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miércoles, 15 de febrero de 2012

Hay alguien ahí?


Ersi Sotiropoulos (Grecia)

Galina Petrova se dirigía al trabajo bajo el peso de un calor húmedo y opresivo. Sólo le quedaban dos manzanas pero ya empezaba a arrastrar los pies. A la altura del períptero1, en la esquina, se paró a tomar aliento y bebió un poco de agua de la cantimplora. Le vino a la cabeza la conversación que había tenido por la mañana con su marido, Liosha, e inconscientemente se mordió los labios. «Los pájaros es así como se hacen el nido, robando... y nosotros pájaros somos», esas exactamente habían sido sus palabras. Exhausta, cruzó la calle. El edificio, recién pintado, hacía esquina y destacaba entre el resto de las casas de azoteas bajas y emparrados. Según se iba acercando, distinguía en el tercer piso a Nelly, inmóvil de pie junto a la ventana. Había algo desgarrador en esa inmovilidad, algo que abrumaba el corazón de Galina sin que supiera el motivo.
Ese verano Nelly estaba blanca como la leche y no había crecido ni medio centímetro. Se le había empequeñecido el rostro y tenía los ojos hundidos. Tanto los codos como las rodillas los tenía rojos y cuarteados como si se le hubieran pelado de frotarlos contra una roca. El pasado otoño Nelly había dejado de salir a la calle. Tenía miedo de resbalar de la tierra y caer fuera.
«¿Caer dónde?» le preguntaban sus compañeras de clase que durante la primera semana venían cada día a verla y luego fueron espaciando sus visitas.
Nelly no sabía qué contestar. Echada boca abajo en la cama se sujetaba con fuerza a los barrotes y las miraba.
«Quiero recuperar a mi hija» decía la señora por teléfono con un hilo de voz. Desde la época en que Nelly se puso enferma, Galina hacía turno doble. Llegaba a las ocho de la mañana y se iba a las nueve de la noche. Algunas noches, cuando la señora la necesitaba, no regresaba a casa, dormía en la pequeña habitación de al lado de la cocina. Al principio Liosha refunfuñaba pero luego se acomodó a la nueva situación. Con los nuevos ingresos podía comprarse tantas cervezas como quisiera, a partir de abril ya pudo permitirse regatear precios de coches y en junio se hizo con un pequeño Fiat de segunda mano.
«Buenos días, Galina» dijo la señora. Estaba ya vestida, llevaba pantalón blanco y camisa amarilla y fumaba. Le repitió lo que le había dicho ya el día anterior; instrucciones sobre Nelly, los medicamentos, las gotas sin falta a las siete de la tarde.
«¿Entendido?» suspiró al final.
«Entendido» dijo Galina. Pero la mente la tenía en otro sitio, pensaba en Liosha y sus chanchullos.
«A las dos vendrá el médico» dijo la señora.
«Que le preguntes si quiere café.»
Nelly había pasado el invierno y la primavera en la clínica y aunque desde principios de junio podía levantarse de la cama e ir de habitación en habitación, nunca salía a la calle.
«Estáte atenta, Galina, ¿entendido?»
Galina hizo un gesto de cabeza.
Había un bolso de viaje abierto en el sillón del dormitorio y algunas prendas dobladas meticulosamente junto a la funda de la almohada. La señora cogió el neceser, abrió la cremallera y echó dentro una crema bronceadora. Luego abrió el armario, rebuscó en los cajones y sacó dos bañadores.
«¿Desea algo?» preguntó Galina y se dispuso a salir.
«Nelly está en el salón» dijo la señora. «Estáte atenta...»
«Le prepararé biftekia2» dijo Galina.
La señora se giró y la miró como si intentara adivinar sus pensamientos.
«Esta cita es muy importante» dijo. «Si no, no me marcharía.»
«La cuidaré.»
Estaban de pie en la entrada con la puerta abierta. El señor Tsirimokos, el vecino, entraba arrastrando el carrito de la compra. «¿Se va de vacaciones?» preguntó.
«Ojalá...» dijo la señora. Se le agrió un poco la expresión pero enseguida sonrió. «Desgraciadamente voy por trabajo... pero si me da tiempo, me daré un chapuzón...»
Hasta el mediodía el rato pasó deprisa. Galina hacía la casa con la radio puesta. De vez en cuando abría la puerta del salón y echaba una ojeada a ver qué hacía Nelly. Permanecía inmóvil en el mismo sitio, delante de la ventana.
A la una sonó el teléfono. Era Liosha. «Creo que voy a acercarme por ahí» dijo.
«Perderé el trabajo» balbuceó Galina. 
Liosha soltó una risotada y permaneció en silencio. Galina se lo podía imaginar fácilmente: con los pies encima de la mesa de la cocina y cerveza en ristre. 
«Luego hablamos» dijo él y colgó. 
Galina se frotó las manos en el delantal y contempló el corredor reluciente a la luz del mediodía. Abrió la puerta del salón y se acercó a Nelly. 
«¿Qué miras?» preguntó.
«El nido» dijo Nelly y se lo mostró con la mirada. Había un nido de barro en forma de cono alargado adherido a la pared del balcón.
«Hace tres horas que lo miro y no ha pasado nada.» 
Se acercó un pájaro grande piando. Revoloteó en torno al nido un rato y se fue. 
«¿Y qué habría de pasar?» 
«No hay polluelos.» 
«Estarán durmiendo» dijo Galina. 
«El pájaro grande los ha matado» dijo Nelly. 
El pájaro grande había vuelto. Del pico le colgaba un palito delgado e intentó hincarlo en el nido. Cuando lo tuvo clavado volvió a irse.
«Se pasa el día haciendo esto» dijo Nelly y miró a Galina esperando su opinión.
El nido parecía cerrado y opresivo, sin obertura alguna, ni siquiera un agujerito para que entrara el aire. «Este nido es una tumba» repitió Nelly.
Galina no encontró nada que valiese la pena decir. Salió de la habitación y se dirigió al pasillo donde estaba el teléfono. Marcó el número de su casa y dejó sonar muchas veces el teléfono. No respondió nadie, Liosha ya había salido.
A las dos llegó el médico, el que Nelly llamaba «Napia-de-gorrión». Venía sudado y se quejó del calor. «Mucho calor» repitió Galina y se dirigió a la cocina. Al entrar en el salón con la bandeja del café y las rosquillas, el médico ya estaba de pie detrás del escritorio con Nelly sentada enfrente de él. Nelly tenía el rostro pálido y rígido. Mientras se iba acercando a ellos, el médico hizo una señal a Galina para que esperara.
«La tierra gira» dijo Nelly. «Estamos pegados a ella y nos sujetamos para no caer... como hormiguitas asustadas...»
«Muy bien» la interrumpió Napia-de-gorrión. «Mira por dónde... ¡Han pasado diez mil años y aún no se ha caído nadie!»
Pero esta explicación no satisfizo a Nelly que se levantó con aire terco para ponerse junto la ventana. Galina aprovechó la ocasión para dejar la bandeja sobre el escritorio y salir fuera.
A mediodía Nelly no quería comer. Galina le preparó patatas fritas, le preparó tortilla con queso, le preparó biftekia al vapor. «Come, pajarito mío» dijo. Nelly apartó el plato y se levantó. «Tengo sueño» dijo y se dirigió a su habitación.
Debían ser más de las seis cuando oyó el timbre. El salón, a pleno sol, ardía y Galina chorreaba sudor. Liosha estaba apoyado en la puerta con una amplia sonrisa. «No deberías haber venido» dijo Galina. Echó un vistazo para asegurarse de que la puerta del vecino estuviera cerrada y le dejó sitio para pasar.
«Fuera hace calor» dijo Liosha y avanzó hacia la cocina. Había venido a la casa en otra ocasión, cuando Nelly estaba en la clínica y la señora aún pasaba las noches con ella. Entonces era invierno, habían dormido abrazados y habían hecho el amor en la cama de la señora, a pesar de los reparos de Galina. Por la mañana le había hecho unos huevos fritos y habían desayunado desnudos con la bandeja encima de las mantas. Pero entonces era otro Liosha, más tranquilo, más razonable, que bebía sólo los fines de semana y no a diario.
«Ha quedado biftekia» dijo Galina.
«¡Otra vez biftekia!» dijo él levantando la voz.
«La niña está durmiendo» dijo Galina. 
«La niña me la trae floja» bramó Liosha.
Se sentó a la mesa, encendió un cigarrillo y miró a su alrededor. «Fenomenal» dijo exhalando el humo «fenomenal...»
«En cuanto hayas comido, te vas enseguida» dijo Galina. 
Liosha la miró entornando los ojos.
No tenía intención de irse, estaba clarísimo. Comió, se fumó otro cigarrillo y se dirigió al salón. Galina le llevó cervezas. Se sentaron en el sofá y vieron las noticias. Liosha pasó el brazo alrededor del hombro de ella, siempre encontraba la manera de hacerla claudicar. Al fin y al cabo, qué más da, pensó Galina, él también se siente solo, por eso ha venido a hacerme compañía.
Ya se había hecho de noche, el aire entraba fresco por las ventanas abiertas. Galina fue a por un bol de patatas chips, aceitunas y la tortilla que había sobrado del mediodía. Los platos ya se habían quedado vacíos cuando la puerta se abrió y entró Nelly en la habitación.
«Liosha, mi marido» dijo Galina. Estaba a punto de levantarse, pero Liosha la retuvo. 
«Buenas tardes» dijo Nelly.
«Ven, siéntate con nosotros» dijo Liosha y le hizo sitio en el sofá.
Nelly lo miró sin moverse.
«¿Qué hora es? Tengo que darte la medicina» dijo Galina y de repente recordó que había olvidado todas las pastillas de Nelly y las gotas.
«No le darás nada» dijo Liosha y volvió a hacer a Nelly una señal para que se sentara. 
La chica se acercó indecisa. 
«¿Quieres cerveza?» preguntó Liosha 
«No puede tomar» dijo Galina. 
«Sí» dijo Nelly y se sentó en el sofá. 
Liosha le llenó el vaso y se lo pasó. Nelly se lo bebió de un trago y lamió la espuma. 
«Ahora, ya está bien» dijo Galina. Pero se sentía entumecida, incapaz de reaccionar.
«¿Por qué no sales a la calle?» le preguntó Liosha. 
«Para fastidiarlos» respondió Nelly seria. 
Liosha abrió otra cerveza y se quedó pensando. «Haces bien» dijo y sonrió. Galina le dio un codazo pero él no dio muestras de enterarse.
«La han tomado conmigo» dijo Nelly al cabo de un rato.
«¿Quiénes la han tomado contigo?» dijo Liosha con una voz insólitamente lenta.
«Los que no quieren que me sostenga y me caiga.»
«¿Te caigas, dónde?»
«En el universo, en las galaxias, no sé...» Nelly hizo un movimiento indefinido. «Nunca se sabe en qué punto puedes caer exactamente»
«Mmm... tienes razón...» admitió Liosha.
Galina se había ido acalorando con la cerveza. El ruido de la televisión le aguijoneaba el cerebro. Cogió el mando para cambiar de canal.
«Ciérrala» le hizo una señal Liosha. «Quiero pensar....» Colocó los pies sobre la mesa de centro y se puso las manos detrás del cuello. «Y dime...» se volvió a Nelly, «¿quiénes son esos otros?»
«Napia-colorada, Napia-de-gorrión, el Babosa, y Orejón» explicó Nelly. Eran los médicos que la trataban desde que había salido de la clínica.
«Me encargaré de ellos» dijo Liosha.
«Son caracoles con traje... un nubarrón de gusanos» dijo Nelly animada.
«Ya lo sé» dijo Liosha dándole la razón.
«¿Qué le estás diciendo?» se intranquilizó Galina.
«Iremos a buscarlos» dijo Liosha. Tenía los ojos brillantes. «Nelly y yo vamos...»
«Espera» le interrumpió Galina, «espera, por favor...» Intentó levantarse, pero volvió a caer hacia atrás. Se sintió extrañamente mareada. Vio cómo Nelly seguía a Liosha con un resplandor opaco en sus ojos y luego cómo Liosha miraba a Nelly, magnetizado a su vez. Apoyándose en el brazo del sofá se levantó. Salió del salón y se quedó en mitad del pasillo. Tenía que hacer algo, enseguida, ahora mismo, rápido. Retrocedió algunos pasos y cerró la puerta del salón. Se quedó de nuevo pensativa en mitad del pasillo. Deprisa, Galina, deprisa. Abrió la puerta del piso. Tocó el timbre de la puerta contigua y se quedó esperando. Le pareció oír pasos en el interior de la vivienda. «Señor Tsirimokos...» susurró. Volvió a tocar el timbre. Nada. «¿Hay alguien ahí?» gritó.
Sin aliento, corrió a la puerta de la calle. Las tiendas habían cerrado. En la acera había gente que iba y venía. Volvió atrás. De nuevo le pareció oír pasos en el piso del señor Tsirimokos. Golpeó la puerta con los puños. «¿Hay alguien ahí?» «¿Hay alguien ahí?»
Regresó a la casa, cerró la puerta tras de sí y se quedó apoyada sobre ella. Permaneció inmóvil durante unos cuantos minutos, respirando penosamente. Luego, entró al salón. «Es hora de irnos» dijo Liosha y le dio la mano a Nelly. Nelly se lo quedó mirando, luego dirigió una mirada a Galina y se levantó.
«Esperad...» dijo Galina. 
«Quiero salir fuera» dijo Nelly y se puso a caminar. 
Nelly bajó las escaleras del edificio aferrada a los brazos de Galina y de Liosha. Salieron a la calle. Dio algunos pasos sola, en medio de los dos.
«Es increíble caminar sin sujetarse en ningún sitio» dijo.
«Sí» dijo Galina. Tenía el corazón a punto de estallar.
«Ahora soy como una equilibrista» 
«Sí, equilibrista...» repitió Galina. 
Entraron en el Fiat y se apretujaron los tres en los asientos de delante. Liosha encendió el motor. El coche se puso en marcha.
«Una fuerza desconocida me ha subido a sus alas» dijo Nelly. Se asomó a la ventanilla y miró al exterior, fascinada.
Liosha le dirigió una mirada extática y aumentó la velocidad.
Empezaron a correr. El automóvil volaba y todo volaba al mismo tiempo -volaba el períptero y los tenderos que, sentados sobre taburetes, vendían mazorcas de maíz y rajas de coco junto al surtidor, volaban la marchita hojarasca y el mostrador con los periódicos. Toda la calle volaba y se perdía al fondo. Es aterrador cómo ninguna imagen consigue fijarse en mi mente, pensó Galina. Sólo el cielo, las escasas nubes y la luna que pasaba entre ellos a trompicones, sólo ellos habían permanecido inmóviles.

Ersi Sotiropoulos (Grecia)
Breve reseña sobre su obra
Poeta, narradora y novelista griega nacida en Patras, en 1953. Licenciada en Filosofía y Master en Antropología Cultural por la Universidad de Florencia. Ha realizado recitales y conferencias en diversas universidades y teatros de Estados Unidos y de Europa y ha participado en diversas exposiciones de poesía concreta y visual. Ha recibido el Premio Nacional de Poesía en su país. 
Ha publicado los libros: Manzana+Muerte+... (1980), Vacaciones sin cadáver (1980),  Fin de semana en Yannina (1982), La Farsa (1982), México (1988), Cerdo Camello (1992), El rey del juego del millón (1998), Zig-zag entre naranjos amargos (1999, ganadora del Premio Nacional de Narrativa 2000), El círculo caliente (2000) y Domando a la fiera (2003).

¿Hay alguien ahí? aparece publicado en Antología del nuevo cuento griego, editada por Páginas de Espuma.