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domingo, 20 de mayo de 2012

¿Por qué?


Alain Spiess (Francia)

La primera vez que entré en aquella casa de Passy, en el instante preciso en que Vanessa me decía estarás bien aquí, supe, al oír el doble chasquido del portal de vidrio que se cerraba detrás de nosotros, que nadie podía abrirla desde el interior para salir a la escalera de entrada, y mientras mi hermana, sorprendida por el ruido de la cerradura automática, giraba maquinalmente la cabeza, el doctor Sernin posó su mano sobre la mía y dijo ¿por qué no va a estar bien? En aquella tarde de fines de junio, parado en el vestíbulo donde, pese a la acogedora frescura de la casa, yo sabía que mi rostro debía de chorrear de sudor, me acordé del ruido de la llave de la puerta de mi habitación, cerrada cada día del lado exterior por mi padre o mi madre, para evitar que yo saliera de noche, así decían, y en el vestíbulo vacío, en esa tarde que comenzaba, junto a mi hermana que acababa de decir ¡henos aquí!, volvía a verme por las noches en mi
cama, pendiente de los pasos que se aproximaban por el corredor, aguardando el ruido de la cerradura para poder dormirme. ¡Bien! había dicho el doctor Sernin girando hacia mí, vamos a quedarnos los dos, y Vanessa puso una mano en mi hombro a modo de despedida, como a veces solía hacer, y mientras la observaba alejarse en dirección al portal de vidrio, veía el jardín cercado con altos muros de piedra y me decía ahora estoy aquí, tal como de noche, en mi cuarto, cuando, más grande, absorbido por el rompecabezas que ella me regalaba cada Navidad, yo decía ¡al fin en casa! una vez que habían echado llave hasta la mañana siguiente. Una noche, sin embargo, al oír resonar los pasos de Vanessa en las baldosas del vestíbulo, recordé que Anna, nuestra criada inglesa, no había cerrado con llave la puerta de mi habitación, como tendría que haber hecho, tras haberme traído la bandeja con la cena. Me gustaban los días en que mi madre decía esta
noche él cena en la habitación, ya que estaba seguro de encontrar en mi bandeja el salmón marinado, los raviolis de ricotta, el éclair de chocolate, y, finalizada la cena, escuchaba la llegada de los invitados, las idas y venidas de Anna entre la cocina y el comedor, y por último, mientras buscaba entre las piezas de madera de mi rompecabezas un pedazo de cielo, el rumor de las conversaciones en el salón, del otro lado de la pared de mi habitación. Un momento, le había dicho el doctor Sernin a Vanessa quien, con la mano en el pomo, miraba los sauces llorones a la espera de la apertura de la puerta. La noche del concierto, me decía a mí mismo, los ojos fijos en Vanessa, supe, antes de que llegaran los invitados, que la puerta de mi habitación no había sido cerrada con llave, y me prometí ir a ver cómo Vanessa tocaba el piano traído esa misma mañana, un verdadero piano de cola, más grande que ese otro en el cual había querido un día
enseñarme a tocar. Tú no hablas, pero puedes hacer esto también, dijo mostrándome la forma de colocar los dedos, y, como yo me puse enseguida a golpear en el teclado con toda la fuerza de mis puños, ella tuvo que ir a pedir ayuda para que vinieran a arrancarme del taburete, tanto que a partir de aquel día ya no tuve más permiso para entrar en su habitación, ni siquiera para escucharla sentado en su cama a fin de no molestarla, decía mi madre. La noche del concierto, después de todos esos años en que yo había oído el piano cada día desde mi habitación, me escurrí por el corredor desde el inicio de la primera pieza y vi tocar a Vanessa por la puerta del salón que había quedado entreabierta. Parado en el vestíbulo de la casa de Passy, a solas en aquella tarde de junio, oí abrirse el mecanismo del portal de vidrio accionado por el doctor Sernin, y vi a Vanessa, al fin liberada, salir sin mirar atrás, y, en ese mismo momento, pensó en
el final del concierto en el salón de nuestro piso de París: me había abalanzado hacia ella en medio de los aplausos, y, al llegar muy cerca del piano, me detuve, dado que estaba sonriendo a quienes aplaudían, como probablemente lo haría más tarde al cabo de cada uno de sus conciertos, sonreía sin verme, y yo estaba allí, sin sentir la mano que de inmediato se había posado sobre mi hombro. Venga, dijo el doctor Sernin, tomándome de un brazo, y de este modo, el día de mi llegada a la casa de Passy, salí del vestíbulo acompañado por el doctor Sernin, así como años antes había salido del salón de nuestro piso de París del brazo de nuestra criada Anna, tras haber visto por vez primera a los invitados, de los cuales había oído, una u otra noche, las voces más allá de la pared de mi habitación, mientras mi madre decía, en tono de excusa, al tiempo que Anna me limpiaba la cara, dejó de hablar cuando nació su hermana.
Hoy, años después, me acuerdo de mi llegada aquí con Vanessa, pocos meses antes de la muerte del doctor Sernin en un accidente automovilístico, y me digo, quitando los ojos de las piezas de marfil de mi rompecabezas, que desde que estoy en esta casa de Passy, no salí ni una sola vez al jardín que en este momento contemplo desde la ventana de mi habitación. La mañana en que Vanessa vino a sentarse en mi cama y me dijo, pasando una mano en mi hombro, mamá murió anoche, cerré los ojos por un instante, y pensé de inmediato que ahora yo tendría que dejar el piso donde los dos habíamos vivido en los últimos años. Mi hermana siempre venía a cenar una vez con nosotros en el curso de sus breves estancias en París, y en dicha ocasión, mi madre preparaba ella misma la cena, e intentaba hacer una fiesta de esas veladas: sacaba a la luz los manteles bordados, los vasos antiguos y la platería que yo no había visto jamás, reservados en otros
tiempos, cuando mi padre aún vivía, a las recepciones a las que yo nunca había asistido. Vanessa hablaba de Londres, de Munich, de Jerusalén de donde venía de dar sus conciertos. Mi madre decía sí, me acuerdo, con tu padre... mientras que yo, mirando a mi hermana sentada enfrente, del otro lado del candelabro de plata al que ella siempre quería apagarle las velas, para evitar que yo transpirase, yo pensaba en el rompecabezas que ella acababa de darme. Toma, me decía al llegar, es para ti, y yo corría a mi habitación a arrancar el papel de embalaje, y leía en la tapa el nombre, el formato y el número de piezas, únicas informaciones brindadas al amante de los rompecabezas de madera cortados artesanalmente, antes de abrir la caja y examinar su contenido.
Y hoy, contemplando ahora los altos muros del jardín, pensando azarosamente que, de un día al otro y sin sufrir, perdí el deseo de salir, me acuerdo de la decepción sentida al ver el último rompecabezas que hubo de obsequiarme Vanessa, cuando, en lugar del Northern Moors de diez mil piezas que figuraba en el catálogo de la casa Hardby, Pott and Hardby, largo rato prometido, ella me entregó un paquete con la forma de un pequeño álbum, que yo dejé a un costado, sin siquiera abrir. Y hoy, después de tantos años pasados en esta habitación, absorbido por mis rompecabezas, también recuerdo que la mañana de la muerte de mi madre, después de que Vanessa se levantase de mi cama, pensé nadie más me sacará a pasear, nadie más me hablará, nadie más me besará, y al cabo de unos días me hallaba aquí, una tarde de junio, parado en el vestíbulo, a solas, observando cómo Vanessa descendía los peldaños de la escalera de entrada. La gran mesa
en la que hacía mis rompecabezas en nuestro piso de París había sido traída la víspera a mi habitación, pero, no sé por qué, los primeros tiempos de mi instalación aquí, dudé hasta sacar mis cajas, permanecía tendido en mi cama días enteros a la espera de mi entrevista con el doctor Sernin, que, como tantos otros, pero contrariamente a sus sucesores, esperaba devolverme el habla. Vanessa vino a verme, luego me envió de tanto en tanto unas postales de las ciudades donde daba sus conciertos. Un día, tras la muerte del doctor Sernin, me parece, saqué una de las cajas del armario, dispuse las piezas de madera en la mesa, y, durante todo el día, las fui uniendo con paciencia, frente a la ventana desde la cual ahora mismo contemplo los altos muros de piedra blanca que comienzan a sonrosarse bajo la luz del atardecer. Cuando supe que Vanessa no vendría más a visitarme, consulté el catálogo de Hardby, Pott and Hardby, puzzle makers, e hice,
me digo, lo que quizás nadie hizo nunca: armé aquí, en la casa de Passy, encerrado en esta habitación de la primera planta, sin ver a nadie jamás, con excepción de las asistentas y de las enfermeras que, cuando pasan a hacer mi cama o a traerme ropas o medicamentos, aprovechan para limpiarme la cara, sí, me digo en este instante, armé los setenta y cinco rompecabezas de más de siete mil quinientas piezas propuestos por la casa de Londres. Hace justo ocho días terminé el último, el más bonito, el más difícil de todos, el Northern Moors, y, tras haber puesto la última pieza, a la vez que observaba, por fin completa, la gran landa de Yorkshire reconstruida, pensé en la última noche en que Vanessa vino a visitarnos, antes de que muriera mi madre, y volví a verme en la entrada de nuestro piso de París, recibiendo, lleno de rabia, la pequeña caja envuelta en papel negro. Así, hace una semana, acordándome del último rompecabezas de
Vanessa que dejé a un lado, sin siquiera quitarle el papel, abrí el paquete, y, en cuanto leí en la caja laqueada en rojo: Indian Delights, recordé que ella me había dicho que lo compró en un anticuario de Chelsea y que ignoraba su grado de dificultad. Hoy lo sé, este rompecabezas en miniatura de innumerables piezas talladas en marfil es el juego más difícil con el que me haya enfrentado. Hace siete días que examino una por una estas piezas que parecen todas de un azul idéntico, siete días he pasado, lupa en mano, intentando ensamblar, sin el menor éxito, los minúsculos pedazos de marfil, siete días al término de los cuales no consigo aún imaginar lo que pueden representar estos Indian Delights, y por ello, en la noche del séptimo día, agotado por un esfuerzo tan infructuoso, miro el jardín para descansar los ojos, y vuelvo a pensar en esa tarde de junio en que lo atravesé del brazo de Vanessa para venir a instalarme aquí, en esta
casa entonces dirigida por el doctor Sernin. Me digo que en el momento en que mi hermana me dijo estarás bien aquí, yo ya sabía que tendría que vivir sin compañía, oculto a la mirada de los demás y, de hecho, tras la última visita de Vanessa, tras la muerte del doctor Sernin, he pasado todos estos años sin ver a nadie, encerrado en esta habitación de la primera planta, tal como estuve anteriormente encerrado en mi habitación del piso de París, para no molestar a Vanessa, para no asustar a los invitados, incapaz entonces de hablar, tal como ya lo estaba cuando Anna, nuestra criada inglesa, nos llevaba al parque Monceau y, mirando a Vanessa jugar con los otros niños, yo no dejaba de decirme, transpirando bajo mi gorro blanco de algodón, pídele que juegue contigo, incapaz de hablar, igual que hoy, cuando, viendo las piedras de los muros teñirse de púrpura, renacen en mí los rostros incómodos de mi padre y de mi madre, la indulgente
sonrisa de Vanessa, el pañuelo de lino blanco con que Anna me limpiaba la cara, al tiempo que resuenan en mi cabeza, más y más dolorosamente, esas palabras que siempre he guardado en mí, y que en este momento quisiera gritar con todas mis fuerzas: ¿por qué?

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Alain Spiess (Francia)
Breve reseña sobre su obra
Escritor francés nacido en 1940. Normalmente se desempeña como profesor y traductor de inglés.
Es autor de las novelas Opéra d'ombres (1984), Hiver (1992), Installation (1995), Anniversaire (2001, Prix littéraire de la Ville de Caen) y Une méprise (2003).
Su único libro de cuentos es Pourquoi? (1997, Premio Renaissance de la Nouvelle)