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jueves, 31 de mayo de 2012

CRECIENTE JUAN JOSE HERNANDEZ


LA CRECIENTE JUAN JOSE HERNANDEZ

Texto origen enviado por:

roque del alcazar
 delalcazar2000@yahoo.com
para hansi-libroz

La creciente

Juan José Hernández (Argentina)

El padre, sentado en una silla de mimbre, bebió el resto de la botella de cerveza: terminaba de almorzar y leía el diario con expresión severa, malhumorada. No estaba enojado: miraba de igual modo mientras comentaba las noticias de fútbol o cuando descubría que las gallinas del vecino le habían estropeado la huerta de tomates. Las cejas negras, tupidas, el mentón voluntarioso, le daban ese aire de permanente ferocidad. Busi llegó agitado de la calle, cruzó el patio y entró en la fresca penumbra del comedor. Las ventanas, cubiertas por cortinas de juncos, apenas dejaban pasar la luz brillante de la siesta. Sobre el mantel de hule, un melón partido exhalaba su olor azucarado. Olor a días de ocio, a vacaciones.
El padre miró su reloj de níquel y le preguntó por qué llegaba tarde a la mesa. "Me quedé jugando en el garaje de Leo. No sabía la hora." "Que sea la última vez", dijo el padre, y continuó la lectura del diario. Leía hasta los avisos clasificados con avidez maniática. Busi quería saber cómo Jim de la Selva lograba escapar de los cocodrilos. Pero debía esperar a que su padre se durmiera para entrar en el cuarto en puntas de pie y recoger las páginas desparramadas junto a la cama de matrimonio. Esto ocurría todas las siestas de su vida.
La madre salió de la cocina y le acercó un plato de sopa. Murmuraba, como de costumbre, que deseaba morirse, que sería mejor que ella muriera. La hermanita abrió la puerta del comedor y le mostró la lengua cubierta de banana masticada. Busi la miró con repugnancia. Era igual, pensó, al cuerpo reventado de una cucaracha. Ya encontraría la manera de vengarse: le robaría los lápices de colores, derramaría tinta china sobre su álbum de recortes.
Acabó la sopa y dijo con lentitud, sabiendo lo que habrían de contestarle: "La gata de Leo tuvo cría; me regalaron un gatito". El padre, detrás del diario abierto, exclamó: "He dicho que no quiero animales en mi casa. ¿Entendido?". Busi no contestó. Recordaba el episodio de la gata que encontró una mañana a la salida de la escuela. Al principio todos parecían divertidos con el animalito, le inventaban apodos cariñosos, le daban carreteles vacíos para que jugara. Después la gata creció y comenzaron las complicaciones. Desaparecía con frecuencia; por las noches se escuchaban maullidos apasionados sobre el techo de la galería. Cuando los gatitos nacieron detrás de una bolsa de papas, en el cuarto de la sirvienta, la madre le dijo que debía ir pensando a qué amigos los regalaría. Otra vez la gata tuvo la mala ocurrencia de tenerlos en el ropero. El padre se indignó (era el ropero de su dormitorio) y metió a la gata y a su cría en un
viejo saco de cuero. Los llevó, así le dijo, al dueño de una fábrica de escobas donde abundaban los ratones. Pero la hermanita, que escuchaba las conversaciones de los mayores, le explicó al poco tiempo la verdad. El padre había salido esa misma noche en la bicicleta: la gata y los gatitos estaban ahogados en el río. Busi estuvo triste esa mañana. Ni siquiera tuvo ánimos para salir a jugar un partido de pelota en la vereda, y la madre le preguntó si tenía escalofríos, si le dolía la garganta. Luego subió al techo de la cocina. Arriba, cerca del tanque de agua, encontró el esqueleto del pejerrey que la gata, según creyeron, había robado una semana antes. Guardó el esqueleto de recuerdo. Entonces fue cuando el padre dijo que no quería animales en la casa.
Ahora lo repetía, lo repetiría siempre. Busi sabía que era inútil insistir. Su padre, además de ser el dueño del reloj de níquel, del diario y de las llaves del ropero, poseía una colección de frases irrebatibles. Decía: "El piano es un instrumento para mujeres". O bien: "Los hombres no lloran". Busi había visto llorar al abuelo en su silla de inválido, y él mismo lloraba a menudo cuando oía murmurar a su madre que deseaba morirse, que así terminarían de una vez todos los problemas. Aquello comenzó cuando vivieron separados del padre en el chalet de las afueras. Un hombre vestido de negro solía visitarlos, sacaba papeles de un portafolio, hablaba con la madre. Después volvieron a la casa de la ciudad, junto al padre. Con el tiempo las palabras de la madre dejaron de impresionarlo. Pero esa mañana algo había sucedido: una discusión, quizá provocada por una frase insignificante, que ponía al padre fuera de sí, porque ella no
preparó café ni quiso dormir la siesta, y fue a sentarse con su paquete de caramelos bajo los arcos de la galería. Busi comprendía que estaba lastimada, sola; que por eso comía caramelos.
Abandonó el comedor con una tajada de melón en la mano. El padre dormía la siesta; la hermanita recortaba fotografías de estrellas de cine y las pegaba en su álbum. La madre hojeaba revistas de costura hasta que el sopor de la siesta la vencía y quedaba dormida, con un caramelo en la boca. Busi entró al
dormitorio del padre y recogió la página de las historietas. Jim de la Selva escapaba de los cocodrilos: un chimpancé domesticado le arrojaba una liana, salvándolo de una muerte segura. ¿Qué hacer?, pensó, mientras subía al cuarto del altillo.
Por la tarde, después del café con leche, cruzaría a la casa de Leo. En el garaje, cuando llegara el Rubio, planearían juntos la excursión del sábado próximo. Y el domingo, en el cine, verían la continuación de La jungla negra. Prefería esa serie a la de El hombre invisible. Alguna vez, cuando creciera, él también viajaría por los ríos de África, en piragua, y negociaría con el rey negro del film que gobernaba sentado en un trono de huesos humanos. Una bolsa de sal bastaba para conseguir diamantes en bruto y colmillos de elefantes. Busi llegó a su cuarto y se desnudó. Con un pincel mojado en tinta verde comenzó a dibujarse una serpiente en el pecho. Luego, recostado, esperó a que el dibujo se secara. Soñoliento, abrió un tomo de la Historia Sagrada. Miró los grabados del libro, se durmió.
Las excursiones al río comenzaron cuando Leo, el hijo de doña Celina, regresó de la capital adonde lo habían mandado por consejo de un especialista. Leo era tartamudo; a veces tenía ataques de nervios durante los cuales se mordía la lengua y echaba espuma por la boca. El padre de Busi decía: "Quien hereda no hurta", aludiendo al abuelo de Leo, un hombrecito inofensivo, pero que en varias oportunidades alarmó al vecindario. Una vez intentó colgarse de un poste de telégrafo: decía que las cucarachas no lo dejaban vivir, que hasta le habían comido un par de zapatos. Pasó tres meses internado. De vuelta a su casa bebió querosén y por poco se murió. A pesar de su comportamiento extravagante, el abuelo de Leo era querido por todos: le gustaban las plantas, hacía delicados injertos en el jardín y obtenía dalias dobles del tamaño de un repollo. Leo regresó mejorado. No tartamudeaba y parecía menos flaco. Con todo, seguía teniendo la misma
expresión soñadora de Niño Dios ligeramente bizco, un poco retardado. En el garaje de su casa (un galpón que fue convertido en laboratorio) Busi y el Rubio organizaron los juegos. El Rubio trajo de la farmacia de su tío botellas y tubos de ensayos, ungüentos y bolsitas de polvos con nombres en latín. Sobre la puerta pusieron un letrero: "Prohibida la entrada". Los chicos mezclaban jugos de plantas y anilinas, cápsulas de aceite de ricino, quinina, alquitrán. Después experimentaban los efectos de la droga en un perro y dos ratas. El garaje olía a desinfectante, a fermentaciones. Los chicos querían encontrar la fórmula que los volviera invisibles como el personaje del film. Pronto se fatigaron del juego; una de las ratas había escapado, la otra murió por asfixia dentro de una campana de vidrio y el perro, que bebió el líquido verde, vomitó y quedó visible como siempre. En el cine comenzaron a proyectar la serie La jungla Negra y ellos
resolvieron cambiar el laboratorio por una cabaña en el Congo desde la cual planeaban las excursiones al río. Busi colgó de la pared un mapa de África: allí estaban señaladas las aldeas de los caníbales y el sitio de las arenas movedizas. El Rubio dibujó una cabeza de león, copiada del manual de zoología; también consiguió una calavera de cerámica, la de un explorador inglés devorado por los salvajes de la Polinesia, que antes había sido cenicero. Las excursiones al río (unas veces al Congo, otras al Zambezee) se hacían los sábados a la siesta. Los chicos, que llevaban cañas de pescar, acampaban en la Isla de las Moreras.
Aquel sábado los tres chicos bajaron por la calle Rondeau en dirección al río. Dejaron atrás las casitas de tablas del suburbio con sus enredaderas mustias por el calor y el polvo de las calles sin asfaltar. Cerca de las barrancas vieron los ranchos de lata y de hojas de palmera donde vivían los traperos que hurgan el basural lleno de tarros vacíos y de perros muertos. La madre de Busi le dijo que no fuera al río; las moscas estaban insistentes, iba a llover "Ocupate de algo útil, ordená la caja de herramientas." No le hizo caso: las vacaciones terminaban pronto y el día antes, en el garaje de Leo, habían planeado la excursión. Cruzarían a la Isla de las Moreras: allí, junto a un arbusto señalado en el mapa, enterrarían la calavera del explorador inglés. Anduvieron en fila india a lo largo de las barrancas y descendieron por un estrecho camino hasta encontrar el río color chocolate. Traía poca agua: sólo era posible bañarse en los
lugares donde los obreros, que sacaban arena, habían dejado pozos ovalados de alguna profundidad. Llegaron a la Isla. Terminada la ceremonia de la calavera, Leo, que había olvidado sus pantalones de baño y era por naturaleza vergonzoso, se dedicó a buscar lagartijas entre las piedras. El Rubio y Busi, sumergidos en el agua barrosa, simulaban luchar con un cocodrilo.
Oscurecía cuando los chicos decidieron regresar. Nubarrones grises cubrían el cielo y algunas gotas golpeaban las hojas polvorientas de las moreras. Busi pensó que el cielo parecía un grabado de la Historia Sagrada: la gran nube de Dios hablando con Moisés entre relámpagos. Leo dijo entonces que había prometido a su abuelo una bolsa de moras. "Todavía no llueve fuerte", dijo; "hay tiempo." Y trepó por el tronco del árbol. Pero los otros dos se alejaron porque tenían miedo de los truenos. "Miedosos", les gritó, semiescondido entre el follaje agitado por el viento. "Son unos miedosos."
"¡Dios santo!", exclamó la madre; "tuve el presentimiento de que algo malo les ocurriría, pero usted sabe cómo son los chicos. No es posible tenerlos encerrados en la casa. ¡Qué desgracia!"
Busi, a un costado del policía, lloriqueaba. Tenía el mameluco empapado y mantenía contra su pecho la cañas de pescar. "Tal vez el chico haya quedado entre las ramas de la morera", dijo el policía. "Hasta mañana, no se sabrá si ha sido arrastrado por la creciente." Después preguntó: "Era el hijo de doña Celina, el tartamudito, ¿no?". "El mismo", dijo la madre; "ya estaba curado." "Es una casualidad que estén vivos", agregó el policía. "Abandonaron la Isla antes que comenzara a llover. El otro se quedó juntando moras. Quería llevarse las de regalo a su abuelo. Su hijo y el sobrino del farmacéutico ganaron la orilla y esperaron un rato al pie de la barranca. De pronto escucharon el ruido de la creciente como un trueno continuo, ensordecedor. Treparon por los matorrales hasta alcanzar el camino de tierra en lo alto de la barranca. Entonces vieron cómo el agua cubría la Isla de las Moreras."
La madre se despidió del policía, cerró la puerta de calle y apagó la luz del zaguán. Súbitamente cayó sobre el chico, le retorció una oreja. "Yo tengo la culpa por ser demasiado blanda. Yo tengo la culpa", dijo. Entró en su dormitorio arrastrando al chico, lo sentó en la cama, le quitó a tirones el mameluco empapado, las zapatillas llenas de barro. Continuaba tensa, con los labios sumidos y el ceño duro, mientras le ponía un pantalón de pijama y una tricota. Luego cedió; la ternura le dilató la cara marchita y apretada, ahora luminosa. Tomó a Busi entre sus brazos, le acarició el pelo húmedo y la frente. Aquello era el alivio: no la condena y el rigor del padre, sino la serena clemencia de su batón floreado cuando le preparaba cataplasmas de lino y el padre, en ropas de trabajo, antes de marcharse en bicicleta, le decía: "Te pasa por andar descalzo. Lo tienes merecido". Ella podía repetir que deseaba morirse, podía también
retorcerle las orejas; después continuaba viviendo, comía caramelos, lo acariciaba. Busi se echó a llorar; un llanto largo, entrecortado por sollozos y balbuceos. "Bueno, bueno", le decía la madre. "Esperemos hasta mañana. Quién sabe. Pobrecito."
La tormenta duró toda la noche. En su cuarto del altillo, Busi oye los truenos y el ruido del agua sobre los techos, que por momentos parecen desplomarse. Para no ver los relámpagos ha escondido la cabeza entre las sábanas. Piensa: "La nube era la cara de Dios y el río la voz de Dios, airada. ¿Para qué juntar moras?" Su abuelo bebió una botella de querosén. Nadie sabía si las flores de su jardín eran dalias o repollos. Nieto de un alcohólico, decían. Por eso tiene los ojos de Niño jesús bizco que habla con los Doctores de la Ley. En la capital le enseñaron a hablar claro con discos especiales. El policía lo ignoraba. Ayer me regalaron un gatito. Mi gata murió por tener cría en el ropero. Pero encontré el esqueleto del pejerrey: yo fui quien se lo dio. Nunca supieron nada. También él mintió, miente siempre. No había tal fábrica de escobas. Mató a la gata, a los cinco gatitos. Después lee el diario, mira su reloj de níquel y
dice: "No quiero animales en mi casa". Su casa. Está bien. Yo tengo el garaje de Leo, un mapa de África, una serpiente tatuada en el pecho. Los salvajes comieron al explorador inglés y nosotros enterramos su calavera en la isla, al pie de un arbusto. El Rubio y yo luchamos con un cocodrilo. El Rubio se burla porque Leo no quiere bañarse desnudo: es flaco, es friolento. Dios mío, que no esté muerto, que haya quedado a salvo en la rama del árbol. Mi madre dice que quiere morirse. Mi abuelo no decía nunca nada y se murió. Todos nos moriremos. Entonces se escuchará la voz del río, la creciente, y el mundo desaparecerá bajo las aguas oscuras como la Isla de las Moreras. El cielo era igual al del grabado de la Historia Sagrada. Empezaba a llover y oscurecía ¿Por qué te abandonamos?