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jueves, 9 de febrero de 2012

El mal de la muerte


Marguerite Duras (Francia)

Debiera no conocerla, haberla encontrado en todas partes a la vez, en un hotel, en una calle, en un bar, en un libro, en una película, en usted mismo, en usted, en ti, al capricho de tu sexo enhiesto en la noche que grita por un cobijo, por un lugar en el que desprenderse de los llantos que lo colman.
Pudiera haberla pagado. Hubiera dicho: Tendría que venir cada noche durante muchos días.
Ella le hubiera mirado largamente, y después le hubiera dicho que en ese caso era caro.
Y después ella pregunta:
¿Qué es lo que quiere?
Usted dice que quiere probar, intentarlo, intentar conocer eso, acostumbrarse a eso, a ese cuerpo, a esos pechos, a ese perfume, a la belleza, a ese peligro de alumbramiento de niños que representa ese cuerpo, a esa forma imberbe sin accidentes musculares ni de fuerza, a ese rostro, a esa piel desnuda, a esa coincidencia entre esa piel y la vida que encubre.
Usted dice que quiere probar, probar muchos días quizás.
Quizás muchas semanas. Quizás hasta toda la vida.
Ella pregunta: ¿Probar el qué?
Usted dice: Amar.
Ella pregunta: ¿Por qué otra vez?
Usted dice para dormir encima del sexo quieto, allí donde usted no conoce.
Usted dice que quiere probar, llorar allí, en ese preciso rincón del mundo.
Ella sonríe, pregunta: ¿También querría de mí?
Usted dice: Sí. Aún no conozco, quisiera penetrar ahí también. Y con tanta violencia como tengo por costumbre. Dicen que se resiste más aún, que es un terciopelo que se resiste más aún que el vacío.
Ella dice que no tiene opinión, que no puede saber.

Ella pregunta: ¿Cuáles serían las otras condiciones?
Usted dice que debiera callarse como las mujeres de sus antepasados, doblegarse completamente a usted, a su voluntad, serle enteramente sumisa al igual que las campesinas en las granjas tras la cosecha cuando derrengadas dejaban acercarse a ellas a los hombres, mientras dormían -todo ello para que usted pueda acostumbrarse poco a poco a esa forma que se amoldaría a la suya, que estaría a su merced como las devotas lo están a la de Dios- esto también, para que poco a poco, con el día creciente, tenga menos miedo de no saber dónde colocar su cuerpo ni hacia qué vacío amar.
Ella le mira. Y luego deja de mirarle, mira a otro lado. Y después responde.
Ella dice que en ese caso es aún más caro. Dice la cifra a pagar.
Usted acepta.
Ella vendría cada día. Viene cada día.
El primer día se desnuda y se tumba en el lugar que usted le señala en la cama.
Usted la mira dormirse. Ella calla. Se duerme. Usted la mira. Toda la noche.

Ella llegaría con la noche. Llega con la noche.
Toda la noche usted la mira. La mira durante dos noches.
Durante dos noches ella casi no habla.
Luego, una tarde, al anochecer, lo hace. Habla.
Ella le pregunta si le es útil para hacer que su cuerpo esté menos solo. Usted dice que no comprende muy bien esta palabra cuando designa su estado. Que está en un punto en que confunde entre creer estar solo y por el contrario llegar a estarlo, y añade: Como con usted.
Y luego una vez más en medio de la noche ella pregunta:
¿En qué época del año estamos en este momento?
Usted dice: Antes del invierno, todavía en otoño.
Ella pregunta también: ¿Qué es lo que se oye?
Usted dice: El mar.
Ella pregunta: ¿Dónde está? Usted dice: Allí, detrás del muro de la habitación.
Ella vuelve a dormirse.

Joven, ella sería joven. En sus prendas, en sus cabellos, habría un olor estancado, usted procuraría saber cuál, y terminaría por nombrarlo como usted sabe hacerlo. Usted diría: Un olor a heliotropo y a cidro. Ella responde: Como quiera.

Otra tarde usted lo hace, como estaba previsto, duerme con el rostro en lo alto de sus piernas separadas, contra su sexo, ya en la humedad de su cuerpo, allí donde ella se abre. Ella le deja hacer.
Otra tarde, por distracción, usted la hace gozar y ella grita.
Usted le dice que no grite. Ella dice que ya no gritará más.
No grita más.
Jamás de ahora en adelante ninguna otra gritará por usted.

Quizás obtenga usted de ella un placer hasta entonces desconocido para usted, no lo sé.
Tampoco sé si percibe el sordo y lejano zumbido de su goce en su respiración, en ese suavísimo estertor que va y viene de su boca al aire exterior. No lo creo.
Ella abre los ojos, dice: Cuánta felicidad.
Usted le pone la mano en la boca para que se calle, le dice que no se dicen esas cosas.
Ella cierra los ojos.
Ella dice que ya no lo dirá más.
Ella pregunta si ellos sí hablan de eso. Usted dice que no.
Pregunta ella de qué hablan. Usted dice que hablan de todo lo demás, que hablan de todo, excepto de eso.
Ríe, vuelve a dormirse.

A veces usted se pasea por la alcoba alrededor de la cama o a lo largo de las paredes que dan al mar.
A veces llora.
A veces sale a la terraza en el frío incipiente.
No sabe qué contiene el sueño de ésa que está en la cama.
De ese cuerpo quisiera usted alejarse, quisiera volver a los cuerpos de los demás, al suyo, volver hacia usted mismo y a la vez es precisamente por tener que hacerlo por lo que llora.

Ella, en la alcoba, duerme. Duerme. Usted no la despierta. La desdicha aumenta en la alcoba a medida que invade su sueño. En cierta ocasión usted duerme en el suelo al pie de la cama de ella.
Ella se mantiene siempre en un sueño uniforme. De dormir tan bien a veces sonríe. Tan sólo se despierta cuando usted le toca el cuerpo, los pechos, los ojos. A veces también se despierta sin razón, excepto para preguntarle si es el ruido del viento o el de la marea alta.
Se despierta. Le mira. Dice: El mal se apodera siempre más de usted, se ha apoderado de sus ojos, de su voz.
Usted pregunta: ¿Qué mal?
Ella dice que todavía no sabe decirlo.

Noche tras noche se introduce usted en la oscuridad de su sexo, se adentra casi sin saberlo en ese callejón sin salida. A veces se queda allí, duerme allí, en ella, toda la noche con el fin de estar dispuesto por si, al capricho de un movimiento involuntario por parte de ella o por la suya, le entraran ganas de poseerla otra vez, de llenarla aún más y de gozar de puro placer como siempre, cegado por las lágrimas.

Ella estaría siempre dispuesta, quisiéralo o no. Precisamente sobre esto usted nunca sabría nada. Ella es más misteriosa que todas las evidencias exteriores que usted jamás ha conocido hasta ahora.
Tampoco nunca sabría usted nada, ni usted ni nadie, nunca, cómo ve ella, qué piensa ella de usted y del mundo, y de su cuerpo y de su espíritu, y de ese mal que ella dice que le invade. Ella misma no lo sabe. No sabría decírselo, de ella nada podría usted saber.
Nunca sabría usted, nada ni usted ni nadie, de lo que ella piensa de usted, de esta historia. Por muchos que fueran los siglos que cubrieran el olvido de sus existencias, nadie lo sabría. En cuanto ella, no sabe saberlo.

Porque no sabe nada de ella diría que ella no sabe nada de usted. Se empeñaría en ello.

Ella habría sido alta. El cuerpo habría sido esbelto, hecho de una sola vaciada, de una vez como por Dios él mismo, con la perfección indeleble del accidente personal.
Ella no se habría parecido de hecho a nadie.
El cuerpo no tiene defensa alguna, es liso desde el rostro hasta los pies. Incita al estrangulamiento, a la violación, las vejaciones, los insultos, los gritos de odio, el desencadenamiento de las pasiones cabales, mortales.
Usted la mira.
Es muy delgada, grácil casi, sus piernas son de una belleza que no participa de la del cuerpo. No entroncan realmente con el resto del cuerpo.
Usted le dice: Usted debe ser muy hermosa.
Ella dice: Estoy aquí, mire, estoy ante usted.
Usted dice: No veo nada.
Ella dice: Procure ver, está incluido en el precio que ha pagado.
Toma el cuerpo, mira sus diferentes espacios, le da la vuelta, le da otra vez la vuelta, lo mira, lo mira otra vez.
Renuncia.
Renuncia. Deja de tocar el cuerpo.
Hasta esa noche usted no había entendido cómo se podía ignorar lo que ven los ojos, lo que tocan las manos, lo que toca el cuerpo. Descubre esa ignorancia.
Usted dice: No veo nada. Ella no responde. Duerme.

Usted la despierta. Le pregunta si es una prostituta. Con una señal dice que no.
Le pregunta por qué ha aceptado el contrato de las noches pagadas.
Ella responde con una voz aún adormecida, casi inaudible: Porque en cuanto me habló vi que le invadía el mal de la muerte. Durante los primeros días no supe nombrar ese mal. Luego, más tarde, pude hacerlo.
Le pide que repita otra vez esas palabras. Ella lo hace, repite las palabras: El mal de la muerte.
Le pregunta cómo lo sabe. Ella dice que lo sabe. Dice que se sabe sin saber cómo se sabe.
Usted le pregunta: ¿En qué el mal de la muerte es mortal? Ella responde: En que el que lo padece no sabe que es portador de ella, de la muerte. También en que estaría muerto sin vida previa a la que morir, sin conocimiento alguno de morir a vida alguna.

Los ojos están siempre cerrados. Se diría que descansa de una fatiga inmemorial. Cuando ella duerme usted ha olvidado el color de sus ojos, así como el nombre que usted le dio la primera noche. Después descubre que no sería el color de los ojos la frontera infranqueable entre ella y usted. No, no el color, usted sabe que éste navegaría entre el verde y el gris, no, no el color, no, sino la mirada.
La mirada.
Usted descubre que ella le mira.
Usted grita. Ella se vuelve hacia la pared.
Ella dice: Pronto será el fin no tema.

Con un solo brazo la levanta contra usted tan ligera es. Usted mira.
Curiosamente los pechos son morenos, sus aureolas, casi negras. Usted los come, los sorbe y nada en el cuerpo se mueve, ella deja hacer, deja. Quizás en un momento dado usted grita una vez más. En otro usted le dice que pronuncie una palabra, una sola, la que le nombra a usted, usted le dice esa palabra, ese nombre. Ella no responde, entonces usted grita otra vez. Es entonces cuando ella sonríe. Y es entonces cuando usted se entera de que ella está viva.
La sonrisa desaparece. Ella no ha dicho el nombre.
Sigue usted mirando. El rostro está entregado al sueño, está mudo, duerme como las manos. Pero el espíritu aflora siempre a la superficie del cuerpo, lo recorre por entero, y de tal manera que cada una de las partes de ese cuerpo es por sí sola testigo de su totalidad, la mano y los ojos, el abombamiento del vientre y el rostro, los pechos y el sexo, las piernas y los brazos, la respiración, el corazón, las sienes y el sino.
Vuelve usted a la terraza ante el mar negro.
Hay en usted sollozos de los que ignora el porqué. Están retenidos al borde mismo de usted como exteriores a usted, no pueden alcanzarle para ser llorados por usted. Frente al mar negro, contra el muro de la habitación en la que ella duerme, usted llora por usted mismo como lo haría un desconocido.

Vuelve a la alcoba. Ella duerme. Usted no lo entiende. Ella duerme, desnuda, en el lugar que usted ocupa en la cama. No entiende cómo puede ser que ella ignore sus llantos, que de por sí quede protegida de usted, que ignore hasta ese extremo que ocupa el mundo entero.
Usted se tiende a su lado. Sigue llorando por usted mismo.
Pronto se acerca el alba. Pronto hay en la alcoba una sombría claridad de color indeciso. Pronto enciende algunas lámparas para verla. Para verla a ella. Para ver lo que nunca conoció, el sexo soterrado, ver aquello que engulle y retiene sin parecer hacerlo, al verlo así ensimismado en su sueño, dormido. Para ver también las pecas esparcidas por ella desde la orilla del cabello hasta el nacimiento de los pechos, allí donde ceden bajo su peso, engarzados a las bisagras de los brazos, y también hasta los párpados cerrados y los labios entreabiertos y pálidos. Usted se dice: en los lugares del sol del verano, en los lugares abiertos, ofrecidos a la vista.
Ella duerme.
Usted apaga las lámparas. Está casi claro.
Todavía se acerca el alba. Son esas horas tan vastas como los espacios del cielo. Es demasiado, el tiempo ya no encuentra por dónde pasar. El tiempo ya no pasa. Usted se dice que ella debería morir. Usted se dice que si ahora en ese momento de la noche ella muriera, sería más fácil, usted sin duda quiere decir: para usted, pero no termina la frase.

Usted escucha el ruido del mar que empieza a subir. Esa extraña está ahí en la cama, en su lugar, en el charco blanco de las sábanas blancas. Esa blancura vuelve más oscura su forma, más evidente que lo sería una evidencia animal bruscamente abandonada por la vida, que lo sería la de la muerte.
Mira esta forma, descubre a la vez en ella su poder infernal, la abominable fragilidad, la debilidad, la fuerza invencible de la debilidad sin par. 

Sale de la alcoba, vuelve a la terraza frente al mar, lejos de su olor.
Hay una lluvia menuda, el mar aún está negro bajo el cielo descolorido de luz. Oye su ruido. El agua negra sigue subiendo, se acerca. Se mueve. No deja de moverse. Largas olas blancas lo atraviesan, un ancho mar de fondo que vuelve a caer en estrépitos de blancura. El mar negro está fuerte. Hay una tormenta a lo lejos, es frecuente, por la noche. Se queda mucho tiempo mirando.
Se le ocurre la idea de que el mar negro se mueve en lugar de otra cosa, de usted, y de esa forma sombría en la cama.
Termina su frase. Se dice que si ahora a esa hora de la noche ella muriera le sería a usted más fácil hacerla desaparecer de la faz de la tierra, arrojarla a las aguas negras, que bastarían unos minutos para arrojar un cuerpo de ese peso a la mar creciente con el fin de eliminar de la cama ese olor hediondo de heliotropo y cidro.
A la habitación vuelve de nuevo. Allí está ella, durmiendo, abandonada en sus propias tinieblas, en su magnificencia.
Descubre que está hecha de tal modo que en cualquier momento, se diría, por su propio deseo, su cuerpo podría dejar de vivir, derramarse a su alrededor, desaparecer ante sus mismos ojos, y que es bajo semejante amenaza cómo duerme, cómo se expone a ser vista por usted. Que es con el peligro que corre a partir del momento en que el mar está tan cerca, desierto, tan negro todavía, con lo que ella duerme.

Alrededor del cuerpo, la habitación. Sería su propia habitación. Una mujer, ella, la habita. Usted ya no reconoce la habitación. Ha quedado vacía de vida, está sin usted, sin su semejante. La ocupa únicamente vaciado flexible y largo de la forma ajena en la cama.

Ella se mueve, se le entreabren los ojos. Pregunta: ¿Cuántas noches pagadas aún? Usted dice: Tres.
Ella pregunta: ¿No ha querido nunca a una mujer? Usted dice que no, nunca.
Ella pregunta: ¿No ha deseado nunca a una mujer? Usted dice que no, nunca.
Ella pregunta: ¿Ni una sola vez, ni un instante? Usted dice que no, nunca.
Ella dice: ¿Nunca? ¿Nunca? Usted repite: Nunca.
Ella sonríe, dice: Es raro un muerto.
Y vuelve a empezar: ¿Y mirar a una mujer, no ha mirado nunca a una mujer? Usted dice que no, nunca.
Ella pregunta: ¿Usted qué mira? Usted dice: Todo lo demás.
Ella se despereza, se calla. Sonríe, vuelve a dormirse.

Vuelve usted a la habitación. Ella no se ha movido en el charco blanco de las sábanas. Mira a ésa a quien nunca había abordado, nunca, ni a través de sus semejantes ni a través de ella misma.
Mira la forma sospechosa desde hace siglos. Abandona.

Ya no mira usted. Ya no mira nada más. Cierra los ojos para reconocerse en su diferencia, en su muerte.
Cuando abre los ojos, ella está ahí, todavía, ella aún está ahí.
Vuelve usted hacia el cuerpo extraño. Duerme.
Mira el mal de su vida, el mal de la muerte. Es en ella, en su cuerpo dormido, donde lo ve. Usted mira los rincones del cuerpo, mira el rostro, los pechos, el rincón impreciso de su sexo.
Mira el lugar del corazón. Encuentra que el latido es diferente, más lejano, le viene la palabra: más ajeno. Es regular, parecería no tener que cesar nunca. Acerca su cuerpo al objeto de su cuerpo. Está tibio, está fresco. Ella vive todavía. Incita al asesinato en tanto que vive. Se pregunta cómo matarla y quién la matará. Usted no quiere nada, a nadie, incluso esa diferencia que usted cree vivir usted no la quiere. Usted no conoce sino la gracia del cuerpo de los muertos, la de sus semejantes. De pronto sitúa la diferencia entre esa gracia del cuerpo de los muertos y ésa ahí presente hecha de debilidad última que podría aplastarse con un gesto, esa realeza.

Descubre que es ahí, en ella, donde se cultiva el mal de la muerte, que es esta forma ante usted desplegada la que decreta el mal de la muerte.

De la boca entreabierta sale una respiración, vuelve, se retrotrae, vuelve otra vez. La máquina de carne es prodigiosamente exacta. Inclinado sobre ella, inmóvil, la mira. Sabe que podría disponer de ella a su antojo, de la forma la más peligrosa. No lo hace. Por el contrario acaricia el cuerpo con la misma suavidad que si incurriera en el peligro de la felicidad. Su mano se encuentra sobre el sexo, entre los labios que se rajan, allí es donde ella acaricia. Usted mira la hendidura de los labios y lo que los rodea, el cuerpo entero. No ve nada.
Quisiera verlo todo de una mujer, hasta donde eso pudiera hacerse. No ve que esto le es imposible.
Usted mira la forma cerrada. Ve primero inscribirse en la piel ligeros estremecimientos, precisamente como los del dolor. Y luego temblar los párpados como si los ojos quisieran ver. Y luego abrirse la boca como si la boca quisiera decir. Y luego percibe que bajo sus caricias los labios del sexo se hinchan y que de su terciopelo brota un agua viscosa y cálida como la sangre. Entonces hace más rápidas sus caricias. Percibe que los muslos se separan para dejar su mano moverse a sus anchas, para que usted lo haga aún mejor.

Y de pronto, en una queja, usted ve invadirla el goce, apoderarse de ella por entero, levantarla del lecho. Mira intensamente lo que acaba de realizar en ese cuerpo. Lo ve luego recaer, inerte, sobre la blancura del lecho. Respira aprisa en sobresaltos siempre más espaciados. Y luego los ojos se cierran aún más, y después se sellan aún más al rostro. Y luego se abren, y después se cierran.
Se cierran.
Usted lo ha mirado todo. A su vez cierra por fin los ojos. Permanece así mucho tiempo los ojos cerrados, como ella.

Piensa en el exterior de su habitación, en las calles de la ciudad, en esas pequeñas plazas alejadas del lado de la estación. En esos sábados de invierno semejantes unos a otros.
Y luego oye ese ruido que se acerca, oye el mar.
Oye el mar. Está muy cerca de las paredes de la habitación. Por las ventanas, siempre esa luz descolorida, esa lentitud del día en alcanzar el cielo, siempre el mar negro, el cuerpo que duerme, la extraña de la habitación.
Y después usted lo hace. No sabría decir por qué lo hace. Veo que lo hace sin saberlo. Usted podría salir de la alcoba, alejarse del cuerpo, de la forma dormida. Pero no, usted lo hace, como aparentemente otro lo haría, con esa diferencia integral, que le separa de ella. Usted lo hace, vuelve hacia el cuerpo.
Lo cubre por entero con el suyo, lo atrae hacia usted para no aplastarlo con su fuerza, para evitar matarlo, y luego lo hace, vuelve al cobijo nocturno, en él se encenaga.
Permanece aún en ese abrigo. Llora una vez más. Cree saber no sabe qué, no puede con ese saber, cree ser el único hecho a imagen de la desdicha del mundo, a imagen de un destino privilegiado. Cree ser el rey de ese acontecimiento en curso, cree que existe.
Ella duerme, la sonrisa en los labios, como para matarla.
Permanece usted aún al abrigo de su cuerpo.
Ella está llena de usted mientras duerme. Los estremecimientos ligeramente gritados que recorren su cuerpo se hacen cada vez más evidentes. Ella habita una dicha soñada de estar llena de un hombre, de usted, o de otro, o de otro aún.
Usted llora.
Los llantos la despiertan. Ella le mira. Mira la alcoba. Y de nuevo le mira. Le acaricia la mano. Pregunta: ¿Por qué llora? Usted dice que ella es quien debe decir por qué llora, que ella es quien debiera saberlo.
Ella responde muy bajo, con dulzura: Porque usted no ama. Usted responde que así es.
Ella le pide que se lo diga claramente. Usted se lo dice: No amo.
Ella dice: ¿Nunca? Usted dice: Nunca.
Ella dice: El deseo de estar a punto de matar a un amante, de guardarlo para usted, para usted solo, de poseerlo, de robarlo contra todas las leyes, contra todos los imperios de la moral, ¿no lo conoce, no lo ha conocido nunca?
Usted dice: Nunca.
Ella le mira, repite: Es raro un muerto.
Ella le pregunta si ha visto usted el mar, le pregunta si ya es de día, si el tiempo claro.
Usted dice que despunta el día, pero que en esta época del año es muy lento en invadir el espacio que ilumina.
Ella le pregunta por el color del mar.
Usted dice: Negro.
Ella responde que el mar nunca es negro, que usted debe de confundirse.

Usted le pregunta si ella cree que se le puede amar.
Ella dice que no se puede de ninguna manera. Usted le pregunta: ¿Por culpa de la muerte? Ella dice: Sí, por culpa de esa insipidez de esa inmovilidad de su sentimiento, por culpa de esa mentira al decir que el mar es negro.
Y luego ella se calla.
Teme usted que ella vuelva a dormirse, la despierta, le dice: Hable más. Ella dice: Entonces, hágame preguntas, por mí misma no puedo. De nuevo le pregunta usted si se le puede amar. Ella dice una vez más: No.
Ella dice que poco antes usted tuvo ganas de matarla cuando volvió de la terraza y entró por segunda vez en la habitación, que ella lo comprendió en su sueño por su mirada sobre ella. Ella le pide que le diga por qué.
Usted le dice que no puede saber por qué, que no tiene la inteligencia de su mal.
Ella sonríe, dice que es la primera vez, que no sabía antes de conocerle que la muerte podía vivirse.
Ella le mira a través del verde filtrado de sus pupilas. Dice: Usted anuncia el reino de la muerte. No se puede amar la muerte si le viene impuesta desde fuera. Usted cree llorar por no amar. Usted llora por no imponer la muerte.
Ella ya está en el sueño. Le dice de un modo apenas inteligible: Ya usted a morir de muerte. Su muerte ha comenzado ya.
Usted llora. Ella le dice: No llore, no merece la pena, deje esta costumbre de llorar por usted mismo, no merece la pena.

Insensiblemente la habitación se ilumina con una luz solar, aún sombría.
Ella abre los ojos, vuelve a cerrarlos. Dice: Aún dos noches pagadas, pronto se acabará esto.
Sonríe y con la mano le acaricia los ojos. Se burla durmiendo.
Usted sigue hablando, solo en el mundo como usted desea. Usted dice que el amor siempre le ha parecido fuera de lugar, que no ha comprendido nunca, que siempre ha evitado amar, que siempre ha querido ser libre de no amar. Dice que está perdido. Dice que no sabe de qué, en qué está perdido.
Ella no escucha, duerme.
Usted cuenta la historia de un niño.
El día se asoma por las ventanas.
Ella abre los ojos, dice: Deje de mentir. Ella dice que espera no saber nunca nada de la forma en que usted, usted sí sabe, por nada del mundo. Dice: No quisiera saber nada de la forma en que usted, usted sí sabe, con esa certeza que proviene de la muerte, esa monotonía irremediable, igual a sí misma cada día de su vida, cada noche, con esa función mortal de la falta de amar.
Dice: Ya es de día, todo va a empezar, excepto usted. Usted, usted no empieza nunca.
Vuelve a dormirse. Usted le pregunta por qué duerme, de qué fatiga debe descansar, monumental. Ella levanta la mano y de nuevo le acaricia el rostro, la boca quizás. Vuelve a burlarse durmiendo. Dice: Usted no puede comprender ya que es usted quien hace la pregunta. Dice que así también descansa de usted, de la muerte.
Usted continúa la historia del niño, la grita. Dice que no sabe toda la historia del niño, de usted. Dice que ha oído contar esa historia. Ella sonríe, dice que también ha oído y leído muchas veces esa historia, en todas partes, en muchos libros. Usted pregunta cómo podría surgir el sentimiento de amar. Ella le responde: Quizás de un fallo repentino en la lógica del universo. Dice: Por ejemplo de un error. Dice: Nunca por quererlo. Usted pregunta: ¿El sentimiento de amar podría surgir de otras cosas aún? Usted le suplica que diga. Ella dice: De todo, de un vuelo de pájaro nocturno, de un sueño, del sueño de un sueño, de la cercanía de la muerte, de una palabra, de un crimen, de uno, de uno mismo, de pronto sin saber cómo. Dice: Mire. Abre las piernas y en el hueco de sus piernas separadas ve usted por fin la negra noche. Usted dice: Era ahí, la noche negra, es ahí.
Ella dice: Ven. Usted va. Dentro de ella, usted llora otra vez. Ella dice: No llores más. Dice:
Tómame para que todo quede consumado.
Usted lo hace, la toma. Queda consumado. Ella vuelve a dormirse.

Un día ella ya no está. Usted se despierta y ella ya no está. Se ha ido durante la noche. La huella del cuerpo está aún en las sábanas, está fría.
Es la aurora hoy. Aún no el sol, pero los contornos del cielo ya están claros mientras del centro de ese cielo cae aún la oscuridad sobre la tierra, densa.
Ya no queda nada más que usted en la alcoba. Su cuerpo ha desaparecido. Su súbita ausencia confirma la diferencia entre ella y usted.
A lo lejos, en las playas, algunas gaviotas gritarían en la oscuridad feneciente, empezarían ya a nutrirse de gusanos de fango, a rebuscar en las arenas abandonadas por la marea baja. En la oscuridad, el grito demente de las gaviotas hambrientas le parece de repente no haberlo oído nunca.

Ella no volvería nunca.
La noche de su partida, en un bar, usted cuenta la historia. Primero la cuenta como si fuera posible hacerlo, y luego renuncia a ello. Después la cuenta riéndose como si fuera imposible que hubiera ocurrido o como si fuera posible que usted la hubiera inventado.
Al día siguiente, de pronto, usted notaría quizás su ausencia en la habitación. Al día siguiente, quizás experimentaría un deseo de verla de nuevo allí, en la extrañeza de la soledad, en su estado de desconocida de usted.
Quizás la buscaría fuera de su habitación, en las playas, en las terrazas, en las calles. Pero no podría encontrarla porque en la luz del día no reconoce a nadie. No la reconocería. No conoce de ella más que su cuerpo dormido bajo sus ojos entreabiertos o cerrados. La penetración de los cuerpos usted no puede reconocerla, no puede nunca reconocerla. Usted no podrá nunca.
Cuando usted lloró, fue sólo por usted y no por la admirable imposibilidad de alcanzarla a través de la diferencia que les separa.

De toda la historia usted no conserva más que ciertas palabras que ella pronunció en el sueño, esas palabras que nombran aquello de lo que usted padece: Mal de la muerte.
Muy pronto usted renuncia, deja de buscarla, ni en la ciudad, ni en la noche, ni en el día.
Con todo así pudo usted vivir este amor de la única forma posible para usted, perdiéndolo antes de que se diera.