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miércoles, 25 de abril de 2012

Encuentro nocturno


Ray Bradbury (EE.UU.)

Antes de subir internándose en las colinas azules, Tomás Gómez se detuvo en la solitaria estación de gasolina. 
-Aquí se sentirá usted bastante solo, abuelo -dijo Tomás. 
El viejo pasó un trapo por el parabrisas de la camioneta. 
-No me quejo.
-¿Le gusta Marte, abuelo?
-Mucho. Siempre hay algo nuevo. Lo decidí cuando llegué aquí el año pasado: no esperar nada, no preguntar nada, no sorprenderme por nada. Tenemos que olvidarnos de la Tierra, y de cómo eran allí las cosas. Tenemos que mirar cómo son aquí, y qué diferente es todo. El tiempo, por ejemplo, me divierte muchísimo. Es un tiempo marciano. Un calor de mil demonios de día y un frío de mil demonios de noche. Y las flores y la lluvia, tan diferentes... Es asombroso. Vine a Marte a retirarme, y busqué un sitio donde todo fuera diferente. Un viejo necesita una vida diferente. Los jóvenes no quieren hablar con él, y con los otros viejos se aburre sin remedio. Así que pensé: lo mejor será buscar un sitio tan diferente que uno abre los ojos y ya está entretenido. Conseguí esta estación de gasolina. Si los negocios marchan demasiado bien, me instalaré en una vieja carretera menos bulliciosa, donde pueda ganar lo suficiente para vivir y me quede
tiempo para sentir estas cosas tan diferentes.
-Ha dado usted en el clavo, abuelo -dijo Tomás. Las manos le descansaban sobre el volante. Estaba contento. Había trabajado diez días seguidos en una de las nuevas colonias y ahora tenía dos días libres e iba camino de una fiesta.
-Ya nada me sorprende -prosiguió el viejo-. Yo sólo miro, observo lo que hay, nada más. Si uno no acepta a Marte como es, puede volverse a la Tierra. En este mundo todo es raro: el suelo, el aire, los canales, los nativos..., aún no los he visto, pero dicen que andan por aquí, y los relojes. Hasta mi reloj marcha de un modo gracioso. Hasta el tiempo es raro en Marte. A veces me siento muy solo, como si yo fuese el único habitante de este planeta; apostaría la cabeza. Otras veces me siento como si tuviera ocho años y me hubiera encogido y todo lo demás fuera más grande. Dios, es justo el lugar que un viejo necesita. Me anima y me hace feliz. ¿Sabe usted cómo es Marte? Es como un juguete que me regalaron en Navidad, hace setenta años. No sé si usted lo conoce, lo llamaban calidoscopio: trocitos de vidrio o de tela de muchos colores. Se levanta hacia la luz y uno mira y se queda sin aliento. ¡Cuántos dibujos! Bueno, pues así es Marte.
Disfrútelo. No le pida que sea otra cosa, tómelo como es. Dios, ¿sabe que esa carretera marciana tiene dieciséis siglos y aún está en buenas condiciones? Es un dólar cincuenta. Gracias, y buenas noches.
Tomás se alejó por la antigua carretera, riendo entre dientes.

Era un largo camino que se internaba en la oscuridad y las colinas. Tomás sostenía el volante y de vez en cuando sacaba un caramelo de la bolsa del almuerzo. Había viajado toda una hora sin encontrar, en el camino ningún otro coche, ninguna luz, sólo la carretera que se deslizaba bajo las ruedas y el zumbido, el rugido del motor, y Marte allí fuera, tan tranquilo. Marte era un mundo silencioso, pero aquella noche el silencio era mayor que nunca. Dejaba atrás desiertos y mares secos y las montañas se alzaban contra las estrellas.
Esa noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. La idea era divertida. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva y unas voces que lloraban y una voz muy triste, y unas gotas sucias que caen sobre tapas de cajas vacías, y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? El tiempo se parecía a la nieve que cae calladamente en una habitación negra, a una película muda en un viejo cine, a cien millones de rostros que descienden como globos de Año Nuevo, bajando y bajando hacia la nada. Así era cómo olía el tiempo, cómo sonaba y qué parecía. Y esta noche (y Tomás sacó una mano al viento fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.
La camioneta se internó en las colinas del tiempo. Tomás sintió unas punzadas en la nuca y se sentó rígidamente, con la mirada fija en el camino.
Entraba en un muerto pueblo marciano; paró el motor y se abandonó al silencio de la noche. Maravillado y absorto contempló los edificios blanqueados por las lunas. Deshabitados desde hacía siglos. Perfectos, en ruinas, sí, pero sin embargo perfectos. 
Encendió el motor, recorrió algo más de un kilómetro y se detuvo otra vez. Dejó la camioneta y trepó llevando el saco de comestibles en la mano hacia una colina donde podía volverse y contemplar el pueblo polvoriento. Abrió el termo y se sirvió una taza de café. Un pájaro nocturno pasó volando. La noche era hermosa y apacible.
Unos cinco minutos después se oyó un ruido. Entre las colinas, sobre la curva de la antigua carretera, hubo un movimiento, una luz mortecina, y luego un murmullo. 
Tomás se volvió lentamente, con la taza de café en la mano. 
Y una extraña aparición asomó entre las colinas. 
Era una máquina que parecía un insecto de color verde jade, una mantis religiosa que se precipitaba delicadamente en el aire frío de la noche, con diamantes verdes que parpadeaban sobre su cuerpo, indistintos, innumerables, y rubíes que centelleaban con ojos multifacéticos. Las seis patas se posaron en la antigua carretera como las últimas gotas de una lluvia, y desde el lomo de la máquina un marciano de ojos de oro fundido miró a Tomás como si mirara dentro de un pozo.
Tomás levantó una mano y pensó automáticamente: ¡Hola!, aunque no movió los labios. Era un marciano. Pero Tomás había nadado en la Tierra en ríos azules mientras gente desconocida pasaba por la carretera, y había comido en casas extrañas con gente extraña, y nunca había tenido otra arma que su sonrisa. Ahora tampoco estaba armado, y no sentía que lo necesitase, aunque un cierto temor le oprimía el pecho en ese momento.
También el marciano tenía las manos vacías. Durante unos instantes, ambos se miraron a través del aire frío de la noche. Tomás dio el primer paso. 
-¡Hola! -llamó.
-¡Hola! -llamó el marciano en su propio idioma. No se entendieron. 
-¿Has dicho hola? -dijeron los dos.
-¿Qué has dicho? -preguntaron, cada uno en su propia lengua.
Se miraron frunciendo las caras. 
-¿Quién eres? -dijo Tomás en inglés.
-¿Qué haces aquí? -dijo el otro en marciano.
-¿Adonde vas? -dijeron los dos, y parecieron confundidos. 
-Yo soy Tomás Gómez. 
-Yo soy Muhe Ca.
No entendieron las palabras, pero se señalaron a sí mismos, golpeándose el pecho, y entonces el marciano se echó a reír.
-¡Espera!
Tomás sintió que le rozaban la cabeza, aunque ninguna mano lo había tocado.
-Ya está -dijo el marciano en inglés-. Así es mejor.
-¡Qué pronto has aprendido mi idioma!
-No es nada.
Turbados por un silencio nuevo, ambos miraron el humeante café que Tomás tenía en la mano.
-¿Algo distinto? -dijo el marciano mirándolo y mirando el café, y tal vez refiriéndose a ambos. 
-¿Puedo ofrecerte una taza? -dijo Tomás. 
-Por favor.
El marciano se deslizó fuera de la máquina. 
Tomás sacó otra taza, la llenó de café caliente y se la tendió. La mano de Tomás y la del marciano se confundieron, como manos de niebla.
-¡Dios mío! -gritó Tomás, y soltó la taza. 
-¡En nombre de los Dioses! -dijo el marciano en su propio idioma.
-¿Viste lo que pasó? -murmuraron ambos. Se sentían helados y aterrorizados. El marciano se inclinó para tocar la taza, pero no pudo tocarla. 
-¡Señor! -dijo Tomás.
-¿Qué es esto? -El marciano trató una y otra vez de sostener la taza, pero no pudo. Se enderezó, meditó un momento, y luego sacó un cuchillo de su cinturón. 
-¡Eh! -gritó Tomás.
-Has entendido mal. ¡Tómalo! 
El marciano tiró al aire el cuchillo. Tomás juntó las manos. El cuchillo le pasó a través de la carne. Golpeó el suelo. Tomás se inclinó para recogerlo, pero no lo pudo tocar y retrocedió, estremeciéndose. Miró luego al marciano, que se perfilaba contra el cielo.
-¡Las estrellas! -dijo.
-¡Las estrellas! -respondió el marciano mirando a Tomás. Las estrellas eran blancas y brillantes más allá del cuerpo del marciano, incrustadas en su carne como centellas dentro de la tenue y fosforescente membrana de un pez gelatinoso; parpadeaban como ojos de color violeta en el estómago y en el pecho del marciano, y a través de las muñecas, como joyas. 
-¡Eres transparente! -dijo Tomás.
-¡Y tú también! -replicó el marciano retrocediendo.
Tomás se tocó el cuerpo, sintió el calor y se tranquilizó. Yo soy real, pensó.                                          
El marciano se tocó la nariz y los labios. -Yo tengo carne -murmuró-. Yo estoy vivo. 
Tomás miró fijamente al extraño. 
-Y si yo soy real, tú tienes que estar muerto.
-¡No, tú!
-¡Un espectro!
-¡Un fantasma!
Se señalaron el uno al otro y la luz de las estrellas les brillaba en los miembros como dagas, como trozos de hielo, como luciérnagas, y se tocaron otra vez los brazos y las piernas y se descubrieron intactos, calientes, animados, asombrados, despavoridos, y el otro, ah, sí, ese otro allí, era sólo un prisma espectral que reflejaba la acumulada luz de unos mundos distantes.
Estoy borracho, pensó Tomás. No se lo contaré mañana a nadie. No, no.
Se miraron un tiempo, de pie, inmóviles, en la antigua carretera.
-¿De dónde eres? -preguntó al fin el marciano.
-De la Tierra.
-¿Qué es eso?
-Allí. -Tomás señaló el cielo con la cabeza.
-¿Cuándo llegaste?
-Hace más de un año, ¿no recuerdas?
-No.
-Y todos vosotros estabais muertos, todos menos unos pocos. Eres una rareza, ¿no lo sabes?
-No. No es cierto.
-Sí. Todos muertos. Yo vi los cadáveres. Negros, en las habitaciones, en las casas, muertos. Millares de muertos.
-Eso es ridículo. ¡Estamos vivos!
-Escúchame, muchacho. Marte ha sido invadido, aunque no lo sepas. Tienes que haber escapado.
-¿Yo? ¿Escapar de qué? No entiendo lo que dices. Voy a una fiesta en el canal, cerca de las montañas Eniall. Allí estuve anoche. ¿No ves la ciudad?
Tomás miró a donde indicaba el marciano y vio las ruinas.
-Pero cómo, esa ciudad está muerta desde hace miles de años.
El marciano se echó a reír. 
-¡Muerta! ¡Dormí allí anoche!
-Y yo estuve allí la semana anterior y la otra, y hace un rato, y es un montón de escombros. ¿No ves las columnas rotas? 
-¿Rotas? Las veo perfectamente a la luz de la luna. Intactas. 
-Hay polvo en las calles -dijo Tomás. 
-¡Las calles están limpias! 
-Los canales están vacíos. 
-¡Los canales están llenos de vino de lavándula!
-Está muerta.
-¡Está viva! -protestó el marciano, riéndose cada vez más-. Oh, estás muy equivocado. ¿No ves las luces de la feria? Hay barcas hermosas, esbeltas como mujeres, y mujeres hermosas esbeltas como barcas; mujeres del color de la arena, mujeres con flores de fuego en las manos. Las veo desde aquí, pequeñas corriendo por las calles. Allá es donde voy ahora, al festival. Flotaremos en las aguas toda la noche, cantaremos, beberemos, haremos el amor. ¿No la ves?
-Muchacho, esa ciudad está muerta como un lagarto seco. Pregúntale a cualquiera de nuestro grupo. Voy esta noche a la Ciudad Verde. Es una colonia que fundamos hace poco cerca de la carretera de Illinois. Estás confundido. Trajimos trescientos mil metros cuadrados de madera de Oregón, y dos docenas de toneladas de buenos clavos de acero, y levantamos a martillazos los dos pueblos más bonitos que hayas podido ver. Esta noche hay una fiesta. Llegan de la Tierra un par de cohetes que traen a nuestras mujeres y amigas. Habrá baile en el granero y whisky... 
El marciano estaba ahora inquieto. 
-¿Dices que está ahí?
Tomás lo llevó al borde de la colina y señaló. 
-Allá están los cohetes. ¿Los ves?
-No.
-¡Maldita sea! ¡Ahí están! Esos aparatos largos y plateados. 
-No.
Tomás se echó a reír. 
-¡Estás ciego!
-Veo perfectamente. Eres tú el que no ve. 
-Pero ves la nueva ciudad, ¿no es cierto?
-Sólo veo un océano, y la marea baja.
-Muchacho, esa agua se evaporó hace cuarenta siglos.
-Oh, vamos, vamos, basta ya.
-Es cierto, te lo aseguro.
El marciano se puso muy serio.
-Dímelo otra vez. ¿No ves la ciudad como yo te cuento? Las columnas muy blancas, las barcas muy esbeltas, las luces... ¡Oh, lo veo todo tan claramente! Y escucha... Oigo los cantos. No están tan lejos. 
Tomás escuchó y sacudió la cabeza.
-No.
-Y yo, en cambio -dijo el marciano-, no puedo ver lo que tú me describes. Bien. 
Volvieron a estremecerse. Sintieron frío. 
-¿Podría ser? 
-¿Qué?
-¿Dijiste que «del cielo»? 
-De la Tierra.
-La Tierra, un nombre, nada -dijo el marciano-. Pero... al subir por el paso hace una hora... sentí... -Se llevó una mano a la nuca.
-Sentí... 
-¿Frío? 
-Sí.
-¿Y ahora?
-Frío otra vez. Qué raro. Había algo en la luz, en las colinas, el camino... -dijo el marciano-. Una sensación extraña, el camino, la luz, y por un momento creí ser el último hombre vivo en este mundo.
-Lo mismo me pasó a mí -dijo Tomás, y le pareció estar hablando con un viejo y querido amigo muy íntimo de algo confidencial, cada vez más animados.
El marciano cerró los ojos y volvió a abrirlos.
-Sólo hay una explicación. El tiempo. Sí. Eres una sombra del pasado.
-No. Tú, tú eres del pasado -dijo el hombre de la Tierra.
-¡Qué seguro estás! Pero, ¿cómo podrías probar quién es del pasado y quién del futuro? ¿En qué año estamos?
-En el año dos mil dos.
-¿Qué significa eso para mí?
Tomás reflexionó y se encogió de hombros.
-Nada.
-Es como si te dijera que estamos en el año 4462853 S.E.C. No es nada, menos que nada. ¿Dónde hay un reloj que muestre la posición de las estrellas?
-¡Pero las ruinas lo demuestran! Demuestran que yo soy el futuro, que yo estoy vivo, ¡que tú estás muerto!
- Todo en mí lo desmiente. Me late el corazón, mi estómago tiene hambre, mi garganta tiene sed. No, no. Ni muertos, ni vivos. Más vivos que nadie, quizá. Mejor, atrapados entre la vida y la muerte. Dos extraños que pasan en la noche. Nada más. Dos extraños que pasan. ¿Ruinas, dijiste?
-Sí. ¡Tienes miedo! 
-¿Quien quiere ver el futuro, quién lo ha querido alguna vez? Un hombre puede enfrentarse con el pasado, pero pensar... ¿Has hablado de columnas desmoronadas? ¿Y del mar vacío y los canales secos y las doncellas muertas y las flores marchitas? -El marciano calló y miró hacia la ciudad lejana.- Pero están ahí. Las veo. ¿No me basta? Me aguardan ahora, y no importa lo que digas.
Y a Tomás también lo esperaban los cohetes, allá a lo lejos, y la ciudad, y las mujeres de la Tierra. 
-Jamás nos pondremos de acuerdo -dijo.
-Admitamos nuestro desacuerdo -dijo el marciano-. ¿Qué importa quién es el pasado o el futuro, si ambos estamos vivos? Lo que ha de suceder sucederá, mañana o dentro de diez mil años. ¿Cómo sabes que esos templos no son los de tu propia civilización, dentro de cien siglos, desplomados y en ruinas? No lo sabes. No preguntes entonces. La noche es muy breve. Allá van por el cielo los fuegos de la fiesta, y los pájaros. Tomás tendió la mano. El marciano lo imitó. 
Las manos no se tocaron, se fundieron atravesándose. 
-¿Volveremos a encontrarnos? 
-¡Quién sabe! Quizás alguna otra noche. 
-Me gustaría ir contigo a ese festival. 
-Y a mí me gustaría ir a tu ciudad y ver esa nave de que me hablas y esos hombres, y oír todo lo que ha pasado. 
-Adiós -dijo Tomás. 
-Buenas noches.
El marciano se alejó serenamente hacia las colinas en el vehículo de metal verde. El terrestre se metió en la camioneta y partió en silencio en dirección contraria.
-¡Dios mío!, qué sueño tan raro -suspiró Tomás, con las manos en el volante, pensando en los cohetes, en las mujeres, en el whisky, en las noticias de Virginia.
-Qué visión más extraña -se dijo el marciano, apresurándose, pensando en el festival, en los canales, en las barcas, en las mujeres de ojos dorados, y en las canciones.
La noche era oscura. Las lunas se habían puesto. La luz de las estrellas parpadeaba sobre la carretera ahora desierta y silenciosa. Y así siguió, sin un ruido, sin un automóvil, sin nadie, sin nada, durante toda la noche oscura y fresca.