Buscador de Textos

Google+ Followers

FPPy

Inlitchi

Loading

Biblioteca Virtual Hispanica

viernes, 30 de marzo de 2012

EL LAGARTO EN LA MANO

EL LAGARTO EN LA MANO

Juan Andrade Heymann

Juan Andrade Heymann (Quito, 1945). En poesía ha publicado Coros (1964), Acto (1975), Furores concretos (1980). En cuento, Cuentos extraños (1961), El lagarto en la mano (1965), Cuentos del día siguiente (1972), Anécdotas de vuelta y media (1973), Sólo por esta noche (1985), El descubrimiento de América (2002). Y las novelas La erección de San Fernandino (en colaboración con Sócrates Ulloa, 1975), Las tertulias de San-Li-Tun (1993), Último amor y Alerta Roja (novela corta/melodía larga) (1995).

 
Hoy se cumplen exactamente veinte y siete días desde que me abandonó. Aunque quizá no son exactamente veinte y siete días pero no se crea que es negligencia si me equivoco con algunas horas de más o de menos. Mi escrupulosidad me impediría proporcionar un dato que altere la cruda realidad. Lo que sucede es que no tengo reloj. Y si es que hay alguien que no lo lamente, ése soy yo. Odio los relojes y, de manera muy especial, los relojes despertadores.
Cuando dije que en esta mañana de invierno hace un mes que sufrí el terrible desencanto de su partida, me refería a mi musa. Quisiera poder expresar toda la pesadilla que esta separación ha significado para mi impresionable personalidad. Fue un martirio, una agonía. Al principio, mis nervios destrozados no soportaban la menor excitación. Ante cualquier ruido, por pequeño que fuera, sentía una violenta conmoción que, cuando Klaus dejó caer un vaso, me causó un desmayo. Afortunadamente el incidente no tuvo mayores consecuencias, pues el vaso era irrompible. Y digo que «era», porque para esta fecha ya ha dejado de serlo: una tarde terminó por quebrarse, en circunstancias bastante aparatosas. Klaus (hablo de mi amigo, quien, por extraño que parezca, no tiene ningún parentesco, ni siquiera lejano, con Mao Tse-tung), Klaus y yo habíamos estado bebiendo jugo de limón, en uno de esos trances espirituosos de solidaridad artística. Mientras
intercambiábamos términos elogiosos acerca de nuestras viejas creaciones, llegamos a vaciar la décima jarra de limonada. Yo, a manera de agradecimiento por su emotivo comentario a mi poema Otelo, elaboraba un panegírico a su mejor cuadro, una exquisita naturaleza muerta intitulada Mi suegra, comiendo cacahuates, cuando de repente noté algo indefinible en su comportamiento. Fue como un presagio de la tremenda borrachera que se apoderaría de él en los minutos siguientes. Para disfrazar esta preocupación continué alegando que Otelo no era, en mi composición, un personaje muy bien tratado. (Advierto que este Otelo nada tiene que ver con aquel otro; en este caso se trata del perrito pequinés de la portera.) Klaus, que había perdido todo interés en mis palabras, se acercó a una ventana y, sentándose en el borde, comenzó a cantar una vieja balada. Era un hecho: el ácido cítrico le aprisionaba el cerebro. Nunca olvidaré cómo me sobrecogía
cada uno de sus precarios balanceos. Sus ojos danzaban con pasmosa rapidez. Sus largos brazos se mecían vertiginosamente. Su cabeza se movía en un circuito cerrado. Todo su cuerpo se sacudía con espasmos atroces. ¡Pobre Klaus, yo siempre le aconsejé no beber más de siete litros de limonada! Por fin, el famoso vaso irrompible que tenía en la mano se le escapó. Él cometió la imprudencia de ir en su persecución. Yo me aproximé a observar. Los dos objetos caían con la velocidad de un relámpago. Fue la primera ocasión que tuve para comprobar la fuerza de atracción de la gravedad en una escala respetable. Emocionado, decidí que de ahí en adelante la Tierra gozaría de mis mejores consideraciones. Con la gran ansiedad que me caracteriza en estas situaciones trágicas, me senté en un sofá, estiré mis piernas sobre dos almohadones, quité una pelusita de mi pantalón, me aflojé la corbata y estornudé dos veces y media. Contándome los
dedos de las manos hice la cuenta: vivía en el décimo piso. Pensé, por tanto, en la enorme dificultad que tendría para recolectar los fragmentos y las astillas de mi amigo. No hallaba otra solución que la de conseguir una absorbedora eléctrica. Sin embargo, los caprichosos acontecimientos que ya he relatado, me adormecieron. Mis párpados semicerrados me permitieron, como al descuido, ver la puerta del departamento que se abría. Quedé estupefacto, inmóvil, atónito. Apareció la figura olímpica y tranquila de Klaus: flaco y esmirriado. Sí. Era él, el verdadero amigo que no escatima ningún esfuerzo para mantener unidos los lazos del compañerismo. El camarada que, pese a haberse descolgado de una altura formidable, no tiene reparos en regresar, como si nada hubiera sucedido. Me abalancé a recibirlo, agarré con ardor su larga nariz y le di varios tirones, para convencerme de que no era un espíritu.
—¡Cabeza dura! —grité, con auténtica espontaneidad.
—Hola.
—¿Eso es lo único que puedes decir? 
—¿Y qué más?
—¿Todo bien? ¿No estás averiado?
—Me duelen un poco las piernas... 
—¿Nada más?
—Nada más. Como el ascensor no funciona, tuve que subir por las escaleras. Tú sabes lo agotador que es, con mi artritis.
—Klaus, ¡reacciona, por favor!
—¿Quién? ¿Yo?
—Pero, ¿qué te ocurre? Me decepcionas. ¡Habla, cuéntame en detalle!
—¿Te imaginas que ocurre algo extraordinario cuando uno sube? Pues no. Sólo es una serie interminable de escalones.
Se adueñó de mí un penoso malestar.
—Tu apatía es angustiosa —dije—. Comprendes muy bien a qué me refiero. Dime, ¿por qué estás vivo?
—Porque no estoy muerto...
—¡Maldito seas! Pero, ¿por qué no estás muerto?
—¿Por qué, en verdad? Yo no tengo la culpa.
—¿Es un enigma, entonces? No lo entiendo: diez pisos, diez...
—¡Ahh! ¿Deseas que te explique lo de mi caída?
—Evidente.
—Si lo hubieras dicho antes...
—Bueno, bueno... No me exasperes...
—Fue una cuestión muy simple: el descenso comenzó normalmente, pero al cabo de unas fracciones de segundo sentí un zumbido en los oídos... y luego ¡zas!
—¡Zas! ¿Y luego?
—¡Oh, sorpresa! Me encontré, ¿adivina en dónde? 
—En el suelo...
—No, en los brazos de una vieja señora. Me sonrió con dulzura y me dijo: «Que esto no se repita, jovencito...», después me depositó amorosamente en la acera, me entregó una tarjeta y siguió su camino.
—Es bien raro, en estos días, que la gente esté tan bien educada.
—Tienes razón.
—¿Y qué leíste en la tarjeta?
—No la veo todavía.
Klaus sacó de su bolsillo una pequeña cartulina, que decía:

AGENTE ZP-19753
EJÉRCITO DE SALVACIÓN

—Tuve suerte —exclamó.
—Es extraordinario —respondí—. Es una aventura extraordinaria y sumamente barata... 
—Así es, realmente...
Antes de pronunciar otra sílaba, tomé mis precauciones. Me llegué hasta la ventana y la cerré.
—Sí, sumamente barata, querido Klaus: me debes solamente quince centavos.
—Pero, ¿por qué?
—Es el valor de mi vaso irrompible.