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lunes, 23 de abril de 2012

Entre generales


Antonio Tabucchi (Italia)

«Nunca me he creído eso de que la vida imita al arte, es una boutade que ha hecho fortuna porque es facilona, la realidad supera siempre a la imaginación, por eso es imposible escribir determinadas historias, pálidas evocaciones de cuanto ocurrió realmente. Pero dejémonos de teorías, la historia te la cuento de buena gana, pero si quieres escríbela tú, porque tienes una ventaja sobre mí, no conoces a quien la vivió. A decir verdad, él sólo me contó los antecedentes, la conclusión la supe por un amigo suyo de pocas palabras; entre nosotros nos limitamos a hablar de música o de teoría del ajedrez, probablemente si Homero hubiera conocido a Ulises le habría parecido un nombre trivial. Creo haber comprendido una cosa, que las historias son siempre más grandes que nosotros, nos ocurrieron y nosotros fuimos inconscientemente sus protagonistas, pero el verdadero protagonista de la historia que hemos vivido no somos nosotros, es la historia
que hemos vivido. Quién sabe por qué vino a morir a esta ciudad que a él no le recuerda nada, quizá porque esto es como una Babel y tal vez le haya entrado la sospecha de que su historia parece el emblema de la Babel de la vida, su país era demasiado pequeño para morir allí. Debe de tener casi noventa años, se pasa las tardes mirando desde la ventana los rascacielos de Nueva York, una chica puertorriqueña va por la mañana a arreglarle el piso, le trae un plato del Tony's Café que él calienta en el microondas, después de una religiosa audición de viejos discos de Béla Bartók que se sabe de memoria se atreve a dar un paseo hasta la verja de Central Park, en el armario, metido en una bolsa de plástico, conserva su uniforme de general, al volver, abre sus puertas y le da dos palmaditas en el hombro, como si se tratara de un viejo amigo, después se acuesta, me ha dicho que no sueña, y cuando ocurre sólo sueña con el cielo de las llanuras
de Hungría, son los efectos de un somnífero que le ha buscado un médico americano. Yo la historia te la cuento en pocas palabras, como me fue contada por quien la vivió, todo lo demás son conjeturas, y tú verás lo que haces.»
* * *

Cuando la historia comienza, su protagonista era un joven oficial del ejército húngaro y, según el calendario gregoriano, estábamos en mil novecientos cincuenta y seis. Por pura convención, lo llamaremos László, nombre que en Hungría supone el anonimato por más que él en realidad fuera ese László y no otro cualquiera. Desde un punto de vista absolutamente conjetural, podemos imaginárnoslo como un hombre de unos treinta y cinco años, alto, delgado, con el pelo rubio tendente al pelirrojo, ojos grises con un vago reflejo azulado. Puede añadirse que era el último heredero de una familia de terratenientes de la zona colindante con Rumania y que en su casa, más que húngaro, se hablaba alemán, según la tradición del Imperio habsbúrgico, y que después de la expropiación de sus tierras, la familia se trasladó a Budapest a un enorme piso cedido por el régimen comunista. Puede suponerse que en el instituto fuera versado en letras, que
destacara en griego clásico, que supiera de memoria trozos enteros de Homero y que compusiera en secreto odas de sabor pindárico. Su profesor, el único a quien se había atrevido a enseñárselas, le predijo un futuro de gran poeta, un nuevo Petofi, algo que él fue el primero en no tomar en serio, detalle insignificante por lo demás, dado que se trata de una mera conjetura. El caso es que su padre quería que fuera militar, porque él mismo, en su juventud, había servido como oficial en el ejército austro-húngaro, y que ahora el ejército perteneciera a un régimen comunista le parecía cuestión absolutamente secundaria, porque por encima de todo estaba Hungría, y era por esa tierra por la que se empuñaban las armas, no por los gobiernos, entidades efímeras. Nuestro László acató sin protesta alguna la voluntad paterna: íntimamente sabía que nunca sería un nuevo Petofi y no toleraba ser segundo de nadie, quería sobresalir en algo,
fuera lo que fuera ese algo, fuerza de voluntad no le faltaba y los sacrificios estaban hechos para él. En la academia militar de Budapest no tardó en convertirse en el mejor cadete, después en el primer alumno oficial y, por último, en el oficial escogido, a quien, una vez acabado el curso, le fue confiado un delicado puesto de mando en una zona fronteriza.
A estas alturas, se haría necesaria una digresión que ni siquiera pertenece ya a las conjeturas, sino únicamente a la imaginación de quien relata una historia escuchada a alguien a quien le fue relatada a su vez. Es lícito pensar que László, en la aldea donde había transcurrido su primera juventud, allá donde su padre poseía en otros tiempos tierras, hubiera dejado su primer amor y a él hubiera permanecido fiel. Es necesaria una puntualización sentimental acerca de nuestro László, pues en caso contrario podía parecer una marioneta vestida de soldado y encomendada a una historia que prevé la fuerza de voluntad y la fuerza física, pero excluye la fuerza misteriosa del músculo cardiaco. László tenía un corazón sentimental, y atribuirle los sentimientos que pertenecen al corazón de cada uno de nosotros no es una conjetura sin fundamento, de modo que también el corazón de László latía por un gran amor, y su gran amor añorado era
una hermosa muchacha de campo a la que, de joven, tras una tarde en un campo de trigo había jurado fidelidad eterna, y ella en aquella gran casa paterna protegida por las hileras de los árboles le aseguraría descendencia. Pero entretanto László estaba allí, en Budapest, grandes los edificios de aquella ciudad, se había granjeado la simpatía del general en jefe del Estado Mayor, todos los últimos domingos del mes daba una fiesta en la que los invitados lucían uniformes de gala, después de cenar se bailaba, un pianista de frac ejecutaba valses vieneses, la hija del jefe del Estado Mayor, mientras bailaba, tenía los ojos perdidos en los suyos, y quién sabe si en los ojos de László veía realmente a László o al oficial más brillante de la academia militar descrito por su padre. Pero eso resulta del todo secundario, la cuestión es que, tras un breve noviazgo, se casaron. No cabe excluir que en László la imaginación fuera más fuerte que
la realidad. Él amaba a su mujer, que era guapa y amable, pero en ella no era capaz de recobrar un amor que creía traicionado, es decir, la imagen ya desenfocada de una muchacha de campo de cabello rubio. Por eso fue a buscar ese fantasma a los burdeles de Budapest, al principio en compañía de algunos compañeros de armas, después, melancólicamente solo.
Y, entretanto, hemos llegado a mil novecientos cincuenta y seis, año en el que el ejército de la Unión Soviética invadió Hungría. El motivo de la invasión, como se sabe, fue de naturaleza ideológica, pero resultaría imposible establecer si la reacción de László fue análoga u obedeció a motivos distintos: la educación que había recibido en casa, por ejemplo, porque aquél era el suelo del Hungría, y como le había enseñado su padre el suelo de Hungría está por encima de cualquier gobierno; o bien por motivos puramente técnicos, llamémoslos así, porque un militar obedece antes que nada a su propio jefe de Estado Mayor, y las órdenes no se discuten. Es verdad también, sin embargo, que László, al haberse criado en una gran familia, disponía de una gran biblioteca, lo que puede autorizarnos a otras conjeturas más especiosas, por ejemplo, que estuviera familiarizado con Darwin y creyera que los sistemas políticos, al igual que los
organismos biológicos, estaban sometidos a una evolución, y que aquel sistema más bien tosco, cimentado sin embargo sobre bases de buenas intenciones, de ser guiado por un hombre como Imre Nagy, podía conducir a un sistema mejor. O tal vez que hubiera leído el Regreso de la URSS de André Gide, que por lo demás toda Europa había leído y que circulaba clandestinamente también en Hungría. Entre estas conjeturas de orden secundario podemos introducir otra: que pudiera sentirse alentado por el eventual apoyo de determinados partidos comunistas de algunos países europeos, en particular por las palabras de un joven funcionario del partido comunista de un país que le parecía importante, un hombre elegante que hablaba un francés perfecto y que lo sabía todo sobre los gulags, quien le había confesado en un cóctel que era un comunista mejorista, definición cuyo sentido le había resultado vago pero que había creído análogo a sus propias
ideas.
La noche en que los tanques soviéticos cruzaron la frontera húngara, László se acordó del «mejorista», y dado que aquel joven dirigente le había dejado su número de teléfono lo llamó inmediatamente antes de que los rusos cortaran las líneas: sabía que el apoyo simbólico de aquel país democrático resultaría más importante contra los carros de combate rusos que el pequeño ejército mal armado con el que contaba Hungría. El teléfono estuvo sonando largo rato, después contestó una voz adormilada, una criada, cuánto lo sentía, el señor diputado estaba cenando fuera, si lo deseaba podía dejar un recado, László dijo que dijera únicamente que había llamado László. No volvieron a llamarlo, László pensó que no podía uno fiarse de la servidumbre, pero el asunto le preocupó relativamente poco porque en aquel momento tenía otras cosas en las que pensar, y después, dos días más tarde, cuando oyó en la radio que en nombre de
su propio partido el camarada extranjero había tachado de contrarrevolucionarios a los patriotas húngaros, comprendió que se había equivocado. Lo que László está pensando ahora, en cambio, mirando desde su ventana los rascacielos de Nueva York, es lo curiosas que son las cosas, porque acaba de leer un poema de Yeats, «Men improve with the years», y se pregunta si no será exactamente eso, que el tiempo mejora realmente a los hombres, pero que esa mejora significa hacer que se conviertan en otros, porque arrastrándolos consigo hace que parezca un espejismo lo que en otros tiempos fue verdadero verdaderamente, y entretanto escucha la música de Béla Bartók, el sol está poniéndose sobre Nueva York, debe darse su saludable paseo hasta Central Park y piensa en los tiempos en que era él quien quería mejorar su tiempo.
Cómo fue capaz László de mantener en jaque al ejército soviético durante tres días, es imposible de establecer. Pueden aventurarse algunas conjeturas: su capacidad estratégica, su obstinación, su férvida fe en lo imposible. La verdad de los hechos es que, fuera como fuese, los tanques del ejército invasor no consiguieron pasar, los soviéticos sufrieron muchas pérdidas hasta que al cuarto día la superioridad de sus fuerzas hizo que pasaran por encima del frágil pelotón al mando de László. El comandante ruso era un hombre poco más o menos de su edad, por convención lo llamaremos Dimitri, lo que en Rusia asegura el anonimato, aunque él fuera aquel Dimitri, y no otro cualquiera. Georgiano, había estudiado en la academia militar de Moscú, en la vida amaba tres cosas: a Stalin, porque era obligatorio amarlo y porque era georgiano como él, a Pushkin y a las mujeres. Militar de carrera, jamás había sentido interés por la política,
amaba sencillamente el suelo de Rusia, era un hombre iracundo y jovial, infeliz acaso, que, jovencísimo, en la guerra contra los nazis había sido condecorado por su valor, porque a los nazis los odiaba de verdad, pero no era capaz de odiar a los húngaros y no entendía por qué debía hacerlo. Y, con todo, la inesperada resistencia de aquel pueblo lo irritó, lo afligió la muerte de sus soldados y sobre todo la inutilidad de aquella resistencia cuyo sentido era incapaz de comprender, los húngaros sabían que iban a ser barridos como ramitas y que cualquier hora de resistencia no sería más que una ilusión hecha de sangre. ¿Por qué derramar sangre por una ilusión? Aquello lo dejó turbado.
Cuando en Budapest quedó restablecido el orden que exigía Moscú y el gobierno poco grato fue sustituido con hombres más fieles, los oficiales húngaros que habían participado en la rebelión, como se denominó a la resistencia, fueron procesados. Entre ellos, naturalmente, estaba László, había sido uno de los peores rebeldes y le correspondía una condena ejemplar. Aquel falso tribunal, para alentar sus propias acusaciones, solicitó un informe por escrito al oficial Dimitri, quien lo envió desde Moscú. La sentencia ya estaba escrita, se trataba únicamente de pura fachada, y sin embargo László, dada la fuerza que tienen las cosas escritas, pensó que si era condenado se debía sobre todo al informe de Dimitri. Le cayó la condena que le correspondía a un rebelde como él: fue degradado públicamente, expulsado del ejército a continuación y, por último, encarcelado en su condición de civil, de modo que el uniforme húngaro quedara sin
tacha. Cuando lo liberaron era ya un hombre anciano, su casa había sido confiscada, no tenía medios de subsistencia, su mujer había muerto, padecía artritis. Se fue a vivir con su hija, que se había casado con un veterinario de provincia. Y así fue pasando el tiempo, hasta el día en que, con la caída del Muro de Berlín, se derrumbó también el imperio de la Unión Soviética y los sistemas de los países satélites como Hungría. Un par de años después, el gobierno democrático de su nueva nación decidió rehabilitar a los militares que en mil novecientos cincuenta y seis habían dirigido la sublevación contra la Unión Soviética. Eran pocos los que quedaban con vida, y entre esos pocos estaba László.
* * *

A veces el sentido profundo de unos hechos sólo se revela una vez que esos hechos parecen haber concluido. La vida de László había llegado aparentemente a su fin, su historia también. Y, por el contrario, es precisamente en ese momento cuando adquiere un significado inesperado.
Su hija y su nieto lo acompañaron a Budapest para la solemne ceremonia con la que se le reintegraba en el ejército y se le concedía la medalla de héroe de Hungría. Acudió vistiendo su viejo uniforme, que había resistido al tiempo a pesar de los orificios de alguna polilla. Fue una ceremonia solemne, retransmitida por televisión, en aquel inmenso salón del Ministerio: al igual que muchos años antes fue degradado de un momento a otro, de un momento a otro ascendió de grado, se vio como general de tierra y le colgaron muchas medallas del pecho. El Ministerio de Defensa le había reservado una lujosa suite en el mejor hotel de la ciudad. Aquella noche László se quedó dormido enseguida, tal vez porque había bebido demasiado, pero se despertó en plena noche, víctima de un largo insomnio, y en aquel insomnio meditó una idea. Es difícil hacer conjeturas acerca de los motivos que impulsaron aquella idea, el caso es que a la mañana siguiente
László telefoneó al Ministerio de Defensa, facilitó su nombre y su grado, dictó el nombre y el apellido de cierto general ruso y solicitó sus coordenadas. Se las facilitaron en escasos minutos: los servicios secretos húngaros lo sabían todo de él y hasta le facilitaron su número de teléfono. Dimitri, al igual que él, era general; medalla de oro de la Unión Soviética, ya jubilado, vivía solo en un pequeño piso de Moscú. La nueva Rusia le pasaba una asignación mensual; viudo, estaba inscrito en la asociación de ajedrecistas rusos y tenía un abono para todos los sábados por la noche en un pequeño teatro donde sólo se representaba a Pushkin. László lo llamó bien entrada la noche. Dimitri contestó tras el primer timbrazo, László le dijo su nombre y Dimitri recordó inmediatamente. László le dijo que quería conocerlo, Dimitri no le preguntó el porqué, lo entendió, László le propuso que viajara a Budapest, él se
encargaría de pagarle el viaje y la estancia durante un fin de semana en un gran hotel de Budapest, Dimitri se negó alegando razones plausibles: una Hungría que no le gustaba, determinados servicios secretos extranjeros, quién sabe lo que podía sucederle, confiaba en que lo comprendiera. László dijo que lo comprendía y que por lo tanto, si Dimitri estaba de acuerdo, sería él quien fuera a verle.
Partió hacia Moscú al día siguiente. Su hija intentó oponerse como pudo, pero László le rogó que volviera a casa, que no dejara demasiado solo al veterinario. Cuando regresó, a su hija y a su yerno les contó únicamente que el viaje había ido bien. Ante la insistencia sobre los detalles volvió a repetir que el viaje había ido bien, nada más. Acerca de aquel fin de semana suyo en Moscú no fue más explícito hasta más tarde, cuando se hallaba ya en una ciudad cuyos rascacielos contemplaba desde su pequeño piso de Manhattan.
El sábado por la noche iba a cenar a un pequeño McDonald's entre la calle 70 y Amsterdam Avenue.
Lo frecuentaba por dos motivos. En primer lugar, porque había descubierto que en Nueva York en los restaurantes elegantes, del pollo sirven sólo pechuga, al considerar despreciables las demás partes, que acaban en los McDonald's, restaurantes de pobres, y a László lo que le gustaba precisamente eran esas partes del pollo reservadas para los restaurantes modestos. Además, porque en aquel local había conocido a un grupillo de compatriotas que se entretenía hasta tarde jugando al ajedrez. Entre éstos había empezado a jugar con un coetáneo suyo, que como él se había opuesto a los soviéticos y que tenía la gran virtud de saber escuchar. Fue a él a quien László decidió contar su viaje a Moscú: era tarde, estaba nevando y en el local sólo quedaban ellos dos y el camarero que barría el suelo. Querido Ferenc, dijo, tres días en Moscú, una ciudad donde nunca había estado, qué gran ciudad, te hubiera gustado a ti también, la gente es
parecida a nosotros, no como aquí, donde todos nos sentimos unos extraños. El primer día, Dimitri y yo estuvimos hablando de esto y de lo de más allá y jugamos al ajedrez, él me ganó tres veces seguidas y a la cuarta gané yo, pero tuve la impresión de que se dejaba ganar. Al día siguiente estuvimos paseando largo rato por el Moscova y por la noche fuimos a ver un drama de Pushkin. El tercer día me llevó al burdel, es un lugar muy elegante como ya no los hay en Budapest, me sentí muy bien y recobré una virilidad que creía muerta. Ferenc, quiero decirte una cosa, tal vez tú no te lo creas, pero en Moscú pasé los días más hermosos de mi vida.