señora Crick-. A veces, siento que voy a volverme loca. Supongo que es tan sólo un problema de los nervios.
-Sin duda -dije-. Mi esposa sufre muchísimo de los nervios.
Yo no tenía esposa, pero siempre era mejor identificarse con los problemas de los clientes en perspectiva: me habían enseñado eso en la escuela.
La señora Crick dijo: -Mis nervios son terribles. Supongo que es por fumar demasiado. ¿Usted cree que fumar es malo para los nervios? -Todo depende.
Los golpes cesaron; era evidente que el panadero se había retirado disgustado.
-Gracias a Dios se fue -dijo la señora Crick, y aplastó el segundo cigarrillo-. Puede apagar ahora.
-Veamos qué contiene la bolsa.
-Sé que esta casa está mugrienta -dijo la señora Crick-. Hace tres días que no barro. No acabo de reunir la energía necesaria.
-Por eso usted necesita una de estas máquinas. Piense en el trabajo que le ahorraría. La limpieza hecha en la mitad del tiempo. -Empecé a vaciar la bolsa, sacudiéndola de un extremo a otro y lanzando exclamaciones ante cada montículo de suciedad.
Saqué un destornillador de mi caja de herramientas y escarbé la suciedad.                                                          
-¡Ve esto: mugre! ¡Peligrosa, destructiva, repleta de gérmenes: mugre! -le dije-. Rompe los pelos, destruye la vida de su alfombra.                                                                
    -Lo sé. Pero ¿qué puedo hacer?                                  
-Muy simple, señora Crick. -Y extraje el formulario-. Usted simplemente firma aquí.                                           
-Nunca podré afrontar algo así. -Cinco chelines a la semana. Ocho peniques por día. El precio de una butaca en el cine o una buena pastilla de jabón. 
-Lo sé. Me gustaría muchísimo una de estas máquinas, sólo que mi esposo jamás lo permitiría.                              
-¿Ni siquiera cuando le ahorraría tanto trabajo? 
-Pondrá reparos. Ya tenemos un montón de preocupaciones. Deudas, Cuentas impagas. Mi tapado de piel. El panadero.
Dinkie se acercó y olfateó la suciedad. Se alejó, estornudando.
La señora Crick dijo: -La vida es un fastidio tan grande. A veces, siento que podría entrar caminando en el mar. Cometer suicidio.                                                                         
-Oh, no debería hacer eso, sabe. 
-¿No? Bueno, quizá no. Además, sé nadar. -Me miró de cerca-. Usted parece un joven muy agradable. ¿Cómo es que está haciendo este trabajo?                                             
-Bueno, perdí todo mi dinero. 
-¿La depresión? 
-Totalmente.
-¿Ya ha vendido alguna de estas cosas? 
-Por desgracia, no.
-Me encantaría poder ayudarlo. Si las cosas estuvieran mejor... -Se detuvo-. ¡Oh, Dinkie, caminaste en la suciedad!
-Está bien, señora Crick. -Toqué la perilla del encendido, el motor zumbó, la mugre desparramada por Dinkie se desvaneció dentro de la bolsa-. ¿Lo ve? Ningún problema. Continué con la limpieza de la alfombra. Era mi segunda semana y yo seguía, concienzudo; ella no parecía una buena perspectiva, pero uno nunca sabe.
Recorrí los veintiocho escalones de la demostración Muestre Más Mugre. Limpié cortinas y rieles para colgar cuadros y tapizados; extraje suciedad de las sillas y de los sofás y de los canapés hasta que la habitación estuvo repleta de pequeños montículos de polvo y rectángulos de tela que marcaban mi progreso, como si fuera el juego "Caza de papeiitos". Al fin me detuve, sin aliento.
-Bueno, ¿qué me dice? ¿Se ha decidido? 
-Me gustaría mucho, pero...
Me adelanté con el formulario de pedidos. -Firme aquí por favor. Una libra de adelanto y una libra por mes.
-No hay una libra en toda la casa. 
-No necesita preocuparse por eso. Puede pagar cuando le entregan la máquina.
-Y otra cosa. Tuve una de estas aspiradoras antes... Hace dos años. No me gustó. Era un lío. Había que darla vuelta para colocarle los implementos.
-No hay que hacer eso con el nuevo modelo. 
-No, ya veo, es una gran mejora. Bueno...
Le quité la tapa a mi lapicera fuente y se la entregué. La tomó con un suspiro.
-En verdad, creo que no debería. Mi esposo se pondrá furioso. -Firmó "Berta Crick" en el formulario-. Pero de alguna manera lo voy a persuadir-. A propósito -dijo-, antes de que me olvide. Me pregunto si usted sería tan amable. Mi esposo se fue y se olvidó de dejarme dinero para las compras. Si pudiera prestarme media corona...
-Seguro. -Yo tenía dos medias coronas en el bolsillo. Tenían que durarme hasta el día de pago pero, al haber realizado una venta, valía la pena. Extraje una y se la entregué a la señora Crick.
-Muchas, muchísimas gracias. ¿Cuándo puedo devolvérsela? -Sin esperar una respuesta-. ¿Cuándo puedo? Gracias. -Y añadió-: Oh, y otro cigarrillo antes de marcharse.
-Con todo gusto. -Abandoné la casa, sentía que caminaba suspendido en el aire. Había dejado la máquina con la mugre, para mostrársela al señor Crick cuando regresara de la oficina. Miré mi libreta: la siguiente demostración era a las doce del mediodía. Tenía tiempo de contarles a los muchachos.
Cuando llegué, estaban todos en el cobertizo que se hallaba detrás de la tienda: Ritchie y Barrington, Finklebaum y Hull. El aire estaba lleno de humo de cigarrillo, a pesar del cartel que colgaba en la pared: "No se permite fumar en este cobertizo"
-¿Tuviste suerte, viejo?
-No tan mal. Realicé una venta.
-¿Qué? -Los muchachos retrocedieron sorprendidos.
-¿Un modelo grande? -dijo Finklebaum, el supervisor.
-El más nuevo. Tres guineas de comisión.
-Veamos el formulario de pedidos -dijo Finklebaum. Se echó el sombrero para atrás y leyó los detalles con lentitud, entrecerrando los ojos a causa del humo del cigarrillo.
Ritchie dijo: -¿Qué tipo de cliente?
-Loca como una cabra. Me pidió prestado medio dólar.
De pronto, Finklebaum levantó la vista del formulario de pedidos. Dijo: -¿La señora Crick? ¿Mayor? ¿Cabellos grises? ¿Fuma mucho?
-Se fumó mi último cigarrillo. ¿Por qué? ¿Algo está mal?
-Diría. Porque esa mujer tiene una deuda con nosotros. Hace dos años. Yo mismo le vendí la máquina, antes de ser supervisor.
-¿Quieres decir que no sirve?
-Imposible, no está completo. Ella figura en la lista negra. No continuó con las cuotas. Fue un trabajo de los mil demonios que nos devolviera la máquina.
Ritchie comenzó a retorcerse de risa. -Me temo que te engañaron, viejo.
Dije: -Me pidió media corona. La vieja picara.
-Nunca la verás de nuevo -dijo Finklebaum-. ¿Te dio el depósito? No, no lo creo. Bueno, mejor vas a buscar la aspiradora a su casa. La necesitas para la siguiente demostración.
Barrington dijo: -Y se fumó tu último cigarrillo. No tan loca, ¿eh?
Cuando salí, podía escuchar que seguían riéndose en el cobertizo que dejaba atrás. Pensé en qué decirle a la señora Crick cuando la viera, pero ai caminar mi enojo se evaporó y comencé a reírme.
Después de todo, la viejita había sido bastante astuta. Merecía salirse con la suya. Las cosas no estaban tan mal para mí: tenía tres demostraciones más ese día, y una de ellas podía terminar en una venta.
En esos días yo era optimista.

Julian Maclaren-Ross (Inglaterra)
Breve reseña sobre su obra
Escritor inglés nacido en Londres en 1912. Educado en el Sur de Francia, volvió a Inglaterra para alistarse en el ejército aunque fue expulsado al poco tiempo. Fue vendedor de aspiradoras a domicilio, novelista, cuentista, guionista de cine y de documentales para la BBC. Falleció en 1964.
Entre sus trabajos se cuentan The Stuff to Give the Troops (1944), Bitten by the Tarantula (1946), The Nine Men of Soho (1946), The Funny Bone (1956) y Until the Day She Dies (1960).

No le pido que la compre pertenece a Tostadas de Jabón y otros cuentos, editado por La Bestia Equilátera.