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Biblioteca Virtual Hispanica

martes, 3 de abril de 2012

Don José no era


Murilo Rubião (Brasil)

«Ajustaos a la regla y disciplinaos, pueblo rebelde.» 
(Sofonías 2,1)

Una violenta explosión sacudió la ciudad. La siguieron otras, menos o más fuertes. Desorientado, el pueblo corría de un lado a otro. Alguien, que se había mantenido tranquilo en medio de tanto desorden, gritó:
-¡No es el fin del mundo!
Eliminada la peor hipótesis, surgieron nuevas conjeturas: para un bombardeo, faltaban los aviones.
-¿Ejercicios de artillería?
-Muy probable -apoyaron algunos, que tenían prisa por explicar el misterio.
-Y los cañones, ¿qué? -preguntaron los más lúcidos.
Hubo quien habló de una invasión misteriosa, para a continuación ponerse todos de acuerdo: don José estaba matando a su esposa con dinamita.
Los presentes titubearon ante la idea de acercarse al edificio. Tras un corto silencio, se oyeron varios estampidos. Un vagabundo, al que todavía no le habían emocionado los acontecimientos, comentó:
-¿No será que ha resultado insuficiente la dinamita y ha recurrido a una pistola?
Las caras se tornaron pálidas; ansiosas, aguardaron el final del drama.

1.  ¿Tragedia?
No. Don José estaba haciendo experimentos con fuegos artificiales.
Nadie quiso confesar el chasco ni el gasto inútil de imaginación que, durante aquella media hora de terror, dominó a los exagerados espectadores.
-No la ha matado esta vez, pero de otra no escapará. Su odio por doña Sofía es incontrolable.
2.  ¿Odiaba don José a alguien?
¡Calumnia! Amaba a su mujer, a los pájaros y a los árboles. Ella sí que le detestaba, se irritaba con los animales.
¿Infelicidad conyugal?
¡Nunca! Los dos se entendían admirablemente bien.
Pero entre los habitantes del lugar no había quien se lo creyese:
-Ella finge quererle sólo por su dinero.
¡Estúpidos! Don José era el hombre más pobre de la ciudad y tenía una úlcera de estómago.  
3. Nada más producirse una aclaración, se aventuraban nuevas acusaciones:
-Y los niños, que lloran la noche entera, hambrientos, apaleados, ¿qué?
¡Falso! Don José había perdido a sus hijos (cinco), víctimas de la tuberculosis. Ahora evocaba recuerdos manipulando un aparato que imitaba el llanto de los niños. Y conmovía más que el llanto de los niños.
4.  Don José hablaba siempre de un libro que estaba escribiendo. Un libro acerca de los duendes.
¿Era fabulista?
No. Los duendes habitaban su mismísima casa, al alcance de sus ojos.
¿Sería la mujer uno de ellos?
5.  Un día le encontraron ahorcado. Inmediatamente dijeron:
-Sólo está fingiendo. El nudo está poco apretado.
-¡Mirad, qué cara de golfo! Se está burlando de nosotros.
¡Infamia! Don José se había suicidado de verdad. 
¿Por qué? 
Todo el mundo fingió no saberlo.
6.  A los que salieron en su defensa, años después de su muerte, preguntaban:
-En fin, ¿qué es lo que hacía el don José éste?... ¿Si no fumaba, no bebía, no tenía amantes? 
-Amaba al pueblo.
-¿Y el pueblo? 
-Le observaba con ferocidad. 
7. Más tarde le dedicaron una estatua. Con una leyenda: «Don José, noble español y benefactor de la ciudad».
La última mentira. Don José era un pobre diablo y no poseía ningún título de nobleza. Se llamaba Danilo José Rodrigues.

Murilo Rubião (Brasil)
Breve reseña sobre su obra
Escritor y periodista brasilero nacido en Minas Gerais en 1916. En 1942 se graduó de la Facultad de Derecho. Trabajó como redactor de Folha de Minas y director de Radio Inconfidência. En 1966 organizó el suplemento literario del diario O Estado de Minas Gerais. Se desempeñó como jefe de gabinete del gobierno de Minas Gerais y fue agregado cultural de Brasil en España entre 1956 y 1961. Falleció en septiembre de 1991.
En 1947 publicó su primer libro de cuentos, El ex mago. Después vendrían La estrella roja (1953), Los dragones y otros cuentos (1965), El pirotécnico Zacarías (1974), El invitado (1974), La casa del girasol rojo (1978) y El hombre del bonete gris y otras historias (1990).

Don José no era aparece en La casa del girasol rojo, publicada por Editorial Grupo Libro.