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lunes, 20 de febrero de 2012

El círculo


Antonio Tabucchi (Italia)

«Le pregunté sobre aquellos tiempos en que éramos aún tan jóvenes, ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos. Algo de eso ha quedado, excepto la juventud, respondió.»
El viejo profesor se había interrumpido, tenía una expresión casi contrita, se había enjugado precipitadamente una lágrima que se le había asomado a una pestaña, se había dado un golpecito en la frente, como diciendo qué idiota, perdonen, se había aflojado el corbatín de aquel increíble color anaranjado y había dicho con su francés marcado por un fuerte acento alemán: les ruego que me disculpen, les ruego que me disculpen, se me había olvidado, el título del poema es «El viejo catedrático», de la gran poetisa polaca Wislawa Szymborska, y en ese momento se había señalado a sí mismo, como queriendo indicar que el personaje de ese poema en cierto modo coincidía con él, después se había bebido otro calvados, más responsable de su conmoción que el poema, y se le había escapado una especie de sollozo, todos de pie, consolándolo: Wolfgang, no hagas eso, sigue leyendo, el viejo profesor se había sonado la nariz con un amplio
pañuelo de cuadros: «Le pregunté por la fotografía», prosiguió con voz estentórea, «esa en el marco, sobre el escritorio. Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada, mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa, el gato en los brazos de mi hijita, y un cerezo en flor, y sobre el cerezo un pájaro volador no identificado, respondió.»*
El resto ya no lo había escuchado, o tal vez ya no quiso seguir escuchándolo, qué amable el viejo profesor del cantón de San Galo, los primos de San Galo son un poco paletos, eran palabras de la tía abuela oídas en alguna ocasión en la cocina, criaturas extrañas, son buena gente, pero viven en ese sitio tan aislado entre montes y lagos, en cambio quien le parecía delicioso a ella era el viejo profesor de San Galo, hasta había hecho fotocopias del poema que quiso leer en el brindis, qué delicadeza, y las había dejado a disposición de los invitados sobre la mesa ya puesta, entre el postre y los quesos, porque, según decía, ése era el mejor homenaje a la memoria del abuelo, «mi añorado e inolvidable hermano Josef, en cuyo lugar el Señor hubiera debido llamarme a mí». Y, en cambio, era él el que estaba vivito y coleando, con sus abundantes venillas rojas en la nariz que el alcohol hacía aún más evidentes, y entretanto la abuela
escuchaba embelesada (o acaso dormitaba) el elogio poético de su cuñado hacia su difunto marido, porque el aniversario de aquella muerte, ya hacía una década, era el motivo de la solemne reunión de familia, hay que conmemorar a los difuntos aunque a pesar de todo la vida siga, y la vida que sigue merece ser celebrada tanto o más que los difuntos, y que se fastidien los envidiosos, porque la familia es la familia, sobre todo una familia histórica como la nuestra, que ya a principios del siglo XIX tenía casas de postas que llegaban desde Ginebra hasta el cantón de San Galo, y desde el lago Constanza hasta Alemania, y desde Alemania hasta Polonia, quedan aún grabados y fotografías, están todos en el álbum familiar, de esas antiguas casas de postas nació después la red comercial que hace hoy célebre a la familia Ziegler en Suiza y en toda Europa, los fundadores hace tiempo que murieron, los herederos más viejos no tardarán en hacerlo, pero
la familia continúa, porque la vida continúa, por eso estamos aquí, para celebrar la vida que continúa, con nuestros hijos y nietos, concluyó triunfalmente el tío abuelo de San Galo.
Y ahí estaban, los herederos de tanta tradición. El gesto teatral del tío abuelo de San Galo, que declamaba con voz conmovida el poema, parecía dirigirse precisamente a ellos: al chiquitín de ricitos rubios que ya llevaba corbata y a la niñita del rostro lleno de pecas, ignaros ambos de que aquella mano se dirigía precisamente a ellos, e ignaros de la memoria del desconocido abuelo Josef, abstraídos como estaban en disputarse una porción de tarta de chocolate, y el varón, que había sobrepujado a su hermana, llevaba ya el signo de la victoria bajo la nariz, como unos bigotes en un teatrillo de títeres, y la última nuera, la blanca Greta, tan cumplida, con una servilletita de encaje, de San Galo también, como el tío abuelo, limpió la mancha de chocolate del rostro de su hijo y sonrió. Una hermosa sonrisa sobre un lozano rostro de leche y de sangre, como había oído decir una vez en aquel pueblo, aunque tal vez no fuera en Ginebra, sino en
Lugano: leche y sangre. Qué extraña mezcla, la primera vez que había oído esa expresión le había causado un extraño efecto, casi de náusea, tal vez porque se había imaginado una jarra de leche en la que caían unas gotas de sangre. Y su pensamiento, por su cuenta, había vuelto a una infancia que no era la suya, sin embargo, a una aldea perdida en el tiempo, a los pies de las montañas de un país que allí, en esa ciudad donde estaban conmemorando ahora a un abuelo Josef que no era el suyo y a quien no llegó a conocer, llamaban el Magreb, como si perteneciera a una abstracta geografía. Cuando ella era niña, no sabía que el lugar en el que vivían sus padres se llamaba Magreb, ni siquiera ellos lo sabían, vivían allí y nada más, y no lo sabía tampoco su abuela, cuya imagen le afloró desde el recuerdo como desde un pozo enterrado, qué extraño, porque no era el recuerdo de una persona, era el recuerdo de una persona que le habían
contado, ella no llegó a conocer a su abuela, ¿cómo podía acordarse tan bien de un rostro que nunca había visto? Y después se le vino a la cabeza su madre, porque su madre era fuerte, pero muy frágil también, y qué hermosa era, con ese perfil altivo y los ojos grandes, y se acordó de su forma de hablar, y de su acento antiguo, antiquísimo, porque provenía del corazón del desierto, donde nunca se habían atrevido a penetrar los saqueadores árabes que comerciaban con los cuerpos de las personas, ni los sacerdotes católicos, que comerciaban con las almas, lo mejor era dejar en paz a los bereberes, son personas no comerciables. Y pensó al mismo tiempo de dónde provenía esa profunda percepción de sí misma que sintió aflorar por un instante frente al gesto perfecto y decidido con el que Greta limpiaba la mancha de chocolate de la mejilla de su hijo. De la nada, esa percepción provenía de la nada, como su recuerdo, que no era un
verdadero recuerdo, sino el recuerdo de un relato, y no era aún un sentimiento, era una emoción y, en el fondo, ni siquiera emoción era, no eran más que imágenes que su fantasía había construido de niña escuchando recuerdos ajenos, pero de aquel lugar remoto e imaginario se había olvidado después, y eso la sorprendió. ¿Por qué aquellos lugares de arena de los que le había hablado su madre cuando ella era una niña habían quedado sepultados en las arenas de su memoria? Los Grands Boulevards, ésa era la geografía que pertenecía a su memoria, las grandes avenidas de París donde su padre tenía un elegante despacho de notario con florido papel pintado en las paredes y sillones de cuero, su padre, conocido abogado de un gran despacho parisiense. En la planta de encima del despacho estaba el piso en el que se había criado, un piso de ventanas altísimas y molduras de estuco en los techos: es un edificio construido por Haussmann, en casa
siempre se había dicho eso: es un edificio de Haussmann, y Haussmann era Haussmann, punto y final, pero ¿qué tenía Haussmann que ver con lo que ella era?
Se lo preguntó mientras Greta limpiaba con el pañuelo de San Galo la mancha de chocolate del rostro de su hijo, y eso que se preguntaba a sí misma le hubiera gustado preguntárselo a todos los comensales de aquella fiesta familiar, a aquella familia tan hospitalaria y generosa que celebraba a un abuelo emprendedor que había sabido transformar unas viejas casas de postas en una rentable empresa comercial que ahora le pertenecía a ella también, porque le pertenecía a Michel. Pero ¿a qué propósito sacar a relucir ahora a Monsieur Haussmann? La habrían mirado como si estuviera loca. Querida mía, le habría dicho Greta (quizá se lo hubiera dicho Greta precisamente), pero ¿a qué viene eso de Haussmann? Es el mayor urbanista francés del siglo XIX, rehízo París, tú te criaste en uno de los edificios que él construyó, ¿por qué se te ha venido a la cabeza Haussmann? Greta se sentía acomplejada por vivir en Ginebra, que en comparación con
París consideraba una ciudad de provincias y tal vez lo hubiera tomado como una provocación. La verdad es que no era algo que pudiera decirse en el comedor de una fiesta familiar, en aquella sólida casa de amplias ventanas que daban al lago, ante una mesa aparejada en la que había de todo, hubiera podido hablar del desierto, pero le habrían preguntado a qué venía eso del desierto, ella hubiera podido contestar que el desierto, si tenía algo que ver, era por oposición, pues vosotros, aquí, delante de vosotros, tenéis un magnífico lago rebosante de agua que tiene incluso un surtidor en el centro que lanza el agua verticalmente a cien metros de altura, y en cambio mi abuela estaba rodeada de arena y cuando era niña, para ir a coger un cántaro de agua, por la mañana tenía que ir al pozo de Al Karib, ahora se me ha venido a la cabeza hasta el nombre, y ella tenía que recorrer tres kilómetros a oscuras de ida y tres kilómetros bajo un sol
ardiente para volver con el cántaro sobre la cabeza, y vosotros no podéis saber lo que es de verdad el agua, porque tenéis demasiada.
¿Eran ésas cosas que debían decirse? ¿Y ellos qué culpa tenían? ¿A lo mejor podía decirles que se le había venido a la cabeza la expresión leche y sangre, realmente monstruosa, en su opinión, porque cuando era muy pequeña su abuela se la llevaba con ella a veces por la noche al establo y ella miraba fascinada aquel líquido cándido que su abuela extraía de las ubres de las cabras en una palangana de zinc, y después lo llevaban a casa con la reverencia debida a un regalo divino, pero si en ese cándido líquido hubieran caído unas gotas de sangre, habría resultado monstruoso, habría huido espantada, pero no podía decirlo, porque no era un recuerdo, era una fantasía, un falso recuerdo, ella nunca había estado en aquel establo, y así, huyendo de un falso recuerdo, ahora me hallo aquí, pensó, con esta amable familia que con tanto afecto me ha abierto sus brazos, pido disculpas a todos, lo que digo no tiene lógica, será porque estaba
mirando mis manos algo más oscuras y la expresión leche y sangre me ha sonado realmente extraña, es que quizá me haga falta un poco de aire fresco, en verano en Ginebra hace más calor incluso que en París, hay más humedad, quizá lo que me haga falta es tomar el aire, esta fiesta me ha gustado mucho, sois todos de lo más amable, pero es como si realmente me hiciera falta un poco de aire, hace años, cuando éramos novios, Michel me llevó hasta unos prados de los montes, fuimos en autobús, el que llega a la última aldea, si no recuerdo mal, en el fondo no estaban muy lejos, si cojo un taxi llegaré en media hora, en el fondo los prados no están ni a mil metros, Michel debe de haberse ido ya a echar la siesta, decidle que no se preocupe, estaré de regreso antes de cenar.
* * *

Hacía mucho calor. Se preguntó cómo era posible que a mil metros de altitud hiciera más calor aún que en la ciudad. Tal vez la ciudad se aprovechara del efecto benéfico del agua, es lógico que una gran cuenca de agua refresque el aire que la rodea. Pero tal vez la temperatura fuera la misma que en Ginebra, tal vez el calor lo sintiera ella, un calor interior como cuando la temperatura del cuerpo, por razones que sólo el cuerpo conoce, se vuelve mucho más alta que la del ambiente circunstante. El sol caía a plomo sobre el altozano, además no había árboles, sólo una inmensa extensión de prados, mejor dicho, una pradera
pajiza, hace muchos años, cuando Michel la había traído allí por primera vez, era primavera, el altozano estaba verde a causa de las lluvias invernales, acababan de conocerse, ella no había estado nunca en Suiza, eran unos críos o poco más, Michel estaba haciendo el último año de medicina, de modo que fue hace quince años más o menos, porque aquel junio había terminado la carrera y con el título habían celebrado también su cumpleaños, veinticinco años. Durante un instante pensó en el tiempo, y en qué era en realidad, pero fue sólo un instante, porque el panorama de aquella llanura amarillenta capturó de nuevo sus ojos y sus pensamientos, era de una paja corta sobre la que se andaba mal, probablemente la hierba había sido cortada en junio para el aprovisionamiento invernal de los campesinos, pensó que el verde amarilleaba, y después su mente volvió al calendario, los meses, los años, las fechas, casi cuarenta años, dijo en voz
alta, treinta y ocho, mejor dicho, aunque treinta y ocho son casi cuarenta, y aún no he tenido un hijo. Se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta, como si le estuviera hablando a un patio de butacas inexistente en aquella requemada llanura amarillenta, y en voz alta continuó: ¿por qué no me lo he preguntado antes? ¿Cómo es posible que una mujer casada desde hace casi quince años no haya tenido aún un hijo y no se pregunté por qué? Se sentó en el suelo, sobre la paja hirsuta. Si hubiera sido una cosa acordada, un pacto con Michel, habría tenido sentido, pero no había ocurrido por voluntad de ambos, así habían ido las cosas, no había llegado nunca un hijo, punto y final, y de aquello ella no se había preguntado nunca la razón, le había parecido normal, de la misma forma que le había parecido normal criarse en una hermosa casa de los Grands Boulevards, como si aquel elegante piso parisiense fuera la cosa más natural del mundo, y
no lo era, no existe la cosa más natural del mundo, las cosas existen como tú quieres si las piensas y las quieres, entonces puedes guiarlas, en caso contrario van por su cuenta. De acuerdo, se dijo, pero, entonces, ¿qué es lo que lo guía todo? ¿Había algo que guiara desde fuera esa especie de enorme aliento que percibía a su alrededor?, la hierba que se vuelve heno y que volverá a ser verde con el paso de las estaciones, aquel sofocante día de finales de agosto que estaba agonizando, y la vieja abuela de la casa de Ginebra, por la que de repente notó que sentía un enorme cariño, y el tío abuelo de San Galo también, que bebía demasiado y leía poesías, pensó en su pajarita desatada y en sus venillas rojas en la nariz y se le saltaron las lágrimas y, quién sabe por qué, vio la imagen de un niño que, cogido de la mano de su madre, vuelve de una feria de pueblo, la feria se ha terminado, es un domingo por la tarde y el niño lleva un
globito lleno de aire atado a la muñeca, lo sujeta con orgullo como un trofeo y, de repente, pluf, el globito se deshincha, algo lo ha pinchado, pero qué, ¿la espina de un matorral, tal vez? Le pareció como si ella fuera ese niño que se encontraba de repente con un globito fláccido entre las manos, alguien se lo había robado, pero no, el globito estaba aún ahí, sólo le habían sustraído el aire que tenía dentro. ¿Era eso pues, era el tiempo aire y ella lo había dejado exhalar por un agujerito minúsculo del que no se había percatado? Pero ¿dónde estaba el agujero?, no era capaz de verlo. Pensó otra vez en Michel, en aquellos primeros años en los que él se pasaba los días en el laboratorio, por la noche volvía tardísimo, muerto de cansancio, era hermoso esperarlo hasta medianoche y tomarse unos espaguetis hechos en ese mismo momento. Michel estaba buscando un fármaco que salvara a los niños de una feroz enfermedad, y eso era muy
hermoso, pero ¿por qué salvar a niños abstractos si entre los salvables no estaba su hijo? Nítidas en el recuerdo volvieron aquellas veladas, los nocturnos de Chopin en sordina, Michel proponía a veces un disco de músicas bereberes, decía que el ritmo de los tambores calmaba su cansancio y su desasosiego, pero ella esos tambores no era capaz de soportarlos, después se iban a la cama en aquel pequeño apartamento que daba a una desangelada plaza de París y se amaban con un amor intenso, pero de aquel amor no había nacido nunca un niño.
¿Y por qué el porqué se lo preguntaba precisamente ahora, en aquel lugar que no le pertenecía, en aquella llanura desolada envuelta por el calor de agosto? ¿Acaso porque Greta, que tenía dos años menos que ella, había producido dos magníficos hijos? Pensó exactamente esa palabra, producido, y se arrepintió, le pareció obscena, pero al mismo tiempo intuyó su íntima verdad, que es la verdad de la carne, porque el cuerpo produce, y la carne se reproduce a sí misma, transmitiéndose, mientras está viva, con los humores vitales que le circulan por dentro, cuando hay agua, ese líquido amniótico que dentro de la placenta alimenta el minúsculo testigo que ha recibido la transmisión de la carne. El agua. Le pareció comprender que todo dependía del agua y no pudo dejar de preguntarse si no le faltaría a su cuerpo el agua, si ella tampoco podía sustraerse al destino de sus gentes que durante siglos habían luchado contra el desierto
resistiendo a la arena que todo lo cubre, y al final habían tenido que rendirse y marcharse a otra parte, y, para entonces, donde vivían sus antepasados los pozos estaban ya enterrados, sólo había dunas, lo sabía. La invadió el pánico, su mirada deambuló extraviada por aquella llanura amarillenta sobre cuyo horizonte un sol demasiado rojo empezaba a declinar. Y en aquel momento vio los caballos.
* * *

Era una manada de una decena de caballos, tal vez más, casi todos de pelo grisáceo, algunos jaspeados. Pero ligeramente más adelantado que los demás, con el cuello tenso en una actitud altanera, como si fuera el jefe de la manada, había un semental negro que escarbó con una pezuña la tierra y relinchó. No estaban muy lejos, a no más de doscientos o trescientos metros, pero no se había fijado en ellos y sólo al verlos le pareció como si ellos también la miraran, y fue entonces cuando el semental relinchó con más fuerza, y como si el haberse mirado constituyera una señal de entendimiento, los caballos se movieron ondeando en el aire tembloroso de aquella cálida tarde, el semental sacudió las crines, relinchó con mayor fuerza aún y arrancó al galope, arrastrando tras él a la manada. Ella los veía avanzar, incapaz de moverse, percatándose de que el espacio de la vasta llanura había falseado la perspectiva, estaban más lejos de lo
que le había parecido, o bien empleaban demasiado tiempo en acercarse, como esas escenas que se ven en el cine en las que los movimientos se realizan más lentos en el espacio, casi líquidos, como si los cuerpos estuvieran dotados de una gracia oculta que un extraño sortilegio nos está revelando. Así avanzaban los caballos, con esa escansión líquida que a veces nos da el sueño, casi como si estuvieran navegando por el aire, pero sus cascos tocaban el suelo, porque por detrás de ellos se había levantado una tupida cortina de polvo que por aquel lado velaba el horizonte. Avanzaban cambiando de disposición, en fila india, abriéndose en abanico, quebrándose como si cada uno tuviera una meta distinta, y reuniéndose al final en una hilera compacta, mientras la cabeza y el cuello de cada uno seguía el mismo ritmo con la misma cadencia apenas se abrían de nuevo en abanico, como una ola marina formada por cuerpos. Por un instante pensó en huir,
pero comprendió que no podía. Se dio la vuelta hacia los animales y permaneció inmóvil, con las manos cruzadas sobre los senos, como si quisiera protegerlos. En aquel momento, el caballo negro frenó su carrera clavando los cascos en el polvo, y con él se detuvo toda la manada, como si la batuta de un maestro desconocido hubiera decretado una pausa en aquel misterioso ballet sin música, no era más que un intermedio, eso lo notó claramente. Los miró y esperó, no estaban a más de diez metros de distancia, podía ver perfectamente sus grandes ojos húmedos, las aletas que latían afanosas, el sudor que relucía sobre sus grupas. El caballo negro levantó la pata derecha, como hacen los caballos del circo cuando empieza el espectáculo ecuestre, la dejó suspendida en el aire durante un instante y arrancó después con ímpetu empezando a dar vueltas a su alrededor, y sus cascos, al girar, excavaron en el terreno un círculo preciso, y entonces,
como si fuera una señal preestablecida, los demás caballos empezaron a seguirlo, primero al trote y después con un galope que poco a poco fue aumentando en intensidad, marcado por la velocidad que dictaba el semental, como un carrusel al que se le han roto los frenos y gira enloquecido. Así los veía pasar veloces a su lado en un círculo que cada vez se volvía más rápido, a tal velocidad que casi no había espacio entre caballo y caballo sino únicamente un muro de caballos que se había convertido en un único caballo, la silueta ininterrumpida de un caballo cuya cabeza volvía a empezar con una cola y cuya cola era una cabeza, y los cascos, levantando una nube de polvo que los envolvía, resonando en el terreno árido, le parecieron el sonido de los tambores de un lugar del que no guardaba memoria alguna pero que sintió con nitidez absoluta, y por un instante vio unas manos que percutían sobre la piel de los tambores, la música que llegaba
a sus oídos salía del suelo, como si la tierra se estremeciera, lo notó, antes de llegar a sus oídos subía por los pies hasta las piernas, el tronco, el corazón, el cerebro. Y, mientras tanto, los caballos giraban en círculo, cada vez más rápidos, tan rápidos como sus pensamientos, que se habían convertido en un círculo también, un pensamiento que se pensaba a sí mismo, se dio cuenta de que estaba pensando que pensaba, nada más, y en ese momento el jefe de la manada, de la misma forma repentina con la que había dibujado el círculo, lo rompió, con un quiebro brusco que parecía sustraerse a las leyes de la naturaleza dibujó una tangente de huida arrastrando consigo a toda la manada y en pocos instantes los caballos se alejaron al galope.
Ella seguía allí, miraba el relucir de las pajitas levantadas en el polvo que brillaban a la luz del atardecer, pensó que tenía que seguir pensando que no pensaba en nada, se sentó rebuscando con los dedos entre la paja hirsuta, buscando la tierra, el sol estaba desapareciendo y la luz anaranjada tenía ya algunas motitas de índigo, desde aquellas alturas el horizonte era circular, era lo único que era capaz de pensar, que el horizonte era circular, era como si el círculo trazado por los caballos se hubiera dilatado hasta el infinito transformándose en el horizonte.

* Wislawa Szymborska, «El viejo catedrático», en Dos puntos; traducción del polaco de Gerardo Bertrán y Abel A. Murcia Soriano (Igitur, Zaragoza, 2007). (N. del T.)