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miércoles, 14 de diciembre de 2011

Un hombre llamado Lobo


Oliverio Coelho (Argentina)
Un ómnibus destartalado, que probablemente treinta años antes hubiera sido un lujoso vehículo de larga distancia con asientos reclinables, entró al andén. Un papel escrito a mano y adherido con cinta al lado interno del parabrisas decía «Balcarce». Iván se apuró a subir y se acostó en el asiento del fondo. Volvió la cabeza y observó una rebaba luminosa, un sol aumentado o deformado por el sucio vidrio trasero. El corazón le latía fuerte, la garganta se le cerraba, tuvo la impresión de que no dormía desde hacía días y nunca más conciliaría el sueño. Una certidumbre repentina lo serenó: si encontraba a su padre quizás alguna mujer lo amara en el futuro; quizá perdiera eso que su abuela atribuía a una maldición y era, simplemente, premonitoria timidez de huérfano. Experimentó ese tipo de alivio momentáneo al que acceden ciertos condenados a muerte que conservan la esperanza de que a último momento se les conmute la pena.
Así, cortejado por la fe, durmió hasta que el ómnibus entró en San Manuel. Automáticamente se despertó y caminó por el pasillo hacia el conductor. La avenida principal del pueblo estaba repleta de lomas de burro y más de una vez dio la cabeza contra el pasamanos del techo.
«¿Esto es San Manuel?», preguntó, mirando por la ventanilla las construcciones antiguas de un pueblo fantasma a orillas del ferrocarril. 
«Acá mismo.» 
«¿Dónde es el centro?»
«Todo es centro... Al final del boulevard, termina San Manuel y están las vías. Yo doblo. ¿Dónde vas?», y empezó a doblar.
«No sé, busco a alguien...», y enseguida pensó en lo simple que sería su aventura si no hubiera perdido la dirección de su padre. 
«Entonces bajá acá y preguntá en el bar.» 
Iván se bajó en la puerta de una típica construcción de los ferrocarriles ingleses con frente de ladrillo a la vista. Era mediodía y el viaje había durado, según calculó, más de un hora. Las persianas de chapa del bar estaban semibajas, pese a lo cual entraban y salían hombres. En el ventanal un cartel versaba «Bar de Chicho». Detrás del ventanal, siluetas de hombres reunidos en torno a una mesa. La puerta emitió un chirrido que el temor de Iván a adentrarse tornó sobrenatural. Luego, cuando dio el primer paso en el interior del bar, rechinó un tirante de pinotea que probablemente desde hacía un siglo había soportado el primer paso ansioso y el último paso ebrio de miles de parroquianos, y tuvo ganas de esconderse o retroceder, pero la decoración anacrónica del lugar lo hipnotizó: en las paredes altas y descascaradas sobrevivían propagandas de otra época, afiches en los que se anunciaban corridas de toros, banderines de Boca y un
póster de la formación campeona en el Nacional 1976. Nadie se volvió, nadie notó que había entrado un forastero. En una mesa, cerca de la ventana, seis hombres impregnados de esa atmósfera jugaban al truco y tomaban ginebra. Se escuchó el rezongo de uno de ellos: «Eso sí, no hay nada como la piedad de las mujeres».
Iván trató de no quedarse quieto en esa luz de otra época. Jugó a pensar que si no se movía quedaría para siempre congelado en el cerco de nostalgia de esos parroquianos. Detrás del mostrador de madera había una señora. Fue hacia ahí, despacio para no renguear, esquivando la mesa de pool con el paño rasgado, convencido de que esa figura femenina, tan característica del bar como las fotos y los afiches que abarrotaban las paredes, podía saber algo de su padre. La señora lo miró sin asombro. Con acento gallego y entonación maternal le dijo: «Si busca trabajo acá no hay». Iván se volvió. Observó rápidamente el paisaje de timberos desparramados justo antes del almuerzo, en un salón que se comunicaba con el salón principal del bar. Como si jugara a leer los pensamientos del forastero, ella volvió a hablar: «No se quedan todo el día. A la una se van todos a almorzar y vuelven después de la siesta. Si busca a alguien, acá lo va a
encontrar».
A Iván le horrorizó la idea de que su padre estuviera entre los presentes y lo hubiera visto entrar rengueando. Ese nuevo defecto, tan impropio, le avergonzaba y era lo primero que le explicaría. Mencionaría una caída, omitiría por supuesto la aventura que había precedido su llegada a San Manuel, y le comentaría que Estela había muerto. Luego le diría que no venía a pedir explicaciones, que sabía -porque un hombre llamado Marcusse lo había visitado y le había referido todo- que él había querido a Estela y había hecho todo por encontrarlos cuando ella huyó por motivos que aún después de su muerte seguían en el misterio.
Miró las caras, tratando de reconocer a alguien que se le pareciera. El exceso de luz y polvo le impedía distinguir rasgos en detalle. Las caras estaban vacías como máscaras. Las voces eran guturales, lejanas y muy imprecisas, como si salieran de un fonógrafo. El espacio amplio y frío, el piso de madera con cámara de aire, levantaba un eco tan extraño que todos esos hombres con naipes en la mano parecían estar negociando en el purgatorio un pasaje al paraíso.
«Busco a Silvio Lobo.»
«¿Silvio Lobo? A ver...», y en vez de mirar hacia los presentes cerró los ojos para hacer memoria. «Medina, Lobo se acaba de ir, ¿no?»
Un hombre de boina y bigotes tupidos, camisa arremangada, el mismo que había dicho «no hay nada como la piedad de las mujeres», se volvió enseguida y sin soltar las cartas ni hablar, señaló hacia el salón contiguo.
«¿Quiere que lo llame?», preguntó la mujer.
«No, por favor», casi suplicó Iván. «Señáleme quién es y yo me acerco.»
«A ver, ahora te digo», se inclinó por sobre la barra como si asomara por una ventana: «Ahí, ves ese señor con un pullóver gris y anteojos, al fondo... Ése es Lobo».
Iván atravesó con la mirada los corpúsculos de luz que llenaban el ambiente y clavó los ojos en ese hombre como si quisiera sorber su apariencia. Lobo, al igual que cualquier persona que inconscientemente se siente observada, desvió el rabillo de un ojo hacia él durante un instante ínfimo, y volvió a fijar la atención en el partido que se desarrollaba sobre la mesa. No parecía estar jugando, pero observaba cómo jugaban los otros con una concentración que podía confundirse con la resignada autoexclusión de un perdedor nato.
Se dijo que no convenía irrumpir de la nada en esa situación. Si se acercara rengueando y se presentara como su hijo, podía abochornarlo y despertar en los demás jugadores burlas que su padre luego no le perdonaría. El hijo bastardo de Lobo, dirían. La dueña, ahora que sabía que buscaba a un espectro y no venía a pedir trabajo, vigilaba la situación en vistas a un futuro rumor que podría amenizar su tarde. Iván se acodó en la barra, buscó un punto de vista claro y siguió cada movimiento de su padre: no gesticulaba mucho, tenía los pómulos hundidos, arrugas fuertes en la frente y en las comisuras, entradas amplias y labios finos que cada tanto humedecía con la punta de la lengua y que, de manera automática, como si ejercitara un tic, secaba con el dorso de la mano. El color de los ojos era indiscernible, porque la luz espejaba el cristal verdoso de sus anteojos enormes y anticuados. Podía distinguirse, sí, el gesto reverente con el
que bajaba la mirada cuando alguno de los jugadores le pedía porotos. Cuando amagaba a sonreír, se formaban hoyuelos, inmediatamente después de lo cual la sonrisa retrocedía. La piel amarillenta de la cara brillaba, como en casi todos los presentes expuestos al sol frontal que filtraban los sucios ventanales. Para observar su boca, fijarse por ejemplo si tenía todos los dientes, o mirarle las manos y compararlas con las propias -había oído que padre e hijo compartían una estructura ósea más que una apariencia-, tenía que acercarse. Así, a la distancia, no advertía ningún parecido salvo atributos muy generales, como ser desgarbado y medir un metro setenta. Sentía, sin embargo, que en cuanto alterara la posición que, para volverse imperceptible, había tomado junto al mostrador con el consentimiento de la dueña, todo el mundo se volvería sincronizadamente hacia él du-rante al menos cinco segundos eternos para estudiar su condición de
forastero.
Decidió esperar a que algo rompiera el hechizo del lugar. En algún momento alguien iría al baño o emprendería el regreso al hogar para almorzar, y entonces quizás él pudiera aprovechar y tomar asiento en una mesa cercana y estudiar en silencio los rasgos de su padre. Miró el reloj de pared: faltaban cinco minutos para la una. Había estado en la misma postura casi media hora. Se volvió hacia la dueña, que seguía al acecho. Antes de que él pudiera decir algo, ella intervino: «Acercate... Ya se van. ¿De dónde lo conoces a Lobo?».
«No lo conozco.»
«¿Y entonces?»
«Vengo a conocerlo», se detuvo en seco, la frase le sonó peligrosa y delatora, como si en realidad hubiera dicho «vengo a matarlo». Para desviar el tema y solucionar una inquietud que le incomodaba desde que había entrado al bar, le preguntó si sabía a qué se dedicaba Lobo y si tenía hijos. La dueña le susurró que se dedicaba a matar el tiempo, como todos en el pueblo, y agregó: «Querés que te dé un consejo: es un pobre hombre, alejate, está enfermo. Si lo buscas por alguna deuda, hablá con las hermanas Ventura, no tiene hijos, pero ellas le atienden el negocio, le manejan todo desde hace años, viven con él, cocinan, planchan, le alimentan los animales... Son como enfermeras. Unas santas... Tanta piedad con un tipo del que nadie sabe nada. Anduvo en algo raro, nadie se entierra en un pueblo como San Manuel para vivir mejor. Mi marido, que en paz descanse, siempre decía que Lobo tenía en la cara el miedo de alguien que vivió algo
terrible».
El ruido de las sillas sobre el piso rompió el hechizo de la atmósfera e interrumpió el monólogo. De inmediato el bar se ensombreció con el tránsito de cuerpos, voces roncas y toses. Algunos se acercaron a la barra para pagar. Otros salieron cantando lo que habían consumido para que la dueña tomara nota en el cuaderno de fiados. Silvio Lobo fue uno de los últimos en retirarse. Juntó los porotos, ordenó las cartas sobre la mesa, se acomodó los pesados anteojos sobre la huella oscura que el puente había grabado en el tabique de su nariz, y se dispuso a salir del lugar como casi todos, cantando en el mostrador lo que había tomado. Iván, a un metro de distancia, estuvo por abordarlo, bastaba extender un brazo y tocarle el hombro para detenerlo, pero la garganta se le cerró y un escalofrío le recorrió la piel.
La dueña siguió la escena con una discreta expectativa y no intervino de pura casualidad, porque en ese momento alguien se acercó a pagarle la cuenta de la semana. Iván aprovechó para salir detrás de su padre. Lo vio doblar en la esquina. Caminó. Flexionó la pierna derecha. El dolor casi había desaparecido. Levantó la cabeza: un paisaje desolado. Esos hombres que en el bar parecían cientos, al salir a la intemperie habían disminuido y se habían dispersado de tal manera que, mirando hacia los cuatro puntos cardinales, no se distinguían más de diez cuerpos solitarios, puntos neutros desplazándose sobre el fondo cristalino de la nada.
Desde que la dueña del bar le confió que Lobo tenía cantidad de animales, Iván se hizo la idea de que su padre debía de ser un hombre honrado. Alguien que cría animales sin matarlos y sin comérselos no podía ser un estafador ni un traidor. Siempre había creído que quienes criaban animales como a hijos, eran personas incurablemente buenas que no tenían, sin embargo, quizá por esa misma bondad, palabras para acercarse a los hombres.
Lo siguió varias cuadras, a una distancia prudente, por el boulevard que vertebraba el pueblo. Lobo caminaba a pleno sol, despacio. De pronto, como si intuyera una presencia extraña en la atmósfera, se detuvo en una esquina. No se volvió. Se sentó en un banco, a la sombra, con la cabeza entre las manos. A unos veinte metros, quieto, Iván trató de adivinar en qué estaría pensando su padre. Se preguntó si no estaría enterado de su presencia, si no lo habría reconocido cuando la dueña del bar había preguntado por él, y si no estaría purgando su nerviosismo en el banco, a la espera de que su hijo diera el primer paso. En un impulso irracional, decidió seguir caminando, pasar delante del banco. Si su padre lo llamaba, se volvería para responderle; si no lo llamaba significaba que no lo había reconocido en el bar ni había incubado sospechas, y daría media .vuelta, se volvería hacia él y se sentaría a su lado.
En cuestión de segundos tuvo a su padre más cerca que nunca y experimentó un retraimiento súbito, diferente de la timidez que tan bien conocía. Como si todas las fuerzas ancestrales que moran en un hombre, de repente y al mismo tiempo, lo sumergieran en una interioridad criminal, apretó los dientes y apuró el paso para superar el pánico. Caminó una cuadra, sin darse vuelta, a pleno sol. No se le cruzó otra idea que la de desaparecer. De pronto se preguntó adónde iba. No podía volver a pie a Tandil, menos a Buenos Aires. En ese momento, cuando sonó la bocina del mismo bus que lo había traído y el conductor lo saludó como si lo conociera de siempre, dedujo que el único modo de seguir viviendo era integrarse a su padre. No tenía adónde volver, pero sí adónde ir.
Llegó a discernir que Lobo se ponía de pie y doblaba por la calle perpendicular al boulevard. Se apuró y al asomarse en esa esquina lo vio de espaldas, con el mismo paso exhausto, entrando a un pequeño negocio en cuyo frente, sobre la vereda soleada, dos perros dormían boca arriba al sol. Había una vidriera con artículos de mercería y algunas mudas de ropa, y a un lado una puerta de vidrio con un cartel que, pese al mediodía, indicaba Abierto. Sacudió las piernas, ya no había rastros de renguera, el pánico y la emoción lo habían sanado. Giró el picaporte, empujó la puerta, que con un crujido seco recorrió una huella inmemorial grabada en el piso de granito, y el tintineo de unos cascabeles lo anunció. Dos señoras canosas, cada una situada a un lado del mostrador, se pusieron de pie a la par como si lo hubieran estado esperando durante mucho tiempo. Iván atinó a pensar que lo habían reconocido. Sobre un espejo lateral sucio
identificó a su padre sentado en una mecedora, en un ambiente contiguo. El quejido regular y frágil de la silla parecía una melodía gestada en el organismo de Lobo. En el negocio flotaba la misma luz anacrónica que en el bar.
«¿Qué se le ofrece», preguntó una de las hermanas.
Iván juntó las manos entrecruzando los dedos. Miró a su padre en el espejo. Parecía mucho más viejo de lo que realmente era. Las facciones angulares y las patillas crecidas le daban una severidad de prócer. Inhalaba por la boca como si le faltara aire.
Mientras decidía si convenía preguntar directamente por el señor Silvio Lobo, o hacer tiempo indagando por el precio de algún artículo hasta que su padre se fijara en él y la situación desembocara en un diálogo que le abriría la posibilidad de confesarse, la otra de las hermanas Ventura entró en escena, impaciente ante el mutismo del visitante: «¿Se le ofrece algo?».
Para salir del paso y no pasar a ser más sospechoso de lo que ya era, Iván dijo que venía por el aviso.
«Ah, bueno... lo hubiera dicho antes. Hace tiempo que estamos esperando a alguien... ¿Usted es de Tandil?» Iván negó con la cabeza y enseguida se arrepintió. Una tensión mínima ensombreció, a la par, los ojos azules de las hermanas Ventura. Él supuso que desconfiaban de que alguien tan joven y tan mal vestido pudiera tener dinero para allegarse a comprar un auto.
«De Mar del Plata», dijo de inmediato, pensando que era la ciudad más cercana.
«¿Y vio el aviso en el diario?»
«Mi abuela lo encontró...», contestó mecánicamente, y sintió que el acto de mentir, además de reportarle un placer desconocido, le deparaba una identidad verdadera y la herramienta ideal para sobrevivir en el futuro. Contra lo que siempre había pensado, si mentía alguien podía creer en su verdad.
De inmediato las hermanas se relajaron y hablaron en voz baja. Una de ellas gritó «Silvio», como si Lobo estuviera muy lejos. Se escuchó que Lobo dejaba la mecedora e iba hacia ellas arrastrando los pies. Iván, a través del espejo, lo vio acercarse y de pronto lo tuvo enfrente. Ya no sintió miedo. Cuando ese hombre, su padre, apoyó en el mostrador las manos amarillas y rugosas como cuero, Iván identificó en la forma de los dedos un rastro filial. En la escena se hizo un silencio profundo.
«¿Puedo mostrarle algo?», preguntó Lobo con un hilo de voz muy fino.
«Silvio, él no es un cliente, es el acompañante que viene por el aviso», observó una de las hermanas.
«Ajá... ¿es enfermero?», respondió levantando las cejas y bajando la mirada. Iván se alzó de hombros y en voz baja le dijo a las hermanas que no tenía mucha experiencia, pero que podía ayudar.
«No, el joven viene para hacerte compañía y cuidarte», contestó una de ellas mirando a Iván, enternecida. Él las miró con una mezcla de desconcierto y algarabía ante ese malentendido que venía a simplificar sus planes. Se serenó y dejó escapar una sonrisa. Aunque su padre, salvo por las manos, fuera distinto al hombre que había imaginado cuando escuchaba a Marcusse, las cosas al fin y al cabo habían salido mejor de lo que esperaba. No podía desaprovechar la ocasión.
«¿Te gusta el chico? Vino desde Mar del Plata», le susurró al oído una de las Ventura, y en un tono de voz leve, aunque no tan bajo como para que Iván no escuchara, le dijo que parecía un chico humilde pero honrado, no perdían nada tomándolo a prueba; además no podían hacerlo volver a Mar del Plata sin ofrecerle hospitalidad. «Claro», contestó él, y en un tono alto y desafinado, como si quisiera gritar y hubiera olvidado la manera, agregó que prefería una chica, en lo posible menor de treinta años.
«Pero no se presentó ninguna chica, Silvio... Para cocinarte y lavar estamos nosotras», y dirigiendo la mirada hacia Iván, agregó: «Necesitamos a alguien que lo lleve al médico, lo acompañe al bar, lo bañe, lo ayude a comer. No puede estar solo...».
«¿Cómo te llamás?», interrumpió Lobo con fastidio.
«Esteban», y en ese momento, al pronunciar un nombre falso, Iván supo que podría sobrevivir a cualquier tragedia futura si mantenía esa forma de extranjería.
«Esteban, ellas te van a decir lo que tenés que hacer. Si querés empezá hoy.»
Una de las hermanas, de inmediato, le señaló el pasillo, al final del cual ahora estaba la mecedora vacía, y le pidió que pasara. El corredor comunicaba con un comedor pulcro, pocos muebles, pisos de mosaico y un ventanal que mostraba un fondo arbolado, donde había un gallinero y un corral con dos chanchos. Sobre un silloncito de campo destartalado dormían dos gatos. Los demás ambientes de la casa parecían haber quedado congelados a mitad de una refacción, tiempo atrás. El caos vegetal del fondo, el deterioro de las paredes y la humedad, le recordaron a Iván la casa de su abuela en Temperley. Tuvo la impresión de que llegaba a ese hogar para devolverles a los habitantes espacios misteriosamente clausurados.

Oliverio Coelho (Argentina)
Breve reseña sobre su obra
Escritor y crítico argentino nacido en Buenos Aires en 1977. Actualmente trabaja como columnista para la revista Inrockuptibles y ha colaborado con los suplementos culturales de los diarios Clarín, La Nación (Argentina) y El país (España).
Ha sido merecedor de las becas Fundación Antorchas y Fondo Nacional de las Artes y el Premio Nacional Iniciación, en la Argentina, la beca Fonca (México) y el Premio Latinoamericano Edmundo Valadés, en México y la beca KLTI en Corea. 
Publicó las novelas Tierra de vigilia (2000), Los invertebrables (2003), Borneo (2004), Promesas naturales (2006), Ida (2008) y Parte doméstico (2009). 
Un hombre llamado Lobo aparece recopilado en la antología Granta 11, los mejores narradores jóvenes en español, publicada por Editorial Duomo.