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lunes, 12 de marzo de 2012

Escenas de la vida de un oficial de la armada británica


Virginia Woolf (Inglaterra)

Las agitadas aguas del Mar Rojo rompían contra la portilla; de vez en cuando un delfín saltaba del agua o un pez volador hacía explotar un arco de fuego en pleno aire. El capitán Brace estaba sentado en su camarote frente a un mapa extendido sobre la vasta superficie de la mesa. Su rostro llevaba grabada una expresión que parecía tallada por un negro a partir de un tronco bien maduro, pulido durante cincuenta años y puesto a secar bajo el sol tropical; expuesto a un frío helador; azotado por las lluvias del trópico; y finalmente erigido como un ídolo ante serviles multitudes. Había cobrado la expresión inescrutable del ídolo al que se han formulado preguntas durante siglos sin obtener respuesta.
El camarote no tenía más mobiliario que la enorme mesa y una silla giratoria. Pero de la pared, a espaldas del capitán, colgaban siete u ocho artefactos de rostro blanco cuyas esferas llevaban grabados números y símbolos sobre los que se movían unas manecillas muy finas, a veces con un avance tan lento que resultaba imperceptible, a veces con un salto repentino y decisivo. Cierta sustancia invisible estaba siendo dividida, medida, pesada y contada de siete u ocho maneras diferentes al mismo tiempo. Y, como la sustancia en sí era invisible, la medición, la división, el peso y el recuento se realizaban de manera inaudible. Ni un sonido rompía el silencio. En el centro de los artefactos colgaba la fotografía de una mujer con tres plumas de avestruz en la cabeza.
El capitán Brace hizo girar su silla y se situó frente a las esferas y la fotografía. El ídolo había dado súbitamente la espalda a los suplicantes. La espalda del capitán Brace estaba enfundada en un traje ceñido a su cuerpo como la piel de una serpiente. Su espalda era tan inescrutable como su rostro. Lo mismo daba que los suplicantes dirigiesen sus oraciones a su rostro o a su espalda. De pronto, tras escudriñar largamente la pared, el capitán Brace se dio la vuelta. Cogió un compás y empezó a esbozar en un gran pliego cuadriculado un dibujo de tal complejidad y exactitud que cada trazo parecía crear un objeto  inmortal que perduraría exactamente así para siempre. El silencio permanecía intacto, pues el murmullo del mar y el zumbido de las máquinas era tan regular e invariable que también parecía silencio expresado mediante un vehículo diferente.
De repente -cada movimiento, cada sonido era repentino en un ambiente tan cargado de tensión- se oyó un gong. Temblores, intensos como contracciones musculares, agitaban el aire. El ruido sonó tres veces. Por espacio de tres veces el ambiente así crispado se tensó en fuertes contracciones musculares. La última había durado tres segundos y justo entonces el capitán se levantó. Con la rapidez de una acción automática, colocó un papel secante sobre su dibujo con una mano; con la otra se puso la gorra. A continuación se dirigió a la puerta: luego bajó los tres escalones que conducían a cubierta. Cada distancia parecía ya dividida en numerosas etapas; y su último paso le llevó exactamente a una tablazón de cubierta en particular, a su puesto frente a quinientas chaquetas azules. Quinientas manos derechas volaron con precisión a sus cabezas. Cinco segundos después, la mano derecha del capitán voló hasta su cabeza. Tras esperar
exactamente dos segundos cayó como cae la señal cuando el tren ya ha pasado. El capitán Brace avanzaba con el mismo paso medido entre las filas de chaquetas azules, y tras él, a la debida distancia, iba un grupo de oficiales también de uniforme. Pero en la puerta del comedor el capitán se cruzó con ellos, recibió su saludo, lo devolvió cumplidamente y se retiró a cenar solo.
Estaba sentado a solas frente a la mesa del comedor como antes había estado sentado a solas frente a su escritorio. De los camareros que le servían nunca había visto más que las manos blancas, trayendo los platos, llevándoselos. Cuando las manos no eran blancas los camareros eran despedidos. Sus ojos nunca miraban más allá de las manos y los platos. En ordenada sucesión, la carne, el pan, los pasteles y la fruta eran depositados ante el ídolo. El fluido rojo de la copa de vino descendía lentamente, ascendía, descendía, ascendía y volvía a descender. La carne desapareció, y también los pasteles, y la fruta. Finalmente, cogiendo un trozo de pan del tamaño de una bola de billar, el capitán rebañó el plato, se comió el pan y se levantó. Ahora sus ojos miraban directamente al frente. Todo cuanto encontraban a su paso -pared, espejo, varilla de latón- quedaba atrás, como si nada tuviera la suficiente solidez para interceptarlos. De
manera que avanzaba como si siguiese la estela del rayo que proyectaban sus ojos hacia arriba, hacia una escalera de hierro que conducía a una plataforma, dejando cada vez más abajo estos obstáculos, hasta que se encontró en una plataforma de hierro en la que había un telescopio. Miró por el telescopio y éste se convirtió al punto en una prolongación de sus ojos, como una envoltura córnea que se hubiese formado con el fin de delimitar la penetración de su visión. Al mover el telescopio hacia arriba y hacia abajo parecía como si lo que se moviera fuese su ojo cubierto por una larga envoltura córnea.

Virginia Woolf (Inglaterra)
Breve reseña sobre su obra
Escritora británica nacida en Londres en 1882. Hija del novelista e historiador Sir Leslie Stephen, fue educada por sus padres en un entorno lleno de influencias de la sociedad literaria victoriana.
Durante el período de entreguerras, fue una figura significativa en la sociedad literaria de Londres, miembro del grupo de Bloomsbury del que formaban parte intelectuales de la talla del escritor E. M. Forster, el economista J. M. Keynes y los filósofos Bertrand Russell y Ludwig Wittgenstein. 
En 1917 fundó, junto a su esposo Leonard Woolf, la célebre editorial Hogarth Press. 
Woolf comenzó a escribir profesionalmente en 1905, inicialmente para el Times Literary Supplement y en 1915 publicó su primera novela, Fin de viaje.
El 28 de marzo de 1941, Woolf se suicidó arrojándose al río.
Publicó las novelas Noche y día (1919), El cuarto de Jacob (1922), La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando (1928), Las olas (1931), Los años (1937), Entre actos (1941).

Escenas de la vida de un oficial de la armada británica aparece recopilado en Relatos Completos, publicado por Alianza