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lunes, 30 de enero de 2012

El Lejano Oeste


Julian Maclaren-Ross (Inglaterra)

En esa época yo tenía doce años: inmensurablemente mayor que Mimile, quien tan sólo tenía ocho. Aún después de veinte años puedo recordar esa pequeña figura robusta coronada con una enorme cabeza en forma de bala, el peso de la cual, cuando corría, provocaba que con frecuencia perdiera el equilibrio y se cayera, raspándose una vez más sus desnudas rodillas ya cubiertas de cicatrices y de las costras pardo-doradas de heridas a medio cicatrizar.
Entonces se ponía de pie con lentitud, el rostro se le contraía y se enrojecía y, mientras se incorporaba, se le escapaba un apesadumbrado bramido de dolor, apretaba los mugrientos puños con firmeza, las lágrimas formaban canales entre el polvo de las mejillas, que se inflaban del tamaño de globos cuando él gritaba; los ojos hinchados se convertían en dos ranuras.
Tenía una voz poderosa y su alarido, cuando se caía y se lastimaba, perturbaba la concentración de los chicos mayores que, después de la escuela, jugaban a las bolitas en la Place, yo uno de ellos.
-Ta gueule!-gritaba alguno de ellos, incorporándose a gatas, furioso al haber errado un tiro difícil a causa del inesperado estallido de la desgracia de Mimile cerca de su oído. "¡Cierra la bocaza, tarado! ¡Te daré algo por lo cual gritar en serio si no te callas al instante!"
Estas amenazas estaban a menudo acompañadas por un golpe que, debido a la dureza del cráneo de Mimile, provocaba que la mano de quien lo emitía se estremeciera. Pero un golpe de este tipo rara vez tenía el efecto deseado de que Mimile se callara. Por el contrario, su alarido redoblaba el volumen, con una nota añadida de absoluta desesperación que hacía que todos los jugadores se levantaran en grupo y lo dejaran (a menos que volviera a caerse) a una distancia desde la cual su voz se escuchaba apenas como un quejido.
Los padres de Mimile, ahora jubilados, habían sido dueños de un café y habían hecho dinero. Mimile era el único hijo, nacido a la edad avanzada de una mujer delgada, amarga y con ambiciones sociales, y de un tipo que alardeaba jovialidad y vestía de alpaca negra, con un sombrero de paja y una cadena de un reloj cruzándole la barriga. Le compraban a su pequeño hijo juguetes caros que los demás chicos le destrozaban y ropa de buenas telas que pronto se desgarraba y se convertía en jirones.
Su madre estaba en contra de que se le permitiera jugar en la Place, en donde podía trabar amistad con chicos de la escuela pública, pero el padre, que era menos esnob, no veía daño alguno en ello. Recordaba haber tenido ocho años, aunque eso había ocurrido hacía ya algún tiempo.
Los domingos por la mañana se podía ver a la pareja escoltando a Mimile de regreso a su casa después de asistir a un servicio religioso en la iglesia. Eran protestantes, originariamente de Lille; y eso, en una comunidad católica, era un punto más en contra de Mimile. Rara vez se mencionaba la religión pero, a pesar de todo, lo hacía diferente. ¡Incluso yo, el inglés, era católico como los demás!
A veces yo sentía compasión por Mimile. Mi nacimiento en el extranjero también podía haberme convertido con facilidad en un marginal. Y en realidad, es algo que no me habían dejado olvidar durante mucho tiempo. Luego, también, una inmoderada precocidad en el colegio había provocado que me colocaran en una clase con chicos dos años mayores que yo. A veces, el profesor me mostraba como ejemplo para avergonzar a los demás: "Que un extranjero, menor que ustedes, escriba en vuestro idioma con menos faltas que ustedes...", y así continuaba. Al principio esto no me acarreó popularidad, aunque me las ingenié para no darle importancia. Al mismo tiempo había recibido una buena cantidad de bravuconadas y, por lo tanto, rara vez me unía a los demás para pegarle a Mimile o para darle un savon (se sostenía la cabeza de la víctima sobre la rodilla de uno de los chicos mientras otro le frotaba sus nudillos por el cráneo en un feroz lavado seco). La
mayoría de las veces yo me quedaba quieto y observaba. No intervenía en su favor. No yo. No quería que me rompieran la cara. Esperaba crecer para golpear a los otros chicos.
Fue Gaston Lagardere, cuyo padre era el dueño del anticuario de la esquina, el primero que le puso a Mimile el sobrenombre con el cual pronto sería conocido por todos. La cabeza de Mimile fue inicialmente la responsable.
Como ya he mencionado, su cabeza era enorme, gruesa y pesada; uno podía haber derribado una puerta con ella. También estaba afeitada por completo, como la de un general prusiano: al cabello no se le permitía formar más que un rubio rastrojo. La áspera sensación velluda bajo la mano apretada hacía que propinarle un savon fuera una peculiar delicia.
Un día, cuando no tenían nada mejor que hacer, los chicos formaron un círculo alrededor de Mimile y empezaron a preguntarle por qué tenía la cabeza afeitada de ese modo. Mimile no lo sabía. Pensó que un savon era inminente y abrió la boca para gritar por anticipado.
-¡Cállate! -gritó Gaston Lagardere-. No empieces con ese bochinche. Contesta de inmediato y no te pasará nada. Si no...
Mimile no podía responder. Sólo murmuró que su maman se lo había hecho hacer.
Yo dije: -En la escuela de curas a la que solía asistir también nos hacían llevar la cabeza rapada. Por si había bichos. 
-¡Bichos! -repitió Gaston encantado-. ¡Bichos! ¡Eso es, por eso! La mamá de Mimile le afeita la cabeza todas las semanas, de otro modo tendría bichos. ¡Infestada de bichos! 
-Les morpions!-rugió otro, que no sabía qué eran y se los imaginaba piojos.
Mimile empezó a llorar. Bañado en lágrimas, negó la existencia de bichos en su hogar. Algunos de los chicos empezaron a revisarle la cabeza para asegurarse de que dijera la verdad. Dijeron que mentía. Simularon y dijeron que su cabeza era una selva.
-¡Como las planicies! -gritó Marcel Sansault, mientras hundía los dedos en el cráneo cubierto de cerdas de Mimile.
-¡Como el Lejano Oeste! -gritó Gaston, que para colmo pronunciaba "Ueste". La escena se llenó de aplausos. Los chicos se doblaban de la risa, se palmeaban los desnudos muslos. Formaron un círculo alrededor del sollozante Mimile y bailaron encantados.
-¡El Lejano "Ueste"! -gritaban-. ¡Mimile es el Lejano "Ueste"!
Incluso inventaron una canción con esto, con la melodía de Je cherche aprés Titine. Mimile no sabía qué era el Lejano Oeste, pero se imaginó que era un insulto. Algo conectado con bichos. Comenzó a gritar desaforadamente. Los chicos estaban de tan buen humor que no les importó.
A partir de ese momento a Mimile se lo nombró sólo como el Lejano Oeste. Cada vez que aparecía se lanzaban vítores al estilo de los vaqueros. Los chicos corcoveaban montados en potros invisibles y al mismo tiempo se rascaban la cabeza de modo ostentoso. Fragmentos de la canción del Lejano Oeste lo perseguían durante el recorrido dominical con sus padres por la Place.
Los domingos, todos los chicos llevaban gorras de tela a cuadros. Le rogué a mi padre que me dejara llevar una también, pero se negó. Dijo que no permitiría que su hijo anduviera por ahí con el aspecto de un sinvergüenza.
Mimile tuvo más éxito. Un día apareció una gorra encasquetada sobre su enorme cabeza podada. Los chicos mayores se horrorizaron ante tal atrevimiento. Primero, le bajaron la gorra hasta los ojos, de modo que se tambaleó de un lado a otro sin poder ver y pegando alaridos, luego jugaron al fútbol con ella y le quitaron el forro. Cuando sucedía esto, apareció su madre, y todo el mundo salió disparando.
Para consolarlo por la pérdida de la gorra, le compraron a Mimile una gran pelota de goma, pintada de rojo, amarillo y azul, con un increíble rebote. Rebotó muy cerca de Marcel Sansault, que posó sus manos en ella, seguido por el lamento de Mimile. De una patada, Marcel la envió volando por encima de la verja hasta la calle. La aplastó un coche, y uno de sus flancos pintados se desinfló de modo irreparable. Los aullidos de pena que lanzó Mimile fueron los más fuertes que hasta el momento habíamos escuchado. Fueron tan fuertes que temimos que pudieran atraer nuevamente a su madre. Todos desaparecimos de la Place de inmediato.
Cosas de este tipo le sucedían siempre a él. No es necesario hablar de la locomotora a cuerda o de la réplica de un automóvil con una capota que se podía levantar y bajar. Después de que estas cosas dejaron de existir, él se interesó en nuestro juego de bolitas. No se le permitía participar, por supuesto, pero se quedaba dando vueltas y observando. Sus ojos redondos seguían, absorbían el trayecto de las bolitas: aquellas hechas de vidrio y ágata; aquellas de yeso: mientras los chicos que esperaban su turno observaban con esa misma expresión perspicaz de un juez con la que observarían, en los años venideros, las bolas de billar desplazándose por la mesa de tapete verde, apoyados sobre sus tacos en el café de la esquina.
Mimile estaba fascinado. Se dirigió a maman y la convenció de que le comprara bolitas. Por supuesto, le compró las del tipo equivocado. Enormes cosas desmesuradas como balas de cañón, hechas de piedra. Mimile apenas podía rodearlas con sus pequeñas manos. No las tuvo mucho tiempo. Gaston se deshizo de ellas, bajaron rechinando por la alcantarilla. Aun así, venía a vernos jugar. Intentamos alejarlo, pero no había caso. Siempre regresaba.
Entonces, un día, levantamos la vista y había otro observador junto a Mimile. Era Luc, un muchacho grandote de la escuela pública, no de la escuela a la que todos asistíamos. Era bien recio. Ni siquiera Gaston se atrevía a pelear con él.
Durante un rato se quedó allí con las manos en los bolsillos de sus pantalones cortos, mascando chicle Spearmint sin parar: una costumbre que había tomado de mirar películas americanas en el cine del barrio.
-¿Quieres participar? -le preguntamos, incómodos bajo su mirada despectiva.
-No -dijo, cambiando el chicle de una mejilla a la otra-. Es un juego de niños, eso es. Lo que ustedes quieren es algo así.
Sacó una mano del bolsillo. Sostenía algo que tenía un cordel a su alrededor. Lo lanzó al aire. Un trompo de madera cayó al suelo y comenzó a dar vueltas, libre de un extremo del cordel. Todos nos levantamos a gatas para observar: era como magia.
-Tengo otro aquí -dijo Luc sin la menor expresión, mientras mascaba chicle. Sacó un trompo aún más grande y lo arrojó despreocupadamente para que girara junto al otro. Estábamos subyugados.
-¿Cómo lo haces? -le preguntamos.
-Muy simple. -Nos mostró cómo enrollar el cordel, cómo sostener el trompo entre un dedo y el pulgar, cómo lanzarlo al aire. Nos dejó que lo hiciéramos nosotros mismos; hicimos un desastre.
-No, no así, así...
Mimile, el Lejano Oeste, también estaba subyugado. Estaba en cuclillas y observaba con los ojos salidos de las órbitas. Más tarde nos siguió hasta el bazar en donde todos compramos trompos. Lo dejamos que nos siguiera, estábamos demasiado entusiasmados como para preocuparnos por él. Una vez que nos vio comprar los trompos, salió trotando feliz a su casa, a ver a su maman; la enorme cabeza se meneaba de un lado a otro. Ni siquiera se cayó.
Al día siguiente estábamos todos en la Place. Lanzábamos los trompos al aire: ya nos habíamos hecho expertos en el asunto. Entonces Sansault se nos acercó corriendo.
-¿Vieron lo que tiene Lejano Oeste? Un trompo fantástico. No como los nuestros. ¡Esperen a verlo!
En ese instante Mimile se hizo visible, venía al trote. Llevaba con ambas manos un paquete envuelto en papel de seda. Le faltaba el aliento de tan excitado que estaba. Vino derecho a nosotros.
-¿Qué tienes ahí? -le preguntó Gaston con firmeza-. ¡Muéstralo rápido, Lejano Oeste!
Mimile estaba muy impaciente por hacerlo. Desgarró el papel de seda y dejó al descubierto un trompo lisa y llanamente gigantesco, hecho de hojalata y pintado de manera sensacional, como la pelota de goma que tenía antes. Debía de haberle costado un ojo de la cara a maman. Nos quedamos mirándolo atónitos, mientras Mimile acariciaba con ternura la superficie de hojalata.
-Pero ¿cómo funciona? -dijo Gaston por fin-. ¿Dónde está la cuerda?
Mimile colocó el enorme trompo pintado sobre el suelo. Sus ojos resplandecían de orgullo. Entonces emitió una sola palabra:
-¡Mecánicamente! Miren -dijo-. Les mostraré.
Primero dio cuerda al trompo con una llave de hojalata, luego apretó un botón de bronce. El trompo salió de su mano con un fuerte zumbido y comenzó a girar sin parar justo delante de nuestros pies. Giró incluso el doble que el trompo de madera más grande de Luc, con cuerda y todo. Parecía que podía zumbar y girar por toda la eternidad. Pero Marcel Sansault detuvo esto. Se adelantó y le dio una sonora patada que levantó el trompo del suelo y lo hizo volar a través de la Place. Cuando aterrizó, no daba más vueltas. Yacía quieto: como la pelota de goma, uno de sus flancos estaba abollado.
La cara de Mimile se contrajo de inmediato. Luego se hinchó enrojecida. Su boca se abrió húmeda en un rugido infernal. Cerró los ojos por completo, sus pequeños dedos retorcidos formaban puños en vano. Gritó como si los pulmones fueran a estallarle.
Todos nosotros observábamos sin la menor expresión, excepto Luc, que de pronto se adelantó de una zancada.
-¿Qué le hacen a este pobre chico? -gritó.
-¡Déjenlo solo! -Rodeó a Sansault-. ¡Tú! ¡Para qué tuviste que patear el trompo, enano insignificante! ¿Eh?
Tomó a Sansault del cuello de su suéter y le dio una buena bofetada en plena cara, arrojándolo contra la verja.
-¡Esto te enseñará! ¡Deja al chico solo!
El resto de nosotros estaba demasiado perplejo como para moverse. Incluso Mimile estaba tan sorprendido que dejó de aullar.
-Aquí, nene -dijo Luc, volviéndose hacia él-, no sigas... Quizá no esté roto. Quizá funcione. Ven y veámoslo.
Mimile todavía sollozaba con fuerza, pero las lágrimas se habían secado con rapidez en sus mejillas ardientes. Se tambaleó y se agachó con Luc junto a su preciado trompo. Ay, no funcionaba. Observamos en silencio mientras trataban en vano de resucitarlo. Inútil. Mimile apretó los puños. Parecía que empezaría a gritar nuevamente. Pero Luc metió la mano en el bolsillo y extrajo su trompo de madera más grande.
-Mira aquí, ten este en su lugar. Verás, girará tan bien como el otro, no bromeo. Ya lo verás.
Mimile no esperó. Ni siquiera dijo gracias. Asió sin mirar el trompo y, con él en la mano, se marchó con un trote tambaleante por la Place, camino a su casa. Se cayó una vez, pero no lloró. Sólo se levantó en silencio y continuó su marcha tambaleante.
Luc nos dijo: -Ahora, no dejen que los encuentre de nuevo haciendo llorar al chico, ¡o será peor para ustedes, ya verán! -Y con la cabeza en alto, se marchó. Ni siquiera Gaston dijo algo para detenerlo.
Pero las desventuras de Mimile ese día no habían terminado en absoluto: más tarde nos enteramos de que maman le salió al paso cuando llegaba, y primero le sacó el trompo de madera y lo arrojó a la basura, y luego le dio una buena paliza por haber cambiado su flamante y caro trompo por uno de esos mugrientos objetos con los cuales jugaban los chicos de la escuela pública.
Después de eso, durante un tiempo a Mimile no se le permitió jugar en la Place.
Algo bueno para él, quizá. Una vez pasado el incidente con el trompo, comencé a crecer a mucha velocidad. Me puse enorme y de inmediato fui el jefe del grupo. El sentimiento de compañerismo que sentía por Mimile se desvaneció de un día para el otro. Incluso hubiera podido hacerlo mi víctima, pero en ese entonces ya no estaba: sus padres lo habían enviado a la escuela en otra ciudad.
No sé qué pasó con él. Quizá -quién lo sabe- creció bien grande y pudo fastidiar a otros chicos menores. Ojalá haya pasado eso.