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miércoles, 11 de enero de 2012

Entonces


Juan Carlos Botero (Colombia)
Para Manuel José Cepeda
 
...el olvidado asombro de estar vivos...
Octavio Paz
 
Entonces -y sólo entonces- se sentó.
***
 
Entonces -y sólo entonces, porque tan pronto acomodaron los male­tines con los equipos de buceo en el interior de la lancha, y abrieron las cremalleras y sacaron las aletas, las máscaras, los cuchillos, los fusiles y los cinturones de lastre, distribuyendo cada cosa en los distintos com­partimentos ubicados debajo de las sillas, y ordenaron los chalecos con los arneses en un rincón donde no estorbaran, y colocaron los cuatro tanques de aire comprimido de pie, apoyados contra las paredes del cas­co y asegurándolos con elásticos para evitar que en el trayecto de saltos y brincos se soltaran o chocaran los unos con los otros, no vacilaron en poner en marcha los dos motores fuera de borda, y mientras Natalia sol­taba amarras y recogía los cabos y las defensas, Alejandro tomó posición detrás del timón y empezó a maniobrar, apartando el casco del muelle con cautela, y apenas vio que estaban sueltos, libres, desatados, hundió los aceleradores
hasta el fondo y en un par de segundos la proa estaba en alto como un animal encabritado y la lancha cruzaba el agua a toda velocidad, dejando una estela blanca y expansiva, de modo que no habían tenido siquiera una pausa para descansar, pero aun así no les importó, porque tan pronto sortearon la boca de la bahía, serpenteando entre las sombras de los arrecifes que se adivinaban bajo la superficie, salieron mar afuera, y los dos se dieron cuenta de que estaban tan entu­siasmados con la idea de llegar al Blue Hole que se habían olvidado de lo que minutos antes se habían propuesto, reposar a la sombra de una palmera, sacar una bebida de la neverita de icopor, quizás fumarse un cigarrillo antes de zarpar, pero eso tampoco les importó, pues llevaban más de una semana esperando que cayera la brisa para darle la vuelta a la isla y bucear en aquel lugar, aunque eran conscientes de que lo usual durante ese mes de vientos intensos era que la brisa se
mantu­viera indefinidamente despierta y furiosa, y también sabían que, en esas condiciones, anclar en cualquier lugar del otro lado de la isla y más aún en la punta del sur sería sencillamente imposible, pues en el mo­mento menos pensado se podría soltar el ancla o romper el cabo, y en cuestión de segundos el oleaje empujaría la lancha contra la costa y el casco reventaría en astillas contra los escollos, en cambio cuando des­pertaron aquella mañana y desde la ventana de la alcoba vieron que el mar había amanecido en calma, y un viento tibio apenas rozaba las sábanas, y las hojas de las palmeras escasamente se movían emitiendo un ligero sonido de susurros, sin pensarlo dos veces se alistaron depri­sa, buscaron en el garaje los maletines con los equipos de buceo, los metieron sin cuidado en la parte de atrás de la camioneta y se dirigie­ron por el camino de tierra que bordeaba el mar a la ensenada donde yacía la lancha atracada en el
muelle abandonado, y ahora que surca­ban las olas extendidas y pasaban la primera punta de la isla, ambos sonrieron porque sabían que la decisión había sido correcta, pues el océano infinito carecía de crestas blancas y el cielo azul resplandecía sin nubes, de manera que parecía una mañana perfecta para bucear, y aun­que el sol seguramente ardía con fuerza ni siquiera lo sentían debido a la brisa de la lancha en movimiento, pero de todas formas Natalia pre­firió sacar de su bolso una crema protectora y después de aplicársela en el rostro esparció un poco sobre los hombros de Alejandro, y tan pronto terminó se dedicó a ordenar el interior del bote, enrollando las cuerdas y ajustando los cabos, y cuando Alejandro vio que los pasillos habían quedado despejados, sonrió y le dijo, comunicándose a gritos por encima del rugido de los motores, que sería mejor que alistara su equipo para tenerlo a la mano, ya que así podrían llegar al
lugar indicado y proceder a anclar sin tardar en lanzarse al agua, pues por experiencia él sabía que preparar el equipo con el bote anclado, en ese sitio donde siempre había algo de oleaje, era la forma más segura de marearse, entonces la vio sacar sus cosas de los distintos compartimentos y esco­ger uno de los tanques, al cual le ajustó el arnés con el chaleco, apre­tando las correas con fuerza para que no se fuera a soltar, en seguida le atornilló el regulador, abrió la llave y la manguera se enderezó como si hubiese resucitado, y luego de comprobar en el manómetro la cantidad de aire que tenía disponible, buscó un cinturón con el lastre requerido, se aseguró el cuchillo a la pantorrilla y escupió varias veces dentro de la máscara, frotando la saliva alrededor del cristal, hasta que final­mente estuvo lista, entonces Alejandro le pidió que tomara el timón para que él también organizara su equipo, le indicó el rumbo y la
dis­tancia que debía mantener entre la lancha y la costa, la besó de paso en la mejilla y luego comenzó a preparar sus cosas, tal como lo había hecho Natalia, pero él se apresuró un poco más porque sabía que en contados minutos llegarían al extremo de la isla y allí el reencuentro de las aguas de ambos costados, sin que importase el día o el mes del año, generaba un encrespado choque de corrientes, lo que hacía que aquella punta fue­ra siempre la más difícil de sortear, así que apenas le alcanzó el tiempo para dejar su equipo listo y retomar el timón, entonces disminuyó la velocidad de los motores para que la proa no se fuera a golpear contra las crestas de las olas, y de esa forma, lenta y cuidadosamente, rodea­ron la costa, subiendo y bajando, cuando de pronto apareció el otro lado de la isla en todo su esplendor, vasto y magnífico, con la cinta inclinada de playa que se extendía, blanca e intensa, hasta el otro extremo, la
pa­ralela muralla de cocoteros, altos y encorvados, asomados al mar, la col­cha de brumas estancadas desvaneciendo sobre la copa de las palmeras, y la pared zigzagueante del arrecife que protegía aquel costado de la inclemente embestida del mar abierto, y mientras Natalia observaba el paisaje al lado de su novio con el brazo alrededor de su cintura, Alejan­dro orientó la lancha hacia el naufragio que los marineros empleaban como una especie de faro muerto para señalar el final del arrecife, y los pescadores también empleaban, dada su cercanía, como punto de refe­rencia para señalar la ubicación del estupendo sitio de pesca, el famoso Blue Hole, aquel naufragio que en realidad no era más que el oxidado esqueleto de un carguero encallado durante una densa noche de nebli­nas, y aunque en esa ocasión la tripulación entera se había salvado nadando hasta la costa, algunos decían que en los atardeceres el capitán aún hacía vigilia desde la
playa de enfrente, como si quisiera seguir el desastre hasta lo último, presenciar el lento e implacable cata­clismo de su nave hasta que no quedaran vestigios del accidente, y en efecto allí sobresalía el ruinoso costillar lamido por las olas, cubierto con crustáceos y coronado de aves que chillaban a su alrededor como si fue­ra un gigantesco nido de hierros corroídos, entonces Alejandro arrimó la lancha con destreza, maniobró hasta dejar la proa de cara al viento, esquivó un arbusto de corales que apenas se distinguía bajo la espumo­sa superficie, y cuando estimó que estaban bien ubicados, lo suficiente­mente distantes del naufragio y al pie de la primera caída de veinte o treinta pies de profundidad, le dijo a Natalia que soltara el ancla, y tan pronto sonó el splas del rezón como una cachetada en el agua, nueva­mente cambiaron de puesto y la muchacha tomó el gobierno para man­tener el bote en posición mientras Alejandro brincaba
a la proa para comprobar que el ancla había llegado al fondo, y desde allí jaló la cuer­da repetidas veces, la sostuvo un buen rato entre las manos y cuando la sintió templada y advirtió que, con respecto a la costa la lancha bam­boleaba pero no se desplazaba de su sitio, anudó el cabo a la cornamu­sa de la proa y le dijo a Natalia, frotándose las manos del entusiasmo, bueno, bajemos ya antes de que vuelva a cambiar el tiempo, pero pri­mero se besaron largamente y luego, sin más demoras, apagaron los mo­tores y comenzaron a ponerse los equipos, entonces se ajustaron los cinturones de pesas, se colocaron los tanques, se calzaron las aletas, se pusieron las máscaras, Alejandro tomó por precaución un fusil de cau­chos, se acomodaron en la borda de la lancha, el uno frente al otro, y se dejaron caer al mismo tiempo de espaldas al agua, hundiéndose de in­mediato para evitar el vaivén de las olas e incluso un posible golpe de cabeza contra
el casco, y como siempre les sucedía al bucear la magia del mar los envolvió al instante, pues experimentaron un cambio repen­tino y radical, como si hubieran ingresado en un mundo dramática­mente distinto, sereno y calmado, desconcertante en su silencio, donde sólo se mecían las algas y la corriente empujaba ligeramente algunos pececitos de colores, pero a pesar de que el fondo estuviera en relativa calma, Alejandro no vaciló en nadar hasta el ancla para asegurarse de que las uñas del rezón estuvieran firmemente prendidas de las rocas, y mientras que él inspeccionaba el hierro, tirando de la cadena y verifi­cando que no se fuera a soltar durante la inmersión, Natalia alzó la cabeza y siguió con los ojos muy abiertos la soga estirada que ascendía en diagonal hacia la superficie, hacia la silueta del casco que subía y bajaba, chocando entre burbujas contra las olas vistas por debajo, y cuando Alejandro se dio por satisfecho y le hizo la
señal a Natalia uniendo el pulgar con el índice, procedieron a nadar hacia el remoto y túrbido borde del precipicio, pataleando suavemente, nivelando el peso del cuerpo con infladas cortas al chaleco, revisando de cuando en cuan­do los cristales del profundímetro y del manómetro, cada uno fijándose en el otro, en que tuviera todo bien puesto, y al cabo de unos minutos, casi sin darse cuenta, llegaron al vertiginoso cantil del Blue Hole, y sin ponerse de acuerdo los dos se detuvieron, deslumbrados ante el impo­nente abismo y la repentina transparencia, frente a ese azul turquesa que se disolvía en sí mismo y se oscurecía en una profundidad insonda­ble y progresiva, ambos quietos, estáticos, asomados al hondísimo vacío que parecía reclamarlos, escuchando aquel silencio resonante agujerea­do por la ocasional explosión de burbujas, observando bajo sus narices la formidable pared de coral que se precipitaba perfectamente vertical, con
algunas rocas monumentales como garrotes colosales que se des­prendían del costado y la cantidad abrumadora de peces que entraba y salía a distintas alturas por huecos incontables, y así permanecieron un largo tiempo, recostados sobre el filo del precipicio, atónitos, inmóviles, apreciando la claridad y la calidez del mar Caribe, hasta que por fin parecieron reaccionar como si hubieran despertado de un encanto, en­tonces empezaron a descender, pero en vez de hundirse de cabeza sim­plemente se apartaron, se retiraron del inicio del declive con un paso hacia adelante y se dejaron caer de pies, jalonados hacia abajo por el peso del lastre, moviendo apenas los brazos, las piernas, resbalando len­tamente hacia el fondo, apretando y soplando por las narices para ali­viar la presión de los oídos, contemplando, al caer, la inmensa muralla de coral que ascendía y descendía tan grande como la fachada de una catedral, asomándose a las infinitas
grutas y ranuras, a los hoyos y agu­jeros poblados de vida y movimiento, de destellos y colores fluorescen­tes, excitados con la adrenalina bombeando y el corazón retumbando en su pecho, y a lo largo de ese paulatino e hipnotizante trayecto hacia el fondo, sorprendieron a las chernas encuevadas que los miraban de fren­te con las agallas oscilantes, a las morenas enroscadas y boquiabiertas, a los pargos que se alejaban estudiándolos de reojo, a los erizos que ofre­cían sus frágiles alfileres, a las cabrillas que se camuflaban y perdían en el contorno, a las barracudas con su jeta de perro feroz que se acer­caban como troncos de plata y de pronto desaparecían sin rastro, a las langostas aferradas a las rocas con sus paticas de insecto tijereteando el agua con sus delicadas antenas, y por supuesto estaban tan absortos, tan fascinados con la fauna y el paisaje, que no se dieron cuenta de que estaban a punto de tocar fondo, de llegar al suelo de
arena, fantasmal en su azulosa blancura, allí donde las agujas de los profundímetros marcaban poco menos de doscientos pies, sin embargo no se alarmaron y más bien se dejaron desplomar levemente hasta aterrizar parados en el lecho marino, levantando nubes de arena en torno de las aletas, entonces alzaron la vista y examinaron la intimidante pared de corales vivos que ascendía como un rascacielos hacia la indistinguible superfi­cie, y se voltearon y observaron el suelo de arena, tapizado con peque­ñas dunas como pliegues en una sábana mal estirada, el suelo que, treinta metros más allá, se inclinaba y volvía a caer, prolongando el abismo sin que nadie supiera a ciencia cierta hasta qué profundidad, entonces Alejandro le mostró a Natalia su mano abierta para indicarle que realizarían una parada no mayor de cinco minutos, y estaban en esas cuando vieron un par de jureles grandes que se dirigían hacia ellos, sin duda atraídos por el
cavernoso gorgoteo de las burbujas, finos como atunes con los lomos de nácar y relumbres azules, pero además sor­prendentemente dóciles y curiosos, lo que les pareció divertido porque los peces se pusieron a juguetear con Alejandro, mariposeando en torno de su máscara e incluso mordisqueándole los brazos y los hombros, has­ta el punto de que se vio obligado a alejarlos, a apartarlos con las manos, así que ahuyentó uno y empujó otro, y en medio de esa inofen­siva danza de maromas y piruetas ocurrió el accidente, pues sin pro­ponérselo Alejandro ensartó al mayor con la punta del arpón y el pez pareció despertar con una descarga eléctrica, tirando y luchando, tra­tando de zafarse desesperadamente, soltando nubes de sangre que, a esa profundidad, no era roja sino verde, y Alejandro, con evidente pena, acercó el animal y lo terminó de atravesar para acabar con su agonía de una vez por todas, pero el jurel resistió, extrajo
aparatosamente la vari­lla del fusil y quedó atado por la cuerda del arpón, dando vueltas en con­vulsiones, dejando temblorosas espirales de sangre y peleando con sus últimas fuerzas, de modo que, para aquietarlo, Alejandro lo volvió a acercar recogiendo la cuerda y con los dedos lo prensó de los ojos, soste­niéndolo mientras manoteaba con la otra mano para despejar la niebla de sangre, y al cabo de sus espasmos finales el animal se fue calmando hasta que se detuvo por completo, sin embargo, cuando Alejandro trató de desatornillar la punta del arpón con el fin de sacar la varilla, para su sorpresa la sintió dura, atascada, quizás pegada por el óxido y la sal, en todo caso, después de ensayar de nuevo hasta que pensó que se le iban a desportillar los dientes del esfuerzo, se vio forzado a entregarle el ar­pón a Natalia para que ella lo sujetara con ambas manos mientras él bregaría con la punta, entonces se colocó de frente a la
muchacha para estar más cómodo, de espaldas al mar abierto, pero en el momento en que intentó hacer presión Natalia soltó la varilla y retrocedió contra la pared de coral, y cuando Alejandro alzó la cabeza para cuestionarla con la mirada y vio sus ojos desorbitados en la máscara, comprendió lo que eso significaba, entonces se volteó y por una fracción de segundo no re­conoció la figura que tenía ante sus ojos porque parecía un círculo sin cuerpo suspendido en el agua, similar a un lápiz visto de punta, pero en seguida el círculo se transformó y así advirtió el lento y poderoso meneo de la cola, el inconfundible sesgo de las aletas, y faltando apenas un metro de distancia el tiburón giró, husmeando la sangre, explorando el territorio, desfilando su fuerza como en una pasarela, luego regresó y volvió a pasar delante de ellos, y Alejandro, paralizado con el pez san­grante en la mano, registró sus ojos negros e inexpresivos,
iguales a los de una muñeca, su boca ligeramente abierta en medialuna, sus agallas ondeantes por el paso del suave viento del agua, las dos rémoras pega­das a la barriga blanca y, por último, la cola en forma de guadaña que impulsaba el cuerpo con un solo movimiento, constante y fluido, y de pronto, por el rabillo del ojo, Alejandro vio otro tiburón que surgía del costado izquierdo, después otro del derecho, y desde ese momento en adelante fueron apareciendo como si se estuvieran materializando en el agua, multiplicándose y confundiéndose los unos con los otros, seduci­dos por la sangre, surgiendo de las más remotas profundidades, acer­cándose cada vez más y desplazándose a distintas alturas, de manera que, desde la posición de Alejandro, unos parecían rozar el suelo de are­na, otros permanecían al nivel de sus ojos y otros nadaban por encima de su cabeza con la silueta nítidamente recortada contra la luminosidad de la superficie,
entonces él empezó a forcejear con el arpón mientras Natalia seguía petrificada contra la pared de coral, entre tanto llegaron más tiburones y en un momento hubo tantos que ni siquiera fue posible contarlos, y cuando Alejandro sintió que la situación iba a estallar de la tensión, la punta giró en su mano, así que procedió a desatornillarla, tratando de evitar cualquier acto brusco o repentino, sacó la varilla deli­cadamente por la herida que parecía una tronera de carne rasgada y arrojó el jurel lo más lejos que pudo, pero el animal planeó serenamen­te como un avioncito de papel, regresó y aterrizó allí mismo, casi a sus pies, con los ojos saltones y el lomo destruido, y en ese instante comenzó en serio el festín, porque los tiburones le cayeron encima como una manada de lobos hambrientos, azuzados por la sangre, disputándose la presa en un frenesí de dentelladas, partiendo y frenando como relám­pagos, unos hincando los
dientes en el pez y sacudiéndolo hasta arran­car un pedazo en flecos mientras los demás los perseguían como torpe­dos, entonces Alejandro, sin saber en qué momento él también había retrocedido contra la fachada de coral, sintió la mano de Natalia que subía a tientas buscando la suya, y al voltearse la vio tragando aire a bocanadas del pavor, y con esa imagen visualizó la magnitud del dile­ma en que estaban, porque si se movían los tiburones seguramente los atacarían, pero si se quedaban allí en pocos minutos se les acabaría el aire y jamás alcanzarían la superficie, aunque en realidad no tenían alternativa, entonces Alejandro se movió cautelosamente hasta colocar­se delante de Natalia, pasó una mano por detrás buscando a ciegas la bomba de su chaleco y la infló una, dos, tres veces, de inmediato hizo lo mismo con la suya y en seguida empezaron a flotar, despacio e ingrávi­dos, Natalia sujeta de los hombros de su novio,
protegida por el escudo de su cuerpo y Alejandro rechazando las embestidas de los tiburones con estocadas del arpón, ambos escalando menos rápido que las cadenas de burbujas que subían en trémulos hongos de plata, trepando pero sin perder de vista a los tiburones que alcanzaban a rozar sus aletas, y tan pronto lograron alejarse unos metros del macabro semicírculo de ani­males excitados, Alejandro sintió de nuevo la mano de Natalia, pero es­ta vez ella parecía pedirle con apremio que se volteara, así que giró en espiral sin dejar de ascender y apenas la tuvo de frente la muchacha de ojos enormes se cruzó la garganta con el dedo para indicarle que se estaba quedando sin aire, y sin poderlo creer Alejandro tomó su manó­metro y comprobó que, en efecto, la aguja rebotaba contra las últimas libras, no obstante vio lo mucho que les faltaba para empezar a vislum­brar la remota superficie, entonces revisó su propio manómetro y vio la aguja
marcando poco menos de mil libras, y mientras se decía que Nata­lia se había tragado el aire del susto, con una ráfaga de terror calculó que su tanque no les iba a alcanzar para los dos, pero aun así y sin más remedio tomó aliento y le pasó a Natalia la boquilla de su regulador, y cuando ella asintió después de respirar un par de veces, acezante y ner­viosa, él reintrodujo el regulador en su boca, expulsó el aire de sus pul­mones e inhaló sintiendo el golpe de aire helado, y de esa forma se tur­naron el cilindro, subiendo ahora más rápido de lo que debían, los dos robando miradas furtivas entre el espacio de sus aletas, y todavía veían a los tiburones revoloteando y peleándose los restos del jurel, cada vez más pequeños y distantes hasta que se asemejaron a unas lagartijas moviéndose en el fondo de una cantera, y así fueron trepando, Alejan­dro consciente del peligro en que seguían y no sólo por la persistente amenaza de
los tiburones, sino también por haber descendido a esa pro­fundidad, por haber permanecido tanto tiempo en el fondo, por ascen­der sin aire suficiente para realizar una descompresión ni siquiera cer­cana a la establecida en las tablas reglamentarias, y consciente de que aún podría suceder cualquier cosa, pues en una situación como esa era imposible predecir el desenlace, ya que la persona podía llegar a la superficie a punto de desmayarse, o brotando sangre por los ojos o las fosas nasales, o con tal agotamiento que la podía dejar postrada duran­te días o, en el peor de los casos, con una burbuja de nitrógeno atrapa­da en alguna articulación, dejando consecuencias incalculables, sin em­bargo era un riesgo que tenían que correr porque al revisar de nuevo su manómetro Alejandro vio que les quedaban menos de trescientas libras de aire, pero allá arriba ya se adivinaban las diminutas crestas de las olas invertidas, barriendo la superficie
sin cesar como el viento en un trigal, de modo que siguieron subiendo, soltando la mayor cantidad de burbujas posible, sintiendo los oídos al destaponarse, chupando la bo­quilla con todas sus fuerzas para succionar las migajas restantes por­que sólo faltaban treinta pies, veinte, quince, diez... hasta que por fin rompieron la superficie, exhaustos y jadeantes, y sin vacilar Alejandro le arrancó la máscara a Natalia de la cara y le preguntó cómo estaba, y ella, aturdida y todavía temblando del susto, apenas pudo asentir con la cabeza, entonces él infló los chalecos con la boca y bracearon hacia la lancha que por fortuna seguía allí, bamboleando en el oleaje pero tal como la habían dejado, y en el instante en que tocaron el casco Alejan­dro experimentó una sensación de alivio como jamás había sentido en toda su vida, pero no tuvo tiempo para pensar en eso porque asistió a Natalia a quitarse el equipo, lanzó las máscaras y las aletas
por encima de la borda, le ayudó a trepar la escalerilla, en seguida le alcanzó un tanque y luego el otro, y tan pronto se subió a la lancha y se desabrochó el cinturón de pesas, pudo apreciar la solidez del piso bajo sus pies, entonces miró a Natalia y la vio sentada con una inquietante expresión de incredulidad en el rostro, como si no pudiera creer que estuvieran bien, a salvo, vivos, de modo que se detuvo un segundo, respiró muy pro­fundo, y examinó su mano apoyada contra la borda, sus venas salidas, sus uñas blancas, sus yemas arrugadas, y más allá observó la corna­musa de la proa, la cuerda templada del ancla, las incesantes olas del mar, cosas hasta triviales pero que en ese momento adquirían un sen­tido monumental por la sencilla razón de que estuvo a punto de nunca volverlas a ver, que faltó casi nada para no volver a presenciar el cabe­llo empapado de Natalia, o los colores resplandecientes del agua, o el prodigioso cielo
azul, o el perfil de la isla amurallada de palmeras, o un alcatraz como ese que parecía suspendido en pleno vuelo, y por prime­ra vez en toda su vida se dio cuenta, en serio y de verdad, de que era mortal, entonces observó de nuevo a Natalia, muda, atónita, ella tam­bién mirando el movimiento continuo de la naturaleza, tal vez pensan­do lo mismo que él, sabiendo que si les hubiera sucedido algo fatal de todas formas esa ola habría seguido creciendo, enrollándose hasta des­baratarse en las arenas blancas de la playa, y ese pájaro habría chilla­do igual y todo habría seguido su curso natural sin emitir siquiera un escalofrío por sus vidas sofocadas, pero para Alejandro lo más aterrador no era eso sino reconocer que él era, efectivamente, mortal, y como si eso no bastara, efímero, y comprendió que ese hecho, obvio y elemental, hasta ahora no había sido más que un reconocimiento abstracto y racio­nal pero no una aceptación profunda,
una verdad de entrañas, ni se había traducido jamás en una despiadada toma de conciencia sobre su propia mortalidad, en ese instante la poderosa intensidad de la vida, su escalofriante fugacidad, pareció llenarlo, abrumarlo, inundarlo en for­ma aplastante, de manera que entonces, y sólo entonces- se sentó.

Juan Carlos Botero (Colombia)
Breve reseña sobre su obra
Este joven escritor colombiano nació en Bogotá en 1960. 
Realizó estudios en la Universidad de Los Andes, Harvard y Universidad Javeriana. 
En 1986 ganó el Premio Juan Rulfo con su relato El encuentro, otorgado por un jurado integrado por autores de la talla de Augusto Roa Bastos, Julio Ramón Ribeyro y Severo Sarduy. En 1990 su relato El descenso ganó el XIX Concurso Latinoamericano de Cuento. 
Además de su actividad literaria, Juan Carlos Botero se desempeña como periodista, tarea que le permite el contacto con la difícil actualidad colombiana. "Tengo una columna en el diario El Espectador, porque tengo la necesidad de pronunciarme sobre cuestiones de la realidad inmediata..., porque la literatura proporciona una gran beneficio a largo plazo, enriquece la vida, pero no aporta luces en el corto plazo."
Su primer libro compuesto de 46 textos breves, apareció en 1992 bajo el título Las semillas del tiempo (epífanos). En 1998 publicó Las ventanas y las voces, colección de relatos con la que obtiene reconocimiento incluso fuera de su país. A éstos les seguirán las novelas La sentencia (2002) y El arrecife (2006) y el libro de ensayos El idioma de las nubes (2007).

Entonces integra el volumen Las ventanas y las voces, publicado por Ediciones B.