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domingo, 11 de marzo de 2012

Reflexiones de primavera


Duong Thu Huong (Vietnam)

No es sólo por esa noche. Pero desde entonces, los pensamientos sobre ella no han abandonado su mente. Tardarían un poco, entonces lo apurarían como una ráfaga de viento, lanzando sus pensamien­tos al caos y perturbando su ecuanimidad, y dejarían detrás vagos y angustiosos deseos. Esa noche, él vol­vía a Hanoi desde una provincia del centro del país. Como planificador económico, estaba acostumbrado a estos largos y tediosos viajes. Adormecido en su asiento del autobús, despertó por los molestos soni­dos metálicos que provenían del motor. El conductor levantó el capó y se lamentó:
-No vamos a poder llegar a Hanoi esta noche. El radiador está roto...
Los pasajeros se bajaron del autobús para cami­nar alrededor y respirar el agradable aire de la región central. Campos amarillos se extendían hasta el hori­zonte. En la distancia, podían verse los irregulares picos de las colinas verde oscuro, como un grupo de caracoles cubiertos de musgo que descansaran enci­ma de una alfombra de campos de arroz. El amarillo del arroz maduro era pálido en el sol poniente, pero brillaba en lugares, como si todavía estuviese empa­pado de luz. Al borde de la carretera, el campo cose­chado tenía un resplandor rosado claro, tan tierno como el amor de adolescente. La brisa de otoño lo hacía sentir despejado: estaba libre de proyectos, reportes, críticas, aprobaciones, todos obstáculos y distracciones. Esta claridad era una sensación inusual. Caminó con energía.
Junto a la carretera había una hilera de casas. Los techos desiguales y las paredes blancas daban una fuerte calidez al paisaje. Pegada una a la otra, las casas tenían al frente una gran diversidad de terrazas de diferentes estilos. En los pequeños patios había tocones de árboles y pilas de ladrillos. Cerca, sobre las ramas de los árboles se veían casas para palomas. En la base de un montículo de paja amarillo brillante, que olía a cosecha, una vieja gallina guiaba a sus polluelos que piaban en busca de comida. Un tosco cartel rojo y verde anunciaba un taller de reparación de bicicletas. Al frente, un neumático desinflado que colgaba se tambaleaba con cada ráfaga de viento. Racimos de plátanos, suspendidos en ganchos, colgaban sobre las cabezas de los comensales en los restau­rantes baratos.
La serenidad y el aire melancólico del pequeño pueblo le encantaron. No sabía en qué pensaba pero caminó de un lado a otro las calles admirando las vis­tas familiares, sobre todo los arbustos y flamboyanes detrás de las casas. Las flores amarillas florecían en la apacible tarde.
-Tío, entra para que bebas algo. Tenemos paste­les de arroz del campo y tartas de arroz.
Una anciana detrás de una pequeña vidriera se inclinó hacia delante para dar la bienvenida a su cliente. Estaba un poco sorprendido; hacía mucho que no escuchaba un saludo tan natural y amistoso de una tendera. Entró y se sentó en un gran banco. No sabía por qué había entrado; no tenía hambre, sed, ni necesitaba fumar de una pipa de agua. Pero tenía el fuer­te presentimiento de que esperaba algo; era vago pero acuciante. Su corazón latía con ansiedad. La tendera sirvió sin prisa un cuenco de té verde para su cliente. Entonces ella se sentó, mascaba su nuez de betel y no dijo nada. Él levantó el cuenco de té, tomó un sorbo y miró alrededor. Una ráfaga de viento hacía girar unas hojas amarillas. A distancia, parecían diminutos gra­nos de oro que la naturaleza había dispersado genero­samente.
Había aprendido esto en una época. Eran imáge­nes de su pasado, a pesar de que no era consciente de ello. Se sintió cada vez más ansioso.
-Abuela, ¿debo hacer más barquillos de arroz?
La voz de una muchacha resonó desde el interior de la casa. El sonido de su voz le sorprendió. Casi se levantó para mirar de manera indiscreta a la otra habitación. Pero se contuvo. La nieta de la dueña de la tienda salió de la parte de atrás:
-Horneé diez barquillos de arroz más, abuela. ¡No quedan en la cesta!
Al verlo, la muchacha retrocedió con cautela. La mujer abrió la bolsa y sacó un grupo de barquillos más pequeños.
-Hornea veinte de los pequeños para la abuela. Son más fáciles de vender.
La muchacha respondió "sí" en voz baja y se inclinó sobre la olla de barro para soplar el fuego. Las cenizas blancas volaron, bailaron en el aire y cayeron suavemente sobre su brillante pelo negro. Su rostro adolescente era terso y rojizo como una fruta madu­ra. Su nariz era recta y graciosa. Tenía un corte de pelo sencillo y estaba peinada al medio. Él no podía quitarle los ojos de encima; su corazón latía con emo­ción.
-¡Así es!
Este sentimiento no expresado se había hecho eco en su interior cuando la chica salió... Hace veintitrés años, cuando estaba en décimo grado y estaba de visita en un poblado, había una mucha­cha bonita y educada. La misma olla de barro con carbones al rojo vivo que lanzaban cenizas, las mis­mas mejillas rojizas y muñecas redondas... pero la muchacha que recordaba tenía una larga cicatriz cóncava en su frente. Había las mismas flores de flamboyán y pequeñas hojas amarillas, dispersas por ráfagas de viento que salpicaban el suelo en otoño, cuando los sonidos de la radio se mezclaban con los campos de arroz sin cosechar y los incesan­tes ruidos de los insectos: la música perezosa y tris­te de un poblado.
Le resultaba extraño lo profundo que tenía sepultados esos recuerdos. Él era muy pobre enton­ces. Cada mes, su madre le enviaba sólo tres dong de mesada y diez kilogramos de arroz. Pero estudiaba más que todos los otros chicos de su clase, quienes le decían polilla. La hermosa chica vivía en la casa con­tigua donde tenía alquilada su habitación. Ella solía apoyar sus brazos en la cerca y escucharle memorizar los poemas en voz alta. Su madre era vendedora de alimentos; ella se ponía en cuclillas frente a la olla de barro para hornear los barquillos de arroz para su madre. Por la noche, cuando estudiaba, ella también encendía una lámpara de aceite y se sentaba bajo el carambolo a hacer su tarea. A las diez en punto, con el rostro todavía hundido en un libro, ella levantaba una vara en su hombro para buscar agua para su familia. Ella era buena estudiante y nunca necesitó su ayuda. Sin embargo, lo admiraba cuando él dia­gramaba un
problema matemático, o cuando cerraba sus ojos y recitaba, en calma, un largo poema. Cuando ella regresaba con el agua, él estaba listo para ir a la cama. Estaba tan hambriento que literal­mente se había apretado el cinturón. Era entonces cuando ella le traía un barquillo de arroz bien calien­te. Ninguno de los dos hablaba mucho. Casi siem­pre, él sólo sonreía:
-Qué suerte, mi estómago gruñía. 
Él nunca se molestó en agradecerle. Pero ambos sentían que necesitaban verse, mirarse a la cara y no decir nada. Ninguno de los dos se atrevió a preguntar demasiado sobre el otro. En verdad, no había nada más que preguntar... Sus ardientes bar­quillos de arroz; la larga cicatriz cóncava en su fren­te; el brillante rostro; las miradas de comprensión cuando él sentía nostalgia, mientras permanecía sentado todo contraído durante los atardeceres fríos y lluviosos.
De repente recordó todas estas cosas. Todas. Ahora comprendió qué había estado esperando esa tarde. Había llegado, ese recuerdo hermoso, dulce y distante. Un recuerdo sepultado durante más de vein­te años, despertado de pronto por una ráfaga de vien­to.
La joven que abanicaba el fuego levantó la vista:
-Abuela, terminé diez... Dame una mano...
Le dio la pila de barquillos amarillos a la ancia­na y miró con curiosidad al extraño cliente. Él dio vueltas al cuenco de té en sus manos mientras la mira­ba. Ella se puso nerviosa y aplastó torpemente un trozo de carbón en el suelo con su abanico. Lo recogió enseguida y lo arrojó a la olla, entonces sopló sus dos dedos para enfriarlos y frunció el ceño.
-Ahora parece una chica de unos doce años. La otra era mayor y más bonita -pensó.
Una vez, él no tenía dinero suficiente para com­prarse unos libros de texto. Nunca supo cómo ella se enteró. Esa noche, junto con los barquillos, también le dio un pequeño sobre. Él lo abrió: dentro había un pequeño bulto de dinero. Los billetes eran tan nuevos que podías oler el aroma del papel y la tinta. Era el dinero de Año Nuevo de ella. Él quedó petrificado. Parecía como si ella hubiese estado ahorrándolo durante diez meses y no lo hubiese tocado. ¿Pero qué hice ese día? Después de la graduación, estuvo ocu­pado en aprobar los exámenes de admisión a la uni­versidad. Después de su aceptación y de saber que se marcharía, prestó atención con impaciencia al pape­leo, se despidió de todos con alegría y tomó un tren directo a Hanoi.
¿Por qué no me despedí de la muchacha? No, estuve a punto, pero se apresuró la fecha de mi partida. Mis parientes me presionaron, e intimidado ante tal oportuni­dad. ..
¿Y después de eso? Un entorno fresco; una ciu­dad extraña, el ritmo agitado de la vida lo mareaba; el brillo de las luces; los tranvías; las primeras fiestas en las que se sintió abochornado, provinciano, fuera de lugar; casas de té; la pizarra en el aula; nuevas ami­gas...
-Come los barquillos de arroz calientes, tío. Es aromático en la boca. En Hanoi, no encontrará deli­cias del campo como ésta.
La anciana tendera le dio un pequeño barquillo de arroz. Su mullida superficie estaba salpicada con semillas doradas de ajonjolí, estaba muy apetitoso. Él picó un pequeño pedazo y lo puso en su boca. Era un sabor que había olvidado hacía tiempo.
Solía creer que los barquillos de arroz eran el alimen­to más delicioso sobre la faz de la Tierra, pensó. Recordó los estudios por la noche, en particular las noches en que había memorizado las lecciones de historia y bio­logía, dos materias odiosas; cuando estaba muy ham­briento esperaba el ruido de los pasos de ella junto a la cerca para que su boca pudiese saborear la delicio­sa harina de arroz cocida y las grasientas semillas de ajonjolí... que sabían y olían... y sus húmedos ojos que lo miraban, cuando descansaba sus brazos sobre el alféizar de la ventana y sonreía:
-Sabía que estabas hambriento, hermano. También me sucede mucho en la noche. Mamá me enviará al pueblo mañana a comprar yuca para que tengamos algo extra que comer por la noche.
Al día siguiente, ella le trajo unos trozos de yuca hervida. A los dieciocho años, cuando los comía, tam­bién pensaba que la yuca hervida era el alimento más delicioso de la Tierra. Una vez, ella le dio yuca envuelta en hojas de plátano. Estaba muy caliente. Cuando él retiró sus manos bruscamente, ella tomó la yuca caliente en las suyas. La soltó enseguida, tenía los ojos muy abiertos del asombro. En cuanto a él, estaba tan mareado como la mañana de verano en que había bebido demasiado vino dulce...
En realidad la amaba en ese entonces... La amaba de verdad... ¿Por qué no regresó a ese pueblo a buscarla? Al terminar sus estudios, fue designado para un empleo por el gobierno. Entonces tuvo que solicitar una vivienda. También tenía una relación con una colega. Las preocupaciones de la vida. Estaba el acuerdo secreto, la licencia de matrimonio. Ésa era su vida, poco atractiva pero persistente en la búsqueda de su amor que usaba cada truco imaginable para hacerlo sucumbir a las brutales demandas de la necesidad... ¿Y después qué? Niños. Problemas en el tra­bajo. Una promoción. Avances y retrocesos. Años en el extranjero para lograr un doctorado... Cada cosa tenía que ser calculada.
-¿Está bueno el barquillo, tío? -preguntó la anciana.
-Muy bueno, abuela -respondió. 
Las migajas caían en sus piernas y las sacudía. La vieja gallina vino, cacareaba para que sus polluelos vinieran a picotear las migajas.
¿Por qué no la busqué? ¿Por qué no...? Bueno, tenía que lograr, a toda costa, los objetivos planificados de la ope­ración 038... Criar a mis hijos y enseñar a complementar mis ingresos. Mis hijas no se parecen a mí; son como su madre, feas y engreídas... Pero, ¿amo a mi esposa? Probablemente no... Lo más seguro es que no. Nunca sentí un cosquilleo por ella como hace años cuando esperaba el sonido de los pasos de la chica. Sobre todo por las tardes, después que todos se habían marchado y ella lavaba su pelo, con las mejillas empapadas y las hebras del pelo sobre las sienes. Cuando se secaba el pelo, con una mano sobre la cerca, sonreía porque sabía que yo la miraba en secreto... En cuanto a mi esposa, nunca hubo suspense; nunca la bus­qué con la vista ni sentí vacío cuando estábamos separados. Justo entonces, al regresar a casa a buscar arroz, presentí que iba a ver a la muchacha de nuevo, al menos sólo un día... Mi esposa
necesitaba un esposo y me encontró. En cuanto a mí...
Este pensamiento casi le vuelve loco. Se puso de pie de pronto. La chica que abanicaba el fuego lo miró, sus ojos eran negros como el carbón con un hoyuelo profundo en una mejilla.
Pagó a la anciana y comenzó a caminar hacia el autobús. Quería retornar a Hanoi de inmediato. Quería olvidar estos pensamientos...
Pero el autobús no quedó arreglado hasta las dos de la mañana. Llegaron a Hanoi al amanecer. El regre­só a su vida cotidiana, a sus negocios y preocupacio­nes diarias... Los pensamientos sobre la muchacha nunca lo abandonaron. Lo rodeaban como las manos de un guardia.
¿Por qué no fui a su encuentro en ese entonces? Seguramente tendría una esposa diferente. Y quién sabe... La muchacha ahora tiene treinta y ocho años pero para él todavía tiene quince. Ella es su amor verdadero, ¿por qué las personas se dan cuenta de esto veinte años después? Sacudió las cenizas del cigarro, las echó en un caro cenicero rosado y observó las dimi­nutas ascuas apagarse lentamente. Sobre su cama, su esposa levantó la cabeza soñolienta:
-¿Por qué estás despierto tan tarde, cariño? ¿Me observabas?
-Sí, sí, te observaba -respondió mientras aplasta­ba el resto del cigarro en el cenicero. Su esposa acaba­ba de comprar un vestido bordado de Tailandia y ya le había preguntado tres veces qué le parecía. 
-Ve a la cama, querido. 
-Todavía tengo trabajo que hacer. 
Me pregunto dónde vivirá ahora la muchacha. ¿Qué hace? Tal vez pueda tomar un autobús hasta allá mañana. No, no, eso no es posible. Veía con claridad que retroce­der veinte años estaba mal. ¿Cómo podía regresar, si había desechado el amor con tanta facilidad?
Recogió la colilla del cigarro y lo encendió de nuevo. La brasa volvió a sus labios.
Un jardín lleno de sombras... carambolas sobre el suelo como estrellas caídas. Y el olor de las caram­bolas maduras... y sus húmedos ojos. Su cabeza incli­nada cuando se paraba en la cerca...
Pero yo era muy tímido entonces. No me atreví a hacer ninguna promesa... Deja de negarlo, es inútil cuando se trata de amor. Sabía que la había amado y ella lo había amado. Pero estaba impaciente por salir de ahí porque estaba deslumbrado ante las perspectivas que tenía. Durante sus últimos días ajetreados, hizo sus pequeños cálculos... pero nunca los llevó a la prácti­ca.
No fue asi, porque...
Sí, lo fue.
No fue asi...
Sí, y no puedes olvidarlo...
Tiró la colilla al cenicero y se tambaleó en el sillón. Los colchones forrados con poliéster no esta­ban tan cómodos como siempre. Se puso de pie de nuevo, fue hasta la ventana y abrió de un empujón las hojas de vidrio.
-Hace frío, cariño -chilló su esposa.
Él no se dio la vuelta pero respondió brusca­mente:
-Entonces tápate con la colcha.
Muchas estrellas iluminaban el cielo nocturno. De repente percibió el aroma de la paja fresca, de la cosecha. Este olor familiar envolvía el vecindario, una fragancia que revolvía el alma. Las flores de flamboyán se abrieron en la noche... Todo revivió: vago, apa­rente, aunque lo suficientemente sombrío como para hacerlo amargo. Su cabeza daba vueltas.
Encendió un segundo cigarro y se golpeó en la frente.
-¿Qué sucede?
No hubo respuesta. Sólo un ascendente trémo­lo de tallos de arroz y murmullos de hojas. De nuevo, el arremolinado cielo sobre la corona del árbol de carambola; sus finos y firmes brazos sobre el alféizar de la ventana cuando le sonreía a él. Dientes brillantes como dos hileras trigo. Su amor había retornado, ahora, en su interior. Caminó inconscientemente hasta el espejo. Su pelo había comenzado a ponerse gris. En sus mejillas habían aparecido arrugas. Detrás de los lentes, sus ojos empezaban a volverse inanimados. Aspiró con fuerza el cigarro y luego exhaló. El pálido humo azul onduló sin forma, como las confusiones en su vida.
Su informe contenía propuestas muy interesan­tes y fue muy bien recibido, un éxito total. Tanto sus jefes como sus rivales quedaron impresionados. Él mismo no sabía cómo lo logró. Todas las intermina­bles noches, caminando de un lado para otro, obser­vando cómo se elevaba el humo y se evaporaba, mientras pensaba en ella. El objeto de su amor verda­dero, un amor no compartido, no articulado, ¿qué había aportado? Pero estos reconfortantes y melancólicos recuerdos lo habían mantenido despierto en la noche y había escrito su informe durante estas horas, mientras intentaba recuperar lo que había desapareci­do de su vida.
En la conferencia, las personas admiraban las muestras que ilustraban su propuesta. Había tenido un éxito casi total. Incluso sus enemigos lo felicitaban. Sonrió, estrechó manos y agradeció a todos antes de salir por el corredor. Solo.
Su colega más cercano corrió para alcanzarlo. El hombre lo miró a los ojos y dijo:
-Los fotógrafos del periódico esperan por ti. ¿Qué pasa, hermano? ¿Estás enamorado?
-¿Yo enamorado? -se rió entre dientes e hizo un chasquido-. ¿Yo, enamorado? ¿Estás loco? Yo enamo­rado a estas alturas... un hombre de acero y cemento, un... y con la cantidad de canas que me están salien­do...
No terminó la frase, pero salió deprisa por la puerta. Caminó por una pequeña callejuela. Por algún motivo, los ojos le picaban, como si le hubiese entrado humo en ellos. ¿Dónde está esa aldea, ese pueblo? Con casas para palomas y montones de paja en los patios... y flores de flamboyanes que se abren al sol del atardecer... y los campos de arroz barridos por el viento, con el susurro de sus tallos maduros... y el brillo de los campos cultivados, rosado claro, distante...

Duong Thu Huong (Vietnam)
Breve reseña sobre su obra
Escritora nacida en 1947 en Thai Binh. Durante la Guerra de Vietnam, sirvió en una Brigada de Jóvenes Comunistas y fue la primera mujer combatiente y reportera durante la guerra con China en 1979. En 1989 fue expulsada del Partido Comunista y condenada a siete meses en prisión.
Es autora de las novelas La tierra de los olvidos y Novela sin título. En 1991, fue nominada al premio literario francés Femina (categoría extranjera) y en 1992, fue premiada con la beca Hellman-Hammett.
Su obra ha sido prohibida en su país aunque ha logrado un cierto éxito en EE. UU. y Francia.

Reflexiones de primavera aparece publicado en la antología Otra vez la noche, cuentos contemporáneos de Vietnam, publicada por Editorial Popular.