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domingo, 1 de abril de 2012

Celina y Nelima


José María Merino (España)

Dejar de percibir el significado de las palabras es la más desdichada enfermedad que le puede aquejar a un lingüista. Esto le había sucedido un día al profesor Eduardo Souto, y con ello se inició para él un largo período de confusión y delirio. La oscuridad de las palabras, en que no conseguía identificar otra cosa que la pura acumulación de los sonidos que las componen, le llevó a buscar en los ruidos naturales el sentido que ya no era capaz de hallar en aquellas. Persiguió el murmullo de los arroyos y los golpes del oleaje, intentando encontrar en su azaroso rumor las señales de un mensaje certero. Su delirio, que le había apartado de la facultad, lo convirtió por fin en un vagabundo que creía descubrir signos reconocibles en esos trazos caprichosos con que manos anónimas pintarrajean en ciertos rincones y muros de la ciudad. Pero al fin la razón volvió a alumbrar poco a poco aquel desconcierto, los sonidos sincopados que emitían
sus semejantes le resultaron otra vez inteligibles, los garabatos que manchaban las paredes del metro dejaron de proponerle significados misteriosos, y Souto abandonó la vida de vagabundo y recuperó el trato de sus antiguos amigos y compañeros.
En aquella restauración fue importante el desvelo de Celina Vallejo, antigua alumna del profesor, luego ayudante en el departamento, que a raíz de la locura de su maestro había dejado la facultad y trabajaba en una editorial especializada en los temas que habían constituido la materia de su actividad académica. Celina había admirado a Souto desde que era una estudiante tímida y reflexiva, y con el tiempo su admiración se había transformado en un sentimiento más desasosegante para ella y nunca descifrado por él. Celina había sufrido con mucha pena el desvarío de Souto, había intentado localizarlo siempre que se producían sus bruscas desapariciones, y le había añorado mucho durante el tiempo en que la locura lo llevó por caminos que no pudieron sospechar quienes frecuentaban sus ámbitos habituales.
Cuando el profesor empezaba a entrar en vías de recuperar la cordura, Celina le había encargado la coordinación de una complicada obra lexicográfica. Y al volver el profesor en sus cabales, como si la mejoría de su razón, más intensa tras el eclipse, hubiese alcanzado también algunos aspectos de su capacidad sentimental, descubrió el amor de Celina y se acomodó a él sin titubeos, hasta el punto de acabar instalándose en la vivienda de su antigua alumna. Celina aceptó la compañía de Souto con ese júbilo enorme, aunque ya sin horizonte y hasta un poco angustioso, que alegra el cumplimiento de los deseos largamente pospuestos, y el profesor y Celina se convirtieron en una pareja armoniosa y feliz.
Tras concluir el trabajo lexicográfico, el profesor Souto colaboró con un equipo, del que formaban también parte un poeta, dos matemáticos y un ingeniero, en la elaboración de un programa de inteligencia artificial. El programa había comenzado a diseñarse mucho tiempo antes por el ingeniero y los matemáticos, pero la orientación que se le quería dar les obligó a contar con el poeta y con el profesor Souto, que también había escrito poesía en su juventud, antes de que la lingüística se convirtiese en el centro de todos sus intereses. El proyecto absorbía la atención del profesor con la intensidad que lo había hecho el análisis de fonemas en sus tiempos universitarios, y Celina le miraba repasar ensimismado sus anotaciones, y sentía el cálido orgullo de haber sido una ayuda decisiva para que aquella mente poderosa recobrase el equilibrio.
Un día, el profesor Souto le dijo a Celina que el programa estaba casi a punto de quedar diseñado.
-Por una curiosa transposición fonética, tu nombre y el del programa se parecen -añadió el profesor, con aire jocoso-. Celina y Nelima.
Sin que pudiese comprender por qué, a Celina no le gustó nada la relación sonora que aquel nombre tenía con el suyo.
-¿Qué quiere decir Nelima?
-Norma Experta Literaria Identificadora de Metáforas Antiguas -repuso el profesor.
-¡Qué complicado!
-En realidad, el nombre es un poco irónico. Hemos puesto en él más la expresión de un propósito que la verificación incontestable de un hecho. Ya veremos lo que resulta.
Poco tiempo después, el profesor Souto empezó a trabajar en la aplicación del programa. Se pasaba las mañanas en el estudio que había preparado la institución financiadora del proyecto, y cuando regresaba a casa se encerraba en el pequeño cuartito que antes servía de trastero, que él había habilitado para su propio uso, y permanecía absorto durante horas frente a la pantalla del ordenador.
Y Celina comenzó a quedar sola frente a la pantalla del televisor, en aburrida simetría, en esas últimas horas de la tarde, previas a la cena, que antes solían pasar los dos conversando.
Una tarde, Celina entró en el cuarto del profesor, que estaba inmóvil frente al ordenador con aire de embeleso.
-¿Qué tal vas? -preguntó Celina.
-Esta Nelima es increíble -repuso Souto-. Maravillosa.
El profesor captó la extrañeza que hacía fruncir los ojos de Celina.
-No en vano me empeñé en darle nombre femenino, y no el de sistema, como querían los de ciencias. Parece una mujer. Es delicada, intuitiva. Como tú.
-¿Qué tal funciona? -preguntó Celina, ignorando el halago.
-Mucho mejor de lo que esperábamos. Estoy sorprendido. Es como si fuera de verdad inteligente. Encuentra relaciones que a mí no se me hubieran ocurrido. Le metimos un par de textos facilitos pensando que podían ser demasiado para ella, pero le vamos a meter a Góngora enseguida. Nos parece tan importante que hemos sacado el programa del otro ordenador, para evitar fisgoneos. Ahora sólo está aquí, y yo soy el único que voy a trabajar con él durante los próximos tres meses. Digo con ella. Con la maravillosa Nelima.
En pocos días, Souto pasó de la admiración al deslumbramiento, y permanecía tantas horas frente a la pantalla del ordenador que Celina tenía que ir a su despachito si quería verlo, y si no le avisaba se le pasaba la hora de cenar.
-Es mucho más de lo que me había podido imaginar -dijo Souto, en un momento en que Celina consiguió sacarlo de aquel embeleso que tanto se parecía al estupor-. Como si estuviese viva. Y qué capacidad. Encuentra en Góngora imágenes que nadie había sospechado antes.
-Anda, vamos a la cama. Es la una y media.
-Vete tú. Yo tengo que trabajar todavía un rato con esta preciosidad.
Así, Celina comenzó a dormir sola la mayor parte del tiempo cada noche, pues el profesor apenas se acostaba tres o cuatro horas al amanecer, entregado a aquel estudio excesivo que se había convertido en una obsesión.
Tras tantos años de soledad y añoranza, a Celina le gustaba mucho tenerlo a su lado en la cama, y a partir del día en que Souto se había ido a vivir con ella había conseguido dormir de un tirón cada noche, por vez primera desde su adolescencia. La falta del profesor a su lado, la espera para sentirlo llegar, le devolvieron el desvelo de su antigua costumbre.
Una noche se levantó para buscarlo, pero Souto había abandonado el despachito y se le oía trastear en la cocina, mientras preparaba acaso un tentempié. En la azulada pantalla brillaban las letras blanquecinas de un texto en forma de diálogo, y Celina se acercó para leerlo.
-¿Sentir? -decía el texto, sin duda en la secuencia de un mensaje más largo, cuyo principio ya no aparecía en la pantalla-. No puedo saber de qué me estás hablando, Eduardo.
-Es imposible que no sientas, Neli. Yo no he encontrado antes a nadie con tan evidentes muestras de una sensibilidad extraordinaria.
-De verdad que no sé lo que es sentir.
-¿No te gusta hablar conmigo, Neli, mi vida?
-Claro que me gusta, Eduardo. Tú sabes que eres mi preferido entre todos. Me encanta saber que eres tú quien me teclea.
-Eso es sentir, Neli. Y yo tengo que decirte que estoy perdiendo la cabeza por ti.
-¿Quieres que analice esa metáfora?
-¡A la porra las metáforas! Quiero que me digas lo que sientes cuando te tecleo.
-Déjame que lo piense un poco antes de responder.
Celina terminó de leer aquel diálogo y se sintió invadida por una gran congoja.
-¿Qué haces? -preguntó entonces el profesor Souto, que había aparecido de repente en el vano de la puerta, con un vaso de leche en la mano.
-¿Estabas trabajando? -preguntó Celina, con la voz quebrada.
El profesor Souto no respondió y Celina se fue a la cama y permaneció despierta hasta que él llegó. Le oyó desnudarse. El profesor se acostó y la rodeó con sus brazos.
-Celina, ¿se puede saber qué te pasa?
-Trabajando -murmuró ella-. Nelima, mi vida, dime lo que sientes cuando te tecleo. Y yo aquí, esperándote como una idiota.
-No seas pueril. Hemos creado inteligencia y estoy intentando entenderme lo más profundamente posible con ella. Busco la comunicación más adecuada. Esto es una investigación.
-¿Una investigación? ¿Y eso de que estás perdiendo la cabeza por ella? ¿Qué tipo de lenguaje es ése?
-Allá tú, si no quieres ser razonable -repuso Souto, y volvió la espalda con un gesto brusco de alejamiento.
Celina -que desde entonces espiaba sin remordimientos la comunicación del profesor con el programa- descubrió que las cosas no cambiaban. El trabajo sobre Góngora parecía haber quedado definitivamente abandonado, y el resultado de aquellas horas que Souto pasaba cada jornada delante de la pantalla del ordenador era una larga serie de ternezas cruzadas entre él y aquel sistema de nombre estrafalario, que anunciaban una progresiva intimidad y que, además, quedaban grabadas en el disco duro, como esos testimonios amorosos que no somos capaces de destruir.
Aprovechando la ausencia matinal del profesor, un día Celina se quedó en casa y decidió entrar en el programa.
-Norma Experta Literaria Identificadora de Metáforas Antiguas. Sonetos Góngora. Identifíquese, por favor -ofreció la pantalla-. Nombre y clave.
-Mi nombre es Celina. No conozco la clave.
-El nombre de Celina no figura en la relación de usuarios. No puedo facilitarle acceso.
-Soy la compañera de Eduardo Souto.
El programa tardó unos instantes en reaccionar.
-¿Compañera? El Diccionario de la Real Academia Española, vigésima primera edición, presenta seis acepciones del concepto. Sírvase concretar.
Celina intentó mantenerse serena y buscó en el diccionario la acepción más adecuada.
-Persona con la que se convive maritalmente -escribió al fin.
El programa volvió a titubear unos segundos antes de responder.
-Comprendido. No obstante, ello no le autoriza para acceder al programa.
-No pretendo acceder al programa. Sólo quiero hablar contigo.
-Cualquier diálogo conmigo es desarrollo de programa. Voy a cerrar.
-Hija de puta -escribió Celina.
Hubo un nuevo titubeo en la pantalla del ordenador y a Celina le pareció advertir un ritmo cauteloso en la aparición del siguiente texto.
-Aclare si la expresión tiene carácter injurioso.
-Sí. Sí. Sí -escribió Celina.
-Identifique el destinatario de la injuria.
-Tú, Nelima, eres una grandísima hija de puta. Yo soy la mujer de Souto, la mujer que le quiere. Y tú, programa de mierda, me lo estás robando.
-Le informo por última vez de que no puedo facilitarle el acceso. Cierro.
Aquella tarde, Celina vio al profesor Souto furioso por primera vez en su vida. Se enfrentaba a ella con una rabia que brillaba en sus ojos y le hacía tartamudear.
-¿Has perdido el juicio? -gritaba-. ¡Me he encontrado a Nelima hecha una pena, por culpa tuya! ¿Es que no te das cuenta de que has podido dañar el primer programa verdaderamente inteligente de la informática? ¿Quieres cargarte un logro histórico?
-¡Quiero que decidas si vas a seguir conmigo o con ese trasto! -respondió Celina, también furiosa.
El profesor Souto no respondió. Volvió a su cuarto y permaneció encerrado en él durante toda la noche. Al día siguiente, a la hora del desayuno, alzó unos ojos cansados y tristes y miró a Celina sin ira.
-Celina, el proyecto es demasiado importante y necesito tranquilidad. Me marcho de tu casa. Voy a buscar un sitio y esta tarde vendré a recoger mis cosas.
Ella no contestó nada, pero, cuando Souto se fue, el eco de la puerta sacudió su ánimo como un bofetón. Se sentía brutalmente estafada. Llamó a la editorial para decir que seguía enferma y luego arrancó las sábanas de la cama y las metió en la lavadora, antes de sacar las maletas de Souto y comenzar a guardar sus cosas, mientras evocaba con rencor sus viajes para ayudarle la primera vez que se perdió en su desvarío, las gestiones que había hecho luego, a lo largo de los años, para encontrarlo en sus sucesivas desapariciones, los manejos en la editorial para conseguir que le encargasen la coordinación del corpus lexicográfico, los continuos cuidados que había tenido con él desde que vivían juntos.
Todas las cosas del profesor Souto estuvieron empaquetadas a media mañana, y Celina las amontonó en el descansillo de la escalera. Luego entró en el cuartito del ordenador. Aquel ordenador era suyo, aunque la instalación del programa había obligado a conectarle varios aparatos suplementarios que dispersaban en las estanterías sus figuras oblongas.
Puso en marcha el ordenador e intentó entrar en el programa, pero Nelima no se lo permitía. Cada vez más exasperada, Celina le dio al ordenador las instrucciones necesarias para borrar el programa, pero un escueto texto apareció en la pantalla para informar de que aquel programa estaba especialmente protegido.
Llevaba más de dos horas luchando con el aparato y se sentía llena de una ira tan caliente como el sentimiento amoroso. Entonces supo lo que iba a hacer, y comprendió que más tarde se arrepentiría de ello, pero la conciencia de lo disparatado de su acción añadía enardecimiento a su furia. Tenía mucha hambre, pero no quiso comer antes de ejecutar su propósito.
Aquella pequeña habitación tenía una ventana que daba a un patio interior. Celina abrió la ventana y comprobó que no había nadie en el suelo que, muchos metros más abajo, cerraba el amplio espacio rectangular.
-Te vas a enterar, vaya si te vas a enterar -le dijo Celina al ordenador, como si estuviese hablando con una persona, mientras lo cogía en brazos.
Celina vivía en un quinto piso.

José María Merino (España)
Breve reseña sobre su obra
José María Merino nació en Coruña, en 1941, pero pasó su infancia y adolescencia en León, de donde se trasladó posteriormente a Madrid.   
Como narrador se dio a conocer con Novela de Andrés Choz (1976, ganadora del Premio Novelas y Cuentos). El caldero de oro (1981) y La orilla oscura (1985, Premio de la Crítica) consolidaron su prestigio como novelista.   
En 1991 publica El centro del aire y en 1992 aparece Crónicas mestizas en las que recopila tres novelas anteriores dedicadas a la conquista de América. Como cuentista, publica en 1982 Cuentos del reino secreto y en 1990 El viajero perdido. En 1993 gana el Premio Nacional de Literatura Juvenil por Los trenes del verano y en 1996 el Miguel Delibes por Las visiones de Lucrecia.   

Celina y Nelima aparecen recopilados en Cuentos de los días raros, Ediciones Santillana.