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domingo, 29 de abril de 2012

Cosas de la vida


Francisco Espínola (Uruguay)

Cayó la noche y el cielo siguió encapotado, amenazando lluvia. Soplaba un vientito que empujaba cuanta cosa hallaba en su camino como pidiendo cancha. ¡Y a qué! Lo que hacía era juntar hojas, briznas, basuras, para amontonarlas arremolinándolas, para alzarlas en giros hasta muy alto y, desde allí, dejarlas caer en todas direcciones... Y pararles rodeo otra vez, más adelante, y volverlas a alzar... Parecía que estaba haciendo tiempo, esperando algo.
-Si cambia el viento, vamos a tener agua -dijo un jinete al que llevaba trotando a su costado.
-Me palpita que aunque no cambie -respondió el otro haciendo saltar chispas a su yesquero para encender el cigarro.
-No fumés, Juan -volvió a hablar el primero. Y dando vuelta la cabeza, mandó a otro jinete que los seguía como a dos cuerpos: -Che, tirá vos también. Ya estamos cerca.
-¡Dejate de amolar!...
-¡Tire, canejo! -bramó el de la orden con voz dura, medio queriendo tornar su caballo y alzando el rebenque.
-¡Está bien, José María! -exclamó el aludido arrojando el pucho y acercándose-. También vos - agregó después -, te calentás por...
-Es que estamos muy cerca, viejo, y una macana de éstas nos puede costar caro - respondió, ya sereno, José María.
-Sí, pero también vos...
-Bueno, ¿y qué? ¿Ahora querés pelear? -preguntó aquél, riéndose.
El ofendido también se rió. Después, dijo:
-¡Pucha, vos sos locazo!
Envueltos en la oscuridad siguieron trotando.
El nombrado José María era un hombre joven, más bien alto que bajo, de cara huesosa y labios finos donde se agarraba a gatas un bigote de coya. El otro, tirando a indio, era flaco y largo. De no ser por los estribos, sus pies, en el caballito criollo, no andarían lejos del suelo. Y el que iba detrás, viejo como de sesenta años ya, cruzada la cara por un tajo que le debió de haber rayado las muelas, era bajo y delgado...
-Bueno, vamos a entrar por aquí - resolvió José María deteniendo su caballo frente a una tranquera que abrió sin desmontar.
Pasaron, la dejaron abierta adrede y, en vez de tomar por el camino que de allí salía hasta unas poblaciones de las que los relámpagos empezaban a dejar ver el bulto, desviaron hacia unos ombúes. Al llegar a ellos, se apearon. Atados los caballos, esperaron con los ojos fijos en las casas. Reinaba profunda tranquilidad. Como el viento había calmado, hasta las hojas estaban quietas... Hacía rato que aguardaban, cuando una sombra se separó de la gran sombra de la Estancia, derecho a los ombúes.
Un hombre alto, era. Se acercaba cojeando. Al llegar, cuchicheó.
-Buenas, ¿vamos? 
-¿Cuántos hay?
-Están los dos, no más. El patrón y los otros dos piones era verdá que se habían ido con la tropa.
-¿Y los perros?
-Apilaos. No ladró ninguno.
-Está bien... Bueno, vamos.
Y salieron los tres siguiendo al rengo que, cada vez más por lo bajo, íbales haciendo recomendaciones.
Entraron por un galpón. Al llegar frente al cuarto de los peones, ya estaba todo dispuesto en buena forma. José María y el rengo cargarían al más fuerte; Juan, al otro, que era casi un gurí. José María abrió un poco la puerta, puso el oído para orientarse... Después retiró la cabeza y, sin hablar, hizo señas. El muchacho dormía contra la pared, su compañero, en el medio del cuarto. Había desaparecido el rengo. Volvió de la cocina con una candileja que entregó al viejo. Como de otro lado no había peligro, la encendieron, no más y, un instante después, desenvainadas las dagas, todos irrumpieron en el cuarto súbitamente iluminado por la luz que el viejo llevaba en la mano alzada.
En ese momento, un tremendo trueno estremeció la tierra.
II
Amelia no podía dormir. Nunca se había quedado sola desde que se casó, ya hacía casi un año. Siempre que su marido salía de viaje, alguna de sus hermanas venía a acompañarla; cuando no Eulogio, su hermano, o su mismo tata. Pero como se hallaban tan atareados con la faena de cerdos, había pensado que era mejor ir ella a la casa de su padre hasta que volviera el esposo, cuya ausencia no sería menor de dos semanas. Los Echebarne, que estaban en el pueblo y que al otro día regresaban, le enviarían el coche para salir en la misma tarde, ya que a caballo le era imposible porque la pobre andaba muy "pesada".
Ahora se arrepentía de no haber mandado buscar aunque fuera a una de las Banegas para acompañarla esa noche que iba a pasar solita. Ella, por no incomodar. .. Y como los dos peones que quedaban eran de tanta confianza... ¡Pero hubiera sido mejor! Se sentía bastante fatigada; el golpazo que se llevó al entrar al dormitorio le había hecho daño y tenía mal el cuerpo. Además, el cuarto le parecía tan extraño al encontrarse sola, la cama le parecía tan inmensa al moverse y no hallar el cuerpo de su compañero... Tuvo ganas de encender luz y, aunque más no fuera, ponerse a terminar los escarpincitos blancos; pero este deseo se fue apagando al traer la idea del niño que ya estaba tan cerquita y la de su marido, tan bueno, que trabajaba tanto para que no les faltase nada a ella y al hijo que ella le iba a dar...
-¡Dónde estará con este frío! -pensaba-. Al raso, rondando' el ganado, ¡y el caprichoso no quiso ponerse camiseta de lana!  ¡Qué hombre, Dios mío!
Un trueno pareció agarrar toda la casa y sacudirla. La aldaba de la ventana, demasiado floja, se bajó con la conmoción; y la hoja fue empujada con fuerza contra la pared. Unas gotas salpicaron de frío la cara de Amelia. Temblando cerró la ventana como pudo. Después, volvió a la cama y se sentó con el corazón que se le salía por la boca...
Y en eso escuchó un grito de angustia, un grito como el de quien se siente perdido y, no teniendo en qué agarrarse, así se prende todavía de la vida.
Toda su carne se estremeció. Inconscientemente, corrió a la puerta que daba al patio. Apoyó en ella sus espaldas.
-¡Santa María! ¡Santa María! ¡Santa María! - se puso a implorar casi sin voz.
De ahí no pasaba, pero ella no se daba cuenta. Sus ojos dilatados por el miedo veían a la santa; y en su imaginación mirábase a sus pies, besándoselos e implorándole auxilio.
¿A qué más?
-¡Santa María! - resonaba apenas, tembloroso, en la oscuridad del cuarto-. ¡Santa María! - se mezclaba con el zumbido del viento que, ahora sí, soplaba fuerte-. ¡Santa María! - subía cada vez más alto y desgarrante en medio del chicotear del agua caída a baldes...
Un espanto nuevo le saltó al alma como yaguareté.
-¡Santa María queridita! -rugió entonces, fuera de sí.
Ya no era sólo el miedo. Un dolor hondo, terrible, le empezó a arañar el vientre como tirándole hacia abajo las entrañas.
Se calló un poco, fatigada. La boca no le daba abasto para respirar. Se ahogaba y una...
Y soltó un grito áspero, de esos que son más grandes que uno, cuando oyó:
-Aquí es - cuchicheado por alguien, afuera. 
Un cuerpo se echó a plomo sobre la puerta.  Las maderas crujieron, pero aguantaron.
-¡Vamos!
Ya no fue un cuerpo, fueron varios los que, empujando, hicieron temblar hasta la pared. Y la aldaba, con clavo y todo, saltó. 
-Alce la luz, viejo. 
-Sí, a ver, dame el candil.
En el silencio, dos o tres cuchillos ganaron las vainas, y José María se inclinó sobre Amelia, tirada de espaldas en el suelo. En camisa, se veían sus piernas hasta la rodilla y parte del pecho de abultados senos. 
-¡Preñadaza! -observó. 
Dio dos pasos atrás y se puso a mirarla. 
-¿A ver? ¿A ver? 
Todos quisieron observar bien. 
Afuera,  el  cielo  parecía  enloquecido.  Víboras  de fuego mordían el nuberío como para abrirse paso huyendo de los truenos que las traían cerquita.
En el grupo de los tres agachados que miraban se estiró un brazo sucio de sangre, el del rengo, para levantar con insolencia la camisa de la caída. Pero el brazo nervudo de José María, también manchado de sangre, llegó primero a la cabeza del bárbaro, que cayó patas arriba.
-¡Hijo'e mil! - gritó el castigador tirándosele encima.
Los otros dos lo sujetaron. Y después, mientras los demás, en el rincón donde se había podido parar el rengo se inmovilizaban, José María siguió con los ojos fijos en el bulto misterioso donde esperaba una vida. 
Se había quedado mudo, sin pensar en nada concreto, llena la mente de ideas confusas, pendiente de aquel vientre hinchado que estremecían los suspiros. Estaba como en un sueño, un sueño extraño, un sueño que no tenía más imágenes que sonidos, palabras cortadas...
Un gemido se escapó de los labios crispados de la muchacha.
-¡Bueno, hay que volverle el sentido! -intervino el viejo-. Esto no puede continuar ansina. Vamos a ponerle aunque sea un trapo con agua.
-Sí, sí. Un trapo con agua... - aprobó, sin moverse, José María.
Un relámpago iluminó vivamente y, en seguida, estalló el trueno.
El viejo agarró la toalla pendiente del lavatorio y la metió en la palangana. Al torcerla se miró instintivamente al espejo. Se volvió a mirar, pegándose casi al vidrio.
-¡Pucha que había tenido uñas largas, el finao! - exclamó viendo que manaba sangre de dos hondos rasguños en la frente. Y se inclinó sobre Amelia.
Se le ocurrió entonces una idea. Haciendo como que ya la tenía pensada, se incorporó con la toalla en la mano.
-¡A ver, ponganlán en la cama, pues! ¿No ven que hay que ponerla en la cama?
José María, pasándole un brazo por la espalda y el otro por las corvas, alzó a Amelia, que lanzó un quejido.
Un líquido viscoso le mojaba los muslos.
-A ver, traigan p'aquí la palangana -volvió a doctorear el viejo-. La toalla tiene qu'estar siempre bien fresquita. Ahora va a ver cómo se mejora... ¿No ve? ... ¿No ve, amiga?...
Los otros tres, arrimados también al lecho, buscaban en el rostro de la desgraciada señales de mejoría.
La joven empezó a gemir. Y sus manos se abrieron sobre el vientre como si desde la sombra de su desmayo quisiera proteger a su hijo.
-Vayansén ustedes a dar una vuelta, no sea cosa que nos sorprendan - ordenó José María saliendo de su ensimismamiento.
Apurándose por la lluvia, obedecieron. En medio del patio ya, los alcanzó para agregarles:
-Vean como están los caballos. Y vos, rengo, lleva ensillado el tuyo.
Parecía que tenía hambre la oscuridad. Luz que caía se la tragaba. Y el trueno que venía atrás rezongaba en vano y rodaba por el cielo, buscándola...
José María volvió a entrar en el cuarto, que se llenaba de ayes.
-¡Así no, viejo, así no! -protestó al ver que de la cara de Amelia chorreaba agua hasta los hombros, empapando la almohada.
-¡Me vas a decir vos a mí!
-¡No, dejelá! ¡No ve que ya le viene la mente!
Era verdad. Con ojos extraviados, con mirada que se quedaba al ladito de ella, no más, Amelia se fijaba en aquellos dos desconocidos. Ya de lo sucedido no se acordaba. Ni el grito de agonía, ni el "Aquí es" condenador, ni el sacudón de la puerta le llamaban a la memoria. Sólo se daba cuenta de que en el cuarto estaban dos seres extraños, entrados quién sabe cómo, y de esto no pasaba porque ya sentía adentro desgajársele el hijo.
Como repelidos por una mano dura, los dos hombres retrocedieron.
La luz floja del candil posado sobre el lavatorio temblaba mirándose en el espejo, y de ahí retrocedía y caía sobre la cama ofreciendo a la madre su escaso calor. Esta, abiertas las piernas, haciendo fuerza, se arrollaba toda, de repente, apretando los ojos acobardada por el dolor, y volvía a abrirse, guapeando y estrujando las sábanas entre sus dedos como garras. Unas veces se alzaba quedando sólo sostenida por los codos y los pies. Otras, dejábase caer desfallecida. Pero un nuevo dolor la levantaba en peso.
Pasaba el tiempo. Los relámpagos y los truenos se empujaban unos con otros. Desde el rincón que sólo iluminaba, intermitentemente, la luz del cielo, los dos hombres parecían tener pegados los ojos, de tan fijos. En la mente de José María cruzaban viejos recuerdos cortados a cada momento por los quejidos que lo volvían a la realidad.
-¡Guacho! ¡Guacho en la estancia!... -pensaba. - Guacho... y déle lazo por cualquier cosa...- volvía a decirse como  disculpándose con alguien...
Dióse vuelta al oír un susurro. El viejo, con los ojos clavados en el techo, rezaba.
***
Las ropas de la cama chupaban sangre, ya. Los gemidos y los esfuerzos redoblaban. El sudor se mezclaba con las lágrimas en la cara crispada de la mujer. Una palidez que tenía algo del amarillo de la luna le aparecía por momentos.
En una, como pudo, Amelia empezó a agarrar a su hijo y a ayudarse un poco, así...
Al rato, cortando el rezo, el viejo saltó de su rincón.
-¡Se ha desmayao!
-¡Sí! Mirá...  ¡Mujer!
El viejo, con la voz más dulce que pudo, y acercándose miedoso de tocar el cuerpito todavía entre las piernas de la madre, exclamó:
-Una moza más p'al pago. Señorita, ¿cómo le va? ¿Eh? ¿Qué anda haciendo?
Entre los fragores del cielo empezaron a oírse unos débiles vagidos.
-¡M'hijita! ¡M'hijita! ¡No tenga miedo! -seguía el viejo, con la mano irresoluta cerca de la carita ensangrentada-. ¡No tenga miedo! ¡No ve que nosotros la queremos mucho y somos muy.. .
Iba a decir "muy buenos". Pero, de golpe, se detuvo. Y como si una mano helada, puesta en su frente, le levantara la cabeza, se incorporó.
-¡Maulota! ¡Maulota! -dijo por decir algo, completamente abstraído.
-Bueno, vamos -se oyó la voz de José María, que había recobrado de nuevo su dominio.
-Pero, ¿y a esta alma'e Dios la dejamos así?
-¡Vamos! -tronó otra vez la voz, ya desde la puerta.
El viejo, agachando la cabeza, lo siguió.
Atravesaron el patio, chapaleando.
-¿No ve que ahora avisamos a algún vecino? - enteró José María con acento casi afectuoso.
-¡Ah! ¡Es claro! Yo también pensaba eso -exclamó el otro, que no había pensado nada -, porque si nadie viniera... vos ves que...
-¡Claro!
Llegados a los ombúes, hallaron a sus compañeros que los esperaban con los caballos de la rienda.
-Vos, rengo, qu'estás mejor montao qu'éstos y no te conocen -dijo José María- cuando lleguemos al bajo'e lo de Banegas te cortás y les decís que si puede venir alguna en seguida, qu'ella está por salir de cuidao esta misma noche. 
Y cerró piernas.
Al llegar al lugar indicado, José María recomendó: 
-Nosotros  seguimos  al  trote.  Vos,  metele talón, cosa de que el día no nos agarre afuera del monte.
III
Alto ya el triste día sin sol, en lo más profundo del Arazatí mateaban los forajidos. Reían, se hacían pullas pesadas con las cosas que vieron esa noche bromeaban fuerte...
Pero, en el fondo, ninguno estaba contento. Y nadie se acordó de la plata que fueron a buscar a la casa de la parida.